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JOSÉ-LUIS APPLEYARD


  JOSÉ-LUIS APPLEYARD - ANTOLOGÍA POÉTICA, 1996 - Compilación: FERNANDO PISTILLI


JOSÉ-LUIS APPLEYARD - ANTOLOGÍA POÉTICA, 1996 - Compilación: FERNANDO PISTILLI

JOSÉ-LUIS APPLEYARD - ANTOLOGÍA POÉTICA

Compilación: FERNANDO PISTILLI

Editorial El Lector,

Asunción-Paraguay

1996 (197 páginas)

 

 


La promoción del 50 surge a la vida literaria con ciertas ventajas iniciales sobre la promoción anterior, la del 40, en la cual debía, lógicamente hallar apoyo experimental y guía.

Dentro de ésta, José-Luis Appleyard, José María Gómez Sarjurjo, Ramíro  Dnminguez y Ricardo Mazó, advinieron a la palestra literaria dueños desde el primer momento de un refinado dominio de las formas, que, por ser una realidad descuidada en nuestro país, los hizo parecer como poetas esteticistas. Sin embargo en estos poetas los valores humanos, los sentimientos morales, la preocupación espiritual ocupaban el lugar central en su temática.

El de más amplio registro y más fecunda producción fue José-Luis Appleyard, quien tempraneramente publica POESÍA (1953) y en el cual deja clavadas sus primeras banderillas estéticas de valor. A partir de allí editará, ENTONCES ERA SIEMPRE (1963), TOMADO DE LA MANO (1981) EL LABIO Y LA PALABRA (1982).

El tema central de la rica poesía de José-Luis Appleyard, en sus primeras modulaciones es el tiempo. Esta antología, tiene suficiente identidad como para mostrarse representativa de uno de los más altos poetas de nuestra literatura comtemporanea y también de uno de los más puros prosistas del idioma.


“La antología Poética de José-Luis Appeyard es producto de una selección del joven poeta Fernando Pistilli, quien la hizo con el criterio de brindar al público los más conocidos poemas, por una parte, y los más accesibles para el estudiantado, especialmente aquellos en los que canta las cosas nuestras, como los de Navidad, de Semana Santa, los árboles como el lapacho y el cocotero, nuestras costumbres, como la de las alfareras que hacen cántaros, etc., etc., sin que por ello no hayan sido incluidos otros de gran valor literario. El autor se mostro plenamente de acuerdo con la selección de Fernando Pistilli y lo felicitó por tal tarea y expresó que el propio autor no puede ser un buen antólogo” 

EL EDITOR

 


INDICE

Omnipresencia de la poesía de José-Luis Appleyard por ROQUE VALLEJOS

I.  EL LABIO Y LA PALABRA

· Has vuelto, vagabunda / Primera forma /  Venciste, maniqueo / El ceño del dictador perpetuo / Solamente la línea / El labio y la palabra

II. SOLAMENTE LOS AÑOS

· Solamente los años

III. TOMADO DE LA MANO

· Fue conmigo / Voy como canto de sonar antiguo / Lapacho

IV. ENTONCES ERA SIEMPRE

· El tiempo / La casa / La escuela / Las palabras / Vacaciones / Flor de coco / Ochenta años /  Este diciembre / La lagartija muerta / Yo /  Colofón

V. EL SAUCE PERMANECE Y TRES MOTIVOS

· Mujeres que hacen cántaros / Viento norte / Buscar el pan / Tiempo de Navidad / Hay un sitio /  Tríptico. Vida / Muerte /  Sauce

VI. CÓMO REGRESA EL CÍRCULO

· Uno y otro / El cielo está cerrado / La estática inquietud / Se está haciendo muy tarde / Verano

VII. CUANDO LLEGA TU AUSENCIA

· Cuando llega tu ausencia /  Tu soledad, la mía / Señor, hasta mi infierno / Domingo de regreso / Señor, llega tu tiempo / Por esa astilla azul

VIII. MI VOZ, PARA LOS MÍOS

·  A Magui, mi perra / Para Ruy Díaz de Guzmán / Brevísima elegía / Oscuro afecto / Para mi sobrina Patricia / Estoy en mi ciudad

IX.  JUGLAR DE LO PEQUEÑO

· Soneto / El tiempo, mis amigos / Juglar de lo pequeño / Liras de un sauce y un lago

X. LAS PALABRAS SECRETAS

· La diosa irrespetada / Solo queda la palabra / Las palabras secretas / Cuando llega, amanece

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

OMNIPRESENCIA DE LA POESÍA DE JOSÉ-LUIS APPLEYARD
 
 
 
 
La promoción llamada del 50 aparece al filo de la guerra civil de 1947, cuya crueldad produce una herida social que divide a la patria y a los hombres. Herederos -no epígonos- de los grandes poetas del grupo del 40, resultó natural que algunos de ellos escogieran el acento civil para denunciar una realidad que se mostraba onminosa.

"La promoción del 50 -escribe Josefina Plá-... surge a la vida literaria con ciertas ventajas iniciales sobre la promoción anterior, la del 40, en la cual debía, lógicamente hallar apoyo experiencial y guía. Una cultura más unificada, una mayor homogeneidad y frecuencia generacional, una mayor facilidad para el intercambio fueron factores positivos en la ascensión de estos grupos".

Dentro de ésta, José-Luis Appleyard, José María Gómez Sanjurjo, Ramiro Domínguez y Ricardo Mazó -discípulos entrañables del notable maestro español César Alonso de Las Heras- advinieron a la palestra literaria dueños desde el primer momento de un refinado dominio de las formas que, por ser una realidad descuidada en nuestro país, los hizo parecer como poetas esteticistas. Como se sabe esteticistas son aquellos poetas que reducen todos los valores a meras categorías estéticas. Sin embargo, en estos poetas los valores humanos, los sentimientos morales, la preocupación espiritual ocupaban el lugar central en su temática.

El de más amplio registro y más fecunda producción fue José-Luis Appleyard, quien tempranamente publica POESÍA (1953), un tomo colectivo en que comparte espacio con los poetas anteriormente citados, y en el cual deja clavadas sus primeras banderillas estéticas de valor. A partir de allí, editará "ENTONCES ERA SIEMPRE" (1963), su libro cenital que marcará un alto nivel poemático del cual los libros venideros ya no declinarán sino, por el contrario, ahondarán el discurso lírico. Son significativos entre otros "TOMADO DE LA MANO" (1981), "EL LABIO Y LA PALABRA" (1982), "LAS PALABRAS SECRETAS" (1988).

Francisco Pérez Maricevich en su "DICCIONARIO DE LA LITERATURA PARAGUAYA" (1983) divide las vertientes que conforman la poética de Appleyard en los siguientes cauces:
 
a) motivos de la tierra,
 
b) motivos morales,
 
c) motivos intimistas.

Para entender el "sentido" de la poesía de Appleyard, tal como lo consideraba el conde de Keyserling, esto es, la zona de más alto rango que nos sea posible discernir, es importante recordar lo que decía Hugo Rodríguez Alcalá al escribir sobre nuestro poeta: "no en vano la poesía es pintura que se mueve y música que piensa ".

Lo pictórico en Appleyard no es mero pintoresquismo sino penetración sensorial y sentimental del paisaje o del objeto. Poemas como "Lapacho ", "La casa ", "La escuela ", "Este diciembre"; cte., no se agotan en la pura descripción sino extraen del objeto inanimado un rescoldo de vida que se empoza en lo más profundo del alma.

Si tomamos lo moral entre los motivos que propulsan -la poesía de Appleyard debemos destacar que en castellano dicho término tiene gran amplitud semántica por cuanto se opone a todo lo material, dando así cabida a lo social, lo político, etc., sin ceñirse estrictamente a una exigencia normativa.

Y la realidad es que nuestro poeta vive una existencia que elude todo tipo de compartimientos estancos. Por otro lado, es cierto que Appleyard por su apego a los principios de la tradición -no del tradicionalismo- concibe también lo moral como aquello que se conforma a un valor. En tal sentido, tiene poemas de notable mordacidad social que bien habría querido Rafael Barreta incluirlos en sus "Moralidades actuales".

Tal su poema "HAY UN SITIO" que dice en uno de sus fragmentos:
 
"Hay sinónimos claros, transparentes:
 
ser libre es vegetar sin albedrío,
 
robar es trabajar, amor es odio,
 
y vivir es morir desguarnecido.
 
La soledad se llama compañía
 
y el traicionar, ser fiel a los amigos.
 
La novedad, vejez. Todo lo nuevo
 
tiene una oscura pátina de antiguo.
 

Con sobriedad y sin arrebato, Appleyard describe con penetrante fidelidad y crudeza el estado de trabucamiento espiritual, el vaciamiento semántico de las palabras y los sentimientos embozados que instaló el largo régimen autoritario que entronizó en el país un clima deletéreo e irrespirable durante más tres décadas. Un poeta que ha edificado toda su obra sobre el eje axial de la libertad no podría -ni lo ha intentado- propugnar una moral dogmática que fatalmente habría de llevarlo al mero prosaísmo doctrinal.

Formado en un ambiente cristiano y consustanciado con la educación y la natural inclinación de su espíritu, lo numinoso, como expresión de lo santo, fascinante y tremendo -como lo enunciara Rudolf Otto-, está constantemente presente en la poesía de Appleyard, cuyo arte elegíaco, henchido de plenitud y hervor, le regala sus más hondos e inspirados poemas. La lectura de Señor, llega tu tiempo; Cuando llega tu ausencia; Tu soledad, la mía; Domingo de Regreso, etc., habla a las claras de una ascética vida espiritual, de un frecuentador penitente de los grandes clásicos como Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y, acaso, la propia Teresa de Avila. Mucha de la perfección formal que se advierte con evidencia pungente en Appleyard viene de aquel hontanar clásico antes que de coincidencias o concomitancias estilísticas circunstanciales con poetas como Luis Rosales o el propio Alberti.

Maritain recuerda que alguien escribió que poesía es ontología en el sentido de que ésta lleva por encima de todo a las raíces del ser. Con dicho criterio, Appleyard puede con justicia y justeza ser considerado un buceador no sólo de lo óntico sino de lo ontológico. Su HUERTO DE LOS OLIVOS es la soledad a la que como Fray Luis -según Lapesa- ve como un refugio para el evadido y un puerto para el náufrago. El poeta no es un evadido sino más bien un náufrago que la marea de una realidad cruel arroja por la borda.

Soledad es intimidad, recogimiento, interioridad, ensimismamiento, regreso a sí, mismidad. Por ello, al hablar de sus motivos intimistas debemos referirnos al "rasgo principal de la persona humana en cuanto persona espiritual ".

En esta etapa de su poesía -dice Pérez Maricevich- "es la subjetividad la que aquí se presenta a sí misma y se despoja de toda otra cosa exterior a sí. Se queda sola consigo misma, y más bien que sentirse y vivirse en el presente, aquí y ahora, lo que hace es remontarse en la memoria, desandar doloridamente el tiempo, buscarse un mundo -su mundo- contrapuesto al actual en que se halla inmersa ". Más adelante el crítico anota que está búsqueda del "imago ", imagen ideal, imagen primordial, según la psicología profunda, tiene su toque tangencial con idéntica ansiedad pudorosamente velada- de a la "recherche du temps perdu" del inolvidable Marcel Proust.

Sin embargo, hay diferencias de naturaleza y grado, pues lo que - al final- asistimos en Proust es a un "egoísmo metafísico" o "solipsismo" como diría Ferrater Mora, en cambio en Appleyard la subjetividad es intersubjetividad, esto es, no un bastarse a sí mismo sino un "trascenderse a sí". La intimidad en su caso "es una entrega de sí", una generosa dación de un tiempo intacto -perfecto- cuyo manantío no deja de brotar en su interior y regalar solidariamente su idealidad. Esto es muy característico del intimismo cristiano que Appleyard destila en sus mejores poemas. Su poema Yo tiene versos que alcanzan niveles de verdadera sublimidad:
 
 
Yo cuando siempre y por entonces mudo
 
abierto hasta el dolor, sin presentirlo
 
sol de mi sombra y amparado escudo,
 
aullantes de nostalgias mis sentidos,
 
yo sin saber, y oscuro retenido,
 
agitando rincones agoreros,
 
buscando entre las risas otros labios
 
de azucenas lloradas de aguaceros.
 

O los versos de su breve pero famoso poema: "ENTONCES ERA SIEMPRE".
 
 
Ya es ayer, pero entonces era siempre
 
un trasegar de horarios inmutables
 
desde la noche al sol.
 
Cada semana
 
era distinta e igual a la siguiente.
 
El niño desdeñaba el calendario
 
y su patrón reloj era el cansancio.
 
Edad sin equinoccios, sólo el tiempo
 
de ser feliz y entonces ignorarlo.

Tampoco fuera justo olvidar los versos que se agrupan en COLOFÓN ya que en sus breves expresiones está escrutada toda una filosofía existencial.
 
Todo puede volver,
 
pero este amargo corazón de patios
 
esta víscera ardiente que revuelca
 
su agónica vivencia entre la sangre,
 
que late, sueña, duele y se desvela,
 
este pedazo viejo de mi carne
 
adherida a un pasado,
 
apretujada a él como en un beso,
 
hacinante de ayeres,
 
adustamente mía,
 
esta víscera trágica y absurda
 
que se está yendo siempre
 
y que se aferra,
 
este pedazo de mi vida en siempre
 
necesita y no puede
 
regresar.

Los poemas que vendrán después no perderán el virtuosismo del verso -que es tan paradigmático en la obra de Appleyard- pero la espontaneidad y la intuición darán paso a poemas donde la sabiduría develaimpertérrita, los secretos del tiempo.

Así se lee en "SOLAMENTE LOS AÑOS".
 
Solamente los años nos permiten
 
conocer lo que acaso fue secreto,
 
los años nos invaden y nos dicen
 
qué poco resta, que transido hueco
 
aparece después de las murallas.

El tema central de la rica poesía de Appleyard, en sus innúmeras modulaciones, es el tiempo. El es un exiliado de su tiempo. EXUL UMBRA, el desterrado es una sombra, nos recuerda Julián Marías, para enseñarnos que el exilio es una condición antropológica del hombre y no un simple y llano trasterramiento.

Esta antología -en cuyo criterio selectivo no he participado- tiene suficiente entidad como para mostrarse representativa de uno de los más altos poetas de nuestra literatura contemporánea y también -por qué no decirlo- uno de los más puros prosistas del idioma.

ROQUE VALLEJOS.

 

 

 

Poesías del EL LABIO Y LA PALABRA


HAS VUELTO, VAGABUNDA

Yo no sé por qué has vuelto.

No lo sé, Vagabunda.

Quise haberte olvidado,

quise haberte dejado más allá de los cerros.

Has roto las distancias

y como esos juguetes

que uno cree haberlos perdido ya en la infancia,

apareces de nuevo

en un cajón dormido de un desván olvidado.


 
Otra vez, Vagabunda.

Con tu rostro hecho tiempo,

con tus manos de niebla que acarician y aman.

Vagabunda de siempre, tu cabellera loca

me cubre y me descubre solo, entre tanta gente

que no existe, que se ha ido, que se ha muerto.

Y en una duermevela que no es sueño ni vida,

te pienso, Vagabunda, tal cual eres, cual fuiste

antes de todo tiempo.

Cuando una tarde sola, hecha de loma y cielo,

llegaste hasta mis manos, corriendo con tus besos

y haciendo que ese día se convirtiese en viento

y ese viento en nostalgia. ¿Te acuerdas, Vagabunda?


 
Fuimos hasta el arroyo y floreció de berros,

fuimos hasta la casa y se llenó de mangos,

fuimos hasta la tarde y se llenó de estrellas

y en tus ojos la noche combinó los luceros

con los cantos de mayo,

y todo hubiese quedado como siempre si no fuera,

diablesa Vagabunda,

por tu regreso insólito.

Volviste hasta mi casa, volviste hasta mi cielo,

te tendiste de sombra en esa misma cama de mis sueños

y desde allí sonríes

hecha una sola cosa con la tenue caricia de las sábanas.

Siéntate, Vagabunda.

Tomaré un cigarrillo como aquellos de entonces,

y no lo fumaré.

Sencillamente lo tendré entre mis dedos

mientras me cuentas tú

tantas cosas de siempre que nunca las supiera.


 
Tu infancia, Vagabunda. Siempre eludes el tema

cuando yo lo planteo.

¿Dónde estuvo tu infancia?

¿En qué cerros lejanos dejaste tus juguetes?

¿Quién llevó tus muñecas en la Noche de Reyes

y quién puso tus sueños en tus ojos de niña

y quién rompió tu risa para hacer cascabeles?

Tantas cosas tú tienes que contar, Vagabunda,

que no habrá un solo tiempo para tu voz de niña

ni yo tendré distancia para saber que puedes

regresar cuando quiero.


 
Cuéntame cómo eras cuando cruzabas, loca,

las veredas del viento,

con las trenzas al aire, los pies descalzos, limpios

dejándole a la arena la huella de sus ecos.

Tus pies, mi Vagabunda,

que superando sombras te llevaban tan lejos:

tus pies alados casi, tus pies de niña siempre,

tus pies de adolescente,

de doncella en descanso,

de querubín dormido,

de arcángeles en celo.


 
Te callas, Vagabunda, y me miras y dices

con tus ojos las cosas que callas con tus labios.

Tus labios son el roce de beso apenas dado,

de una caricia tenue, de una gasa rosada,

de un delirio de días,

de una noche que sueña ser siempre madrugada.

Bésame, Vagabunda, ábreme las heridas,

destroza cicatrices, vente a mí, vente pronto

y deshace mis sueños,

borra con esos labios toda la sal ajena

de mis lágrimas truncas,

haz un camino eterno transitado tan sólo

por tus besos de nieve,

de nieve blanca y tibia,

de algodonosa bruma, de amanecer sin albas

de dolidos ponientes.

Así yo entre tus labios,

buscando una salida

para morir de sueños,

como una rosa mustia,

en esa comisura más pura de tu boca.

Bésame, Vagabunda, bésame como siempre,

llenándome de rosas los ojos y la frente,

poniendo una corolla de jazmines, de pámpanos

en mis sienes desiertas.

Bésame, no te muevas, hazme nuevo, de nuevo,

recupera mis años, junta los meses muertos,

rompe la cárcel pútrida con que me cerca el tiempo.

Y quédate conmigo, así, quieta, sin sombras,

como una orquídea nueva en este viejo tronco,

arrugado y rugoso, cuya savia transita

lenta y triste y sin fuerza.

Quédate, Vagabunda, tállame tú de nuevo,

pon en mis ojos verde,

pon en mis ojos sueño.

Sé viento entre mis ramas,

sé el ave de mis nidos,

sé la paloma nívea

que surque la tranquila claridad de mis cielos.


 
Ahora sé por qué has vuelto.

Me bastan tu mirada, tus ojos que me horadan

el pensamiento muerto.

Ya sin decirme nada, sin que tu boca rompa

el silencio que marca hoy todos mis momentos.

Así te estás quedando regresante y perenne,

como dueña de casa que me habitas y moras,

como anfitriona buena,

como esposa sin tacha,

como madre de un hijo

que se le ha vuelto grande

sin haber sido niño,

como el hada madrina de un hogar sin infantes,

como aquella hada buena con varita y encajes

cuyos velos filtraban la luz, el sol, el aire.


 
Te quedas, Vagabunda.

Ya lo sé, porque es tarde.

El corredor se ha vuelto de sombras y en la calle

los sonidos se vuelven más transidos de miedo

y los pasos de siempre

se detienen y vuelven a pasar por la misma

vereda de setiembre.


 
Con tus dedos de niebla enciendes los faroles.

Tu voz busca la música que de la tarde sale.

Te vas y entre mis libros

abres un viejo tomo

y te acomodas, dulce, te vuelves un recuerdo,

un viejo trébol mustio y amarillo y dormido.

Sin que yo me dé cuenta, te quedas en el libro,

te conviertes en trébol,

te vas, quedándote, en un libro de versos.


 
¡Mátame, Vagabunda,

sé un veneno en mis dedos

para que cada página del libro que no leo

se me torne un beleño!

¡Mátame, Vagabunda,

ya que sé por qué has vuelto!

Llévame hasta tus tierras,

a tu infancia, a tu reino

y allí de nuevo todo podrá ser lo que quiero:

un niño que en tus manos aprenda el alfabeto

en donde un verbo solo se construya y conjugue,

un verbo, Vagabunda,

que te diga: te quiero.

 


 
EL CEÑO DEL DICTADOR PERPETUO


¡Qué figura difícil!

¡Qué figura compleja!

Hay algo que me atrae en su ceño fruncido,

en su misión de Patria.


 
Fue honesto y minucioso

honesto hasta en lo mínimo.

No fraguó su conquista con gestas libertarias

pero hizo libre a un pueblo.

Duro, seco, inclemente hasta consigo mismo,

su única pasión fue un pueblo adolescente.


 
No fue ambiguo y su título de Dictador Perpetuo

lo recibió, valiente,

y con él gobernó como tal, con vigor de un asceta,

de un misógino puro

que impuso con su fría pasión de gobernante

el logro de su meta.


 
La historia aún no ha dictado

su fallo inapelable,

pero ya su figura se comienza a agrandar

en proporción directa al paso de los años.

Fue heridor de mi sangre, pero yo lo respeto:

cuando el Norte es tan alto,

no conviene aferrarse a privado recuerdo.


 
Seco, frío, implacable,

enigmático y triste,

su duro ceño indica no un carácter siniestro,

sino la voluntad hermética y tozuda

de liberar el suelo de tierra prometida

que es simplemente el nuestro.


 

 

EL LABIO Y LA PALABRA

Para Jerónimo Irala Burgos

 

Para que el labio acepte la palabra y el beso,

para que sepa, trémulo, la voz y su misterio;

para que pueda dar de sí mismo la fuerza

de ser el testimonio de ese pacto secreto;

para que los silencios congelen en la boca

la maldición naciente y el temido desprecio

y para que ese labio se nutra en la agonía

constante de la vida

para decir el Verbo,

para llegar a El,

pisando nuestra tierra, nuestro barro,

el camino de alimañas, infecto,

para ser, para siempre, el Otro redivivo,

es preciso vivir, pero vivir muriendo.


 
Porque ha llegado el tiempo que no ceja,

el tiempo que traspasa los sentidos,

el tiempo que era nuestro y sin embargo

se nos ha vuelto absurdamente extraño.

El tiempo, mi Señor, que nos transita,

incansable y fugaz, el tiempo nuevo

que al tocarnos la frente se convierte

en el recuerdo gris del tiempo viejo.


 
Yo necesito el labio y la palabra

para hablarte de Dios, mi compañero,

para hablarte de Ti, que me persigues

paciente y seguidor, de enero a enero.

Yo necesito el labio y la palabra,

necesito tu amor, la maravilla

de encontrarme a mí mismo en Tu sonrisa

que abona mi madero y me lo astilla.


 
He gastado los años de mi vida

buscando la verdad que Tú me diste.

La perdí no sé cuándo, como pierdo

las cosas que me son, que son mi origen.


 
Déjame la palabra, consérvame este labio,

aguárdame, no esperes que yo caiga

otra vez y otra vez,

porque mis llagas están hediendo ya.


 
El labio y la palabra...
 


¡Mátame, que de amor

se está tiñendo el alba!



 

Poesía de SOLAMENTE LOS AÑOS


 

SOLAMENTE LOS AÑOS

Solamente los años nos permiten

conocer lo que acaso fue secreto,

los años nos invaden y nos dicen

qué poco resta, que transido hueco

aparece después de las murallas.

Lo que queda otra vez es campo abierto,

una carne, una sonrisa declinante,

alguna trayectoria, la tristeza

de comprobar --no ya Tomás- las llagas

de un rostro que no fue, de una vileza

que engalanadas formas de un domingo

la hicieron como es, sólo una mueca.

 



Poesías de ENTONCES ERA SIEMPRE



LA LAGARTIJA MUERTA

Elegía

¿Habéis visto una lagartija muerta

cuya cola, dulcemente separada del cuerpo,

aún roba al movimiento sus imágenes curvas

y deja granos tibios de arena

como si fuera la rubricada forma de una muerte

que acechan desde tus viejas cavernas laboriosas

las trajinantes, ágiles hormigas?


 
¿Habéis visto a ese pequeño saurio

de vientre de mármol,

mármol que en la siesta

marcaba con su toque

la penosa argamasa uniente de ladrillos?


 
Ese pequeño saurio inofensivo,

dragoncillo de las inquietas curvas de la siesta,

jugando con la arena

su vieja vocación de cocodrillo antiguo

-oh maldito Esaú hastiado de lentejas-;

la lagartija joven,

Jacob de los reptiles

en constante erupción de su talento,

a quien la vida misma,

la austera madre tierra,

la comadrona práctica,

le ha dado

la armónica inquietud de los jardines;

esa pobre y sincera lagartija,

esa ondulante sombra de verano

cuyo amor con templaban,

impávidos y estérilmente tristes,

los sabios culantrillos,

oliendo a verde siempre,

en el discreto y oscuro country club de sus canteros;

esa lagartijilla

ha muerto asesinada

y ese lagarticidio

no encontrará una columna en los espacios

de las cloacales letras vespertinas,

no tendrá una nodriza

que llore acerbamente

sobre sus cuatro patas transitantes,

sus cuatro patas con temblor de manos,

de lirios tristes,

de jazmines cálidos,

sus cuatro patas manos cuyas huellas

son taquigráficos símbolos de hastío

en la barrida arena de los patios.


 
¿Habéis visto, decidme, ese cadáver

cuando la tarde presta, anochecida,

un velo de prudencia a nuestros pasos

y andamos recorriéndolo todo,

buscando alguna cosa

-los fósforos, la risa o el diario-?

¿Le habéis visto

ya rígido, sereno,

azulmente cadáver,

sin estola ni cruz, ni plañideras?


 
¿Habéis visto esa muerte

en la opaca mudez de sus pupilas?

¿Habéis visto esa muerte que se ceba

estéril en la dulce,

en la perfecta y pura anatomía

de este reptil amante de las siestas,

del sol,

del movimiento y la armonía?


 
¿Habéis visto, decidme, tanta muerte

saciándose maligna

en la intocada,

adolescente y pura lagartija?

 


COLOFÓN

 

Todo puede volver,

pero este amargo corazón de patios,

esta víscera ardiente que revuelca

su agónica vivencia entre la sangre,

que late, sueña, duele y se desvela,

este pedazo viejo de mi carne

adherida a un pasado,

apretujada a él como en un beso,

hacinante de ayeres,

adustamente mía,

esta víscera trágica y absurda

que se está yendo siempre

y que se aferra,

este pedazo de mi vida en siempre

necesita y no puede

regresar.


 
Huyen las tardes,

laten los veranos,

los perros muerden el osario cárdeno

de la desesperación de los crepúsculos.

Las viejas cuentas de gastados brillos

amparan la mudez de los rosarios,

la tarde, el tiempo, el sol, la lluvia, el viento,

las palabras amargas,

los ojos que miraban y se han ido

y dentro de mí mismo,

crepitante,

este reloj de carne que se muere,

que sigue yendo siempre,

que sigue trajinando,

este pedazo de mi vida en siempre

necesita y no puede

regresar.

 

 

 

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