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AUGUSTO CASOLA


  EL LABERINTO por ROFANID, 1972 - AUGUSTO CASOLA


EL LABERINTO por ROFANID, 1972 - AUGUSTO CASOLA

EL LABERINTO / por ROFANID

Autor AUGUSTO CASOLA

Edición digital: 

Alicante : BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2001

 

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), [s.n.]

(Impreso en la Escuela Técnica Salesiana), 1972.

Enlace externo a la versión digital en BVC:

EL LABERINTO

 

 

PRÓLOGO 

El PEN Club del Paraguay y la Cámara Paraguaya del Libro han organizado el Concurso Literario de Novelas cuyo premio ha sido discernido por los miembros del Jurado constituido para tal efecto a la novela «El Laberinto» de Augusto Casola. La presente edición de la obra da cumplimiento a lo establecido en la Convocatoria del Concurso y con ella se inicia una modalidad que ambas entidades han acordado proseguir, en su afán de brindar una activa colaboración a los escritores nacionales.

Para el año próximo sé ha programado un concurso similar que habrá de repetirse anualmente, de tal forma que se convierta en una institución de la cultura paraguaya tendiente a estimular de esa forma la creación de nuestros escritores.

Mediante este certamen inicial ha surgido un nuevo nombre en la novelística de nuestro país, que con esta obra se incorpora efectivamente al quehacer cultural. Es deseo de ambas entidades que al nombre de Augusto Casola se sumen en años venideros los de otros escritores que tendrán oportunidad a través de estos concursos de surgir a la luz pública y ser juzgados por el inapelable juicio del lector.

Al dar comienzo, con «El Laberinto» lo que puede convertirse en una colección que enriquezca la bibliografía nacional, el PEN Club del Paraguay y la Cámara Paraguaya del Libro hacen público su agradecimiento a todas las personas que de una forma u otra contribuyeron al éxito del Concurso y hacen votos de proseguir en esta tarea, estimulados por el feliz resultado de esta primera experiencia.

Ana Iris Chaves de Ferreiro
Presidenta del PEN Club
del Paraguay

Lic. Rubén Lisboa
Presidente de la
Cámara Paraguaya del Libro





 

Susanita tomó el Billiken y se entretuvo leyendo las más diversas aventuras del Pollito Pío-Pío; pasó luego a la página central que traía un colorido rompecabezas. Las caras barbudas de personajes de la historia argentina hicieron su aparición. Se detuvo en la hoja de entretenimientos. Uno de los cuadritos llamó poderosamente su atención. La leyenda de abajo expresaba así, más o menos:

«Este ratoncito quiere comer el queso pero no sabe cuál camino seguir. Uno conduce al gato, otro a la trampa y el tercero a la comida, pero ¿cuál? Ayúdelo a encontrar el quesito».

Toma el lápiz de papel, lo mantiene en el aire siguiendo con los ojos las líneas amarillas bordeadas de negro, tratando de llegar al queso con los ojos. Mordisquea una vez más la cabeza redonda del «Faber Nº 2» - Made in Germany. Acerca la punta de grafito al inicio de la trayectoria del ratón.

Con el primer avance, la punta negra fue a terminar justo bajo la cara bigotuda del gato. Retiró la mano de golpe, como si temiera recibir un zarpazo.

Vuelve a insistir, recorre el camino eludiendo las zonas ya marcadas en el paseo anterior, se equivoca en una de las desviaciones torciendo a la derecha, y lápiz y ratón van a dar narices en la trampa.

La niña mira disgustada el papel. Muerde con más fuerzas el extremo abollado del lápiz e intenta por tercera vez. Sigue más cuidadosamente los senderos, y sin darse cuenta, en una distracción, se halla girando alrededor de otras líneas   ya pasadas, no pudiendo avanzar ni volver atrás. Deja el juego, cierra la revista y sale de su habitación.

Está en el laberinto.

*  *  *

En un momento indefinido comenzó para Susana la extraña sensación que se fue apoderándose lentamente de todo su ser, insistente, implacable, a veces hasta cruel. En ese instante esquivo, olvidado ya por la memoria, las emociones inciertas tomaron forma conjugándose, yendo y volviendo como una leve marejada, hasta constituir la inmensa ola que lo arrasa todo, igual al río que crece y se desborda sin respetar barreras ni lágrimas, arrastrando en su furia incontenible y obtusa todo cuanto se sitúa en su ciego camino. No trató de analizar esa extraña inquietud que se apoderó de ella, hasta sentir que a su alrededor solo quedaban ruinas, y ella misma, un despojo.

Al otro lado de la ventana continúa cayendo la lluvia mansa, constante, interminable. En su cuerpo joven, tibio, el alma se carcome silenciosa. El corazón hecho un puño. Entre los dedos estruja descuidadamente un papel. Los ojos miran sin ver. Es un espectro quieto y distante observando las gotas de agua que golpean el vidrio casi opaco de la ventana y se deslizan hasta la pared donde desaparecen.

¿Cuándo comenzó y acabó todo? ¿El primer día, el segundo, un mes después? ¿Un año? Pero no. Aún no pasaron treinta días. Treinta días ¿a partir de cuándo?

Las calles. Las calles largas, interminables, con sus casas; algunas viejas, otras más recientes, pero todas hostiles, irónicas en su muda observación de ojos de ladrillos, sus tendones de mezcla. Tienen vida propia, íntima, vegetativa, como ancianos idiotizados por el paso del tiempo. Hay que reconocer que las casas viven, lo mismo que las calles, el asfaltado, las moles de cemento, los nervios gigantescos de hormigón. Poseen una realidad, el cuerpo visible y el oscuro embrión intrauterino de un alma maligna.

Cierra los ojos. Se siente agotada, incapaz hasta de cambiar de posición. Sigue jugando con el trozo de papel, negro, sucio, arrugado. Lo retuerce hasta convertirlo en un pequeño cigarrillo informe.

Por una de las paredes del cuarto camina la cucaracha, grande y repugnante agitando incesantemente sus antenas. Se detiene, fija en ella los ojos marrones, vuelve a caminar, como si se burlara. Era lo peor de todo. Las cucarachas que de tanto en tanto aparecían desplazándose indiferentes. A veces, como en la primera ocasión veía los animalejos al estar dominada por la pasión. No puede distraer la atención de esas cuatro patas, esos ojos marrones, esas alitas transparentes

Sin embargo, la pieza es bastante acogedora; de la higiene no se podía quejar. Si no fuera por los bicharracos...

Una cama de plaza y media, mesita de luz, un pequeño espejo sobre el lavamanos, cieloraso blanco, piso de baldosas rojas algo gastadas, y la toalla, doblada cuidadosamente encima de los almohadones1 de la cabecera. No son muchos muebles, pero ocupan casi toda la habitación.

Le entraron ganas de vomitar. No puede separar la vista del insecto que continúa su camino ascendente, subiendo vertical por la pared. Es la segunda vez que ese malestar general la envuelve en su angustia. Acaso sea culpa del cielo plomizo cargado de nubes, o de lluvia continuada. En medio del silencio, las cosas la observan con detenimiento y burla. Sus testigos de cargo: la cama, la mesa, el espejo.

Un transeúnte cruza de vereda dando pasos rápidos protegido bajo su paraguas chorreante. Las pisadas resuenan fuertes y secas unos instantes, luego desaparecen... A los costados de la calzada corren riachos llevando hojas de papel, diarios viejos, ramas secas, botellas de plástico, de esas que se utilizan para «spray» y otros desperdicios arrojados al raudal. La lluvia la tiene hipnotizada. Su mente ha dejado de trabajar. La máquina humana en punto muerto.

- A veces -piensa Susana- parece que los objetos poseyeran vida propia. Yo estoy aquí, mirando la lluvia, inmóvil. Me es imposible intentar cualquier movimiento, carezco de voluntad. Esta habitación, al contrarió, habla, muda de aspecto, se renueva constantemente. Los muebles..., me miran, me estudian.

El techo color lechoso presiona procurando descender de su nivel. Las paredes gimen en susurros inarticulados. El recinto va achicándose, es evidente la mayor proximidad de las paredes y el cieloraso. Se hacen sentir en el ánimo de la mujer prisionera.

De adentro para fuera comenzaron a rodar los cubos incoloros. El movimiento se inicia lejísimo, en la más remota región del cerebro. Vienen girando por sus vértices, atropellándose unos a otros, aumentan de tamaño para acabar en un choque silencioso, sin poder nunca atravesar el interior. La vieja sensación. Las voces.

- Aha -esa palabra muda.

- ... entonces te caíste...

- ¿Dónde estás?..., al final de cuentas...

- Susana, Susana.

La casa es grande, brillante.

- Esta criatura está cansada.

El cupo gigantesco se estrelló con un estruendo inaudible. En el estómago, la desagradable sensación del eco de las voces que resuenan en sus paredes. Los cubos enloquecidos acabarán por cubrirlo todo.

- Estoy cansada -piensa Susana, luchando contra las palabras que la acosan de nuevo.

- Susy, vas a resfriarte.

- ¿Trajiste la comida para el perro?

La silla, la mesa, la cama, el espejo, fueron diluyéndose, convertidos otra vez en meros objetos, cosas sin importancia. La mesa recuperó su forma original. La cucaracha2, que ha llegado al techo, camina patas para arriba. El golpeteo de la lluvia se vuelve más intenso.

- Bueno, pasó -se dice Susana-. Qué raro, desde niña no había vuelto a sentir esto. Entonces sí que me venía con frecuencia. Era poner la cabeza sobre la almohada y...

La luz de la habitación tembló indecisa, casi fue a apagarse, recuperando enseguida su intensidad. Ya el raudal de la calle amenaza con subir a las veredas.

Es bastante oscuro, aunque no pueden ser más de las cinco. La tarde pesada, desapacible, húmeda, se filtró por las rendijas haciéndose sentir en el cuarto de manera palpable y espesa. Las tinieblas vencían; con sus dedos largos envuelven la luz del foco que cuelga del cieloraso.

Una mujer, echada sobre la cama, duerme.

*  *  *

- No sé, pero una relación como la tuya, basada en principios tan pocos sólidos, no puede conducirlos a ningún fin -dijo doña Francisca y respiró profundamente reclinándose contra el respaldo del sillón de cuero desteñido por el uso de tantos años, que forma parte del mobiliario pasado de moda de la sala.

- Perdoname que te diga así, pero no puedo pensar de otra manera. Te parece que soy vieja, sí, ya sé; bueno, soy vieja, pero los años no pasaron en balde. Viví algo y sé a qué conducen relaciones como esas.

Se sirvió un poco más de cocido caliente al tiempo que mordisqueaba una de las dos últimas galletas del platillo de la merienda.

- Tía, lo que no puedo hacerte comprender es que lo quiero y él a mí. No sé como explicarte, pero somos tan felices juntos. No sabría decirle que no y tampoco quiero hacerlo.

Susana, sentada a la orilla del sillón que hace juego con el otro e igualmente añoso, mira por sobre el hombro de la mujer anciana que tiene frente a sí, clavando sus ojos en las paredes despintadas de la sala.

- Vine a verte para que me orientes. En casa no se puede hablar, no entienden nada. A mamá no podría decirle lo que a vos.

En un rincón de la sala está el cristalero con el espejo manchado de humedad y tiempo, rodeado de un marco de madera tallada. Una fotografía amarillenta muestra a la tía con treinta años menos, acompañada de un hombre y una niña. El retrato de familia. Es un mueble con dos cajones y tres puertas. La del medio de vidrio y todo el conjunto negro, integra perfectamente el ambiente melancólico de la habitación.

- Yo no voy a dejarlo, tía, porque nos queremos.

- ¿Y qué va a pasar si te quedás encinta?

- Espero que eso no ocurra. Una puede cuidarse, ¿verdad?

- Bueno, ¿pero en qué va a terminar todo? No se puede vivir así por tiempo indefinido -la mujer hizo un gesto de duda.

- Un día van a tener que casarse o acabar. Vos sos una chica de familia. La educación que recibiste hace que puedas considerar las cosas con criterio amplio. Es inconveniente para ambos, eso es lo que yo creo. Inconveniente para todos.

- De poder, nos casaríamos. Él también lo desea, pero por el momento resulta imposible. Sus padres no lo perdonarían jamás. Quieren que termine su carrera.

La claridad del día iba huyendo lentamente. Doña Francisca se levantó con un suspiro y llevó a la cocina la bandeja con los pocillos. Allí también predomina el sabor a casa vieja. La mesa grande, sillas de mimbre con altos respaldos que conocieron épocas mejores, rotas en varios lugares; una heladera ocupa la cuarta parte de la pieza. Al costado, la alacena rústica y desteñida. El péndulo del reloj de pie marca parsimoniosamente el transcurrir del tiempo. Flota en el ambiente el espíritu mismo del anacronismo. Suda de las paredes, del piso, de los pilares redondos del corredor y las vigas enormes que soportan la responsabilidad de un techo de tejas mohosas.

Doña Francisca habitó en esta casa toda su vida. Primero con sus padres, luego con el marido, la madre viuda y su hija, muerta cinco años atrás en un accidente automovilístico. Colgados de las paredes, el retrato de cada uno de ellos atestigua el póstumo y modesto homenaje al recuerdo de los seres queridos que ya no están.

Tras la muerte de su esposo, la casona quedó bastante abandonada. La pequeña renta apenas alcanza a cubrir los gastos diarios y pagar algunos impuestos que van atrasándose cada vez más. Y la situación hubiera sido peor si su hermano, el padre de Susana, no aportase en forma más o menos disimulada una ayuda para salvar las urgencias mensuales más apremiantes.

El aspecto económico que nunca fue muy desahogado, se volvía peor con el pasar de los años. Si en otros tiempos pudo tener consigo dos muchachas de servicio, ahora, a duras penas, mantenía una que la ayudaba en los quehaceres más pesados de la casa.

Doña Francisca es la tía vieja de la familia, y no se la podía tener en otro concepto ni imaginársela de otra manera. De donde arrancan los recuerdos de Susana, siempre se mantuvo igual. Va perdiendo la vista y casi no distingue a las personas de una vereda a la otra. Susana le tuvo gran afecto desde la infancia, cuando iba a pasar el día los domingos, jugando con su prima, varios años mayor, y el perro «Tigre» que desapareció una vez y no se supo más de él. La casa, el patio, las plantas de carotos3 con hojas brillantes y multicolores, el piso de baldosas opacas, las paredes, los cuadros y fotografías, el reloj de pie, todo está igual a esos días lejanos. El tiempo se detuvo tras el portón de hierro de la entrada.

A Susana le gustaba jugar sobre la boca de tormentas del arroyo que corre al costado de la casa vieja. Tiene un pasamanos que le da la apariencia de un puente, el puente de Avignon, como decía de niña.


     «Sobre el puente de Avignon    
  todos bailan, todos bailan.    
  Sobre el puente de Avignon    
  todos bailan y yo también...»    

 

Los niños repiten una y otra vez el absurdo estribillo. Susana, con su vestido rosado de encajes, juega a la ronda, tomada de la mano con otras criaturas del barrio. Noche de Navidad. De tanto en tanto, algún cohete cruza el cielo explotando   a gran altura. Las personas mayores, sentadas en el patio, conversan de mil cosas sin importancia. La cena de Nochebuena está lista en el comedor. Hace un calor tremendo. Con el sudor, las ropas se pegan al cuerpo.

- Me contó Marta que su hija terminó el bachillerato y ahora quiere estudiar derecho.

- Siempre fue una chica inteligente y aplicada. Hoy en día, las jóvenes tienen otros intereses aparte del matrimonio.

Las esposas forman grupos separados del de los hombres. Estos hablan de política, fútbol y mujeres. Entre ellos está su padre, el hombre ideal, justo, bondadoso, siempre dispuesto a bromear con los niños. Se enfadaba en muy contadas ocasiones, y aún entonces, era raro oírle alzar la voz. Durante toda su infancia, y entrando ya unos años en la pubertad, lo consideró ejemplo inigualable de lo que debía ser un hombre «grande». Después vino la desilusión. Existían miles de factores que se manifestaron cuando ella comprendió la vida y la observó con ojos de mujer joven para quien los misterios se develaron de a poco. Su padre, colocado en el banquillo de los acusados fue juzgado y condenado a perpetuidad. Era y siempre había sido culpable.

Al comienzo resultó doloroso. Una herida abierta en su corazón joven, ingenuo. Hasta varios años después no pudo comprender todo el alcance de aquellas miradas frías que captaba a veces entre sus progenitores, como tampoco comprendía las frases muertas sin completar ideas o los dobles sentidos. Carecía de la experiencia necesaria. Se dio cuenta de que algo escapaba a su conocimiento, que no sonaba parejo en la armonía familiar.

Llegó a la conclusión de que ambos eran relativamente jóvenes; entre ellos aún existía «eso». La gran interrogante. «Eso» hacían sus padres a quienes había considerado perfectos, casi sobrenaturales, especialmente su padre, un dios.

Más adelante4, escuchando las conversaciones de medianoche, pudo descubrir que la mamá lloraba. Discutían durante largo tiempo, en susurros, con palabras veladas, pero muchas cosas se escuchaban bien. A veces, las palabras se volvían  gemidos ahogados, tonos más altos, extraños, chocantes. Después comprendió. Hacían «eso».

Se sobresaltó. ¿De qué estaría hablando la tía?

- ... pensaría que las chicas tienen más problemas.

- Las dificultades las buscamos nosotras mismas. No me vas a creer si te cuento las hazañas de otras compañeras de colegio.

- Hum.

- Si vine a sincerarme contigo es porque te tengo confianza y sé que me vas a ayudar. Hay días en que me siento totalmente desorientada, no sé que hacer, ni qué pensar. Vos crees que él me utiliza como un instrumento, para divertirse, pero no es así. ¿Acaso soy una mujer fácil?

- Su egoísmo encontró en vos la forma de satisfacer una necesidad urgente. No digo que no te quiera, pero es muy difícil poder asegurarlo. Son muy jóvenes los dos.

- A veces me desespero. No quiero perderlo, sin él me sentiría, no sé..., y después tener que entregarme a otro. No puedo, yo creo que la mujer tiene que ser de un solo hombre.

- Se dejaron arrastrar. Vos sabías bien lo que estabas haciendo.

- No digo lo contrarío -juntó sus dedos-. Desde luego, no fui seducida -sonrió-. Nadie es seducida. Si lo hice fue porque lo deseaba, quería probar algo nuevo, no sé, demostrarle que confiaba en él, satisfacerlo.

Quedaron calladas y el silencio se apoderó repentinamente de todo el universo. El silencio.

- Yo soy responsable. Yo lo quise.

Cae una brisa fresca. Atardecer. El cielo de verano continúa rojo. Algunas nubes recorren lentamente el fondo del infinito. La oquedad absoluta. Eterna.

- Estoy aquí en una situación ridícula -pensó Susana-. Desde el principio todo es absurdo. Sin valor. Dentro de doscientos años no quedarán vestigios de estos minutos. Ya no existirá nadie de los millones de hombres y mujeres  que ahora se mueven, hablan, sufren, se desesperan. Mi vida y las demás existencias son absurdas. El nacimiento de un ser, la burla suprema, la obcecación más monstruosa. ¿Por qué tengo yo que vivir? Me realizó la unión de dos cuerpos que un día satisficieron5 su pasión, su deseo, o acaso simplemente su costumbre. Es improbable hablar de amor. Entonces existí. De entre millones de probabilidades, fui yo. Nada se previó. El azar y su fruto, yo. Era perfectamente posible que no se concretase mi realidad, pero entonces, ¿qué sería? Si mi existencia no hubiera sido, si no se realizaba la unión o era otra la semilla fecundada, ¿qué sería yo? ¿Qué soy? Existo desde antes de haberse consumado el acto, soy previa a mi propia concepción. Vivía, latente pero real. Improbable, pero siempre posible. Ahora, yo misma puedo fecundar, porque mi cuerpo es campo fértil. Otro azar involuntario y puedo dar vida. Otro absurdo. Otra nada.

Vivir, respirar. Puedo crear un nuevo ser, crear otra existencia y arrojarla a la farándula. Yo misma he sido arrojada. Soy. Es la caída original multiplicada por la eternidad. Y dejaré de existir, desapareceré. Nada ni nadie puede impedirlo. No seré más yo, pero mi cuerpo seguirá existiendo por mucho tiempo, más absurdamente que nunca, inanimado. Un cuerpo que ya no es pero sigue existiendo. Se destruirá la carne y quedarán los huesos. Mis huesos. Los mismos que ahora me soportan, y sin embargo, habré dejado de ser.

La farsa acabada. El Universo es la gran carcajada del vacío, de la nada. Y no obstante, vivir resulta agobiante. El honor, la vergüenza, no pasan de palabras formales, huecas, que tratan de definir lo indefinible. Una forma de hablar, porque no conocemos otra. Desaparecemos, al final, absorbidos por la garganta roja de la nada. No quedan rastros. La faena está cumplida. El máximo de lo absurdo, la muerte.

Sigue soplando el viento fresco. Un respiro tras la jornada húmeda y pesada de verano. Muchas personas sacaron ya sus sillas y están sentadas frente a sus casas, conversando. Se bañaron al volver del empleo y quieren aprovechar la agradable temperatura de la hora. En toda la ciudad, cientos de familias hacen lo mismo. Se encendieron las luces de las esquinas. Los insectos enloquecidos, rodean el brillo artificial. Es de noche.

Las estrellas están altas.

El cielo presenta acumulaciones de nubes. Corren, y dan la impresión de que la luna pasea sobre la alfombra de brillantes del firmamento. La luna aparece y desaparece.

Las sirvientas del barrio se juntan. Sus carcajadas explotan regularmente, en forma brusca. Risas fuertes. Risas.


     «Hacen así...,    
  así las lavanderas;    
  hacen así...,    
  así me gusta a mí».    

Los recuerdos, las voces, las risas.

La noche trajina entre la oscuridad con pasos sigilosos. El fondo es negro y pesado. La luna se esconde tras una montaña gigantesca de algodón.

Susana se siente feliz. Tomada de la mano de otra niña juega a la ronda. Canta. Sus padres charlan con otros invitados a la cena de Navidad. Recorrió varios pesebres adornados con estrellas de Belén, globitos, niños Jesús, vacas, caballos, Reyes Magos. Algunos tenían hasta aviones.

Los cohetes suben y explotan cada vez con mayor frecuencia. Hace calor. Lo más agradable de la Nochebuena es la cantidad de dulces y juguetes que dan los mayores sin protestar. Susana está feliz.


     «Sobre el puente de Avignon    
  todos bailan y yo también...»    


*  *  *

En la penumbra del cine suele escapar al argumento de la película perdiéndose en meditaciones que no guardan relación con las imágenes reflejadas en la pantalla. Se fija en el grupo abúlico que la rodea, presos de ojos y oídos a las situaciones efímeras de hora y tanto de duración, que al final llegan a un desenlace satisfactorio para todos.

Le gusta el cine aunque no deja de pensar que es una manera fácil de escapar de la realidad demasiado dolorosa de todos los días, o si no puede decirse dolorosa, por lo menos tan rutinaria y estúpida que se asemeja al bostezo general  de las nueve de la noche, precediendo al sueño que liberará al espíritu durante unas horas, de la tensión cotidiana por conseguir los papeles rectangulares y sucios llamados dinero, norte y meta perseguida con uñas y dientes a lo largo del día.

Los fines de semana poseen un ritmo ineludible, tan estricto como el horario cumplido en horas de trabajo. Hay grupos que van al cine los sábados y los que el domingo; los que asisten a misa de ocho y los que a misa de diez treinta; matinée, familiar y noche.

Susana llegó a la juventud con todos los interrogantes propios de la edad, y otros que se fueron planteando al abrir los ojos una tarde cualquiera, o una mañana, quizás, y darse cuenta de que los cánones preestablecidos no cumplían a la perfección sus funciones, como lo creyera anteriormente.

De pronto, sin buscarla, casi contra su voluntad, la disonancia fue tomando cuerpo en su alma, echando por tierra el castillo de naipes que hasta entonces le impidió la visión completa, sangrante, total, de un mundo herido, mutilado que inunda con su pestilencia el universo, dejando oír el grito desgarrador de miserias, hambre, mezquindades apenas encubiertas por una costra brillante de hipocresía que se pelan y destruyen ante el más leve roce contra los convencionalismos oprimentes y sin sentido que debía respetar.

¿Qué mundo es este? ¿Dónde estoy? ¿Cuál es el camino a seguir? Todo, todo cuanto me rodea es falso.

Camina por las calles sin rumbo fijo, por el solo placer de ir mezclándose con las sombras largas de un atardecer tranquilo. Constituye la manera más simple de huir de la presión insoportable de su casa, las amigas, el colegio, los «dómines» como llamaba a sus profesores, refugiados tras la máscara inestable, a punto de caer apenas se plantearan problemas ajenos al mundo teórico de libros y tratados que al final no conducen a nada. Huecos. Absurdos.

Las calles alejadas del centro, de empedrados irregulares y casas coloniales son las preferidas. Casas de amplios corredores, con pilares cilíndricos de gruesos diámetros, sólidos, recargados de adornos, oropeles inservibles, vanidades de otras épocas, acaso mejores, o tal vez tan malas como la presente,  sólo que, por superadas, envueltas de melancolía. Perspectiva con su punto de fuga centrado en el infinito de los tiempos. Ojos húmedos que miran al pasado.

Sale cuando ya casi nadie puede cruzarse con ella y resulta improbable encontrar conocidos. Barrios alejados del centro de casas coloniales cerradas tras las puertas altísimas, trabajadas con esmero, de fino tallado, de maderas cansadas, obras de amor, de paciencia infinita, donde el artífice se pierde y no puede suponerse un hombre vulgar, de anchos dedos de manos callosas, frente sudada, despidiendo el olor ácido de las axilas transpiradas.

Es difícil imaginario aunque haya sido un bruto ordinario, borrachín impertinente que castigaba a su mujer con crueldad. Es posible. Dejar correr la imaginación, no apartarse demasiado de la realidad casi segura de otros tiempos.

*  *  *

- Ser mujer tiene sus desventajas -escuchó comentar una tarde a la amiga más allegada a su madre- y, por otro lado, da cierta confianza el saber que una puede ganarse la vida sin mucho esfuerzo. Si no se es demasiado vieja, por supuesto.

- Casi siempre -pausa-. Es difícil que los hijos reconozcan todo lo que una hace por ellos.

- Ni los maridos, ni los hijos, aprecian la vida mediocre que la mujer se ve obligada a llevar dentro de la casa.

- La parte ingrata nos ha tocado a nosotras -aseveró la madre de Susana acompañando sus palabras con repetidos movimientos de cabeza-. Lo más decepcionante es que hasta los hijos sienten una especie de resquemor por nuestra manera de ser y actuar. ¡Cómo si hubiera otra!

- Nos ocurrió a todas. Al darnos cuenta de la realidad, es demasiado tarde.

- Es la mala educación -continuó la madre de Susana-. Al matrimonio nos lo presentan como destino lógico y supremo. Después de unos años, no pasa de ser una prostitución mimetizada de honorabilidad.

- Bueno, hasta la pareja más feliz se estanca en las arenas movedizas de la vulgaridad -la mujer suspira profundamente y queda mirando a lo lejos-. Los arranques de pasión más intensos son conocidos desde el preludio hasta el final. Uno puede anticiparse a cada movimiento, a cada palabra, a cada gesto, a cada reacción.

- Te estás volviendo cínica.

- Y qué recurso nos queda.

Siguen hablando, cambiando ideas e impresiones, mofándose de las amigas, recordando cosas, ríen, se atraviesan en medio de sus frases. Hablan.

*  *  *

No pienso sentarme a esperar la llegada de un príncipe azul. Debe existir un camino que conduzca al entendimiento -se dijo Susana mirando a su alrededor la gran cantidad de personas concentradas en las imágenes de la pantalla.

- Después de todo, las mujeres somos tan seres humanos como los hombres.

La penumbra variable mostraba rostros serios, absortos, fijos los ojos en los movimientos realizados por los actores. Rostros serios, silenciosos, inmóviles.

- De cualquier manera es una idiota -pensó- atragantarse de romances y emociones para tener que recibir después los empujones del guarda de ómnibus.

Paseó de nuevo sus ojos en forma objetiva recorriendo los rostros serios, concentrados, inmóviles. Se sentía risueña. Tantas facciones desconocidas. El hombre sentado dos hileras más adelante, a su izquierda, no quitaba los dedos de la boca, a no ser para escupir otro pedazo de uña. La mujer de enfrente masca sin descanso un chiclets desde hace más de media hora. El de su derecha es, sin duda, un empleado; tiene todo el aspecto del hombre satisfecho que va los sábados al cine con su esposa y una hija. Después irán a cenar algo liviano, a comentar la película, reviviendo las hazañas más arriesgadas de los héroes. Se referirán a ellos como a seres reales, auténticos.

- Yo soy igual. Resulta ridículo querer analizarlos. No debo diferenciarme demasiado de aquella chica.

Al encenderse las luces, se apoderó de los espectadores un entusiasmo general. Hablan todos juntos. Los vendedores de golosinas van de un lado para otro ofreciendo sus mercancías.

- Chiclets, pastillas, caramelos, menta, chiclets.

Los hombres salen al hall a fumar un cigarrillo o van al baño. Las mujeres por lo general quedan en sus asientos, mirando de un lado para otro. No faltará algún conocido a quien saludar.

- Ya está. Una compañera de colegio -levanta una mano saludando. La otra le indica que a su lado hay sitio libre.

- Si será pesada -dice para sí Susana- ahora voy a tener que aguantar toda la segunda película en su compañía. Y es de las que hablan y comentan. En fin, voy.

Sale de su hilera y llega hasta donde está la amiga. Se besan en las mejillas.

- ¿Que tal? ¿Cómo andás, Susy?

- Bien, ¿y vos?

- Bien. ¿Qué te pareció la película?

- Muy linda.

- Verdad que es fabulosa. Estaba con unos nervios... -le convida un caramelo que Susana acepta.

- ¿Viniste sola? -pregunta.

- No, con mamá. Quedó más atrás porque no encontramos dos butacas juntas que estuvieran libres, ¿y vos?

- Estoy con unas amigas, pero ellas encontraron pareja. En realidad, vine invitada como tomasita.

Hacen una breve pausa para tragar el jugo de los caramelos que se les derrite en la boca.

- Decime, Susy, ¿qué hay de aquel muchacho alto, elegante, que salía contigo?

- Nada, hace tiempo que no lo veo.

- Ya salieron los novios -se dice Susana-, no podía fallar.

- ¿Y vos?, ¿siempre con Carlos?

- Sí. Hoy no pudo venir, porque de la oficina lo enviaron al campo. Siempre seguimos igual.

Apagan las luces. La función continúa. Poco a poco las voces y las pisadas se desvanecen. Vuelven los rostros serios, inmóviles, concentrados. ¡Que vivan los payasos!

De la platea, claro.

*  *  *

Sin dormir, las horas pasan con una lentitud enervante. Es como si la hora se prolongase en cada latido del reloj. El tiempo se transforma extendiéndose a los sonidos, a las sombras, al menor incidente que altere en algo la monotonía de sentir el silencio deslizándose, un fantasma frío a través de la ventana iluminada con las luces de la esquina desnuda.

Siente dentro del pecho la soledad del que guarda vigilia mientras todos duermen. Es una sensación extraña. Invita a dejar volar la imaginación, libre, suelta, sin tener que preocuparse de las interrupciones inesperadas. La penumbra se apodera del alma estirando sus dedos finos, largos, inquietos. Algunos recuerdos surgen activados por el influjo de la hora.

El sabor amargo de los recuerdos.

Cosas que ocurrieron. Palabras pronunciadas que recorren todo el cuerpo en forma de glóbulo rojo; agitan fibras recónditas trayendo caprichosamente imágenes lejanas.

- Todavía sigue goteando la canilla del baño -piensa Susana y aguza el oído para captar el inacabable toc-toc del agua sobre la bañera.

- No sé cómo en esta casa se dejan pasar los arreglos hasta que todo esté podrido y sin remedio.

En algún rincón protegido del techo, hay un grillo. Su melodía unísona es tan interminable como el gotear del grifo, el movimiento de las hojas, el pulso del reloj. Las dos.

Resulta fácil escuchar las campanadas de la Catedral si sopla viento norte. El sonido metálico cruza el espacio dormido flotando en la brisa. Las dos. El tiempo pasa lentamente. Pasa.  Ya antes había contado los doce golpes de media noche. Sí, el tiempo pasa.

Sus ojos abiertos, fijos en la penumbra. Su alma persigue lejanos horizontes y se observa a sí misma, separada de su unidad. El espíritu escapa sin poder frenarlo; vuela aceleradamente dejando sobre la cama el cuerpo inmóvil de la joven, achicándose cada vez más a medida que su esencia se diluye entre las estrellas esparcidas al descuido sobre el negro vacío de la oscuridad. Quiere sentarse, pero no consigue hacerlo.

Pegada la cabeza a la almohada blanca, con sus formas unidas a la sábana que escapa en uno de los extremos por debajo del colchón. Bajo su pecho late un corazón extraño. Está ahí pero no es ella. Capta los sonidos. El ladrar de un perro. Vuelve el silencio inasible. La sensación de verse objetivamente la absorbe. Simplemente, no está allí, aunque su presencia física parezca demostrarlo. No está.

Una dualidad desconcertante.

- Yo estoy acostada -se repite una vez más queriendo convencerse a sí misma- estoy en mi pieza pensando.

Sin embargo, le resulta cada vez menos auténtica esa aseveración. Ella no lo cree. Se ve tratando de unir su existencia al espíritu lejano que analiza burlonamente la absurda situación de estar separado de su materia. Ni se atreve a intentar un pestañeo. Teme que un acto tan sencillo como cerrar los ojos, cabe por soltar el frágil hilo que la une a la vida.

- No debo moverme -el milagro que le permite esa inesperada objetividad la tiene hipnotizada-. Desde un comienzo he sido yo y seguiré siéndolo aún cuando esta noche me juegue una broma de mal gusto. No puedo escapar. Es un engaño el insomnio.

Comienza a dolerle la espalda y sus piernas entumecidas pugnan por recobrar el dominio de los movimientos conocidos.

- Si quiero mover las piernas, puedo. Nada me lo impide. Al menos, de las reacciones de mi cuerpo estoy segura.

Los recuerdos se agolpan adquiriendo dimensiones descomunales y ocupando un lugar importante. Demasiado importante para la futilidad de que van recubiertos.

- No sé por qué no puedo dormir. Nunca me ha ocurrido. Es notable la cantidad de ruidos que una deja de percibir si no está despierta.

En la pieza de al lado, unos ronquidos sordos llenan la calma con la presencia indiscutible de sus padres.

- Mis padres -pensó Susana decidiéndose a mover una de sus acalambradas piernas y agitando los dedos de los pies en vertiginoso movimiento para espantar un mosquito- mis padres.

- Hay momentos en que gustosa me mandaría a mudar. No puedo encontrar en ellos la más leve señal de inteligencia o cordura. Todo está mal, y de lo malo, soy lo peor. Quisiera saber porqué se empecinan en hacer de mí algo distinto. Si vamos por los ejemplos..., de cualquier manera, no hay motivos para volverse tan rigurosos con mi modo de vida. Al fin de cuentas, puedo ir al cine en barra, o a bailar. No pienso acostarme con todos los muchachos que saltan conmigo en la pista. Es ridículo. Nunca van a comprender que ya no me orino en los calzones.

El mosquito zumba a su alrededor. Dio dos manotadas al aire con intención de cazarlo. El insecto se alejó. Por la ventana abierta penetra el aire fresco, agradable, de la madrugada.

-Y hay días en que los ojos se me cierran antes de ir a la cama -da vueltas, cambia de posición, gira la almohada bajo su cuello, y al sentirla caliente, la vuelve a girar.

Siente un cansancio agotador, enervante. Todo su cuerpo se agita con esa extraña inquietud. Casi puede ver la sangre circulando por sus venas. Une las dos manos formando un puño cerrado, rígido, y acompaña los golpeteos rítmicos del corazón con un movimiento acompasado, lujurioso, hasta lograr que el caudal de su ansiedad largo tiempo reprimida explote saliéndose de madre en silenciosa rompiente de placer.

El canto de los gallos comienza a enlazarse de gallinero en gallinero hasta alcanzar el límite de la madrugada, rebotar contra la luz deslumbrante del día y seguir la trayectoria anterior en sentido inverso una y otra vez.

Sinfonía continua de variados matices. Nunca olvidan el rito que habrá marcado el principio de los tiempos y señalará, tal vez, la hora del último crepúsculo vital.

*  *  *

Llegaron caminando hasta la plaza, tomados de la mano. Las luces de las esquinas comenzaron a encenderse con guiños inseguros, repetidos. Varios autos avanzan a la velocidad que les permite el desorden general de vehículos, bocinando a veces con insistencia ingenua, por hacer ruido. Casi sin pronunciar palabras llegaron al banco vacío y se sentaron.

Los niños juegan alrededor de la rotonda iluminada con luces de colores que varían continuamente, dando tonalidades verdosas, azules, rojas, al chorro de agua que sube hasta unos tres metros de altura. El viento hace que gotitas diminutas escapen de la fuente transformadas en fina llovizna que provoca la algarabía general de los pequeños al sentir el agua. Huyen entre gritos y risas continuas.

- Lo que me dijiste ayer me dolió mucho -dijo Susana sin mirar a la cara del joven que la acompaña- quise que me ayudaras, que me dieras fuerza, y saliste con eso. Al fin de cuentas, toda la culpa no es mía. Vos y yo somos responsables de esta situación. No es una solución correcta, no puedo aceptarlo como cosa tan fácil. Es un crimen. Lo mismo que matar un niño que ya ha nacido por el solo hecho que molesta. Está vivo. Dentro de mi cuerpo tengo esa vida. Vos no te darás cuenta, pero es así.

- Pero si sabés bien que no podemos casarnos. ¿Cómo voy a decirle a mis padres que embaracé a una chica? Me van a echar a patadas y no sé de qué vamos a vivir si ellos no nos ayudan.

- Yo también me muero de angustia pensando en la forma de decirles -Susana clavó en el joven unos ojos grises, húmedos, pero sin lágrimas.

- Por eso es mejor abortar. Yo voy a conseguir dinero, no es tan caro. Estuve averiguando con un amigo que tuvo este mismo problema. Nadie supo nada.

- Es que no te das cuenta. No podemos matar así nomás, como si fuéramos animales.

- No lo somos, por eso podemos decidir cuándo conviene o no tener hijos. En nuestro caso es perfectamente imposible otra solución. O casarnos, pero no puede ser, por ahora. Tenés que comprender, Susy. A mí tampoco me gusta, pero no hay más remedio.

- Una escucha hablar de eso y no cree que pueda ser la víctima, y menos aún, el verdugo. Tengo miedo.

- Pero te digo que no hay peligro. No vas a ser la primera.

- Tengo miedo. De mí, de vos, de todo el mundo. La solución es demasiado simple.

Mira sus manos, la fuente, los vehículos que pasan encandilándose unos a otros, los niños que juegan, las criaditas.

- Un cuerpo humano está creciendo. Debe vivir entre nosotros y al minuto siguiente, nada, un montón asqueroso de sangre.

- ¿Por qué hablás así? -la mira sobresaltado-. ¿Qué podemos hacer? ¿No te das cuenta que es lo más lógico, lo más simple?

- Es demasiado simple -lo mira irritada-. Nosotros somos los únicos culpables. La responsabilidad es nuestra. Es fácil hacer las cosas y destruirlas cuando molestan.

- No estamos en la Edad Media. ¿A qué viene de pronto tanto afán de moralidad? Lo hubieras pensado antes.

- Lo pensé. Somos responsables de nuestros actos. Soy responsable y me repugna recurrir a esa sucia trampa. No puedo aceptarlo.

- Entonces tendrás otra salida. ¿Cuál es? A mí no se me ocurre nada. Ya pasé varias noches sin dormir, con la desesperación  que me devoraba, temblando, el corazón en la boca. Desesperado. Asustado hasta de mi sombra. Estoy cansado de vivir así. Estoy harto, que querés que te diga. No hay otra cosa que hacer, tenés que aceptar lo que te digo. Y aceptás aquí mismo, ahora, o nos separamos. No voy a arruinar mi vida porque seas una estúpida. Decidite de una vez. Ahora mismo.

- ¿Y vos creés que yo estoy tranquila, verdad? Para vos todo es fácil. Me dejás aquí mismo y se acabó. Te podés ir. Ya me tuviste. Ahora solo sirvo para crearte problemas. Andate de una vez, infeliz. Dejame en paz. No quiero verte más. Andate ya.

- Pero Susana, escuchame...

- ¡Andate, carajo!

*  *  *

Los niños cantan formando rondas ruidosas. Dos o tres parejas habían buscado la soledad de los rincones menos alumbrados, hacia los costados de la plaza. El chorro de agua sigue subiendo tozudamente hasta sus tres metros y algo de altura para volver a caer, cambiando de colores.


     «Aserrín, aserrón    
  tan chiquito y tan ladrón    
  roba plata del cajón    
  sin permiso del patrón...»    

 

Gritos y risas.

Gritos y risas. Parejas enlazadas en abrazos que son promesas de amor para cualquier día, apenas se presente la oportunidad. Una niñera corre hacia donde cayó uno de los niños al doblársele el triciclo. Gritos y llanto. El chicuelo llora desesperadamente en los brazos de la muchacha que trata de consolarlo. Sorbe sus mocos diciendo cosas inentendibles en su lenguaje infantil, confuso. La niñera llama al vendedor de globos, compra uno y se lo da al chiquillo. Este se tranquiliza con el juguete. Vuelve a la normalidad, baja al suelo y corre sin acordarse del dolor pasado.

Las siete de la noche.

La retreta comenzó atacando los primeros acordes de una marcha de Soussa. Enseguida se forma a su alrededor el eterno grupo de mirones y aburridos transeúntes que detienen su paseo formando una desordenada platea que habla, ríe, escucha, hace comentarios y al terminar la primera música, aplaude a rabiar, llena de entusiasmo6, en forma insistente y prolongada.

- Mirá, ese es el bombo.

- ¿Bombo?

- Sí, y aquel toca los platillos. ¿Ves ese gordo? Sí, ese que está ahí, ¿ves?, toca la flauta.

Los músicos se secan el sudor de la frente. La noche es calurosa, llena de cascarudos gigantescos que revolotean alrededor de los faroles del alumbrado. Algunos caen al suelo con las patas para arriba e inician un angustioso pataleo inútil hasta que alguien los aplasta con un «crick» que señala su muerte sin sentido.

La banda inicia suavemente los acordes de la guarania «Mburicaó». Los sonidos llenan el aire, escapan de los oídos, suben rápidamente entre las hojas de los árboles, se mezclan con los bichos de luz, las parejas, las nubes, que se desplazan lentamente, y vuelven a los instrumentos. Varias horas de ensayos, de repetición, una y otra vez. Repetir los tonos altos. El metrónomo señala incansable el ritmo exacto.

El agua sigue subiendo, salpica el piso cubierto de cascarudos negros, feos, que se agitan mirando el cielo sin esperanzas, entre sus patas agudas.

- Este año comenzó temprano el calor.

- Verdad que sí -conversan madre e hija.

Ya sacaron los sillones del vestíbulo y los ubicaron sobre la calzada, justo bajo el cordón de la vereda.

- Yo soy friolenta, me gusta más el verano.

- A mí también. Especialmente ahora, con la miseria que hay en el país. El único abrigo de los campesinos es prender una fogata y sentarse alrededor.

- ¿Papá va a venir tarde?

- Seguro. Hoy es martes, tiene reunión del club.

Un auto dobla la esquina alumbrada con un solo foco que deja a oscuras la mitad de la cuadra. Susana cierra los ojos, encandilada por el brillo intenso de los faroles. El vehículo sigue su camino traqueteado sobre el empedrado dispar.

- Ayer en el colegio pasaron una película.

- ¿De qué?

- De la embajada americana. La educación en Estados Unidos. No te imaginás las cosas que tienen allá.

- Ah, claro, si es el país más desarrollado del mundo.

- Cada estudiante, por ejemplo, tiene un microscopio, con sus iniciales, para no confundirse con el de los demás.

- Qué lindo ha de ser estudiar así, ¿verdad?

- En realidad.

Quedaron calladas. El viento sopla con bastante fuerza, moviendo las hojas del bananero en el patio vecino y provocando el sonido tan peculiar de estas plantas, al acariciarse con sus manos verdes, largas, misteriosas.

- Dentro de una semana, María Lourdes cumple años, dieciséis.

- ¿Van a hacer fiesta?

- Parece que sí. Me dijo que su papá va a alquilar el Círculo. Como el año pasado no le hicieron nada. ¿Te acordás que se murió su abuela? Entonces, será esta vez.

- Les saldrá bastante caro. ¿Van a poner orquesta?

- Dice que sí.

- Por lo visto tienen mucho dinero.

- Ah, bueno -Susana hace un gesto ambiguo y burlón-. Ella siempre se manda la parte. Que Centenario aquí, que Centenario allá. Lo cierto es que no le aguanto.

- Bah, no tiene importancia...

- Y no es ella sola. Tenés que escucharlas como hablan, cada una más millonaria que la otra. A mí me pudren.

- Mirá, Susy, si una no se manda la parte, nadie le hace caso. En estos días, lo que vale es la apariencia.

Una pareja pasa caminando lentamente, tomados de la mano. En la esquina ladra el perro sin amo que apareció la semana pasada por el barrio. Todos le dan algo, resto de comida, o, de lo contrario, el animal se rebusca en los basureros colocados frente a las casas para ser retirados al día siguiente.

Unos días atrás, dos o tres borrachos vagabundos se acostumbraron a llamar en las casas de la vecindad pidiendo comida o sobras, que juntaban en una latita herrumbrada de la cual sacan pedazos grasientos de carne fría o sorben la sopa, sentados en el cordón de la vereda de la sombra, a las dos de la tarde, aproximadamente. Después duermen acostados sobre la vereda, cubriéndose con el viejo saco mugriento que los acompaña donde quiera que vayan, sea invierno o verano, con el sol o lluvia. Nunca se separan de él. Para dormir, suele servirles de almohada.

El perro y los borrachos llegaron juntos. A veces van de un lado para otro en mutua compañía, pero no se podría decir que el animal les perteneciera. Una tarde lo llevó la perrera, tras súbita e inesperada irrupción. Más tarde vinieron muchos más animales, pero ninguno estuvo tanto tiempo en el barrio como ese. La vecindad le tomó cariño al perro. Los vagos también desaparecieron un buen día. Nunca los volvieron a ver.

- Van a dar una linda película en el Victoria.

- ¿Cuándo?

- La semana que viene.

- Ah, sí.

- Hace rato no traen nada que valga la pena.

- Es que estos dueños de cine son más negociantes...

- A papá no le gusta el cine, ¿verdad? A mí me parece que no entiende.

- Bueno, él prefiere ir al fútbol o reunirse con sus amigos. Date nomás cuenta que los martes, caiga lluvia, rayos o centellas, él va a la famosa reunión semanal.

- Pero generalmente se queda en casa, de noche.

- Sí, claro, pero te quiero decir que hay cosas que le gustan más.

- ¿Cuántos años tenías vos cuando te casaste?

- A ver..., sí..., veintiocho.

- Papá tiene tres años más que vos, ¿verdad?

- Hum...

- Yo nací dos años después que se casaron ustedes, a ver..., o sea que ahora tenés cuarenta y cinco. Ya sos medio vieja -se ríe.

- No me digas eso, eh.

Los niños juegan «tambo» de columna a columna, peleándose cuando no se ponen de acuerdo sobre quien tiene más «leche». Hay dos de cada bando, sentados en la vereda, prisioneros, y esperan ansiosos a que vengan a liberarlos.

Tomados de la columna, protegiéndola como si en ello se les fuera la vida. La sueltan, salen, vuelven a su refugio cuando el del grupo opuesto los quiere tocar, se incitan unos a otros, procuran llegar a los prisioneros. No lo logran, vuelven a la columna.

El viento norte agita con fuerza los cables del alumbrado haciendo temblar la iluminación que arroja reflejos desordenados a un lado u otro de la calle.

- Anoche tuve un sueño raro -dice Susana, quedándose pensativa de golpe.

- ¿Y qué era?

- En realidad no me acuerdo bien. Estaba caminando por un desierto de arenas negras y sucias, después me encontré parada frente a un edificio de ladrillos rojos, una muralla,   —32→   más bien. la ciudad se llamaba Linz. No sé como, pero sabía que era en Holanda.

- ¿Holanda?

- Sí. Que raro, ¿verdad?

- Ajá.

Repentino griterío de los niños en la esquina. Por lo visto, alguien fue liberado. Todos discuten. La pandorga, colgada de los cables, agita su inútil cola enredada al extremo superior de la columna.

- ¿Vas a cenar?

- ¿Qué hay?

- La comida de esta mañana, pero te puedo preparar un bife con huevos, si querés.

- Hum..., vamos a ver..., bueno, parece que tengo hambre.

- ¿Qué hora será?

- No sé, dejé el reloj en el baño, pero han de ser cerca de las ocho. Recién estaban dando la cadena.

- Un día de estos, tu reloj va a desaparecer.

- Ay mamá, vos siempre desconfiando de las muchachas. Esta pobre chica parece honrada.

- Sí, pero la ocasión hace al ladrón.

- Puede ser, pero no creo que toque nada. Además, me voy a dar cuenta enseguida.

- ¿Vamos a entrar ya?

- Y bueno, parece que papá va a venir tarde.

- Ya te dije, hoy es martes.

Se levantan las dos, tomando los sillones de mimbre que depositan en el lugar que ocupaban anteriormente en el vestíbulo. Susana apoya sus manos sobre los hombros de la madre y la va empujando hacia el interior de la casa.

La pieza, los muebles, la ventana con una persiana rota, el espejo, amarillento en las esquinas de puro viejo, o, tal vez, cansado de reflejar tantos rostros, demasiadas imágenes, poco a poco va opacándose, muere.

Abro los ojos y miro alrededor. El techo es blanco y se une a la pared por una rajadura temblorosa y marrón que semeja la costura mal hecha de las ropas baratas. El clavo para colgar la ropa. El infaltable cuadrito mostrando el paisaje archi-conocido de una cumbre nevada a cuyos pies duerme la casita de ladrillos rojos. Todo igual. Constante. No busco originalidad, sería tonto pretender hallarla en un reservado, pero hay algo indefinido que me choca. Algo que hiere profundamente mi sensibilidad, haciéndome sentir molesta. Acaso sea el aire.

¿Cuántas parejas habrán atravesado esta misma puerta, corrido el pasador por el lado de adentro y buscado, en la penumbra que arroja el velador, el placer para sus cuerpos, con la insistencia tenaz del amor a horario?

El piso es común, de baldosas coloradas, un poco desteñidas por el tiempo, por el roce diario de zapatos, por la humedad. Mis ojos dan una vuelta completa y vuelven a detenerse en la forma desnuda que descansa a mi lado. Su piel. Blanca, fina, agradable al tacto. Yo también estoy rodeada de ella. De la piel. La suya es ajena; tan ajena que nunca podrá pertenecerme del todo. Posee unos repliegues con formas extrañas alrededor del cuello, en el nacimiento mismo de los cabellos. Sus cabellos. Hemos tenido minutos en que fuimos uno solo, pero sus cabellos y su piel nunca fueron míos. Ni lo serán. De eso, al menos, puedo estar segura.

Nuestras ropas cuelgan desordenadas del clavo, al costado del cuadrito. Una parte de ellas está sobre la silla. Solo ahora me doy cuenta de sus detalles. La silla de madera con respaldo tapizado de color naranja.

Eacute;l está a mi lado, desnudo, sin cubrirse. Hace calor. Calor húmedo. Desde ayer, cuando cayeron unas gotas de agua y comenzó a subir de la calle el tufo asfixiante de humedad.   —34→   Las ropas se pegan a la piel produciendo esa sensación tan desagradable que no puedo definir. Nos amamos. Él quiso amarme. Yo me entregué. Yo quise sentir su cuerpo unido al mío, saber que me pertenecía. Estoy segura.

De un tiempo a esta parte, esa sensación rara de vacío me acosa en los momentos más inesperados. Surge y va tomando forma de adentro para afuera, adquiriendo volumen, envolviendo todo en el silencioso retumbar de un alud que se desmorona en mi cerebro y no puede llegar a la superficie. Es esa sensación, de un vacío pequeño girando en el interior de otros mayores, y otros, y otros.

También las palabras. Al llegar a este punto, mi desesperación alcanza un apogeo inexplicable. La angustia crece y crece al unísono con las voces conocidas, oídas antes pero difíciles de situar en el espacio y en el tiempo en que fueron pronunciadas. Forman palabras sueltas. Como ahora. Lo siento físicamente. Vienen. Es imposible detenerlas, tienen voluntad propia. Están conmigo. Las escucho. No sé que dicen pero las escucho, son exclamaciones aisladas, vibraciones guturales. Carecen de significado7 pero van adquiriendo relieve, vertiginosamente, dentro de mi ser.

Procuro resistirlas pero es inútil. Con gusto me levantaría de la cama para mover la silla y producir un ruido real, palpable, cualquier ruido, solo importa que sea real, que no ocurra en mi imaginación. Tiene que ser verdadero. Ondas que vibren en el aire. Nada. Lo peor es que no se escucha nada. Ni dentro ni fuera de la habitación, como si todo estuviera alerta, el tiempo mismo, la pieza, los muebles, el viento calmo. Los sonidos provenientes de la calle son tan difusos que no puedo contar con ellos, al contrario, lo empeoran todo. Sin duda alguna solo vive en interior, con sus palabras sueltas, sus resonancias de vacío, la infinita profundidad que me conduce más y más hacia la zona perdida, cruel, de ese mundo informe que yo misma he creado en el alma solitaria de mi realidad.

Miro el reloj. Las cinco. O sea, casi las cinco. Son realmente las cuatro cincuenta y siete minutos y algo más. Yo digo: son las cinco para expresar una cosa desconocida y tratar de ajustarla a mi conveniencia, como todo el mundo. No vale la pena preocuparse mucho de la hora. Es un engaño, igual a casi todo lo que nos rodea. Nosotros mismos. Yo. Un simple engaño. Lo único real es el incesante girar de los cubos vacíos dentro de otros mayores que se acercan hacia mí. Están dentro. Me pertenecen. Son del todo míos.

Somos culpables del principio al fin. En vano pretendemos buscar excusas a los acontecimientos cotidianos, anuales, perpetuos. Simplemente queremos eludir la desagradable responsabilidad que pesa sobre nosotros, sobre nuestras conciencias. No son los días los que definen nuestra actuación. Al contrario, de acuerdo con la manera de hacer las cosas, definimos las horas, obtenemos la solución en resultados positivos o negativos.

Nos engañamos. Preferimos la mentira, las imprecisiones, la necedad. Adoptamos normas, y aunque ofendan el bienestar general, nos obligamos a respetarlas. Escribimos las leyes más absurdas solo para hallar la manera de eludirlas. Indicamos las barreras prohibidas y al instante chocamos contra ellas ansiosos de romperlas.

Conmigo sucede igual. Trato de amoldarme a las exigencias externas, pero sé perfectamente que son grandes estupideces. Esa larga cola de reticencias, esa inacabable hipocresía social, ese querer figurar a cualquier precio, es el resumen de lo que llamamos buenas maneras, educación, respeto. Hoja de sociales, reuniones benéficas, apellidos rimbombantes. Entrega de regalitos los días de reyes, para los niños pobres. Durante el año, olvido absoluto. De todo. Reuniones sociales. Té. Bailes de quince, cine, kermesse del colegio. Y más vacío. Y más, y más. La brecha se vuelve más amplia y profunda. Los que tienen y los que no. En medio de ambos se agitan las sombras preocupadas y pálidas de quienes desean aparentar mostrando una fachada brillante  detrás de la cual se mueven los gusanos viscosos de una necesidad implacable.

La más idiota de las maneras de ser. Todo esto no pasa de una burla gigantesca. Somos los bufones de la creación entera. Siempre lo hemos sido. Nos tomamos en serio. Nos falta tiempo para darnos cuenta de lo ridículo de nuestra vida. Correr. Ir más y más. ¿Hacia dónde? ¿Para llegar a qué?

De niña me impresionó la risa silenciosa y perpetua de la calavera vista en una fotografía. Ya no. Me parece lógico. Al fin de cuentas, esa carcajada es la más auténtica manifestación del género humano. La última risa. La verdadera. Libre de cualquier fingimiento. De lo profundo de su absurdo, la única existencia verdadera sobre la tierra con motivos sobrados para reír es ese esqueleto blanco y frío que descansa en su pequeño mundo rectangular, sin luz, sin sonidos.

El tic-tic del reloj colocado sobre la mesa de luz continúa su rítmico latido. Las seis y un minuto. Sábado. La radio. El programa bailable. Las canciones de amor. Propaganda de productos de belleza. Otras canciones de amor. Música bailable. Ritmo para bailar. Músicas y canciones rítmicas y alegres para comenzar a bailar y adormecer la tarde de un sábado que se desliza lentamente entre miles y miles de sonidos que llenan la pieza. Cumbia. Sigue el tic-tic insidioso. No quiero escucharlo pero es imposible huir de su presencia. El sonido sale de un reloj redondo, de cuerpo verde y bordes niquelados. Los números son fosforescentes, lo mismo sus manecillas. «4 jewels». No tiene marca en ningún lado. Una vez lo revisé detenidamente. Es un reloj que da la hora sin señal alguna que lo identifique. Un reloj ambiguo. Nadie quiso firmarlo. A veces pienso que sería más inteligente por parte de los fabricantes que pusieran todo, hasta el tic-tac ruidoso, teniendo cuidado solo en evitar las manecillas.

- Susana, yo te quiero.

Se encontraron en la calle. Él la estaba esperando. La joven sintió el corazón latiendo con fuerza. Quedaron uno frente al otro mirándose a los ojos, sin pronunciar palabra. Algunas compañeras, después de pasar al lado de la pareja, se volvían sonriendo y bromeando entre ellas.

No se dan cuenta de nada. Solos, sintiendo la presencia feliz. Susana y él. La esperaba desde media hora atrás. Al verla alzó la mano derecha para hacerse notar. Los sábados de mañana hay mucha gente por las calles céntricas. No hacía falta. Ella lo vio enseguida y su corazón inició un desarticulado golpeteo que se torna más intenso al acercarse a él. Quedaron mirándose a los ojos, ajenos al enloquecido ir y venir de la gente y los vehículos. Se envolvieron en una muralla de silencio donde no podían entrar ni las palabras, ni las risas, ni los bocinazos agudos de autos corriendo sobre el pavimento negro y sucio de la calle asfaltada.

Se miraron a los ojos, profundamente.

Las palabras, las sonrisas, las bromas se vuelven innecesarias; o el trajín inacabado, o las bocinas, o el asfaltado. Cuentan ellos y nada más. Los dos. Solos. En medio del vacío mudo de la calle desierta. Desierta de tranvías, de autos, de gentes. Sopla un vientecillo agradable que hace bailotear las hojas secas levantándolas del suelo de las plazas. Nunca antes se había encontrado en un lugar tan ausente de movimientos, de vida. Sin embargo siente que en ese momento, allí, está concentrado el más amplio aliento de existencia que haya vibrado antes sobre la tierra, en su vida, en la de él. La soledad más rica en sensaciones, o las sensaciones más rebosantes de realidad, que viene a ser lo mismo, se dijo.

- Te digo que casi chocamos al salir de la iglesia.

- ¿... y vos que le dijiste?

- Otro día no va a ocurrir eso. El error de este señor es inadmisible.

- ¿Viaja a Buenos Aires?

- ¡Ah, claro!

- Cuidado, atendé, no vayas a cruzar la calle ahora. Agarrate de mi mano.

- Mamá, comprame ese globo.

Autos, pitidos, palabras.

Pareciera que de golpe el mundo entero tuviese prisa por llegar a algún lado o para comunicar un acontecimiento fundamental. Se atropellan, bajan de la vereda y caminan por la calzada. Los vendedores de revistas anuncian sus productos. En la esquina, un hombre de corbata azul ofrece el calcador útil para cualquier trabajo de calque. Habla con acento porteño. A su alrededor, gran número de personas trata de captar la bondad del producto empujándose unas a otras y molestando a los que van deprisa. En los bares, los hombres conversan, beben cerveza y piropean a las chicas.

- Te quiero, Susana.

Van tomados de la mano. Cruzan la plaza sin ver nada, solos. Tomados de la mano, unidos por primera vez. A sus espaldas continúa el bullicioso sábado con sus risas, sus piropos, sus vendedores ambulantes, autos, tranvías, asfalto negro y sucio. Palabras, voces.

... como las sombras de las calles largas, silenciosas, que caminan a mi lado entre dos paredes de fachadas que corren a mi lado paralelas como las sombras largas, silenciosas, lúgubres que recorren las calles largas, silenciosas.

Camino entre las brumas de un puerto que no conozco sintiendo las pisadas recorriendo el asfalto silencioso entre las calles mudas, de fachadas dormidas que retroceden entre las sombras silentes desplazadas en la quieta penumbra de los focos desleídos por la penumbra opaca de la niebla espesa que recorre con las sombras infinitas la dormida placidez de las horas olvidadas entre las brumas temerosas de un puerto que no conozco y oscila entre los barcos quietos, sin gentes, fantasmales sobre las aguas negras que brillan por los reflejos de las luces opacas de los faroles embebidos en las tinieblas.

... con sus perfiles esbeltos que estiran los puntiagudos dedos y se entrelazan sobre la vereda larga con sus uñas sin materia arrastrándose por las paredes grises de las fachadas desnudas de puertas cerradas sobre la calle en penumbras, interminable, que se repite de esquina a esquina hasta la noche misma sin límites, retorciendo sus formas esbeltas sobre los balcones de las fachadas desleídas, para ellas que caminan a mi lado como sombras deformadas por el paso de sus cuerpos silenciosos, transparentes, sin formas, que se retuercen entre los recodos dormidos de las avenidas desiertas, sin luces, que caminan a mi lado en paralelas desteñidas por las paredes manchadas por las manos de finos dedos que graban sus imágenes sin forma sobre las brumas de un...

*  *  *

- Para tener la solución de una cosa así, difícil, es necesario haber pasado por ella alguna vez -comentaba la amiga de Susana mientras volvían del colegio-, vos sabés que siempre nos llevamos bien con él, que nos entendemos y todo eso, pero una vez se nos presentó el mismo problema. Que es tuyo, ahora. Yo lo solucioné en la única forma posible. Paciencia, no había nada que hacer. Hay que pensar realistamente.

- Nunca te conté nada -dijo después de haber estado callada por un momento, pensando en la frase.

- No, nunca.

- Claro, no voy difundirlo por todos lados. Solo que es una cosa distinta, para una amiga que está con problemas.

- Pero entonces, todas las enseñanzas que recibimos no sirven para nada; si al final...

- Mirá, todo está muy bien cuando las monjas te dicen no hagas esto o lo otro, pero de ahí a una situación real..., bueno, ya es otro cantar, hay mucha diferencia. ¿Qué le vas a decir a tus padres?, ¿qué va a pensar la gente? O vos creés que las monjas te van a ayudar ahora que estás metida hasta el cuello. Ya las veo respirando fuerte, llamando a los viejos y echándote del colegio como si fueras una perra asquerosa. Eso no se perdona. Es un colegio decente, hay niñas, date cuenta, «niñas» decentes. Y después nos enojamos cuando nos llaman culitos empolvados.

*  *  *

- No me animo -Susana caminaba lentamente a su lado-. Tengo miedo. No puede ser la única solución. Después de todo, la culpa la tengo yo.

- La culpa de ser tonta -le cortó la otra- o creés que las chicas son tan santitas como quieren aparentar. Es muy lindo eso de casarse de blanco, hacer una fiesta, etcétera, etcétera, pero para eso, no tenés que tener barriga. -La mira por un momento para estudiar el efecto de sus palabras, tratando de adivinar las reacciones de su amiga- ¿Vos creés que esas que andan todo el día con sus libritos y rosarios no tienen sus buenas porquerías?

La costanera brilla bajo el sol caliente del verano. Cuartuchos de madera, lata y cartón rezumando miseria. Un niño desnudo de enorme vientre está sentado en el suelo, jugando con el envase herrumbrado de carne conservada, con el barro, con los gusanos invisibles que devoran sus entrañas maltratadas. La bahía refleja los rayos de sol que explotan contra los lateríos manchados, sucios, inservibles.

De una de las casas sale una mujer sucia de unos treinta años. Sus vestidos, de la más burda tela, llenos de remiendo por todos lados y sigue roto a un costado dejando ver de tanto en tanto una pierna magra, manchada, vellosa, surcada de lado a lado por várices azuladas que pugnan por romper las venas hinchadas y gruesas. A la orilla del río, dos hombres descalzos sacan una canoa del agua.

- Él no sabe nada, todavía.

- ¿Y cuándo vas a decirle? Un aborto cuesta dinero, tiene que conseguir lo más pronto posible, cuanto antes se haga, mejor, no podés seguir esperando hasta que todo el mundo se dé cuenta de tu estado.

Calma total. Árboles quietos.

El amor. El amor anhelado como un tesoro secreto y extraño, como un sentimiento que lo envuelve todo con el fuego devorador de la pasión, no es el amor. Susana comprendió de pronto que el cacareado romance a lo Julieta y Romeo, la entrega total, los suspiros, no pasan de ser caricaturas estúpidas desparramadas por una literatura baladí. Cuentos de hadas para señoritas aburridas.

Ahora todo cobra nueva dimensión. De repente el sueño dio un vuelco8 y se transformó en pesadilla, o lo que es peor aún, se hizo real. La tomó desprevenida. No podía ser. Resultaba necio estar así, pendiente de un proceso fisiológico que se obstina en no querer cumplir su rutina, y, sin embargo, a pesar de todo, era cierto. La espera, el angustioso vivir esperando, sin poder pensar en otra cosa, era cierto. La naturaleza le preparó una celada en la cual cayó.

Seis, a ocho días. La pesadilla continúa, no tiene fin. El cuerpo se niega a seguir el proceso conocido. Hubo un cambio. Pero, ¿por qué tener que ocurrirle eso a ella? No se convencía, y sin embargo... Estar pendiente de una hemorragia fue parte de su vida. La más importante. La prueba de su femineidad, esa misma femineidad tantas veces frustrada. El árbol echó raíces. La semilla comienza a brotar. Cada minuto, cada instante de su existencia es un paso más hacia la concreción del ser. La chispa eterna echó raíces en sus entrañas, exigente, ajena a prejuicios, cruel.

El amor real; ese diario ir y venir, la agotadora incertidumbre de la espera, el asco, el desconcierto, y por último, la convicción. Era. El ritmo había cambiado. Un momento de placer urgente. Una eternidad de angustia y desazón.

¿Y sus sueños? Ese malestar es la respuesta constante. Ella y su hijo, caminando, hablando, respirando. Un aliento más, un paso más hacia la creación. Está allí, pequeño, invisible, pero está.

- No sé qué hacer, Dios mío, no sé qué hacer. El corazón se me va a romper, saldrá por la boca, Dios mío, ¿por qué me ocurre esto?

Todo fue sucio y agobiante. Desde el mismo comienzo. De una repugnancia inexpresable. Al principio parecía tan bello, tan dulce. Sus manos tibias apretaron las de Susana. Sus labios se juntaron. Cerró los ojos al primer beso. Era lo que siempre quiso sentir, ese melancólico cosquilleo recorriéndole la columna vertebral, el acelerado agitarse del corazón. Un beso, el furtivo apretón de manos.

No supo cuándo esas mismas manos tiernas, tibias, si volvieron más y más exigentes; cuándo esos labios dejaron de ser suaves y dulces; cuándo su cuerpo no se conformó ya con la ternura inicial y comenzó dentro suyo el fuego creciente, maligno, la necesidad imperiosa de encontrar algo que no conocía, urgente, brutal. Tuvo miedo. De su cuerpo, de ese cuerpo ignorado. Su alma temblaba impotente ante la turbulencia extraña y persistente de la carne joven, desconocida, libre del freno recibido desde la infancia. Nada importa. Nada vale. Nada.

Y después, el asco. Como si ese fuego apagado cerrase una etapa y definiera el inicio de otra: la etapa del asco. Más cruel todavía, más insensata. El asco en su manifestación más amplia. Lo comenzó a sentir el primer día. El amor se volvió repugnante, sucio, húmedo, ruin. Se apagaron los espejismos y quedó la realidad humillante de un cuerpo desnudo y torpe, un cuerpo herido, desgarrado. Su piel adquirió vida propia. La piel manchillada. Una masa de carne sudorosa. La humedad que lo envuelve todo. Quiso vomitar.

Su cuerpo transformado en otro, ajeno, que ya no le pertenecía, y al través de la ventana despintada, la luz de la calle, el trajinar de personas, los vehículos, las moscas. El asco.

La rutina continúa a pesar de la angustia que la va devorando por dentro. No puede sincerarse con nadie, y ese silencioso no hacer nada, dándose cuenta de que el mundo se le viene encima, comenzó a transformar una muchacha alegre, vivaz, en algo así como un andrajo humano.

Se sentía destrozada, engañada en su buena fe. Nada ni nadie podía sacarla del marasmo que día a día iba tomando forma en su personalidad. Se encerró en sí misma, esperando un milagro que nunca habría de cumplirse. Tiene que hablarle. Tal vez si los dos enfrentan el problema juntos, este se tornara menos grave, menos agobiante. Pero junto a él, no se decide ¿Qué decir? ¿Cómo hablarle de un hijo, cuando él piensa en su carrera inacabada?

De tanto en tanto, siguen encontrándose en la oscuridad de la habitación alquilada por horas. Susana buscaba desesperadamente la oportunidad de hablarle, un momento oportuno, algo. Cuando las manos jugaban con su cuerpo, cuando sus labios se unían. Al materializar en su carne el mordisco de la pasión, o, cuando agotada, al final del placer que llega súbito, a borbotones, derramándose por su cuerpo en espasmódicos movimientos incontrolables. Buscaba, buscaba.

No presta atención a las palabras, planes de largo alcance, donde los dos entraban como en un sueño, una utopía sin valor, ante la cruda realidad de este presente amargo. Buscaba las caricias, quería hundirse en el olvido aunque fuera un solo instante, entregarse a la locura y pensar que no ocurría nada, que todo estaba bien, que seguía siendo la misma.

No puedo librarme de mi propia naturaleza. He sido hecha para recorrer el camino largo o breve. El camino de la vida sin poder decidir por mí misma la variante más conveniente. Mi alma ocupa su lugar dentro del cuerpo, hace sentir su influencia, pero no puede alterar el paso de los acontecimientos. Debo tener un alma con dos cabezas, ya que la pugna no termina nunca. El desconcierto es general. Lo de adentro no se amolda a la realidad exterior. Lo que hace mi cuerpo no es necesariamente lo que señala mi conciencia. Es terrible tener un juez implacable que analiza y acusa constantemente pero sin plantear una solución justa que pueda conducir a la tranquilidad.

Soy yo, no cabe duda. Y el mismo espejo que ahora refleja mi imagen, la devolvió cuando era criatura, y cada día de mi vida. El espejo. El espejo muestra una cosa, pero yo sé perfectamente que la imagen es falsa, del todo equivocada.  Mis ojos, mi nariz, mi boca, mi cuerpo. Si se me ocurriera mover las manos, el movimiento de la mujer que está enfrente sería simultáneo, haría los mismos gestos. Y, sin embargo, no soy yo.

Solía divertirme inventar muecas y ver qué aspectos adquiría mi rostro cambiándola en las formas más grotescas que pudiera imaginar. Ahora ya no me interesa, porque sé que somos dos personas distintas, desconocidas. A veces, tengo miedo hasta de peinarme. Suelo encontrar una pregunta inquietante en los ojos que miran rectamente los míos. Ya no puedo soportar esa mirada.

Me gustaba ver mis ojos de color castaño claro, con pestañas largas y cejas bien torneadas. Nunca me consideré fea; lo que me choca es saber que ya no es mi rostro el que me observa. Es el de una extraña, alguien desconocido por mí, y que pretende atravesar la intimidad de mi persona. Y eso no puedo permitirlo.

Ayer conversamos; quiso besarme. Entonces le conté la verdad. No fue tan difícil como imaginaba, pero me desagradó observarlo; tal vez hubiera sido preferible callar y no dejarle saber nada. De cualquier manera debo tomar una decisión en estos días y no es justo hacerlo sin que él lo sepa. Pero me chocó su forma de actuar y de mirarme. Sobre todo la manera en que me clavó sus ojos y la palidez que adquirieron sus mejillas. Me hubiera gustado que me besase, o estrechara mis manos entre las suyas, pero en todo el tiempo que estuvimos juntos, eso no volvió a ocurrir. No desde el momento en que le conté lo que sucedía. Me hubiera gustado un beso suyo.

Eso me dolió más que nada, mucho más. Tan profunda la herida, Dios mío, tan dolorosa.

- Tenés que abortar, ahora no podemos casarnos, no podemos hacer nada. Tenés que abortar. Cómo te pudo ocurrir. Vos sabías bien que era peligroso. Tenés que abortar, es lo único que queda.

Me dolió mucho más el que no me diera un beso, o tomara mis manos entre las suyas. Lo necesitaba.

- Siempre te dije que te cuidaras. No puede ser ¿Estás segura? Te dije que te cuides.

Yo quería un poco de amor, algo de ternura. Desde entonces estoy sucia. Ya no puedo mirarme al espejo. Estoy sucia. Me convertí en un trapo sucio y molesto. Lo sé. En algo inservible. Allí dejé de ser yo misma. Todo cambió. Cómo estoy vacía, Dios mío. No sé qué hacer, ni a quién hablar. Me muevo como una idiota, y todo mi cuerpo parece crujir, transformarse, se hunde en la asquerosidad del agua estancada que tengo dentro.

Mi cuerpo pide muchas cosas. Ya no sé qué hacer. Enloquezco dando vueltas en la cama sin poder dormir. Lo peor de todo es que no tengo deseos ni puedo llorar. Me levanto. Me acuesto de nuevo. No puedo estar quieta. Camino. Salgo a la calle. Camino. No veo nada, a nadie. Camino. Por las calles agitadas, con gentes, vacías, las calles vacías donde se agitan miles de personas que caminan. No me ven, no las veo. Estoy sola caminando como un sonámbulo que ha perdido el rumbo. Me veo a mí misma, como si estuviese distante, perdida, muerta.

Odio el espejo. Odio la imagen falsa que me presenta su cristal frío, porque no soy yo. Es una extraña que se adueñó de mi cuerpo. Mi sangre corre incesante. El corazón golpea con fuerzas el pecho. Me molesta todo por la suciedad de que van revestidas las cosas. Todo es sucio, deleznable, bajo. Es repugnante. Odio al espejo que refleja este cuerpo maldito.

... puerto que no conozco. Los árboles sin hojas, desnudos, de largas ramas que buscan asirse a las sombras silenciosas que pasan a su lado. Pisadas que resuenan mil veces en el vacío quieto, mudo de la calle larga, sin fin, sin principio, la calle que se extiende como un manto negro entre dos paralelas de fachadas dormidas, calladas, fachadas de puertas cerradas que no volverán a abrirse porque están huecos los interiores de cortinas vaporosas movidas por el viento.

Camino por las avenidas muertas del cementerio sin cruces esperando el llamado al que habrá de responder mi alma al llegar a destino, tras las puertas cerradas que se abren a mis espaldas sin ruido, saliendo de sus bocas negras los ojos dilatados que me miran en espera del alimento que sólo yo puedo proporcionarles al hallar la puerta cerrada de la fachada solitaria que me espera entre las brumas impalpables de un puerto que no conozco hacia donde me arroja mi destino sin redención, mi muerte rodeada de piel que creo viva.

*  *  *

Todos corrieron a casa de doña Ana, pero ya nada se pudo hacer. Ni los vecinos ni el doctor Garay quien entró a la casa con pasos rápidos, nerviosos, llevando en una mano su maletín negro.

La anciana abarcó en una última mirada lo que estaba a su alrededor y cerró los ojos. En las paredes del pequeño cuarto quedaron colgadas las imágenes de los santos de su veneración; unas fotos amarillentas representando escenas familiares, en el campo, otras épocas. Uno de los cuadritos, de vidrio roto, muestra el busto de un joven vistiendo uniforme militar. Ojos negros, serios, labios finos, mirada fija en el espacio comprendido entre su lugar estático y la pared de enfrente manchada de humedad. Esa foto había sido tomada cerca de veinte años atrás, cuando el hijo se alistó para la guerra. Nada más. Los recuerdos y el orgullo. Cenizas.

Ya son todas sombras que se diluyen ante la acuosa visión de la anciana. Volvió lentamente la cabeza. Ella y otras mujeres de vestidos largos, sombreros y sombrillas, paseando por el parque una tarde soleada de invierno. ¿Julio, agosto? Rostros sonrientes, felices. Otros tiempos. Otros días. Sonidos que se perdieron en el trajinar continuado de la edad. Voces conocidas. Muchas amigas de entonces estarían ya muertas. De otras no supo nunca más nada. Relaciones de juventud que pasan sin dejar huellas, pero siempre gratas al recuerdo. De algunas, ni los nombres podría decirlos con precisión. Cuántas tardes se pasó tratando de recordarlos.

Doña Ana se dio cuenta del fin. Sus huesos le avisaron unos minutos antes de que todo volvería al silencio inicial.  Algo más, segundos, y todo habría acabado. Fin. Los huesos no engañan. Las nubes se hicieron más espesas, más negras, más profundas. Queda poco tiempo. Si se pudiera sentir todo en esos últimos suspiros que van marcando el paso definitivo. Pero es inútil. Demasiados años. Todo se agolpa, se mezcla, se confunde. El cansancio no concede tregua. El camino resultó agotador y los huesos van envolviéndose en una costra sensible de frío. Afuera sopla viento norte, húmedo, pesado. Al comienzo, la frialdad no podía apreciarse bien; una sensación como esa no conocía, era bien desagradable. El invierno actuando de adentro, porque aún las manos están tibias bajo la frazada de algodón. Es extraño, se dijo, porque recién estamos en marzo y yo ya siento esta frialdad.

La noticia corrió por el barrio con una velocidad impresionante. Todas las mujeres estaban listas con sus velos a escasos minutos de enterarse. Se preguntó por el hijo, se avisó al médico, se llamó el cura, pero también este llegó tarde y apenas pudo hacer la señal de la cruz sobre el cuerpo que se volvía rígido sobre la cama blanca. Rostro de facciones arrugadas.

Las tres de la tarde.

Ya todo acabó al llegar el hijo con pasos rápidos. Diez años atrás, al casarse, fue a vivir lejos de la casa materna, la visitaba de tarde en tarde, sin demasiada regularidad. Al principio las visitas eran relativamente frecuentes. Poco a poco se espaciaron y llegaron a pasar semanas sin que el uno tuviera noticias del otro.

Como la anciana era sola, tenía consigo una mujer de unos cuarenta años que hacía de todo. Ama de llaves, cocinera, limpiadora, dama de compañía, enfermera. En tantos años se volvieron como hermanas. La compañera de una vida opaca, rutinaria, llena de soledad. La vida, de una mujer como tantas. Crió al hijo que tuvo siendo muy joven a base de sacrificios, privaciones, anhelos. Ella sola, sin un hombre a su lado para ayudarla. Su hijo. ¿Quién había sido el padre? Una imagen borrosa, alguien perdido miles de años en el pasado. Desde la escuela hasta la universidad educó a su hijo, trabajando con la máquina de coser que hasta el último día activó sus gastados  engranajes para completar el sudario largo, blanco, con bordados a mano en el pecho, postrer veleidad femenina, fúnebre coquetería absurda pero comprensible, innecesaria9 pero llena de significación. Faltaron algunos retoques dado que el cuerpo estaba más delgado. Su amiga dio las puntadas necesarias y entonces sí, la máquina quedó definitivamente inmóvil, esperando la muerte de sus articulaciones de hierro, el final de su vida entre tornillos secos y carreteles herrumbrados.

- La pobre va a descansar -comenta una de las vecinas.

- Sí, pobrecita, en estos últimos tiempos casi no podía moverse -dice otra.

- Una de las piernas la tenía casi paralítica. Le costaba tanto hacer las cosas.

- Por suerte, Reina fue una gran compañía especialmente desde el casamiento del hijo.

- ¡Ah, los hijos! -exclamó la vecina que había hablado primero-. Es el destino de las madres quedar solas en la vejez. El trabajo, la esposa. No queda tiempo para las madres.

El velorio se desenvolvía normalmente. Sirvieron caña y café. Cerca de medianoche comenzó a cambiar el tiempo. Nubarrones pesados recorrieron el cielo. Algunos destellos iluminaban de golpe el poniente y cayó una brisa fresca, de lluvia. Quedaron pocas personas. El hijo, sentado en una de las sillas al lado de la difunta dormitaba cabeceando. Más allá, en otra silla igualmente dura, Reina procura vencer el sueño que la va dominando. Se levanta, camina un poco, vuelve a sentarse.

Doña Ana duerme para siempre en la caja de madera negra con manijas de bronce. Un crucifijo descansa entre sus dedos pálidos sobre el pecho inmóvil. La mortaja blanca bordada por la anciana, cubre sus formas frías, y el reflejo contra las paredes de la habitación, provocado por las velas de la capilla ardiente, deforma el perfil de la muerta. La soledad de los viejos, soledad de años, soledad de fantasmas.

Lo que primero le llamó la atención fue la palidez transparente bordeada de cabellos blancos y finos esparcidos sobre el pequeño almohadón encima del cual descansa la cabeza de la anciana. Las arrugas que se ondulan comenzando en la comisura de los labios llegan en pliegues hasta las orejas, distribuyéndose nuevamente a ambos lados de los ojos cerrados firmemente que tienen unidas las pestañas con algo blanco. Las arrugas llegan de golpe a la frente y se pierden entre los cabellos canosos. Todo blanco. La ropa, todo.

Nunca había visto a un muerto.

- ¿Por qué se murió, mamá?

- Ya era viejita. Cuando uno es viejo, se muere.

Abrió los ojos con asombro, sin comprender muy bien la explicación.

- Se va al cielo.

- ¿Doña Ana va a irse al cielo?

- Sí, porque era muy buena, la pobre.

- Aha...

Quedan calladas, madre e hija, cada una buscando algo en sus pensamientos.

La madre tuvo que llevarla. No puede quedar la criatura sola en la casa y es imprescindible que ellos, como vecinos de muchos años, estén en el velorio, aunque sea por un momento.

- La criatura puede impresionarse -dijo el padre de la niña, mirándola desconfiadamente.

- Tampoco podemos dejarla sola. Después de todo, vamos a cumplimentar y volvemos. No tardaremos demasiado.

- Bueno, vos no te pongas a llorar. Podés asustarle a doña Ana, y si se despierta no podrá ir al cielo.

- ¿Se va a ir al cielo, papi?

- Sí

- ¿Por qué, papá?

- Porque es viejita y se murió.

- Y ¿cómo va a irse al cielo?

- Y..., vienen unos ángeles y la alzan y la llevan.

- Aha -la niña camina delante de ellos cruzando la calle para ir a casa de doña Ana que está muerta y va a ir al cielo.

La cara blanca, los cabellos blancos, la túnica larga que la cubre hasta los pies, también blanca. Y ella tan quieta. Le dio un poco de miedo al principio, pero recordó luego que tenían que venir los ángeles a buscarla. Trató de hacer el menor ruido posible para no despertarla. Miró a las personas. Algunas tenían los ojos colorados, como si hubieran llorado. Le pareció muy extraño. ¿Acaso no iría al cielo? En el catecismo enseñaban que era un lugar alegre, lleno de ángeles con alas y niños buenos, un lugar precioso, lleno de jardines con flores. Se sentía contenta porque doña Aña fuera a ese lugar tan lindo. Y entonces ¿por qué lloraba algunas gentes? Qué raro.

Había mucha gente. Todo el vecindario. Algunas señoras le acariciaban la cabeza. No tuvo más miedo y fue a sentarse en una de las sillas que estaban en el patio, bajo la planta de mango y bostezó. Es aburrido estar donde hay un muerto, pensó. No se puede ni jugar.

Doblar la calle Antequera y enfrentar la escalinata es toda una aventura. La llena de esa extraña sensación de misterio que a veces envuelve la rutina en una amplia atmósfera10 de irrealidad. Primero, la ancha playa que anuncia las gradas ascendentes que terminan a los pies de la estatua colocada en el otro extremo de lo cotidiano. Los escalones simbolizan la fuga agradable para el espíritu cansado, aburrido de observar a su alrededor siempre el monocorde sonido de la existencia. La escalinata, el ascenso. La huida.

Ese hecho simple de cambiar constantemente de nivel le resulta a Susana una experiencia renovadora. Evita pensar. Subiendo, apenas puede concentrarse en el próximo paso. Sentir.   —51→   Es la forma más pura de tomar contacto consigo misma. Sintiendo. Siente que sube. Mirar atrás, adelante, a los costados, sin detener la marcha. A veces, otras personas bajan o suben, se cruzan con ella. Todas van embebidas en la novedosa experiencia de sentir. Aunque no se den cuenta.

El golpeteo de las suelas de los zapatos apoyándose en los treinta centímetros de grada. Cuidando la distancia, no sea que vayan a resbalarse, caer.

La escalinata es alta. Sofocante en verano. Helada en invierno. Zona neutra. La breve libertad desarrollada entre dos niveles de prisión diaria.

No podría decir, si alguien se lo preguntara, cuándo comenzó su idilio en la escalera. ¿Un año antes? ¿Acaso diez? ¿O más? De donde arrancan sus recuerdos, subió por primera vez tomada de la mano de su madre. Miraba a todos lados. Bajo un sol otoñal brillante y cálido. La tarde plena, tibia. O la mañana plena y tibia. Pero entonces no recibió esa impresión de verla por primera vez. Está segura. Fue luego, en otra ocasión.

- Me gusta subir por estas escaleras -se dijo.

A esta frase la recuerda, está segura. La pensó y quedó grabada en el cerebro. Se halló de pronto al pie de la escalinata, indecisa entre seguir por la vereda plana y enrampada o subir las gradas. La decisión fue casi inmediata y comenzó a separarse del suelo, alejándose cada vez más. Allí lo pensó como una consecuencia natural de la determinación adoptada.

- Me gusta subir por estas escaleras.

La estatua, de ojos ciegos, sin vida, espera su llegada, igual que otras veces. Pero solo entonces pudo captar que la aguardaba desde muchos años atrás. La estatua esperaba que ella se diese cuenta de su presencia. Lo mismo que las gradas y el pasto que crece descuidado entre las hendiduras, con manchones verdes amarillentos en los cuales nunca se había fijado con anterioridad. Allí estaba la escalinata, en su espera. Viviendo la realidad silenciosa de los objetos. Despierta, golpeando sus ojos. Cobró una nueva dimensión, un  contorno más vivo, más real. Descubrió la existencia de lo que está pero no se siente.

Las cosas inanimadas viven cuando pensamos en ellas. Basta concentrar la atención y ya adquieren su dimensión exacta de realidad. Observa las ramas caídas al suelo, y estas viven. Para Susana. Mientras siga comprobando los movimientos que realizan agitadas por el viento, existen. Luego dejan de tener valor.

Un vaso de agua cobra realidad al sentirse la sed. No antes. Ni después. Ni el vaso ni el agua existen por sí solos. Son cosas.

El camino de vuelta ofrece la oportunidad de meditar. A veces ni se da cuenta que está llegando a la última cuadra que la separa de su casa. Absorta. Ajena al bullicioso ajetreo diario. Vuelve caminando. Cuando no llueve. A veces, con el intenso frío de invierno y la llovizna de gotitas diminutas que hieren el rostro y humedecen el abrigo. Caminar es siempre una aventura interesante.

El futuro es discutido en el silencio de su alma. Conversa consigo misma. Hace promesas, se consuela, razona, analiza sus actos. Es innecesario colocarse la máscara. Puede ser ella misma, sin necesidad de inútiles fingimientos que acaban cansándola, al final del día. Es ella. Sin adornos.

Los zaguanes de las casas bostezan con la boca abierta de par en par. El aburrimiento de todos los días. De consumir inútilmente su existencia sobre las calles deformes que no conducen a ninguna parte. Se abren nuevas direcciones. Cada esquina es un laberinto. Debe elegir entre los varios sentidos cual va a seguir, para llegar, aunque sea aparentemente, a algún sitio determinado. Hay que decidirse por uno u otro. Seleccionar los lugares, contar los pasos, medir el cansancio. Las calles se dividen. A veces es difícil aceptar la ruta impuesta. Hay que seguir.

- Nunca pasa nada -comenta Susana con su amiga más allegada.

Es tarde, cerca de las cuatro. María Elena vino a visitarla. Había ido al centro y de paso entró a casa de la amiga. Se conocen desde niñas.

- Nunca pasa nada -repitió-. Las únicas distracciones son el cine y de vez en cuando ir a bailar. Yo, en las vacaciones me aburro de muerte.

- Y qué querés que pase si estamos metidas todo el día en nuestras casas. A veces, en la playa, una se divierte fijándose en las personas que toman baño.

- Sí, hay cada físico que da risa.

- ¿Supiste que la mamá de Luisa está muy enferma?

- No, ¿qué tiene?

- Los médicos creen que es un tumor cerebral. Se está quedando paralítica.

- ¿No hay posibilidad de curarla?

- Yo estuve a verla la semana pasada. Apenas puede moverse, la pobre.

- ¿No la podrán curar?

- Qué sé yo. Para mí que los médicos no saben a ciencia cierta lo que tiene. No es muy vieja. Vos la conocés.

- Sí, claro que la conozco. ¿Y Luisa?

- Está desesperada.

- Me imagino.

Quedan calladas, tratando de digerir cada una las palabras pronunciadas por la otra.

- A veces quiero formar una sociedad secreta -comentó de pronto María Elena- y buscar la forma de romper el tedio de los meses de vacaciones.

- La verdad que sería interesante, pero me parece que ya no estamos en edad de jugar a los misterios.

- Sería solo una manera de divertirse sin molestar a nadie, ¿verdad?

- Mirá, María Elena, ya estoy cansada de no molestar a nadie y de que todo el mundo se divierta molestándome a mí.

- ¿Y quién te molesta? -preguntó extrañada su amiga -que yo sepa vivís lo más tranquila.

- Eso es lo que quiero decirte. Todo está preparado para nosotras. Desde que nacemos se preocupan de hacernos niñas bien, para figurar en sociedad. Qué sé yo para qué.

- Pero, y decime un poco, qué tiene eso de malo.

- Lo que tiene de malo es que te usan, tenés que ser una niña decente, educada, fina. Fingir todo el día.

- No podemos comportarnos de otra forma, ¿no te parece? Para eso nos educan. No podés compararte con una criada. Si querés hacer cositas, las hacés, pero callada. Nadie te va a decir nada.

- Eso es hipocresía. Las criadas por lo menos hacen lo que se les antoja y no tienen vergüenza de confesarlo.

-No hace falta, Susy, aunque estás harta de vivir así. Imaginate el escándalo que se armaría.

- Eso es hipocresía. Estoy hasta la coronilla de todo. De las visitas sociales para salir en los diarios, de las monjas, de nuestras compañeras. De mí misma. Me gustaría escupirles a esos santularios su hipocresía de beatitud y a las damas patearles el gordo trasero con olor a incienso.

-¡Ay, Susy, qué estás diciendo! -exclamó María Elena riéndose a carcajadas-. Sos completamente loca, pero me imagino pateando a las viejas esas que sabemos.

- Mirá que sería grandioso.

- Lástima que no pueda ser. Vos no te animarías y yo menos. Nadie se anima a hacer nada. ¿Te acordás durante la huelga? No, sería bueno, pero no vamos a hacerlo nunca. Tendremos que seguir así aunque no nos guste.

- Todos sabemos que dicen una cosa y hacen otra. No hace falta ser un genio para verlo.

- ¿Y qué?, siempre fue así.

- Nos meten en el molde para que seamos tan falsos como ellos.

- Lo que pasa -filosofó María Elena- es que estamos acostumbradas a respetarlos aunque digan disparates.

- Para todos, es muy cómodo estar tranquilamente -observó Susana como si estuviera hablando consigo misma-. Tenemos lo que necesitamos, a la hora justa. Educación, casa, comida, diversiones. En realidad, deberíamos seguir el camino sin preocuparnos por lo que nos rodea. No importa que haya hambre y miseria y gente que se pudre en vida sin redención posible. Basta con que cerremos los ojos a lo desagradable, a lo sucio, y ya no existe más.

- Claro que para vos, no es suficiente. Vos no podés cerrar los ojos. Mirá, Susy, no sueñes despierta. Al fin de cuentas, esos mismos que defendés o querés proteger, se dan la vuelta y te escupen en la espalda. A mí, si querés que te sea sincera, me importa un comino que vivan o no vivan. De cualquier manera, no es culpa mía el haber tenido la suerte de nacer en el ambiente en que estoy.

- Tampoco es culpa de ellos. Y no creas que pienso meterme a redentora. Solo que me doy cuenta de las miserias de mi alrededor.

- Vos tendrías que entrar a formar parte de alguna sociedad de beneficencias y hacer regalitos de reyes una vez al año. En eso puede ayudarte mamá, que se pasa la vida haciendo obras de bien. Por lo menos, pertenece a esas agrupaciones.

- Mirá, María Elena, eso es burlarse de los infelices. No vale para nada.

- Ya sé, querida, pero las damas creen que sí que es bueno. Además, es una excusa para escapar de la rutina de la casa. Yo no te digo que valga. Es una excusa como cualquier otra para tomar té y chismear un poco. No hacen ningún bien, pero tampoco hacen mal a nadie ¿No te parece?

Comenzaron a caer las hojas. El otoño, algo tardío, se presentó con un atardecer rojo y frío. Como si su tardanza se debiera al solo deseo de reconcentrar la fuerza atrasada en el primer día helado del año. El viento del este comenzó a soplar al principio tímidamente y muy pronto con gran intensidad e insistencia.

Por las calles, los pocos transeúntes apretaban el paso; una llovizna congelada penetra en los abrigos de los más retrasados. Llegó sorpresivamente ese frío. Como casi todos los años, a mucha gente tomó de manera imprevista. Dos muchachos tiritaban en sus camisas de mangas cortas esperando el ómnibus que habría de llevarlos a sus casas. A su lado, un señor de mediana edad, bien abrigado, observaba, el cielo plomizo.

La noche será fría. La temperatura va bajando. Susana está nerviosa y agitada. Siete campanadas. Ese día se festeja el cumpleaños de una compañera de colegio. Le da la impresión de un atardecer melancólico. Pensó seriamente en no asistir a la fiesta, pero eso, desde luego, no podía ser. Eran amigas de muchos años.

Entró a bañarse. El agua tibia de la ducha le devolvió algo del entusiasmo perdido. En la sala, sus padres conversan con una visita. El televisor da los anuncios comerciales, insulsos y aburridores.

Los exámenes ya están cerca. Esa salida sería un recreo conveniente. Las horas empiezan a correr aceleradas. Hasta ella llegan las voces de sus padres y del amigo que conversan entre tragos de whisky. Son las mismas palabras de siempre, no hay nada de novedoso en todo lo que dicen.

- Porque la situación actual solo presenta la posibilidad de ceñirse a las reglas de juego impuestas por unos cuantos beneficiados que saben defender los mendrugos que les arrojan sus amos. Lo contrario sería oponerse a ello, aunque sea tácitamente, y llevar una vida de ostra, encerrándose bien en la caparazón protectora de la indiferencia. De lo contrario se choca contra el muro infranqueable de estupidez ciega de las clases privilegiadas.

El amigo de su padre gusta de expresar sus ideas cuando está cómodo en casa de los amigos que participan de sus opiniones.

- En estos tiempos -sigue- y con la represión de que son objeto los que piensan diferente, es muy difícil querer convertirse en líder, a pesar de que eso sería lo correcto, ya que existe el peligro constante de ir a terminar como esos infelices que no verán el sol en mucho tiempo. A mí me parece que estos ingenuos o idealistas, si te parece mejor llamarlos así, lo único que consiguen es sacrificar sus vidas en aras de dioses falsos y palabreríos que no conducen a nada, «pueblo», «reivindicaciones11», «libertad», «respeto humano», ofreciéndose como carneros expiatorios y que al final, ni aquellos para los cuales es hecho el sacrificio, lo reconocen, y acaban olvidados sin que nadie vuelva a acordarse ni se preocupe por su suerte.

El padre de Susana tosió levemente y se aclaró la garganta.

- Eso es cierto. Yo también opino que las masas no se hallan preparadas para recibir los frutos que unos cuantos ilusos quieren ofrecerles a manos llenas. Ni nunca lo estuvieron. Somos nosotros, los que tenemos la fuerza de una cultura más elevada quienes vamos a determinar el curso de los acontecimientos. Como siempre, la parte real de toda la transformación social se encuentra en manos de los intelectuales. El ostracismo a que se ve uno sometido por necesidad impuesta del régimen no va a medrar en los esfuerzos realizados ni en el destino del país.

- Esos que van y atacan ciegamente los molinos de viento, nunca podrán ser los auténticos realizadores de una modificación esencial en la vida pública.

- Desde luego, desde luego, el tiempo debe pasar. Los jóvenes se han vuelto impacientes en todos los aspectos de la vida; ya no reconocen los valores que la experiencia ha creado para ellos. Estamos rodeados de politiquillos de salón, aventureros y falsos intelectuales, para quienes los principios carecen de sentido, lo mismo que la moral y el respeto. Lo más duro de todo es que nos damos cuenta de la superficialidad  de sus métodos y no tenernos forma de hacerles comprender sus equivocaciones.

- Ya lo creo -exclamó el padre de Susana suspirando-, pero van a ir aprendiendo por su propia cuenta que no son las demostraciones más o menos dramáticas y altamente infantiles las que habrán de cambiar el mundo.

El visitante sorbió otro trago de whisky arrellanándose en el sofá.

- Si nosotros hubiéramos aplicado los mismos métodos, lo probable es que estaríamos mendigando pan en las esquinas a esta hora. Yo comencé a trabajar en la compañía hace veintitrés años, después de haber probado dos o tres puestos anteriores, y a esa distancia de mi inicio, puedo decir que he cumplido mi deber. Todas las operaciones pasan por mis manos. Escalé posiciones y mi influencia es reconocida por todos. No seré gerente, pero lo que digo tiene peso e incide en las decisiones del directorio.

- Estos jóvenes no piensan en el futuro. Cuando terminen una carrera universitaria costeada con sacrificios, se encontrarán tan desorientados como ahora. Claro que cierto grado de culpa la tenemos los padres, por ambicionar que se inicien desde una posición más elevada.

- Ah, claro. Desconocen la vida. A la hora de almorzar la mesa está puesta. Pueden darse el lujo de dejar volar la imaginación y pretender hallar soluciones prefabricadas para problemas que, a todas luces, son insolubles. Todo les ha sido demasiado fácil. Nuestra generación pasó los peores días de incertidumbre del país, y estos mocosuelos se creen los grandes estadistas. Vaya impertinencia.

A Susana le parecía que los adultos, especialmente los hombres, debían caer fatalmente en el terreno de la juventud y, fatalmente también, esta debía salir malparada. Eran siempre insolentes, corrompidos, casi débiles mentales, si se va a tomar al pie de la letra la caricatura hecha por ellos demostrando un grado de incapacidad absoluta. Ella misma, como perteneciente a ese grupo, sufría las consecuencias de la generalización categórica de su padre.

- Es imposible hablar contigo, mis opiniones no tienen valor.

- Tu falta de experiencia te hace decir cosas carentes por completo de fundamentos. Nosotros que ya hemos vivido unos años más, sabemos que no es así.

En más de una oportunidad subió el tono de voz y las palabras se volvieron chocantes y desagradables. Casi siempre terminaba la discusión yendo Susana a encerrarse en su habitación, llorando de rabia impotente, abrigando un rencor casi insufrible contra sus padres por varios días durante los cuales apenas si llegaban a intercambiar saludos.

- En esta casa, la tensión es insufrible -decía para sí-. No se puede vivir teniendo el corazón en la boca, temblando al escuchar que se abren las puertas y deseando al mismo tiempo estar en buenas relaciones con ellos.

Otras veces, hacía garabatos. La entretenían en especial los dibujos de caras. Unas veces sonrientes, otras llorosas o iracundas. Ojos de pestañas insólitas por lo largas, pupilas en círculos concéntricos, manos ganchudas, orejas descomunales. Pero, sobre todo, rostros. En media hora surgían todas las emociones capaces de expresar el rostro humano. O sus caricaturas.

Con este sistema suele conseguir que se aplaque la angustia aplastante de su soledad en la casa, de su vida desconcertada, alegre, pesarosa, joven. Todo iba revestido de un matiz cambiante, estuviese o no esa variabilidad en la naturaleza del objeto en observación. La ventana de su habitación sobre la calle ofrece el más rico escenario de contrastes dentro de la cotidiana vulgaridad. En varias ocasiones fue despertada antes del amanecer al escuchar el crujiente traqueteo de las carretas cargadas de mandioca, tomates, mangos o naranjas, según la estación, que se dirigían al mercado situado a tres cuadras de su casa.

Entonces, al no poder reconciliar el sueño, se asoma a la ventana, observando embelesada las carretas de grandes ruedas tiradas por dos bueyes, las marchantes que pasan conversando a viva voz en guaraní y riendo escandalosamente de  bromas obscenas o tontas que no podían ser motivo de semejante alboroto. El sol aún no despunta y las luces de las esquinas son toda la iluminación de las calles largas y vacías, a no ser por estos madrugadores transeúntes campesinos.

Es especialmente en verano cuando Susana disfruta de esas madrugadas imprevistas. Constituyen en cierta forma, su aventura particular. El amanecer fresco y limpio le acaricia el rostro y agita sus cabellos. En el palomar de la casa de enfrente, suele amanecer un gato trasnochado que permanece allí hasta que el sol se vuelve demasiado caliente para su gusto.

Además, el silencio brevemente interrumpido, tiene algo de soñador y atractivo para meditar y dejar que vuele la imaginación libremente, a su antojo, sin temor a nada. Divagaciones ociosas, ilusiones. Una forma de pasar el tiempo.

Sentía su cuerpo. Por primera vez tuvo conciencia de él y le urge la curiosidad. Sus formas, hasta ahora rectas e infantiles van adquiriendo contornos más definidos. Los senos crecen florecientes bajo el vestido vaporoso de volados que aún queda de la niñez. Una vez recibió el impacto previsto pero extraño de su manifestación como mujer y el misterio se mezcló con el miedo.

- Soy una mujer -se dijo-. Una mujer completa. De ahora en adelante no dejaré de serlo hasta el fin de mi vida. Puedo tener hijos, soy capaz de crear, y sin embargo, no siento nada distinto a ayer, o a hace una semana, pero he cambiado. Soy una mujer.

La noción del hombre le resulta extraña. Sus amigos que hasta unos días antes jugaban con ella se le antojan torpes y desmañados. Ella amará a alguien, sentirá en sus labios la boca de un hombre y vibrará a su contacto, tomadas las manos, mirándose a los ojos. El amor. El amor dulce y puro de los cuentos de hadas. Ella sería la protagonista. Solo ese cuerpo resultaba molesto e incómodo; no era lo que debería ser. Tenía requisitos secretos, necesidades inmundas, olores desagradables. Le molesta su cuerpo.

Mi piel es blanca; tengo ojos de un marrón claro, mi rostro no es feo; tampoco mi figura. Esta mañana, cuando volvía  del colegio, dos tipos se dieron vuelta a mirarme. Soy capaz de interesar a los hombres, de llamar su atención y hacer que algunos me digan piropos. Pero ellos conocen mi secreto, aunque no lo expresen ni lo piensen. Saben que mi cuerpo tiene necesidades inevitables, como los suyos, y conocen las intimidades de mi naturaleza, porque soy una mujer como otra cualquiera y me doy cuenta. Me desagrada que los hombres conozcan mi intimidad. Los muchachos cambian impresiones entre ellos sobre mujeres. Me gusta bailar hasta notar que es mi cuerpo, mi piel, yo, la que estoy en ese momento; entonces me cohíbo. Me doy demasiado cuenta de que soy yo.

Por momentos, al tomar conciencia de mi realidad me siento desconcertada, con vergüenza, sin haber una razón especial para ello. Lo mismo debe ocurrirles a mis compañeras de curso y a pesar de todo, no es usual que hagamos intercambio de opiniones. Los temas son conocidos pero los consideramos secretos. ¿Secretos para quién? Quiero saber.

Todas las funciones de mi organismo se esfuerzan en hacerme vivir una realidad vulgar, imposible de superar. Las necesidades físicas dominan por completo los actos de mi vida y constituyen un resumen somero, prosaico, de que existo. Estoy viva. Y esta vida no pasa de ser repetición constante de esas mismas necesidades cotidianas. Sin ellas tampoco sería real, me convertiría en una cosa sin valor, en un objeto, en una realidad por sí misma. Dejaría de ser otro organismo vivo para transformarme en algo totalmente absurdo, por carecer de los requisitos imprescindibles para ser. Y, a pesar de todo, no puedo encontrar una explicación satisfactoria, conveniente, de mi realidad. Cada minuto que pasa es un acercamiento hacia el reino de lo absurdo, del vacío absoluto. No puedo confiar en lo que me dicen los sentidos, puesto que ellos también carecen de realidad propia.

Si se pudiera juntar miles de millones de células aisladas y por una conjura infernal transformarlas en un ser vivo, aparecería otro cuerpo, existiría, pero no se lo podría llamar ser, aunque contara con los mismos elementos primarios con los cuales estoy hecha.

Mi nacimiento definió la existencia de una nueva individualidad, yo, pero en ese mismo instante de nacer, ya era algo, que había desarrollado una vida subyacente en las entrañas de mi madre y, tal vez, antes. Acaso he existido como entidad desde el principio de los tiempos y seguiré existiendo para toda la eternidad. Yo soy. Necesaria y fatalmente debo seguir. No puedo desaparecer aunque sufra transmutaciones. Dentro de un millón de años, seguiré ocupando un lugar del universo, un lugar que ninguna fuerza humana o divina podrá negarme desde el momento que ahora existo y me doy cuenta de ello, desde que razono en mi propia realidad. Estoy aquí, estuve desde siempre y seguiré estando en alguna forma. Soy portadora de la inmortalidad. La inmortalidad real de que vivo y sé que estoy viva. Sé que moriré, y por saberlo, puedo estar segura de que mi cuerpo permanecerá cubriendo el sitio que le fuera destinado mucho antes de nacer.

 

*  *  *

Existen días bellos y días deslumbrantes, Susana sentía la alegría de vivir, bajo un cielo sin nubes, azul y caluroso. Como todos los años pasaron una semana en la granja, propiedad del hermano de su madre y la agradable estadía llegaba a su fin. El arroyo, lo suficientemente ancho y profundo como para bañarse en él, corre sombreado de arbustos entrelazados, invitando al baño frío y agradable. Se puso la malla, cubrió su cuerpo con una toalla multicolor y se dirigió al agua que salta entre las piedras cubiertas, en parte, de musgo, en partes completamente blancas, con pocitos aquí y allá.

Se introdujo de golpe pera sentir de una sola vez el helado contacto del líquido transparente. Ahogó un grito de sorpresa. Enseguida se acostumbra a la temperatura. Se acuesta, con los ojos cerrados, dejando al agua que envuelva su figura. Las horas pasan calurosas mientras ella disfruta de su fresca inmersión. El arroyo la acaricia.

La casa, de ladrillos blanqueados a la cal, fue siempre un oasis de paz. Allí el tiempo no corre, ni tampoco para sus moradores. Algunos tienen los cabellos blancos y muchos años, pero no hay cambio. Siguen iguales a hace diez, veinte o más años. Iguales. La comida de los campesinos, sencilla y desabrida, le hace recordar su infancia. El olor a campo lo impregna todo. Pasto, agua, vacas, gallinas. Los animales viven sueltos, buscando alimento o dormitando la siesta bajo el sol calcinante de la hora.

Los pies descalzos juegan con la arena limpia y granulosa del arroyo. Un mugido solitario recorre el amplio espacio y es respondido, a veces, por otro más distante. La brisa suave arrastra bocanadas de aire caliente. En la sombra, la temperatura baja unos grados. Se levantó y fue a sentarse a la orilla, bajo la sombra atravesada por rayitos bailoteantes de sol que llegan al suelo al moverse las hojas de los árboles. Recuesta la cabeza sobre la arena cerrando los ojos. La calma idílica del campo la envuelve voluptuosamente en su deslizarse sin prisas. Los sonidos provenientes de la espesura, monótonos, continuados, la van rodeando de un tenue manto de sueño.

Entre las hojas se puede ver el cielo. Alto, azul, hirviente. Algunos insectos caen al agua, en los remansos ajenos a la corriente, nadan en rápidos remolinos de alas, patas y ondas circulares hasta volver a elevarse en su vuelo presuroso. Mariposas de color marrón desteñido, o amarillas con motas negras, revolotean algo alejadas, en un vaivén continuado, alegre.

Los mugidos de las vacas se repiten entre breves intervalos de silencio. Una sinfonía al natural, con tonos altos y bajos, con el cloquera insistente de las gallinas como fondo rítmico. Palabras aisladas de los campesinos que están cerca de la casa, son arrastradas por el viento y llegan hasta ella sueltas y confusas.

Puso sus manos tras la cabeza, buscando el sueño de la siesta. Las mariposas van alejándose hacia el matorral, siempre fieles a sus amplias cabriolas de amarillo, marrón y negro. La respiración de Susana se vuelve calmosa, el arroyo sigue su inacabable gorgoteo. El cielo altísimo, infinito, azul. 

El paisaje habitual campesino en su modorra constante. Unos días amables, llenos de aventuras descubiertas en las cosas más simples de la tierra. Leche tibia y espumosa por la mañana, unas horas después del amanecer. Imposible dormir. Los rayos de sol, indiscretos, investigan por todos los rincones de la casa empujando a los rezagados, a los intrusos visitantes de la ciudad que pretenden escapar a la mañana.

Imposible. La algarabía ensordecedora comienza horas antes. El bosque palpita de trinos y chillidos. Siempre «in crescendo». Anuncian la luz, la vida, la resurrección. El himno eterno de los seres bendiciendo otro nacimiento. El nacimiento diario, alegre, fresco, inocente, con la felicidad ignorante de no saber, de no encontrar en las entrañas de la naturaleza otro instante sino el presente vivido a plenitud. La gloria del nuevo día y la tristeza del anochecer.

De noche, sentados en el corredor, con el aperitivo en las manos, las conversaciones lentas, sin prisas. Los rostros de los viejos sin edad, los de los jóvenes sin época. Luz de luciérnagas agitadas bajo la magnífica claridad de la luna, de las estrellas diáfanas, de la vía láctea marcada sobre el oscuro fondo de la noche. La Cruz del Sur, Las Siete Cabrillas, las Tres Marías, ofrecen sus brillantes pulsaciones, vibrando eternamente con la vida, la muerte, el devenir inacabable de los seres que se mueven bajo el manto esplendoroso e impasible de un universo sin alma, sin caridad, indiferente al mezquino sufrimiento de la existencia, de la realidad humana fugaz, aunque no por ello menos intensa.

Susana observa las estrellas, las identifica, las cuenta con los ojos clavados en la negra boca de la nada, apoyando la cabeza sobre la almohada del catre áspero, desnudo, en el patio silencioso, vasto, extraño, sumido en la noche silenciosa, muda, extraordinaria, poblada de fantasmas que mueven sus formas intangibles entre los árboles, caminan por las hojas, fantasmas pueblerinos cargados de aromas y lágrimas, de noche constante, vital, de campo rojo, húmedo, silente. Los fantasmas que caminan entre los troncos ciegos, sobre las hojas,  fantasmas silenciosos, mudos, como el bosque en la espesura de hojas, silenciosas, mudas.

Camino nuevamente entre paredes verticales de fachadas dormidas que circulan a mi lado en forma de casas, columnas, palos clavados en los jardines desprovistos de significado y arrojan sombras deformadas sobre los pastos cuidados de los jardines vacíos que caminan a mi lado como ramas arrojadas al silencio de esta noche sin sentido entre las paredes desaplomadas de las fachadas de las casas huecas, de seres muertos y flores mustias como un cementerio olvidado que tiembla al influjo de los vientos sin sentido, sin lágrimas, vacío, sembrado los cuerpos inmóviles entre las sombras largas que se desplazan en filas paralelas entre las avenidas lúgubres, sin nombre, que deambulan a mi lado como sombras silenciosas, muertas, con un aroma de flores mustias, olvidadas.

Los acordes de la orquesta bailable se esparcen por todo el patio, iluminado con luces de colores, por medio de parlantes ubicados estratégicamente en la amplia propiedad. Unas parejas bailan entusiastas, otras se repliegan hacia las mesitas más íntimas, buscando la penumbra cómplice. Los mozos contratados recorren con sus bandejas en alto, atendiendo lo mejor que pueden, la incesante demanda de bebidas y bocaditos por parte de los numerosos invitados que llenan la residencia.

- Un cumpleaños como pocos -repiten unas y otras voces distribuidas entre las mesas, entre sorbos de cerveza, whisky o vermouth.

- Un cumpleaños como pocos. Hace tiempo que no corren las cosas en tal abundancia.

- Hay para empacharse.

- Mirá, yo creo que nos ahogaremos en líquido.

Los padres de la agasajada no escatimaron en gastar para conseguir de la reunión el mayor brillo posible. Quisieron y lograron que esta fiesta esté destinada a ocupar las páginas de sociales en los diarios de la ciudad, por los menos una quincena. Fotos, filmaciones, detalles de la moda al día y los nombres más sobresalientes de la sociedad, harían de la fiesta el núcleo alrededor del cual girarían, durante cierto tiempo después de haber despedido al último convidado, las conversaciones de señoras ociosas que esperan turno en las peluquerías, en los té-canastas y en las diversas reuniones benéficas o íntimas con las cuales gustan pasar el tedio que acarrean en sus días inútiles.

Susana estrenó esa noche un vestido que hacía resaltar su juventud. La hermana de su compañera de curso cumplía quince años. La ilusión de asistir a una fiesta social de tamaña envergadura la tuvo varias noches sin dormir, eligiendo tal modelo de traje para al día siguiente cambiarlo por otro. Eran muy amigas, y las recorridas por las tiendas se hicieron frecuentes, tratando de encontrar la tela que habría de satisfacer los requisitos del modelo, y luego, el modelo que debía satisfacer los requisitos del tejido.

Ella, su amiga, y la quinceañera recorrieron todas las casas de moda, las tiendas, las boutiques, las joyerías. Revisaron cientos de revistas sin acabar nunca de decidirse, encontrando siempre una variante que consideraban mejor que la anterior. De nuevo comenzaban las recorridas, las discusiones, los nerviosismos. Los preparativos de la gran reunión.

La fiesta en su apogeo. Parejas que bailan, charlas insulsas en las mesas, risas. Los mozos se mueven de uno a otro lado, van y vienen con las bandejas cargadas, con las bandejas vacías. La del cumpleaños está feliz. Nada puede turbar el momento mágico de ese día. Ha sido logrado el objetivo, todo perfecto.

No sé que hacer. A mi madre jamás podré decirle lo que me ha ocurrido. Eso tengo que sacármelo de la cabeza. Ayer podía haber sido, pero me detuve a tiempo. Es inútil. Lo que más teme es el escándalo y no quiero ser el motivo de su vergüenza. El escándalo de tener un hijo sin estar casada. El escándalo de nuestros nombres rodando por las bocas sucias de comadres pomposas, surgiendo en forma aparentemente accidental, pero siempre alerta para provocar una conversación interesante. El escándalo de una hija de familia embarazada es siempre tema. Un tema asqueroso, babeante y que se comenta en voz baja, entre exclamaciones de asombro de quienes todavía no saben y asentimientos silenciosos de cabeza por parte de las que ya están en antecedentes. En todas las reuniones, yo. Como si fuera la cosa más extraña del mundo. Como si hubiese venido de otro planeta a hacer cosas desacostumbradas, insólitas. Yo. Una conversación aparentemente caritativa pero cargada de malicia. La maldad en su más sucia manifestación. Yo. Yo y mi embarazo. Algo fuera de serie, algo semejante a esos pecados que conducen irremisiblemente al infierno. Y mi madre odia esa situación, no va a poder soportarla porque ella es una mujer recta que nunca ha cometido un desliz. No va a perdonarme nunca. No puedo decírselo. El solo hecho de pensar en esa salida es una necesidad. Sin embargo, me gustaría conseguir su comprensión, su apoyo. Qué estúpida soy. No vale la pena intentarlo, es imposible.

A cualquiera, mi problema le parecería fácil de solucionar, a cualquiera, a mí, no. No puedo aceptar eso como la cosa fácil que parece. No es justo. De cualquier manera, cada día debe ocurrir algo semejante, y no una sola vez. Hasta mis amigas piensan que es un error mío empecinarme en hacer un drama de algo tan tonto. Simple, rápido. Seguro. Eso es lo que dicen. Que yo haya quedado encinta no espanta a nadie. Es normal. Nadie me achaca el haberme acostado con un hombre. Ese no es el problema. Es lógico. Comprensible. Apenas arranca sonrisas de complicidad. Pero para seguir perteneciendo al grupo de mujeres decentes no debo tener hijos. Sin casarme, claro. La legalización lo solucionaría todo. El problema soy yo, oponiéndome a cometer un crimen que según el criterio de la gente no es tal. No es matar, no es aniquilar una vida. Consiste solo en anular en su origen otro ser. No existe.

Ya tengo miedo hasta de conversar. Cualquiera a quien recurra va a contestarme lo mismo. Yo soy la errada. Pero no puedo resignarme a hacer algo que va contra mis sentimientos. Tengo miedo. Un miedo sordo. Miedo. Vivo en el miedo. De pronto, cuando estoy acostada, siento por mis venas, por el cuerpo, por la piel, que el miedo se va posesionando de mi ser. Como un gusano ascendiendo por los nervios de mi cuerpo. Semejante a un dolor físico indefinido. Algo que en cualquier momento va a aparecer delante mío, hablarme. Tomar forma. El miedo adquirió un aspecto diferente, doloroso. Una existencia dentro de mi persona. Miedo. Abro los ojos y tengo miedo, los cierro y tengo miedo. Al pasear por las calles, el pecho me comienza a temblar, late enloquecido. Todas las cosas de alrededor fijan sobre mí sus ojos sin vida. Las puertas de bocas oscuras, los balcones vacíos, las luces de las calles. De todos los objetos emana un flujo que penetra, igual que garras rígidas de uñas duras y largas apretando cada vez más la vida de ansiedad desesperada que voy llevando. Me resultan extrañas hasta las fachadas, tan conocidas de siempre, que bordean el camino a casa. Y allí, el gran miedo representado por la puerta cancel de vidrio opaco reflejando la luz encendida del vestíbulo. Subo las tres gradas del zaguán, siento una angustia indecible al apoyar la mano sobre el picaporte frío y abrir la puerta, con el pecho convertido en un desordenado golpear insensato.

Con pasos rápidos atravieso la habitación evitando mirar las paredes de donde cuelgan unos cuadritos que representan distintos lugares atrayentes del país: una cascada, un cerro, una iglesia semi-destruida, pintados al óleo. Me observan fríos. Pareciera que le pronto van a hablar, a decir algo. Ya nada puede aumentar el pánico que me embarga cuando subo las escaleras que conducen a mi pieza, después de saludar rápidamente a mis padres, que están sentados en la cocina. Lo hago con un ¡hola! que no dice nada y subo. Me asustan sus ojos, como si supiesen algo. Fijan en mi persona sus pupilas oscuras, interrogando sin pronunciar palabras. Subo. Sobre mis espaldas siento el haz negro de sus ojos. Quisiera volverme, explicar todo, abrirles mi corazón, pedir compasión, llorar. Pero sé que no voy a hacerlo. Eso sería lo último. Acaso resulta mejor acabar de una vez con todo, olvidar, no sentir nada, morir. Soy demasiado débil y cobarde. Tengo miedo. No puedo pensar. La mente es una cosa blanca y pastosa. Camino como una sonámbula. Una idiota que anda dormida. Me corroe. El miedo semeja a las ratas que lo carcomen todo con  sus dientes blancos, grandes. Miedo. No puedo hablar, no me saldrían las palabras. Rostros extraños, desconocidos desde siempre, que no me dicen nada, que no significan nada. Facciones. Ojos, nariz, boca. Nada.

Vería las aletas de su nariz moviéndose convulsivas, como siempre que se enoja. La vista fija, los músculos tensos del rostro arrugado, y sus cabellos blancos y finos cubriéndole la cabeza igual a un manto sin vida. No me atrevo. Tengo miedo. Siempre ese pánico que me acompaña en los momentos difíciles, cuando no sé qué hacer y siento al universo desplomarse sobre mi cabeza con el peso infinito de su vacío. Yo. Viviendo este momento. Yo. Sintiendo la serie de transformaciones extrañas, nuevas que significan la variación definitiva de mi destino.

Llevo otra vida que todos quieren sepultar en mis entrañas antes de haber nacido. Quieren verme transformada en cementerio, caminando con la muerte. Debo matar algo de cuyo origen soy la única culpable. Si es que hay algo de qué culparme. Culpable de amar, de haber entregado mi cuerpo para que fuese amado. Mi cuerpo. Mi vida. Yo, que no pertenezco a nadie aparte de mi propia realidad. Me muevo, vivo, me alimento. Puedo utilizar los objetos de mi alrededor, las cosas de las cuales siempre me he servido. Tal vez sea por eso que siento este miedo continuado al acecho. Una culebra lista a saltar. Mi terror silencioso, inexpresado, que se esconde12 tras las hojas de los zaguanes, tras los balcones, en los trazos de los cuadros del vestíbulo, en mi habitación.

- Ya me habían dicho algo de eso -escucho a las urracas comentando mi situación cuando esta llegue a sus oídos.

- Esa chica que parecía tan buena, decente como son sus padres. Pobrecitos -y los consabidos gestos de lástima que seguirán a estas palabras.

- Y pensar que siempre se la veía tan orgullosa. Estas muchachas de hoy no tienen vergüenza.

- Te imaginás. Los padres han de estar desesperados.

- Y no es para menos.

Las mismas palabras de siempre, repitiéndose una y otra vez en las distintas13 reuniones donde se encuentran dos o más amigas que conocen la novedad. Saldrá a relucir, correrá de labios a labios, seré la comidilla de esta temporada. Las buenas damas caritativas que se compadecen de la pobre chica encinta. Que no se casó y quedó en estado. Las buenas damas de la buena sociedad en su propia salsa. Chismes. Su alimento diario. Chismes y maldad. Yo misma no podría soportarlo mucho tiempo. Las miradas de costado, las risas ahogadas, los susurros inaudibles.

*  *  *

Los escaparates de las tiendas se llenaron de artículos para niños. De pronto, sin que me diera cuenta, todas las vidrieras ofrecieron únicamente artículos para bebés. Ropas para bebés, sonajeros, chupetes, bacincitos. Niños. Niños sonrientes, felices. Abrazados por sus padres. Sonriendo. Sentados, dando los primeros pasos. Niños.

La calle es una compañía sin rostro. O con cientos de rostros, es lo mismo. El barullo de vehículos y transeúntes distrae mi atención, me divierte; al menos, observo cosas distintas, me aparta de la mezquindad cotidiana en que se trocó mi vida desde que tuve la certeza de mi condición. Tiene que concluir de alguna manera. Ninguna situación puede prolongarse demasiado, aun cuando se desee retener el tiempo. Debo elegir un camino, tomar mi decisión.

Necesito aclarar las ideas. Existe una confusión terrible. Las cosas se desfiguran, adquieren dimensiones propias. Sé que estoy sola y el rumbo a elegir será irrevocable. Pero, ¿cuál es? ¿Tendré que aceptar el hecho de que mi cuerpo es juguete exclusivo de placeres y acabar la vida que he creado sin importarme el hecho de hundir en la nada el espíritu que está latiendo dentro de mí y que existió desde siempre, y seguirá existiendo, latente aún cuando lo destruya, por tener poder para ello?

Un crimen. El más vil, el más cobarde. Porque soy madre, porque creé un ser a quien voy a destruir aun antes de poder resistirse. No sé. No puedo hacerlo.

Mira hipnotizada las gotas de lluvia que golpean los charquitos que se forman sobre la arena. Charquitos de agua sucia, picados de viruela. Huellas de pisadas. Zapatos grandes, otros más pequeños, marcas de pies descalzos.

- Bueno -exclamó Susana entrando a su casa sudorosa pero contenta-. Se acabaron los exámenes. Ya no daba más.

- ¿Todo bien? -pregunta su madre desde la cocina, de donde sale un olor apetitoso de estofado de carne- adiviná qué estoy preparando para festejar en el almuerzo.

Susana llega hasta ella y la besa.

- Hola, mamá -respira hondo- por lo que se olfatea... -queda mirando hacia el patio contiguo-. Finalmente llegué al sexto.

- ¿Y las otras chicas?

- Todas salvaron. Lo bueno es que el año que viene, si Dios quiere, a esta altura del año ya estaré preparando las asignaturas del examen de ingreso para la facultad. Si me exonero.

La madre se acercó a besarla. Se entienden, a pesar de no coincidir siempre en sus opiniones. Un acuerdo saludable entre ellas. Es una familia normal que goza de cierta posición social ganada en largos años de esfuerzos.

En el mangal del patio, una cigarra entona incansable su larga melodía melancólica como la siesta que va trajinando sus pasos sudorosos entre nubes blancas, sobre el lago azul, infinito, del cielo.

Susana, como en otras ocasiones, decidió no dormir, a pesar de la gran insistencia de sus padres. No sentía cansancio. El haber acabado con los exámenes le dio nuevas energías y la fatiga desapareció por encanto. No era lo mismo dos días atrás, cuando se enredaba con libros, apuntes de clase e intercambios de ideas o interpretación con la compañera de estudios.

Apenas si las hojas vibran alternativamente entre uno y otro soplo de viento. El sol, reflejándose contra la pared lindera y el patio, de baldosas blancas y grises.

- Dicen que van a poner agua corriente.

- Hace falta. Este barrio está bastante cerca del centro. En algunas calles ya colocan los caños -hacen un pequeño descanso después de haber leído veinticuatro hojas de Historia. Mastican el sandwich de carne de media mañana.

- Papá cree que van a cerrar todos los aljibes.

- Mirá, a veces tenemos que rogar por la lluvia porque el nuestro se va secando si pasan más de un mes y medio sin agua.

- El verano pasado, cada semana tenía que venir el aguatero. Casi no podíamos bañarnos, y con el calor, ya te imaginás.

- A mí me dejaban tomar agua solo dos veces al día -ríen con ganas.

Las horas son cúmulos inamovibles14. Solo el ininterrumpido trajinar de las altas montañas blancas formando figuras caprichosas, hacen las veces de insensible minutero que va marcando el transcurrir esquivo del tiempo muerto. Sobre la superficie caldeada, de trecho en trecho, cae la sombra de los gigantes silenciosos. La cigarra hiere cada vez con mayor disonancia el aire quieto.

El sueño va apoderándose de Susana y echa una penumbra larga sobre sus párpados. El libro que leía quedó abierto sobre su falda: la respiración es pausada.

Comenzaron a revolotear a su alrededor las mariposas negras que la miran con ojos fijos, grandes, de pupilas inmóviles, mientras ella camina con pasos lentos por el largo senderos de pedregullos que hieren la planta de sus pies A ambos lados de la avenida, unos árboles de troncos gruesos extienden sus brazos descarnados que acaban en finas ramas rígidas, buscando el cielo alto, gris, lejano. Aparentan   dedos crispados que nacen de un muñón informe y rugoso.

La penumbra da al ambiente esa melancolía inquietante de los paisajes inmóviles. Silencioso. Pesado. La senda, plana en su totalidad, dobla hacia la izquierda o del horizonte confundiéndose con el cielo negruzco al través del cual no puede imaginarse la menor grieta que prometa sol.

Susana camina. El corazón le aprieta el pecho con fuerza. Siente en la garganta un nudo que la aprisiona. Tiene la aterradora impresión de que en cualquier momento, una de las gigantescas extremidades va a enredarse a su cuerpo, aprisionándola. Se da cuenta de su soledad angustiosa en medio de ese extraño paisaje quieto, simétrico, muerto.

Las mariposas se alejan de ella en bandadas, perdiéndose entre las ramas desnudas. Las palmas de las manos se pegan a su cuerpo. Entonces advierte su carne desnuda entre los harapos que la cubren protegiendo apenas el pudor. Harapos. Pies descalzos.

De cualquier manera, no hay nadie, piensa, solo le molesta esa sensación de desnudez indeseada.

A medida que avanza, no ve otra cosa sino la desolada avenida de troncos y ramas.

- Al menos esas horribles mariposas eran una compañía -se dice, tratando de tomar aliento.

Repentinamente, a su costado, aparecen otras tres mujeres cubiertas de negro de la cabeza a los pies. En la oscuridad que las circunda, no puede apreciar las facciones. Se mueven con pasos rápidos, alejándose de ella aún antes de reponerse de la primera impresión. Enseguida pasan otras dos sombras mudas. Acelera el paso tratando de alcanzarlas. Casi está corriendo cuando llega a una de las mujeres.

- ¿Adónde va? -pregunta con voz temblorosa.

La figura se detiene sin volverse ni hablar. Susana percibe la desazón que se apodera de su alma.

- ¿Adónde van? -repite conteniendo el deseo irracional de llorar.

La mujer sigue silenciosa e inmóvil, como si no hubiera escuchado la desesperada súplica en las palabras de la muchacha. La joven extiende las manos temblorosas hacia la figura estática. Si es necesario sacudirla para que hable, está dispuesta a hacerlo.

Cualquier cosa para escapar de la desgarradora impresión de sentir su desamparo en medio de ese abismo de pesadilla.

Estira la manga de la sombra quieta. Esta se vuelve de a poco hacia ella.

- ¿Dónde estamos? ¿Qué estoy haciendo yo en este lugar? ¿Adónde van ustedes?

Cierra la boca. Siente un escalofrío que le sube por la columna vertebral hasta la nuca, al darse cuenta que dentro del manto no hay nada. Ningún rostro, ningún cuerpo. El vacío cubierto por telas ordinarias que caen a sus pies blandamente formando un montón informe. Desaparece el aspecto humano que ofrecía segundos antes. Las ropas la cubrían, pero dentro no había nada.

Susana se aleja del lugar, emitiendo gritos que se ahogan en su garganta sin articular sonidos, sin poder alterar la hostilidad muerta de la avenida llena de vida palpitante en una crueldad inexplicable, una maldad sin límites.

Abrió los ojos sobresaltada al escuchar el ruido del calentador a queroseno15 que su madre utiliza para hacer hervir la leche. Los sonidos de la tarde ocupan el espacio dejado por la siesta larga. Le duele un poco la cabeza. Deja el libro sobre la cómoda cuyo espejo refleja su imagen que se le antoja cambiada, con la frente sudorosa y un mechón de cabellos caídos sobre la mejilla.

Busca un peine. Sale de la pieza y se dirige al baño con la palangana de agua fresca del aljibe. Se lava la cara sintiéndose mejor. Moja también sus cabellos.

- Ya está la merienda, si querés venir a sentarte -exclama su madre sirviendo una taza humeante de café con leche-. En el armario hay manteca, hacé el favor de traer, porque seguro que tu papá va a querer con las galletas.

- Está toda derretida.

- También, con este calor...

- En casa de Marta hay una conservadora que da agua helada. Lo único que tenés que hacer es poner una barra de hielo al día.

- Sí, pero quien le convence a tu papá para que compre.

- No ha de ser demasiado cara como una heladera. Es un armatoste de madera con una canilla.

- Hum.

Susana toma el café a sorbos espaciados.

- Ayer se estuvo plagueando por lo que costó tu vestido para la fiesta de esa compañera tuya.

- No puedo ir como una mendiga. Todas las chicas se están mandando hacer ropas nuevas.

- ¿Cuándo me dijiste que era?

- El veinticuatro.

Alrededor de la mesa, toman a sorbos breves la merienda, acompañando el café con leche con galletas que explotan al presionar una contra otra en la palma de la mano y pasan a integrar el líquido marrón blancuzco del interior de la taza, que se vuelve más espeso.

- Me gustaría ver una película que se estrenó ayer -dice Susana, metiendo una cucharadita de galletas blandas en la boca.

- Ahora que acabaron los exámenes, tu papá no va a tener problemas. Estaba más preocupado que vos.

- A lo mejor podemos ir esta noche.

- Sí, puede ser.

Después de todo, llevar una vida así no conduce a ningún lado. Es una forma de agotar los días sin ton ni son. Al fin de cuentas leemos tantas cosas de las cuales no queda sino una sombra borrosa e inútil que no produce ningún resultado positivo y se pierden como lo que son, cosas inútiles que acaban agobiando la mente sin dejar la oportunidad de digerir ni siquiera la mitad.

A mí, todos los días me resultan una sucesión hasta el hartazgo de necedades. Lo que siento o encuentro a mi alrededor es absurdo. Hasta mi propia vida, la de mis padres, la de cuantas personas conozco o llegue alguna vez a conocer.

Yo, en medio de esta sociedad, trato de desenvolverme de acuerdo con las normas que han fijado otros seres humanos iguales a mí en lo substancial, con más años, sí, con poder suficiente para hacer que se cumplan sus exigencias, sean estas buenas o malas, no vale la pena ni siquiera analizarlas. No viene al caso. Debo moverme de acuerdo con las circunstancias. Para cada situación, mi espíritu ha sido adiestrado para reaccionar en la forma esperada. Correcta. Las buenas costumbres de una señorita de familia actuando en sociedad. A nadie le importa las miserias que se arrastran por debajo de las puertas cerradas, ni los fantasmas, ni la asqueante evidencia de saber que una se mueve semejando títeres accionados por hilos invisibles. Lo que vale realmente, lo que cuenta, es la apariencia externa ¿Qué sé yo de lo que sucede en casa de una amiga después de haber traspuesto el umbral?

Por momentos tengo la impresión de estar dentro de los objetos inanimados, como un fantasma que pugna por salir, atado a ellos con cadenas tan rígidas que es inútil pretender romperlas. La mesa, la silla. A veces adquieren tanta realidad que se revelan a los sentidos como que si se trataran de cosas vivas.

No sé que me pasa. Me siento el ser más ridículo de la creación, el más necio. Repitiendo, repitiendo. Una máquina que ejecuta constantemente los movimientos iguales o semejantes a los del día anterior, sin grandes variantes. Expreso similares ideas, uso palabras semejantes. Los temas de todos los  días son repetidos en la conversación una y otra vez, hasta dejarla a una saturada y con un sabor extraño en la boca. No dejan cabida ni para el hastío, tan lleno está todo de las imbecilidades de la realidad diaria.

Mis padres, mis amigas, yo misma, buscando la forma de manifestar que la existencia tiene un justificativo, una razón de ser, un sentido no manifestado pero real, aunque en el fondo sabemos que puede reducirse a nada, teniendo en cuenta que nuestra propia realidad está motivada en un azar fortuito; y acabará de igual manera, ajena a nuestra voluntad, hagamos lo que hagamos, nos ajustemos o no a los reglamentos tácitos de esta vida parásita, unidos como garrapatas a una mole que se mueve entre millones de trozos semejantes que flotan en la oscuridad desde el principio al fin de los siglos.

Y sin embargo, somos responsables. Somos los únicos que hemos de rendir alguna vez cuenta de nuestros actos, sean ellos grandes o pequeños. Nos consideramos los seres más importantes de la creación porque estamos capacitados para destruir cuanto se halla a nuestro alrededor y también a nosotros mismos.

A veces me pregunto si todo esto se justifica, o simplemente no nos damos cuenta del mogolismo inherente a la condición que nos impuso el solo hecho de nacer humanos.

Pero ¿a quien comunicarle mis razonamientos? Tal vez una hoja cayendo de su rama tenga más justificación que todas las teorías filosóficas, o que mi existencia. O un charco de agua, o una piedra, porque no hay razón alguna capaz de explicar el sentido de mi vida. Este ir y venir; hacer cosas, ¿para qué?, ¿por qué? Cada día, una y mil veces.

Nada variaría si sobre la tierra no hubiesen aparecido los seres humanos, sí existiesen nada más que materias inanimadas, objetos sin vida. Existiría igual aunque nadie tuviera conciencia de ello. No por eso sería menos auténtico el conjunto, menos real. Somos un agregado. Los bufones del universo fabricados para provocar la hilaridad del vacío que nos circunda. Formamos parte de la carcajada infinita de la nada.

No es difícil imaginarse un mundo despoblado, muerto. Giraría como hasta ahora, alrededor de un eje silencioso, sin nada que molestase su camino, sin que nadie pensase en él. El total vacío flotando en oleadas indiscriminadas de objetos gigantescos que van repitiéndose hasta donde no puede alcanzar nuestra fantasía. El universo sin vida. Solo.

... igual a los callejones que no terminan en calles, encerrados entre dos paredes y un muro sin revoques, sucio, que sirve de orinal a los vagos que recorren la ciudad mendigando las comidas que desprecian hasta los perros.

... veo los niños dormidos en una ciudad sin alma que se revuelca como una prostituta gastada sobre su lecho repugnante de olores infectos; niños que piden con las manos extendidas a las puertas luminosas de los cines llenos de tapados vacíos y estómagos llenos, niños recorriendo las calles, durmiendo en las gradas de puerta cerradas, vestidos de harapos sucios sobre la carne que tirita con el frío de la noche helada.

Camino entre las tinieblas espesas de un puerto que no conozco oyendo las pisadas urgentes de pasos que se pierden tras los portones de hierro de las calles solitarias, muertas, como un paisaje desnudo, sin viento, iluminado por los focos de las esquinas confundidos en la oscuridad de la noche ciega cargada de maldad.

El silencio cayó largo y pesado. Insidioso, flotando en el ambiente. Cruel, fijo, ocupa con fruición el espacio de tiempo que le corresponde en medio de la hora quieta. Las últimas palabras se mantuvieron un momento adheridas a los muebles, a la ventana, al techo, resonando calladamente su eco interminable que golpea incesante los cuerpos fijos sobre las sillas del comedor.

Dos mujeres están mudas, dejando pasar el silencio. No se miran ni hablan. Ya lo hicieron. Ahora se mantienen en sus sitios dejando pasar el minuto que se sostiene agarrado en jirones viscosos de sus almas. No se conocen. Extrañas. Cada una envuelta en su coraza de pensamientos inexpresables, buscando el tablón que ha de salvarlas del naufragio sin encontrar nada a su alrededor.

El silencio molesta igual a una mosca que de pronto empieza a volar en círculos sin intención de separarse de nuestros cuerpos. Es inútil espantarla a manotazos porque vuelve de nuevo, tropieza contra la nariz, baja sus patas ásperas sobre las mejillas, camina, vuelve a volar en círculos.

Las desconocidas están mudas. Mirándolas, semejan dos estatuas pálidas, frías, sin vida. Un cuadro. Naturaleza muerta: «Mujeres sentadas». Es un buen título. Tanto como cualquier otro que pudiera ocurrírsele al artista. O podría llamarse «Atardecer en el comedor» ¿Por qué no?

Sin embargo, viven durante todo ese largo tiempo, con las manos apoyadas sobre la mesa oscura cubierta con un mantel de colores alegres por completo fuera de lugar. Disonante. La alegría, la felicidad cotidiana no existe en las manos inmóviles que por momentos recobran animación, para enlazar unos con otros los dedos blancos. Se mueven con angustia, con recelo. La derecha busca a la mano izquierda paralizada. Esta, ajena a la repentina actividad que se apodera de su hermana, se sobresalta cuando el dedo índice deja sentir su helado contacto de muerte letal. Una absurda sensación de realidad envuelve el momento brillante de sol que fuera de las cuatro paredes quiere contradecir la existencia de esa oración fúnebre latente tras los cristales de la ventana que deja pasar la luz donde solo están las tinieblas de dos almas oprimidas, cada una con el paso insoportable de las vidas carentes de valor.

Por extraño contraste, los objetos inanimados adquieren la fuerza completa de ser ellas más importantes, más claras, más evidentes. Tienen una intensidad que proclama a gritos el hecho de estar presentes al igual que la luz diáfana, el mantel de colores alegres, las sillas, el aparador viejo, un florero vacío, la heladera. Las cosas vibran proclamando su existencia, mientras los cuerpos permanecen sin moverse, ridículos, casi groseros en esa situación de rigidez completa.

De la calle, algunos sonidos se filtran por las rendijas de puertas y ventanas, rebotan contra el muro invisible de pasividad dolorosa que tienen esas imágenes y vuelven a salir, huyendo del sitio donde su algarabía pierde sentido y resonancia. Los sonidos escapan del silencio, su tumba.

Es increíble cómo algunas palabras o gestos quedan grabados por siempre en lo más profundo del alma y retoman actualidad en cualquier momento, cuando menos se lo espera; saltan movidos por resortes invisibles accionados quien sabe como, y comienzan a nadar en la superficie estancada y repelente del agua que es la hora presente. La vida actual, el momento comprendido entre una aspiración de aire y su expulsión inmediata. El único instante que en verdad nos pertenece. Lo hacemos nuestro, queremos aferrarnos a él en lo posible. Tomarlo entre las manos, vivirlo intensamente, pero escapa sin remedio, para siempre, y se transforma en pasado. Un aliento menos en la vida prestada que estamos desenvolviendo sin saber porque, sin que nos interese mayormente, desperdiciando uno tras otro los milésimos que nos acercan al final ineludible, al ser sin existencia que es la muerte.

Por eso es una burla de la memoria al hecho de mantener vivos, en estado de larvas, esos fantasmas desteñidos de un pasado que nunca volverá a presentarse en forma real sino como lo que es. Un fantasma16. Una sombra vaga y molesta que no quiere o no puede abandonar el conjunto de piel y glándulas que constituye nuestra humanidad.

- Estoy desesperada, mamá, por eso te pedí que conversemos. No sé qué hacer.

- ¿Qué te pasa?

- Voy a tener un hijo.

El silencio cayó largo y pesado.

Susana evita apartar los ojos de la miga de pan que había quedado sobre la mesa del almuerzo después de haberse retirado los cubiertos, los platos, la fuente. La miga, blanca y pequeña, de forma ovalada iba secándose poco a poco. La superficie debe estar ya endurecida, aunque se adivina la blancura persistente de su interior.

- No sé que va a decirme -piensa, sintiendo recorrer su cuerpo una debilidad extraña-. Ya está hecho. He hablado.

Toda una semana imaginando las distintas maneras de encarar su angustia, analizando las posibles reacciones de su madre. Las suyas propias. Imaginando su vergüenza desde los diferentes ángulos, temblando ante la posibilidad indefinible de algo horrendo e irremediable. Nunca consideró el manto pesado de silencio que iba envolviendo la habitación, los muebles, el patio soleado. Una nube espesa que tapa los rayos al caer oblicuos y brillantes sobre el mantel de colores alegres y seca la miga de pan, resto del almuerzo diario.

En el dormitorio, su padre estará durmiendo la siesta como todos los días, ajeno a ese drama grotesco representado por las dos mujeres en la habitación contigua. Duerme. La ansiedad desesperada de la hija no significa nada para él, escapa de las cosas que pudieran emocionarlo. Él no sabe, como hasta un minuto antes la madre. Para ella, el hecho sí tiene forma. Existe. Tanto o más que para Susana, quien ha convivido largos días con su secreto, conociéndola ella y nadie más. A los ojos distraídos de su madre se abrió de pronto el caudal de sentimientos encontrados de la hija, adquiriendo todo el peso de existencia oculta, viva, ineludible.

- ¿Y que vas a hacer? -la voz sonó extraña, sobresaltándola por lo imprevisto.

- No sé -dijo sin dejar de observar atentamente la masa de harina olvidada.

- ¿Quién es?

- No lo conocés.

- ¿Y sabe que estás embarazada?

- Sí.

Hablan. Como refiriéndose a algo que no les atañe personalmente, en forma fría, objetiva. Un problema casero como cualquier otro. Lo mismo que si la leche, al hervir, se hubiese derramado inundando el aire de su olor viscoso y desagradable. No se miran. Un acuerdo tácito mantiene sus vistas separadas. Más bien sienten que están sentadas una frente a la otra, pero separadas por kilómetros de abismo. Cada una en su propia noche, discurriendo en las cavernas profundas de sus almas y haciendo brotar de tanto en tanto, las palabras que rompen la quietud absoluta en breves estallidos sordos.

- ¿Qué dijo?

- Terminamos. No voy a verlo nunca. Quiere que aborte. No quiero hablar de él.

- ¿Y qué pensás hacer?

- No sé.

Demasiado frío. Demasiado impersonal. Las dos figuras inmóviles escuchando y respondiendo automáticamente. Se justificaría un arranque apasionado de la madre. Sería lógico. Pero están hablando de algo que sucedió mucho tiempo atrás. Miles de años. No en presente. No con el aliento de ahora, ni el pulso de ahora. Dos estatuas sin vida no respiran ni tienen corazón. El reloj sigue acompasado el trajinar de los minutos. El sueño tranquilo del hombre en la otra pieza, es real. Especialmente, la calma de esa siesta larga, clara, llena de matices verdes en el jardín, el empedrado desuniforme, el ruido de un auto bocinando despreocupadamente al llegar a la esquina, el viento que mueve las hojas del mangal, todo menos el ambiente pesado del comedor que no concuerda en el esquema general de la hora y provoca una disonancia notoria y sin sentido.

- Pero no podés tener un hijo así como si nada. ¿Qué va a decir la gente? Estás loca. Si se entera tu padre va a romperte a palos. ¿No te das cuenta? Y venir a contarme a mí, como si nada. Tendría que partirte la boca asquerosa que tenés, Sos una puta cínica, eso es lo que sos. Una rea descarada. Para eso nos sacrificamos toda la vida queriendo hacer de vos una persona decente. Y te acostás con el primer pelagatos que aparece en tu camino, como cualquier sirvienta calentona. Desgraciada. Vos te creés que yo voy a tenerte con nosotros para que todo el mundo se ría en mis narices. Estás loca. Voy a llamarle a tu padre y él se va a encargar de arreglar las cuentas con ese pendejo de mierda.

- Así que no querés verlo más. Y ¿qué derecho tenés vos para decidir eso? No te importa tu madre, ni tu familia.  Qué desgracia. Por qué tiene que ocurrirme esto. Qué hice yo para merecer esta clase de hija. Claro que a vos no te importa. Ya tenés la porquería adentro; entonces venís a contarme muy tranquila. No sé qué voy a hacer. Sos una desgraciada. Como si no te hubiésemos educado, como si no te hubiésemos dado lo que tenemos y más, para que seas una persona respetable. Y así nos pagás. Trayendo la vergüenza a ésta casa que siempre fue decente. ¿Qué voy a hacer ahora Dios mío, qué voy a hacer?

- ... y el tipito muy tranquilo porque vos le dijiste que no querés más nada con él. Total, ya te dejó embarazada, como si fueses una mujerzuela de la calle. Ahora te acordás de tus padres. Ahora que la señorita no sabe qué hacer con el regalo que le dio su macho. Ella es muy susceptible, le dice que no quiere saber nada. Hacer la porquería y después abortar. Eso es muy fácil, no cuesta nada, pero tenés que venir a tu madre para confesarte. Cínica. Eso es lo que sos.

El perrito iba corriendo y se detenía. Trataba de tomarse la cola sin conseguirlo y volvía a correr. Detrás de él, Susana lo sigue dando gritos de alegría y llamándolo por su nombre.

- Rin, Rin, vení acá, Rin.

Casi al atardecer, salen juntos a la calle, felices, jugando como grandes camaradas. La niña de trenzas negras, con dos moños floreados y el perro pequeño, de orejas grandes, que persigue algún invisible insecto volador.

Lo habían encontrado subiendo lentamente por la calle el día del cumpleaños de Susanita. Esta, al verlo, lo alzó en sus brazos metiéndolo en su casa. Era un perro salchicha, de orejas largas que se arrastraban al caminar.

La calle torna una coloración naranja intenso cuando el sol se pierde lentamente entre nubes alargadas que semejan una brillante playa bordeando el mar azul de un cielo infinito. Pronto se encenderán las luces de las esquinas. Dos chicos, de unos siete años más o menos, juegan a las bolitas sobre el empedrado. Las fichas de «culturales» pasan de mano en mano cada dos o tres jugadas. La partida es a cuarta y geme. «Ñopli» vale doble.

- Rin, vení, Rin.

Las tardes son siempre iguales, iguales los paisajes, los cuadros representando situaciones. Las mismas palabras, los sentimientos, las sensaciones, no pasan de ser cosas repetidas una y otra vez, machacadas al extremo de volverse tontas. Es increíble la forma en que un día se parece el otro, sin ser idénticos.

Pueden ser similares, parecidos, pero nunca exactamente iguales. Es imposible repetir los actos del día anterior o reconstruir un momento cualquiera con la precisión del instante en que sucedió. Imposible por nuestra incapacidad de recordar los detalles minimizados al máximo, pero sobre todo, por los factores que escapan de nuestra voluntad y hasta de nuestra percepción.

No serán las mismas nubes las que cruzan el cielo, ni tendrán idénticos matices a las del día anterior. Ni las flores, ni las hojas, ni las personas que involuntariamente entran a formar parte del conjunto que deseamos reproducir. El instante pasado es irrecuperable, muerto. Se halla mezclado en el hueco de su propia razón, el reino de lo efímero marcando el ritmo incansable de relojes idiotas que tratan de ordenar lo inasible y volverlo materia palpable para que los hombres puedan sentirse dueños de un pedazo de tiempo suyo, dividido en minutos y segundos, factible de reglas, sujeto a definición. Tiempo asequible a la inteligencia, para no chocar con el abismo sin inicio ni final del todo.

- Rin, venga acá, ¡eh!

De la temporada de pandorgas solo queda el recuerdo, evidenciado por una serie de palitos rotos, trapos viejos, pedazos de papel que cuelgan en las esquinas, enredados a los cables de la luz y el teléfono. Hasta el año que viene, no habrán más barriletes en el cielo. Ese es un tiempo acabado, una etapa cerrada para siempre. Serán otros niños, o acaso los mismos, pero con mayor edad, los que de nuevo sujetarán entre sus dedos un extremo del hilo que sostiene en el otro la débil estructura voladora.

Flotan los segundos que no pueden apresarse entre los dedos. Se van; ni siquiera el siguiente nos pertenece del todo. Puede ser. Será. Con nosotros o sin nuestra presencia. Es inútil pretender adjudicarnos su propiedad. Nos esquiva, se burla. Cuando creemos dominarlo por completo, nos falta, dejamos de utilizarlo, acabamos.

Quedan las colas largas de las pandorgas dormidas enredadas entre los cables del alumbrado y del teléfono. Después, el silencio del tiempo que pasó.

El silencio largo y pesado que se adueña de las paredes del comedor; de la mesa con su mantel de colores alegres, de las sillas, del foco que cuelga sobre el piso de baldosas grises y desteñidas de la habitación, cansadas del pisoteo constante a que están sometidas.

El silencio largo y pesado.

Por las ventanas entreabiertas de la habitación se filtra un rayo de luz iluminando el haz de polvareda17 que flota en el ambiente inmóvil.

- Rin, vení acá. Rin.

*  *  *

A veces me desagrada ser mujer. Hay momentos en que el solo hecho de usar faldas, la transforma a una en instrumento de placer. La fuente misma del placer. La alegría de los sentidos. El pecado. Por eso es que odio mi condición de mujer. Existen hombres que poseen a una con la mirada. Me di cuenta de ello varias veces. Caminado por la calle, en la misa, en alguna fiesta, en el ómnibus. De pronto estoy desnuda, exhibiendo las regiones más íntimas de mi cuerpo a la curiosidad de cuantos quieran asomarse a mirar o tocar mis secretos.

Acaso tengamos cierta culpa. Queremos atraer la atención de los hombres. Eso es cierto. No voy a hacerme la hipócrita conmigo misma. Es como si todas nos hallásemos constantemente en un salón de exposición, esperando algún comprador interesado que pague por una y se la lleve.

Después de todo, el matrimonio no es sino una clase de prostitución legalizada. Estamos en venta. Somos objetos al alcance de cualquiera que esté dispuesto a pagar un precio más alto o más bajo, no interesa. Existe el precio. El ofrecimiento es obvio. Algunas se bajan los calzones después de la adquisición, otras lo hacen antes, con diferentes posibles compradores, como hobbie, como deporte, como sistema de vida, a la larga siempre tolerado.

La mujer es una cosa que puede comprarse. Un producto atractivo, capaz de dar placer al hombre que esté de acuerdo en pagar lo estipulado. El precio.

Yo sé que estoy en venta. Me visto, me arreglo, quiero aparecer atractiva, y me siento halagada en mi vanidad cuando lo consigo. Mi madre, en el fondo, cree también que el matrimonio es la única ambición propia de la mujer, aunque se dé ínfulas de liberal, a veces. Pero en el fondo, está convencida de ello. Lo sé.

Y todas. No es cuestión de achacárselo a mi madre. Me parece ridículo. Prostituirse para un solo tipo o para varios no hace la diferencia. Al final de cuentas, termina en lo mismo.

Somos un buen negocio, bajo cualquier punto de vista. La mujer ofrece su cuerpo y vende. Por lo menos, eso es lo que piensan los comerciantes y publicistas. La mujer se ve obligada a exhibir los senos para que Juan de los Palotes se decida a probar el cigarrillo que ella anuncia. En la propaganda de colchones, es infaltable la imagen femenina. Como si fuera parte de los elásticos.

Y aunque seamos la presa, en las revistas especializadas nos hacen aparecer como cazadores. «El perfume tal es irresistible». «Con los lápices labiales nuevos, se puede besar mil veces sin que los labios pierdan nada de su húmeda sensualidad», etcétera, etcétera. Todo sea con el fin de alcanzar  el altar con un hombre lo suficientemente ingenuo en creerse capaz de poder convivir en la eternidad con la favorita de su corazón. Y tenerla lista en la cama cuantas veces se le ocurra, porque ese fue el trato, el negocio tácito al cual llegaron al recibir la bendición del cura y firmar un libraco que se guardará en algún archivo polvoriento apestando a insecticida.

El destino nos hizo estar siempre a merced de los vencedores. La mujer es más útil viva que muerta, y cuanto mayor su sumisión, mejores las prendas que la adornan.

Es difícil cambiar esta situación. Cuesta acostumbrarse. Una es niña, juega con muñecas. No se da cuenta de nada, y, de repente, es mujer. Claro que siempre se tiene cierta conciencia de que un día una dejará la infancia, pero es imposible prever cuando.

- Susana ya no es una criatura -comentó mamá sin saber que yo estaba escuchando-. Es casi una mujer -yo escuchaba acomodando una de mis muñecas en su cuna. Me embargó una extraña alegría, parecía habérseme descubierto un mundo a la vuelta de la esquina. De cualquier manera, no fue entonces cuando sentí en carne propia la nueva situación. Sucedió después. Estoy segura de eso. Cuando mamá decía que ya era una mujer, yo seguía viviendo en la infancia. Me gustaban cosas que ahora son tontas para mí.

Aunque ella creyese que yo ya me había convertido en mujer, estaba equivocada. Fue después.

¿Qué tendrá la mujer que siempre se encuentra en condición de inferioridad, por más que quiera demostrar lo contrario? Ahora me doy cuenta que para un hombre, nunca podemos estar en el mismo nivel. Al mirarnos ya nos colocan de nuevo en el sitio asignado a nuestro sexo. No sé por qué. Nunca he visto una mujer que frente a un hombre esté considerada a su altura. Mirando objetivamente, el hombre no se supone jamás inferior. En nada. Es él quién en última instancia dará la palabra definitiva. Aunque sea un imbécil.

Otro descubrimiento. Muchos hombres son imbéciles. Tontos. Completamente insulsos en su manera de ser y actuar.  Cuando era más pequeña, me parecían todos magníficos y llenos de fuerza. Empezando por mi padre. Es uno más. Vive. Trabaja. Mantiene la familia. Como tantos otros. Sin los adornos con los cuales rodeaba su persona no pasa de ser una persona común, ordinaria. Débil de carácter. Sin iniciativa.

Está empleado en una firma comercial importante. Gana bien, pero es solo un empleado de segundo orden. No es libre. Está sujeto a otra voluntad. No es un Dios. Apenas un empleado que cumple bien sus obligaciones y por eso sigue en su puesto. No se mete en política. Paga la cuota de su afiliación mensualmente. Es el único aporte a la vida ciudadana y al bienestar general que se siente capaz de realizar, lo mismo que abona las cuotas de luz y agua o paga mi educación en un colegio de categoría para rozarme con «niñas bien» como dijo no sé quien en una reunión que hubo en casa.

- Da gusto ver las niñas bien ahora que las chicas perdieron por completo el sentido de lo moral.

En resumen, yo formo parte de una sociedad educada, que conserva las buenas costumbres, y seremos un día esposas y madres excelentes.

- Boludeces -pensé entonces, lo mismo que ahora.

Eacute;l y yo, solos. Frente a frente. Nos miramos temblorosos. Sin decirnos nada. Puedo escuchar cómo retumba su corazón dentro del pecho, lo mismo que el mío. Mi timidez, su anhelo, su insistencia, quedaron atrás. Estamos frente a frente, él, yo, la habitación. Los muebles. Consiguió tenerme a solas. Yo estoy dispuesta.

No podemos hablar. Yo no puedo hablar. ¿Qué iría a decirle ahora?

A él tampoco se le ocurre nada, por lo visto. ¿Será que una vez capturado el pez no se decide a desollarlo? No podemos seguir así, parados como dos bobos, mirándonos a los ojos. Supongo que no será la primera vez para él también. Al menos, podría besarme. Decir algo. Tanto insistió en estar a solas conmigo...

Bueno. Algo ha de pasar. Me tiene inquieta ver esa cama. No es muy grande. Parece limpia. El cuarto es atrayente. Especial para amantes, como diría Cristina que se las da de emancipada. Parece que mañana voy a seguir igual a hoy. La siesta no es muy calurosa. Hace ya bastante tiempo que nos estamos mirando a los ojos. ¿Sentirá algo especial al hacerlo?

Todo fue imprevisto. O acaso deba decir demasiado previsto. Tenía que ocurrir. Un día cualquiera. Hoy, ayer, mañana. Dentro de un mes. Lo mismo que el primer beso que nos dimos. El primer abrazo, aprovechando que quedamos solos un momento antes de irse.

No sé cuando decidí que llegaría esta resolución. Acaso nunca. Fuimos acercándonos a ella sin proponernos, de una forma casual, aunque previsible. Los dos somos jóvenes. Le quiero. Él también me quiere.

Las chicas comentaron muchas veces este momento. Me parece raro ser yo la protagonista, ahora. ¿Habrán sentido lo mismo? Creo que somos bastante tontos así como estamos, parados, y sin decirnos nada. ¿Cuánto hará? ¿Tres minutos? ¿Cinco? No, no puede ser tanto. Es que el tiempo no corre más.

A lo mejor volvemos a salir sin hacer nada. La pieza esta es bastante linda. Tiene lo necesario y nada más. La cama es lo más importante. Parece limpia. Aunque sea eso.

Me tomó las manos haciendo que mi cuerpo se acercara al suyo. Sentí su aliento sobre la boca al tiempo que sus labios se posaban en los míos. Nuestros labios. Nuestras bocas. Nuestros cuerpos.

Con los brazos rodeaba mi espalda desnuda. La proximidad de su calor atravesó mí piel como hierro candente. Cerré los ojos. Hice mías sus sensaciones, me apreté a él con fuerza, queriendo fundirme con sus huesos, con su sangre. Mi corazón era un loco y desajustado reloj pujando por saltar desesperado.

Olvidé todo. En un instante era yo, Susana. Al siguiente una mujer. Una ansiosa de vivir intensa, irrevocablemente la emoción embriagadora del placer resbalándose dulce y doloroso por mi cuerpo, por mi piel, por mis entrañas. Una mujer más. No una niña. No Susana. Otra Susana. Susana, la mujer.

La descarga eléctrica comenzó en la base de mi nuca, recorriendo toda la columna vertebral y retornando a su origen desconocido. Me abracé a él. Él y yo. Y el amor. Y nuestros cuerpos buscando el placer en el cuarto en penumbras.

En el cuarto del reservado en penumbras.

Sobre la cama alquilada del amor escondido, con su sábana blanca y limpia, pero fría. Impersonal. Temblé sacudida por un escalofrío y mi cuerpo reposó exhausto sobre la sábana limpia y la almohada de funda blanca, humedecida por el sudor.

Eacute;l, tendido a mi lado, respira con dificultad. Sus manos se volvieron de nuevo tiernas tras haber sido tenazas que apretaron mi carne adolorida. Sus manos tiernas acariciaron la piel ya sin secretos. Yo le beso el cuello y mordisqueo su oreja izquierda. Le quiero. Me entregué a él por eso. Porque lo quiero. Tengo que quererlo. Y él a mí.

- Te quiero -digo, sin reconocer mi voz en ese susurro entrecortado que escapa de mi garganta seca.

- Te quiero -repito de nuevo, tratando de captar todo el alcance de esas dos palabras.

Siento frío y me tapo con la colcha que separamos unos momentos antes porque nos molestaba. Él prendió un cigarrillo que dejó consumir entre sus dedos y el cenicero de vidrio. No tenemos gran cosa que decirnos y permanecemos callados. Me duele el cuerpo. Coloco mi cabeza sobre su pecho. Entonces me acaricia la espalda.

El cigarrillo se transforma en un hilillo delgado y azuloso de humo que sube lentamente haciendo vivir breves instantes el rayito de luz que penetra por la ventana y cae oblicuo sobre la mesita situada al otro extremo de donde nosotros reposamos, acariciándonos. Él y yo. Solos.

La persiana de la ventana tiene un pedazo de madera rota por donde se filtra un rayo de luz que cae sobre la mesita  situada al otro extremo de la habitación, opuesta a la cama donde reposamos los dos desnudos, acariciando nuestros cuerpos recién descubiertos el uno por el otro.

Este momento tendría que significar mucho para mí, y sin embargo, me siento tranquila. Casi indiferente. Una emoción pasajera, un largo camino que termina diluyéndose en el aire, entre volutas de humo azul que escapan del cigarrillo olvidado.

El amor. El sublime amor de las revistas dulzonas pierde gran parte de romanticismo al convertirse en hecho real. No sé si esperaba más o estaba ya previendo un desenlace como este, Susana, es mujer. Antes, ya lo era, sin duda, solo que es preciso confirmarlo acostándose con alguien.

Eacute;l mantiene los ojos cerrados. ¿Estará dormido? No. Ahora sus manos vuelven a moverse, acariciando mis hombros, mis cabellos. Yo me dedico a observar la habitación. El techo, blanco y sin atractivos, igual a un techo de hospital. Frío. Sin vida, sin valor alguno. ¿Volveremos a estar juntos en éste pieza? En realidad, me es indiferente. No guardaré ningún sentimentalismo. Es una pieza de hotel. Carece de valor sentimental. Será igual a cualquier otra alquilada por hora.

Al entrar pagó por usarla. Lo quiso hacer de una manera disimulada pero me di cuenta. Qué hastío.

- Conozco un lugar lindo donde podemos estar tranquilos -me dijo.

Yo quise reírme.

Después acepté. De siesta, con una excusa cualquiera. Nos encontramos a una cuadra de aquí y vinimos caminando. Los hombres son un poco ridículos cuando quieren convencerla a una a hacer lo que ya estamos decididas a realizar. Se esfuerzan, se ponen románticos. Yo lo quiero. Deseaba sentir su cuerpo, conocerlo.

Nos levantamos. Al salir a la calle, el viento fresco trae consigo olor a lluvia. En la vereda de enfrente unos niños corren, gritan. El cambio de temperatura es agradable. Caminamos rápidamente hasta la esquina donde esperamos el ómnibus. A esta hora hay poca gente por la calle. Todo el mundo está en el trabajo o en el colegio. Un viejo sentado frente a su casa, en camisilla, nos mira sin interés cuando pasamos a su lado. Debe estar pensando quien sabe en qué. Me siento algo defraudada. A él también debe ocurrirle lo mismo.

- Esta noche voy a ir a tu casa - me dice y coloca una mano sobre mi hombro.

- No vengas tarde.

- No, después de bañarme y vestirme.

Alza la mano derecha para detener al ómnibus. Hay bastantes lugares. Nos sentamos juntos. El vehículo arranca de nuevo mezclándose con los otros que van y vienen. Volvió a salir el sol. Yo bajo. Nos despedimos con un beso rápido que no dice nada.

Al entrar a casa la encuentro a mamá conversando con la vecina. Las saludo. Me responden sonriendo. Apenas se dan cuenta de que he llegado. Susana llegó a su casa. Ya no es la niña sino la mujer. Llegó a su casa y nadie lo ha notado, nadie advierte su presencia ni el cambio. Los cuadritos del vestíbulo siguen igual. Como los sillones viejos de mimbre y los trastos amontonados en la pieza del fondo. Subo a mi habitación. Me quito las ropas y entro al baño. Dejo correr el agua de la ducha. Necesito un baño. Me duele todo el cuerpo. Estoy cansada. Al fin de cuentas es un gran cambio aunque nadie lo note; yo sí. El sol vuelve a esconderse tras las nubes espesas que resbalan silenciosas. Tiene que llover en forma uno de estos días.

*  *  *

Formo parte de esta gran sociedad de pseudos e hipócritas. Si me preguntan de qué manera hice el descubrimiento, me sería imposible dar una respuesta clara, ni tan siquiera aceptable. Fue al leer algún comentario periodístico o escuchar un programa de radio, durante una entrevista. No sé. Lo demás fue fácil. Soy uno de los pequeños engranajes imprescindibles para mover el mecanismo de la estupidez conocida con el nombre de sociedad. Sin mí, sería un aparato imperfecto. Defectuoso. Por ello debo cumplir mi cometido, a fin de hacer insensible el resultado del conjunto. No puedo fallar ni detenerme, ni pensar, ni tener voluntad propia. Soy una parte bien engrasada cumpliendo su rítmico movimiento minuto a minuto, día tras día, hasta el fin. Entonces me cambiarán por otra pieza nueva y seré arrojada al tacho de basuras. Enterrada, olvidada. No se volverá a mencionar mi nombre y nadie recordará que existí una vez. Aún cuando haya cumplido la misión encomendada, no valdrá la pena tener en cuenta los méritos de una vida entera de sumisa humillación y conformismo. La pieza inservible será cambiada. Todo esto no pasa de ser una comedia tonta representada por malos actores para un público de dudoso gusto, sujeto a limitaciones insalvables y siempre dispuesto a aplaudir y apoyar a cualquiera que prometa darle unas horas más de vida en el lugar elegido para ellos dentro del motor. Los grandes redentores cuidando sus migajas y privilegios, con un ojo sobre el plato del que se alimentan y otro fijo en el amo que les dio de comer.

Vino a suceder igual a todos los descubrimientos realizados en el transcurso de mi vida. Abrí los ojos que tenía cerrados, y vi. Uno a uno se tambalearon hasta caer los ídolos levantados en mi niñez. No podía ser de otra manera, claro; ahora veo al mundo en su dimensión real, a la misma altura y no desde la ilusoria perspectiva que ofrece mirándolo de bajo para arriba con las imágenes distorsionadas que presentan un aspecto exagerado y falso.

Por eso creo que vivo, o más que creer, sé que vivo en una sociedad hipócrita. Todos lo son. Nunca se quitan la máscara. Los que enseñan y los que aprenden. A veces me envuelve el vértigo al darme cuenta del lugar desconocido en que me muevo. Arenas movedizas. Los objetos habituales, las cosas íntimas, adquieren contornos nuevos, como si los viera por primera vez. Los rostros ajenos se vuelven más lejanos, los veo sin estar segura de haberlos conocido antes; no son las mismas pupilas en las que me venía reflejando años atrás, ni las mismas manos que tomaban las mías durante los paseos domingueros.

Los veo al través de una neblina espesa de incertidumbre y pregunto ¿son ellos?, o bien me miro al espejo tratando de identificar la imagen devuelta por el cristal frío que se burla cruelmente del error cometido. Una vez soñé que caminaba tras una mujer joven. Mi figura, o, por lo menos, supuse que era mi silueta. Al darse vuelta me corrió un frío de espanto por todo el cuerpo. Tan grande fue mi miedo, que desperté sobresaltada. Esa mujer tenía mi rostro y me miraba profundamente, dando la impresión de que trataba de recordar donde me había visto antes. Ella fijó sus ojos en los míos, escrutándome de manera descarada, insistente. Desperté con un espasmo. La pieza estaba oscura. Más tarde comprendí. Ya no tenía facciones. Mi rostro es liso y blanco, de cera. Yo soy la mujer. Le robé algo que consideraba propio, pero no me pertenece.

*  *  *

Las conversaciones siguen senderos conocidos de antemano. Aún las llamadas cultas. Preguntas sabidas, respuestas prefabricadas, sonidos inútiles. Del principio al fin, las cosas giran alrededor de un punto fijo. Esa idiotez colectiva me tiene aprisionada entre sus redes. Debo representar mi parte de la mejor manera posible y no sobresalir demasiado sobre el montón.

Aborrezco esa forma de ser falsa de las personas conocidas. Ahora me dedico a observarlas para captar el momento de sus mentiras o invenciones, y, al vibrar la india, sonrío sin que se den cuenta, claro, pero sé que están mintiendo, o que alardean de algo que no poseen pero consideran necesario hacer creer a los demás en esa realidad inexistente. Un auto, o la heladera, acaso el televisor, una cocina de cuatro hornallas con horno visor, un tapado o cualquier cosa supuestamente imprescindible en casa de gente bien. Lo más grandes cuando mamá hace su apología o la nuestra, que al fin viene a ser lo mismo. Que su marido esto, o lo otro, y yo estoy presente. Sé que miente, tal vez sus amigas lo sepan también, pero no van a decirlo porque eso es incorrecto, no es educado. De disparates que habré escuchado cuando vamos a tomar el té con las señoras de los socios del club. Antes me aburría, pero ya no. Encontré ese jueguito y estoy atenta; al principio es difícil, pero después una capta enseguida las historias de fantasmas, si se pone un poco de atención. Se delatan solas, por el tono de voz y los ademanes rebuscados que utilizan en su charla. Es un asco, pero distrae.

Entró a la iglesia desierta. No se escucha el menor ruido. Los bancos, alineados como siempre en filas paralelas, cobran un aire de irrealidad. Está segura de que va a ocurrir algo, pero sin alcanzar a precisar qué, dónde ni cuándo.

Por la puerta grande de la izquierda penetra un rayo de luz que brilla sobre el suelo lustroso y resalta amarillento al alumbrar el polvillo que flota en la nave. Con los pies descalzos siente el frío de las baldosas.

Los confesionarios semejan oscuros panteones inmóviles observando sus movimientos entre las cortinillas agitadas por el viento. Viento húmedo, agobiante, que pega a su s brazos las mangas de la blusa blanca. Siente la desagradable sensación de que la miran a hurtadillas desde distintos puntos de la nave; dio una o dos vueltas sobre sí misma tratando de ubicar las miradas cargadas de maldad.

- ¿Por qué será -pensó- que en la iglesia tengo que sentir la presencia viva de una maldad tan grande? Está vibrando dentro de mi ser.

- Las paredes no dicen nada, ni hacen, ni sienten. Yo les confiero poderes sobrenaturales a las cosas que me rodean.

Avanza unos pasos más, entre las hileras vacías de bancos paralelos. El altar, sumido en penumbras, apenas deja presentir la presencia del espíritu. Los ojos de Susana descansan largo tiempo sobre los cuadros que adornan los pilares del templo. La primera caída. El rostro sufriente de Cristo sobresale de la oscuridad. El dolor. El cuerpo que ha sufrido manifiesta en unos ojos cargados de pena todo el largo trayecto recorrido y anuncia el que aún falta recorrer.

Se vuelve sobresaltada. Pasos rápidos y enérgicos se acercan abriéndose paso en las sombras. No ve nada. El ruido desaparece tan pronto como había comenzado. Tiene las palmas   de las manos húmedas de sudor. Apoya los dedos sobre el respaldo fresco de uno de los reclinatorios. Camina otra vez, acercándose al altar que por momentos se torna más y más profundo. Allí está Dios, apartándose de ella: No se atreve a levantar la vista ni a pensar. Avanza insegura, sintiendo bajo los pies descalzos la alfombra gastada del centro. De pronto, millares de moscas entran por algún lado formando tropeles desordenados, ocupan el inmenso recinto, posan sus patas ásperas sobre el cuerpo desnudo de la mujer caída sobre las tres gradas finales que da a la plataforma del altar, bajo un cáliz chorreante de sangre.

Las moscas desaparecen. Vuelve el silencio húmedo, propio de caserón abandonado. Acaso nunca un ser humano haya pisado el suelo frío ni la alfombra gastada, ni respiró ese aire espeso y viciado del interior. La iglesia fue construida con el solo fin de albergar en ese momento a Susana, la mujer caída y las moscas. Estas ya habían cumplido su plazo, no iban a volver. Ella lo supo. Lo sentía dentro del pecho. Está la otra, inmóvil. La piel fina brilla con los reflejos de origen indefinido que caen sobre ella.

- Debe estar muerta -dice Susana, llegando hasta el pedazo de carne sin atreverse a tocarlo. La mira con miedo-. Debe estar muerta.

Del otro lado de las paredes llega el sonido inentendible de voces lentas. Susurros. Trata de captar algo, pero las palabras escapan de sus oídos atentos. Los pasos lejanos vuelven a oírse. La mujer en el suelo, quieta. Grandes manchas de un rojo púrpura, constituyen todo el decorado del altar. Un hilo de sangre grueso que desciende por la pared del fondo y termina sobre las baldosas grandes y relucientes, formando un charco estancado, horrible.

Se sobresaltó. Los pasos se escuchan más cercanos, claros esta vez. Suben al púlpito situado a la derecha del charco de sangre coagulada. Se detienen. Va a comenzar el sermón. Silencio.

Susana se agacha sobre el cuerpo inanimado.

- Puede necesitar ayuda -piensa.

Extiende una mano para tocarlo, y cuando lo hace, se retira con brusco movimiento de espanto. No es un cuerpo humano. Solo la figura de este. La copia perfecta de una mujer desnuda, echada sobre las gradas del templo desierto.

De los labios se le escapa un grito agudo que no puede alterar el silencio eterno de su rededor. Con la boca abierta, los ojos desorbitados, retrocede golpeándose contra un reclinatorio que cae sin ruido y ocasionando un estrépito mudo alterando la quietud enervante de la nave vacía. Poseída de pánico, Susana corre en dirección a la puerta de entrada que se halla cada vez más lejos. No va a llegar nunca. Los pasos se repiten a su espalda. Urgentes, cercanos.

Llegó a la calle respirando con dificultad. Tenía la sensación de haber perdido algo dentro del impresionante recinto cerrado, misterioso. ¿Pero, esa es una iglesia? pensó, dirigiéndose con pasos rápidos hacia dos hileras de casas de amplios corredores, ventanales inmensos y puertas de madera, trabajadas al mínimo detalle. El sol refleja su color amarillento contra las fachadas sucias dándoles un destello de irrealidad del cual no se percató la joven. Solo más tarde, dos o tres cuadras después de iniciar la caminata, ansiosa de alejarse del lugar temido, presiente con fuerza la extraña sensación de encontrarse sola en un barrio fantasma. No había visto un solo ser humano, ni un animal, nada. La esquina a la cual llegó se abre en tres posibilidades, más el retorno. No quiso pensar en ello y siguió avanzando. Dobla a la derecha. El mismo aspecto, el mismo silencio profundo. Está en el mundo despoblado de imágenes. Cientos de fantasmas informes se cruzan con ella, la miran. Está sola.

- Parece que estoy sola -dice en voz alta.

Se detiene frente a una casa gris, de ventanas enrejadas. Da golpes a la puerta. Tímidamente, al principio, con mayor fuerza, después. Oye el retumbar hueco dentro de la casa de habitaciones vacías. No hay respuesta.

- ¿Qué habrá ocurrido? -se pregunta-. No conozco este lugar. Nunca pasé antes por aquí.

La puerta está sin llave; baja el picaporte y empuja. De  adentro la golpea un aire rancio que no se ha movido por largo tiempo. Por uno de los vidrios rotos penetra un haz de luz sucio que casi no puede cortar la niebla viva del recinto. No hay muebles. El cielo raso de yeso presenta varias roturas al través de las cuales puede ver los tirantes del techo recubiertos con años de telarañas.

Susana entra a la sala con pasos vacilantes. Mira de un lado para otro. Nada. La escalera de grandes peldaños de madera cruje al conducirla al piso alto, entre gemidos de clavos herrumbrosos por el tiempo. Frente a ella, al fin de la escalera, un gran espejo refleja su imagen pálida y asustada. Los ojos, hundidos en dos cavernas inmóviles la observan escrutadores y fríos. Alertas. ¿Es ella? ¿Por qué esa mirada hueca saliendo de sus pupilas antes brillantes? Dos mechones de cabellos caen de cualquier manera sobre su frente, cruzada por arrugas profundas. Aparta los ojos de esa figura cruel que la contempla fijamente, como si tuviese desdoblada la personalidad. Una es ella, la joven, otra, esa mujer desconocida, de rasgos cansados que luce en la comisura de los labios un rictus despectivo. No podía ser ella. No es así. Esa expresión no es la de su rostro.

Abre con energía una de las puertas que dan sobre el corredor y queda inmóvil, sin atreverse a ejecutar otro movimiento. Tres hombres bien vestidos, de mediana edad, clavan en ella sus ojos sin expresión, estudiándola de arriba para abajo. Siente sorpresa y vergüenza, aunque no tiene miedo. Las ropas humildes que lleva sobre su cuerpo se le antojan fuera de lugar. Ese es un sitio solemne.

- Es el número cincuenta y dos -dijo uno de los caballeros con voz cansada, escrutándola impasible.

- ¿Cuándo inició el trayecto? -quiso saber el otro.

- Anoche -responde el tercero consultando el gran libro situado a su derecha.

- Ha llegado algo tarde -observó el que había hablado primero.

- Me parece que le costó localizar la casa ¿No es así, Número Cincuenta y Dos?

Los tres guardaron otra vez silencio mirándola con mal contenido interés. Susana se dio cuenta de que le hablaban a ella.

- ¿Quiénes son ustedes? -pregunta con voz ronca.

- Quieres saber quiénes somos.

- Ah..., ¿no lo sabe?

- Por lo visto... -dijo el del medio.

Cae otro largo silencio sobre las cuatro personas de la habitación.

- Les he preguntado quiénes son ustedes.

Los tres intercambian miradas de incredulidad cambian rápidos susurros entre ellos.

- Los jueces -contesta el que había abierto el libro un poco antes-. Los jueces, Número Cincuenta y Dos, ¿quién quiere que seamos?

Un hombre aparece por una de las puertas con un trapo de repasar el piso y un cubo de agua, e inicia su faena sin prestar atención a las personas reunidas.

- Bueno -exclama el que parece de más edad, limpiando los cristales de sus anteojos con un pañuelo de azul descolorido-, dejémonos de preámbulos y vamos a comenzar con el trabajo. Al fin de cuentas, todavía hay varios que llegarán hoy y tienen media hora de viaje realizado. Número Cincuenta y Dos -dice dirigiéndose a Susana- de acuerdo con las consideraciones existentes en el Libro Mayor, le corresponde la pieza azul.

Un dedo largo y amarillo de nicotina señala la puerta ubicada a la derecha de la joven. Esta se dirige hacia allí lentamente, sin pronunciar palabra. Entonces comprendió.

- Estoy muerta -expresó en voz alta.

*  *  *

Dos mujeres estudian con detenimiento cada uno de los recovecos cubiertos de polvillo proveniente de la calle y que quedó adherido a sus mocasines.

Susana entró mirando de un lado para otro. Tenía miedo.

- Parecen mujeres del pueblo -se dijo.

No levantaron los ojos.

La peladura de la pared tiene forma de cabeza.

- Tiene forma de cabeza -pensó.

Las tres estaban muy calladas. Por lo visto, las otras tampoco se conocen. Así estuvieron por un espacio de tiempo bastante largo.

La puerta se abrió de golpe. Sale una joven que camina lentamente. En sus ojos observó un mirar extraviado, esquivo; semejante a un espejo que de súbito, por efecto de algún maleficio, hubiera perdido el brillo que le es propio. Un espejo muerto.

Ni bien hubo salido de la habitación contigua, una de las mujeres sentadas desapareció con pasos rápidos tras la misma puerta. Quedaron solas Susana y la otra.

- ¿Qué estará pensando? -se preguntó la joven-. Las dos estamos por idéntico motivo. Podríamos hablar, darnos fuerzas mutuamente, pero no muestra el menor interés, ni me ha mirado.

- Vine -sigue el derrotero de sus pensamientos-. Al final de cuentas, esta debe ser la mejor manera de salir del aprieto. La forma fácil, vulgar, inhumana. Voy a matar algo que yo misma he creado. Algo que hice por amor, no por debilidad u obligación. Por amor. No puede haber mayor prueba de amor que la concepción de un hijo, y yo voy a matarlo. No nació aún, es cierto, pero debía hacerlo. Su destino está señalado para pisar la tierra, hablar, pensar; ir y venir, tener ideas propias. Acaso chocaríamos en nuestras opiniones. Tendría que ser un hombre o una mujer. Vivir. Respirar. Yo le niego todo eso porque no me conviene. Ni le conviene a él, ni a mi familia, ni a la sociedad en la cual me desenvuelvo. No, no puede lograr la vida tan fácilmente, así porque sí, rompiendo los moldes preestablecidos. Está juzgado. Yo lo juzgué. Está sentenciado. Yo lo mataré. A mi alrededor seguirán creciendo las plantas, ladrando los perros  y yo iré por las calles saludaré a mis conocidos como si nada hubiese ocurrido. Pero sabré. Siempre.

Soy una tumba. Mi cuerpo encierra el cadáver de un niño. El que yo he matado por satisfacer a los demás y mantener una apariencia.

Puedo caminar por las calles; es indiferente el cambio de las estaciones, el frío, el calor; es igual que hable o esté callada, y una tarde, o de noche, no sé, cualquier hora, en un momento de mi vida, olvidaré lo que he hecho, será la sombra del recuerdo. El drama silencioso, esta angustia, no pasarán de ser acontecimientos ocurridos años atrás, cuando era joven, inexperta, débil.

Que fastidio es sentirse culpable. Nada más que eso, un fastidio que lo envuelve todo, que molesta, que no la deja a una estar tranquila. De vez en cuando recuerdo a esas mujeres inmóviles, vestidas humildemente. La misma situación, igual. Yo y ellas esperando en la salita con su peladura en la pared semejando una cabeza. Allí fuimos iguales. Esperando la ayuda salvadora. La mano que transforma la vida en una masa asquerosa de sangre tibia que se coaguló de a poco sobre la piel de mis muslos. Todo es tan simple cuando una no se busca complicaciones innecesarias. Un mal rato, para después seguir viviendo la rutina conocida. Solo eso. Hay que buscar la manera de convertir los grandes problemas en un pedazo de sangre que es fácil de lavar con agua y desaparece sin dejar huellas.

Le tocó el turno una hora después de que desapareciera la penúltima con los mismos ojos vidriosos que había visto anteriormente. Entró, la hicieron acostar en una especie de camastro. Duró poco. Rapidez, precisión. No sintió casi nada. Apenas un pedazo de sí misma que caía inerme entre las manos ágiles que se movían dentro de su cuerpo tibio, algo de sangre, de asco, y un vacío que ya nunca habría de llenar.

Llega a su casa. Se acuesta. Toma entre las manos una revista que hojea distraída. Su atención no puede concentrarse en las palabras escritas que atraviesan sus ojos como si estuvieran escritas en idioma extranjero, desconocido. Nada más.  Una clase especial de vértigo que quiere reventar, forma en su garganta esa pelota intragable. No siente nada, eso es lo peor de todo. Está así, tendida en la cama, mirando una revista sin verla y no sentir nada. Ni siquiera remordimientos o vergüenza. Ya pasó todo, está igual. Solo esa sensación de vacío que se remueve en sus entrañas sin darle reposo un solo instante.

Saludó a sus padres que respondieron con la sonrisa habitual. Subió a su cuarto diciendo que le dolía la cabeza. Mentira, no siente nada, a no ser la profunda depresión que se apoderó de ella al darse cuenta que en la palangana quedaba su hijo, el que iba a recibir sus caricias y sus besos. Su hijo. El olor de su hijo muerto. Rodando por las tuberías de cloacas pestilentes, entre la inmunda miseria de los desperdicios humanos. Su hijo, nada más que un pedazo de sangre coagulada entre los muslos, estirándole la piel a medida que se endurece. Nada.

Salir de la pieza, bajar las gradas hasta la calle, tomar el taxi que pidió por teléfono. Descender una cuadra antes de su casa y caminar lentamente después de haber pagado el servicio. Camina despacio, no siente miedo ni vergüenza. Lo tuvo, sí, antes. Mucho miedo y mucha vergüenza al sentir su cuerpo manoseado, roto. La sangre coagulada forma una mancha parda en la piel del muslo. La mancha muerta. No tiene miedo ni vergüenza. Gastó las reservas. Quedan el frío y el asco.

Ella vive. Nadie va a conocer su secreto, su crimen. Lo importante es que está viva, que puede mirar a la cara de sus padres, de sus amistades, sin motivo para avergonzarse. Solo el vacío molesta, crece para dar cabida a mayor vacío. Es una casa deshabitada, gigantesca, dentro de la cual las paredes se miran perplejas unas a otras, sin obstáculos que interrumpan su visión silenciosa.

Mira sus manos. Las uñas largas, bien cuidadas, blancas. Dedos largos, finos, bellos. Mira sus manos de joven de familia, temerosa de Dios, honrada, estudiosa, amante de sus padres, querida por los amigos, fiel a las normas de buena conducta. Una joven bonita, decente, educada.

Tiembla. Al menos, le parece que tiembla porque un escalofrío baja por su columna vertebral. Acaso sea frío, la corriente de aire. Deja la revista. Tiene los ojos secos, mirando sin ver el techo blanco, de maderas irregulares que soportan las tejuelas, húmedas donde está la gotera. Cierra los ojos. Un mundo sin formas corre ante ella. No hay nada conocido, son además sombras y brillos que explotan para volver a aparecer al minuto siguiente, continuados destellos.

La mente en blanco persigue las luces que por millones se encienden y se apagan, van y vienen, persistentes, más cerca o más lejos, presentes. Dentro de sus ojos cerrados, el alma no encuentra imágenes reales. Sombras. Oscuridad de sombras frías. Los pensamientos están ausentes. No piensa en nada. No es nada. La envuelve una indiferencia total para las cosas y las personas. Vivir, morir, quedarse en la cama en estado latente; no tiene importancia. Es igual.

Cuando va a la escuela, se despide de sus padres con un beso en las mejillas. A veces, el papá queda parado en el zaguán, hasta que dobla la esquina. Se da vuelta y lo saluda con la mano en alto, una y otra vez, sonriendo.

- Este papá es lo mejor que hay -dice.

La escuela no queda lejos de su casa y va caminando, así le queda el dinero del pasaje que utiliza para reforzar la merienda. La mañana es fresca, un poco más de lo que te gustaría, pero claro, el otoño está bien entrado.

- No recuerdo si hice el deber -va pensando-. Lo único que falta es eso, que no lleve el deber, con lo antipática que es la maestra de este año. No se parece a la señorita Carmen, tan buena.

Un perro callejero se rebusca en los basureros de la vecindad y tiritan sus huesos agudos.

- Todavía no habrá comido, el pobre.

Trata de no pisar las líneas de unión de las piedras lisas de la vereda. Cuenta los pasos de esquina a esquina, camina por el cordón, haciendo equilibrio.

A la escuela se llega pronto. Todavía es temprano. No vale la pena apresurarse demasiado. Hace bastante fresco y siente los dedos de las manos fríos y duros.

Dos anillos no significan nada, son dos anillos y listo. Carecen de valor. Es una rendición. He cedido, al final. Tanto sufrir, tanto hablar, gastar lágrimas y angustia. Ahora podrán estar tranquilos, no importan mis sentimientos, eso es muy secundario. He conseguido los anillos. ¿Por qué será que lo que hace unos días me parecía imprescindible, ahora que lo alcanzo pierde su significado y no vale nada para mí?

Vino radiante, en sus labios brillaba una sonrisa de triunfo. Lo noté cambiado, con mayor madurez, quizás, después del enfrentamiento que tuvo que realizar con sus padres y los míos. Es un acto de valentía, no puedo negarlo.

- Susy -exclamó- vamos a casarnos. Está todo arreglado.

- ¿Qué dijeron?

- Montañas de disparates, pero al final, vamos a casarnos, ya pasó la tormenta. Tenía un miedo. ¿Estás contenta?

- Sí, claro que estoy contenta.

Mentira. No estoy contenta, no soy feliz, ya no. Después de haber pasado por todas las humillaciones que una es capaz de imaginarse, creo que ya nada puede hacerme feliz. Ellos sí, pueden estar satisfechos. Yo, no sé. Algo ha cambiado dentro de mí. Es una cosa rara, pero no puedo compartir la alegría de nadie. Me siento demasiado cansada, demasiado hueca para reaccionar ante esas explosiones de satisfacción que seguramente se espera de mí.

- Susy, después de todo, no fue tan bravo como pensaba. Ayer, cuando les hablé a mis padres, armaron un escándalo. Dijeron no sé cuantas cosas, de vos, de mí, cualquier cosa, ya ni me acuerdo. No sé por qué; estaba desesperado,    pero me planté, por primera vez en mi vida, les hice frente, y vencí.

- A mí también me dijeron cosas.

- Seguro, pero ya pasó todo. Podemos estar tranquilos. Los viejos quedaron hablando. ¿Te das cuenta? Ya no hay porqué preocuparse. Podremos tener el hijo. Nuestro hijo.

No soy feliz. No podré serlo nunca, me parece. Sirvo como un instrumento, a nadie le importan mis sentimientos. Él mismo me resulta extraño, como si lo viera por primera vez. Hoy lo he conocido.

- Ahora voy a casa, Susy, nos vemos después.

*  *  *

Busco sin conseguir, algo que no conozco ni sé que es. Busco. En todo momento me acompaña la inquietud de no saber hacia donde me dirigen mis pasos. Ando, voy, vuelvo. A veces creo hallar un sentido para esto, pero me equivoco, no hay razón para nada, ni tiene sentido continuar o dejar de hacerlo. Para mí es igual, solo trato de ajustarme a las obligaciones de estar presente.

Es indiferente que les agrade o no, ya he tomado mi decisión, pueden decir o pensar lo que quieran. De todas maneras, la que va a sufrir las consecuencias de mis actos, soy yo, nadie más. Los sentimientos ajenos me tienen sin cuidado. Finalmente he logrado tomar una decisión por mí misma, sin hacer caso de lo que se cree que está bien o mal. Está decidido, ya nadie podrá variar mi rumbo. Es, creo, la primera cosa auténticamente mía, me afecta en mi persona que es la que sufrirá las consecuencias de lo que ha emanado de mi voluntad. Por una vez, soy yo.

Debí haberlo hecho hace mucho, no tengo otra salida. Por primera vez, después de tanto tiempo, estoy tranquila, no me aterroriza tener que llegar a casa, ni conversar. Los objetos recuperaron su posición real, inanimados; yo vivo, les doy valor en función a las necesidades que necesito satisfacer con   ellos. Nunca antes sentí esta sensación de libertad que me embarga desde que tomé la decisión. Soy, por fin, libre.

Nadie sabe nada, no es necesario hasta que todo se encuentre consumado. Hoy es un lindo día, cálido, de cielo azul brillante. Es ideal. Hubiera resultado más difícil con tiempo nublado. Me deprime. Pero hoy, no. Es un hermoso día de julio. Sería ideal salir a pasear por las calles, o ir al parque. Lástima que no sea domingo. Se siente los rayos de sol atravesando la piel. Dios mío, resulta tan fácil, una vez decidido.

*  *  *

Vuelvo a sentir mis pasos resbalando sin ruido entre los pasillos silenciosos de la imaginación. Corredores que se ensanchan por momentos buscando la salida final. Mis pisadas se ahogan en esas paredes rebosantes de angustia, en esas fachadas yertas que desfilan a mi lado cuando camino entre las sombras largas en las calles silenciosas de mi mente, buscando la puerta que da al sol.

No he hallado sino la quietud incierta de los cementerios dormidos en medio de las proyecciones largas que se mezclan de silencio abriéndose a medida que avanzo buscando el sentido de mi realidad, de mi vida. Voy, sigo el sendero indefinido señalado por pasos anteriores, ahondando la huella con las pisadas de mis pies que se hunden entre las sombras que me observan sin moverse, sombras largas, absurdas, sin sentido, que acompañan mis pasos silentes, lúgubres, repitiéndose una vez más por las calles quietas de cristales transparentes que no muestran nada dentro de las casas vacías, sin mobiliario, sin vida.

Soy yo nuevamente paseando una vez más sin saber el destino que me esconden las puertas cerradas de esa avenida silenciosa, quieta, sin vida, por donde transitan mis pasos solitarios que no han de llegar a ningún lado.

Camino observando las hojas amarillas y quebradizas de los árboles muertos que pasan a mi lado como sombras del pasado y me acompañan como los recuerdos, como la noche  sin sueños que envuelve mi alma en su abrazo inerte, largo, invariable, llevándome de la mano hasta el límite perdido de los recuerdos que gotean lentos sin producir ningún sonido que altere la profunda vaciedad de las sombras inquietas extendidas frente a mí, sobre el asfalto de las calles huecas, sin sentido, de mi vida.

 

 

NOTAS:

 1.- [«almoadones» en el original (N. del E.)]

 

2.- [«cucuracha» en el original (N. del E.)]

 

3.- [«crotos» en el original (N. del E.)]

 

4.- [«edelante» en el original (N. del E.)]

 

5.- [«satisfacieron» en el original (N. del E.)]

 

6.- [«estusiasmo» en el original (N. del E.)]

 

7.- [«signficado» en el original (N. del E.)]

 

8.- [«vueclo» en el original (N. del E.)]

 

9.- [«inncesaria» en el original (N. del E.)]

 

10.- [«astmósfera» en el original (N. del E.)]

 

11.- [«reinvindicaciones» en el original (N. del E.)]

 

12.- [«enconde» en el original (N. del E.)]

 

13.- [«distitnas» en el original (N. del E.)]

 

14.- [«innamovibles» en el original (N. del E.)]

 

15.- [«querosene» en el original (N. del E.)]

 

16.- [«fastasma» en el original (N. del e.)]

 

17.- [«polvadera» en el original (N. del E.)]

 

 

 

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