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AMELIA (CHIQUITA) BARRETO BURGOS


  CON PENA Y SIN GLORIA - Cuentos de CHIQUITA BARRETO BURGOS - Año 2001


CON PENA Y SIN GLORIA - Cuentos de CHIQUITA BARRETO BURGOS - Año 2001

CON PENA Y SIN GLORIA

 

Cuentos de CHIQUITA BARRETO BURGOS

 

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

RP Ediciones, [s.a.].

 

 

PRESENTACIÓN

LAS VOCES PLURALES DE CHIQUITA BARRETO

Por JUAN MANUEL MARCOS

 

En el volumen IV, Nº 1 (1986) de DISCURSO LITERARIO, una revista de temas hispánicos que fundé en los Estados Unidos, apareció un cuento, titulado «Judit vencida», firmado por Chiquita Barreto. Debajo del nombre de Chiquita, como era costumbre en nuestra sección de Creación, se indicaba entre paréntesis el país de origen de la autora: Paraguay.

La revista circuló, como siempre, en su medio natural: bibliotecas universitarias, hispanistas, estudiantes de posgrado, escritores. Por mi parte, continué participando en diversas reuniones académicas. Me llamó la atención que muchos colegas, sabiendo que yo también era paraguayo, me preguntaban quién era la autora de «Judit vencida», sobre su obra, sus antecedentes literarios. Confesaba con vergüenza que yo no tenía la menor idea. Les informaba que una subscriptora de la revista, residente en  Curitiba, Luli Miranda, nos había remitido el original a nuestra redacción, y que el cuento había sido procesado de la manera habitual por nuestro Consejo Editorial: los dos lectores habían elogiado el texto y recomendado calurosamente su publicación.

Estos colegas, de un mosaico de países americanos, elogiaban entonces la madurez del tejido narrativo, la fuerza del estilo, la autenticidad de la expresión. Naturalmente, me quedé con muchas ganas de saber quién era Chiquita Barreto. Y un buen día, estando yo de visita en Asunción, ayudando a preparar lo que sería el Simposio Latinoamericano del IDIAL, apareció por mi oficina una joven y esbelta señora, de mirada inteligente y dulce, que se presentó como la autora del cuento. Venía de Coronel Oviedo, la ciudad donde reside. Me emocionó el encuentro, y la felicité. Le dije que su prosa valía mucho, y que debería escribir más cuentos y publicarlos. Le dije que el Paraguay necesitaba mucho de voces jóvenes como la suya, donde se reflejaba tan vibrantemente la problemática de la mujer.

Pasó el tiempo, y hace unos días mi amigo, el escritor y editor Rafael Peroni me mandó esta colección de dieciocho textos narrativos de Chiquita Barreto, con el pedido de que los leyera y los prologara.

Los leí de un tirón y ahora los prologo con gusto. No sólo con gusto, sino también con responsabilidad: quisiera pues consignar algunos elementos del arte de Chiquita que me parecen singulares y admirables en el contexto de nuestra narrativa. Son tres.

En primer lugar, el estilo. No hay escritor auténtico sin un cuidado delicadísimo de su propio material: el lenguaje. El estilo de Chiquita es desnudo, preciso, eficaz. Espontáneo pero sin ligerezas coloquiales. Elaborado pero nunca narcisista. A través de ese estilo, ella teje sus técnicas de primera persona, como en «La venganza» o en primera persona, como en el magistral cuento «Los notables».

En segundo lugar, el referente social. Sin didactismo mesiánico, la sociedad se refleja en los cuentos de Chiquita Barreto con una persuasiva fidelidad. Sus retratos humanos descubren el rostro crispado de una comunidad donde no se han cerrado todavía las heridas de la prepotencia, el egoísmo y la corrupción. Hay que ser valiente y sensible para no hacer concesiones, y la autora profesa ambas virtudes.

En tercer lugar, el protagonismo de la mujer. Lo femenino en Chiquita Barreto se transparenta en forma triple: en sus  personajes mujeres escalofriantemente auténticos, en su visión del mundo solidaria y esperanzada y en un lenguaje genuinamente abierto y comunicativo. La mujer está llamada a ser la gran protagonista de nuestro futuro en el Paraguay, como ya ha sido sin duda una gran protagonista olvidada y discriminada de nuestro pasado. Y estas voces plurales de Chiquita Barreto anticipan, como una profecía en llamas, esa luz que se levanta en el horizonte.

El lector juzgará libremente si valía o no la pena de que publicáramos en Discurso el cuento de Chiquita. También juzgará si valía la pena de que Rafael publicara esta colección. Lo único que podemos confesar, Rafael y yo, es que no estamos para nada arrepentidos.




Enlace al ÍNDICE del libro CON PENA Y SIN GLORIA en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES (Enlace al espacio de la BVC en Portalguarani.com)

 

PRESENTACIÓN- LAS VOCES PLURALES DE CHIQUITA BARRETO  - Por JUAN MANUEL MARCOS

PUNTO DE REFERENCIA

LA NIÑA MUDA

LA HIJA DEL HÉROE

BUENOS RECUERDOS

NÉMESIS

OBSESIÓN

JUDIT VENCIDA

LA MUDANZA

SALDO

HERENCIA

SE MURIÓ DE RECORDAR

LA VENGANZA

EL OJO DE LA VIDA

LOS NOTABLES

LA FOTOGRAFÍA

EL MILAGRO

SIESTA

EL ROPERO


 

 

PUNTO DE REFERENCIA

 

Me despierta el rumor de la lluvia: me levanto sin hacer ruido. Todavía está oscuro, pero no quiero volver a la cama. Me acerco a la ventana a mirar la lluvia que cae mansamente, lentamente, con la monotonía de la canción de una madre cansada que trata de hacer dormir a un niño enfermo.

Una tristeza antigua me sube a la garganta. Una nostalgia indefinible me empuja hacia afuera, como si empapándome de lluvia pudiera descifrar esta congoja absurda.

Sin prisa me visto: una camisa y un viejo pantalón de mi marido, unas medias de lana y unas alpargatas. En mi casa todos siguen dormidos.

Salgo a la calle.

Soy otra.

Al llegar a la esquina ya estoy empapada, menos mis pies que siguen secos y calientes.

Parece que lo único que me asemeja ya, a la mujer que un rato antes miraba la lluvia detrás de la ventana son esos pies calientes y nada más.

No necesito decidir adonde ir. Voy hacia cualquier lado. Voy a la lluvia a buscar el origen de mi tristeza, que no es nueva ni vieja, sino antigua.

El agua me corre por la cara, baja por mi cuerpo, hace canales para recorrerme.

Camino y camino, no sé hacía donde, ni me interesa. No quiero llegar a ningún sitio. Sólo me importa la lluvia. Esta lluvia mansa que me envuelve, y la plenitud que se instala dentro mío.

Tengo alas. La lluvia me hace ligera; camino volando por el borde del asfalto oscuro. La poca gente que pasa a mi lado me mira con asombro. ¿Será por mis alas? Sé que no tengo alas, pero debo dar la impresión de tenerlas.

Los coches pasan salpicándome con el agua negra del asfalto: la lluvia me lava enseguida.

No me dirijo, me dejo llevar.

Me siento niña.

Pienso en mis hijos como extraños y lejanos a mí. Ni siquiera sé si tengo hijos, si existen. A lo mejor no los tengo. Vagamente recuerdo a una mujer blanca y grande de manos muy pequeñas, apretándome el vientre, mientras me dice suave, pero firmemente, ¡fuerza! ¡fuerza! que ya viene, y un rato después me muestra un cuerpecito rojo, sanguinolento, atado todavía a mí por un largo y palpitante cordón, que ella corta,   dejando un pedazo unido al cuerpecito, que asustado quizá por la mutilación, o por la violencia con que llega al mundo, se hecha a llorar. Recuerdo que yo amé ese llanto, y que luego un cansancio gozoso me adormeció.

Después sólo este camino sin árboles y esta lluvia, mojándome todos los rincones del cuerpo, hablándome. Este murmullo que no entiendo, como si fuera un idioma desconocido y dulce.

Mi cabeza es como un aula que poco a poco va llenándose con el barullo de los niños. Después -como siempre- vendrá el orden y el rumor confuso se volverá palabra, tendrá sentido.

Camino y camino.

No sé cuanto tiempo llevo andando. No estoy cansada. Mi cuerpo es leve como la pluma y mis pies caminan sin tocar el suelo.

Estoy en un lugar desconocido, y los niños van a la escuela vestidos de paloma. Me miran extrañados, me tienen miedo. No sé porqué, si yo también soy paloma. Es cierto, estoy mojada, pero una paloma es siempre inofensiva, mojada o seca.

Quiero hablarles. Pero huyen.

¿Dónde estarán mis hijos? Han huido también. Son desertores. Se escaparon de la infancia. Ya no podrán caminar bajo la lluvia sin que les miren con espanto o pena. Yo he decidido volver a ella, voy a ser hija de mis hijos. Me plancharon el guardapolvo, y me darán de comer pasado por agua, antes de ir a la escuela, y yo levantaré mi pequeña mano de niña para despedirme.

No recuerdo haber llegado aquí. Estoy acostada en una cama que no es mía, y que huele a miseria, el olor a miseria es horrible.

Me levanto y miro. Hay ocho camas más, idénticas, separadas por pequeñas mesas de madera pintadas de un gris enfermizo: las que están en los extremos no tienen mesa.

También las siete mujeres que ocupan las camas son idénticas a mí, no se porqué, pero al mirarlas me veo repetida en cada una de ellas.

La sala es grande y la mezcla de olores me recuerda a los zoológicos. Un olor absurdo en esta gran claridad amarilla, que viene del techo como la llamarada de un gran incendio.

Las ventanas son estrechas y altas y sucias y rotas, sin embargo la puerta es ancha, maciza y limpia.

Una mujer se saca el camisón y se queda sin nada, porque abajo no tiene nada. Me duele la desnudez de su cuerpo marchito, surcado de cicatrices. Lentamente  yo también me desvisto, y por un momento dejo que me miren y el dolor se me esfuma, siento que al mostrarles mi cuerpo desaparece toda desconfianza.

Establecido el pacto me visto de nuevo.

Un rato después, entra una mujer gorda, arrastrando un carrito con un enorme tacho humeante. Todas se movilizan, y en un momento, cada una levanta un jarro como si amenazaran con ellos.

La mujer gorda deja el carrito. No hace caso de los jarros amenazadores. Se acerca a la mujer desnuda y la viste. Luego me da un jarro igual al de las demás. Sin decir nada, como si ella fuera muda o nosotras sordas nos da a cada una, tres galletas, pesadas de humedad, después va cargando los jarros, sin llenarlos, con un líquido caliente que no es negro ni rubio, sino del color del agua turbia. Pruebo el contenido de mi jarro y me gusta. A pesar de que sabe más a trapo que a café, me gusta. Es dulce y su calor envuelve mi cuerpo. Me como una galleta mientras miro las cabezas peladas -porque todas, también yo, tenemos el cráneo rasurado- sopeso en mi mano las otras dos y me decido: tiro una a la cabeza más próxima. La dueña de la cabeza me mira, sonríe y me responde.

Ya la mujer del carrito desapareció detrás de la gran puerta y la sala se transforma, pierde su tristeza se esfuma su olor y una alegría salvaje se instala adentro. Algunas patinan detrás de los proyectiles. Una galleta pega contra la ventana y un pedazo de vidrio se desprende estrellándose con gran ruido en el suelo.

Entra inmediatamente un hombre grande, que al parecer estaba esperando sólo esa señal. Todas se quedan quietas, mirando el suelo avergonzadas. Él no dice nada. Nos recorre el rostro con mirada severa. Yo levanto del suelo una galleta, le tiro a la cabeza para que sus ojos dejen de taladrarnos, para que entienda el juego. Pero no. No le gusta. Con dos pasos que parecen saltos, se me pone atrás y me sujeta los brazos con fuerza, y así me saca por la ancha puerta.

Me lleva a otra sala.

Esta es pequeña y oscura y tiene una sola cama.

Me acuesta, me ata y se va cerrando la puerta.

¿Será que ya no llueve? ¿Y mis hijos? ¿Y los niños que iban a la escuela y me miraban con miedo?

Ya no estoy amarrada. Un foco pende del techo y esparce una tenue luz que desdibuja los objetos de la habitación.

Oigo ruido. El hombre grande abre la puerta y entra.

Se sienta en mi cama, me levanta el camisón y me inspecciona una herida en el muslo con el mismo gesto con que anteriormente me había atado a la cama, y vuelve a salir cerrando la puerta con llave.

Me levanto y descubro una hoja sujeta con esparadrapo al respaldo y que tiene los siguientes datos:

Nombre y apellido: Eliodora Santacruz.

Edad: 56 Años.

Profesión: Maestra (Jubilada)

Estado civil: Soltera.

Número de hijos: No tiene.

Lugar de nacimiento: Maciel.

Sigo leyendo, sin pensar en lo que leo, no sé quien será esta Eliodora Santacruz de profesión maestra jubilada; de repente me llega nítido el recuerdo de la partera, una mujer grande y blanca de manos muy pequeñas que me aprieta el vientre y me dice: ¡fuerza niña! ¡fuerza! que ya viene.



 

LA NIÑA MUDA

 

La señora la mandó traer a la casa al fallecer la madre; para que no fuera a parar al hogar de niños abandonados. Además, ciertas sospechas la obligaban a ser generosa. La difunta había servido algunos años en su casa, y la edad de la niña, mas ciertos rasgos1 sutilmente familiares, indicaban que podría ser el resultado de algunas travesuras de sus hijos.

Hubo sin embargo, sorpresa en la familia por tan repentina decisión. ¿Por qué a su edad debía cargar con semejante responsabilidad? La señora no estaba vieja, distaba mucho de eso; pero sus hijos ya habían crecido, estaban todos casados, y era ya tiempo que descansara. Y una niña de corta edad da trabajo. Pero como siempre, nadie se opuso abiertamente y la pequeña se quedó ahí.

Para que en el futuro no tuviera dudas de cual era su lugar en la casa, colocaron otra camita en el cuarto del fondo junto al de la empleada, y la niña comprendió rápidamente que más le valía no llorar de noche y tampoco de día. Era una criatura silenciosa. En realidad casi no se la sentía.

Había demasiado prohibiciones para ella, y las transgresiones tan severamente castigadas, que optó por quedarse sentadita en su sillón chupándose el dedo gordo del pie izquierdo, pero eso también fue rápidamente combatido, la empleada, por orden de la señora le untó primero con limón y como no fue suficiente para hacerla desistir de tan mal hábito, tuvo que recurrir a la pimienta blanca hasta que dejó de hacerlo.

A más de ser silenciosa era una niña quieta, porque las nenas no pueden andar cabezudeando, montando palos de escobas o trepándose a los árboles, tienen que ser finas y recatadas, yo le voy a inculcar las buenas costumbres.

El tiempo pasó rápidamente y Antonia -ese era su nombre aunque ignoraba su apellido- creció y creció. Por razones obvias eso no le estaba prohibido.

Se estiró como si la soplaran. Su cuerpo se ensanchó, reventando las costuras de sus vestidos. Era ya muy útil en la casa -dentro de poco no necesitaré doméstica, con lo difícil que resulta en estos tiempos conseguir servidumbre, comentaba la señora-.

Con el tiempo todos se sintieron felices. Era bueno ser generoso -que sería de ella si no fuera recogida a tiempo-.

Los domingos se reunía la familia completa. Los hijos, las nueras, y los nietos. Entonces el caserón se llenaba de voces y risas, que morían justo al anochecer.

Nadie la maltrató nunca, salvo los justos castigos para su formación; al contrario, todos se hacían servir amablemente por ella.

Se convirtió en una señorita. Y todas las mujeres de la familia le hacían regalos: vestidos pasados de moda, zapatos que quedaban grandes o chicos.

La señora se enternecía con la bondad de sus nueras y de sus hijos -te das cuenta de tu suerte mi hija, le decía con frecuencia, no te falta nada, todos te tratamos bien, y el domingo hasta te invitaron a comer en la mesa, aunque yo no estuve de acuerdo, para que te voy a mentir. Cualquiera te envidiaría. Y tenés la belleza propia de mi familia, no vayas a desvariar pensando tonterías, te parecés a nosotros porque te criaste con nosotros. Realmente si pensás bien tenés tanto que agradecernos.

Antonia siempre la escuchaba sin replicar, sin ningún gesto como si no le hablaran a ella. Pero la señora, entusiasmada por su propia bondad, no se fijaba nunca en el silencio, que era su única rebeldía.

Y era tanta su rebeldía, que jamás  volvió a hablar más que a solas. Por las noches cuando se encontraba en el cuartucho, mal ventilado y pero iluminado, que en los últimos tiempos era de ella sola porque en la casa se había prescindido de los servicios de la empleada, masticaba a grandes voces su protesta, conversaba con los fantasmas macilentos de las paredes, y su voz sonaba extrañamente grave en el caserón vacío, del cual sólo le pertenecía el cuarto más estrecho y húmedo y el viejo colchón que todavía guardaba el olor a orín de su solitaria infancia.

Una noche salió con el panadero de enfrente y no volvió.



 

LA HIJA DEL HÉROE

 

Del héroe cuentan hazañas increíbles.

Los textos escolares dicen que murió dos veces. Tal vez tuvo más muertes, porque sus cenizas, consideradas -reliquia de la patria- están repartidas en todas las plazas -siete en total-, que para el efecto tienen unas pequeñas urnas, artísticamente trabajadas, y resguardadas día y noche por escuálidos soldaditos somnolientos, arqueados por el peso de fusiles oxidados.

Su primera muerte fue durante la «gran guerra», de la cual resucitó para volver a morir tan gloriosamente, en otra guerra llamada «guerra chica».

Entre su primera muerte -que algunos consideran como una táctica guerrera, y otros un milagro a través del cual Dios confirma que la razón y la verdad está de nuestro lado (del lado de aquí), convirtiéndose de ese modo en el adalid de nuestras fuerzas (que ya no eran tan fuertes)- y la segunda, pasó un tiempo considerable, suficiente para gozar de los placeres de la vida.

En ese largo ínterin, se casó con la mujer más codiciada y tuvo con ella dos hijas. Nadie recuerda en qué época murió su mujer, ni siquiera las hijas; de ella la historia sólo cuenta que al tiempo de unirse en matrimonio con el héroe resucitado, era la más codiciada. El tiempo se encargó de borrar de ella lo codiciable y la arrinconó en el olvido. También las hijas quedaron olvidadas después de la segunda y definitiva muerte.

Resucitaron en la memoria colectiva, el día que por un decreto se resolvió que el pueblo llevara el nombre del héroe, preclaro hacedor de victorias guerreras, representante genuino de esta raza invencible, que como el ave mitológico resurgió de sus cenizas para hacer una segunda ofrenda a la patria de su vida y su juventud, porque a pesar del tiempo transcurrido entre una y otra guerra, él volvió tan joven como la primera vez.

Por el mismo decreto, en el artículo tercero se resolvía pasarle a las hijas una suma mensual, para una vida digna y decorosa como corresponde...

Las dos mujeres y su numerosa prole vivían malamente organizando espectáculos con gallinas amaestradas, y criando, comprando, cambiando, vendiendo, a veces robando animalitos famélicos como ellas.

Al acto de homenaje organizado en el aniversario de la muerte definitiva, que coincidía con el fin de la guerra chica, se solicitó, se exigió, se imploró la presencia de las hijas.

Extraoficialmente se hablaba de una grata sorpresa para ellas.

Las dos viejitas se presentaron con sus hijas y nietas. Ambas tenían varias hijas y éstas tenían otras tantas. Era un pequeño ejército macilento: todas parecían ancianas. Aún las niñas pequeñas semejaban ridículas miniaturas de viejas, con su triste expresión de desamparo.

Tenían la cara empolvada de blanco y la boca pintada de rojo intenso. Sentadas en el palco de honor junto a las autoridades y sus elegantes esposas, fijaron sus ojos en algún punto lejano, y pensaron al mismo tiempo para darse fuerza, en el chanchito que estaban engordando.

Empezaron los discursos, y llegó la hora de la sorpresa.

Se les entregó en dicho acto un título de propiedad de dos hectáreas de tierra, un arado y el cheque.

La hija mayor -que tenía setenta y cinco años- recibió los documentos entregados por el Intendente, el orador principal del acto. Luego éste le estrecho la mano de metacarpos endurecidos y casi desnudos bajo la piel manchada y transparente. La sintió húmeda y fría y pensó que sería por la emoción de recibir el primer cheque de la mensualidad asignada y por sobre todo por tocarle la mano, pero entonces vio los ojos extraviados, vio que el cuerpo de pajarito disecado iba cayendo como en cámara lenta, todavía agarrada de su vigorosa mano.

Murió.

Inmediatamente se dispuso el traslado del cadáver, para ser velado, con las honras debidas, al salón de actos del palacete municipal.

El cheque volvió a la vigorosa mano para contribuir a las honras fúnebres.

Se decretó duelo oficial por ocho días.

En el turundundún desaparecieron el arado y el título de propiedad.

Nadie sabe qué pasó con las dos hectáreas, el arado volvió, pues ninguno de los empleados tenía interés en él. Quedó en el jardín del palacio, para testificar el espíritu generoso de la generación presente, a las generaciones futuras.



 

 

BUENOS RECUERDOS

 

(A Lulí)

A veinte años de su viudez, había desechado los malos recuerdos, dejando solamente los escasos momentos gratos que con el tiempo habían crecido, hasta convertir al difunto en un hombre casi perfecto. Al ir adornando la imagen del hombre que fue su marido, ella también fue creciendo en plenitud.

Había enterrado su odio hacía ya tiempo.

Soportó años de infierno al lado de un tirano grosero y cruel. Los tres últimos haciendo de enfermera, con un odio tan grande que hasta despierta soñaba con su muerte.

Fue un tiempo el soltero más codiciado; era rico y por lo tanto poderoso. Las madres con hijas en edad de merecer deliraban por él.

Cuando al atardecer bajaba del pueblo hacia los rancheríos, montado en su caballo negro, lo comparaban con el apóstol Santiago, aunque dudaban si el apóstol montaba un caballo o un burro.

Las muchachas se le cruzaban aparentando indiferencia. O provocándole abiertamente, aconsejadas por ingenuas madres. Él conocía esas tretas, y fingiendo inocencia sembraba sus vientres sin comprometerse.

La vio a Elena por primera vez, una siesta caliente, regresando de la escuela con el moño desecho. Tendría ella alrededor de los catorce. Él había cumplido 40. La vigiló de lejos por un tiempo así descubrió el rancho donde vivía. No era hombre de andarse con vueltas, un día le siguió, llegó a la casa, y pidió que le pusieran precio, aunque no estuviera en venta, porque él iba a comprar a la niña. La abuela fingió indignación, pero fijó las condiciones de entrega.

Una modesta suma mensual y matrimonio ante el juez y el cura. Aceptó. La niña parecía de buena raza, bien alimentada y cuidada le daría sin dificultad algunos hijos legítimos, sanos y hermosos.

Nunca llegaron los hijos. Los bastardos repartidos por el pueblo no lograron siquiera su apellido. A veces les daba algún conchabo o permitía a su mujer traer alguna sirvienta, con menos paga que los que no llevaban su sangre.

Con el tiempo llegó la enfermedad y Elena que lo odiaba siendo fuerte lo odió con más intensidad al verlo con la soberbia apaciguada por la impotencia. Él la amó. Amó la firmeza de su odio.

Durante los tres años que duró su postración, ella lo cuidó ejemplarmente. Gozaba viéndole prisionero en sus propios dominios, como si fuese él y no ella el que alguna vez fue vendido.

Todos los días mientras le bañaba, con infinita paciencia, limpiando los pliegues más recónditos de su cuerpo, con un trapo suave para no lastimarlo, como si se tratara de un cuerpo amado, le repetía cariñosamente que se estaba preparando para el gran día; el día de su muerte, y le contaba cada detalle del programa preparado por ella.

Hacía lavar mensualmente el cortinado y una vez a la semana hacía lustrar todo objeto susceptible de adquirir brillo, y ella a su vez se preparaba con secreto regocijo a cumplir cabalmente su papel de viuda desconsolada.

Un año antes cuando todavía era noticia la enfermedad del gran señor -que a la hora de su muerte hacía ya tiempo que estaba muerto en la memoria del pueblo- ella compró media docena de vestidos de luto, ricamente adornados, como correspondería a la viuda de un hombre acaudalado.

Pasaba largas horas sentada a la cabecera del enfermo, a quien lo único que le quedaba vivo eran los brazos y la conciencia. Él a veces, quizá recordando otros tiempos introducía sus manos húmedas y frías, bajo las faldas de su mujer, tratando de aprisionar un pedazo de esa carne todavía joven. Ella lo dejaba hacer un rato y luego se le escapaba, para volver con sus galas de viuda. Cubría su larga cabellera con un tul, dejando al descubierto sólo el rostro, y lo acercaba resplandeciente al otro ajado, y musitaba en su oído como una oración: -así estaré vestida en tu honor dentro de poco tiempo, voy a mojarte el pecho con mis lágrimas, y nadie más que yo y vos sabremos que lloro de alegría. Pero lo que vos sepas ya no tendrá importancia. Luego lo dejaba solo, entonces él sentía un agua tibia y salada resbalársele hasta la boca. Lloraba su muerte por anticipado, sabiendo que nadie lo lloraría y una pena tan grande descendía sobre él hasta sumirlo en la inconciencia que era una forma de consuelo.

Un día amaneció muerto, y ella cumplió su papel a cabalidad.

Pasó el tiempo, y Elena inventó para ella y para quien quisiera escucharla una historia diferente.

Ahora es feliz con el recuerdo de un hombre que no existió.



 

NÉMESIS

 

Al principio no llamó la atención. Cuando los carpinteros desarmaron el escenario ya ella andaba corriendo y cantando a gritos o ensayando torpemente unos pasos de baile con sus toscos pies de campesina, tarareando bajito la misma cancioncilla: pobre mi niñito mí, lará larí se fue de mí, mi corazón mi camba'i, como me duele mi corazón, se fue de mí, larí larí, pero vendrá con una espada sobre el caballo de San Jorge, larí larí.

La mujer subía y bajaba la calle de la catedral, deteniéndose más tiempo en el lugar donde habían instalado hacía poco tiempo el palco de honor, para el reparto de juguetes -como se venía haciendo desde unos años atrás, en homenaje al eterno, cuyo tierno corazón de padre no resistiría que ningún niño quedara sin juguete- estaba allí desde el amanecer sin comer ni beber y parecía que iba gastándose entera, transformándose en un ser irreal, sus ropas al poco tiempo se redujeron a sucios Colgajos sin por eso darle el aspecto de mendiga o loca. Blandía con firmeza, pero sin ira una espada de juguete, igual a las que se les había distribuido a los niños. Todos por igual, niñas y varones, habían recibido de regalo una espada y un pan dulce: ambos de plástico. Lo del pan dulce se descubrió, cuando la mitad más uno de los niños se hecharon a llorar, al querer incarle los dientes.

Aquel día la calle de la catedral se colmó de niños desde el amanecer, viejos disfrazados de niños y prostitutas y contrabandistas y parteras y torturadores y gigantes y enanos y eunucos y vírgenes, todos disfrazados de niños y de niños pobres, porque la verdad que en Golondrina no existían pobres, el eterno los había prohibido por decreto, hacía varios años.

Los leales y sus magníficas mujeres ocuparon el escenario alto, pues había dos niveles, el alto y el bajo, este último para los leales de menos rango y su familia y el tropel de mujercitas que alguna vez habían abierto sus piernas con el corazón disparado para conseguir algún sueldito en algún empleo de fantasía y por hacer número en los actos de homenaje al eterno.

La muchedumbre que colmaba la calle, cantando y bailando con la orquesta instalada a un costado del escenario bajo, se interrumpía de vez en cuando para los vigorosos hurras a la era de paz y progreso en este lugar privilegiado del planeta donde hasta los niños al nacer ya conocían por el sabor de la primera leche de sus madres, que alguien omnipotente y eterno cuidaba de la felicidad de todos y cada uno.

La sorpresa desagradable llegó al final de la tarde: cuando la multitud comenzó a ralearse y fueron quedando espacios claros, varios niños de verdad estaban tirados por el suelo. Uno muerto y dieciocho heridos.

La noticia fue rápidamente desmentida por un boletín oficial.

El texto explicaba -y las gentes que aún habían estado cantando y bailando, y que con el descubrimiento, corrieron con sus niños casi arrastrados, también testimoniaron, con los ojos desorbitados de terror, que nada ocurrió- que todos los niños volvieron a sus casas, cantando felices, loas al eterno de tierno corazón, que ama a los niños, que ama a las madres, que nunca se enoja, que juega koreko ¡guá! Koreko ¡guá!

Una mujer lejanamente parecida a la de la espada, se abalanzó llorando sobre el cuerpito ya rígido. Unos hombres uniformados, la sujetaron, mientras otros retiraban el cadáver.

El niño apretaba su arma de juguete tan fuertemente, que fue enterrado con ella, esa misma noche, en algún lugar, hasta ahora ignorado.

Al día siguiente un equipo de carpinteros procedió a desarmar el escenario gigante, y la calle de la catedral quedó desierta, ocupada por la monótona canción de la mujer: pobre mi niñitomi, mi camba'i se fue de mí como me duele mi corazón. Pero él vendrá junto a San Jorge, mi niñomí traerá su espada, hará justicia, mi camba'i lará larí lará.

A pesar del desmentido oficial, la noticia de la muerte del niño corrió en el mercado y en la iglesia, caminó en punta de pie por las calles céntricas, se metió en las vitrinas y quedó enredado en las pelucas de las maniquíes sonrientes.

Entonces otra noticia hizo el mismo recorrido y volvió a prenderse en la cabellera de crin de caballo de las maniquíes sonrientes: sí un niño había muerto, su madre enloquecida le había atravesado el tierno cuerpo con una espada de juguete.

Tres calles más abajo de la catedral vivían, unos al lado del otro los cuatro leales de alto rango con sus piscinas y sus jardines, con sus amantes etéreas o sus gordas mujeres, los que organizaban todos los actos y dormían sobresaltados de pesadillas.

La mujer como una cigarra seguía cantando su cancioncita de siempre, haciendo malabarismos con sus espadas. Se había transformado en un esqueleto de huesos fosforescentes2.

Cuando la última noticia oficial se estaba pudriendo con los repollos y zanahorias en el basurero del mercado llegó otra: los leales habían amanecido muertos atravesados por espadas de juguete.

Sus acongojadas esposas cuentan que vieron bajar del techo un hombre hermoso, y un niño resplandeciente montados sobre un enorme caballo blanco.


 

OBSESIÓN

 

Desde que vio la casa soñó con ella. Cada vez que disponía de algún tiempo libre pasaba por delante, se quedaba absorto mirándola. Leía y releía el luminoso letrero: Librería La Floresta.

La actitud de Vicentí cambió desde que vio la casa; sus ojos adquirieron un brillo inusitado, como si en el fondo ardiera una fogata de leño seco, y si uno se fijaba detenidamente podría descubrir alrededor de su cabeza de negrito chororí, una levísima aureola.

Cuando miraba aquella casa se iluminaba entero, cambiaba hasta su olor. Bastaba que se quedara absorto delante para que su cuerpito esmirriado, despidiera un intenso olor a incienso y jazmín.

La casa era extraña. Situada justo donde empiezan los migrantes del campo a constituir casitas de cartón y lata -empujados de sus lugares de origen por la falta de recursos, y que paradójicamente formarán el cinturón de pobreza, y aumentarán en las estadísticas el número de marginales- y donde todavía quedan bastantes árboles y algunas pequeñas huertas: eternamente cerrada, parecía deshabitada pero tenía el absurdo letrero luminoso que no se apagaba nunca.

¿Fue una librería? No. No era posible, porque se veía antigua, probablemente fue única en aquel lugar y a bastante distancia quedarían las chacras que proveían al mercado de Golondrina.

Era una construcción de madera maciza, fuerte, tipo chalet, enorme, pintada de amarillo y marrón. Tendría por lo menos ocho a diez habitaciones. En el frente un coqueto y extraviado toldo como un gran birrete también marrón y amarillo, y bien arriba sostenido por una torre de madera el cartel luminoso.

Fue la loca idea de comprar la casa, la que le llevó a Vicentí a conectarse con gente rara.

Ganar dinero de cualquier modo, haciendo cualquier cosa, era su objetivo. Había que juntar una cantidad tan grande, que pudiera comprar no solamente la casa sino hasta el recuerdo de sus habitantes, que borrara la tristeza de los niños -si había- por dejar ese patio sombreado, o las alegrías colgadas de los umbrosos árboles.

De algún modo no muy claro consiguió viajar al gran país del norte a cosechar dinero.

Escribía de vez en cuando.

Se había olvidado que tenía hermanos y una madre anciana. En sus cartas sólo preguntaba por la casa; si seguía pintada del mismo color, si lograron averiguar quienes eran los dueños, si por casualidad alguien de la casa se llamaba Magnolia Enriqueta, y cosas por el estilo, sin ningún sentido. Explicaba que para él ya nada tenía valor fuera de aquella casa, donde estaba seguro sería feliz.

Allí le esperaba una dicha increíble.

Las cartas quemaban, con su fiebre desvariada: vivir y morir en esa casa mirar el cielo estrellado a través del tupido ramaje de los inmensos árboles, o escuchar la tormenta silbando furiosa en el enorme parque, o ver el sol amarillo como una margarita gigante colándose por las ventanas al amanecer. Y ese día estaba cada vez más cerca.

Vicentí anunció su regreso para fines de noviembre, así pasaría las fiestas de fin de año en «la floresta» como le gustaba llamar a la casa; estaba tan seguro que sería su dueño en poco tiempo.

En cuarenta meses logró juntar suficiente dinero, para comprar, según sus cálculos, hasta la conciencia de los demás. Él la había vendido y en su confusión creía que todo podía venderse o comprarse.

Había perdido su aire aureolado y su olor de incienso y jazmín.

En Golondrina el invierno se prolongó más que nunca.

Era octubre y aún hacía bastante frío.

Aquella noche como de costumbre la madre de Vicentí se fue a la cama muy temprano, mientras sus hermanos se quedaban tomando un mate apenas tibio, chupando cada uno interminablemente la bombilla de plata -única prenda que aún queda para empeñar de la escasa pertenencia heredada por la anciana de su difunto marido- haciendo bromas sobre las locuras del hermano ausente, mientras íntimamente cada uno también soñaba, con el caserón sombrío.

De repente sus risas fueron cortadas por un alarido espantoso. Por un instante quedaron desconcertados, para luego precipitarse hasta la cama de la viejita que gritaba totalmente fuera de sí, «mi hijo se estaba muriendo... mi hijo se está muriendo...». Trataron de calmarla de su pesadilla desprendiendo el botón de la bata de franela desteñida, y dándole golpecitos suaves en las espaldas, abrieron la puerta para purificar el aire que suponían viciado por el braserito casi apagado, y entonces un resplandor invadió el cuarto, unas llamaradas inmensas parecían lamer el cielo.

La floresta se estaba quemando.

Ninguno se animó a escribirle una línea a Vicentí sobre lo ocurrido.

Supusieron que la noticia rasgaría3su corazón cerrado para otro sueño, y optaron por el silencio.

Un mes después llegó una persona que había estado viviendo con él, hasta que ocurrió aquella desgracia tan terrible, tan sin explicación.

Vicentí murió el quince de octubre, víctima de terribles quemaduras, como si le hubiesen rociado de combustible antes de prenderle fuego.

Amaneció así en su cama.

Ni los médicos ni la policía supo dar ninguna explicación.

La persona que trajo la noticia dormía en la misma habitación, aquella noche.

 

 

JUDIT VENCIDA

 

 

«El cielo está tan alto y mis ojos tan sin mirada

que me conformo con saber dónde queda la tierra»

Juan Rulfo

 

Llegué aquí en busca de un futuro mejor. Tenía entonces dieciséis años y ninguna experiencia del mundo, aunque creía lo contrario.

Mamá quería que yo, su única hija, estudiara cualquier cosita, me hiciera de algún oficio para que la vida me fuera más fácil. Contra la opinión de papá -que aseguraba que la mujer sólo necesitaba ser obediente y que eso no se aprende en los libros- me mandó a la escuela y después me animó a venir aquí a cumplir su sueño y el mío. Fue entonces que salí de casa para trabajar y estudiar.

Recuerdo cuando llegué, durante toda la mañana pasé golpeando puertas y ofreciéndome para lo que sea -sé lavar, planchar, coser y cocinar comidas sencillas, recitaba con un hilo de voz, mientras las tripas me crujían de hambre y el corazón se me apresuraba de miedo. No tenía para volver. El poco dinero que mamá robó para mí apenas me alcanzó para llegar -allá no era costumbre que las mujeres tuvieran dinero, aunque trabajaran tanto o más que los hombres-.

El juez -ese hombre que ahora anda aireándose el traste inocentemente por las calles, era entonces juez de paz- cuando me abrió la puerta miró la punta de mis zapatos y fue subiendo despacio la mirada por mis piernas, hasta llegar a mi cara, entonces yo también le miré por un rato; creo que no me dijo nada, sólo recuerdo el gesto con que me indicó que pasara adentro, y sentí que seguía mirándome de arriba a bajo, calentándome la nuca, como si el sol me llegara ahí reflejado por un pedazo de espejo.

Tal vez me preguntó qué quería o yo le dije.

Con un silbido le llamó a su mujer, que apareció secándose las manos con una toalla tan pequeña que parecía un pañuelo. No sé si me ofreció asiento, pero apenas vi una silla me senté, porque las piernas casi ya no me sostenían.

La valentía con que había enfrentado a mi padre para que me dejara salir de casa -apoyada por mi madre, que imaginaba para mí una vida mejor en la ciudad- había desaparecido, dejándome sólo un temblor que casi podía escucharse en mis rodillas.

La señora me sometió a un interrogatorio que yo contestaba sin saber exactamente lo que decía, porque el clamor de mi estómago no me permitía concentrarme en otra cosa. Estaba segura de que me iba preguntar si quería comer algo: por lo menos en mi casa, eso se hacía con quien llegaba después de las comidas -yo rechazaría al principio, pero ella insistiría hasta que yo aceptara. -No gracias señora -comé un poco mi hija, antes de empezar a trabajar -no se preocupe señora, no tengo hambre -pero tenés que comer para tener ganas -y, bueno voy a comer un poco -qué rica comida-. Ella me devolvió a la realidad, me entregó un delantal y me llevó al lavadero, y allí frente al montón de ropa sucia de gentes desconocidas con olores extraños a los míos empezó a enumerarme mis obligaciones y sus exigencias.

Yo quería explicarle con qué intención salí de casa; que allá no me faltaba nada a pesar de lo duro que resultaba la vida para las mujeres; que mi madre desde siempre había soñado un destino diferente para mí, ya que tuve la desgracia de no ser varón, que por lo menos estudiara -alguito mi che memby-. Pero no encontraba la forma de decirle. La cabeza me daba vueltas y mis piernas eran de trapo. La señora hablaba y hablaba, yo quería a ratos taparle la boca para que se callara, o morderle la mano blanca y delicada, pensaba en la mano curtida y dura de mi madre que lastimaba con su aspereza hasta cuando quería ser cariñosa, en sus dientes partidos y su cara llena de surcos, donde los ojos brillaban con una luz especial cuando me miraba, y la voz, especialmente la voz tan distinta de esta mujer que me aturdía -donde hay coma se hace una pausa corta, en el punto una pausa más larga, y en el punto aparte pausa y se levanta la vista- la voz de mi madre y de la maestra me llegan como oración remota, me refugio en ella para olvidar que estoy sola, sin dinero, y que tengo hambre, y cómo después de un punto aparte levanto la vista hacia el loro blanco.

La señora continuó con la lista de mis obligaciones.

Calculé que más adelante me sería más fácil explicarle todo. Tenía mucho tiempo por delante y acepté sin decir nada todas sus exigencias. Ni siquiera pregunté -lo recuerdo bien- cuánto ganaría. Ahí me quedé.

Me dieron una piecita en el fondo que además de ser mi dormitorio -como decía la patrona- era el refugio final de todas las cosas inservibles.

Todavía recuerdo las ganas de llorar que me dio quedarme sola en esa pieza húmeda y maloliente, con el esqueleto de  un ropero quemado que jamás pude saber por qué estaba ahí.

Tal vez ya en aquel tiempo el juez estaba un poco loco, porque siempre que alguien de la casa hablaba de tirar el armazón chamuscado se oponía con un rotundo ¡¡no!!, se quedaba ausente un rato, e invariablemente decía: -pobre mamá.

Pronto me acostumbré a los plagueos de loro de la señora que nunca estaba conforme con mi trabajo, a los insultos de la hija, pero me seguía molestando la mirada del señor juez -así tenés que dirigirte a mi marido, señor juez; y con más razón en presencia de visitas, me encargaba la señora. Y así le llamé siempre, aún ahora que ese trato ya parece un insulto- también me acostumbré a mi pieza que ordené hasta donde era posible, arrinconando los cachivaches, al alboroto de los ratones y a la presencia de una mujer que lloraba silenciosamente, sentada dentro del ropero quemado por las noches y desaparecía con mis sobresaltos como asustada de verme asustada.

No puedo olvidar a la niña que era en aquel tiempo; él mató a esa niña, y yo me pregunto si he contribuido a hacer de él lo que es ahora, y me respondo que no. Porque no puede ser. Sería como un milagro equivocado.

Yo quise su muerte. Estaba dispuesta a cargar con mi culpa, a pesar de que no iba a levantar un dedo para que ocurriera. Sabía que nunca sería capaz de matarlo con mis manos.

Yo no era la única que lo odiaba, pero creía que ningún odio podía ser tan fuerte como el mío.

Pero ahora el odio se había vuelto compasión o indiferencia en los otros, y en mí sólo queda una leve repugnancia que se hace presente cuando me cruzo con él en la calle, o le encuentro tirado en cualquier vereda con el trasero descubierto. Escupo a otro lado, volteando la cara para demostrarle mi desprecio si me mira, por si alguna luz se hace en su cabeza.

Busco en mí el antiguo odio y no encuentro nada más que el asco que siempre me ha producido el trasero desnudo de un hombre. Ahora podría matarlo, bastaría con golpearle la cabeza con un cascote, pero ya no vale la pena, no me daría ninguna satisfacción. No me devolvería mi antigua alegría.

Una tarde que la señora no estaba, se metió en la pieza donde yo planchaba sus camisas... lo recuerdo como si fuera ahora, y vuelvo a sentir la misma caliente vergüenza. Al salir arreglándose la ropa y el bigote me aconsejó que era mejor para mí no decirle nada a nadie. Y yo  me callé. Por miedo y por vergüenza.

Así pasó el tiempo.

Mucho tiempo.

Los contratiempos que resultaban de las visitas del señor juez a mi cama tenían una sola solución: Ña Petrona. Una matrona de carcajadas estridentes que hurgaba en mis entrañas dejándome temblorosa y vacía.

Muchos saqueos y jadeos me costó insinuar que podía hablar con la señora o la hija, contarles toda la historia -había descubierto que el señor juez temblaba de miedo y caminaba de puntilla cuando su mujer amanecía con luna-.

Él me miró sin asombro como si esa fuera la reacción que esperaba desde hacía tiempo. Me dijo que no fuera zonza, que tenía un plan para mí del que ya me enteraría más tarde. Y, como cuando me quedé a trabajar en su casa, no pregunté más: por de pronto me propuso un trato. Yo no diría nada y a cambio de mi prudencia él me compraría una casa -un precio ínfimo para seguir siendo el esposo y el padre ejemplar, merecedor como nadie del cargo que ocupaba. Tardé en descubrir la trampa.

Volví a retomar el hilo de mi antiguo sueño: estudiaría -cualquier cosita che memby- la voz mansa de mi madre me llega y me envuelve. No me daba miedo ningún trabajo, y con el tiempo olvidaría todo.

Me compró la casa. Esta casa a la que alguna vez para liberarme tendré que darle el destino del ropero aquel que me producía pesadillas.

Me siento burlada. Por él y por mí. Por mí, porque sin mi permiso, sin haberme propuesto se me apagó el odio. Por él, porque no está muerto ni vivo. Ni olvidado. Simplemente está. En cualquier parte, de cualquier manera, con su mirada extraviada, su sonrisa grosera y su olor de buey viejo.

Pienso que yo le volví loco. Tanto le pedí a Dios y después al diablo y puse en práctica ingenuas artes de brujería para que se muriera sin tener que levantar mi mano para hacerlo. Pero no se murió. Se volvió loco. Para no llevarse a la muerte mi odio y el de tantas otras. Muchachitas que llegaban en busca de una vida menos dura y que él hacía reclutar para mandarlas a mi casa, y que seducidas o amenazadas se convertían en negocio. Ese fue su plan. El cincuenta por ciento para él.

Nos hemos curado del odio pero nunca volveremos a encontrar la fórmula para la simple ternura.

Antes podía aplastarnos -era prácticamente nuestro dueño- pero no lo hizo. Nos dejó sobrevivir envueltas en su  telaraña.

Aún ahora sigue ganando.

Él recuperó su inocencia. Volvió al limbo.

Tal vez así desmemoriado pueda asirse a una realidad feliz fuera del tiempo. En cambio en mi corazón arrugado a destiempo como mi cara no queda espacio para los sueños. En las noches de delirio, en mi cabeza se mezclan sin ton ni son la carcajada grosera de Ña Petrona: -la pollita se asusta de su huevo pero no le asusta el gallo- la voz severa de la patrona a mi marido tenés que decirle señor juez, nada de tomarte confianza- y la voz apagada de mi madre animándome a salir de la casa a buscar una vida menos dura que la de ella.



 

LA MUDANZA

 

Taita está muy apenado por esta situación. La vida se hace muy difícil para nosotros, casi imposible. Por eso debemos irnos, eso nos explicó Taita. Nosotros también estamos apenados. Ya nada nos entusiasma. Sin embargo, no podemos entender cuál es el problema.

La gente pasa de largo: ya no compran nada aquí. Se van donde el señor Zandalio, o en el almacencito de allá enfrente del oratorio, gente que eran nuestros amigos, pasan de largo sin saludar siquiera.

Como siempre taita se levanta muy temprano, abre el almacén, saca su silla de vaqueta ahí en el corredor y se sienta a esperarle a mamá, que mientras se calienta el agua para el mate, va a ordeñar la única vaquita que nos queda aquí. Se murieron casi todas, una tras otra como si ellas también se hubieran decidido a hacernos el vacío. Por eso taita decidió llevar las pocas que sobraban, bien lejos, en un campito que tiene mi tío Urias.

Cuando termina de ordeñar, mamá pone la leche sobre el fuego, y yo me  quedo a cuidar para que no se derrame. Porque si la leche se quema la ubre de la pobre vaquita se va a llenar de ampollas. Por eso yo me quedo a cuidar. Recién entonces ella va a tomar mate con taita, en el corredor.

Mientras matean, conversan despacito. Mamá entrecierra los ojos y sorbe fuerte la bombilla, como silbando para adentro.

Taita dice que la gente va a volver cuando necesiten, y que nosotros estamos en condiciones de esperar. Pero el problema es otro. Mamá teme por taita y por nosotros. Tiene miedo que gente fanática prenda fuego a nuestra casa, y entonces sí sería realmente fea nuestra situación, porque nos iríamos igual y con la mano sobre la cabeza. Por eso a taita le entró el apuro por mudarnos, y con el apuro le entró la pena.

Todos estamos tristes, porque seguramente esta es la última semana que estamos aquí.

La más triste es mamá porque va a tener que dejarle a su hijito que está enterrado en el patio, en una casita azul que le mandó hacer taita para que viva su muerte. Murió apenas nacido, según dice mamá porque no iba a tener fuerzas para llevar la cruz de la vida, sobre sus espaldas.

Ella habla siempre de una pesada  cruz; yo me callo, y no le digo a nadie lo que pienso. Yo no siento ninguna cosa sobre mi espalda. Ahora mismo la tristeza grande que tengo por la mudanza, me aprieta en la garganta. A lo mejor mi cruz se equivocó de lugar y en vez de ponerse sobre mi lomo, como debe ser, se me atraviesa en la garganta, y a veces no me deja ni hablar.

Nos tenemos que ir porque el comisario, le retobó a las gentes en contra nuestra, dice que somos comunistas. Eso escuché. Y aquí lo que dice el comisario es lo que vale. Eso también sé. Nadie puede ponerse en su contra.

Por eso nos tenemos que ir de aquí. No tenemos otra salida.

En Golondrina tenemos una casa. Ahí nos vamos. Aquí ya no tenemos garantías, y gente fanática nos puede desgraciar.

Todos estamos tristes. Mamá más que todos. Ella siempre fue así. Parece alegrarse más estando triste.

Ahora su tristeza es más grande y todo el día la escuchamos suspirar fuerte, preparando las cosas de a poco para la mudanza.

 

 

SALDO

 

Ahora ya no tiene nada. Nada de que encaramarse en caso de necesidad.

Todo lo que tenía, era la vaquillona Estrella: le llamó Estrella de la Buena Suerte, calculando que le sacaría de las apuraciones en que anda metida.

A Miguela se le antojaba un milagro el tener una vaca así -mientras la tuvo- blanca como un capullo de algodón, y con los ojos tan negros y tan mansos.

Ahora ya no tiene nada. Todo lo que le queda es el recuerdo y la deuda que debe pagar, si no quiere pasar un tiempo en el palacio lavando ropa y fregando piso.

Pobre Miguela y pobre Estrella. La vaquita porque vivió muy poco y Miguela porque no encuentra ninguna esperanza donde agarrarse.

Hasta el día del reclamo, todavía le quedaba una pequeñita, ahí entre el pecho y la garganta. Pensaba que las autoridades viéndola con el rostro lleno de penas y esa barriga que parecía no pertenecerle, se compadecerían, y hasta se le ocurría -pobre tonta- que alguien se ofrecería a llevarle la vaca, de modo que no corriera el riesgo de lastimarse.

Sin embargo, todo ocurrió de manera bien distinta a como se imaginó.

Primero, que no era la única en el mismo estado y con el mismo problema; segundo que el tipo que le atendió parecía no verla, ni verle a los otros que esperaban para hacer sus reclamos, y tercero que cuando llegó su turno, no le dieron tiempo de hablar, sino la sometieron a un interrogatorio insólito, es el procedimiento legal ordinario -le contaron-.

Y Miguela que siempre había agachado la cabeza, que jamás osó levantar la voz a nadie, sintió un remolino de rabia en sus entrañas, y gritó -¡cuando menos debía!- a mí se me perdió una vaquilla preñada, no mi marido que no tengo, ni mi madre que tampoco tengo, ni mi hijo que todavía no nació... el funcionario fijó en ella por un segundo sus ojos de mirada muerta, levantó el brazo, señalando de esa manera que la entrevista terminaba ahí, y con el tono endurecido de los que mandan, dijo:

-Usted ciudadana acaba de insultar a la autoridad, ya no tiene nada que reclamar, pero deberá pagar una multa, por transgredir la ley que prohíbe tener animales sueltos, más los gastos de faenamiento, o en su defecto presentarse a servir aquí hasta saldar su deuda.

Miguela ya estaba saliendo, pero  escuchó aún que el hombre decía.

-Tiene a partir de hoy, diez días para saldar su deuda.

Tenía catorce años cuando fue a trabajar a la estancia.

La dejaron madurar un tiempo, en el humo del horno, aprendiendo a hacer pan, en el frío de las madrugadas en invierno, o en el bochorno enrojecido por las llamas en verano.

Aprendiendo a estirar las horas, a economizar más y más su pobre tiempo libre.

El hijo del patrón le echó ojo muy pronto.

También el patrón le envolvía, de vez en cuando, con una larga mirada roja.

El muchachote gordo y lindo, le ponía zangadillas enredándole los tobillos con su mirada de cerdo tierno.

Nadie le dijo nada. Mas ella sabía en medio de su simpleza descifrar esos mensajes. Se lo decía su sangre galopándole por el cuerpo, calentando su cara, trabándole la lengua, derritiendo sus huesos.

Por las noches, aseguraba la puerta; sin embargo, antes de ir a la cama, se lavaba hasta gastarse la piel, para arrancar de su cuerpo, el olor a humo y cecina, enjuagaba sus cabellos con sumo de romero, para que llegado el momento no fueran a reprocharle su olor   -62-   de sirvienta. Fue tal vez, ese el motivo por lo que el patrón, le regaló la vaquillona, cuando se dio cuenta de su estado.

No le echó de mala manera. Después de observarla durante algún tiempo, le llamó discretamente, y le habló de las dificultades, que le acarrearía a ambos, pero particularmente a ella, si la patrona descubría su estado y comenzara a preguntar.

Le pidió que no comentara con nadie lo ocurrido. Que le regalaba una vaquilla en buen estado, que le ayudará a salir del aprieto... habló y habló, de tantas cosas que sonaban extrañas y lejanas, que nada tenían que ver con el olor del humo y la cecina y el romero con que suavizaba4.

De nada sirvió trancar la puerta.

El patrón era fuerte y tenía mañas.

Así fue como Miguela regresó a la casa de su abuela, con una bonita vaca: que según sus cálculos, se iba a desobligar casi al mismo tiempo que ella.

Pero la alegría le duró poco.

Estrella se hizo la desentendida y salió a la calle, y los encargados del orden la encontraron acostada en la calle desierta, rumiando quién sabe qué pensamientos tontos, y se la llevaron.

Seguramente para estas horas, sus huesos estarán hirviendo en puchero de pobre, o en alguna mesa de rico, convertida en churrasco.

Ahora sí que ya no tiene nada; ni tan siquiera la mirada enrojecida del patrón prendiéndose a sus caderas, o la del hijo enredándole las piernas y alborotando su sangre.

Lo que le queda es la deuda y la barriga que crece cada día, y diecisiete años recién cumplidos.


 

 

HERENCIA

 

Desde que se marchó la abuela, Andresa se sentía ahogada, como si el espacio donde se movía se hubiese estrechado. Sabía que su madre prefería a Jorgelina, la menor, más no era ese detalle lo que le asfixiaba. Su madre le transmitía constantemente mensajes subterráneos de rechazo, y ella asociaba esos mensajes con culpas oscuras que alguna vez tendría que purgar.

Jorgelina era el vivo retrato de la madre y Andresa el calco de la abuela. Por ahí estaba la cuestión. En el pueblo se comentaba cierta historia sobre ésta. Y las tres mujeres no eran bien vistas por las familias honradas.

Se decía que la abuela -aunque nadie conocía su verdadero origen, y nunca durante el tiempo que vivió en el pueblo ofendió a ninguno de sus habitantes- siendo muy joven fue a la ciudad a tentar suerte, porque no le gustaba la vida del campo. Trabajó con una honorable familia que la trataba como una hija, pero al poco tiempo ella se fugó con el patrón. El hombre regresó con su mujer, pero un día amaneció colgado  del gajo más alto del mango del patio.

Después fue otro y otro y otro.

Lo cierto que la abuela tenía en su haber seis muertos. Todos ahorcados, como una colección macabra.

Ya mayor se encontró esperando un hijo y consideró llegada la hora de empezar un vida nueva. Bien lejos, donde no pudieran alcanzarla ni con el pensamiento.

Antes de partir le prendió fuego a su casa y despareció. Nadie se preocupó de su suerte.

Así llegó al pueblo.

Con el dinero que logró juntar en años de oprobio, compró la casita en las afueras y con el resto armó el pequeño almacén, y se dispuso a una nueva vida.

Allí nació su hija y después sus dos nietas.

Vivió casi feliz, varios años, hasta que un forastero le reconoció y esparció la noticia. Entonces sí, desapareció para siempre.

Pero quedó su oscura memoria flotando sobre las tres mujeres, condenándolas sin remedio, pero también protegiéndolas.

El almacén era el sitio obligado de reunión de los hombres, pero casi temido por las mujeres: el atractivo era claro, la historia de la abuela pintándolas   -67-   fáciles, por un lado y llena de misterio por otro. Vivían solas, la madre era todavía demasiado joven y hermosa y Jorgelina se perfilaba como la muchacha más bella del pueblo. Día a día crecía la fama de su hermosura incomparable, y así también aumentaban los desastres de los que se lo consideraba culpables.

Un par de años antes de comenzar la guerra, las dos hermanas abandonaron la escuela: eran demasiado grandes para la edad que tenían, ya sabían firmar y leer un poco.

Llegó la guerra.

Andresa fue por primera vez a la capital, sin consultar con su madre ni con su hermana se presentó como enfermera voluntaria.

Durante unos meses prestó servicio en el hospital central, lo suficiente para familiarizarse con el dolor, después pidió que la trasladaran más al frente: allí sirvió hasta finalizar la guerra.

No se permitió ninguna tregua durante dos largos años. Sin embargo allí con el diario espectáculo de horror y muerte descubrió que amaba la vida.

Acariciaba un simple sueño para su regreso: encontrar un lugar donde nadie les señalara con el dedo, y construir juntas un futuro sin estigmas.

Extrañamente volvió repleta de esperanzas.

Tenía solamente dieciocho años. Aunque aparentaba más.

Pero Jorgelina ya no estaba. Se había ido, quien sabe donde, cansada del asedio de los hombres, que la encontraban demasiado turbadora para ser esposa, y de que las mujeres le endilgaran la culpa por todos los desastres reales o imaginarios que pasaban en el pueblo.

Nunca volvió a saberse de ella.

Para su madre el tiempo no había transcurrido; seguía siendo hermosa, solamente el brillo húmedo de sus ojos delataba su pena.

Andresa le habló de sus planes, pero la mujer la sorprendió con una respuesta inesperada:

-No puedo, voy a morir dentro de poco, y no quiero huir.

Un día no se levantó. Ni al otro día, ni a la semana siguiente.

No volvió a levantarse más.

Comía, hablaba, y se reía como siempre de las cosas que pasaban por su onda de humor, pero no se levantaba ni tan siquiera para ver cuando salía o se iba el sol.

No se quejaba de ningún dolor, y su rostro luminoso no delataba enfermedad alguna, no abandonó la cama sin embargo, hasta el día de su muerte que ocurrió en menos de un mes, como si hubiese estado empollando con el calor  de su cuerpo, el huevo de la parca.

Era una gran muñeca que se dejaba lavar y vestir por Andresa, mas no permitió nunca que le peinara. Lo hacía sola. Fue su rito diario durante el tiempo de su misteriosa agonía.

Con una raya partía en dos su larga cabellera y por horas se dedicaba a trenzarla; las negras trenzas se movían sobre sus pálidos hombros como dos serpientes oscuras con estudiados movimientos de absurda coquetería.

De vez en cuando le regalaba a su hija una media sonrisa llena de misterio, como si quisiera que a través de ella, Andresa descubriera algún secreto.

Un día simplemente no se despertó más.

Fue al regresar del entierro, que se le aclaró de repente, la sonrisa misteriosa que le regalaba su madre de vez en cuando.

Se disponía a quemar el catre y el colchón, bajo el mango del patio, descargó la estopa, sobre la alfombra olorosa de hojas secas, y el secreto quedó develado: impregnado del olor de la muerta, cuidadosamente doblados y endurecidos y mohosos estaban un montón de billetes.

Andresa decidió irse. En el preciso momento que el espejo no se empañó sobre las fosas nasales de su madre, y un dolor intenso le apretó como un puño  dentro del pecho, tomó esa decisión.

Al día siguiente, ella misma hizo una cruz de madera, con alambre caliente escribió los datos más elementales; fecha de nacimiento, nombre y apellido, los dos números del decenio que corría y nada más: fue a llevarla al cementerio en plena siesta, mientras el pueblo dormía, envuelta en una sábana, para protegerse del sol y ocultarse de los pocos que podían verla. Rápidamente vendió la casa, casi por nada y se fue, llevándose solamente dos mudas de ropas y el tesoro encontrado en las entrañas del colchón, incrementado apenas por la venta de la casa.

 



 

SE MURIÓ DE RECORDAR

 

Sentada en su raído sillón de hamacar, bajo el viejo alero desplumado por los años, vive en destiempo, corrige en su memoria los avatares del pasado o lee su desgastada biblia moviendo los labios como si masticara los versículos.

Cierra los ojos y se sueña joven y vital, y hasta hermosa y deseada. Hilario la mira arrobado, ella gira a su alrededor con ligeros pasos de bailarina, de mariposa, extiende su mano blanca y toca la húmeda y ardiente mano de él, y una corriente eléctrica apresura su sangre; el latido de su corazón y su pulso se convierte en un tambor enloquecido de alegría.

El tiempo se detiene. Retrocede. Galopa hacia atrás y hacia adelante.

¿Cuánto tiempo hace que está sola? ¿Un día, un mes, un siglo? -dame todo el dinero que tengas; esta tarde juega la yegua de don Polí y tengo un pálpito formidable.

¿Era una orden o una súplica? Nunca pudo distinguirlo. Y así sus ahorros se iban. A menudo él también desaparecía por varios días, para retornar en alguna madrugada con el bolsillo vacío, con olor a caña y la lengua trabada. Entonces ella le lavaba con agua tibia, le cambiaba el calzoncillo y lo tendía en el catre sobre sábanas olorosas a pacholí y ella se acostaba a su lado tímida y rígida y sus manos torpes tanteaban una caricia sobre la virilidad dormida, hasta que al final dormía ella también con las lágrimas amontonadas en su garganta como un gran bodoque.

Hilario amaba mucho a los niños. Quizá un hijo le hubiera retenido a su lado. Pero en su vientre no germinaron las desganadas semillas de algunas desganadas noches de amor.

Y el tiempo pasaba tan aprisa.

Ella sólo sabía coser desde el amanecer hasta la medianoche en su destartalada máquina, hasta destartalarse ella misma. No sabía hacer un hijo. Pero se hizo una casita. Trabajando sin parar, pedaleando hasta cubrirse las piernas con un rosario morado de venas, como túneles oscuros por donde corría su sangre apasionada, silenciada por quién sabe qué absurdo mecanismo de su naturaleza. Los ladrillos este año, las tejas y los tirantes otro año, con el sueño cada vez más imposible del hijo taladrándole las entrañas.

Hilario seguía aparecido y desaparecido. Un día descubrió que estaba acostado en una cama bajo un techo que era suyo, aunque él no haya contribuido nada más que algún silbido burlón o un gesto de ingenuo cinismo.

Disfrutó un tiempo del placer de la casa propia, y le regaló a ella la posibilidad de soñar con un plácido futuro. Reguló sus salidas y hasta se dedicó a enseñarle a ella algunos trucos amatorios que adivinaba le calentaba más la cara que el cuerpo, mientras resbalaban los meses y su plan iba llegando a su fin.

-Venderemos la casa. Me ofrecieron una hermosa potranca, que estoy seguro me hará más rico.

Y la casa se vendió.

La casa que construyó ella, juntando peso sobre peso y pena sobre pena. Las tejas este año, los ladrillos otro año, cosiendo desde el amanecer hasta la medianoche, en la máquina destartalada hasta destartalarse ella misma.

-Me voy, vos no me necesitás, siempre fuiste una mujer muy guapa.

Se fue.

Ella no lloró. Sólo una especie de humo le ensombreció el rostro.

El tiempo había pasado tan de prisa y le había llenado de diminutas grietas el corazón, le blanqueó el cabello que nunca había tenido un color definido, le marchitó los muslos y le vació los senos.

Sentada en su raído sillón de hamacar se impulsa con sus piernas esqueléticas y se balancea junto con sus recuerdos más lejanos, hasta que sus pies metidos en unas viejas alpargatas, paran, y la biblia cae al suelo. Duerme. Todo está dormido.

Sus pequeñas alegrías y sus recuerdos dolorosos, y hasta la biblia que le prometía un cielo.

1968.



 

LA VENGANZA

 

Moisés era macizo y peludo. Unas cejas hirsutas formaban una N sobre sus ojos casi amarillos. Su presencia intimidaba.

Trabajaba bien.

Era administrador general de una gran industria. Estaba acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Y a su vez era obediente hasta el servilismo, con sus superiores, exigiendo de los que estaban bajo su mando la misma actitud.

Eloísa su mujer tenía un rostro agradable sobre un cuerpo casi obsceno y una voz de niñita que no coincidía ni con su cara ni con su cuerpo.

Llevaban doce años de casados. Ella era muy llamativa y a Moisés le halagaba llevarla a caminar, cuando volvía temprano, y descubrir el deseo en la mirada de algunos hombres.

Cuando regresaban a la casa después de esos paseos, él explotaba en grandes carcajadas sin alegrías -viste cómo te comían con los ojos- y poniéndose serio -pero sólo con los ojos pueden- sentenciaba levantando el índice.

Eloísa se envanecía, segura de su poder de seducción.

No tenían hijos ni perros.

Hijos porque Moisés no los quería y los perros le producían a Eloísa un extraño terror. Moisés en cambio quería a estos animales con la misma intensidad con que detestaba a los niños.

Si no fuera por su mujer, que se ponía pálida ante el cachorrito más amable, llenaría su casa de perros, les enseñaría a traerle la zapatilla, a saltar la cuerda y hasta a hablar si era posible. Su casa se movería a otro ritmo.

Vivían casi aislados. Especialmente Eloísa, no tenía amigas. Ambos comulgaban con una idea fija: no juntarse con cualquiera. Y la mayoría de sus vecinos caían dentro de esa categoría.

Quizá fueran felices así.

Formaban una excelente pareja. Un equipo solitario. Pero pronto entrarían a integrar la familia de los leones o los rotarios. Moisés había sido invitado por integrantes de los dos clubes internacionales, y estaba calculando cual de los dos le daría más prestigio.

Una vez que se decidiera por uno no pararía hasta llegar a presidente.

Eloísa era muy activa en la casa, no paraba ni por un rato. El ocio le producía una especie de alergia. Mantenía reluciente el piso, el techo y los vidrios; las sábanas crujientes de almidón. Las fundas y servilletas bordadas a mano, con un invariable diseño: un corazón atravesado por una flecha entre el «tú y yo».

Salvo raras ocasiones, Moisés regresaba siempre tarde; su trabajo le exigía mucho y él se exigía más. En su espera, Eloísa crocheteaba bufandas y medias en invierno, y servilletas o fundas en verano, frente a interminables telenovelas soñando ser la heroína de esas historias, imaginando que después de increíbles penurias llegaba a una felicidad sin límites, junto a Ramón, la única persona que frecuentaba la casa, que se sentaba con el matrimonio en la mesa y tenía derecho de secarse los bigotes con el corazón atravesado por la flecha. El ruido de la llave en la puerta del frente le trasladaba al mundo real. Le servía la cena a su marido y corría a cambiarse de ropa.

Mientras Moisés devoraba su comida en la mesa impecablemente limpia de la cocina, Eloísa se paseaba delante de él, provocándole con sus grandes muslos de gelatina -gozaba viendo el deseo en la mirada de los hombres, incluido su marido- y a veces la cena quedaba sin terminar...

Ramón y Moisés fueron camaradas del servicio militar. Desde aquel tiempo compartían la pasión por el fútbol, el asado  de costilla y las mujeres de buena carnaza.

Los domingos invariablemente pasaban juntos. Entre el humo del asado y el vino tinto, festejaban los chismes más sabrosos sobre cuernos y gorreadas, y Eloísa entre los dos, sintiéndose ingrediente de esa ensalada verbal de goles y tarjeta roja mezclada con abundantes tetas y otras partes jugosas de la anatomía femenina.

A Moisés también le gustaba hablar de la envidia que le tenían. En su cabeza de gigante erótico se hacía luz de vez en cuando, y entonces se encontraba solo y rechazado, y la única explicación que se le ocurría era la envidia de los demás. Era envidiable su trabajo, su casa y su mujer. Ramón compartía plenamente esa hipótesis. Sólo él veía la prosperidad de la pareja sin resentimientos.

Si la conversación tomaba ese rumbo, Eloísa se levantaba de la mesa, con una sombra de tristeza en la cara, que ninguno de los dos percibía.

Era época de cosecha, Moisés volvía cada vez más tarde, cada vez más cansado.

Eloísa ya no sentía el ruido de la puerta al abrirse hacia la medianoche.

Él se desvestía y se echaba en la cama haciendo crujir el elástico; sobaba por un rato las abundancias de su mujer y también se quedaba dormido, roncando con la boca abierta, hasta que el despertador roncara a su vez en sus oídos.

Algo pasaba.

Nunca habían hablado sobre ellos dos. Nunca se habían peleado. Quizá hacían falta ambas cosas. Este pensamiento le tranquilizó a Moisés y decidió descubrir el origen del vago malestar que lo acompañaba desde hacía algún tiempo. Tal vez fuera sólo el cansancio.

Salió temprano de la fábrica. No sentía ya el antiguo placer que proporcionaba ser jefe. Ser temido no le producía el antiguo cosquilleo.

Compró caramelos, y por primera vez pensó en la posibilidad de un hijo.

Estaba casi contento cuando abrió la puerta de su casa. Entró. Encendió la luz. Su cuerpo se aflojó. Como si hubiera perdido todo su peso, se encontró flotando como un globo. Sintió que el corazón se le agrandaba en el pecho y golpeaba como un enorme tambor cuyo eco le volvió sordo.

Miró a su mujer y al único amigo que no envidiaba su prosperidad. Los miró largamente, hasta que cesó el tambor de su pecho. No dijo nada. Pasó cerca de ellos y salió al patio. Se sentó en uno de los banquitos que envejecían sin haber sido ocupados, se descalzó y lloró.

Al día siguiente fue a trabajar como de costumbre, más en su confusa cabeza iba tomando forma una idea. Le llamó al personal de limpieza, le dijo algo entregándole unos arrugados billetes, y fumó un cigarrillo mirando con ironía el cartelito de «prohibido fumar».

Más que nunca regresó temprano, en una bolsa, con las cabecitas afuera, traía dos perritos: comunes, carachentos y flacos. Escudriñó la cara de su mujer, la vio palidecer, vio que le temblaban las manos...

No hizo ningún comentario sobre lo ocurrido, ni hizo ningún comentario sobre nada hasta que Eloísa visiblemente descompuesta le sirvió la cena. Sólo entonces, con voz fingidamente conciliadora le dijo:

-La hembra se llama como vos, Eloísa; y el macho llevará el nombre de nuestro amigo, Ramón.



 

EL OJO DE LA VIDA

 

 

... los ojos que miraban y se han ido

y dentro de mí mismo,

crepitante,

este reloj de carne que se muere,

que sigue yendo siempre,

que sigue trajinando,

este pedazo de mi vida en siempre

necesita y no puede regresar.

José Luis Appleyard

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era su última noche. Lo había decidido.

Todas las noches, desde hacía dos meses, parecía que sería la última pero seguía viviendo. Si esa conciencia dolorosa podía llamarse vida.

Nada quedaba ya, de la mujer robusta y casi hermosa que había sido.

Los torneados brazos morenos, tan hábiles para los trabajos más duros, quedaron reducidos en colgajos arrugados y amarillos, los senos pequeños y firmes de pezones oscuros como flores moradas, estaban marchitas.

Lo más doloroso, sin embargo, no era el dolor físico, ni el estar reventando en burbujas pestilentes, sino el asco que adivinaba en la mirada, en los gestos de Julián.

Esa noche hacía exactamente sesenta y cinco días, que habían ido juntos al baile de fin de año. Bailaron hasta sentir que las rodillas se les volvían espumas.

Fueron la mejor pareja.

Entre aplausos y carcajadas, ensayaron tangos y valseados. Giraron hasta marearse con las alegres polcas, y volvieron casi al amanecer. Ya a solas siguieron festejando el nuevo año, amándose con ansias hasta bien entrada la mañana, como si fuese la primera o la última vez.

Ella amaba la vida, y todo lo que la hace hermosa. Sus energías estaban tanto para el placer o la lucha, y dispuesta siempre a dar una mano a quien la necesitara. Sabía trabajar duramente sin que se le apagara la sonrisa: voltear árboles, carpir, preparar los surcos para la siembra, cosechar lo sembrado, y luego cumplir el rito amoroso y dormirse con un cansancio dichoso en las entrañas. Nunca relacionó el placer con el pecado. No creía en dioses terribles o vengativos. Su religiosidad era simple y alegre.

De ser soltera quizás, pensaría distinto. Más ella se había casado por el registro civil, y después un cura de sonrisa cómplice, había bendecido su unión, en una de las visitas periódicas al pueblo.

Estaba tan cercana la emoción de aquel día.

La salida del brazo de su marido, quien la ayudó a montar el caballo más hermoso, el vestido blanco cubriendo las ancas del animal, seguida del novio, que lucía un traje alquilado, montando en un corcel negro, como en los cuentos que alguna vez escuchó, sobre príncipes y princesas. La caravana ruidosa que les acompañó, deseándoles suerte con explosiones de bombas y petardos, desde la capilla hasta la casa de la novia. El tallarín casi frío que le sirvieron a los invitados, a las cuatro de la tarde, con abundante caña, aromada con guaviramipire, para los hombres y clericó para las mujeres.

Esa tarde ella descubrió su talento para el arte amatorio; su gran fantasía erótica, que le dejaba alegremente exhausto a Julián, siempre.

Así vivieron dos años embriagados de felicidad, a pesar de las penurias económicas, que debían sortear con habilidad, para ir completando la casa. Con lo que tenían -en tan poco tiempo- se creían casi ricos. Un montón de gallinas y patos, un terrenito propio y hasta una vaca con cría.

El futuro era prometedor. Hasta que ese seis de enero -tan poco tiempo, y parecía una eternidad- amanecieron en su cuerpo esas manchas moradas, como huellas de violentas caricias.

Le prestó poca atención.

Nunca había estado enferma.

Pasó una semana, las manchas se oscurecieron más.

Sin preocuparse demasiado, más por darle gusto a su marido, le llevó la orina al médico Miguel. Este agitó varias veces la botellita, se ajustó los anteojos, se lo sacó de vuelta, y por fin le dijo que él nada podía hacer, que fuera a ver al doctor.

Eso fue lo que hizo.

Y ahí estaba en una cama del hospital desde hacía dos largos meses.

Su marido la había cuidado amorosamente al principio. También sus sobrinas y sus ahijadas, pero las manchas -que fueron multiplicándose- comenzaron a reventar como flores malditas, saturando el aire con un olor putrefacto.

Ahora sólo veía en los ojos de la gente que había amado, lástima y compasión y adivinaba la bola de náusea en sus gargantas. Por eso decidió morir. Pero antes debía recuperar de alguna forma por algunas horas la antigua felicidad. Volver a andar el tiempo de la alegría, caminar por los lugares queridos.

Juntó toda su voluntad. No podía escapar con el corazón, entonces se escabulló con un ojo hacia el pasado. Con un solo ojo como si fuera toda ella, hechó a andar.

Primero recorrió todo el hospital, cada sala; vio a otros seres sufrientes y por un momento casi se ahoga. Después salió afuera. Leyó al salir: «Hospital Espíritu Santo».

Caminó dando saltos por el campo, tropezó con grillos y ranas, se maravilló ante la noche oscura y azul, y del brillo de las estrellas y la media luna cubierta como si estuviera detrás de un cristal empañado.

«El médico de guardia, fue a la sala seis, a las doce en punto, se acercó a la cama tres, la paciente, enferma terminal de cáncer, dormía plácidamente después de varias noches, todo estaba tranquilo. Se le ocurrió sin embargo, que el párpado derecho estaba hundido, como si la cuenca estuviera vacía. Pero la mujer respiraba pausada y tranquilamente, y no valía la pena molestarla por una ocurrencia absurda. Salió como había entrado, sin hacer ruido, las plantillas de caucho de su zapato blanco, ayudaban su andar silencioso».

Cruzó el campo, anduvo medio perdido; saltando cada vez más aprisa sin   -88-   cansarse, para ganarle tiempo al tiempo, y por fin llegó a la casa materna.

Fue a la cocina, miró las espigas largas que el tiempo y el hollín habían formado en el techo de paja, el fuego apagado, los platos puestos a secar en el canasto; las cacerolas colgadas de los clavos que su madre colocara alguna vez en la rústica pared de tabla.

Luego fue al dormitorio, vio la ancha cama de trama de cuero, el colchón de lana, herencia de la abuela, donde habían nacido ella y sus hermanos. Abrió el nicho, donde sin ningún orden jerárquico estaban: Santa Lucía, abogada del ojo; San Ramón, patrono del buen parto; San Rafael, patrón de los caminantes; Santa Cecilia, abogada de los músicos; Sin Isidro, patrón de los agricultores; San Onofre, protector de los borrachos; Santa Elena; San Expedito, y por último, su santo favorito, San Pascual bailón. Se despidió de cada uno, y después fue a su casa de casada. No se atrevió a entrar. Julián no había ido a visitarla hacía una semana. Se conformó con ir a mirar la planta de mango, que se había estirado como un adolescente, dentro del cerquito que ella construyera para protegerla; su vaca, Paloma, rumiaba tranquilamente echada junto a su cría, una hemosa vaquillita, negra con manchas blancas.

Se fue despidiendo de todo, sin tristeza.

Ya de regreso entró al oratorio donde se había casado, por un segundo recuperó todo el encanto de aquel día.

Por último visitó su antigua escuela... buscó el viejo pupitre donde, con la ayuda de un pedazo de yilé garabateó su nombre: María Ugemia.

Regresó de prisa humedecida de rocío, quizá la madrugada estuviera llorando.

Dentro de muy poco tiempo su ojo se apagaría, pero gracias a él había disfrutado de las bellezas que guardaba su pequeño mundo, después de todo -pensó- la vida fue generosa.

Llegó a tiempo. Se metió apresuradamente a ocupar su lugar en aquel cuerpo que le pertenecía y a quien pertenecía. Miró el techo. Lo último que vio fue el ventilador que giraba a toda prisa, espantando el calor y los mosquitos de adentro.

«A las siete de la mañana, entraron los médicos y la encontraron muerta. Tenía los ojos muy abiertos y una apacible sonrisa».

Marzo de 1988.



 

LOS NOTABLES

 

Para Manolo y Rodrigo.

 

Desde que yo era muy niño, mamá me llevaba a los desfiles, dos veces cada año. El estudiantil en el día de la patria, y el de carrozas y comparsas en carnaval.

Haga frío o calor, jamás faltábamos. Podía faltar el desfile, mas nosotros nunca.

Pero felizmente desde que yo me recuerdo hubo desfile.

A veces se postergaba por lluvia. Entonces se comunicaba a la ciudadanía -por el medio más eficaz, es decir, un carrito provisto de cuatro parlantes, que parecían enormes floripones de lata, que recorría todos los barrios- que los notables, unánimemente habían decidido postergar el colorido, alegre y tradicional espectáculo, hasta tanto cesaran las inclemencias del tiempo. Esas eran las palabras exactas.

La lluvia podía durar días enteros, incluso meses, pero apenas paraba, teníamos nuestro desfile. Y allí estábamos mamá y yo.

En los tiempos que la entrada era gratuita, mamá me compraba cosas de comer, porque yo seguramente nací con hambre; con ganas de comer todo, y por esta maña que tengo, es que no paramos mucho tiempo en las casas donde mamá entra de muchacha, porque a las patronas no les gusta que yo esté pidiendo de comer a cada rato, o les esté mirando con tristeza cuando comen. Y la verdad es que no finjo. Me pongo triste en serio, si veo que otros comen y yo no. Entonces le dicen -nosotros sabemos que no es cierto- que no la van a necesitar un tiempo, que vaya a descansar, o cualquier cosa, para deshacerse de nosotros. Y cuando mamá descansa también descansamos de comer.

Pero nosotros no somos tan pobres, tenemos nuestra casita, nuestra cama y tenemos una radio, que nunca le falta pila.

Además yo le ayudo cuando toma el compromiso de lavar ropas ajenas.

Ella tiene muchas esperanzas en mí, para cuando sea viejita y ya no esté para estos trotes. Dios quiera que le salga bien. Así dice ella y así digo yo, no sé porqué. Pero después cuando había que pagar, ya no me compraba nada; me hacía prometer, antes de salir de casa, que no le iría a pedir nada, para no hacerle pasar vergüenza, porque ella llevaba justo, justito, la plata para las entradas.

A veces, yo me olvidaba de la  promesa, y pedía algo: mamá no me decía nada, miraba a otro lado, como si no me conociera, haciéndose la desentendida. No me retaba -como ella sabe hacerlo- calladita metía su mano bajo mi camisa y me daba un pinchazo tan fuerte que un sudor frío me corría por el espinazo, y me pasaba las ganas de comer y hasta de mirar el desfile, un rato largo.

Nos íbamos tempranito, para conseguir el mejor lugar, tanto para ver el espectáculo, como el palco donde se ubicaban los notables. Mamá me señalaba con su dedo, de uñas chatitas, a cada uno, y me historiaba sus vidas, uno por uno, empezando por el que ella consideraba más importante.

Y yo que siempre tuve miedo de morir, deseaba ser uno de ellos para no morirme nunca; porque calculaba que siendo ellos lo que eran, no podían morir así nomás como cualquiera de nosotros.

Si uno solo faltara, ya no habría desfiles, nada sería ya igual.

Cuando esas ideas me cruzaban por la cabeza, mi corazón se enloquecía, latía tan fuerte golpeándome como un martillo, moviendo mi camisa y calentando mi cara de vergüenza, y miedo que alguien pensara que llevaba un sapo bajo mi ropa.

Pero bastaba mirar sus zapatos brillantes y sus trajes, para tranquilizarme.

Los notables, decidían, según su sabio criterio -nunca supe el significado de esas palabras, mamá tampoco sabía-, a quien darle el primer premio, en los desfiles.

Y para elegir a la reina del carnaval, después de mirarles a todas especialmente las nalgas, se miraban entre ellos, decían alguna cosa, seguramente chistosa, porque todos sonreían y luego se levantaba uno y anunciaba la decisión de los notables.

Yo vivía tranquila, sabiendo que ellos vivían.

Nada podía cambiar para mal, sólo para bien.

Ellos hacían caminar todas las cosas. Y debíamos estar agradecidos, los que vivían y comían bien, y también nosotros. Porque no éramos tan pobres, y yo siempre tenía el recurso de calentar en el sol las pilas viejas, esas que ya no sirven para las linternas, pero hacen sonar la radio, y también por los desfiles que organizaban tan bien, aunque a mí me hubiera gustado que no cobraran las entradas, pero ellos sabían lo que hacían.

Una mañana distinta de otras mañanas, mamá trajo la radio, a la cama, me abrazó llorando despacito y cuidando no asustarme demasiado, me dio la noticia, como habíamos visto que se hace en las telenovelas -porque aparte, de irnos   -95-   a los desfiles, también nos íbamos de noche a mirar la tele, en la casa de don Erculano Servín, y procurábamos los dos, copiar algo, aunque sea pequeñito, de las gentes tan lindas que salían en la televisión. Y por eso jugábamos a la quiniela, para poder después jugar la lotería que es más cara, nuestra esperanza era sacar una parte de la grande, para comprar una tele. Pero el problema es que en casa no tenemos eletricidad. Pero si sacamos la lotería, eso ya no importará vamos a hacer poner. Vamos también a cambiar el techo de zinc por tejas y comprar muchas, muchas cosas de comer, y yo voy a comer y comer, pero también voy a seguir calentando pilas al sol, porque me gusta y no ya por pobre, que eso no me gusta, aunque dicen que Dios le quiere más a los pobres- uno de los notables había muerto. Muerto. Esa palabra, me levantó hacia arriba y luego me tumbó otra vez en la cama.

Se juntaron en mi cabeza todos los posibles desastres: escuché campanas enloquecidas, vi animales que se volvían monstruos, vi calaveras tiradas en las calles, y por último un desfile terrible de gentes que gritaban, reían, lloraban, o cagaban cagándose de la risa, ahí mismo, en el lugar que ocupaba siempre en el palco, este notable, y escuché la voz lejana de mi madre que decía «quenpadecansemanté».



 

LA FOTOGRAFÍA

 

El ómnibus se detuvo finalmente en la calzada. El guarda gritó para despertar del todo, a los últimos pasajeros adormilados, ¡última parada señores! Descendieron en la calle húmeda y sucia. Un fuerte olor a orín les arañó la garganta.

El niño miraba sorprendido hacia todos los lados con los ojos agrandados.

Hacía mucho que se preparaba para el gran día. Desde que su madre le anunció el viaje. Pero su fantasía había quedado pequeña para la realidad.

Las casas parecían gigantes de rostro enojado. No tenían el colorido alegre de las chatas casitas de su pueblo.

Cuánta gente. Todas serias y apuradas. ¿No se conocían esas gentes? Nadie saludaba a nadie.

El corazón le latía con tanta fuerza, que el dum dum le retumbaba en el oído.

La mujer lo llevaba de una mano casi arrastrado: sus piernas se habían vuelto de repente torpes como si en ese momento aprendiera a caminar.

Cruzaron la calle que era un río de automóviles y el niño miró a su madre admirado y sorprendido.

Cuando llegaron a la plaza, la mujer le soltó la mano y por un rato se miraron y una leve sonrisa les iluminó la cara a ambos. El niño recuperó sus piernas.

Siguieron caminando ya sin prisa, sin que ninguno de los dos abriera la boca. El silencio era un lenguaje conocido por ambos.

Al llegar al lugar, la mujer dejó en el suelo la valijita de cuero que llevaba en la mano y por un rato el niño se sentó encima. Con un gesto ella le indicó que se levantara, luego, despaciosamente, con infinita paciencia desató todos los nudos del piolón con que estaba atado y lo abrió.

Saco un pantalón largo de color celeste y una camisa amarilla, que le paso al niño. Era todo el contenido. El niño se quitó la camisita desteñida y se puso la otra. El pantalón se vistió encima del que traía puesto sin sacarse los zapatos, opacos y duros.

La mujer se inclinó para ayudarlo. Primero metió la cola de la camisa dentro del pantalón. Pero al darse cuenta que le quedaba grande en la cintura, lo sujetó con el mismo piolín con que había asegurado la valija y ocultó el improvisado cinto con la camisa. El niño ya estaba vestido.

Ella tenía la boca seca: haciendo un esfuerzo escupió en su mano por tres veces una saliva espumosa y blanca, le humedeció un poco el cabello y le peinó. Y ella a su vez se peinó. Y los dos se pusieron firmes y tensos frente al fotógrafo. Esperaron sin preguntar nada, con tranquila seguridad que el profesional terminara su trabajo. Ninguno de los dos demostró curiosidad ni prisa.

El fotógrafo miró la imagen aún húmeda y blanda. Había captado el pantalón celeste, la camisa amarilla y los ojos asombrados del niño y el cabello engominado de saliva y el rostro ajado de la mujer, más el ritual de ternura que le precedió quedó flotando entre los enormes árboles de la plaza. Miró largamente la fotografía hasta que el papel se secó y los colores quedaron nítidos, luego se la paso a la mujer y acaricio torpemente la cabeza del niño.

Por un instante fugaz se vio repetido en él.



 

EL MILAGRO

 

Como todos los años, en viernes santo, Miguelina se levantó a las dos de la mañana, a sacar agua del pozo para bañarse.

Sabía que a medianoche Cristo había bajado a lavarse las heridas y todas las aguas estaban benditas.

Ella hubiera querido, como sus amigas, ir al arroyo a darse el baño purificador, pero su padre no le permitía.

Llenó hasta el borde la enorme batea. Miró maravillada y pensativa el cielo oscuro, cubierto de estrellas y la enorme luna de color de plata.

Quería develar el misterio, descubrir el secreto inmenso.

Desde lo más hondo murmuró su plegaria, en su mal castellano -su madre le había dicho que Dios no entiende guaraní- Diosito quieroitepa ver como te bajas desde ahí tan arriba. Acaso pico te bajas con la luna, yo co quiero verte terei. Ya te bajaste a la media noche, pero para vos nada es imposible. Y vos sabes como pa soy buena y te quiero y quiero verte sólo un ratito, un poquito de tu cara...

De repente el estupor le paralizó. La luna bajaba hacia ella en loca carrera. Con el brazo se tapó la cara, se negó a seguir mirando, -¡No! ¡No! señor. ¡No necesitoite verte! Te creo. Creo en vos señor. Perdóname que mi soberbia, no soy digna de mirarte.

Cuando por fin abrió los ojos, la luna se había ocultado y Miguelina se desvistió para bañarse, con el corazón latiéndole atolondradamente. Al día siguiente en el pueblo se comentaba el milagro.



 

SIESTA

 

La pequeña mujer cruzó corriendo la ruta. Jadeaba un poco. Se sentó en la alta vereda de una vieja casa. Tenía un vestido de algodón muy usado y en la mano una pañoleta de seda, arrugada y descolorida, que se pasaba insistentemente por la cara, como secándose. Miraba con intensidad el pavimento que a esa hora de sol, brillaba como mojado.

Cuando pareció descansada, se bajo de la vereda y fue a pararse en el borde de la ruta, como si su intención fuese tirarse bajo las ruedas de los camiones, que pasaban gimiendo y balanceándose, cargados de algodón.

Se fijaba atentamente en todos. Estaba esperando a alguien. Volvió a sentarse en la vereda alta. Sus piernas gordas y cortas colgaban como a diez centímetros del suelo. Se ató la cabeza con la pañoleta desteñida y por un momento dejó de observar. Con un movimiento de rotación del cuello, relajó la tensión de la nuca. Luego volvió a mirar a la distancia.

Después de una larga espera, en que lo único que hacía era observar la y rotar el cuello de un lado a otro cada tanto, volvió a la orilla del camino, cuando se acercaba un enorme camión. Se sacó el pañuelo de la cabeza y comenzó a agitarlo para detener el vehículo.

El camión se detuvo. Ella ágilmente subió en la estribera. Adentro, al lado del chofer, estaba un hombre joven, de ojos casi transparentes que la miró despectivamente entrecerrando los ojos.

Ella era pequeña y morena de edad indescifrable, podía tener quince años o veinte.

Estaba como azorada ante aquel hombre que la miraba visiblemente enojado. El pañuelo temblaba en sus manos y un sudor frío le bajaba por la espalda. La voz se negaba a salir, se le había atorado en la garganta, hasta que por fin, con mucho esfuerzo salió finita y extraña, que hasta a ella le pareció ajena. -Estoy embarazada y..., y la voz finita se cortó con el rugido, casi, del hombre joven. -No vayas a repetir ese cuento a nadie, putita de mierda, porque te juro que te voy a pasar con el camión encima. Que te crees vos, que todavía me chupo los dedos. Contale ese cuento a otro, a mí no me interesa. Qué creías, que me ibas a conmover. Que me iba a poner a saltar de contento. Estoy embarazada -imitó con burla la voz de ella.

Abrió con fuerza la puerta, obligándola a saltar, y todavía le gritó -y termina ese chiste, porque de lo contrario te aplasto con el camión.

La mujer esperó que éste se alejara y volvió a cruzar corriendo al otro lado de la ruta para hacer el camino de regreso. Se metió en una calle llena de zanjas y corrió hasta su casa saltando sobre ellas. Nada había cambiado, sólo en sus ojos había un brillo de lágrimas y algo le apretaba en la garganta.



 

EL ROPERO

 

Me visitaba con frecuencia. Al llegar me trataba de usté. Pero cuando la invitaba a pasar adentro, su tono de voz cambiaba totalmente, entonces me trataba, a rato de tú y a rato de vos mezclando el tú sabe, vos entiende, de una manera divertida.

La acompañaba al fondo a mirar y admirar el ropero: el único vínculo que nos unía.

Hace cuatro años que somos vecinos, y sus visitas son siempre para asegurarse que todavía tengo el ropero, que el precio no ha variado. Me pregunta la madera de que está hecho porque eso es lo interesante en cualquier mueble, doña -me dice con el tono del usté. Yo le contesto invariablemente que no sé, pero que lo voy a averiguar. Y lo averiguo. Pero me olvido. Se me mezclan los nombres y sólo me acuerdo del guatambú. Ella me dice que el guatambú no es bueno y que el precio es alto, porque ella quiere un ropero de cedro -para mi casa de Asunción, porque yo aquí tengo mi roperito, además estoy aquí de paso, yo no voy a vivir aquí- y acaricia con  ternura el ropero, y yo me corrijo, y le digo que sí, que es cedro.

Cuando nos cruzamos camino al mercado, ella me detiene, me abraza y me besa en las dos mejillas, que se me quedan mojadas y yo tengo vergüenza para secarme delante de ella y espero que se me sequen solas, mientras ella me habla, sin que sepa yo nunca de qué, porque no puedo pensar en otra cosa, que no sea mi cara mojada de saliva, que al secarse se me queda estirada como si me hubiera frotado con limón, pero con olor a saliva amanecida.

Sin embargo, cuando me visita en casa, no me besa nunca. Ella me fastidia, con su eterna sabiduría sobre muebles; sobre qué hay que poner en tal o cual lugar para que quede -muy bonito- al pronunciar la palabra bonito alarga la boca, que se llena de diminutas arrugas como un ojal mal hecho.

Pero yo la hiero con toda cortesía. Juego con ella al gato y al ratón, claro que no la voy a comer nunca. Sólo quiero lastimarla levemente. Me divierte. Así me cobro el olor a saliva que me deja en la cara.

Cuando recién llegué al barrio, yo necesitaba vender cualquier cosa. Pero lo único que tenía era el ropero. Un hermoso ropero que mi finado marido había comprado en un remate, y que ella le  echó ojo desde un primer momento.

Cuando encontré un comprador, ella me propuso un trato.

Que la esperara hasta fin de mes, y ella me compraba el ropero, a un precio más justo -para usté, como va tirar así un mueble tan fino-. Ella misma fijó el precio.

La esperé hasta fin de mes, hasta fin de año, y la seguí esperando por mucho tiempo. Ahora salí a flote, ya no necesito vender el ropero, pero ella quiere comprarlo.

Ella ama el ropero. Es el sueño de su vida inútil. Es su último sueño que yo alimento. No por otra cosa, solamente por mala. Me siento exquisitamente mala haciéndole concebir esperanzas. Le hago creer que le voy a vender en cualquier forma, y le rechazo de la manera más amable todas sus propuestas.

Que voy a pensarlo. Que no se preocupe. Que el ropero es para ella, que por muy buena oferta que me hagan, no lo vendería a otra persona, más que a ella, que me honraba abrazándome en la calle, ella, una distinguida dama de la sociedad. Le doy palmaditas cariñosas en el brazo de piel moteada y siempre tengo la sensación de estar acariciando un sapo.

Ayer vino a inspeccionar el ropero, por última vez antes de llevarlo. Entró hasta el fondo de la casa sin llamar, cosa totalmente desacostumbrada en ella. Y como para justificarse me contó que ya tenía todo el dinero, uno encima de otro, contante y sonante que le había mandado su hijo que está en muy buena posición económica.

Hasta ahora ella me trataba como su igual, porque yo tenía un mueble fino, pero de repente comenzó a mirar el resto de mi casa con cierto fastidio.

El ropero estaba lleno de diarios viejos, y por primera vez vi en ella un gesto de desdén, por el maltrato que le daba a un tesoro que estaba a punto de pertenecerle.

Con voz totalmente distante y distanciadora empezó a hablar de los ignorantes, que no saben que uso darle a las cosas finas.

Nunca había ido a su casa. Esta vez fui. Había en mí una gran euforia. Le llame en el portón, y cuando salió la invité a acompañarme, sin explicarle nada.

Cuando vio el estado en que había quedado el ropero, su viejo corazón en el que ya no cabía otro sueño, no aguantó. Se cayó sobre el montón de cenizas ligeras que se esparcieron por toda la pieza.

Quizá sin darme cuenta tiré un fósforo sin apagar, y los viejos diarios hicieron el resto.

La veo tirada en el suelo, como un gran payaso, cubierta de pavesa, y no hay en mí ni asombro, ni remordimientos, ni pena, sólo una insistente y absurda idea: que ella huele a saliva amanecida.

 

 

de la BIBLIOTECA VIRTAL MIGUEL DE CERVANTES
 
 
 
 
 
 
 
 

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