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ROQUE CENTURIÓN MIRANDA


  AQUÍ NO HA PASADO NADA, 1942 - Comedia de JOSEFINA PLÁ y ROQUE CENTURIÓN MIRANDA


AQUÍ NO HA PASADO NADA, 1942 - Comedia de JOSEFINA PLÁ y ROQUE CENTURIÓN MIRANDA

AQUÍ NO HA PASADO NADA

JOSEFINA PLÁ

ROQUE CENTURIÓN MIRANDA

COMEDIA EN 3 ACTOS

1er. PREMIO DEL CONCURSO TEATRAL

DEL ATENEO PARAGUAYO – AÑO 1942

1ª EDICIÓN – AÑO 1945

 

 

ACTO PRIMERO

 

INTERVIENEN:

MURIEL.

LEA

CARDENAS

VICTOR    .. .

EFRAIN

MUCAMAS 1º Y 2º

 

         Amplio salón, que tiene a la vez algo de estudio, en un piso alto. Ambiente distinguido. Detalles de arte -"potiches", cuadros y grabados"- en cuya selección se ha evitado por igual la vulgaridad y el snobismo. Foro derecha, un gran ventanal, hasta el cual suben las ramas de los árboles que rodean la casa. Al pie  del ventanal, y a todo lo largo de éste, un escaño de madera oscura, al cual prestan aspecto cómodo numerosos

y variados almohadones. Teléfono, primer término de derecha; ventilador, etc. Flores costosas. En sitio conspicuo, cerca del ventanal, un caballete de pintor, y en él un cuadro, cubierto, a medias por un paño. A la derecha, primer término, y, por amplio arco se pasa a una ante-cámara. Segundo término, otra puerta, pequeña, casi un escape, y oculta por una cortina obscura. Izquierda, puerta de acceso a interior de la casa.

 

ESCENA 1

 

MURIEL Y LEA

 

(MURIEL, echada de través con gracioso abandono en un sillón, habla por teléfono. LEA, sentada a una mesita en que se verá servicio de té, mira a MURIEL y sonríe benévola).

 

Muriel: (Al teléfono). No... No precisamente. - ¿Cómo- - Ah! Sí! - ¿Una, fiesta en mi obsequio? Es usted demasiado amable. - Gracias... - Gracias, otra vez… - Oh, eso no quiere decir que yo acepte... - Difícil. - Sí, - - Bueno, cuando quiera. - No: hoy no estaré en casa. - Mañana, tampoco. - ¿El jueves? -         Es mi día de recibo. - Cómo no. Llame. - Y gracias, otra vez. - Sí, sí...    Hasta luego.

(Cuelga el auricular, y con la languidez. felina que es su característica, va a sentarse cerca de LEA)

Uf! Qué imbécil.

Lea: (Sirviéndose azúcar). Siempre me he preguntado por qué los obsequiosos son tan a menudo imbéciles.

Muriel: Una compensación, seguramente.

Lea: Sí; porque atribuirlo a simple consecuencia resulta desconsolador.

Muriel: - Este Izaguirre tiene una obsequiosidad tan especial, que aún como compensación me parece insuficiente. Tú le conoces.

Lea: - Apenas. Desde que volví casada, dos o tres veces le he tenido cerca en las fiestas de la Embajada. Es amigote del ministro, y Ricardo, como secretario, lo suele tratar, y hasta recuerdo que me ha contado alguna anécdota de él... Creo que cada vez que tiene, o le parece tener, en perspectiva una conquista, da en su honor un baile...

Muriel: Sí. Es la única forma de corte que conoce; y es a la vez el modo de hacer saber a su pandilla cuál es la favorita del momento. Cuando la fiesta llega a su fin, te ofrece su auto para traerte a casa, y si le aceptas, en el auto te hace un tercer ofrecimiento: el de llevarte a su rancho "a mostrarte unas miniaturas"... La epopeya del mal gusto!

Lea: - Y pensar que tiene éxitos.

Muriel: - No él, Lea. Sus millones. (Frívola). Si yo fuese soltera, puede que conmigo tuviera su gran éxito. Me casaría con él.

Lea: - ¿Te casarías con semejante imbécil?

Muriel: - ¿Por qué no? Como amante debe ser insoportable. Como marido, es posible resulte encantador.

Lea: - ¿Cómo?

Muriel: - Es claro. Como amante, te exigiría te dedicases a él; y figúrate!... Como marido, se dedicaría a las otras, y te dejaría en paz. Soltera otra vez, como quien dice.

Lea: (Sonriendo). Siempre la misma, Muriel.

Muriel: - Como tú; siempre igual.

Lea: - Sí, ninguna de las dos hemos cambiado.

Muriel: - ... Mi sueño desde niña; casarme con un rico.

Lea: - En siete años rechazaste cuarenta y nueve propuestas.

Muriel: - Apenas veinticinco, Lea. Porque eran todas medias propuestas... Unas ofrecían riquezas sin matrimonio. Otras, matrimonio sin riquezas. Hasta que llegó Efraín. Pero no digas, también tú distribuiste desengaños.

Lea: - Algunos. Los mismos que yo me llevé.

Muriel: - Es que tú siempre le diste demasiada importancia al hombre y a su microbio el amor.

Lea: - Sí. Tú el amor lo concebías como un detalle útil pero no indispensable. Yo, en cambio, pensaba que el amor era lo esencial y lo demás la añadidura.

Muriel: - También tú te saliste con la tuya. Porque tu matrimonio con Ricardo fue un matrimonio por amor, si los hay. Recuerdo tus cartas...

Lea: - Si... - Dime, Muriel: yo pensé encontrarte con un hijo. Ya llevas... Déjame contar... Seis... No, siete años de casada.

Muriel: - Verdad que si me comparo contigo, pierdo tiempo. En cinco años, tres criaturas. Di: ¿no te cansas? Un hijo tras otro... El primero puede que tenga un gran encanto; pero, ¿y los siguientes?...

Lea: - Cada hijo es una maravilla diferente, Muriel„ ¿Sabes? Yo me he preguntado a menudo por qué olvidaremos así nuestra infancia, la única época feliz de la vida. Después de tener un hijo, lo he comprendido. Si la recordáramos, el hijo no podría ser ese espectáculo inagotable y dichoso que es. Y luego: mientras tienes un hijo y lo ves crecer, no piensas en otra cosa. El tiempo se anula. Lo olvidas todo. Y a veces, una necesita olvidar, Muriel.

Muriel: - ¿Olvidar, qué? Si tu vida ha sido tan sencilla.

Lea: - ... Por eso mismo, quizá.

(Pausa. MURIEL la mira, largamente). Créeme, Muriel: hay que tener un hijo. Y en la juventud. No hagas que su infancia se enfrente con una madurez cansada. Demasiada experiencia en los padres, hace niños tristes, Muriel.

(Más confidencial)

¿Efraín no los desea, tal vez?

Muriel: - Oh, Efraín...

         (Indefinible).

Lea: - A él le gustan los niños, sin embargo. Yo lo he observado. Quizá por delicadeza no te dice nada...

Muriel: - Sí... Quizá. (Pausa) 

Lea: - Ya van tres visitas que no lo encuentro.

Muriel: - Anda ocupadísimo.

Lea: - ¿Siempre con sus trabajos de bioquímica? 

Muriel: - Siempre. - El instituto es su sueño. Cinco años lleva trabajando sin compensación de ninguna clase. Al contrario. Parte de su fortuna está ya enterrada ahí.

Lea: - En fin, puede ser que un día vea el fruto…

Muriel: - Yo se lo digo. ¿Y sabes que me contesta? "Nadie me quitará el infinito placer del esfuerzo que realizo cada día… Lo mejor del viaje es el camino"...

Lea: - Tu marido es un gran carácter, Muriel. (Se levanta).

Muriel: - ¿Ya te quieres ir?

Lea: - Es preciso. Ellos me esperan.Sobre todo el más pequeño.

(Poniéndose los guantes.)

Muriel: - No te mostré el retrato que me están pintando.

Lea: - Un retrato? ¿Víctor, no?

Muriel: - Víctor, si. Lo empezó hace una semana. Al día siguiente de tu última visita.

(Se acerca al caballete; MURIEL levanta el paño y aparece un retrato de ella empezado.)

         Es el primer retrato serio. No sé cuantos apuntes al carbón, me ha hecho ya, y todos, se los lleva a su casa, algunos sin terminar, y no los veo más.

Lea: - ¿No decía que se iba al extranjero?.

Muriel: - Sí, se está yendo hace tiempo. El caso de siempre. No acaba de irse, porque cada vez, antes de que se conceda la beca solicitada, cae el ministro de turno, y hay que solicitarla de nuevo.

Lea: - Sí, pues. Delicias de la política tropical.- Simpático mozo, Víctor... Sangre italiana, ¿no? Ese apellido, Cámbori...

Muriel: - El padre es italiano: torinés, creo. La madre criolla.

Lea: - Muy bien comenzado… (Por el retrato) .Si concluye cómo empezó…

Muriel: - Cómo siento que no te quedes un rato más.

Lea: - No puedo, de veras, Muriel… (Mira, su reloj) Está pasando la hora de Toto.

(Yendo hacia derecha. Se besan cordialmente)

         Créeme, Muriel: ten un hijo, siquiera uno, antes que sea más tarde.

(MURIEL, en la puerta, la ve irse. Cierra lentamente, y lentamente, como abstraída, va hacia la mesita)

 

 

E S C E N A 2

 

MURIEL - MUCAMAS 1a. y 2a.

 

Muriel: (Toca un timbre, MUCAMA 1ª. acude por izquierda) Teresa: lleve el servicio.

(La MUCAMA 1ª. recoge el servicio de té y sale, mientras MURIEL observa el cuadro. Por derecha, primer término, aparece inmediatamente, MUCAMA, 2º.)

MUCAMA 2a.: Señora: el doctor Cárdenas.

Muriel: - Haz pasar… (MUCAMA 2a. obedece, mientras MURIEL cubre el retrato. El doctor CARDENAS entra).

 

 

ESCENA 3

 

MURIEL - CARDENAS - MUCAMAS 1a. y 2a.

 

Cárdenas: - Buenas tarde, Muriel. (Le besa, empleando doble tiempo del necesario, la mano)

         Bien sé que no es su día de recibo... Pero una diligencia me trajo por estos alrededores; tuve que pasar por delante de su casa... y la tentación fue más fuerte que yo. ¿Me perdona?.

Muriel: - Oh, perdonar... En todo caso, si hay pecado, es de los que se llevan consigo la penitencia.

         (Han llegado juntos a la mesita, y se han sentado.)

         Qué cuenta de nuevo?

Cárdenas: - Lo que podría contarle, es todo viejo.  (Insinuante.)

         Lo que yo quería poder contarle, hace tiempo lo sabe usted.

Muriel: - No me diga... ¿Ni por casualidad cambió en algo el cuento?    

Cárdenas: - (Enfático) No; ni cambiará.

Muriel: (Sonriendo.) Pobre amigo, la verdad que merece usted mejor suerte. Hace unos días lo pensaba. - (Pausa felina, suave.) Y la ha de tener.      

Cárdenas: - (A punto de volatilizarse en un brillo de ojos). ¡Oh, Muriel!

Muriel: - Sólo necesita para ello una cosa.... ¡Tan poquita cosa!

Cárdenas: - ¿Sí?

Muriel: - Cambiar de objetivo.

Cárdenas: (Recogiendo de entre los íntimos escombros una sonrisa.) Oh! mujer! Cómo recuerda que no puede, que no debe castigársela ni con una rosa!.

Muriel: - ¿De veras soy tan mala?

Cárdenas: - Conmigo.

Muriel: (Con ingrávida ironía.) No será que es usted demasiado bueno? (Una pausa. MURIEL oprime timbre dos veces.) ¿Una tacita de té?

Cárdenas: - Por acompañarla... ¿Y Efraín?...

Muriel: - En el instituto. Pasa allí todas las tardes. Alguna vez da una escapadita. Hoy quizá venga.

         (Entra MUCAMA 1º con el servicio, que deja sobre la mesa, y sale enseguida).

         Fuerte, ¿no?

         (Por el té.)

Cárdenas: - Fuerte, siempre.

         (MURIEL sirve. Al recibir la taza, CARDENAS aprisiona la mano de MURIEL. Ella le mira con frialdad: CARDENAS, con un suspiro, suelta la mano, y se resigna al té.)

Mucama 2º: (Por derecha) El señor Víctor.

Muriel: - Adelante.

 

 

 

ESCENA 4

 

MURIEL - CARDENAS - VICTOR

 

(MURIEL acoge a VICTOR afablemente. VICTOR y CARDENAS se saludan como conocidos, con cierta familiaridad.)

Víctor: - Hola, doctor.

Cárdenas: - Hola, Cámbori.

Muriel: - Aquí, Víctor. (VICTOR se sienta, Ofreciendo té)

         Un poquito?.

Víctor: - Sí. Gracias. Con leche, sí. (A CARDENAS.) ¿Qué tal el ambiente conspirador?

Cárdenas: - Cada día mejor organizado. Dentro de poco podremos anunciar una conspiración con el suficiente anticipo como para que por fin tenga éxito… ¿Y el pictórico?

Víctor: - Tampoco va del todo mal. Ya tenemos exposiciones. Y hasta cuadros. Dentro de poco tendremos pintores.

Cárdenas: - Y, su colección de retratos, ¿ha aumentado?

Víctor: - Sí aquí hay otro. (Por el del caballete.) ¿No lo ha visto todavía?

Cárdenas: - No, Con permiso.

(Se levanta y va hacía el cuadro. MURIEL, descubre el retrato)

         Muy bien. Un hallazgo, la "pose". De las que definen carácter. Pero los ojos… Cuidado con los ojos, artista! Porque los ojos de Muriel son los que se pintan de una vez, o no se pintan nunca.

Víctor: - Ensayaré, por lo menos.

Muriel: - Cárdenas dice bien. Hasta ahora nadie consiguió pintarlos. Cada retrato, dicen, tiene su dificultad. El mío tiene los ojos. Parece que quieren hacerles decir muchas cosas... y se hacen un lío.       

Cárdenas: - Lo que hace difíciles sus ojos, Muriel, no es el haber de decir con ellos muchas cosas.

Muriel: - ¿No?

Cárdenas: - No. Sino el hacer que las dejen de decir.

Víctor: - Eso parece una charada.

Cárdenas: - Tal vez. Pero estoy seguro que Muriel me comprende. (Pausa).

         ¿Y esa beca al extranjero?... ¿Siempre en proyecto? Si usted quiere, yo puedo hacer algo. Tengo, en este momento, amigos en el Gobierno.       

Víctor: - Muchas gracias, doctor. Pero...

Cárdenas: - ¿No le interesa?

Víctor: - No...      Es decir, sí...        Pero...         Le explicaré. Mi madre se encuentra por ahora bastante delicada. Seria cruel abandonarla en esta coyuntura. Europa no está ahí a la vuelta de la esquina.

Cárdenas: - Sin embargo, si desaprovecha una ocasión…

Víctor: - Oh, me quedará siempre el recurso de irme por mis medios. Soy joven, puedo esperar.

Cárdenas: - Sí. es la apuesta de siempre entre juventud y porvenir. La primera apuesta la gana siempre la juventud. Pero el porvenir, la vida, gana luego, siempre.

Muriel: (Deja caer el paño, sin cubrir del todo el cuadro; y va hacia la mesita  ¿Un poco más de té?

Cárdenas: - Yo no, gracias. Yo ya me retiro. He sido muy feliz en saludarla, Muriel. Y también celebró encontrar al amigo Cámbori tan bien ocupado y tan animoso. Hasta luego, artista. A sus pies, Muriel.

         (MURIEL le acompaña derecha, y luego regresa al centro de la escena).          

 

 

ESCENA 5

 

MURIEL - VÍCTOR: al final MUCAMA 1º

 

Muriel: (Tras observar unos instantes a VICTOR, que parece absorto ante el cuadro)

       - ¿Le preocupan los ojos?

Víctor: (Volviéndose a ella, la mira ardientemente, con la voz oscura). Sí, me preocupan.

Muriel:  - ¿Pero no desconfía aún del éxito?

Víctor: - A veces, sí.

Muriel: - ¿Y a veces?...

Víctor: - Oh, a veces...

Muriel: (Siempre con la misma ironía disfrazada de frivolidad, o frivolidad disfrazada de ironía). en este momento, ¿desconfía?...   

         (VÍCTOR la mira, incierto.)

         - Porque, si no desconfía...

Víctor: - ¿Qué?...

Muriel: - ... Me pondré el vestido para posar.

Víctor: (Volviéndose hacia el retrato, huraño.) - Bueno.

Muriel: - Enseguida. (Toca timbre. Acude izquierda MUCAMA 1º). - Lleve el servicio.

(MUCAMA 1º obedece, mientras MURIEL va derecha segundo término.) - Tenga todo listo, Teresa, por si llamo de nuevo. Dos timbrazos cómo siempre.       

Mucama 1º: - Si, señora.

(Simultáneamente, casi, salen MUCAMA 1º por izquierda y MURIEL por la puertecilla del que se supone cuartito de vestir.)

 

 

ESCENA 6

 

VICTOR - MURIEL (dentro)

 

(VICTOR prepara pinceles, descuelga paletas, etc., pero como quien no está

absolutamente en lo que hace.)

 

Muriel: (Desde dentro.) - Diga, Víctor: ¿Por qué no aceptó el ofrecimiento de Cárdenas? Porque eso de la enfermedad de su mamá, yo sé que fue una improvisación de usted.

Víctor: - Y usted sabe también por qué. (Pausa. Deja los pinceles, y se mueve irresoluto por escena.) - Es usted quien tiene que decidir si debo irme o no.

         (Pausa. Acercándose a la cortina. La voz cargada de emoción pero humilde.)

- Muriel! ¿Debo irme?

Muriel: (Burlona.) - Mi estado de salud es excelente.

Víctor: - ¡No se burle! (Remedándole) ¡No sea criatura!

Víctor: - ¡Criatura! (Reaccionando.) - Criatura, sí. Tiene razón. Sólo una criatura hace lo que yo; espera, como yo hago, día tras día, sin esperanza y sin razón.

Muriel: (Siempre suave.) - Menos mal que lo confiesa usted. Sin esperanza y sin razón. Víctor: - Sí. Lo confieso. No hay falla en su armadura, para mí.     

Muriel: - Gracias.

Víctor: (Con despecho.) - Pero no se enorgullezca de ello mucho.

Muriel: - ¿No?...

Víctor: - No. Porque en una mujer como usted, que no ama a su marido…

Muriel: - ¿Se lo he dicho yo?

Víctor: (Brutal.) - ¡Eso se ve!

Muriel: (Suave.) - ¿En los ojos?

Víctor: - En los ojos, sí! Y en otras cosas. Una mujer joven, hermosa, que no quiere a su maridó, y que resiste, sin embargo, al amor apasionado que se le ofrece, una de dos...

Muriel: (Más suave). - Siga.

Víctor: -...Una de dos: o tiene ya un amor oculto…

Muriel: (Burlona). - Imposible. Se vería en los ojos.

Víctor: - O, sencillamente, carece de corazón.

Muriel: - Sin corazón. ¡Qué romántico!

Víctor: - Los románticos decían sin corazón. Hoy decimos sin temperamento.

Muriel: - Sin temperamento. Comprendo. Debe ser un defecto terrible.

(Saliendo de la piecita con un traje de soirée azul).

         - Y en este caso particular más terrible para usted que para mí.

Víctor: - ¡Quién sabe!

Muriel: - A ver. Explique eso.

Víctor: - ¡Para qué! Usted no me entendería. Se burlaría, como siempre. El tiempo se encargará de explicárselo. Quizá usted se arrepienta entonces. Pero será ya tarde.

(Tomando su sombrero para salir.)

Muriel: - ¿Qué es eso? ¿Se va? ¿Y el cuadro?

Víctor: - ¡Oh, el cuadro! (Reaccionando.) - Discúlpeme. No podría ahora pintar. Ni mirarla. Déjeme ir media hora. A dejar mi angustia por ahí. Volveré luego... Si usted lo permite.

Muriel: - ...Vuelva.

(Sale VICTOR.)

 

 

ESCENA 7

 

MURIEL - EFRAIN - MUCAMA 1º.

 

Muriel: (Volviendo una vez más hacia el cuadro repite a media voz.) - ... Cuando ya sea tarde.

(Por derecha EFRAIN, con el sombrero puesto, como quien llega de la calle. Deja el sombreo sobre la mesita, al lado del teléfono.)

Efraín: - Corta fue la sesión hoy. Vi a Cámbori que salía.

Muriel: - No posamos. Volverá luego.

Efraín: - Es nervioso, el mozo. (Pausa. Se deja caer en un sillón.) - ¿Me ofreces una taza de té?

Muriel: - Al momento. (Toca timbre dos veces.)

Efraín: - Tengo justito un cuarto de hora de respiro, entre dos análisis. ¿Vino alguien?

Muriel: - Lea. Y Cárdenas. Preguntaron por ti. (Sonriendo.) - Creo que uno de estos días los amigos tendrán que ir a verte en manifestación.

Efraín: (Sonriendo también.) - Verdaderamente, los abandono mucho.

(Entra MUCAMA 1º, con el servicio, y lo deja sobre la mesita.)

Muriel: - Puede retirarse, Teresa.

(MUCAMA 1º, sale. MURIEL, sirviendo, graciosamente.)

- ¿Un terrón o dos?

Efraín: - Sólo uno, hoy.

Muriel: - ¿Con leche, esta tarde?

Efraín: - Sin ella.

Muriel: - He de preguntarte siempre, como al visitante novel...

Efraín: - Sí, porque no tengo gusto fijo. Esto resulta un poco incómodo.

Muriel: - No sé. A mí me agrada.

Efraín: - ¿De veras?

Muriel: - Si hay cosa que aborrezca, son los hábitos. Le quitan todo sabor a la vida.

Efraín: - El matrimonio es uno.

Muriel: - Sí. Un gran hábito. En sí, no es molesto. Lo que lo hace a veces intolerable, son los hábitos pequeños que de él se derivan.

Efraín: - ...Nosotros creo que hemos evitado, o eliminados gran parte de ellos. ¿No es así, Muriel?

Muriel: - ...Sí.

(Pausa).

Efraín: - ¿Adelantó algo el retrato, ayer?

Muriel: - Un poco. ¿No lo miras?

Efraín: - No. Prefiero verlo terminado.

Muriel: - ¿Para criticar mejor?        

Efraín: - Claro. Ahora, si le observas algo, el artista tiene a mano la defensa... "Aún no he tratado los ojos". "Ah, desde luego, esa mejilla he de trabajarla más".

(Pausa).

Muriel: (Mirando desde su asiento el retrato.) - Sin embargo, así como está, a mí no me parece tan mal...

Efraín: - ...Los ojos, Muriel.

Muriel: - Todos dicen lo mismo. Los ojos. ¿Crees que Víctor no los podría pintar?

Efraín: - No sé.   

Muriel: - Tiene puesto todo el amor propio en este retrato. ¡Son tantas las veces que lo ha intentado! He perdido la cuenta de las pruebas inútiles.

Efraín: - ... Ninguna prueba es inútil. (Pausa).

Muriel: - Efraín...

Efraín: - Muriel...

Muriel: - ¿No es curioso pensar que llevamos ya siete años de casados?

Efraín: - Curioso, ¿por qué?...

Muriel: - Oh, no sé... Por ciertas cosas. Cuando uno se pone así, a pensar...

Efraín: - ¿Te parece, tal vez, mucho tiempo? ¿Tienes queja de mí?

Muriel: - No, Efraín. Al contrario. Soy yo la que pienso a menudo, que acaso no he sido para ti la mujer que debiera.

Efraín: (Suavemente). - Nunca te dije eso.

Muriel: (Con viveza). - Pero yo lo siento. Yo sé que tú me lo diste todo...

Efraín: - ...Todo lo que supe, o todo lo que pude, Muriel. No todo lo que tú te mereces. Ni todo lo que tú puedes desear, o necesitar.

(Levantándose).

Muriel: -  ... Nunca te dije eso.

Efraín: ... Pero yo lo sé. (Pausa)

Muriel: - Efraín... Cuando yo me casé contigo, ¿tú creías en mi afecto?

Efraín: - Sabía el mío.

Muriel: - ¿Y era eso para ti suficiente?

Efraín: - Sabía también que llegabas a mí libremente, por un acto de tu voluntad. ¿Qué más hacía falta saber?

Muriel: - Pero supón por un momento... Supongamos que en este acto voluntario mío, los móviles no hubiesen sido del todo desinteresados... Que hubiese ido a ti más que por otra cosa, por tu fortuna, o por tu nombre... Por vanidad o por interés...

Efraín: (Con firmeza). - Aún así... Desde el momento que venías a mí, era porque en mí esperabas hallar algo que pensabas yo podía darte mejor que otros. Y era deber mío... puesto que te amaba... no defraudarte.

Muriel: - Efraín... Eres extraño.

Efraín: (Sonriendo). - ¿Sí?...  

Muriel: - Quiero decir que no te pareces a los otros hombres... Tú...

Efraín: - No, Muriel. No hace falta eso.

Muriel: - ¿No puedo decirte algo de lo que pienso?

Efraín: - Si no es necesario, Muriel... Las palabras agrandan las cosas pequeñas; pero a las cosas grandes, las empequeñecen. Deja esta comprensión nuestra crecer sin palabras. Así llegará a ser lo que debe ser. Basta que yo sepa que confías en mí. Y basta con que tú sepas que nunca te has de ver decepcionada en aquello que de mí esperes. Porque si puedo dártelo, debo dártelo. De lo demás… Nada tiene importancia.

Muriel: - ... ¿Nada?...

Efraín: (Con dulce y varonil gravedad, ya a punto de salir izquierda). - Nada.

 

 

ESCENA 9

 

MURIEL - luego MUCAMA 2a - Enseguida VICTOR

 

(MURIEL, sola, permanece inmóvil, reflexionando. Luego, se sienta).

 

Mucama 2º: (Por derecha). - El señor Víctor.

(MURIEL indica con un gesto que puede entrar. Entra VICTOR, con el rostro obscurecido. MURIEL le mira. VICTOR rehúye mirarla).

Víctor: - Tiene que disculparme, Muriel. No podría pintar hoy.

Muriel: - Bien. Como quiera. Voy a cambiarme entonces. (Se levanta y va hacia segundo derecha) - Confiese que está abusando un poco de su modelo. (Desaparece tras la cortina.)

Víctor: - Sí; es posible. Pero será por hoy no más.

Muriel: - Menos mal.

Víctor: - Porque mañana ya no tendrá que perdonarme, no me verá.

Muriel: - ¿Piensa morirse esta noche?

Víctor: - Ojalá... Me voy. Lo he resuelto.

Muriel: - ¿Sin pintar los ojos?

Víctor: - ¿Otra vez burlándose?

Muriel: - ¿Pero si es una pregunta lógica!...

Víctor: (Con violencia.) - No quiero seguir sufriendo. No quiero. (Pausa. Transición. Ruego.)

         - Muriel! Contésteme algo. Dígame cualquier cosa. Dígame que hago bien en irme.

Muriel: (Deliberadamente. ) - No se lo voy a decir.

Víctor: - ¿Cómo?

Muriel: (Siempre dentro.) – No. (Pausa. Despacio.) - No se vaya todavía.

Víctor: - ¡Muriel!

 

(Se precipita hacia cortina y la aparta en un impulso, mientras baja el

 

                            T E L O N

 

 

 

ACTO SEGUNDO

 

INTERVIENEN:

 

MURIEL

EFRAIN

CARDENAS      

VICTOR

LELIO (Niño)

MUCAMA

SEÑORA 1º

SEÑORA 2º

UN CABALLERO

 

         De tarde. Mismo decoración del 1er. acto. El retrato de MURIEL, terminado, ocupa un lienzo de pared, foro. Primer término, derecha, junto al teléfono, un gran bol de vidrio o de cerámica, oscuro, con un ramo espléndido de claveles.

 

 

E S C E N A  1

 

MURIEL - EFRAIN - CARDENAS - VICTOR - SEÑORA 1º - SEÑORA 2º - UN CABALLERO

 

         (Al levantarse el telón sobre las postrimerías de un "cocktail" MURIEL y EFRAIN van hacia derecha: MURIEL acompañando a SEÑORA 1º y SEÑORA 2º; EFRAIN de pareja con UN CABALLERO. CARDENAS y VICTOR, de quienes se supone se acaban de despedir las otras visitas, permanecen unos instantes de pie junto a sus respectivos asientos: luego, al formar aquellos grupo junto a la salida, CARDENAS se sienta y saborea un resto de "cock-tail"; VICTOR va hacia el ventanal, y simula mirar al jardín).

 

Señora 1º: - Ha sido un rato encantador.

Señora 2º. - Qué tiempo que no los disfrutábamos.

Señora 1º: - Tres meses, si no me engaña la memoria.

Señora 2º: - Sí. El último jueves en que Muriel debió reunir a sus amistades, antes de enfermarse Lelio, fue     el jueves Santo.

Muriel: - Efectivamente. Un mes de enfermedad de Lelio, y dos meses de campo.

Señora 1º: - ¿Linda, la vida de estancia?

Muriel: - Para la hacienda, parece que es excelente.  (SEÑORA 1º y SEÑORA 2º ríen.) Un Caballero: - Yo no sé adónde vamos a ir a parar, con este nepotismo creciente. El erario público está siendo devorado por momentos. Y cuando el tesoro nacional haya sido devorado...

Efraín: - Se devorarán entre ellos. La ley de conservación de la energía no falla nunca.

Señora 1º: - Pero a pesar de todas esas calamidades campestres, usted ha regresado muy bien, Muriel.

Señora 2º: - Espléndida.

Señora 1º: - ¿Y su amiga, Lea? Hace semanas que no se la ve.

Muriel: - También ella tuvo un hijito enfermo. Y cuando este se ponía ya bueno, enfermó el otro.

Señora 2º: - Sí, pues. Es lo que yo digo: cada hijo es una hipoteca.

Un Caballero: - En fin, ni queda el recurso de emigrar, porque, ¿adónde?

Efraín: - No sé... Sin embargo, si uno no es muy exigente...

Un Caballero: - ¿Qué?

Efraín: - Hay campos de concentración, preciosos...

Un Caballero: - Oh, oh, oh...

Señora 1º: - Que se nos hace tarde, Samuel.

Un Caballero: - Vamos. Muriel... Amigo Efraín...

Señoras 1º y 2º: - Muriel... (etc.)

(Salen SEÑORAS 1º y 2º y UN CABALLERO. MURIEL les acompaña. EFRAIN vuelve hacia el centro de la escena. MURIEL regresa un momento después.)

 

 

ESCENA 2

 

MURIEL - VICTOR - EFRAIN - CARDENAS

 

(Al volver EFRAIN hacia el centro, VICTOR regresa también a su asiento.)

 

Muriel: (Graciosamente.) - ¿Ociosos? (Por los vasos. Ofreciendo del "shaker") Cárdenas: - Un poquito más, sí.

Víctor: - Yo también. Muriel.

(Mismo juego.) - Tú. Efraín ?

Efraín: - Para no ser menos...

(MURIEL le sirve también. Luego va hacia la mesita de los claveles y, eligiendo uno o dos, se los prende al pecho).

(A CARDENAS.)

- He seguido paso a paso su actuación en el reciente sensacional debate judicial. Brillantísimo.

(MURIEL regresa a su asiento.)

Cárdenas: - Confieso que el caso me llamó la atención de veras. Había en él aspectos originales. Y el público se interesó por un proceso como pocas veces.

Efraín: - En efecto, no nos tiene hechos nuestro ambiente judicial a estos estallidos apasionados.

Muriel: - ¿De qué se trata?

Efraín: - Del último ruidoso proceso, en que el doctor Cárdenas actuó de abogado defensor.

Muriel: - ¿Qué proceso?

Efraín: - Con seguridad que eres la única persona en la capital que lo ignora.

Muriel: - Es posible. Pero olvidas, Efraín, que yo he regresado ayer de la estancia de los Verdié. Y allá en la estancia, se hunde el mundo y no te llega noticia alguna.

Efraín: - Yo te mandaba los diarios. Un paquete o dos cada semana.

Muriel: - Lo confieso: no abrí ni uno. Nunca tuve paciencia para leer un diario. ¿Entiendo que se trata de un triunfo del doctor Cárdenas?

Cárdenas: - Oh, un triunfo...  El caso llevaba en sí el escándalo.

Efraín: - Cárdenas es muy modesto. Es innegable que el caso pasional en sí mismo era ya algo fuera de lo corriente, pero el amigo Cárdenas, con su defensa, le ha dado contornos extraordinarios. Toda la prensa se ocupó del asunto y el caso ha trascendido al extranjero.

Muriel: - ¿Cómo era el caso?

Cárdenas: - El clásico triángulo del teatro francés.

Muriel: - ¿De ella, el amante?

Cárdenas: - Sí. Los personajes en sí no son nada extraordinarios; el hecho primitivo - el adulterio - tampoco. Lo novedoso - si se me permite esta expresión frívola - viene en el desenlace, trágico. El amante mata a la mujer...

Muriel: - Por celos de otro amante?

Cárdenas: - No. La mata, simplemente, porque la mujer no se decide a abandonar al marido para seguirle a él.

Muriel: (Con su languidez característica). - De veras es curioso el caso. ¿Y usted encontró argumento para defender al asesino?

Cárdenas: - Desde el punto de vista legal, claro que no. El caso no tiene asidero en el Código para una defensa de orden puramente jurídico. Pero desde el punto de vista humano...

Efraín: - El alegato, lo repito, fue originalísimo. Cárdenas supo hallarle una faz singular, digámoslo así, y de ella sacar materia para argumentos que desconcertaron al Ministerio Fiscal.

Muriel: - Me gustaría conocer esos argumentos.

Cárdenas: - Alguien dijo que no eran argumentos sino paradojas.

Efraín: - Paradojas o argumentos, yo estoy de acuerdo con muchos de ellos.

Muriel: - Por ejemplo....  

Efraín: - Por ejemplo: en lo de encontrar absurdos los celos del marido. Siempre me parecieron tales. Los únicos celos lógicos serían los del amante.

Muriel: - ¿De veras?

Efraín: - Los celos son signos de inferioridad. Esto no es una opinión mía. Es un lugar común psicológico. Y yo creo que el amante es inferior, casi siempre, al marido. Es hora de deshacer el mito del amante, fraguado por la literatura emocionalista. El hombre que en la vida asume el papel de amante, en la mayoría de los casos es porque no puede, o no quiere, o no sabe ser marido. Y ninguna de estas tres razones afirma superioridad.

         (A CARDENAS).

- ¿No había algo de esto en el fondo de su defensa?

Cárdenas: - Sí.

Muriel: - Y el Tribunal, aceptó esos argumentos?

Cárdenas: - No. No los aceptó. Pero, por lo menos, el fiscal se vio obligado a tomarlos en cuenta para la refutación. Y ya fue algo para mí, aunque, desgraciadamente, no para el acusado.

Efraín: - Fue, de veras, un espectáculo pintoresco, el de los prodigios que hizo el fiscal, para equilibrar razones de índole psicológica con sendos artículos del Código Penal. Me daba la impresión de un padre intentando convencer a su hijo, a quien su traje del año anterior le quedó corto, que debe dar por no existente su crecimiento, en vista de que el traje resulta inservible.

Cárdenas: - Exactamente.

Efraín: - Y así sucederá, mientras los jóvenes que en nuestras Facultades cursan leyes no se percaten de esta verdad tan sencilla: que estudian la ley, no para servirla, sino para enfrentársela: para librar con ella la batalla individual de la conciencia.

Cárdenas: - Si. Porque en la carrera de cada abogado, cuando éste realmente merece ese nombre, llega un momento en que conciencia y Código separan sus caminos: y en que le resulta imposible, sin hacerse violencia, servir el ritual legal, y comprende que está allí, no para columna del templo judicial, sino como obrero con la piqueta.

Muriel: - Muy interesante, amigo Cárdenas... Pero permitame le diga que yo no alcanzo a ver, en este caso concreto, el suyo, el progreso legal...

Cárdenas: - ¿Cómo?

Muriel: - Si, Hasta ahora, el marido tenía en el Código autorización más o menos directa para matar a la mujer. Si ahora esa autorización se va a extender al amante también...

Cárdenas: - Oh! Le aseguro que no era esa la intención de la defensa.

Muriel: - Pero, indirectamente, lo implica. Confiéselo. ¿No le parece que el deporte ya en sí es lo bastante peligroso? (Sonriendo).

Cárdenas: (Sonriendo también) – Oh; eso, a lo más, sería un nuevo incentivo.

Muriel: - ¿Otro?... Son ya demasiados. Y demasiado unilaterales.

(Viendo que EFRAIN se levanta).

- ¿Nos deja?

Efraín: - Sí. Discúlpeme. Tengo, a las seis una cita con el Ministro.

Cárdenas: - ¿Es un hecho, me dicen, la oficialización del Instituto Bioquímico?

Efraín: - Es un hecho, por fin.

Cárdenas: - Usted será el director.

Efraín: (Con sencillez). - No sé. ¡Hay tantos candidatos al puesto...

Cárdenas: - ¡Pero es lo menos que le deben!... Después de diez años de servicios, de trabajo fervoroso...

Efraín: - Amigo Cárdenas. Yo creo que todo el mal espiritual de esta época radica en que hemos olvidado el secreto de hallar en el esfuerzo lo que es su mejor virtud: la felicidad de realizarlo.

Cárdenas: - Sin embargo... Podrían ponerle al menos su nombre.

Efraín: - Lo interesante, para mí, es que el ideal se va a realizar... Y cuando llega ese momento, querer ponerle al ideal un nombre, es como ponerle un mapa en la cola al pájaro que se lanza a volar... (Despidiéndose). - Discúlpenme, repito. Hasta luego. (Sale).

 

 

ESCENA 3

 

MURIEL - CÁRDENAS - VICTOR

 

Cárdenas: - ¿Y usted, Cámbori, no trabaja por ahora?

Víctor: - Hace algunos meses que no.

Cárdenas: - ¿Desorientación?

Víctor: - No. Pero llevaba ya mucho tiempo pintando seguido.

Cárdenas: - Lo último que vi de usted, fue el retrato de Lelio. Me gustó mucho. Es de una suavidad, de un candor...

Víctor: - Es una cabecita que se presta.

Cárdenas: - Oh, y que se nota que está tratado con especial dedicación.

Víctor: - Es posible. Un artista tiene sus momentos.

Cárdenas: - Y que hay modelos que interesan más que otros.

(Pausa)

- Ya hace dos años que regresó de su viaje de estudios. ¿No piensa todavía en otra vuelta por la vieja Europa?

Víctor: - No. No por ahora.

Cárdenas: - ¿Todavía no agotó lo que un poeta llama los hallazgos del regreso?

Víctor: (Con oculta y desafiante sequedad), - Todavía no.

 

(Ruidosamente, por izquierda, irrumpe LELIO: niño de cinco años, vivaz y moreno).

 

 

ESCENA 4

 

MURIEL - CARDENAS - VICTOR - LELIO

 

Lelio: - ¡Mamá! (Se echa en brazos de MURIEL)

Cárdenas: - Cada día más lindo. La enfermedad no parece haberle desmejorado al caballerito. Pero ha crecido...

(LELIO le mira como suelen las criaturas, con esa mirada que le convierte a uno en un cedazo).

Muriel: - Saluda a los señores, Lelio.

(LELIO, mirando siempre muy serio a CARDENAS, se cobija entre las rodillas de VICTOR). – Lelio, no seas cargoso.

Lelio: - ¡Quiero estar con Víctor! (CARDENAS se levanta).

Muriel: - ¿Qué, Cárdenas: quiere irse?

Cárdenas: - A mi pesar. Pero he de atender un pequeño compromiso de familia. No se moleste, Muriel. Encantado, Cámbori.

(Ya en la puerta, y aludiendo a los claveles que MURIEL lleva en el pecho). - Gracias por haber honrado así mi humilde obsequio.

Muriel: - Fueron la sorpresa grata del regreso. Aún recuerda usted estas preferencias mías…

Cárdenas: (Significativo) - ... Para poder olvidar otras... Buenas tardes, Muriel

Muriel: - Buenas tardes, Cárdenas.

(CARDENAS sale).

 

 

ESCENA 5

 

MURIEL - VICTOR - LELIO - MUCAMA

 

Muriel: (Al volver de despedir a CARDENAS, toca un timbre. Acude Mucama).

- Llévese a Lelio y hágale cenar.

Lelio: - No

Muriel: - Sí. Llévelo, Teresa. Es ya hora. Ve, Lelio.

(A VICTOR, a quien LELIO se prendió). - No, no lo mime, por favor.

(LELIO, desconsolado, sigue a MUCAMA).

 

 

ESCENA 6

 

VICTOR - MURIEL

 

Víctor: - Eres demasiado rígida con la criatura.

Muriel: - Cuido su salud. Si esto es rigidez, es un deber. (Un silencio. VICTOR se levanta y da algunos pasos por el salón. Observando los claveles).

Víctor: - ¿Con que son de Cárdenas?...

Muriel: - Sí.

Víctor: - Aún se cree con probabilidades, el presumido.

Muriel: - Si es presunción, es ya tan antigua, que casi no se nota.

Víctor: - ¡Si tú no le animases!...

(MURIEL le mira; con su más glacial mirada. El, fruncido el ceño, da una vuelta más por la habitación, volviendo junto a ella.) - ¿Has resuelto ya sobre nuestro asunto? Muriel: - ¿Cual? No recuerdo.

Víctor: - ¡No, Muriel: evasivas no! Ya tengo bastante con esta temporada en la estancia, que te ha venido bien para retrasar la respuesta.

Muriel: - ¿Te refieres a lo de Lelio? Yo creía que ya te había contestado.

Víctor: - ¿Y te crees que yo me conformo con esa contestación?

Muriel: - Trata de conformarte, Víctor: porque otra cosa es un disparate.

Víctor: - ¿Es disparate pretender que Lelio me llame padre?

Muriel: - Lo es ahora: Lelio debió llamarte padre desde hace cinco años.

Víctor: - Yo estaba entonces en Europa.

Muriel: - Tú sabías que iba a nacer. Y nada hiciste.

Víctor: - En aquellos momentos yo no podía regresar. Hubiese sido un enorme perjuicio para mi carrera.

Muriel: - No pensaste en el perjuicio para tu carrera cuando demoraste, nada menos que tres años, tu ida, mientras tu deseo de mí no se realizaba.

Víctor: - ¿Piensas que no te quería, cuando me fui?

Muriel: - ¿Pero todo esto no tiene importancia, Víctor! Lo que yo quiero puntualizar es sólo eso: que entonces no pensaste en el hijo, no reivindicaste tu derecho.

Víctor: - Si en aquellos mementos te hubiese hecho esta misma petición... Si te hubiese dicho: Divórciate, sígueme... ¿habrías aceptado?

Muriel: - Seguro que no. (Categóricamente)

Víctor: (Desorientado) - Entonces...

Muriel: - Pero en aquella oportunidad, tu actitud hubiese sido, al menos, razonable. Hubiera sido oportuna. Ahora no es oportuna, ni razonable. (Pausa) - Ahora sólo te resta aceptar el curso de las cosas.

Víctor: - O sea, renunciar a Lelio.

Muriel: - No me parece haber dicho eso.

Víctor: - ¿Y qué otra cosa que renunciar es esto: continuar así, incapacitado para la plena expresión de mi afecto? Como ahora, durante la enfermedad de Lelio; me tenía que resignar a saber de él como cualquier otro visitante... Si hubiese muerto, lo hubiera visto como una cualquiera de vuestras amistades, sólo en la cámara ardiente... No, Muriel, no.

Muriel: - Vamos, Víctor. ¿Acaso es Lelio tu único hijo? Tú mismo me has confesado que tienes otros. De alguno, ni el paradero sabes. Y por ninguno de ellos, que yo sepa, has mostrado este interés...

Víctor: - Como no los he conocido... Lo de Lelio es diferente.

Muriel: - Diferente, ahora. Desde que sentiste que en este caso, y conmigo, no todo dependía de tu voluntad... porque la madre de este hijo tuyo es fuerte; porque no te precisa, y si llega la hora de olvidar, no serás tú el que más pronto olvide. Si así no fuera... si yo hubiese sido menos fuerte y te hubiese necesitado...      ¡quien sabe si en este momento estarías aquí!... Estarías lejos, tratando de borrar las huellas.

Víctor: - ¿Me niegas derechos sobre mi hijo?

Muriel: - Ni te los niego, ni te los doy. Porque yo misma no los tengo. Una madre no tiene, cómo no lo tiene un padre, otro derecho que el de sacrificarse por el hijo.

Víctor: - Pero aquí el único sacrificado soy yo.

Muriel: - Tú sientes el sacrificio que te toca. Del sacrificio de los otros, del mío: ¿qué sabes?.

Víctor: - Palabras.

Muriel: - Sea: palabras. Ahorrémoslas, pues. (Pausa).

Víctor: - Esta situación se me hace intolerable. Ella me desorganiza. Y no estoy dispuesto a continuar así. Hasta mi trabajo se resiente. Hace medio año que no pinto.

Muriel: - Hay un remedio: Aléjate. Una temporadita lejos de nosotros te hará bien.

Víctor: (Ríe, sarcástico). - Sí. Ya lo sé. Es lo que deseas. Pero no sólo es por el asunto de Lelio...

Muriel: - ¡Víctor!

Víctor: - No conseguirás apartarme de aquí.

(Suena el teléfono. Con desgano, MURIEL se levanta y atiende).

Muriel: - ¿Quien? - Ah, tú, Efraín...¿Cómo?... (Mientras, ha ido bajando el

 

 

T E L O N

 

 

 



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