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SANTIAGO DIMAS ARANDA


  EL AMOR Y SU SOMBRA (Cuentos de SANTIAGO DIMAS ARANDA)


EL AMOR Y SU SOMBRA (Cuentos de SANTIAGO DIMAS ARANDA)
EL AMOR Y SU SOMBRA

Obra de SANTIAGO DIMAS ARANDA

 

Edición digital: 

EL AMOR Y SU SOMBRA

Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

 

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Ediciones Mediterráneo, 1984.

 

 

 

Corría el mes de mayo del año 1977 y me cupo la inmensa fortuna de organizar juntamente con una librería, la semana del re-encuentro con la poesía paraguaya a partir de la generación del 40. En aquel entonces, se me habría un amplio panorama dentro del campo cultural. Pude estar en contacto con casi todos nuestros escritores, y a su vez, permitir al público en general volver a re-encontrarse con el rico universo literario. Hoy estoy convencido que todo aquello fue un punto de partida a muchas manifestaciones posteriores.

Por esos días conocí a muchos artistas. De la música, de la pluma, de las tablas, y de la plástica. Junto a ellos, los valores del espíritu se proyectaban por encima de todo. Sin embargo, con el pasar de los años, fui descubriendo que aún allí, no podía uno escapar de las miserias humanas: privilegios, diferencias, grupos marginados, «super-estrellas». Que los jóvenes porque eran jóvenes, y los viejos porque eran viejos. Que un escritor no podía pertenecer a una generación determinada porque nunca había hecho vida social.

Hoy, a pesar de todo sigo admirando a muchos artistas. A los auténticos; a los grandes por su sencillez. A los que han sabido dar su «mano franca». Y, sobre todo, a los que han transmitido sus experiencias como enseñanza y no como propaganda personal.

Pero siempre existen personas que salvan, que nos redimen: Don Santiago Dimas Aranda. Poeta, narrador, obrero infatigable de la palabra.

Ediciones Mediterráneo, se congratula al poner en las manos de los amantes de la creación literaria, esta novela de Santiago Dimas Aranda.

«El amor y su sombra», novela premiada en el Concurso Hispanidad 1976, da inicio a la colección de grandes narradores paraguayos, y permite emerger a un talento que ha vencido distancias y olvidos, y reclama un lugar para llegar ante el Jurado definitivo de todo escritor: el público lector.
 

Sea usted bienvenido Don Santiago.

JORGE GÓMEZ RODAS - As. 19-Oct.84.

 


EL AMOR Y SU SOMBRA

CAPÍTULO I

LA INCÓGNITA

 

-Buenos días, señor, saludó al entrar.
-Buenas... contesté casi asustado. -Y al mirarla, vi mi imagen reflejada en dos lagrimones tensos entre sus párpados-. ¿Qué desea?
Eran las doce de un día canicular, y gastado en la dura monotonía de las máquinas mi último resto de ganas, me aplastaba contra la madera caliente de mi puerta, tratando de cerrarla.
-¿Qué desea?, repetí.
Por toda respuesta, sus ojos enrojecidos volvieron a fijarse en mí, y entonces descubrí que algo se quebraba en ellos.
Vestida de colegiala, había en su pasividad un parentesco angustioso con mi cansancio. Además, la veía vacilar.
-Bien, tome asiento, le dije; usted dirá...
Y ella se dejó caer sobre la silla, se desabrochó un botón de la blusa, se echó aire con un cuaderno. Siempre callada, paseaba la vista por el interior como inspeccionando el ambiente. Era ése un taller. Yo estaba solo. En verano, mis ayudantes dejaban el trabajo a las once.
Seguí con la mía la mirada escrutadora de mi cliente. Observaba a mi vez las envejecidas paredes de cal, las mesas de trabajo que ahora encontraba horribles, la puerta que daba al fondo, a mi comedor y dormitorio al mismo tiempo.
-¡Mi padre se está muriendo!, prorrumpió de pronto, y agregó: Mejor dicho, viene muriéndose de a poco, desde hace meses...
Lanzado al límite de la sorpresa, la miré fijamente mientras murmuraba:
-¿Cómo es eso?
Pero ella parecía no oírme. Pensé que quizá mi pregunta fuese apresurada. Ahora miraba al techo, y yo empecé a sentir fastidio. Entonces repetí:
-¿Cómo es eso? -y agregué todavía- ¿Está, paralítico?
Ella meneó la cabeza impaciente.
-Paralítico no, pero tiene muertos los pies, las manos y también la lengua... ¡Es horrible, señor!
Aquí me desmoralicé. Tan ajeno dolor traído a mí de los pelos me empeoró el humor. Solté la puerta, la que nuevamente se abrió por su propio peso. Mi cliente se abrochó la blusa, mostrando mayor tranquilidad.
En mi reloj, las doce y diez.
Habiendo conocido y leído bastante acerca de jovencitas advenedizas, llevadas por incontrolados impulsos, que caen en situaciones de las cuales no siempre salen ilesas, no pude sin embargo evitar que ésta lograra pegárseme con su drama. Apoyándole la mano en el hombro, me atreví a tutearla:
-¿Sos estudiante?
Y ella, sin inmutarse, me dijo:
-Sí, quinto curso, profesorado normal, -como si expusiese una lección memorizada-.
Su edad no me resultaba importante en ella, aunque la notase no mayor de los diez y siete. Espigada y de aspecto humilde, parecía desenvuelta. Como los nervios comenzaban a traicionarme, decidí quitármela de encima. Le propuse me acompañara a comer. Así, de paso me cuenta todo, le dije. Y volví a cerrar.
Habíamos caminado algunas cuadras cuando se me vino a la mente la posibilidad de que se estuviese imaginando conducida por mal camino. Pero resultó que marchábamos por lugares harto conocidos para ella. Me lo manifestó con pueril cinismo, como queriendo desalentar en mí cualquier asomo de duda al respecto. ¿Por qué me veía obligado a continuar, comprometiendo mi precaria paz? Esta pregunta no se me había ocurrido entonces.

El bar donde habitualmente almorzaba exhibía sobre la avenida su nuevo letrero decorado a la moda, con letras abigarradas de colorido vidrio donde el sol jugaba espléndidamente. Ese letrero expresaba para mí algo que traté de oponer a mi curiosa nueva angustia: «Las Delicias». Poco antes venía pensando que mi cliente se largaría ni bien llegásemos a la puerta. Pero no. Ella empezaba a formar parte de mí. Su inusitada confianza y mi evidente interés se habían confabulado para adosarme al agónico mundo del cual emergía. Me abrí paso entre mesas y parroquianos, ella pegada a mis espaldas.
Nada parecía quedarme por preguntarle, nada que no resultase anodino. A ella, en cambio, ¿cuánto le quedaría por agregar? Frente a frente, ante una mesa de bar, la comunicación se vio facilitada. Contribuía el hecho de que, arrojados al nivel común de naturales necesidades, nos unía el apetito. Llegó el mozo con una rapidez sólo explicable por la presencia nueva que veía frente a mí; quizá interés o simple curiosidad.
-¿Qué se van a servir?
Yo tenía planeado el menú:
-Churrascos, ensalada y vino para dos.
Unos ojos profundamente oscuros me lanzaron un centelleo que debí suponer señal de femenino reproche.
-¿Qué te llevó a buscarme a mí?
-Confianza, suspiró levemente tras una contracción de hombros; siempre suelo verle al pasar, desde el tranvía.
Me sentí pisando sutiles redes que hacían trepidar mi íntima seguridad. De momento no atiné a continuar. Oportunamente llegó el mozo con los platos y me dispuse a devorar el mío, sin disimulo. Bebí mi vaso de vino y al hacerlo, se me detuvo la vista obligadamente en el decrépito reloj de pared cuya manecilla vacilaba llegando al uno. Me sorprendió el hecho de que, luego de varios meses de ir y venir, de alternar mesas, ventanas y rincones, ahora notaba la falta del minutero, signo de cabal discernimiento de mi parte. A poco, dentro de la caja -más réplica de féretro antiguo que artefacto de relojería-, sonó un tañido semejante a la caída de un tenedor sobre el piso. Habíamos vuelto sobre el tema referente al padre agónico, repasando y repitiéndolo con ánimo de convencidos masoquistas. Y habían surgido de tanto en tanto penosas lagunas incentivadas por mi apatía de calidez vinícola. Todo me parecía estar dicho sin que nada hubiese que yo pudiera hacer por ella. Nada te habría podido prometer. En eso estaba cuando, por entre las rejas de la ventana, de pronto apareció la empolvorada carota del tranvía. Tomaremos el próximo, escuché. ¿El próximo?, lo repetí como en sueño. ¿Queda lejos? Es cuestión de costumbre; a mí me parece un paso...
Media hora después, lenta y ruidosamente, remontábamos la cuesta de Ciudad Nueva. Todo nos aplastaba: los calientes asientos, la reverberación del pavimento, la vegetación agobiada de sol, el silencio resignado de la gente. ¿Por qué la acompañaba yo? La pregunta no cesaba de acuciarme. «¡Mi madre me va a matar!, me dijo sorpresivamente, mirándome a los ojos, como en son de reproche; también está enferma, ¿sabés? Todos estarán con hambre; yo debo cocinar a mi llegada; si no, nadie come. No sé por qué te mortifico, pero necesito que alguien sepa lo que me pasa».
Sentí una íntima rebeldía. Esa mujer me golpeaba siendo yo un extraño. Claro que ella parecía no pensarlo así. Después que hubimos comido y bebido juntos, parecía como si todo lo hubiese encontrado resuelto. Al menos, ya no le fue difícil ponerme en la senda de sus propósitos. Me sentía con mucho ardor debido a la canícula y al vino. ¿Qué culpa tenía yo de que me vieras cuantas veces querías, de paso, desde el tranvía? Deseaba pleno afecto a cada palabra de mi incisiva pregunta. Pero, como algunas veces ocurre, yo agresor sufrí el impacto: su indulgente silencio.
Al darme cuenta de que mi mano se había posado en la suya buscando atenuar el daño, me ensombrecí. Pero tomé esa mano, quizá deliberadamente, y sin poder evitarlo, detuve toda mi atención sobre ella, una mano nerviosa y morena, sugestiva en su abandono y pobreza. Tampoco pude evitar la idea de que mi actitud fuese inconsciente, de que tal vez obedecía al vergonzante deseo de acobardarla. ¿Por qué lo hacía ahora y no momentos antes, en el bar, acompañados del vino oscuro y en tanto charlábamos derrochando oportunidades, hasta el punto de ponernos a perorar sobre la amistad? Entonces, ¡claro!, mi afán por insertarme en la raíz de ese dolor tan próximo a mi sentir solidario nos hundía en absurdas lagunas de angustia, sin que los diminutos regocijos fuesen capaces de salvarnos. Ahora recordaba haberle preguntado si tenía amigos, a lo que me había respondido sabiamente: eso que se llama amigo, no, porque la amistad no es lo que ustedes sienten al descubrir la rodilla de una mujer. ¡Diez y siete años! Pese al vino pude reconocer frente a mí una clara testa capaz de diagnosticarme. Del fondo de la duda, mi remiso amor propio emergió entonces aprobando su confianza y sus esperanzas, las que debí intuir pues nada cierto abrigaba, respecto a ellas, salvo el presentimiento de un nuevo enredo en mi vida de relaciones con esa súbita presencia. Mi amiga, desconocida aún, me conducía a lo suyo con tan inusitada naturalidad que mi mundana astucia nada podía oponer.
Apretado contra ella simulando huir del sol que se metía por las ventanillas poniendo temperatura de hervor en los asientos, comencé a cargosearla con pueril crueldad, apoyándole la mano confianzudamente en cualquier parte. Esperaba un gesto de rechazo, y observé en cambio un delicado mohín rematado en una sonrisa sin palabras que me desconcertó.
Ni fácil ni renuente. ¿Me habría equivocado al suponer, juzgando por sus manos, que nuestro itinerario concluiría en los grises trasmuros contiguos al barrio residencial? Desvié mi atención hacia el hueco de la ventanilla, evadiéndome por ella hacia un ayer nunca del todo ausente. A la distancia de varios lustros, al azar, me reencontré con las palabras de un viejo y pintoresco madrileño, mi profesor de filosofía: No os enredéis en lo complejo, repetía; partid de lo simple y hallaréis vuestra verdad sin sobresaltos...¡Qué simples aquellos tiempos en que lo complejo llegaba una sola vez al año, con los exámenes!
Continuaba en la ventanilla, perdida la vista en el ámbito de mi parco mundo pretérito. La avenida había dejado de serlo entretanto, se angostaba, se achataban las casas, los baldíos crecían en malezas. Si pudiera haberme largado en la primera esquina sin decir adiós. Las vías avanzaban ahora sobre un decrépito empedrado, superviviente gracias al tamaño descomunal de las piedras, negras, abrillantadas por los raudales y las llantas de los carros. Oí de pronto su voz:
-Aquí bajamos.
En esa esquina, las piedras desaparecían bajo la faz verdinosa de un charco.
-Tenemos que caminar hasta el fondo, me dijo.
La ayudé a saltar tomándola del brazo, sin dejar de observar el contorno, interesado en averiguar a qué fondo se refería. Desde el mismo empedrado, la maleza tendía su marañosa cortina hasta donde se perdía la vista. Viéndome mirar todo eso como cosa de otro mundo, comentó:
-¿Parece un monte, verdad? Dentro de un año, todo desaparecerá. Ya comienza el loteo. ¿Nunca saliste de la ciudad?
Me causó gracia la ironía contenida en su pregunta con relación a mi origen.
-Crecí lejos de aquí, le dije finalmente; me trasplantaron a la ciudad no hace mucho tiempo.
-¡Cuidado!, hay que saltar aquí. Llovió tanto últimamente; cuando nos mudamos aquí, no estaba este charco inmundo.
Ya en tierra firme le pregunté qué tal vivían en ese lugar, si estaban contentos, a lo que respondió con una mirada de reproche por no percatarme de su situación. Luego, demostrando comprender la posible razón que habría motivado mi pregunta, agregó: Antes vivíamos en el centro. Me refiero al centro de la ciudad, recalcó, hasta que el banco nos comió la casa. Fue por causa de una deuda que mi padre no pudo pagar. Desde entonces está más enfermo cada día. Empezó con un derrame. Creo que ya no sufrirá mucho tiempo.
Golpeó los zapatos quitándose el barro. Yo continuaba tomándola del brazo en la seguridad de que así la ayudaba. De pronto, trocando la tristeza por una clara sonrisa, me encaró:
-¿De veras no me creés que siempre te veía al pasar? Sabía que eras el único capaz de ayudarme.
Tanta naturalidad veía en su cara que no dudé un instante en decirle sí, te creo. Continuaba a su lado envuelto en la magia de su voz quebrada, la que revivía en mí la cadencia de otras voces sofocadas, entre el follaje de mi adolescencia, entre telarañas que aprisionaban mi voluntad y dominaban mi rebeldía.
El primer bosquecillo que cruzamos, con fuerte olor a deposiciones, nos dio paso hacía un espectáculo sorprendente. En un amplio claro dejado por las primeras corpidas, un enjambre de niños de edad diversa, espaldas curtidas por el sol y el lodo, jugaban a la pelota con una bola de trapo. Al ver a mi compañera, algunos prorrumpieron a gritos:
-¡Adió, señorita Vilma! ¡Adió!
Creo haberla acompañado en su respuesta saludando con la mano en alto. Sorteábamos los charcos que los niños ensanchaban por diversión desmoronando la tierra y orinando y defecando en los bordes. Unos sin camisa, otros totalmente desnudos, las ropas desempeñaban la función de arcos.
El más pequeño de los nudistas, bien oscuro, llegó zancajeando tras la pelota de trapo que rodaba hacia nosotros, y al reconocer a mi compañera, paró de golpe.
-¡Miguelí, sinvergüenza; ponete la ropa y vamos a casa!, le increpó ella.
Sin duda, se trataba de su hermanito. Vilma se apresuró a explicarme cómo apenas ella se ausentaba, él aprovechaba para potrerear a su antojo. Entendí que nadie más podía controlarlo, y lo asocié a la idea de que en la casa todos estarían pendientes de su regreso para probar bocado. Nuevamente se me hizo la sensación de culpa ya antes rechazada.
Era la una y media de la tarde. Sin comentario, seguimos durante buen trecho cada cual en una de las huellas trazadas por los carros, hundiéndonos de tanto en tanto hasta los tobillos. Sonrió secretamente al sorprenderme explorándola de reojo. Sus bien formados pechos resaltaban dentro del delantal plegado por el viento en el ángulo de su fina cintura. Al salir en una parte despejada donde el pasto, de tan verde, invitaba a revolcarse como lo hubiera hecho Miguelí sin la dura sujeción de la hermana, me fijé por primera vez en sus piernas, bien proporcionadas, y en un rapto de vergonzante nimiedad, detuve la atención en los zapatos bastante gastados que le afeaban los pies. Pienso que lo notó, pues la vi sonreír, y debí aceptar esa sonrisa como un reto a mi apoltronada medianía. Confieso que me sentí aturdido. Esa hubiera sido la oportunidad para ser franco diciéndole cuán incómodo me sentía frente a un compromiso que veía venir sin que lo conociera ni aceptara. Ella, con ademán de insolente dignidad, lanzando la cabellera a la espalda, marchó adelante. Y entonces, herida mi sensibilidad machista, interpreté como que me dejaba en libertad de husmearle nalgas y piernas cuanto quisiera. Y me curé.
Al rato me di cuenta de que no nos hablábamos a partir del incidente con Miguelí, y ella, como leyéndome el pensamiento, se volvió sonriente hacia mí e inició el diálogo exagerando el tono:
-¿Estás enojado?
-Yo, no.
No estaba enojado con ella sino conmigo mismo. Debí descuidar toda finura pues no insistió. Sólo me espiaba por el rabillo del ojo con prestado gesto de niña traviesa. Llegamos al siguiente y último bosquecillo donde las chircas chamuscadas saturaban el aire con olor a medicina casera. Hacía varios minutos que caminábamos metidos en la arena sin recorrer más de cinco o seis cuadras. Me detuve a la sombra del primer arbolejo para desalojar de los zapatos la gruesa arena que me lastimaba, cuando Miguelí, pequeño y pardo, trotando por la carretera metros atrás, llegó a nosotros. Al mirarme se puso hosco y tuve que acariciarle la caliente cabecita a fin de disiparle los malos pensamientos. Resultado: toda su confianza de cachorro pueblero se le agolpó en tropel, para arrojarme cantarino: «¿Tené caramelo, señor?». ¡Y qué dolor no tener un caramelo en casos así! Sin coraje para decirle que no, me hurgué los bolsillos tropezando con un par de monedas de diez que, feliz, le deposité en las manitas húmedas y sucias. La hermana observaba la escena con enfado de maestrita fanática:
-Decile gracias al señor, lo obligó.
Y el parvulito, echándole una blanca ojeada, salió al disparo, de regreso hacia la avenida.¡Miguelí! ¡Miguelí!
Los gritos de la hermana mayor fueron esta vez francamente inútiles. Miguelí, por cada grito que hería sus espaldas, mayor velocidad imprimía a sus magras piernecillas.
-¡Chiquilín de porquería! Es terrible; ni bien salgo yo y hace lo que se le antoja, rezongó la hermana.
Yo me reí:
-Y ahora que estás presente, también hizo lo que quiso.
Por primera vez le vi los dientes. Nos reímos, y la paz se hizo de pronto. Era la primera vez que reíamos en casi dos horas, desde que nos hubimos conocido. Tendí la mano buscando la suya, pero esta vez me la negó discreta. Comprendí. Estábamos en «su barrio». Asomaban techumbres por todas partes, entre los árboles. Era ella -me lo dijo luego- nada menos que la señorita maestra de la comunidad, razón de más para que constituyésemos el centro magnético de las miradas. De puro confundido, se me dio por preguntarle su nombre, quizá sólo por cubrir el efecto de mi leve desaire.

¿Ya lo olvidaste? ¡Los chicos te lo dijeron en coro!, me replicó.
-¡Claro!, Vilma.
No lo había olvidado. No era olvido lo que padecía sino algo peor, difícil de comprender.
Ya entrando al lugar, un viejo y descuidado naranjal circundaba la casa. A pocos pasos, un ternerillo sucio de estiércol berreó al vernos. Enredado de patas entre el cabestro y la maraña de un guayabo chato, clamaba en vano por la madre vaca, prisionera como él y flaca, que se conformaba girando la cabezota a cada berrido. La pobre se nos aproximó cuanto le permitía la soga, meneando con insistencia la cola huesuda y pelechada. Vilma, le acarició la frente protestando condolida: «Seguro que ni agua les habrán dado». Con su ayuda y con algo de la campera destreza que aún me quedaba, sacamos al pequeño de su atolladero. Posteriormente ella me dijo a manera de explicación:
-La compramos para dar leche a papá; no traga más que líquido. -y concluyó-: todavía le debemos plata al vendedor.
Recordé entonces a la Vilma que vi al medio día, por primera vez. Recordé su voz quebrada al borde del sollozo, su desesperada confianza en mí. Ahora la veía serena, y pensando que mi compañía la confortaba, sonreí enternecido.
Sumado el orín vacuno al del enfermo desvalido y penosamente despatarrado en su abandono, toda la casa olía a establo. En un rincón opuesto de la misma pieza, bajo gruesas mantas, tiritaba la mujer, hirviendo en sudor palúdico.
-Mamá, éste es el señor que nos va a ayudar, le comunicó la hija, presentándome como a un pollo recién comprado, quietecito entre las dos camas.
-¡Por fin lo conseguiste!, pude o creí entender.

La voz emergió del montón de cobijas entre castañeteos y quejidos. Y de pronto me sentí la más sensible marioneta. Ignorante del papel que se me asignaba, ya estaba en él; y lo peor, ni me imaginaba si la tan buscada ayuda podía ser de mi alcance. Pero sí estaba seguro de una cosa: allí se me necesitaba. Vilma me condujo a un galpón pajizo, cocina y albergue al mismo tiempo de los más variados objetos. Daba la impresión de que todo ese hacinamiento de cosas en desuso fuese producto de la forzosa mudanza que Vilma me refiriera. Nada más hablamos aún. En tanto yo salía y entraba fumando y cuestionándome, ella se dispuso a fregar cubiertos atendiendo de paso el primus con la cacerola puesta a hervir. Noté que me espiaba los gestos. Al pescarle una de sus ojeadas, disimulé sugiriéndole se cambie el delantal. Te lo vas a manchar, le dije, a lo que contestó con admirable tranquilidad: «Tengo que volver a práctica a las tres». Me quedé a su lado, en silencio, reconociendo la dolorosa verdad contenida en todo cuanto me había dicho. Ahora ya no importaba qué ayuda iba ella a pedirme. Estaba pronto a prestársela. En efecto, me propuse obligarla a entrar en tema. Me impacientaba no saber de su boca para qué me trajo a la casa. Eso le dije apoyándole la mano en la espalda. Pensaba crearle así el clima de confianza que le facilitase decírmelo todo. Me miró simplemente, dándome la impresión de que no me rechazaba por temor a mancharse la blusa. Sin embargo, no veía hostilidad en sus ojos, ni fastidio. Con voz algo turbada, luego de haberle retirado mi mano, me dijo:
-Mamá me pidió que vendiera su máquina de coser, ésa que ves ahí. Está sucia y algo oxidada pero no es muy vieja. Es para comprar remedios, ¿sabés?
No contesté. Estuve como esperando, como no comprendiéndola. Y súbitamente en guardia mi amor propio, me sentí dañado por la idea de que esa muchacha me confundía con un viejo judío, mi vecino, comprador de chatarras. Con justa molestia me trasladé mentalmente a mi taller. En la puerta de al lado, un oxidado letrero anunciaba: «Compraventa». Jamás había tratado con el anciano compraventero. Sin que nada tuviese contra los judíos en general, los usureros y compraventeros me repelían.
-Ah, continuó algo turbada siempre, también queremos vender la vieja máquina de escribir que está encima.
Ya predispuesto, más con la imaginación que con la vista, me fijé en el armatoste sobre cuya mesada se apoyaban, además de la obsoleta máquina de escribir, numerosas piezas difíciles de reconocer en medio de la heterogénea dejadez. Y no sé durante cuánto tiempo guardé silencio.
Duros venían resultándome los ribetes de mi nueva condición de tallerista de máquinas. Especializado y hecho de cierta fama en construir piezas de recambio casi tan perfectas como las originales, supliéndolas con éxito, las máquinas que llegaban a mi taller eran generalmente decrépitas, comercialmente descartadas, y había que devolverlas a la vida útil para que continúen ayudando a matar el hambre de la depauperada clase usuaria. Yo las odiaba, pero también a mí me ayudaban; eran mi pan. Del mismo modo, odiaba mi taller, pero era mi reducto de hombre libre, la dependencia reducida a su mínima expresión.
La culpa de que fuera mecánico la tenían quienes a los diez años me arrojaron a un taller, entre otras cosas, por sustraerme de mi febril vocación musical. Es que pertenezco a una familia extemporánea, de esas que colocan al músico en una escala apenas superior a la del mendigo que defeca en las veredas.
Me endilgaron un oficio que me ayudó a vivir aborreciendo todo lo que hacía. Los golpes del martillo me pasaban por el estómago desalojando para siempre a los tañidos del arpa. Si al menos, hiciesen que abandonara mis estudios, quizá, tiempo al tiempo, sin alternativa posible, me hubiera conformado como tantos. Entonces la mecánica sería mi punto de apoyo vital y único. Mas no fue así. Mi padre, rico hacendado al comienzo de mis recuerdos, arruinado después y muerto en los trajines de patriarcales defensas, no dejó fortuna pero sí un apellido vacilante entre la cultura y la presunción. Mi madre, maestra de expoliada juventud, jubilada al cabo con lo estricto para cubrir la vergüenza, tuvo no obstante el coraje de retirarse a una morada amarga donde aprendió a luchar sin remilgos, contando en los peores tiempos con sólo y nada más que la fe puesta en los hijos entre quienes me destacaba por la edad, y sin dejar de evocar su ancestro un solo día, tanto que el aprendiz de mecánica se vio obligado a perseverar en el peregrino afán de redimir el nivel caído.
Y aconteció un día que el nombre del aprendiz estudiante apareció integrando la lista de los deportados por actos sediciosos para dolor y desconcierto de mi lustrosa familia.
Arrojado a playas desconocidas, me deslumbraron los ajenos amaneceres. Y fue entonces que el estudiante trepidó y el aprendiz lo salvó del hambre. Pero comenzaron a llover cartas en las que mi madre, temerosa del posible receso, me ordenaba marchar sin desmayos, cueste el hambre que costare, hacia la soñada meta que se me reservaba: la de Doctor.
Y debí continuar a cualquier precio y sin importar los medios. ¿Quién dijo sacrificio? La vida no valía tanto como el saber, y sobre todo, el título.
Y estudié, pero mucho más viví. Aprendí de lo estudiado, pero mucho más de lo vivido.
Por fin, vientos nuevos empujaron mis cansadas espaldas. Y fogosamente impelido, regresé a la tierra de mis dolores, donde la primera en abrazarme fue mi adorada madre. Y la primera en hurgar en mis bolsos buscando el título. Pero mis bolsos traían sólo polvaredas y sudores. Mi vuelta respondía principalmente a la pujanza de nuevos vientos en cuyo torbellino se vaciaron mis afanes académicos ni bien hube pisado el terruño. Mi juventud, macerada según los duros dictados de mi madre, ardió al primer contacto vivo con las multitudes en ascuas. Y entonces, todo lo que me faltaba saber, lo que nunca se aprende por entero de los libros y las aulas, lo aprendí. Era que un torrente humano movido por el fogoso lema de «Libertad o muerte» me arrolló sin remedio, y rodé. Pronto me amalgamé sin embargo, pero hube de continuar rodando.
Los estribillos callejeros blandían temerarios destellos, y las consignas cubrían todos los muros de la ciudad. Leyendas hechas canciones ascendían a las torres y se columpiaban en los altos andamios.
Al esgrimir de pronto un emblema de hombres libres, no podía sino sentirme un verídico soldado de mi propia emancipación. Formidables libros me acompañaban ahora y compartían mis utópicas vigilias; libros con títulos de inusitada arrogancia que me insuflaban ansias de asaltar las barreras puestas al pensamiento juvenil por los sanchopanzas de la educación. Y con el alma ahíta de pólvora, me lancé a la conquista de una cultura simple y entera, acorde con mi nueva temperatura.¡Adiós, carrera universitaria! ¡Adiós, vaticinios de mi madre!

¡Adiós, estéril perseverancia por colocarme en la tibia fila de los profesionales obesos!
Quemé los textos, los apuntes, toda la utilería para sonámbulos, y me aboqué a la elaboración de una sabiduría que fuera mía, sin huellas de manoseos. Ahí tenía puesta mi nueva puntería.
El taller me lo había armado yo mismo, a fin de subsistir. Y desde ese trampolín pensaba saltar al universo de las luces y la belleza. Compartían mi diminuto aposento desde Victor Hugo hasta Zola, desde Voltaire hasta Kropotkin. Posteriormente, estando en prisión, conocí a Neruda bajo las portadas de Gustavo Adolfo Becker o Rubén Darío, a quienes guardo eterna gratitud por la cobertura.
Felizmente, aquellas rejas no duraron más de seis meses, y entonces, con mis amados ídolos y un paquete de versos míos bajo el brazo, nuevamente abrí las puertas de mi lírico taller.
Entre el polvo acumulado sobre la mesita del cuarto recuperé la fotografía de Alba, mi pequeña, ya de cinco años, pues entre todas las ligerezas cometidas, me había casado. No podía precisar cuándo lo hice, pero no olvidaba el hecho de que mi mujer jamás me visitara estando preso. La pesadilla había cesado, pudiendo haber sido yo una de las primeras bajas rebeldes en una lucha sin héroes. A Neruda se le sumaron sucesivamente Vallejo, Guillén, Campos Cervera y una decena de noveles asteroides hispanoamericanos. Entre las viejas máquinas que llegaban a mi taller, algunas ostentaban borrosas calcomanías francesas, induciéndome a revivir en lo hondo al progenitor de los perínclitos duendes de la Corte de los Milagros, mi gran maestro, o imaginar al severo Zola, cubierto de polvo, reconviniéndome desde el estante donde yacía, por mis desviaciones tan próximas al sentimentalismo. Eran puras reminiscencias, ¡claro!, un tanto vergonzantes, últimos rescoldos de idealismo pisoteados por la derrota.
El fuego, ahora refugiado en el herrumbroso submundo de una poesía consustanciada con las viejas máquinas, me otorgaba el mérito de sobrevivir sin sentirme enteramente descartado, cohabitando en las noches de la patria con la lumbre del candil y las luciérnagas, y soñando con nuevas coyunturas cuyos signos presentía entre la telaraña del silencio.
Habíamos quedado en que me aparté de Vilma molesto por el papel que me tenía asignado. Al hacerlo le dije:
-Creo que te equivocaste de puerta. El comprador de hierros viejos es mi vecino.
Vi paralizársele las manos. Luego se le enrojecieron los ojos. Y finalmente, como una niña que busca desahogo, se arrojó sobre mí prorrumpiendo en sollozos:
-Entonces, yo le men-tí a ma-má -tartajeaba de un modo que daba lástima.
Le puse el brazo en el hombro, le sequé las lágrimas y hasta creo haberla besado en la frente.
-No, aseveré con acento emocionado, no le mentiste a tu mamá...
Al ratito se secó las mejillas con el dorso de la mano y me sonrió agradecida.
En tu taller, comenzó diciéndome con algo de duda, pensé que se podría...
-No te preocupes, la interrumpí. Tomé el primus al que faltaba dar bomba; te ayudaré, concluí resuelto; para eso vine, ¿verdad?
Puse una olla y eché aceite, algo de aderezo y la carne. Jamás vi persona con tanta gratitud en los ojos por tan simples hechos. En cinco minutos, estaba la sopa lista y servida en dos platos: uno para la madre y otro para Miguelí que espiaba metido tras los horcones, quietecito y mudo.
A su vuelta del cuarto, Vilma puso la leche para el padre, a quien ayudó a beber con calma impresionante. Yo la observaba cada vez más convencido de que no sólo necesitaba y merecía la ayuda de alguien sino, además de que ese alguien debía ser yo.
Al minuto, ya terminado el almuerzo, Miguelí apareció anunciando la presencia de un fulano, comprador de cierto carro a mulas. Venía con las bestias para llevarlo. Vilma se puso contenta.
-¡Qué suerte!, dijo, él puede ayudamos con las máquinas.
En efecto, no había más que arremangarse y alzarlas al carro.
Traqueteábamos venciendo las laderas y el arenal. Miguelí no nos quitaba la vista hasta perder al vehículo detrás de los bosquecillos de chircas.
Yo evitaba mirar a mi compañera por temor a que fuera descubierta mi recóndita preocupación. Unas máquinas oxidadas y un mueble desvencijado por la humedad ocupaban todo el espacio útil del carro. Nosotros, apretados junto al conductor nos achicábamos cada vez que éste giraba el látigo.
-Lástima de mi papá, dijo Vilma de pronto como pensando en voz alta; se nos va y nos quedamos pelados.
El duro silencio resultante se llenó de chasquidos. El novel carrero los ensayaba con la lengua en tanto azuzaba a la mula. Lo noté molesto cuando Vilma mencionó la situación en que estaban quedando. La razón de ello hube de saberlo más tarde, y era que el carro y sus arreos iban en pago de pequeños favores en efectivo demandados por la enfermedad, resultando así una pichincha pagada en cuotas. Tal vez el hombre quiso decir «lo siento» pero le salió lo contrario: -Si yo no llevo el carro, lo lleva otro, dijo.
Y el silencio se tornó de plomo. Entonces caí en la cuenta de que hay enfermos que tardan en morir más de lo conveniente. Por fuerza entré a pensar cuán poco les quedaba por vender. ¿Después, qué harían?
En ningún momento habíamos hablado con Vilma de lo que pretendía por las máquinas, y a la altura en que habían llegado las cosas, mencionarlo resultaría una torpeza. Entonces mecánicamente extraje la billetera y le entregué una suma. Un adelanto, le dije. Ella me miró a los ojos y tomó el dinero sin atreverse a contarlo. Pasado el momento, me dijo todavía enternecida: «Yo hubiera querido que las negociaras primero».
Por toda respuesta, la abracé, creo que tiernamente. El carro andaba a paso de tortuga bajo un sol que estallaba sin piedad sobre la bestia uncida «Jheeepyyy», gritaba sudoroso el carrero. Por ahí, la mula agobiada pegó un tirón pataleando en la cuneta cenagosa; tascó luego el freno con violencia y afirmó los remos en las rocas. Estábamos en la avenida. Vilma se levantó de mi lado diciéndome: «Si llego tarde, pierdo puntos; tomaré el tranvía».
Se apoyó en mi brazo, luego en la vieja máquina de coser y saltó a tierra sin esperar a que el carro parase. Quedé mirándola correr hacia el cordón opuesto, donde, se detuvo gritándome: «¡Hasta pronto, y muchas gracias!»
Eran como las tres y media de la tarde. En el carro, bajo un sol impío, continué fijos mis ojos en los oxidados hierros, fija la mente en Vilma, tan ajena y próxima a la vez, dándome la impresión de ser un dolorido miembro, algo muy emparentado con mi yo físico. Me sacudí la cabeza como perro acosado, y tomando a mi propia realidad, recordé con fastidio que ese día era sábado, día de pagos, y que el dinero gastado era parte de los haberes debidos a mis ayudantes del taller. Nunca antes les había fallado.
Al cabo de unas treinta cuadras desembocamos en la calle Brasil. El sol había perdido parte de su poder quemante. Llegado que hubimos frente al taller, pude ver a mis ayudantes apostados en la esquina, escudriñando impacientes las aceras. Como no me esperaban viajando en carro, caminaron a mi encuentro algo remisos. Pero era sábado. Me ayudaron a bajar la curiosa carga. Y al punto, el buen carrero gritó: «¡Jheeepyyy!»
 

 

Enlace al ÍNDICE del libro EL AMOR Y SU SOMBRA en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


EL AMOR Y SU SOMBRA
* CAPÍTULO I - LA INCÓGNITA
* CAPÍTULO II - MI PEQUEÑA ALBA
* CAPÍTULO III -LA OTRA CARA DEL TORMENTO
* CAPÍTULO IV - EL AMOR Y SU SOMBRA


 

 

 

ALIAS, LA MUERTE Y OTROS CUENTOS

 

LA MUERTE

 

     Corría un violento verano de la post-guerra, plagado para colmo de profusa delincuencia, la que en ciertos lugares del territorio era reprimida con dureza extrema.

     El maleante Juan Careaga, con apenas veinte años y ya famoso, regresaba de sus terribles andanzas aun sabiendo que no tenía perdón. Y era que perdón, palabra mansa, no figuraba en el vocabulario de los mandones lugareños. Juan Careaga, empero, había decidido entregarse, expiar su culpa, borrarla. Si acaso le perdonaban la vida sería como nacer de nuevo. Nada mejor le podía ocurrir.

     Con tales pensamientos venía desandando el camino de sangre en el cual cayera siendo casi un niño. Regresaba al lugar donde veranos e inviernos lo habían visto crecer penosamente, y donde una noche comprobara espantado el apagón de una vida entre sus manos, la de su primera víctima.

     Ojalá hubiese podido olvidar todo el horror de aquella noche. Y tal vez lo hubiera conseguido si no fuese por un fiero bochorno, de esos que uno lleva hasta la tumba. La joda era haber nacido macho, aserto que no pocas veces exigía pública demostración.

     Parte de la culpa, desde luego, la tenían los bailes de José Martínez, viejo bolichero muy compinche del comisario, un perdonavidas pasivamente odiado en la comarca. Las arpeadas bajo la parralera del boliche, al sólo ser anunciadas, provocaban vibraciones que subían de las ingles a los pechos, y eran como sortilegios capaces de quitar cualquier mal pensamiento. Por eso, llegada la fecha, todo el mundo dejaba en olvido la odiosa yunta del viejo, y la pista se abarrotaba desde el ocaso.

     Bárbara y todo, no era fácil olvidar la noche aquella, aquella lumbrarada de faroles enmarcando el torbellino de faldas, la música de cuerdas, la galopa embriagada de mistela y carmín...

     Era la noche de su primer pantalón largo en público, la de su primera masculina euforia. En tren de estrenos, la imaginación le viboreaba cálida, impactada por el fogoso aliento de las mujeres, las muy taimadas, las que al pasar a su lado remarcaban el fru-fru de sus meneos.

     Juan Careaga contuvo el trote del montado. Sonreía rescatando alguna que otra dormida emoción, hasta que, sofrenando la fantasía, hizo como obligándose a sí mismo a despertar, como si en su real situación esas remembranzas cayeran impropias. Endureció el semblante y picó los ijares. Semejantes ensueños debían serle ajenos. Y la sonrisa se le tomó de ajenjo. Acabó dejando al caballo descansar un rato mientras él reflexionaba. Finalmente reaccionó: «¡Hijueperra!»

     ¿Qué podía privarle del derecho a recordar? Tensó las bridas y continuó recuperando recuerdos, trotando al tranco de ellos, viviéndolos de nuevo. Ya nunca estuvo en baile alguno como aquél, el de José Martínez, con faroles a carburo y mistelas al anís. Arriba, en el hueco de la noche dormitaba la luna. En lento trote, el viajero posaba la vista en ella una y otra vez. Luna rellenita, sensual, como nalga desnuda.

     Y siguieron tenaces y punzantes las evocaciones de la noche aquella: Un aire cálido y denso de aguardiente y sudor, una polca que de pronto remontaba las escalas de un color partidario y los faroles que entraban a temblar. Aún le parecía estar viendo sus concéntricos destellos, arcos iris que estallaban en las hojas mojadas de rocío. Y vino lo peor: un hombre cuyos ácidos gestos no olvidaba, harto conocido por todos los presentes, hizo su aparatosa entrada. Unos, cautelosos, hiciéronse a un lado, dándole paso. Otros prefirieron marcharse. El hombre, alzado sobre enormes botas, paseó la mirada por la pista. Su estatura y su silencio impresionaban. Avanzó luego hacia las vendedoras de mistela, alineadas al fondo, a lo ancho del patio. Viejas y muchachas, al verlo dirigirse allá, se apresuraron ganándose en atenciones: Señor Comisario, porá guasú, qué pa se va servir... Caraí Comí, vení acá, voy a presentarte a usté mi ñeta... Y vasos tintineantes, competían yendo y viniendo. La autoridad bebía manoseando mansas nalgas y mamas.

     Entretanto, el baile recuperaba el furor discretamente moderado a la llegada del huésped, precipitándose ahora hacia su punto escaldante. A poco, la misma tierra parecía contagiada del frenesí danzante cuyas febriles caras lucían una propicia máscara de polvo. Pechos y vientres cada vez más apretados atizaban una sed sanguínea expresada en contoneos cuyo ritmo ya nada tenía que ver con el de la música. Y en un cenital instante, tan de sorpresa para todos, la tonada rebelde y prohibida de un «Solito» electrizó a la concurrencia. Algún osado, conociendo la excesiva tirria del recién llegado mandón hacia las travesuras, le gastaba la peligrosa broma deslizando una buena propina por la tronera del arpa. Y la sorpresa llegó a la mudez cuando un precoz bailarín descalzo apareció toreando solitario en el círculo de faroles. ¡Y era él! ¡Y qué bien lo hacía! Se le contraían y cimbraban las fibras de todo el cuerpo. Las viejas entraron a murmurar; las jóvenes vibraban.

     Al cierre de la primera vuelta, alguien del montón le gritó:

     -¿Y la pareja, chambón? El círculo se apretó. Lo veían aproximarse a un sector del público, tender las manos implorante, y... de pronto, un rumor ahíto de admiración y envidia ganó la atmósfera. Era que la más linda morocha del poblado, vanamente apetecida por varios (incluso el comisario), acababa de saltar a la pista. Cabellera arisca al viento, desafiantes las caderas, la morocha se lanzó a girar sonriente, esquivando a su perseguidor, bebiendo ávida la extraña emoción mitad sexo, mitad magia que provocaban los acordes del tabuizado «Solito». Y él, sintiendo un canto en su corazón de macho joven, la seguía: una sentada, un esguince, una cabriola... y, de repente, un cavernoso retumbo le pasmó el embrujo:

     -¡Pare la música!

     Un trío de soldaditos de comisaría, oscuritos y anémicos, apostados a la entrada tal la odiosa costumbre, se le abalanzó con alarmante crepitar de cerrojos. La autoridad, plantada en el círculo, pegó un saque de teypruguay, yendo la trenza de cuero crudo a estallar en pleno rostro del bailarín descalzo.

     -¡Al calabozo!

     A la orden acompañó un elocuente ademán en cuyo acatamiento pusieron los subordinados su entero empeño. El muchachito descalzo, pálido ante la agresión, sosteniendo entre los labios el hilo de sangre que le bajaba del pómulo quebrado por el látigo, tenso y frío, giró la vista en torno de sí como midiendo el espacio, y en el segundo crítico en que los soldados lo acorralaban para aprehenderlo, un grito como un rayo rajó el aire, un subrepticio puñal centelleó a la luz de los faroles, y el relámpago puso un tajo en la cara de cada soldado, una mortal puñalada en la panza del comisario y se hundió en la noche.

     En el círculo de faroles quedó una roja estela de salvaje fiereza.

     Apenas concluido el sepelio, ya el cargo vacante estaba cubierto. El nuevo, de nombre Juan Pío, era teniente de reserva y, según lenguas irreverentes, ex-cuidador de prisioneros de la guerra chaqueña, que era como decir ex-cuidador de cerdos. Llegó de la capital con el tren del crepúsculo. La gente no tardó en enterarse de que traía la prioritaria orden de atrapar al asesino a cualquier costo a los efectos de que recibiera el merecido y ejemplar castigo.

     Semanas de terror se sucedieron desde entonces en el poblado. Requisas y apremios inútiles y brutales fueron los signos de la nueva situación local. Y en tanto la flamante autoridad se atiborraba de violencia, el asesino tuvo tiempo de llegar increíblemente lejos. La misma noche del crimen, ayudado por las tinieblas cómplices, había dejado el lugar para dirigirse, pese a su confusión, al común refugio de los perseguidos, el Alto Paraná.

     A pocas leguas de su pueblo había encontrado al que debía ser su compañero de excepción. Pasía, afanoso, con la silla puesta, en tanto su amo, próspero a juzgar por las alforjas, dormía despreocupadamente a la sombra de un montecillo. Bella estampa lucía el potro; un malacara. El delincuente se le aproximó con modales de amigo, le acarició el testuz, inspeccionó la silla y las alforjas. De ahí en adelante fue hombre de a caballo con aire de importancia.

     En las guaridas humanas del Alto Paraná, sólo aquél que cargaba en la conciencia con algún finado respetable o algo de mayor cuantía se ganaba de entrada alguna consideración. El infeliz que llegaba huyendo del hambre sucumbía tarde o temprano, inexorablemente.

     Él fue recibido como correspondía, acorde con sus condiciones de coraje y guapeza que, resonando a través de picadas y obrajes, lo habían precedido. Las noticias acerca de sus hazañas corrían sabrosamente aderezadas para el gusto arribeño, de boca en boca. Lo armaron pues adecuadamente, lo ilustraron en la dura ley de los emboscados. Había caído en el propicio medio. En poco tiempo, su imberbe jerarquía maleva cobraría justa dimensión.

     A poco, en efecto, ya bien crecido en renombre, se ganaba un feroz apodo: «La Muerte». Los malvados capangas obrajeros ya conocían para entonces su contundencia de rayo y su astucia de hombrecillo que encontraba un especial deleite en matar. Incluso los bien resguardados patrones, afamados por sus crueldades, sintiendo el pellejo en real peligro, huían a ponerse a salvo en los mullidos living-rooms de las urbes. En cambio, curiosamente, para los miserables enganchados con los garfios de la implacable libreta de cuentas, poco a poco, «La Muerte» fue encamando al vengador cuyo ejemplo debían recoger algún día.

     Entretanto, un año escaso fue necesario para que el eco de sus nuevas numerosas hazañas pudiese atravesar las cuarenta leguas que separaban al Paraná del reino de Juan Pío. Sensacionalistas noticieros de la Capital ya se habían encargado de dar destacada difusión a las andanzas de «La Muerte», haciéndolas repercutir en todo el país. «Todo aquél que intentase capturar al maleante -repetían los lectores asombrados- dicen que es hombre muerto, dicen que ya mató a más de treinta Y cada vez que el tren llegaba con más periódicos, más gente desorbitada comentaba lo difundido acerca de «La Muerte», a quien, entre líneas y líneas, ya comenzaban a endilgar posibles pactos diabólicos.

     En cuanto al muy férreo don Juan Pío, pese a las habladurías poniendo en duda sus condiciones para enfrentarse al famoso malandra, cada día menos podía permitirse volver atrás. Era llegado el tiempo de exhibir la validez de la montada «carta blanca» que decía poseer, hasta entonces motivo, nada más, de un odio maligno que él sentía en la nuca. Era que la tal excepcional facultad le permitía liquidar a cuantos «la muerte» veníasele en ganas sin tener que afrontar por ello más que la ufanía del deber cumplido. Y, a propósito, habiéndose además establecido una recompensa para quien fuese capaz de dar caza al asesino en fuga, pues bien, de ser él, Juan Pío, el de la colosal proeza, más de un chismoso pueblero había de quedar con jemes de narices, mordiéndose la lengua de envidia.

     Ya en pleno ajetreo de partida hacia el Alto Paraná, oyó de bocas disuasivas el cuento de que aquella selva solía tener sus trampas, que muchos otros punidores habían dejado allá sus bártulos y que un chapetón corría el riesgo de pasarse la vida entera en vana búsqueda si no contaba con un rastreador baqueano. Mas, nadie deseaba ser de la partida, nadie más que los obligados conscriptos de cara marcada y algún otro novato apenas hábil en el manejo de armas. Los muy liosos vecinos servían solamente para desalentar, de tal suerte que a Juan Pío no le restaba otro recurso sino hacer las cosas del modo que mejor le cupiera. Pero él iba a mostrarles muy pronto sus agallas. En cuanto a baqueanos, estaba seguro de poder conseguirlos. Por alguna paga los encontrará en cualquier obraje de la ribera.

     Y, así, a la cabeza de cinco fusileros, un día pisó los bordes del vasto misterio forestal. E, increíblemente, desde el primer contacto logrado con gente de los obrajes, su optimismo empezó a sufrir. Era que ningún vestigio válido se le insinuaba, ninguna referencia útil. Aquél que hablaba mentía o se despachaba con evasivas: «Kyvo ndaipori...» «Ore ndoroicuaai...» «Kyvo ndaipori...» Nadie sabía nada. Parcas e invariables respondían esas bocas chupadas por la desnutrición. Sólo una cosa resultaba clara: entre autoridades y delincuentes, estos, sin duda, ganaban mayor predicamento. Por solidaridad o por miedo, las bocas preferían permanecer selladas. Y para colmo de males, ningún baqueano mostraba ganas de correr el albur contra «La Muerte». Pero no faltó -eso sí- quien sobre pies fantasmas atravesara leguas infernales llevando el oportuno aviso al malevo.

     Juan Pío notaba entre tanto penosamente desinflada la moral de sus hombres. La marcha horrible, los voraces insectos y el progresivo miedo los abatían. Pero debían repechar la espesura así sucumbiesen, la maraña que adensaba su carga silenciosa, los espinosos laberintos de troncos y follajes que se trenzaban inexpugnables hasta ocultar el cielo.

     La textura insondable de ese silencio vegetal apretaba gradualmente y la angustia tan real y enervante devenía que un trino lejano y agónico de tanto en tanto o el sordo cascabeleo de las víboras ayudaban enormemente a recuperar la sensación de estar vivos. Ni fieras ni reptiles aparecían ante la vista, pero sí aparecían sus huellas, diseminadas como hojarascas, cual si fuesen las huellas de seres incorpóreos e invisibles que sin embargo los acechaban y les seguían los pasos.

     Tras una eternidad agotadora surgía un claro, algún obraje desértico, algún malezal pestífero. Mientras, el miedo crecía, un miedo pronto a estallar ante la caída de una hoja o el chistido de un grillo. Estériles días y noches transcurrían; la vitualla comenzaba a flaquear; el agua escaseaba y ningún obraje aparecía ya. Ni siquiera un riacho. Habían quedado atrás demasiado lejos. Y ni podían saber la distancia que los separaba del río. Cada vez más, los soldados marchaban como pisando un planeta hostil, agotados, enfermos, enteramente disminuidos, reprimiendo apenas sus ganas de desertar. Juan Pío rumiaba con amargura las advertencias de sus odiosos vecinos, rotundas realidades tontamente desoídas. Una sensación desconocida empezaba a sentir subiéndole por los talones. La creciente abulia de sus hombres lo irritaba cada instante más, soportando la certidumbre de que con ellos nada podría frente al malevaje. Pero los malevos sí -renegaba- pueden en cualquier momento quemarnos las caras. ¿Dónde estarán metidos los condenados? ¿Será verdad lo de las trampas? La desesperación estaba cerca.

     Juan Pío no había dormido desde su Primera noche en la selva. Centelleos de cuchillos le robaban el sueño. Juan Pío mascaba nacos y escupía hiel. Los pajarracos anunciaban, de tanto en tanto una noche más, otra noche espectral, más temible aún que las anteriores. Desde el alba marchaban: jorobándose al pedo, tal mascullaba el teniente. Y llegó un momento en que, consciente o no, se rezagaba, demoraba la marcha.

     Se había cargado a la espalda, además de la propia mochila repleta, todo el alimento y el agua que les quedaba. «Lo hago por el bien de todos», había explicado, proveyendo luego la brava consigna de tener que pelear hasta la muerte en cualquier condición. Naturalmente, se trataba de una orden dirigida a soldados, quienes la debían cumplir. Exhausto, se detuvo. Oscuras visiones empezaron a darle vueltas royéndole la imaginación como escarabajos. Abandonar la búsqueda y emprender el regreso fue primeramente un atisbo, una mera fugaz idea. Luego sobrevino un inseguro pero insistente propósito, oculto en su secreta cámara de imágenes inconfesables. ¿Qué pensarían por su parte los soldados, los cinco esperpentos maltrechos por la maraña, en esos mismos instantes? A Juan Pío lo inquietaba más que todo la expectativa de la gente que había quedado en el pueblo con la incrédula antena tensa hacia la selva del este. Las filosas y sañudas lenguas pueblerinas eran capaces de hacer morir de rabia al más astuto. «Y bueno, acabó conformándose, en el peor de los casos, entre morir o pelear, los soldados elegirán pelear».

     Al reanudar la marcha se percató de su excesiva demora. Los soldados, de haber continuado a tranco regular, estarían bastante lejos. Trató de apresurar los pasos, pero ahí surgió lo imprevisto; no veía huellas, las había perdido. «¿Qué hacer? ¿Llamarlos? ¡No! ¡Ni pensarlo!». En efecto, nada peor podría ocurrírsele. El enemigo se encontraba sin duda agazapado en cualquier lugar de esa selva, cerca o lejos. Más valía andar con cuidado.

     Los soldados no se habían detenido. Avanzaban, ya en fila de uno en fondo, ya reagrupándose apenas la maraña les permitía, sin mayores tropiezos aunque sin poder pensar en otra cosa que no fuese el «guazú apí» o el «ñujha mbocá», típicas artimañas del asesinato montaraz, espantados ante la aprensión de su horrible destino. De pronto, el más avanzado retrajo el paso. Ciertas huellas que creía ver lo azoraban.

     -Lo mitáaa -llamó-, Comisarioooo, venga un poco ayer eta cosa...

     Arrastrados en la casi penumbra, pudieron comprobar de inmediato que se trataba de huellas humanas, frescas, y además huellas de caballos.

     Y fue recién entonces que, buscando obtener la opinión del superior, ¡zas!, cayeron en la cuenta de su desaparición, y el horror ensombreció las caras ya de suyo tétricas. Lo llamaron a media voz, una y otra vez, sin obtener respuesta, lo aguardaron hasta bien entrado el crepúsculo. Y nada.

     Mientras tanto, pasado el desconcierto inicial, aunque no el creciente miedo, se asomaban las dudas. El hecho de que la intrincada maraña lo hubiese aislado y apartado del rumbo parecía el menos probable.

     Uno de los conscriptos que a pesar del abatimiento continuaba examinando las huellas, aseveró lúgubre:

     -Son ello nomá, lo bandido...

     Todos lo miraron repitiendo en un murmullo: «¡lo bandido!»

     Concluida la estéril espera, un cara cortada dijo:

     -Er comisario perdió er rumbo.

     -O se cayó en er poder de «La Muerte», opinó otro.

     Y un tercero objetó:

     -Jhe, no e te catu co jhina zonzo; llevó toito lo vívere y la agua taen, y la linterna taen...

     Sugerida la negra sospecha, siguió un silencio cargado de presagios. La noche se venía, y cada cual con un secreto temblor presentía el fin de la marcha. Nuevamente, la voz de un pajarraco sajó el marasmo. El último en hablar, un avispado negrito, se abrió paso tomando la delantera en presunta dirección al río, nueva meta fijada en tácito acuerdo sin ninguna seguridad acerca del rumbo ni de la distancia. En tácito acuerdo, igualmente, abandonaban al comisario a su suerte. La salvación, ellos la veían sólo al término de ese infierno, a orillas del río. Si el comisario seguía con vida, él haría igual que ellos, Dios lo quiera.

     Las armas y demás pertrechos pesaban rotundamente menos que la ansiedad soportada en mente. A través de interminables tacuarales y zarzales avanzaban las sombras acelerando, más que los pasos, el pulso. La hojarasca crujía bajo los pies. En la atmósfera, en los matorrales, detrás de cada tronco, en todas partes, el miedo. Percibían su olor sulfuroso como si fuese una secreción de la sangre, mientras alguien susurraba palabras que parecían surgidas de las vísceras: «La Muerte... ¿por qué le queremo matar?». Y la respuesta la daba el silencio. Seguramente lo querían matar porque se llamaba «la Muerte».

     A pocos metros hacia delante, la banda de emboscados aguardaba. No la componían seres humanos. Eran engendros de la noche unidos por una apetencia común: la sangre. Objetos de viejas persecuciones, protagonistas de viejas heridas físicas y morales que no cesaban de arder, eran brazos y ojos en permanente acecho para matar.

     Los días marchaban lentos entre la maraña, pero la hora del designio se acercaba cierta, inexorable. El plan de acción, maduro en el ardor de los insomnios, no contemplaba defensa, sólo castigo sangriento y memorable.

     Y de cara a esa red fría e implacable, a la noche y a la infernal maraña, cinco soldaditos de comisaría se debatían en busca de salvación. De tanto en tanto, los búhos crispaban el tenso silencio. Los ojos, todos a un tiempo, los buscaban vanamente en medio de una oscuridad casi tangible. Al rato, un silbido al parecer también de ave, y otro, y otro, y un rumor tremante de plegarias inconcretas, y otro silbido, y otro, cada vez más próximos, más aterrantes, ponían hielo en la sangre. Un calofrío de mal agüero comenzó a trepar, por las piernas. Esperar. No. Ya nada había que esperar. Seguir andando hacia el río, supuestamente hacia el río, con sigilo tremendo, amparados, supuestamente amparados por la oscuridad.

     Es de suponer que no pudo ser tan largo el trecho recorrido desde el crepúsculo cuando, sorpresivamente, múltiples haces de luz de potentes linternas los enceguecieron e inmovilizaron, y algo estrepitoso y horrible se les desplomó encima. Se cree que ningún soldado habría alcanzado a usar el fusil. De los árboles, de las tupidas matas, de la maraña toda surgieron descomunales brazos armados de machetes que los desollaron y destrozaron. Era la satánica trampa de la selva que se cerraba sobre ellos.

     Al aclarar la mañana, «La Muerte», quien había encabezado la acción, abandonó su madriguera yéndose a constatar el éxito de la carnicería.

     Pudo contar cinco cadáveres, cinco despojos humanos incorporados al desecho forestal como sobras de panteras. Y, por primera vez, una horrible sensación le revolvió las tripas. Si uno de los allí despedazados fuese un comisario se habría sentido mejor, menos despreciable de como sentíase ahora, porque esa trampa la había ideado él pensando en monstruos con piel de comisario, no para descuartizar muchachitos descalzos como él. Vengar injurias, vengar su condición de bestia condenada: eso quería. Pero ningún maldito mandón había caído.

     Los días y las noches se tomaron insoportables para «La Muerte». Francamente vencido en la lucha que venía librando consigo mismo, de a poco caía en la cuenta de cuán espantoso era su papel. Y en medio de una torturante velada, de ésas que se pasaba peleando con su macabra sombra, resolvió acabar definitivamente con ella. Entonces, pudo dormir.

     Luego, hacia el alba, sonando con amables y pacíficos aconteceres de su vida anterior, tuvo de pronto ante sí la presencia de su madre. Su blanca cabellera le acarició el rostro y la tibieza de su beso se le posó en la frente. «La Muerte» despertó temblando. Y ya despierto, aún continuaba viendo esa cara anciana abatida por la tristeza. Se palpó la frente donde todavía la impresión del beso creía sentir. Tendió los brazos tratando de asir la visión que se diluía, y sus manos desoladas acabaron uniéndose en un amargo rezo.

     «La Muerte» ya no pudo pegar los ojos. La vastedad selvática, negra fragua, le abrumaba el pecho. Nunca le había sucedido cosa igual. Y concluyó pensando que si su madre llegaba junto a él conducida por el sueño, era porque lo necesitaba. E imprevistamente, todo le pareció resuelto; se irá. Dejó el jergón, caminó en busca del malacara que dormía a pocos pasos de él, le habló al oído: «Pyharevé yahata; tamanó vaera yepera-e, yahata». Se irán pues por la mañana; aunque él tuviese que morir, se irán.

     Y esa quieta y cálida mañana, llevando de las bridas al montado, igual como si llevase de la mano a un pedazo suyo, se puso en marcha. Se iba sin despedirse. Abandonaba a su banda para siempre.

     «La Muerte» comenzó perforando a machetazos la fortaleza verde erguida a su paso. Lo azuzaba la ansiedad. El destino lo atraía con poderosa fuerza. Luchando duramente contra la maraña, su aliada hasta ayer, iba venciéndola poco a poco, doblegándola, como logrando que la misma naturaleza lo comprendiese. La selva fue cediendo, dándole paso. Así, desde la mañana hasta la noche, durante días interminables. Ni el cansancio ni el hambre lo detenían. Sólo se preocupaba del malacara; de tanto en tanto le dejaba tomar su alimento. En cuanto a él, ya estaba acostumbrado a soportar largas jornadas sin comida ni agua. No deseaba otra cosa que ver el ancho cielo y el camino abierto por donde un mal día llegara a ese infierno.

     Y una mañana, al cabo de una eternidad luchando, una vasta claridad le anunciaba el comienzo de la llanura. «La Muerte», sonrió suspirando. Todas sus hoscas premoniciones, hijas de la penumbra salvaje, se llenaron de luz. En el horizonte veía un resplandor hermoso. «La Muerte» emprendió galope. Tanto él como el malacara bebían con avidez el aire abundante y dulce, aunque les costase aguantar el pleno sol. En la llanura, inmenso espejo, «La Muerte» podía contemplar el verdadero rostro de su desolación. Ya no pertenecía a esa especie común que vive al sol todos los días. Las tinieblas incorporadas en él, los crímenes, lo habían enajenado, alejándolo del ámbito humano como si fuera un leproso. Y la funesta verdad emergió entonces de sus oscuras reconditeces: él, «La Muerte». Pero continuaba andando, avanzando en esa batalla contra un pasado aún no pasado que le oponía una barricada de cadáveres, desalentando sus ansias de paz.

     Abierta la llanura y claro el cielo. La esperanza se escabullía como niño travieso, huía, se diluía en el horizonte, pero su esperanza era fuerte y regresaba, a veces representada por la blanca cabellera de su madre, a veces por las negras trenzas de alguna moza. La esperanza renacía día tras día, con cada nuevo sol. Las noches lo ayudaban en la tarea de sopesar sus negras horas, tan cuantiosas como las estrellas, las horas perdidas, las horas muertas y las que quizá lo esperaban. Últimamente venía prefiriendo la noche para cabalgar. El malacara se fatigaba menos por la noche, y él podía contemplar en toda su vastedad el mar de las estrellas, enamorarse de la luna, recordar.

     A pesar de las paradas cada vez más frecuentes y prolongadas, el malacara se debilitaba, pudiendo apenas resistir el peso del amo. Pero debían continuar, ya de día, ya de noche. Tenían que llegar.

     Y una calurosa mañana, desde lo alto de una colina, «La Muerte» avistó a lo lejos, borrosamente como en un sueño febril, el ceniciento esbozo de su pueblo ¡Su pueblo! Un violento aleteo sintió en el pecho. El malacara, aunque mustio, alzó los belfos remedando un relincho. «La Muerte» lo obligó a galopar, pero el maltrecho animal, con cuarenta leguas en los huesos, anduvo sólo algún trecho, trastabilló y acabó meneando penosamente el testuz. El amo lo condujo entonces hasta un bosquecillo, lo alivió del apero, y el malacara abandonó la sombra olfateando hacia una hondonada cercana. «La Muerte» lo siguió, y a poco, amo y caballo pudieron beber de un hoyo azulenco y tibio. Y ahora sí, al malacara le entraron ganas de pastar. El viajero, no tan preocupado por el vacío del estómago como por el gran vacío de la propia vida, se acostó a la sombra del bosquecillo, afanándose en atar cabos y despejar telarañas. Esa parada sería la última. Ya podría aventurarse a pensar que estaba en casa. Atrás, muy lejos, borrábansele la selva y sus trampas feroces. En el extremo opuesto del derrotero, muy cerca, propiamente al alcance de las manos, empezaba a cobrar forma verídica el objeto de su regreso, el renacimiento de su corazón, bien que la incertidumbre todavía mantuviera el suspenso entre la vida y la muerte. Su emoción se anticipaba al reencuentro con su gente, al reconocimiento de las viejas moradas de lodo claro y de las esquinas donde los recuerdos le saldrán al paso, de cada palmo de tierra pisada por sus pies. En una de esas casitas orilleras, olientes a bosta vacuna y yerba buena, encontrará a su madre. Ya la estaba viendo. Le veía los ojos perdidos en la lejanía, los cabellos prematuramente blancos debido al sufrimiento, los brazos vanamente tendidos, agobiados de ausencia.

     Llegó un oscuro río inundándole los ojos, y se durmió. Pero fue el suyo un sueño intranquilo y breve, despertándose azorado al poco rato. Al despabilarse tuvo la sensación de haber oído el traqueteo de un galope, y se levantó de un salto. Lanzó miradas desorbitadas hacia la hondonada, hacia la loma, hacia el camino, y ni rastros veía del malacara. Corrió silbando, llamándolo a gritos, y nada. El malacara no estaba. «La Muerte» regresó entonces vencido, dejándose caer pesadamente a la sombra del bosquecillo, hundido el rostro entre las manos, muy dolorido. Pero luego, como repentinamente iluminado, se levantó de nuevo, examinó con detención el lugar donde estaba, se frotó los ojos y repitió la operación. Y sí, se convenció por entero, allí mismo, en ese mismo paraje y en esa misma sombra, años atrás dormía un hombre. A la vera de ese mismo sendero pastaba el malacara, un potro de bella estampa. «La Muerte» acababa comprendiéndolo todo. El malacara había vuelto a su mundo de paz. Una profunda envidia sentía por él.

     Pequeño y pardo como antaño, batiendo el polvo con los pies hinchados y descalzos, se largó rumbo al poblado. No cesaba de recordar al malacara en tanto zancajeaba tragando un nudo salobre, pero al cabo debió resignarse. También el animal tenía derecho a regresar al redondel de su querencia.

     Al reponerse, el optimismo volvió a él con la esperanza y la urgencia por ver a su madre. La verá cueste lo que costare. La abrazará y le secará las lágrimas con sus besos. Después, ya no importaba si lo metían preso. Sabrá entonces la diferencia que existe entre la cárcel de la selva y la de los hombres. El darse preso voluntariamente tal vez contribuyese a que le perdonaran la vida. Salvar la vida. Eso le importaba. Casi se sentía seguro de ello. Desde luego, yendo totalmente desarmado y en son de paz como iba, nadie podía sentirse autorizado a dispararle. Él se entregará. Que le den los años de prisión que deseen, pero con vida. Que le perdonen la vida.

     Desde el día que abandonó la selva, la idea del perdón venía creciendo en él. Pero él, por su parte, ya comenzaba a perdonar. Perdonaba, por ejemplo, a los soldaditos aquellos que intentaron ponerle la mano encima en pleno baile, sin darse cuenta los infelices que en una noche de ésas, el corazón de un macho tiene precio muy alto. Él perdonaría a mucha gente, incluso al padre que nunca conoció, que lo engendró dejándolo solo en un mundo perverso, principal responsable de sus crímenes. ¿Y al comisario aquél, su maldito agresor? ¡Ah, a aquél ni el demonio lo perdonaría! ¿Y a Juan Pío, el hijueperra que lo forzó a cargar la conciencia con tantos muertos inocentes? A Juan Pío, quién sabe, acaso podría ser. Pero, ¿Y a él? ¿A él, «La Muerte», le irán a perdonar la vida?

     Se detuvo agitado. Al levantar el ruedo de la camisa y secarse el sudor, su mano tropezó al azar con algo pendiente de un hilo, algo renegrido por la grasitud, algo olvidado desde hacía tiempo, olvidado como su propio verdadero nombre, como su propio credo. La madre se lo había puesto al cuello cuando niño. Según ella, ese amuleto debía ser su «abogado» previniéndole contra las víboras, los malos aires y las balas. Él lo había olvidado. Sin embargo, ese «abogado» era sin duda el que venía protegiéndolo sin que se lo pidiera. Pues bien, ahora se encomendaba a Él, su «abogado», que no habrá de permitir le quitasen la vida.


 

     José Martínez ensillaba el matungo sin perder detalle del trajín que notaba en la comisaría de enfrente. Los soldados de Juan Pío, ahora siete en total desde que le fueran repuestos los desaparecidos en la desastrosa campaña selvática, ultimaban tan serios aprontes que excitaban la natural curiosidad del viejo bolichero. Su ansiedad obedecía sobre todo al hecho de no haber podido tragar por entero cierta historia referente a la epopeya del Paraná. Del informe conocido entonces, innecesariamente divulgado y vulgarizado, desprendíase que Juan Pío, luego de haber diezmado personalmente, a los tenebrosos calculados en medio centenar, se habría abierto paso a plomo limpio, burlando la trampa que le tendieran, en la cual cayeron todos menos él, gracias a Dios.

     Así convertido en baboso héroe, a José Martínez le daba asco. Acabó de ensillar, montó y salió.

     -Güen día, don Juan Pío, saludó, ¿hay levantamiento o qué?

     -Algo peor, don José, repuso grave el de la Ley, ¿se acuerda del malevo que liquidó a mi finado colega?

     -¡Sí, señor!

     -Güeno, está por llegar.

     -¡El famoso «La Muerte»! ¿Y cómo supo la noticia?

     -Figúrese, don José, el hacendado don Anselmo le encontró durmiendo en el mismito lugar donde le robó su malacara hace alguno saño. El hombre me trajo el animal, postrado como jusamenta.

     -¡Ayjuepete! Ande con cuidado don Juan Pío; dicen que a ese bicho le gusta la carne de comisario...

     Y el bolichero se alejó boqueando una suerte de risa que daba miedo.

     A los soldados, ninguna gracia les causó la ocurrencia. Era notoria la hostilidad que trasuntaban tanto las palabras como los gestos.

     El vejete, haciendo como si sólo le importara el matiz cómico del drama en cierne, se largó a campo traviesa. Y apenas estuvo solo, sin nadie más que el matungo para oírlo, con voz gruñona declaró: «Este le va matar a traición, le falta güevo para hacerle frente, seguro que le arma una trampa en el arroyo y le mata a traición...»

     Hincó espuelas al matungo. «Una sola vez se quema el gato, suele decirse», continuaba. Y casi a gritos, en tanto el matungo galopaba resoplando, sentenció: «Este le tiene miedo a 'La Muerte', por eso le va matar a traición».

     Surgió de la maleza como una visión a escasa media legua del arroyo, límite del poblado, cruzándose delante del malhechor que avanzaba zancajeando sobre la arena caliente.

     -Muchacho, empezó diciéndole José Martínez, si querés salvar la vida, escapáte.

     El viajero lo miró desconfiado, sin detenerse. Lo esquivó y siguió andando. «Viejo zorro», pensaba, «compinche de cuantos comisarios pisa el pueblo».

     El viejo cabalgó a su lado insistiendo:

     -Muchacho, yo sé lo que te digo, te va matar, escondéte antes de que te vea...

     El viajero siguió trotando. Tenía ocupada la mente en otra cosa: la madre. Ni el hambre, ni el cansancio, ni las palabras del viejo lograban suficiente fuerza para detenerlo. Llegará... Por otra parte, no le cabía en la mente que a un hombre desarmado que llegaba para entregarse lo fueran a matar.

     José Martínez no insistió más. Perdía el tiempo. Desalentado y entristecido, torció el rumbo alejándose por donde vino. Ya en camino, pensaba que debió advertirle sobre la trampa. Pero de nada valdría. La tozudez del viajero lo descorazonaba.

     El calor y la sed apretaban como nunca. Sin embargo, el viajero sonreía: Llegará... Bruscamente, la carretera se largó en busca de otro nivel, serpenteando por la pendiente antes de retomar la horizontalidad. Hasta el borde boscoso del arroyo, todo se veía desértico. Nadie más que él batía el polvo calcinado bajo el sol. A través de algún raleado follaje comenzaba a ver las primeras techumbres del poblado. Ya podía oír la voz del agua bullendo entre las piedras. ¡El agua!

     Al apearse de vuelta José Martínez, una cerrada descarga hizo vibrar la tierra bajo sus pies. Como catapultado por la impresión, de nuevo se horquetó en la montura y hundió espuelas. «Ojalá -mascullaba para sí- que los presentimientos me fallaran». Pero tan seguro estaba, que ante las voces preguntonas que le salían al paso mientras galopaba cruzando el caserío, él respondía a gritos:

     -¡Lo mató a traición..., lo mató a traición!

     Una muchedumbre lo siguió espontánea, desembocando al rato en la carretera que llevaba al arroyo. Faltando poco para llegar, se cruzaron José Martínez y el comisario que regresaba galopando solo y sombrío. Poco después, también la muchedumbre se cruzaba con él, abriéndose en dos para darle paso. El comisario nunca saludaba. Por eso, no causó extrañeza que no lo hiciera. Regresaba metido en sí mismo, huyendo de la polvareda que parecía querer sepultarlo.

     En el arroyo, todavía el aire olía a pólvora. «La Muerte» yacía de bruces, cubierta la espalda de agujeros manchados de rojo sucio. Más personas llegaban y crecían los comentarios. Todos miraban el cadáver, los agujeros, y se fijaban en los soldados que permanecían inmóviles, clavados los ojos en tierra.

     -Parece un limosnero, dijo uno dirigiéndose al viejo, ¿por qué le mataron?

     José Martínez calló. Las miradas paseaban sobre el cadáver, yendo y viniendo como moscas. Alguien mencionó al Juez que debía verlo y dar fe.

     -¿Nadie sabe dónde vive?, preguntó luego.

     -El comisario ha de saber seguramente, dijo otro.

     Hacia media tarde, cuando la gente empezaba a retirarse, llegó sudoroso y rojo un emisario. Traía instrucciones de trasladar el «orciso» al pueblo. Dos hombres cortaron ramas y se aprestaron a señalar el preciso lugar donde debía plantarse la cruz del finado. Enseguida lo terciaron. sobre la grupa del único montado que allí había, el matungo de José Martínez, y el cortejo se puso en marcha envuelto en una nube de polvo rojizo. A la entrada del poblado se sumó al grupo una anciana de rostro palúdico, ceñida en terroso manto. Apretaba un crucifijo contra el pecho y se mordía los labios.

     -La vida es puerca, dijo José Martínez para quien quisiera oírlo; ésta es la madre del difunto; mejor hubiera sido si el hijo se le pudría en la panza.

     -Mejor, reafirmó otro.

     A poco de andar, la lenta anciana quedó rezagada. Cuando pudo llegar al rancho, ya el cadáver estaba tendido sobre un largo «apycá» de madera labrada al hacha. Le cruzó los brazos atándolos con un trapo oscuro y le aplicó el crucifijo sobre el esternón.

     José Martínez mandó a buscar dos velas. «La Muerte» yacía cetrino, sucio y más pequeño que nunca.

     Al crepúsculo, Juan Pío llegó acompañando al Juez, quien lo miró contrariado al verlo aplastar con la bota una de las velas que ardían sobre el piso de tierra.

     El Juez volteó el cadáver como si no le interesara el rostro sino la espalda. Los impactos eran siete, de idéntico tamaño los agujeros.

     Se volvió hacia el comisario inquiriendo irónico:

     -¿Y usted no le tiró?

     A Juan Pío le atoró el humo del cigarro que mordía. Salió al patio tosiendo pero el Juez lo llamó.

     -Los tiros son iguales, ¿verdad, comisario?, todos de fusil todos por la espalda, insistía; ¿el tipo se resistió?, ¿peleó? ¿corrió? Según parece, nada de eso.

     Juan Pío no respondió. El Juez soltó el cadáver que tornó a su posición anterior. La única vela encendida, sostenida por José Martínez para que el Juez pudiese ver el cadáver, arrojaba destellos pequeños y rojizos que iluminaban la cara lampiña de «La Muerte». Juan Pío miró una vez más ese retal de figura humana, miró de reojo a la madre, y se marchó sin una palabra.

     Esa noche, más que en ninguna otra, más aún que en sus noches pasadas en la selva, encontró decepcionante la vida. La visión imborrable de los agujeros amoratados, la inoculta censura del Juez, la sonrisa acusadora de José Martínez, el silencio retador del pueblo, todo en uno lo abrumaba y embadurnaba la validez de su mentada carta blanca. Los días subsiguientes fueron peores. Notaba que hasta sus propios soldados le volvían la cara. Y en tanto el vacío crecía sofocándolo, veía cómo la gente evidenciaba su preferencia y apoyo al Juez, quien, naturalmente, no perdía la oportunidad para arrojar sobre el comisario alguito más de barro en cada ocasión.

     Poco pudo resistir. Dejó de aparecer en público. Encerrado durante el día, se pasaba buena parte de las noches asomado a la ventana, espiando la calle. Y en una de esas, de clara luna y grata brisa campera, un sartal de chicuelos traveseaba en la arena, frente a la casa. Juan Pío los observaba con franca envidia. «Los inocentes, los únicos no podridos de alma. Si pudiera volver a esa edad sin preocupaciones ni maldades. Con razón decía el gobierno que ellos son la esperanza de la Patria. Por eso se hace necesario limpiarles el camino de la vida de bichos venenosos que no sólo asesinan sino además llenan la cabeza de los niños de malísimos ejemplos...». Así hablaba consigo mismo Juan Pío cuando, de pronto notó en el juego de los inocentes algo que lo inquietaba. Armados con fusiles de tacuara, perseguían a un supuesto bandolero, casualmente el más raquítico e indefenso de los chicuelos. Y éste, al pasar cerca de la ventana entreabierta, pegó a todo pulmón un sorpresivo grito: «¡Milico py-ayú, yo soy 'La Muerte'!».

     La ventana se cerró. El mote de py-ayú (cobarde) estallando como una bomba infamante, quedaba zumbándole el oído, tal lo hiciera una descarga. Si hasta los niños lo agraviaban en esa forma era porque había caído hasta el fondo.

     El primero en enterarse de la renuncia fue José Martínez. Con muchas ganas de darle un empujoncito más, el bolichero, se apresuró a fin de ser el primero en verlo ya simplemente Juan, alejado de la comisaría.

     Lo encontró más descolorido que calabaza asada, tumbado sobre la montura, mirando el techo. De entrada y sin lástima, le dijo:

     -Ahora que ya no sos nada, podemos hablar de igual a igual, ¿no es cierto?

     Juan Pío no se movió. Sólo se puso más pálido, con signos de impotente ira.

     -Vengo a pedirte el caballo del finado -continuó el otro-, no sea que por ahí le agarrás miedo y se te antoja pegarle siete tiros o qué...

     -El caballo tiene dueño, viejo atrevido, así que ¡Váyase!

     -Espera -insistió pesado el viejo con voz de moscardón-, te quiero decir dos cositas más, en secreto, ¿sabés? Yo presentí que le ibas a matar a traición. Por eso salí al galope a su encuentro y le di el aviso. ¿Y sabés lo que me dijo el muy zonzo? ¡Nada! Ni quiso oírme. ¿Sabés lo que pienso? El prójimo venía para entregarse, no hay duda. Y quién sabe no se le habrá antojado que viniendo sin armas como venía, el milico Juan Pío procedería con él como Dios manda, ¿no es así?

     El renunciante, sentándose de golpe, se enfureció.

     -¡Yo cumplí con mi deber! -farfulló- ¡orden es orden! Y no me comparo a usté, traidor de mierda, que quiso ayudar a escapar a un peligroso asesino...

     -Juan Pío, «traición» y «mierda» son cosas que se huelen al entrar en esta su casa -le replicó calmoso el viejo con su sempiterna sonrisa acusadora-. Traicionaste a la ley del macho y a la ley que representás con tu estrella de lata. Te puedo decir estas cosas porque ya no tenés mando. Te quedaste igualito que una víbora sin veneno...

     Y concluyó el bolichero arrojándole una sardónica risa. Juan Pío dio un salto crispando las manos contra el pecho. Una horrible mueca le torció el rostro y se desplomó crujiente. José Martínez le buscó el pulso, le auscultó el pecho y acabó cerrándole los ojos con una pasada de mano. Luego, casi al oído, le dijo como en un rezo:

     -Adiós, Juan Pío. Esto te pasa por no perdonar a «La muerte». A vos, que te perdone Dios.

 



 

EL NIÑO DE MADERA

 

     Según Manuel Fernández, fue durante una de sus tantas noches de guitarra que logró conquistar a la chusca Encarnación, la morocha de Bolascuá, hija de Juandé González, un anciano aborigen mentado por payecero y por haber hallado en un cubil de la quebrada -Dios sabe si es verdad- la imagen del Niño de Praga tallada en pétreo guayacán. Y, según cuenta, fue el propio Juandé González quien cargó fieros días con las piedras y formó la gruta, recibiendo desde entonces generosas caravanas de promeseros cada alegre diciembre.

     En cuanto a Manuel Fernández, apenas apareado con la morocha, clavó una choza, según dice, no muy lejos ni cerca de Bolascuá, en un soleado extremo del monte donde el arroyo, tras corcoveos entre fósiles raíces y rocas averdinadas, quedábase un tanto arremansado al pie de los laureles negros antes de largarse al campo.

     Y noches con resonancia de polca transcurrieron en la nueva choza. Gran tesón ponía Manuel Fernández en su arte, aunque no tanto por el arte en sí como por el sustento que debía venir por añadidura. Su canto desbrozaba el aura montaraz sembrando idílicos tabúes en el alma sencilla de la gente.

     Y, tal cual como en cada venturoso diciembre, los promeseros comenzaron a llegar, pero ya no a la gruta. Poco antes estaba instalada la pareja, y bajo su musical influjo, aquellos olvidaban sus cuitas y sus preces, y vaciaban las gurupas y caramañolas al pie de los laureles negros. Así, la gruta y su mentado Niño de Madera fueron quedando desolados como tumba de indio en la gris ladera del cerro. La yeta había comenzado para Juandé ni bien la chusca se amancebara con el arribeño aquél, diestro en amores y cantos, y clavado que fuera el rancho donde la polca y el amor cobrarían particular atractivo, mucho más que los milagros, calmando la pesadumbre de la gente atribulada.

     Fue la causa de que aquel padre aborigen acabara arrojando la maldición sobre su propia hija, para luego desaparecer.

     Entraba el año de la gran sequía, año que nadie quiere recordar. Juandé se marchó sin siquiera despedirse de Encarnación. A partir de la noche en que ésta se amancebara, el monte le traía un endiablado son de guitarra, ajenjo que le ardía en la sangre, en tanto el Niño de madera permanecía impasible y sus ojos enmohecidos lo miraban sin mirar. Los ojos de Juandé, en cambio, amanecían mirando unas estrellas bañadas en salmuera. Y del monte, desde el líquido arrullo del torrente a cuyo borde Encarnación vibraba en brazos del guitarrista, llegaba el son.

     Un año entero transcurrió desde aquél en que lo vieran corvo montando el desmirriado rosillo rumbo a las quebradas. La tapera y la gruta se habían poblado de avispas. Todo erial era el patio donde danzas y carreras de sortija disfrazaban otrora de fiesta al pobrerío.

     Ni los yuyos crecieron durante el año de la gran sequía. Arriba un cielo lúgubre tendía su abanico de fuego. Y llegó el mes del Dios Niño -¡diciembre amargo aquél!-, y arrastrando un largo sofocón, pasó. Y pasó todo el verano sin que nada se supiera de Juandé. Finalmente, cosa casi increíble, cuajarones de nubes pasaron escupiendo calientes gotas en los atardeceres, y un resuello verde salpicó los montes. Ya por entonces, Encarnación vagaba rondando la tapera, clavando los mortecinos ojos a lo lejos, hacia algún punto perdido a través del campo. Y cansada al cabo, raptada por la angustia y dolorida de tanto atalayar en vano, metíase en la gruta, y allí, suplicante, raspando el moho de los ojos del Niño de madera, mascullaba un sinfín de padrenuestros, y muerta al fin de desconsuelo corría irremediablemente en busca de los brazos de Manuel.

     Ese año, ningún promesero había llegado con caramañolas y gurupas a la sombra de los laureles negros. La vida cada vez más enteca y hasta el amor perdían todo encanto.

     Una noche, no pudiendo aguantar más, Encarnación suplicó a su hombre empapándolo con sus lágrimas:

     -Vamo na mudarno otra ve a la casa de Taitá...

     La tristeza la atosigaba. Ni los arrumacos de la guitarra, ni la magia del canto, ni el hábito de la carne podían disipar el duelo de su corazón. Manuel la escuchaba irritado. Sus ojos cargados de penumbra perforaban el vasto silencio. A las cansadas habló:

     -Para qué pio queré ir... Paí-Juandé ya sejué, ya se jueté voí, y su rancho catu nio ya no e má rancho; un vientito, y adió...

     Luego, como hablando consigo mismo, agregó:

     -Malicio catu que ese lecayá echó de ida su mba -e cuaá sobre nosotro.

     Manuel aborrecía el recuerdo de Juandé. Lo culpaba de arruinarle el goce con su odio y su partida. Soportaba la amarga creencia de que la brujería del viejo era la causante de la frigidez que anonadaba a la mujer tirada a su costado, sobre cuyo vientre semidesnudo se agitaba la negrura de su decepción. No obstante ello, empezó a tocarla. Estaría dormida. Le tocó la cara, los pechos, el sexo. Y no, no dormía. Abatida, masticaba y tragaba sabor a hiel. Quemados los labios por los ácidos frutos del verano, ahora, progresivamente, los lluviosos e iguales días del otoño le anegaban el habla. De repente, desde su hondura mártir emergió una voz entrecortada por los sollozos:

     -Va mo na mu dar no, che Ma nú..., tartajeó vehemente; por si aca so che Tai tá Ni fío Je sú me hace un mi la gro mba-é...

     Al rato cantaban los cardenales en el matorral del arroyo. Era otro día.

     Al promediar la mañana, una infinita bandada de loros hambrientos invadió el paraje, arracimándose en los naranjos y guayabos del bosque cuyos magros frutos más tiraban a pudrirse que a madurar. Para compañeros de infortunio, los huéspedes exageraban la nota. El guitarrista tuvo que darse mañas armando cimbras, donde uno que otro loro quedaba atrapado. Puro grito, cada caído se debatía desesperado hasta destrozarse y hacer del plumaje un trapo. Los malditos peleaban como demonios, pero el hombre no conoce miedo ni piedad. Manuel les arrancaba a cabeza como un botón. Aventadas las verdes y amarillas galas, daba pena verlos. Tan pequeños y tristes lucían ensartados en el asador.

     Ese día, el crepúsculo se adelantó debido a la mayor negrura del temporal. Junto al fuego, Manuel y Encarnación se miraban como gatos tiznados de ceniza, en tanto los goterones estallaban sobre el rescoldo.

     -Hay nga-u ra-e un poquito de sal siquiera..., suspiró Manuel.

     Desde que cesaran de llegar los promeseros, no veían la sal. La presa que Encarnación la mía, sí, estaba salada. De sus párpados amoratados caían destellos pequeños y salobres. Ella no suspiraba por sal.

     Afuera, el agua inútil crecía. Las alimañas ganaban el amparo del rancho. De pronto, un pajarraco graznó sobre el matorral, anunciándoles la hora de acostarse. Manuel soltó los huesos, y sus ojos buscaron el globoso vientre de la mujer, saliente de un lienzo de color luciérnaga, reventado por la constante presión de sus piernas acuclilladas. Un surco oscuro lo dividía en dirección del ombligo. Él, suave, tímidamente, lo cubrió con la mano.

     Cuando pudieron despertarse, estaban sobresaltados. Creían que la pesadilla, consecuencia de haberse comido un par de loros cada uno, continuaba. Suponíanse atacados de algún endemoniado mal en la cabeza. Era que un silencio de muerte llegaba del bosque. O los loros habían enmudecido de pronto, o ellos estaban sordos. O, peor aún, desposeídos de sus facultades. El guitarrista saltó a la lluvia luego de escrutarla detenidamente, y anduvo zancajeando hasta el cansancio. Los guayabos y naranjos del monte alzaban al aire sus esqueletos embadurnados de bosta. Los loros los habían pelado, y acabado todo, se fueron.

     Manuel regresó arrastrando los pies a través de los charcos, molida la moral como a palos. Ni una naranja, ni una sola guayaba volverían a tener en muchos años.

     Ya en el rancho, descolgó la guitarra, inspeccionó, la pulsó, y acariciándola tembloroso como lo hiciera con alguien muerto, lloró calladamente. La guitarra tenía hinchada la madera y anegado el son. Abrazado a ella, se acostó, quedando dormido en plena mañana durante largo rato y despertándose luego en medio de una insoportable calina. Finalmente estaba vencido. Buscó a la mujer y le dijo:

     -Vamo mudarno mba-e na, Canacho...

     Y ella sonrió.

     Ya entonces mudar un catre y unos trapos no le complicaba la vida a nadie. Pero la lluvia persistía y hubieron que desnudarse, hacer hatos con lo quitado, cruzar el arroyo fuera de madre y el infinito lodazal.

     Pronto se daría cuenta Encarnación de que Manuel Fernández estaba en lo cierto cuando le decía que mudarse allá no valía la pena. En la tapera de Juandé hallaron víboras, tarántulas y deposiciones que la mujer pensaba eran de pomberos, nada más. El minúsculo mandiocal estaba muerto y podrido hasta las raíces. Ni pizca de rama verde quedaba para tentar nueva siembra. Yuyos y más yuyos, estirados hacia el cielo, ávidos de más lluvia, dominaban el panorama.

     Y en ese tétrico medio, pensando solamente en la vuelta de Juandé, Encarnación fijó los ojos a partir de entonces y en todo momento en un punto perdido a través del campo, donde esperaba verlo aparecer montando corvo su desmirriado rosillo de vuelta al rancho. Pero pasaron estériles días y meses, y poco a poco, sus ojos fueron quedando hundidos en las grises cuencas. Su boca, otrora bella y fragante, ahora sin una palabra ni una sonrisa, devenía una oscura herida. Y Manuel Fernández, que dice haberla querido casi como a su guitarra, sentía que algo se le secaba dentro, y sus manos, prontas para la caricia y la música, crispábanse ateridas. Su amargura no tardó en estallar:

     -Vo nio no me queré ma, Canacho... Yo ya me voy...

     Tras de sus pasos fueron cerrándose el yuyal y la completa soledad.

     Promediaba mayo, época en que solían madurar los frutos. En la tapera se prodigaban abrojos y ortigas. La maldición estaba presente en todo. Debió admitirlo Encamación, quien decidió sepultarse en la gruta. Pero esa misma noche, ante la insufrible tiesura del fetiche incapaz de tan sólo una mínima expresión que la consolara, abandonó el socavón sagrado y corrió sin rumbo hasta quedar exhausta y en total desatino. Y en ese momento, sumergida en la insondable noche sin guitarra y sintiendo enroscársele al cuerpo la culebra del miedo, un largo alarido que tal vez fuera el suyo quebró la roquiza quietud de Bolascuá.

     Cuenta Manuel Fernández que la veía cuero y hueso correr, desnuda de maraña en maraña y volver a veces a la gruta donde el atisbo contemplaba al santo de madera cada vez más parecido a Juandé; que la oía lamentarse y reír; que finalmente el hambre y el frío le fueron creciendo dentro hasta ocuparla entera y desalojarle el último aliento; y que entonces, ante sus ojos petrificáronse los árboles, el aire, el agua y la luz, y que de ese modo Bolascuá se tomaba un oscuro paisaje de piedra.

     Luego, por último, el inverosímil y vanamente suplicado milagro se habría hecho. Paralizado su tiempo, Encarnación habría perdido razón y sensación de todo. Pero, cuando Juandé -cara de viejo Niño de madera- volvió a su lado, ella pudo verlo, asegura Manuel. Y asegura que pudo ver la sombra de su hombre -que era él- reapareciendo con su guitarra hacia mitad de una aurora sin luz, aunque bien pudiera no ser todo aquello sino la burda trama de un sueño descomunal.

     Sin embargo, Manuel Fernández, cuya piltrafa todavía ronda Bolascuá, dice haber vuelto en verdad, pero que solamente lo había hecho por el bien de su guitarra, la que, desde la partida, siempre estaba sonando sola pese a tener todas las cuerdas rotas e hinchada la madera. Y que él, consciente de que todo era debido al embrujo de Juandé, pensó en el Niño de la gruta y volvió a Él con la esperanza de que, con su milagro, pudiera quitárselo de adentro.

     Naturalmente, cuando Manuel Fernández cuenta su historia, la buena gente que lo toma en serio se desconcierta y ya no sabe si pensar el bien o pensar el mal.

 



 

NOSOTROS, LOS OTROS Y LA GUERRA

 

     Ahora puedo saber quiénes mataron a mi padre y por qué.

     Éramos los dos de la tierra grande. Él la había comprado con todo lo clavado y disponía de la hacienda y la gente. Me refiero a varones y mujeres que prestaban su servicio, su completo servicio, recibiendo en pago desde alimentos y ropa usada hasta uno que otro padrinazgo de bautismo, supletorio de reconocimientos más compromisivos. La austeridad -según mi padre- era producto de la guerra.

     Mi padre habría llegado a gran señor si no fuese aquella guerra, no por haber participado físicamente en ella sino por las aviesas consecuencias de la contienda para los hijos y entenados de Perulero, que así se llamaba la hacienda de mi padre. Aunque, por otra parte, la guerra era un juego sólo para mayores, sus efectos los alcanzamos todos, hasta los niños.

     Y hablando de niños, los hijos y entenados de Perulero éramos felices a nuestra manera, pese a todo. Corríamos por los mismos cañadones, nos desfogábamos en comunes aguadas y lucíamos parejamente oscuros, no obstante ser nosotros los hijos de la tierra grande y entenados sin tierra los demás. Hablábamos la común lengua terrígena, nosotros con cierta envidia, con propiedad los otros. Probábamos el ardor de la canícula recorriendo los cocotales, y sangrábamos con frecuencia en feroces peleas disputándonos los frutos de la miseria. Paladeábamos el hambre, nosotros porque así jugábamos al sacrificio evadiendo el tedio de sentarse a la mesa tres veces cada día; los otros por mala estrella.

     Nosotros éramos como la parte dulce de las frutas amargas, y habíamos declarado nuestra guerra a la naftalina y al almidón camuflándonos entre la paja brava y los moscardones. Nuestros firmes aliados, los entenados, eran los veteranos.

     La otra guerra, la de los adultos, acerca de la cual mi padre comentaba en la mesa, ésa llegaba a la hacienda semanalmente, envuelta en un periódico oliente a pólvora, y nos hacía sentir su violencia cada vez que hombres uniformados, montando briosos caballos del Ejército, llegaban en busca de emboscados.

     Se trataba de una dura guerra, cruel como la peor, librada en un territorio inhóspito pero rico en promesas petrolíferas y ambiciones encontradas. Nuestra inefable curiosidad nos llevaba a preguntar y obtener, si bien parcamente, las informaciones con que tejíamos nuestro universo de realidades y fantasías. Así supimos por qué se escondían los emboscados en las impenetrables quebradas del Ybytyruzú. Y era que se negaban a marchar a la guerra, se negaban a dejar allá la sangre y la vida en defensa de las tierras que a ellos les negaban por ser ajenas. No lo hacían a sabiendas, claro está, mas no por eso era menos atroz el drama que afrontaban. Sus huesos todavía suelen aparecer entre los pedregones, bajo estratos de tiempos derrumbados.

     Era pues la guerra de los adinerados contra los adinerados, pero, según podíamos los niños colegir y entender, en ella sólo peleaban los pobres, los sin vela en el entierro.

     Había en la espesura moscas verdes y tábanos que desangraban a los vivos y los llenaban de sarnas y gusanos. Los caídos eran atendidos por presurosos buitres. Pero los emboscados preferían todo eso a la guerra. Los que estuvieron en el frente y regresaron heridos o enfermos vivían obsesionados por la muerte masiva del campo de batalla, por la muerte con morteros y metrallas; vivían espantados por las mutilaciones y la desesperación de los moribundos; vivían huyendo de la espantosa muerte del infeliz que muere de ser; huían de la absurda pelea contra reclutas desconocidos, tan paupérrimos, analfabetos, ignorantes de todo y obligados como ellos mismos, infelices a quienes debían matar, matar para vivir, para que la Patria viva, matarlos.

     Una vez habían llegado a Perulero los perseguidores de emboscados, y mi padre, en homenaje a los huéspedes, faenó un toro. Desde entonces, la visita se hizo rutina. A la cabeza, un ceñudo gruñía como en su propia casa. Le decían «el yagua peró en jefe» ¡Cuánto lo odiábamos!

     El método que utilizaban para la caza humana consistía en capturar un hombre manso, habitante sin tierra y padre de familia con preferencia, amarrarlo desnudo contra la ovenia de mi padre y azotarlo hasta que soltase la lengua. El hombre se desvanecía ante los ojos aterrados y el corazón deshecho de las mujeres y los niños de la hacienda. Los pequeños nos escondíamos a llorar debajo de las camas, reproduciendo mentalmente crudas imágenes, las llagas abiertas por el látigo, rojas, amoratadas y vueltas a enrojecer, la cara delirante de la víctima, la boca contraída en espantosas muecas. ¡Y cómo lloraba el látigo! ¡Cómo sangraban las correas trincadas en la ovenia! Allí estaba un habitante sin tierra, un hombre manso, bracero a menudo utilizado en la hacienda, y allí los implacables perseguidores de emboscados. Y estaba también mi padre.

     Así dos o tres días consecutivos hasta que la partida se iba. Mi padre se encargaba de soltar al que fuera amarrado contra la ovenia. Le echaba tinas enteras de agua y sal. Todos lo veíamos alejarse sin decir ay.

     Los amarrados y azotados jamás hablaron. Sus hijos o amigos, los perseguidos, continuaban como echando raíces en el monte. De tanto en tanto le robaban a mi padre algún ganado y se llevaban de la hacienda una que otra mujer en la noche, la que regresaba algún tiempo después, hueso, piel y barriga.

     Aunque mansos, los capturados jamás hablaron, pero poco a poco devinieron fieras. Y seguían allí, al borde de la tierra grande, la tierra donde las ovenias crecían con estigmas de látigos en los tallos. Y allí seguía mi padre, un hombre que sólo hablaba de respeto; nunca de amor.

     Cierta noche, en el portón de la hacienda relinchó su caballo. Traía las riendas trizadas a pisotones y la montura manchada de sangre. A la mañana se alborotaron los buitres. Así pudo ser encontrado el cadáver. Todavía guardo un recorte de diario donde se decía: «Han asesinado a don Fulano Tal, un hombre [124]justo que prosperó con honor e hizo del deber y el respeto los signos de su vida. No se explica quienes pudieron matarlo y por qué».

     Ahora, reproduciendo los hechos al correr de la vida, yo sí, puedo explicármelo.


 

 

MI PRIMO, EL CORONEL

 

     Oí un saludo a mis espaldas, luego un golpe, y me volví.

     El hombre que acababa de llevarse la mano a la frente no podía ser otro sino mi primo, el coronel. La herida comenzaba a sangrarle en gruesos hilos, y tan dura impresión recibí al verlo que apenas pude responder.

     Lo conocía de cuando éramos niños. Y ahora, inesperadamente, había de conocerlo tal cual era en su adultez. Gastaba una descomunal estatura, sobrepasando por más de cinco centímetros el borde del techo de zing que lo había lastimado pese a la agachada.

     -¡Caramba! -fue lo único que le oí decir además del saludo y de mostrarme la herida con una mueca de protesta, la que me cayó como piedra, borrando mi inicial aflicción. ¿Qué culpa puedo tener porque un superdesarrollado se lesiona invadiendo mi proletario mundo? -pensé. Pero por toda reacción, sólo dije:

     -A mí me sobra la altura de mi taller.

     Y ya, presurosa, como si hubiese previsto el accidente, apareció mi hermana. Traía una jofaina nueva, agua y compresas. Estoy seguro de que si el lesionado fuera yo, ni tanta premura ni tanta utilería saldrían a relucir. La había afectado ver al primo llevándose por delante el techo de chapas construido a la estricta medida de mi necesidad. Dejó la jofaina con agua sobre mi mesa de trabajo, diciendo preocupada:

     -Voy por iodo y jabón.

     -¡Qué pena! -se quejó el herido-, no pensaba causar molestias.

     Y entró a lavarse las manos manchadas de sangre. Luego, tomando un copo de algodón, se limpió cuidadosamente la herida. Mi hermana, de vuelta al punto y parada frente a él, lo miraba azorada. Pero al verle en la bella frente sólo una cortadura pequeña, sonrió con alivio, coyuntura que el huésped trató de aprovechar para exponernos el problema que lo traía.

     -Estoy en apuros -comenzó diciendo.

     Y yo, casi al atropello, interrumpí:

     -Me lo suponía: De otra forma no se explicaba tu visita.

     -Sí, pero...

     Mi primo quiso decir algo, disculparse tal vez. No le di tiempo.

     -Es la primera vez que pisás aquí desde que éramos así -dije tendiendo mi mano a la altura de sus ingles. Él se calló y yo me apresuré a concluir- después de todo, no estuvo mal un poquitín de sangre en homenaje al reencuentro...

     Y sucedió lo imprevisto. Abalanzándose hacia mí, me abrazó y nos estrechamos largamente, con ardor. Después, el tono de la plática cambió.

     -Bueno -sonrió con mayor libertad-, tenés razón al quejarte, pero dejame al menos el derecho de hablar en mi descargo. Sé que sos de los que quieren justicia, y aquí me someto a la tuya.

     Me agradó la apertura. Pero mi hermana que, concluida su generosa tarea, se disponía a dejamos, protestó:

     -¡Qué ocurrencia! Déjense ya de tirarse piedras.

     Y dirigiéndose al primo, agregó ceremoniosa:

     -Todos estamos contentos de volver a verte, y esta alegría absuelve todas las culpas, aunque para ello, como dice mi hermano, hayas tenido que sangrar alguito. Pues bien, en ley de caballeros, la justicia está hecha.

     Y dicho todo lo cual, se alejó muerta de risa. Al parecer, su intención era arrojar una dosis de buen humor contra el posible mal efecto de mi censura.

     A mi hermana, maestra de escuela como todas las mujeres de mi familia, le gustaban las peroratas audaces y risueñas. En cambio yo, seriote de nacimiento, mascullaba veneno puro. Mi primo lo había notado y continuaba en guardia.

     -¿Te has lisiado alguna otra vez durante tu temeraria carrera? -lo puncé adrede, y agregué sin esperar respuesta-. ¡Cuántos peligros en las retaguardias! ¿Verdad?

     Cargada de cuadernos, mi hermana salió para la escuela. Iba riendo. No se había perdido un ápice de mis malicias. Miré a mi primo, notándole el rostro de pronto pálido. Pensé entonces que la herida debía ser profunda, que el tipo estaría sufriendo, y ello se me hizo evidente al verlo extraer el pañuelo y llevarlo a la lesión, hecho suficiente para que por dentro se me enterneciera el rebelde. Sin embargo hube de hacer un gran esfuerzo para desdoblarme y entrar a ser enteramente cordial.

     Ayudado por mi par de bastones, dejé mi banqueta de trabajo para arrastrar una silla y ponerla a su alcance. Sonreí casi festivo diciéndole:

     -La vida tiene sus bemoles, mi coronel.

     Y él, reflexivo:

     Sí, tenés razón. Y el sufrimiento vuelve a la gente cruel.

     La clara alusión me obligó a mirarlo de frente, descubriendo en su jovial sonrisa cierto signo de paz que a la vez me sorprendió y confortó. Entonces concluí en un resuello:

     -Bien, mi coronel, estoy a tus órdenes.

     Y siempre sostenido en mis malditos bastones, volví, no sin trabajo, a posar mi trasero en la banqueta.

     Se hizo el inadvertido respecto a mi penosa situación, y eso me agradó, pues nada peor me hubiese ocurrido que verme en la necesidad de ventilar infortunios.

     -Sé que me podés ayudar, por eso vine -me chantó.

     Y yo, de vuelta a mi barricada sentimental, sin darme cuenta, me mofé:

     -No me digas... De modo que sin tal apuro, no te veíamos la cara nunca más... Ni que perteneciéramos a tribus enemigas, mirá vos...

     Con resignación me respondió:

     -Estamos determinados por una sociedad materialista y sin ideales. Cuando niños, era distinto, vivíamos a nivel de calle y pueblo.

     -Para tu información, mi familia y yo continuamos en ese mismo nivel, le repliqué sin una pizca de piedad.

     -Es que nos hemos distanciado -insistió él- por obra y gracia de la vida misma. Parece arbitrario, pero es así. Ahora estoy algo desesperado y vengo a verte. Eso te demuestra que no te he olvidado y que confío en vos.

     Sentí deseos de agradecerle, de decirle ¡gracias!, de veras, por haber logrado emocionarme. Era que sólo faltaba la coyuntura para tenerlo al fervor metido muy adentro. Y el muy astuto se procuró sin pestañeo el favor de la revancha.

     -Sos cruel -suspiró-. No perdés una oportunidad para zaherir. Pero la verdad es que todos nos necesitamos alguna vez. Hoy es mi turno, mañana tal vez el tuyo...

     A partir de ahí fui parte de su insólita historia. Verdaderamente, la suya era una situación única, más aún tratándose de alguien que había quemado su juventud en procura de unas estrellas que al final resultaron fatuas, macerándose en la práctica del pundonor y graduándose a las cansadas de ingeniero en la ciencia de armar trampas para matar gente al menor costo. «Ahora nos reúne el destino -se me ocurrió pensar en medio de mi desolada anuencia- en el mismo nivel de antes, de calle y pueblo, paradójicamente parejos». Había sucedido que cierto vulgar sujeto, prevalecido de la inexperiencia de mi primo, le enchufó un par de armatostes que denominaba máquinas de zapatería, convenciéndolo con facilidad increíble de que con ellas más la cooperación de un experto en la materia -tal el susodicho sujeto-, cualquier caído milico podía prontamente olvidar los malos vientos al convertirse en próspero fabricante.

     Dicho sea con puro afán aclaratorio que para adquirir esas máquinas hubo de optar a un crédito hipotecario que muy gentilmente le facilitara otro sujeto, un pariente bonachón metido de gerente, en un banco al poco tiempo desaparecido. Y sucedió que a punto estaba de vencer la hipoteca cuando, una madrugada, mi abatido primo saltó de la cama iluminado el insomnio con el feliz recuerdo de que en el mundo, además de pillos y paniaguados, había alguien capaz de convertir sus inservibles armatostes en máquinas que en verdad pudiesen hacer zapatos. Le quedaba pues la esperanza de recuperar lo invertido reparando las máquinas y vendiéndolas, ya que el experto supuesto colaborador, apenas concreto el negocio, había dejado de aparecer.

     Y ese alguien descubierto entre sobresaltos de un mal sueño revolviendo escombros humanos, ése era yo.

     Así fue cómo nos reencontramos al exacto nivel de nuestra realidad antigua.

     -Quiero que sepas -me dijo en conclusión- que si vos te hacés cargo de ese trabajo, serás mi gran benefactor. Te pido que vayamos a ver las máquinas. Están en una sección de los arsenales, no lejos de aquí.

     Y, faltando poco para el mediodía, resignado al rol con que me veía honrado, zanqueaba y sudaba clavando mis bastones al paso del colosal pariente, en dirección al lugar indicado. Hablábamos poco. A ello contribuía mi fatiga física y la incomodidad de hacer como mirando al cielo cada vez que debía contestar o dirigirle la palabra.

     Llegados finalmente a la entrada del enorme corralón armado, pudimos comprobar que aparte del metalúrgico derroche devenido portón, un mal alimentado pero muy bien mecanizado centinela montaba guardia con cara de franca desconfianza, patentizando la pobre reputación que para los de adentro merecía el pueblo de enfrente, reputación que lastimosamente nos involucraba, mal que nos pese.

     Al percatarse de nuestra intención de entrar, el soldadito hizo señas con el fusil, indicándonos de manera inequívoca la rotunda interdicción para quienes aventurasen el paso sin el correspondiente permiso firmado por el comando, expresado lo cual a su peculiar manera, se dispuso, con irreverencia animal, a mear tranquilamente, a la vista de quien fuera no ha mucho tiempo un honorable jefe.

     Así las cosas y sin duda persuadido de la necesidad de acatar, mi noble primo se avino a dar un buen rodeo hasta las oficinas, unas cuatro cuadras más o menos, donde debía munirse del permiso en cuestión, en tanto yo, alelado por el sol nuestro de ese mediodía de enero, me procuraba el amparo de un arbolillo de apepú. Al rato lo vi regresar, enterándome a poco, por el semblante, del agobio que sufría, amén del que ya cargaba en lo hondo desde el día del despojo de sus metales fúlgidos.

     Ni una palabra dijo al presentar la amarillenta tira de papel. Luego, mecánicamente obedecí su ademán conminatorio, al modo propiamente cuartelero, zanqueando sobre sus huellas, ante la mirada de «taguató» del centinela incólume.

     Y ya junto a las mentadas máquinas, tratando de disfrazar mis ganas de reír (o tal vez llorar), viendo lo que allí veía, caía en la cuenta de que el desdichado me estaba pidiendo poco menos que un milagro. Era que el pobre primo mío, coronel, ingeniero y algo más, había llegado al colmo de la mala pata dejando los objetos de sus insomnios en manos de un chantapufi graduado en macaneos. Y éste los había desarmado hasta lo posible, abandonándolos ahí, a merced de lluvias y vientos.

     -Bueno -escuché su voz preocupada-, espero aceptes el trabajo; es tuyo.

     Lo miré con el corazón. Mi primo estaba hermoso y alto, en tanto yo, con el peso de mi anatomía emparchada, me achicaba cada minuto más.

     -¡Claro!

     Fue lo que dije, creo. ¿Cómo negarme a ser su benefactor, máxime pensando que ese trabajo había de ser el primero importante desde mi vuelta a la lucha por la existencia? -De acuerdo -agregué finalmente- pero tendrás que asistirme en todo momento, ya que mis fuerzas siguen siendo las de un niño.

     Frené, pero tarde. El buen cristiano sepulto en él durante más de dos décadas afloró con inesperado interés hacia mi maltrecha humanidad. Me abrumó preguntándome qué me había sucedido que me dejase en tan penosa situación, si era un saldo de la guerra civil o un accidente, si se trataba de las piernas o la columna...

     Mientras hablaba, metía los cachivaches en dos enormes bolsas para luego unirlas a manera de árganas. Y antes de disponerse a cargar con todo, continuó interrogándome todavía:

     -¿No se te afectaron los pulmones, los riñones, algún órgano?

     No pude menos que hablar. Dando las primeras zancadas en la arena del regreso a casa, entrecortadamente y sin afán de aclarar nada, respondí:

     -Mis piernas, mi columna, mis pulmones y todo... Ya ves, mientras vos acumulabas galones memorizando y aplicando temerarias teorías contra la insurrección, yo peleaba para evitar que tu teoría acabara conmigo.

     Buen trecho anduvo como si se hubiese tragado la lengua. Recién a mitad de camino surgió nuevo tema. Y esta vez fue el pasado.

     -Lamento de veras -comenzó entonces él- que hayan surgido opiniones tan radicales debidas a mi alejamiento, del cual nadie fue culpable.

     -¿Sabés una cosa? -debí volverme para responder-. A los que quedamos abajo, poco nos afectan las ingratitudes de los de otro nivel. Estamos acostumbrados al alejamiento. Criticamos ciertas actitudes no porque nos afecten particularmente sino porque no sirven ni al bien ni al mal. E incluso, solemos ser indulgentes con esos que nada ofrecen, tal vez porque dejamos de contar con ellos.

     Mi primo soltó de golpe la carga, y estirándose cuan largo era, replicó:

     -Creo entenderlo. Pero pienso que los de abajo tienen gran parte de la culpa porque sólo se manifiestan cuando ya sus molestias se han convertido en odio.

     Íntimamente consideré que estaba en lo cierto. Pero en vez de admitirlo, le pedí me dijera en confianza si los de arriba serían capaces de tomar en cuenta esas manifestaciones en el supuesto caso de ser permitidas regularmente.

     -La crítica suele ser bienvenida -proseguí sin esperar respuesta- siempre que no afecte ciertos intereses, y ni bien lo hace pasa a llamarse subversiva, para cuyo caso hay leyes prontas y terminantes. Entonces, ¿para qué sirve la crítica? Por otra parte, si yo hubiese intentado llegar allá, donde vos estabas, buscando solamente recordarte que existimos, un pulcro ordenanza me hubiese atendido diciéndome: «El coronel no recibe a nadie. Está muy ocupado».

     Lo noté a punto de sulfurarse, lo cual me apenó. Sentía haberle dicho todo eso cuando, en un tono reflexivo y contrario al que yo esperaba, me respondió:

     -¡Claro! De eso tiene la culpa el esquema en que comienzan a encajarnos desde el a b c; es un esquema de vida que yo llamo estratosférica. Hay que volver a la tierra para reencontrarse. Pero sucede que uno vuelve recién cuando cae. Y cuando se es caído, bueno, ya viste lo que pasa; cualquier gallina nos caga encima.

     Me reí con sorna diciéndole que eso, para nosotros, era de lo más natural y cotidiano.

     -Tan es así -le dije- que hasta esos gallinas de que hablás están en un nivel superior al nuestro, y ganan importancia debido al miedo que sus armas infunden.

     -Lo importante es pisar la tierra -continuó insistiendo él-, sentir el barro, su olor, su sabor, y sufrir para valorar la vida.

     De pronto sentí un nudo que me apretaba el habla, y acabé felicitándolo por la verdad que había dicho.

     Es una suerte -concluí- que te hayan arrojado siendo todavía joven. Así la caída duele menos. Además, gracias al golpe se te ha curado tu amnesia y pudiste volver a nosotros. Es una suerte. Mi madre suele decir que es preciso golpearse para aprender a caminar solo. Un día, vos mismo te vas a felicitar de que te hayan despojado de tantos oropeles.

     Estábamos de vuelta en el enorme portón de entrada, prontos a evacuar el territorio prohibido, llenas las bolsas de un contenido que daba la impresión de ser cañones desarmados, cuando el soldadito (que parecía de plomo por lo gris y pequeño) nos plantó delante su autoritario fusil más la insufrible exigencia de cierto nuevo permiso, imprescindible en el caso de extraer materiales del predio custodiado. Por cierto, la herrumbrosa carga que agobiaba el garbo de mi primo, el coronel, no podía pasar desapercibida.

     -¿Y usted, a mí no me conoce?

     Lastimosamente, el centinela no lo conocía. Por toda respuesta, dio un escupitazo de costado y continuó esperando. A mi pariente se le cayeron las bolsas. Más que caminar, trastabillaba, pataleaba rumbeando hacia la ya conocida oficina en procura del maldito permiso. Tal vez al coronel se le olvidaba la grave sanción aplicable a un soldadito que incumple las órdenes de algún superior, cualquiera fuese. Obviamente, ciertas cosas empezaba a olvidar.

     Llegó de regreso al poco rato, entregó entre refunfuños el salvoconducto y vino a mí por las bolsas. Al notar sus penosos resoplidos, no pude evitar una sonrisa que no me hacía feliz.

     Y libres al fin, echamos a caminar en serio. Viéndolo aún alterado por los nervios, me creí en el deber de hacerle una amable observación:

     -Tenés que empezar aceptando lo que es práctica normal para con la gente del pueblo -le dije-. Pronto te acostumbrarás.

     Supe por sus ademanes que lo comprendía, y creo que en verdad lo comprendía. Para algo debía servirle la comprobación que acababa de hacer, de una realidad absurda y drástica. Confundido de pronto entre el montón dejado atrás en su carrera persiguiendo estrellas, había de aguantar con enorme paciencia la obligación de soportarlo todo con tal de completar sin graves inconvenientes el opaco ciclo vegetativo que le correspondía como a cualquier ser humano. Ante la prepotencia, el acatamiento. Así lo veía. Pero una importante fuerza interior, la suficiencia, lo asistía. Tal vez hubiera llorado de amargura sin esa fuerza.

     Caminamos en silencio. Aquél se me hacía un silencio ingrato. Estaba seguro de que interiormente a mi primo le ardía el virtual reconocimiento de una extraña derrota. La derrota de un ideal, de una ambición sideral con objetivo fatuo. Su verdadero dolor -me parecía- no se lo causaba el hecho concreto de sentirse humillado sino la idea oscura y hostil de que aquél que acababa de humillarlo provenía del más bajo nivel social. Y esa verdad le conmovía sus tenaces asideros, sus aéreas raíces, su soñada prosapia.

     -De modo que vivías en la estratosfera -dije por decir algo-. Nosotros sabíamos que estabas allá, arriba, pero no nos emocionábamos. Sucede que a nadie le emociona lo que no le concierne.

     Primo -irrumpió al punto-, ¿conocés la cigarra?

     -¿Cómo no conocer la cigarra? ¡Claro que la conozco! Es un bicho puro ojos y puro grito.

     -En cuanto a los gritos, apenas una primavera, nada más.

     -¿Y en cuanto a los ojos?

     -¡Ah, son maravillosos! Vivos o muertos, las imágenes persisten en ellos.

     -Todo eso me parece traído de los pelos, aunque creo comprenderte -aduje-. Pienso que lo del grito tiene algo que ver con el soñado mando, válido sólo durante alguna temporada. Y las imágenes, acaso guardan relación con el mundo de grandezas que persiste en los ojos de los caídos. Si a esas cosas te refieres, te aseguro que para tu mal no habrá mejor remedio que los desengaños.

     -Estás divagando -protestó.

     -Imaginando, coronel. Y si las imaginaciones duelen, es porque mucho tienen de realidad. Según creo, la consecuencia más ingrata de tu carrera ha sido la de situarnos en dimensiones diferentes. Podemos comunicarnos, pero coincidir será posible recién cuando vuelvas a ser uno de nosotros.

     -No cabe duda que nos moldearon esquemas antagónicos.

     -Ya lo creo. Por eso, aunque ahora pienses con ropa de civil, en tus ojos de cigarra la imagen de la vida sigue luciendo verde oliva. Es así como se complican las metáforas, ¿verdad? La educación, primo, es una tarabilla que deja su marca en el alma.

     -¡Cómo! ¿Dijiste alma?

     -¡Claro! Me educaron católico, y mi extracción, a pesar de ser deformada, ha hecho lo propio conmigo como contigo.

     Más que cansado, mi primo se veía triste. Obviamente, la enorme carga ferrosa no le pesaba tanto como la de tener que aceptar el fin de un pobre sueño, el suyo. Y pensar que por largo tiempo, cada palabra que al respecto oyera pronunciar había de lastimarlo como una espina. Luego de reflexionar andando un buen trecho, se detuvo y dijo:

     -Insisto en que, de cualquier manera, las diferencias que nos separan no son insalvables.

     -¿Sabés en qué consiste la principal diferencia? Pues, en que vos regresaste a la tierra con los ojos todavía en lo alto, y tus piernas se ven débiles sin las botas. En cambio yo, casi enteramente tierra de tanto arañarla, si llego a caer, me bastan mis dos bastones para recuperar mi nivel. A la altura de mis bastones, se tiene menos problemas.

. . . . . . . . . . .

     Reacondicionadas las preocupantes máquinas, dejé de ver a mi primo por largo tiempo, hasta que un día tuve la sorpresa de su visita. Entre otras novedades, me anunció haber vendido las máquinas. Me invitó a su casa a beber, lo cual acepté con gusto. Y se despidió dejando en el ambiente una jovialidad extraña.

     Así llegué una tarde a la dirección indicada donde fui recibido por la amable esposa del coronel. Y pude enterarme entonces de que la casa donde ahora vivía, un rancho de tablas, era alquilada. A mi primo ya no lo apremiaban vencimientos. Me lo refirió casi feliz. Claro está que tampoco ya tenía la casa aquélla de la hipoteca. La había transferido al banco. Ahora estábamos iguales. Él mismo me lo dijo riendo.

     Bebimos y platicamos. Luego me acompañó hasta la esquina. Para entonces, yo había dejado los bastones. Oí la voz de su mujer que decía:

     -Hasta en la manera de caminar se parecen.

     Era que ambos estábamos algo viejos y un tanto jorobados.



 

CULEBRA VERDE

 

     ¡Marciaaaanoooo! ¡Marciaaaaanoooo!

     Colgadas de las calientes ramas, como, crisálidas, yacían las hojas. El viento era un gusano apenas móvil. Y el grito, flecha sin rumbo, perforaba la sonora siesta de diciembre. ¡Culebrón asqueroso! ¡Si te encuentro, te mato! ¡Marciaaaanoooo! Loca de furia, la vieja gringa repechaba llanos y mañanas en pos del párvulo rebelde, su hijastro, que al alba huía yéndose como bestia al monte. ¡Marciaaanoooo! Quién poblador de la comarca no los conocía. Jugarse la vida por sólo alcanzar una chirimoya por un pichón implume, por unos huevecillos blancos o azules, era cosa común entre nosotros, los de Perulero, Yuquerí, Rojas Potrero. Cuántas veces, en fiestas o vacaciones, habremos destruido por placer el misterio del canto. Pero el de Marciano era un taso de locos. ¡Marciaaanooooo! Él se pasaba todo el tiempo destruyendo. Por eso, le habían aplicado el justo apodo «Mboy jhovy», que el peculiar lenguaje de la gringa tradujo a «Culebrón». Y era que ni la física presencia de la culebra verde le hubiese causado a la vieja tanta desazón como la de Marciano. Y apenas éste se esfumaba, cosa de todos los días, era ella, la gringa, hinchada y roja como naranja agria, la que debía rastrearle las huellas, gritar ¡Marciaaaanooooo!, maldecir sus días y sus noches. Y cuando al culebrón se le antojaba regresar al rancho, ella, la pobre infeliz, apresuradamente debía poner a salvo sus tristes bienes: una silleta, un cántaro, un farol, un viejo gato rengo y una cabrilla tuerta... Tantas cosas nos contaba la gringa de su hijastro cada vez que la veíamos correr enloquecida, vociferando: ¡Marciaaanooooo! Y nos quedábamos pensando que si ella nada tuviese en aquel rancho, sus gritos habrían bastado para llenarlo. A Marciano, el culebrón, que prefería pasar en soledad, espiando nuestros juegos desde el tope de un árbol y escapaba si lo veíamos, tanto le hacían los gritos de la vieja como el silbo de un pájaro o un ladrido en el viento.

     Siempre al amparo de algún follaje, siempre en silencio y atisbando, se solazaba viéndola pasar deshecha en gestos y bufidos. El culebrón sin palabras, puñal de piedra en los ojos, le seguía la flaca sombra como siguiendo el paso de la tormenta. Y en el rancho, entre tanto, hipando la borrachera, tumbado aguardaba Jacinto, el padre que le tocó a Marciano. Mascando puchos y maldiciendo, boqueaba con asco, de tanto en tanto, el nombre de la mala estrella, ¡la gringa!, la tan horrible que, oyéndola, ni tragar podía su bocado de mandioca y sal, manjar con que se atoraba el hambre. Se había unido a ella por miedo a la soledad, a poco de haber dejado morir de gusaneras a su primera y parturienta concubina, culpa que no cesaba de expiar días y noches, inmerso en su derrota, lanzando escupitazos de bilis y tabaco.

     Al cabo de sus correrías, Marciano regresaba hermético, encascarado en su natural rechazo de niño sin afecto, con la noche como único amparo. Y allí se encontraba con la sombra del padre y el grito de la gringa. Debía verlo y oírla, y acostarse, sepultarse en la jerga y, ¡oh Dios!, continuar soportándolos hasta quedarse dormido. Se le antojaba el estentóreo serruchar de mil cigarras. Para cesar de oírlas, imaginariamente, desesperadamente, apretando los ojos, se sumergía en la hondura nocturna, tras del mágico plañido de algún solitario chochí, misterioso habitante de su territorio de ensueños.

     A su ración de amarguras, con frecuencia se añadían los golpes. Cuando Jacinto, enteramente botado por el aguardiente, dejaba de constituir un blanco para las acometidas de la vieja, quedaba él, Marciano, metido en sus trapos. Pero el culebrón, casi adecuado a su condición de bestia indefensa, sólo sentía la parte animal de su dolor. Si bien las noches le traían palos, el alba diabla le devolvía el canto. Al coronarse de claridad los montes, se alzaba un tanto, abría un ojo, escupía todo lo amargo que masticara en medio de la oscuridad, y, con sigilo de culebra verde, hurtándose a su verdad, huía.

     Con el pasar estéril de los días, comenzaba a crecerle dentro del enteco cuerpo, como un vacío cada vez más ancho, el miedo. No miedo a los poras y pomberos, miedo real, miedo con cara de vieja despiadada, miedo que venía ocupándole todo el dolorido espacio del alma. Y ya no podía dormir. Sus horas en la casa eran de puro sofocón y sobresalto. A las cansadas, cuando ya el hediondo jergón le mordía las costillas, captaba en la secreta madrugada los signos de la paz, y levantando entonces un poquitín los trapos, le sonreía al alba que lo llamaba al monte.

     Y una de esas madrugadas partió resuelto a no volver. Se marchó a vivir con los pájaros, a comer y gritar con ellos, a reírse con la líquida risa de los arroyos, feliz, lejos de la horrible furia gringa. Por las noches... ah, ciertamente no había pensado en las noches. Pero ya se estaba yendo, bebía buchadas, de fragante brisa y a cada empuje de sus magros pies ganaba vida. Concluyó pues que no habría de faltarle un hueco donde amparar el sueño. Entre las ramas, que ya desde lejos veía agitarse como manos verdes, le guiñaba un ojo el niño sol. Los pájaros piaban saludándolo. Marciano levantó los brazos al cielo y lanzó un largo y triste grito.

     Su primera jornada de emancipado transcurrió sin problemas. Anduvo de árbol en árbol desbaratando nidos como siempre, persiguiendo pichones y comiendo cuanto de comer ofrece el monte, donde todo es apacible, donde todas las horas se parecen y el sol se acuesta muy temprano. Después, ¡claro! la noche. Llegó la primera, por fin lejos del odio, y Marciano, hizo su cama sobre la hojarasca, y se durmió en tibia paz contando las estrellas que se asomaban entre las ramazones.

     Y esa noche, don Jacinto y su doña, al advertir que el niño no regresaba, descubrieron que aún tenían algo en común, las ganas de pelear. Años de encono que el gris beodo guardaba en el gaznate, de pronto fueron vómitos de odio. Al infeliz, por fin se le desanudaba la soga del silencio, y lo fue en una insólita descarga de venenos. ¡Vieja putanga! dijo, y otras porquerías de calibre mayor, abriendo frío río de ira en la cárdena cara de la gringa. Yo también me voy a vivir en el monte, concluyó, con tal de no verte nunca más...

     Y ella, como escupida en el rostro, buscando en la violencia brazal toda la fuerza que a las palabrotas faltaba, tumbó de un empellón el catre, rompió de un silletazo el cántaro, y encasquetándose su más hiriente mueca, vociferó llorosa:

     -¡Burro! ¡Haragán! ¡Borracho! ¡Canalla! -y todo lo demás que en tales casos cuadra, hasta acabar declarando- ¡ese culebrón de mierda es como tú, tal para cual, faltando solamente que se pongan los dos en pedo y que puteen en dúo...!

     En respuesta, volaron las coyundas. Resonancia de cuero enloquecido lastimó la soledosa noche.

     -¡Ayayayayayay!

     -Ahora te vasa ir a buscarle, perra, y si no le traés, ya podés quedarte nomás a podrirte en el yaboray...

     -¡Viejo maldito!

     La alcohólica risota de un Jacinto que jamás reía se dilató en la bruma.

     Al paso tormentoso de la gringa graznaban en los matorrales pajarracos insomnes, respondiendo a cada grito enloquecido:

     -¡Marciaaaanoooo!

     Nació el sol. Libre sol. Marciano recorría su vasta residencia forestal, llenándose la insaciable panza de ñangapiryes, ingaes, guaviyues y otras delicias que Natura siembra para golosina de sus elementales hijos.

     El mediodía lo sorprendió sin la habitual mandioca salada pero repleto de frutas como un verdadero pájaro. Fue un chato y umbroso pacurí el que pródigamente le ofreciera su último manjar; y como éste apenas iniciaba su etapa de fermento, Marciano solamente sentía ganas de echarse a dormir, de modo que decidió confiar sus breves dimensiones al amparo del generoso arbolejo.

     Y fue entonces que algo muy extraño le sucedió. Ni bien el sueño hubo llegado y Marciano abandonaba su entidad corpórea para integrarse al mundo de la fantasía, comenzó a surgir de alguna parte un pequeño y afligente llanto. Se destacaba de entre el haz de voces animales; ni era el plañido del chochí ni el cerruchar de la chicharra ni menos el hondo gemido del guaimíngüé, ni tampoco la risa irritante del venteveo ni mucho menos el metálico responso de la piririta. El pequeño llanto provenía de un niño. Los pulmones de Marciano, ahítos del caliente vaho de las hierbas, resoplaban silbantes. ¡Y lloraba el niño! ¿Dónde?, se agitaba Marciano, ¿dónde? ¡Y lloraba el niño! Muy lejos no podía encontrarse, pues tal era la claridad con que lo oía por momentos que le parecía a punto de verlo.

     Atrapado en la telaraña de la pesadilla, daba manotazos, gesticulaba y siseaba, hasta llegar finalmente a verse a sí mismo corriendo, volando, vadeando montes, arroyos... Y soñose llegando a un triste y desolado albergue, más triste aún que el de Jacinto y la gringa, con una sucia hamaca tendida entre dos horquetas, y dentro de ella, en un revoltijo de inmundos trapos, ¡el niño! ¡Un rudimento humano capaz de sacudir con su alarido el monte! Y Marciano entró a inquietarse todavía más al no ver a la madre del pequeño por ninguna parte. ¿Dónde estaría la madre? Buscó afanosamente por los alrededores, llamó: «Señora... señora», y nada.

     Por último, a través de los resquicios de las tapias pudo indagar el interior del rancho, y allí, pese a la oscuridad reinante, con asombro pudo entrever, cubierta de gusanos, blancuzca y abultada como un molusco enorme y yerto, el cuerpo de una mujer. Se soñó avanzando, palpando la lechosa sombra, comprobando la monstruosa y verídica presencia, sintiendo una fría tenaza en las rodillas y acabando entregado al frío miedo que lo crispaba entero.

     Su propio grito lo despertó, y libre de pesadilla, sonrió. Pero al minuto, hecho ovillo dentro de la piel cetrina, nuevamente quedó atrapado por la magia del sueño, regresando al punto donde lloraba el niño. Esta vez quitó la hamaca de prisa, hizo un lío con ella y el llorón metido dentro y se largó, huyó como él sabía, vadeando montes, arroyos... hasta llegar a un claro que él conocía, bastante próximo al rancho tutelar. Y en ese punto paró porque de pronto la fea cara de la gringa se le incorporó al sueño. Hasta ese momento, ella yacía olvidada, ajena su rugosa imagen de ese mundo exclusivo. Y bien, como al borde gris del sueño suele incubarse la razón, Marciano pudo columbrar la idea de que ni su beodo padre ni la gringa serían capaces de comprender su preocupación por la vida del pequeño, y de que en tanto el hombre se emborrachara, la otra no haría más que darle ratos. ¿Qué podía pues hacer con el niño robado? Bueno, robado no, se dijo, si nomás quería salvarle la vida. ¿Qué haría pues con él? Ya está, se dijo, vas a buscar dos árboles que sirvan de techo contra el sol y la lluvia; en ellos vas a atar la hamaca, y todo arreglado.

     Con la preciosa carga a cuestas, echose a trotar en el monte. Y cuando ya se le doblaban las piernas de la fatiga, por fin dio con los árboles apropiados. Eran dos muy bellos. Entretejidos los follajes, formaban entre ambos una tupida techumbre. Los tallos paralelos y limpios ofrecían excelente asidero. Y bajando el envoltorio en tierra, Marciano se dispuso a trabajar. En algo más que un parpadeo, la hamaca estuvo asegurada y el pequeño instalado en su palacio verde. Marciano se soñó muy contento, y de puro feliz lanzó un grito que atravesó la nebulosa del sueño despertándolo. Pero no pudo mantenerse despabilado más que el escaso tiempo que duró un bostezo. Y entonces, achicándose un poco más para evitar el sol, nuevamente se vio zambullido en el raudal de imágenes. Y otra vez lloraba el niño. Lloraba con tantos bríos que el eco repercutía en el monte. Tiene hambre, se dijo Marciano afligido. ¿Es que el hambre puede provocar tanta fuerza? ¡Claro, Marciano; vos lo sabés! Entonces, ¿qué puedo hacer? ¡Ya está! Le robás la cabrita tuerta a la gringa. Sí..., pero, ¿y si el animal se emperra y llora y se descubre el robo, o si niega la leche y el mitaí se muere de hambre? Marciano lloró, primero quedamente, luego con todas sus fuerzas. También lloraba el niño. Y lloraban ambos. Y lloraban los pájaros y los árboles del monte.

     ¡Marciaaaanooo! ¡Marciaaaanoooo! El grito, flecha sin rumbo, llegó hendiendo la calurosa siesta. Provenía de muy cerca. Marciano sufrió un sacudón pero sus hondos ronquidos continuaron sujetándolo como raíces. No podía despegarse del pequeño que, llora y llora, se le incorporaba gradualmente hasta llegar a fusionársele y ser él mismo, y el pequeño llanto ser el suyo propio y único que le atormentaba el pecho. Y sumido como estaba en tanta angustia, súbitamente sintió en las costillas un furibundo palo que al instante lo volvió a la realidad.

     Desaparecido el pequeño llorón, Marciano, enteramente despierto, sentado en cuclillas e inmóvil, todavía sintiendo dentro el pequeño llanto montaraz, todavía reproduciéndosele la imagen de la muerta, vanamente procuraba recordar el rostro de aquel cadáver en tanto los azotes y azotes que le estaban lloviendo le oscurecían la pantalla del sueño. Y llegó finalmente a convencerse de que el pequeño del monte no era más que él, Marciano, de que las lágrimas estaban en sus propios ojos y los dolores en el cuerpo apaleado del único huerfanillo cuya madre fuera aquélla que yacía en la insondable nada, él.

     Iluminada de pronto la rudimental razón, una extraña sospecha lo indujo a pensar en su padre, Jacinto, cuya eterna borrachera más parecía una expiación que el simple gusto de embriagarse. Y escupió la sangre que le llenaba la boca maldiciéndolo por primera vez, aunque siempre lo creyese culpable de su desamparo.

     En cuanto a la vieja gringa, malandra como fuera, Marciano entraba a vislumbrar la raíz de su inagotable ira, porque..., porque... Y nuevamente caído en sollozos, nuevamente escupiendo sanguaza de la boca partida a golpes, y soportando el ardor de los azotes en plena cara, alzó los ojos hacia la mano que lo golpeaba sin pausa, y tristemente tartajeó:

     -Ma... má, ¿ayepa yo no tengo mamá? ¿Ayepa yo me crié con la leche de tu cabra?

     A la gringa se le cayó el azote de la mano, y huyó gritando:

     -¿Quién te lo dijo, Satanás? ¡Lo sabía todo! ¡Lo sabía todo!

     Marciano se levantó renqueando atrozmente y echó a rumbear sobre las huellas de la vieja. El cálido viento le secaba las lágrimas y la sangre del rostro magullado.

 

 

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