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JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN


  CERRO CORÁ (Autor: JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN)


CERRO CORÁ (Autor: JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN)
CERRO CORÁ

Por JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN

 
 
 
 
CERRO CORÁ
 
Llegamos al paraje inmortal donde tuvo lugar el desenlace del gran drama de la guerra que por más de un lustro sostuvo la nación paraguaya en defensa de sus derechos.
 
Podemos, parodiando a Volney, exclamar: ¡Oh, tumba de Cerro Corá! ¡Cuántas útiles lecciones, cuantas nobles y patéticas reflexiones ofreces al espíritu que os sepa contemplar!.
 
Cerro Corá, es epopeya gigantesca que lleva en vibrantes eco a todos los ámbitos del mundo civilizado el nombre glorioso de la nacionalidad paraguaya, imponiendo respeto y admiración la sublimidad del grandioso episodio que en él se consumo.
 
Cerro Corá es el más firme pedestal en que descansa y descansara la gloria paraguaya en el presente como en el porvenir, y la luz que arrojan las graníticas y desnudas laderas de las montañas de Mbaracayú heridas por los rayos del sol naciente, simboliza el brillo de la aureola que circunda el sepulcro donde yacen los héroes, que, después de cien duros combates, cayeron envueltos en la bandera nacional dando así al mundo el más elevado ejemplo de un patriotismo que, si bien hoy por momentos desfallece, alimentamos la más viva fe y la más firme convicción de que su enseñanza, rompiendo los obstáculos que interponen la decadencia y la corrupción, pasara a ser firme e incontrastable en los corazones de la Juventud patriota que poniendo de lado mistificaciones, falsedades e ideas contrarias al sentimiento nacional rendirá el homenaje de respeto y veneración a que son acreedores los mártires que inmortalizaron sus nombres en tan magna y sangrienta lucha...
 
¡Oh, juventud paraguaya! vosotros no ignoráis que la idea de la independencia, en un pueblo como en un individuo, es ingénita, y que cuantos mayores sean los sacrificios hechos para conquistarla y sostenerla, tanto más profundo es el amor que ella inspira, y que por oscuro que sea el abismo de relajación a que haya descendido un pueblo o un individuo, jamás deja de llegar a su conciencia un rayo de luz que avive o fortalezca en el ese sentimiento.
 
Y como no hay caso ni circunstancia en que pueda aminorarse el valor intrínseco de esa idea, el amor y el cariño que ella inspira a los corazones patrióticos es siempre igual, como igual es el apego que tenemos al techo que abrigo nuestra dulce cuna, al aire que respiramos, a la luz que vimos al nacer y a las praderas y a los arroyuelos que han sido testigos mudos de nuestros primeros amores, de nuestros inocentes y más puros placeres y de nuestras mas encantadoras fruiciones.- Ante esta verdad, confirmada por la historia de todos los tiempos, ¿habrá ser tan degradado que quiera encadenarse, que quiera sacrificar el tesoro más preciado y la gloria mas legitima de su patria en cambio de una humillante anexión? Solo el que ha perdido toda noción de dignidad, solo un hijo espúreo, que se ha olvidado del regazo materno que le dio calor y vida en su niñez, podrá alimentar semejante pensamiento. . .
 
Cerro Corá, finalmente, constituye el triunfo moral que alcanzo el Paraguay sobre sus enemigos. Basta leer la historia de la defensa, basta seguir paso a paso al ejercito nacional para convencerse de que este no fue derrotado sino totalmente exterminado. Aquellos, en realidad, no conquistaron sino una tumba. Por eso Cerro-Corá vivirá eternamente, porque su recuerdo, ligado como está a una de las páginas más brillantes de la historia americana, se ha de conservar al través de los tiempos, sirviendo a las generaciones futuras para inspirarse en los momentos supremos, un libro abierto, donde están consignadas las más sublimes virtudes de sus antepasados.
 
Y cuando las estatuas levantadas a ídolos de barro, o a caudillos vulgares, o a mediocridades adocenadas, corroídas por el tiempo se desplomen hundiéndose en las profundidades del olvido, la tumba de Cerro Corá, como la de los griegos que cayeron en las Termopilas, vivirá de generación en generación hasta los más remotos siglos y algún feliz numen del Pindo se encargara de cantar en armoniosos y sonoros versos la gloria de aquellos héroes de la abnegación y del sacrificio, del honor y del deber, del ejemplo y de la firmeza, que prefirieron la muerte a ver a su patria despedazada, vilipendiada y humillada por la dominación de sus enemigos tradicionales.
 
Pero pongamos termino a estas reflexiones sugeridas por la grandiosidad del cuadro, y entremos con ánimo sereno e imparcial a relatar lo más exactamente posible los detalles del gran suceso de Cerro Corá, es decir, del último esfuerzo que se hizo a la voz de independencia o muerte! . . . El campamento de Cerro Corá ocupaba un extenso espacio semicircular limitado al Norte por el Aquidaban y los bosques que pueblan su orilla izquierda; al Sud, por los que pueblan la orilla derecha de uno de los brazos de aquel rio, denominado Aquidabánigui; al Oeste, también por bosques de las orillas mencionadas de ambas corrientes formando un boquerón que da entrada a un abra o potrero natural, y al Este, por un valle o planicie sin bosque por donde va el camino que conduce a Chirigüelo, distante unas 4 leguas del campamento de Cerro Corá. Mas lejos al sud del brazo del Aquidaban se ven unas elevadas montanas, con los lados cortados a pico, escarpadas y desnudas de vegetación, las cuales vistas desde la distancia parecen destacarse del centro de las inmensas selvas que las rodean. Dichas montanas están colocadas formando un circulo; de ahí el nombre que se ha dado al paraje de que se trata.
 
El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento al pie de una isleta de arbustos. Para el efecto la hizo limpiar conservando para sombra los mejores de estos. Allí se agruparon los coches, carretones y carretas cargados de sus equipajes t. t. De ese punto al paso del Aquidaban habrá unos 600 a 700 metros. Al Norte, a unas dos o tres cuadras del cuartel general, y también al lado de una isleta, se instalo la mayoría. A la izquierda, a media cuadra, estuvieron acampados el batallón riflero y el escuadrón escolta. El brazo de Aquidaban donde el Mariscal solía ir a pescar, dista del cuartel general unas 4 cuadras.
 
En cuanto se instalo en Cerro Corá, el Mariscal tomo las siguientes disposiciones: mando colocar en el paso del arroyo Tacuaras distante algo más de una legua del Paso del Aquidaban una guardia de 900 hombres y dos piezas de artillería de campaña y confió la defensa del mismo paso del Aquidaban a los coroneles Juan de la Cruz Avalos y Ángel Moreno y a los teniente coroneles Santos y Gómez, El primero con ochenta lanceros, ocupo el ala derecha, el segundo con cuatro piezas y cien de tropa, ocupo el centro, y los dos últimos, con cien hombres de infantería ocuparon el ala izquierda; envió al sargento mayor Lara con 12 hombres de caballería a recorrer los establecimientos de ganado de los campos del Aquidaban; pero habiendo aquel dado parte de que estos estaban desprovistos de ganado, despacha al general Caballero, el día 12 de febrero con 40 hombres en su mayor parte jefes y oficiales, con instrucciones de ir a Matto Grosso o sea a la comarca de Villa Miranda, a recoger y enviar al ejercito cuanto ganado pudiese encontrar.
 
La provisión de ganado para atender la subsistencia del ejército era urgentísima. Hasta entonces se mantenía con un corto número de ganado que el mariscal había mandado llevar de una de sus estancias, pero ya no quedaban sino muy pocas cabezas, a tal extremo que se carneaba una res por día, con la que se racionaba- 500 hombres inclusive el cuero que se les repartía en pequeños retazos. El cuero bien hervido, y para el efecto hay que tenerlo en la olla al fuego unas cuantas horas, se ablanda y se convierte en una especie de jamón bastante bueno de comer. Pero el pobre soldado, apurado por la apremiante necesidad de alimentarse no podía esperar o perder el tiempo en prepararlo como queda indicado y por pronta providencia, lo echaba sobre las brazas! Allí el fuego lo achicharraba reduciéndolo a una pasta quemada y tan dura que ningún estomago podía digerirlo. Añádase a esto el pan de que se servía, consistente en raíces y frutas silvestres que las iba a buscar en los bosques a grandes distancias, y se tiene una alimentación que, en lugar de mejorar la salud de las tropas, contribuía maravillosamente a su fatal aniquilamiento por las diversas enfermedades que les causaba.
 
El hambre aquí asomo por completo su horrenda cabeza, produciendo con sus punzantes dardos entre todas las gentes las más siniestras y desoladoras cuadras.
No hay pluma que los pueda pintar con los colores con que se presentaban; no hay palabra que pueda trasladar con exactitud a la imaginación del lector las dolorosas escenas que a cada rato se presentaban a la vista de uno. Al ponerse el sol partió el general Caballero y a eso de las 9 de la noche llego al campamento del coronel Patricio Escobar en el Chirigüelo, encontrando a este ocupado con su secretario en escribir un oficio para el Mariscal, participando a este la muerte del coronel Venancio López. Le dio a leer a Caballero el borrador, y este, notando que le daba al finado el tratamiento de coronel que el Mariscal lo había suprimido, le observo que tal vez fuese más prudente omitirlo. Siguiendo este oportuno consejo Escobar lo borro.
 
Si la memoria no me engaña, el día 13 6 14 de febrero vino a Cerro Corá un oficial ayudante de la división del mando de Escobar, trayendo al Mariscal el consabido oficio, y así que lo hubo entregado, paso a darme parte verbal en mi carácter de jefe de la mayoría, de la muerte del coronel Venancio López. Refiriéndome la circunstancia del hecho, recuerdo que me dijo que el oficial comandante del piquete que le llevaba custodiado, al llegar a Chirigüelo, se había presentado ante el coronel Escobar, manifestando que el coronel Venancio López no quería o no podía caminar mas. Que Escobar, inmediatamente con esta noticia, se había trasladado al lugar donde se encontrada aquel, pero que al llegar allí le había hallado ya cadáver. Que informado por los del piquete de que la muerte fue causada por unos golpes que el oficial le había dado con su espada, mando inspeccionar el cadáver, y que efectivamente había encontrado señales de golpes.
 
Que había buscado al oficial con la vista en sus alrededores para pedirle cuenta de su conducta; pero que no habiéndolo encontrado por que sin duda teniendo conciencia de su falta, se habría escapado, había despachado una comisión en su persecución, pero que esta había regresado sin lograr su captura. Que finalmente, el coronel Escobar había mandado enterrar el cadáver al lado del camino próximo a la orilla del monte.
 
En cuanto hube acabado de oír esta relación, como era de mi deber, pase al cuartel general a participar el hecho al Mariscal, quien con aire triste, se limito a decirme: que ya estaba enterado.
 
He ahí cuanto paso acerca de la muerte del coronel Venancio López.
 
Los que llegaron a Cerro Corá con el Mariscal del ejercito que emprendió la retirada desde Azcurra, ascenderían cuando mas, a unos 500 hombres la mayor parte enfermos, todos profundamente quebrantados en su moral y espíritu, por !as excesivas fatigas y penurias, según hemos venido observando, que imponía una marcha tan prolongada llena de todo género de privaciones.
 
A medida que aumentaba la miseria, iba decayendo mas y mas el ánimo hasta el grado de hallarse todo el mundo dominado del más completo desaliento, tanto más cuanto que no se vislumbraba ninguna esperanza de una pronta adquisición de los recursos indispensables para remediar las necesidades físicas de las tropas.
 
El Mariscal sin duda, buscando medio de reanimarlas algún tanto, aunque era cuestión difícil cuando la causa principal del mal era el hambre, concibió la idea de distribuirles medallas en premio de la lealtad y constancia de que dieron una prueba tan relevante en aquella penosa campaña.
 
Con este propósito, el 25 de febrero, 1870, mando reunir a los principales jefes y oficiales del ejército, y el sentado en una silla y aquellos sobre la gramilla frente al cuartel general formando un gran semicírculo, les manifestó con palabras elocuentes la pena que torturaba su corazón al ver que se hacían correr voces de que el intentaba pasarse a Bolivia. Rechazo con energía esa suposición que dijo, importaba un desconocimiento de su lealtad y patriotismo, declarando que el había jurado ante Dios y el mundo defender a su patria hasta la muerte y que estaba dispuesto a cumplir su juramento.
 
Luego se extendió largamente sobre los deberes y sacrificios que imponía el patriotismo, en presencia de la sangre aun humeante que humedecía los campos de batalla, donde, decía, tantos ciudadanos han sacrificado sus vidas en defensa del suelo patrio, legando así a la posteridad un ejemplo de abnegación y un timbre de gloria que recordaran sus nombres en el templo de la inmortalidad. Hablo también del enemigo, de las pretensiones tradicionales del Imperio sobre estos pueblos, empleando a su respecto algunos chistes calculados a producir hilaridad; entre los que le escuchaban.
 
En seguida leyó el decreto que confería la medalla de Amambay distribuyéndose desde luego las cintas de que debería ir pendiente del pecho de los agraciados. Dicha cinta era de dos colores: colorada en la orilla y amarilla en el centro. No sabemos si la adopción de estos colores de la bandera española era indiferente, o si ella obedecía a algún pensamiento o idea que tuviese relación con las leyendas sublimes de la Península ibérica. Tal vez haya querido recordar o refrescar en la memoria el ejemplo de los sacrificios heroicos que hicieron nuestros antepasados en el descubrimiento y conquista de la América, y en defensa de su independencia contra el coloso del siglo, cuyos gigantescos esfuerzos han sido y serán tema constante de la admiración del mundo.
He aquí el decreto:
 
"El ciudadano Francisco Solano López, Mariscal Presidente de la República del Paraguay y General en jefe de sus Ejércitos, Gran Cruz de la Orden Nacional del Merito, t. t., queriendo dar un testimonio público de honor y de justicia a los beneméritos defensores de la Patria que con abnegación ejemplar y patriótica virtud hicieron la campana del Amambay, cruzando dos veces la sierra de Mbaracayú
 
 

DECRETA:
 
Articulo 1° Acuérdase una medalla conmemorativa de honor a todos los ciudadanos que llevaron a cabo la campaña de Amambay.
 
Art. 2° La medalla de Amambay será oval de veinte y ocho por treinta y siete milímetros de diámetro con la estrella nacional realzada en medio con la palma y oliva abajo y la inscripción circular de "Venció penurias y fatigas" en !a parte superior del anverso; y por reverso, la inscripción circular de "El Mariscal López" en la parte de arriba, y en el centro "Campana de Amambay, 1870" con mas una cadena de sierra en la parte inferior.
 
Art. 3° La medalla de Amambay constara de 1º y 2º " clase, de oro para los Generales y jefes de 1º, y 2º clase, de  plata para los oficiales y tropas.
 
Art. 4° La medalla de los Generales llevará las inscripciones y jeroglíficos realzados en brillantes; la de los jefes, en rubí con la estrella nacional en brillantes para los coroneles y la de los oficiales con inscripciones y jeroglíficos de oro.
 
Art. 5° La medalla de Amambay se llevara al lado izquierdo del pecho, pendiente de una cinta de veinte y cinco milímetros, de color naranjado y de orilla rojo.
 
Art. 6° Autorizase a los Generales, Jefes y Oficiales a llevar la medalla de Amambay sin pedrerías los primeros y de pura plata los segundos, con grabados, mientras las circunstancias no permitan dárseles en la forma debida.
 
Art. 7° Los jefes de divisiones presentaran al Estado Mayor General del Ejército lista nominal de los jefes, oficiales y tropa acreedores a la medalla de Amambay.
 
Art. 8° El Ministro Secretario de Estado en el Departamento de Guerra y Marina queda encargado de la ejecución del presente decreto. Cuartel General en Aquidabánigüi, Febrero 25 de 1870. - Fdo: Francisco S. López - El Ministro de Guerra y Marina - Fdo: Luis Caminos - Es copia: Caminos".
 
La copia del antecedente decreto fue remitida al coronel Panchito López, acompañada de la siguiente nota:
 
"¡Viva la República del Paraguay!
 
El Excmo. Sr. Mariscal Presidente de la República ha tenido la dignación de acordar una medalla de honra a los defensores de la Patria, que han hecho la campaña de Amambay, por el Decreto Supremo que tengo el honor de acompañar a V. S. S. E. el señor Mariscal Presidente; siempre celoso apreciador de todos los servicios de sus  compatriotas, ha querido premiar en nosotros aquello que no hicimos, sino en fuerza de nuestro deber, sino que ha querido llevar su magnanimidad hasta realzar la medalla de Amambay por los términos altamente obligatorios, para nosotros con que está concebido el Decreto de creación que acompaño para sus fines.
 
Dios guarde a V. S. machos años. Campamento Aquidabánigüi, Febrero 26 de 1870.
(fir.) Luis Caminos
 
Efectivamente, la distribución de las cintas de la medalla de Amambay, produjo alguna animación a los extenuados oficiales y tropa. Esa vez antes de disolverse la reunión, los jefes y oficiales entusiasmados por las elocuentes e insinuantes palabras del Mariscal, todos espontáneamente renovaron su juramento de combatir al enemigo hasta morir y de no retirarse de la fila aunque estuviera uno herido.
 
Resolución heroica a que se recurre cuando no queda otra arma de defensa que la desesperación, la desesperación que como dijimos en otra publicación de distinta índole, también a veces da la victoria, según Virgilio, cuando todos consideraban llegada la oportunidad de alcanzar mejor vida con la muerte, cuando ya su jefe gritaba cual otro Eneas para luego morir cual otro Héctor, "muramos todos por nuestra patria, porque a los vencidos solo les queda una salud, que es no esperar salud alguna. Así habremos sellado en presencia del enemigo y del mundo que nos contempla nuestro juramento, nuestra constancia, nuestra fe y nuestra lealtad".
 
El 1° de marzo de 1870 por la mañana temprano (a eso de las 7) algunas mujeres escapadas de nuestra gran guardia situada sobre el paso del arroyo Tacuaras que cruza el camino que conduce a Villa Concepción, distante como queda dicho una legua más o menos de nuestro campamento, trajeron al Mariscal la noticia de que aquella se encontraba en poder del enemigo, quien había podido apoderarse de ella fácilmente, evitando los cañones que guarnecían el paso, y llegando a ella por la retaguardia por un camino oculto que le había indicado un desertor paraguayo, el coronel Silvestre Carmona, vecino del departamento de San Pedro, sin que fuese sentido, y en momentos en que la mayor parte de la gente había ido a los montes a buscar que comer.
 
En seguida despacho unos cuatro bomberos o espías para traerle noticias del enemigo, pero ya había sido tarde porque una o dos horas después se sintieron tiros de cañón seguidos de un nutrido tiroteo de fusilería en el paso del Aquidaban, donde había la guarnición de que hemos hablado más arriba.
 
Con tan repentina y seria novedad, me llamo apresuradamente y me ordeno que fuera a ver inmediatamente lo que ocurría en el Paso, ordenando a la vez a su ayudante el comandante Riveros, para que me acompañara. Al efecto, y a indicación mía, este ensilló y montó en un mulo gordo que tenía el general Resquin, a la sazón indispuesto desde hacia días, y salimos al trote a dar cumplimiento a nuestra comisión.
 
Cuando llegamos al rio, encontramos que el enemigo, muy superior en número, ya había conseguido forzar el paso, habiendo matado a la mayor parte de los que lo defendían. Volvimos entonces a todo correr, trayendo yo la delantera, y al aproximarme el cuartel general, en cuyo frente aun se hallaba parado el Mariscal solo, y sin bajar del caballo, por exigirlo así la urgencia del caso, le dije en alta voz: "¡El enemigo ha pasado el paso!".
 
Entonces el Mariscal sin decir nada y dando algunos pasos al frente y mirando hacia donde se encontraba acampado el batallón de rifleros, grito: "¡A las armas todos!".
 
Cinco minutos después ya venia asomándose tras de la mayoría, a distancia de dos o tres cuadras del cuartel general avanzando poco a poco hacia nuestro campamento un pelotón de caballería enemiga.
 
Como jefe de la mayoría y montado en un buen caballo, volé a ponerme al frente de las escasas fuerzas de aquel cuerpo, y desplegándolas en guerrilla procure hacerlas avanzar sobre aquel con la intención, si fuese posible, de hacerlas llegar a las manos, por estar armado la mayor parte de sables y lanzas, y muy pocos de armas de fuego, para poder sostener con ventaja un tiroteo con el enemigo. Mi segundo, el comandante Antonio Barrios, en cuanto estuvo desplegada, la guerrilla, huyó cobardemente al monte.
 
Con mi movimiento de avance, la caballería enemiga retrocedió poco a poco y luego, a la distancia de una cuadra más o menos, hizo alto, y empezó a romper un fuego graneado sobre nuestra guerrilla, que no llegaba a cien hombres. En esta circunstancia venia llevando el Mariscal montado en un caballo bayo flacón, acompañado de su hijo el coronel Panchito, también a caballo, y algunos pocos jefes y oficiales a pie.
 
Yo recorría mi guerrilla de un extremo a otro, tratando de infundir animo a las tropas. En una de esas idas y venidas, recibió mi caballo un balazo que le bandeó el muslo, pero continuaba asimismo sin novedad. Uno de los jefes a pie me advirtió: "Coronel su caballo está herido". "Gracias", le dije, "pero parece que no siente la herida".
 
No bien acabe de pronunciar estas palabras y así que volvía del ala derecha para la izquierda una bala me atravesó la cara, llevando toda la dentadura de la mandíbula inferior de la derecha y la de la superior de la izquierda, quedando la lengua partida por el medio con la punta pendiente de una membrana, y otra que vino al mismo tiempo penetró en el ijar del caballo, cayendo este conmigo, muerto en el acto.
 
Felizmente pude zafarme de él, y al levantarme del suelo, saliendo fuera de la línea, oí que el Mariscal preguntaba: ¿Quién es ese que sale?" "El coronel Centurión papá, gravemente herido", le contestó su hijo Panchito, que se encontraba próximo.
 
No bien acabó de oír esta contestación, cuando dio vuelta y al galopito se retiró dirigiéndose hacia el cuartel general por el camino carretero de Chirigüelo que pasaba un poco más arriba al Este.
 
Con mi caída se produjo el desbande, con un suave qui pent, bajo una lluvia de balas que cruzaban sobre nuestro campamento los batallones que venían ya sucesivamente saliendo del monte que puebla la orilla izquierda del Aquidaban. En vista de la derrota, avanzaban aquellos a pasos precipitados hasta penetrar en medio de aquella confusión infernal que levantaba polvareda, corriendo, hombres, mujeres y niños por doquier, matando a balas y a bayonetazos a cuantos alcanzaban, lo mismo a los que se rendían como a los que iban huyendo casi sin aliento, para escaparse de su furor y ensañamiento.
 
He ahí sencillamente la verdad de cuanto ocurrió en mi presencia a la llegada del enemigo a Cerro Corá, llegada que, como se comprende, fue una verdadera, sorpresa, y que tuvo lugar en los momentos en que la mayor parte de las pocos tropas que había, se encontraban en los montes buscando que comer.
 
Al retirarme del combate, así que iba pasando por el cuartel general, vi a la distancia al Mariscal estrechamente perseguido por unos cuantos jinetes, llevando rumbo hacia Chirigüelo, y recorriendo la orilla del montecillo que puebla la margen del Aquidabánigüí, donde solía ir a pescar. Bañado en sangre, con la espada en la mano y la cara horriblemente desfigurada, yo iba andando sin rumbo fijo. Cuando iba cruzando un pajal que había al sud del cuartel general, sentí la voz de una mujer que partía de un ranchito o bohío de cuero, diciéndome: "¡Mi señor, siéntese!" Zás, me senté, sin darme cuenta de lo que había. Era que la mujer había visto que atrás venían unos soldados brasileros persiguiendo a dos o tres de los nuestros que iban huyendo del combate. Efectivamente en mi presencia fueron estos alcanzados y bayoneteados. Felizmente y merced a la oportuna advertencia de aquella para mi providencial mujer, los soldados brasileros siguieron adelante sin que, se hubiesen apercibido de mí. Entonces pareciéndome que ya no había peligro, me acerque a la orilla de un maizal que rodeaba un grupo de arboles, y penetrando por una picada que había, tome abrigo a la fresca sombra de aquellos, librándome así de los ardientes rayos de un sol abrazador, y sufriendo una sed devoradora desesperante. La calme recurriendo a la orina!.
 
Sin duda, debido a esa circunstancia escape la vida y deplorare mientras viva que tan siquiera no haya conocido quien era mi salvadora.
 
Pero, no obstante, siempre la recordare con sincera y profunda gratitud.
 
Serenada la tempestad, y después que todo se había consumado, a eso de las 2 1/2 a las 3 de la tarde, un soldado con su bayoneta espada al cinto, desprendido de un batallón brasilero que se había acampado a la inmediación, iba recorriendo la isleta como buscando algo entre los objetos de cocina que habían abandonado allí las mujeres al huir a los montes, y de repente me vio allí tendido en el suelo y con los ojos azorados de sorpresa, dijo: ¡Oh! ¡Paragua! ... Entonces me incorpore y como no podía hablar, me lo hice comprender con señas que deseaba ir a donde estaba el batallón. Previo el despojo de todas las pequeñas prendas de valor que llevaba fuese a avisar a su jefe. Este envió a buscarme un cabo con dos soldados. A mi llegada tuve que dar mi nombre escrito a lápiz en un pedacito de papel que me facilito.
 
El jefe que parecía ver con disgusto mi condecoración de la estrella de oficial de la Orden Nacional del Mérito pendiente del pecho, me ordeno con imperio su entrega, Acto continuo, me hizo conducir a una guardia donde se encontraban prisioneros algunos de mis antiguos compañeros uno de ellos el padre Fidel Maiz.
 
Ahora volviendo sobre la retirada del Mariscal y su muerte que acaeció en esos mismos momentos, y aun cuando no habíamos presenciado de visu tan trágico suceso, hemos escuchado allí mismo y leído después versiones de testigos presenciales de una y otra parte que nos habilita dar de ello una relación lo más verídica posible para ayudar al esclarecimiento de la verdad histórica, y establecer de esta manera el juicio y a que son acreedores los actores ante la justicia.
 
El Mariscal iba perseguido por seis jinetes de caballería, uno de ellos el cabo de órdenes del coronel Núñez de Silva Tavares, conocido con el apodo de Chico Diabo, armado de una lanza, y en una ensenada que forma el Aquidabánigüí consiguieron cortar la retirada al Mariscal, a quien intimaron rendición que fue contestada por este: ¡Muero por mi patria! En seguida se le acercaron el cabo y un oficial de cada lado con ademan de apoderarse de su persona. El Mariscal que llevaba su espada desenvainada se defendió tirando de punta al cabo quien ladeando de un quite la espada le dio un lanzazo en el bajo vientre, y el otro o sea el oficial a su vez, le dio un sablazo sobre la sien derecha haciendo volar al suelo el sombrero de panamá que llevaba; pero el Mariscal consiguió herir a este en la frente.
 
En estas circunstancias llegaron allí montados a caballo, dos fieles servidores del Mariscal, el capitán Arguello (Francisco) y el alférez Chamorro. El Mariscal estaba hecho ascua de furia y con rabia grito varias veces, ordenando a los recién llegados con toda energía: ¡Maten a esos diablos de macacos!
 
Arguello y Chamorro se lanzaron sobre los brasileros sable en mano. La pelea fue recia como puede imaginarse; hubo un entrevero espantoso. Arremetieron furiosamente; pero la desproporción era grande, seis contra dos! Aquellos, hechos pedazos, murieron, dejando profundos rastros de sus sables en los cuerpos de varios de sus adversarios.
 
En este momento llego allí a pie el coronel Aveiro, quien invito al Mariscal a entrar en el monte. Este acepto la invitación y doblando su caballo en presencia del enemigo formado en semicírculo, penetro en el bosquecillo por una estrecha picada hecha por los soldados que iban en busca de frutas silvestres. Al llegar cerca de la orilla del Aquidabánigüí, el Mariscal debilitado indudablemente por la pérdida de sangre que manaba de sus heridas, cayó del caballo llegando la cabeza hacia la bajada a la corriente que era una pendiente suave. Aveiro trato de levantarle, pero no pudo conseguir por el mucho peso del cuerpo. En ese momento llegaron allí sucesivamente el mayor Cabrera y el joven Ignacio Ibarra, y entre los tres le levantaron, conduciéndole al arroyo; pero antes de bajarle, Cabrera a pretexto, de ir a buscar gente, se mando mudar y no volvió más.
 
Entonces, Aveiro e Ibarra le hicieron bajar al agua, llevándole sostenido hasta la orilla opuesta que es una barranca algo elevada, y allí procuraron, ayudándole de la mano, alzar sobre aquella; pero no habiendo podido conseguir, el mismo Mariscal les dijo que vieran sino había otra parte más baja. Con este fin los dos se alejaron del mariscal, que quedo recostado contra una palmera caída que atravesaba un ángulo del arroyo.
 
Ibarra y Aveiro no volvieron más, porque los infantes brasileros que iban llegando a la orilla del arroyo hacían fuego sobre ellos.
 
En esos momentos hizo allí su aparición el general Cámara a pie y, dando la voz de ¡alto de fuego! entro en el arroyo hasta donde estaba el Mariscal, a quien se dirigió en estos términos:
 
"Ríndase Mariscal, y entrégueme su espada, yo le garanto los restos de su vida, yo soy el general que manda estas fuerzas.
 
Por toda contestación, me tiro una estocada. Entonces, prosigue el general Cámara, mandé que un soldado lo desarmase, lo que fue ejecutado al mismo tiempo que exhalaba el último suspiro".
 
He ahí la versión que el general Cámara da en su parte oficial detallada de fecha 13 de marzo de 1870.
 
Más tarde, es decir en una publicación para refutar o rectificar la relación que dio el consejero Schneider, en su obra titulada: La Guerra de la Triple Alianza contra el Gobierno del Paraguay, reputada como verídica por la Gaceta de Porto Alegre, el general Cámara, refiere: que había encontrado al Mariscal "un poco adelante de la margen izquierda del Aquidabánigüí, caído junto al rio apoyado el cuerpo sobre el brazo izquierdo y teniendo en la mano derecha la espada desenvainada. Entonces diciéndole quien era le intime que se considerase prisionero garantiéndole la vida. El Mariscal me contesto que moriría por su patria, tirándome un golpe".
 
El oficial que estaba a su derecha (pues dice que había otro a la izquierda) procuro herirme, siendo muerto por un tiro disparado por uno de los soldados que me habían acompañado.
 
Que "volvió a requerirle repitiéndole la misma intimación; pero que empero recibió la misma contestación. Entonces, dice, llegando a su lado un soldado del 9º batallón le ordene que le quitase la espada; el soldado obedeciéndome la agarro por el puño para sacársela. Era preciso hacer esfuerzos, y por la posición en que se hallaba el mariscal cayó en el rio, junto al cual tenía los pies, el cuerpo quedo debajo del agua pero levanto aún sobre esta la cabeza muriendo enseguida".
 
Esta versión es mas explicativa, pero menos satisfactoria que la anterior, como lo vamos a demostrar. El general Cámara es reticente en su relación y ha caído en contradicciones que evidencian de que no ha dicho toda la verdad.
 
En primer lugar, el Mariscal no podía encontrarse un poco adelante en la margen izquierda del Aquidabánigüí, como afirma.
 
Según hemos venido observando la barranca de dicho arroyo en esa parte es elevada, y precisamente por esta circunstancia no pudo pasar al otro lado, quedando allí recostado conforme queda relacionado por uno de los que le acompañaban.
 
Esta verdad esta, además, constatada por los mismos brasileros testigos oculares del hecho, y especialmente por el señor Pereira da Costa, autor de la Historia da Guerra do Paraguay
 
Dice este escritor: "El tirano estaba dentro del el agua hasta las rodillas, procurando subir la barranca opuesta, el compañero extendióle la mano. El general Cámara se medio también en la corriente".
 
-Entréguese Mariscal! Su vida esta garantida. Soy el general que manda estas fuerzas.
 
López dio un golpe en dirección de Cámara, y ya en tierra, cayó de rodillas.
 
-Muero por mi patria! -murmuro. "Desarme a ese hombre" -ordeno Cámara.
 
"Un soldado del 9º de infantería se arrojo entonces " sobre él, asegurándole por los puños, a pesar de su resistencia. En la lucha cayo dos veces en el agua sumergiéndose la cabeza y saliendo con ansias a buscar respiración. En, estos rapidísimos instantes un soldado de caballería vino corriendo y descargándole un tiro a quema ropa que fue derecho al corazón López cayo y una gran cantidad de sangre salió de la boca y de las narices: los pies quedaron dentro del agua y el cuerpo extendido sobre la barranca".
 
Esta versión del historiador brasilero coincide con la que da el Consejero Schneider sobre la muerte del Mariscal en su obra La Guerra de la Triple Alianza contra el Gobierno del Paraguay, Cap. XXXI.
 
El general Núñez da Silva Tavares público en el Eco del Sud una refutación al general Cámara, en una controversia que tuvieron sobre la muerte de López y su heridor el cabo Chico Diabo, y haciendo la relación de los sucesos, entre otras cosas, dice:
 
"Intimado López para rendirse al general comandante respondió ya con dificultad:
 
"Muero por mi patria, con la espada en la mano", y la dejo caer por el lado del general brasilero.
 
"Entonces y habiéndosele tomado la muñeca para ser desarmado, recibió en la región dorsal un balazo". Resulta, pues evidenciado con estas citas: 1°) no ser exacto lo aseverado por Cámara en cuanto al lugar y posición en que dice haber encontrado al mariscal; y 2°) que no murió de las heridas que tenia, sino del balazo que le dio el soldado de caballería en presencia y con asentimiento, por consiguiente, del general Cámara.
 
Esta es la verdad.
 
Verdad afirmada por el mismo general Cámara en el primer parte oficial que desde el campamento del Aquidaban en Cerro Corá dirigió con fecha 1° de marzo al mariscal de campo Victorino José Carneiro Monteiro, cuyo tenor es el siguiente:
 
"Campamento en la izquierda del Aquidaban, 1° de marzo de 1870.
 
"Ilmo. y Excmo. Señor:
 
"Escribo a V. E. desde el campamento de López en medio de la Sierra. El tirano fue derrotado, y no queriendo entregarse, fue muerto al instante. Le intime la orden de rendirse cuando ya estaba completamente derrotado y gravemente herido, y, no queriendo, fue muerto.-" Doy los parabienes a V. E. por la terminación de la guerra, por el completo desagravio que ha tomado el Brasil del tirano del Paraguay. El general Resquin y otros -jefes están presos.
 
"Dios guarde a V. E.
 
(fir.) "José A. Correira da Cámara”
 
Está conforme
 
"Alfredo de Escragnolla Tavares
 
"Capitán"
 
 

Por modo que las publicaciones o relaciones que diera el general Cámara con posterioridad están en manifiesta contradicción con esta paladina confesión. Se apercibió de la mala impresión que produjo ante la opinión publica su indigna conducta, y trato de cohonestarla con paliativos calculados a calmar, engendrando un sentimiento contrario a la verdad.
 
Por consecuencia, la muerte del Mariscal López reviste todo el carácter de una verdadera inmolación, porque ella fue consentida y autorizada por el general brasilero, quien, como coronación de esa indignidad dejo abandonado su cadáver a las cobardes profanaciones de una soldadesca desenfrenada. Estos hechos constituyen un cargo perpetuo al general Cámara como jefe de las fuerzas imperiales arrojando un negro borrón sobre el blasón de Don Pedro II, cuya tenacidad de raza, hizo prolongar, sin necesidad, la lucha hasta la completa ruina del Paraguay. En este concepto, la responsabilidad ante la historia, recae ineludiblemente sobre quien haya permitido la continuación de la guerra, hasta su trágico fin en Cerro Corá, de una guerra conquista a mano armada de nuestro territorio, de una guerra en que se invocaba el santo nombre de la civilización y de la libertad mientras que los súbditos imperiales se vendían como mercaderías en subasta pública, hasta el 13 de mayo de 1888!...
 
Sean cuales fueren las faltas, los errores y aun los crímenes con que haya manchado su administración el Mariscal durante tan prolongada contienda, sello heroicamente su juramento, cumplió su palabra muriendo con la espada en la mano. Su muerte es grandiosa, rayante a lo sublime, y "jamás", como dice un ilustrado compatriota, "consideración alguna le arrancara el titulo inmarcesible de apóstol y mártir de una causa grande".
 
Murió cual otro Héctor, y podía haber exclamado al morir con más razón que Francisco I: Todo se ha perdido menos el honor. Y digo con más razón, porque este no perdió la vida.
 
Su epitafio está escrito por los más eminentes autores antiguos y modernos, por los periódicos y por sus mismos enemigos:
 
Por Tucídides que en la oración fúnebre sobre las víctimas de la guerra del Peloponeso dice por boca de, Pericles: "La tumba de los héroes es el universo, no esas columnas llenas de inscripciones!!".
 
Por Virgilio en la persona del rey Turno, que murió en idénticas circunstancias, defendiendo la independencia de la patria contra Eneas y los Troyanos: -¡Dulce et decus pro patria mori!!".
 
Por el laureado poeta inglés, Tennyson, cuando canta con armoniosos versos las más nobles y sublimes aspiraciones del espíritu humano: -"En alguna buena causa, no en la mía, deseo morir honrado, llorado, conocido, y derrotado como un guerrero".
 
Por el distinguido e inspirado poeta filósofo chileno, Guillermo Matta que escribió al pie de la columna levantada en memoria del héroe y mártir Manuel Rodríguez la siguiente conceptuosa y bella estrofa:
 
"¡Jamás el héroe muere!
 
La mano que lo hiere
 
En página inmortal su nombre escribe
 
Y el héroe mártir con su gloria vive".
 
Por el Congreso de los EE. UU. de Colombia, en el decreto que dicto el 28 de junio de 1870, en honor del pueblo paraguayo y la memoria de su presidente. "El Congreso de Colombia participa del dolor que en los paraguayos, amigos de su patria, ha producido la muerte del Mariscal Francisco S. López, cuyo valor y perseverancia indomables, puestos al servicio de la Independencia del Paraguay, le han dado un lugar distinguido entre los héroes y hacen su memoria digna de ser recomendada a las generaciones futuras !".
 
Por The Times que en un artículo de fecha 15 de abril 1870, sobre el Mariscal dice: "No cabe duda que hizo correr sangre como agua; pero esto solo con el fin de establecer su ascendiente firmemente sobre los suyos a fin de doblegarlos a sus propósitos; propósitos cuyos fines eran la gloria y conservación del Paraguay. A este culto estaba dispuesto a sacrificar todo incluso la vida. Jugó el todo por el todo y lo perdió".
 
Por el New York Herald de abril 23 de 1870, en un artículo sobre la muerte del Mariscal donde dice entre otras cosas:
 
"Cualesquiera que fuesen los errores y las faltas de López, no puede negarse que la lucha que llevo a los aliados fue valiente, audaz y resuelta. Por cada pulgada de tierra conquistada los enemigos tuvieron que librar una batalla desesperada. Demostró ser hombre de inmensos recursos y uno de los más grandes soldados de nuestros días; cuando consideramos su captura y muerte, reconocemos que la conducta del comandante brasilero ha sido en extremo bárbara!".
 
Y, finalmente, por el mismo general Cámara que, a pesar de su conducta poco hidalga, intimando rendición a un moribundo, dice: "El Mariscal no había caído en una emboscada, pero si en una leal pelea defendiéndose con un valor que, le hará justicia, honra su muerte y desdice con su vida.
 
Pero reasumamos la ilación de nuestro relato.
 
El coronel Panchito López al retirarse del lugar del combate, se separo de su padre y siguió el coche de su madre, y no a mucha distancia del cuartel general, fue este alcanzado, por el teniente coronel Martins. Panchito viéndose rodeado, se defendió con bravura. El comandante Martins le intimo rendición, y también la madre, que desde su coche estaba presenciando, le grito: ríndete, Panchito, ríndete! Pero el joven no hizo caso, y siguió defendiéndose con su espada, hasta que una bala disparada por un soldado, le atravesó el corazón y cayó muerto.. Entonces la señora Lynch se lanzo del coche y con llantos lastimeros, se hecho sobre el cadáver de su hijo, que, ayudado por ella, fue colocado en el asiento delantero del vehículo.
 
Esto sucedió mientras el Mariscal exhalaba el último suspiro en el arroyo Aquidabánigüíi. El cuerpo de este, conducido al lugar de su inhumación sobre cuatro ramas cortadas en el bosque que puebla las orillas de aquella corriente de agua, según informan los brasileros.
 
Antes del entierro, a pedido del coronel Núñez da Silva Tavares, (después general), los doctores Costa Lobo y Barbosa Lisboa, lo examinaron para atestiguar la naturaleza de las heridas, dando como resultado de dicha operación el certificado que sigue:
 
"Nos, los abajo firmados, certificamos a pedido del Iltmo. Señor Coronel Juan Núñez da Silva Tavares, que examinamos las heridas que produjeron la muerte del ex-Dictador y tirano de la República del Paraguay, Francisco Solano López, encontramos las siguientes:
 
"Una solución de continuidad en la región frontal con tres pulgadas de extensión afectando el pellejo y el tejido celular, otra producida con instrumento perforo-cortante en el hipocondrio izquierdo con una y media pulgada de extensión, dirigida oblicuamente de abajo para arriba afectando el pellejo, el peritoneo, los intestinos y la vejiga; otra en el hipocondrio derecho de arriba para abajo, teniendo dos pulgadas de extensión afectando el pellejo, el peritoneo y probablemente el intestino.
 
Finalmente una herida producida por bala de fusil en la región dorsal, teniendo una sola abertura, quedando conservada en la caja toráxica la bala.
 
Y para constancia pasamos el presente.
 
"Villa Conception, 25 de Marzo de 1870.
 
"(fir.) Dr. Manuel Cardoso da Costa Lobo
 
Cirujano de Brigada
 
Dr. Melitao Barbosa Lisboa
 
2° Cirujano
 
Están las firmas reconocidas por Escribano.
 
(fir.) José María da Silva".
 
Los dos cadáveres, padre e hijo, fueron colocados en la fosa que se había mandado cavar al efecto; pero en vista de que no había sido suficientemente profunda, a solicitud de la señora Lynch, se volvieron a sacar aquellos, y, ahondándola, fueron enterrados los dos juntos el uno al lado del otro, separados por una camada de tierra.
 
¡Consumatum-est!
 
Permanecimos en la guardia que custodiaba a los prisioneros todo el resto del día y toda la noche hasta la mañana del día siguiente.
 
Continuaba la sed molestándome de una manera mortificante; mi clamor por un poco de agua fue escuchado con indiferencia, tanto más cuanto que solo podría expresarlo con señas, a pesar de que el agua no distaba de allí sino un paso.
 
Al día siguiente, el batallón levanto su campamento y se puso en marcha, llevando todos los prisioneros, menos al padre Maiz y al que escribe estos apuntes, que continuaron bajo la custodia de la misma guardia. El hecho daba que pensar, y nos hizo concebir sospechas muy vehementes acerca de nuestro destino final!
 
Cuando hubo desaparecido de vista el batallón en el monte del Aquidaban, el piquete nos condujo hasta la altura del antiguo cuartel general donde había algunos jefes y oficiales. Llegado allí, con una voz de mando dio vuelta y quedo mirando hacia el punto de donde habíamos partido. Con esta maniobra nuestra sospecha iba adquiriendo tal consistencia que se había convertido en una convicción de que íbamos a ser fusilados! A mí no me hizo impresión alguna, porque la idea de que iba a quedarme sin lengua y por consiguiente mudo, para el resto de mi vida, me hacia preferir en ese momento la muerte, y a la verdad que bajo esa persuasión la hubiera recibido con placer! ... El padre Maiz, sin perder su habitual serenidad, me dijo: "¡Estos nos van a fusilar, rece un padre nuestro y el credo para absolverle antes de morir!..."
 
Le conteste afirmativamente con un movimiento de cabeza de arriba abajo!...
 
No a mucha distancia de donde estábamos, había otro batallón brasilero acampado, el único que aún quedaba. Se puso en orden de marcha, y se vino hacia nosotros; pero antes de llegar hizo alto. Desprendió luego un piquete de diez o doce hombres al mando de un oficial y vino a relevar al que nos custodiaba, haciéndose cargo de nosotros.
 
Esta circunstancia contribuyo extraordinariamente a robustecer nuestra convicción, al extremo que ya no nos quedaba la más mínima duda. Francamente, nuestra situación llego a ser desesperante. ¡Qué momento fue aquel!
 
Había desaparecido hasta la esperanza, el consuelo universal de los hombres; y como único asidero nos quedaba Dios! 
 
El primer piquete a pasos precipitados, marchó y desapareció en el monte. Luego el batallón llegó y colocándonos con el piquete en medio, marcho también con rumbo hacia el punto de donde habíamos venido. Creímos que nos llevaba al lugar del suplicio! ...
 
Pero después de haber andado alguna distancia, obedeciendo a la voz de mando de su comandante, hizo conversión a la izquierda, y, saliendo al camino real del Chirigüelo, siguió la misma dirección de los demás cuerpos que sucesivamente habían marchado de Cerro Corá para Villa Concepción.
 
¡Recién entonces volvió el espíritu en sí! ...
 
A los once días de marcha constante a pie llegamos a aquella Villa, durmiendo en los puntos donde pernoctábamos rodeados de cuatro centinelas de vista con armas cargadas. Durante ese viaje me mantuve con caldo y agua azucarada. A esta parte del arroyo Negla encontramos acampada la división del coronel Paranhos, quien nos hizo llevar a su carpa, y con una exquisita amabilidad-conversó un rato con nosotros, y al final, nos ofreció una tacita de café. Después de tanto tiempo de privaciones, esta bebida nos supo como un delicioso néctar que no solo sirvió para restablecer algún tanto nuestra debilitada fuerza, sino que dejó impresa en el fondo del alma la más sincera gratitud hacia el pundonoroso militar que nos obsequió con él.
 
En ese mismo paraje había una ambulancia. Me llevaron allá y un doctor me inspeccionó y me vendó la herida, diciéndome que no había nada que hacer, porque iba cicatrizándose rápidamente. Efectivamente, a nuestra llegada a Concepción el día 14 de marzo, estaba completamente cicatrizada la herida, sin más remedio que lavaje con agua fría, aunque continuaba todavía la hinchazón bastante pronunciada.
 
En el capitulo siguiente, que será el final, daremos una ojeada retrospectiva para relatar algunos sucesos ocurridos antes y después de la muerte del Mariscal, como complemento indispensable del anterior, los cuales no han podido ser referidos sin involucrar el orden en que venían realizándose los hechos.
 
 
 
 
 
PLANO DE CERRO CORÁ SEGÚN DATOS DEL
 
CORONEL SILVESTRE AVEIRO Y DEL AGRIMENSOR ALBERTO BAUMGART
 
 
 
 
 
Autor: JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
 
Prólogos de RICARDO CABALLERO AQUINO y J. NATALICIO CARDOZO
 
NOTAS DEL MAYOR: ANTONIO E. GONZÁLEZ.
 
Editorial El Lector, Colección Histórica Nº 22,
 
Tapa : LUIS ALBERTO BOH
 
Asunción – Paraguay
 
1987 (231 páginas)
 
 
 
Edición digital : BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

Edición digital basada en la

Edición Guarania, 1944. 234 pp.
 




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