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CARLOS ANÍBAL PERIS


  GENEALOGÍA DE LA DOMINACIÓN: PODERES APLICADOS EN LA HISTORIA PARAGUAYA - Por CARLOS ANÍBAL PERIS


GENEALOGÍA DE LA DOMINACIÓN: PODERES APLICADOS EN LA HISTORIA PARAGUAYA - Por CARLOS ANÍBAL PERIS

GENEALOGÍA DE LA DOMINACIÓN: PODERES APLICADOS EN LA HISTORIA PARAGUAYA

 

CARLOS ANÍBAL PERIS




RESUMEN

Hartas sanciones sufrían los culpables en la Edad Media. Toda una maquinaria de tortura esperaba al hereje para su destino final. Estos actos, además de ser bárbaros, se realizaban públicamente; los suplicios y la humillación eran episodios normales en aquellos días. Era aplicado entonces el poder duro, aquel que no dialoga sino que se ejecuta mediante la violencia. Sin embargo, la cara mostrada no era muy buena y, por lo tanto, el control social era inefectivo. Fue así como este tipo de hábito se convirtió en uno de características racionales, el cual resultó más eficiente, pues se pasó a la vigilancia activa y disciplinaria: “No se juzgan más los cuerpos, sino las almas”. Es esta una de las máximas del pensador francés Michel Foucault que el presente trabajo ha pretendido destacar. Aquel que se justifica desde el cambio de episteme, a través de un nuevo tipo de saber que genera, a su vez, formas novedosas de aplicar un poder determinado. Se analizó, el paso del poder duro al blando mediante ejemplos de la historia paraguaya. Se tomó como punto de referencia el actuar de los conquistadores españoles, que luego de un buen tiempo de pisar estas tierras, descubrieron que el poder pastoral es más efectivo que el de las armas para generar dominio y sumisión sobre los otros.

Palabras clave:

Poder - Saber - Dominio - Castigo - Historia del Paraguay - Sumisión - Nativos.



“Se te repite que si bien tú no ejerces el poder, pues, sin embargo eres soberano, incluso:

cuanto más renuncies a ejercerlo, más libre y autónomo serás.”

Michel Foucault


1. Introducción

Existen diferentes formas de abordar la historia y, más importante, los acontecimientos que ocurrieron dentro de ella. La primera, la más simple y escolástica, consiste en relatar los hechos según el año o periodo histórico al cual pertenecen; la otra, explica desde la óptica continua o discontinua si los acontecimientos responden o no, a una serie de factores determinantes. Sin embargo, desde la perspectiva foucaultiana, la historia debería ser examinada desde las ideas, aquellas que representan un poder con un tipo de tecnología a ser aplicada. La historia para Foucault es, desde una aproximación lejana, discontinua, pero más aun, una lucha de poderes en la cual, utilizada una metodología genealógica, se podría obtener una verdadera aproximación a los acontecimientos humanos, que en definitiva, no son más que cambios de paradigmas epistémicos.

Es una afirmación clave en Michel Foucault, aquella que realiza en su libro “Las Palabras y las Cosas”, [1], donde determina que el “hombre ha muerto”. Esta idea se encuentra inspirada por el anterior pensamiento de Nietzsche que asevera la inexistencia del Ser Superior: “Se descubre entonces  que  la muerte  de Dios  y  el  último  hombre  han  partido: ¿acaso no es el último hombre el que anuncia que ha matado a Dios, colocando así su lenguaje, su pensamiento, su risa, en el espacio del Dios ya muerto, pero aquel que ha matado a Dios y cuya existencia implica la libertad y la decisión de este asesinato?” [2]

Pensar en el fallecimiento de ambos, implica romper con aquel hombre que se encontraba centralizado y dominando, aquel que elaboró Descartes en su “Discurso del Método”, ese mismo que afirmaba: “Yo pienso, domino a la historia y soy yo el principal y único autor de la realidad”. Para Foucault esto ya no ocurre más, pues se debe quitar el sujeto del hombre y entender que el ser humano es solo una parte de la trama histórica en la que se encuentra inmerso. Así, descentraliza al individuo y lo coloca dentro de las estructuras [3]. El ser humano no es el que crea, sino el que es concebido, aquel que la realidad lo constituye y al que debe entenderse “no como individuo, sino más bien, como un conjunto de procesos”.

Existe, sin embargo, un significado aun más profundo en la expresión antes expuesta. Para el pensador francés, el hombre ha muerto varias veces. De hecho cada vez que ha existido una mutación en el campo del saber, el hombre de una época ha desaparecido [4]. Ya en el mundo de Foucault, aquel de su tiempo y espacio, con la aparición del psicoanálisis, la formalización del lenguaje y de la literatura y la muerte de Dios promulgada por Nietzsche, se ha acabado con un tipo de episteme,  produciéndose una mutación de saberes.

El presente trabajo destaca el pensamiento foucaultiano que se justifica desde el cambio de episteme a través de un nuevo tipo de saber que genera, a su vez, formas novedosas de aplicar un poder determinado. De hecho analiza, mediante ejemplos en la historia paraguaya, el paso del poder duro, aquel que juzga los cuerpos mediante el castigo físico, al poder blando, donde se castigan las almas. Se articula el presente ensayo, primeramente, con una fuerte parte conceptual teórica, para luego pasar a ejemplos claros dentro de las crónicas del Paraguay. Se toma como punto de referencia el actuar de los conquistadores españoles, que luego de un buen tiempo de pisar estas tierras, descubrieron que el poder pastoral es más efectivo que el de las armas para generar dominio y sumisión sobre los otros.

 


2. Algunas consideraciones sobre el poder

Entre el 21 y el 23 de mayo de 1973, Michel Foucault organizó cinco conferencias a las cuales denominó: “La verdad y las formas jurídicas”. En las mismas, el filósofo prentendió demostrar que las condiciones políticas y económicas de existencia no son un velo o un obstáculo para el sujeto de conocimiento, sino por el contrario lo forman, y por consiguiente también a las relaciones de verdad. En definitiva, no puede haber ciertos tipos de sujetos de conocimiento, órdenes de verdad, campos del saber, sino a partir de las condiciones políticas, pues estas son la base en la que se forman.

En su segunda conferencia [5], tomando como ejemplo la Iliada, específicamente el conflicto entre Antíloco y Menelao, abordó sobre la construcción del poder según el acceso de verdad que se obtenga. Aquí, Homero relata la competencia por obtener el poder entre ambos personajes. La misma se desarrolla a través de una carrera de carros, donde Antíloco sale vencedor. Menelao, ante la derrota, lo desafía de la siguiente manera: “Apoyad vuestra mano derecha sobre la frente de  vuestro caballo, tened vuestro látigo con la mano izquierda y jurad ante Zeus que no habéis cometido ninguna irregularidad”; es entonces cuando Antíloco renuncia a la prueba, renuncia a jurar y así reconoce que cometió la irregularidad por la cual es acusado.

El procedimiento descrito por Homero en la Ilíada, para Foucault representa una forma de obtener la verdad de manera única e irrepetible, pues no se puede llegar a la misma haciendo valer un juego bien elegido de pasiones y valores, jurando delante de un otro: público o Dios; en resumen, lo que estamos dispuestos a afirmar en ciertas circunstancias, no puede seguir afirmándose en otras más solemnes, más arriesgadas. La verdad, para el pensador, solo se logra si está estrictamente ligada a un método. Sin embargo, el método no es lo único que la define, pues esta se encuentra estrechamente ligada al poder.

Dentro de la misma historia, Foucault insiste en otro punto: Menelao, a consecuencia de la pérdida y deseoso de conservar aquel poder que le fue difícil conquistar, no dispuesto a compartirlo ni cederlo, lanza el desafío. Por su parte, Antíloco, ante la magnitud de tan enorme provocación, no está seguro de su inocencia y decide desertar la victoria. Menelao consigue lo deseado. El poder aquí es vacío: atrae, no se goza de él en el momento en el que se lo posee, solo se puede recordar que se poseyó en el momento en el que se lo pierde.

El poder, por consiguiente, es la capacidad que se tiene para moldear las conciencias; dicho de otra manera, poder es todo aquello que forma las subjetividades en los sujetos. Es así como el  poder crea la verdad. La verdad no es algo universal, ya que ante un hecho hay diferentes interpretaciones. El poderío existe, cuando se logra imponer una interpretación. Justo aquí, se devela su acción. Poder no solamente es el que reprime, también es aquel que ve, controla, seduce, impone, induce y domina.

 

3. Sociedades disciplinarias, la razón instrumentalizada

Según la perspectiva de Michel Foucault, el principal objetivo de todo cientista social no es abordar exclusivamente el poder, más bien, consiste en elaborar una crítica seria y fundamentada sobre los diferentes procesos sociales. El análisis debe realizarse mediante la discusión de los saberes que la actualidad y la historia, habrían establecido como verdaderos, pues, solo de esta forma, se podría llegar a comprender la realidad.

En la revisión temporal, se puede encontrar que el máximo nivel de racionalización se presentó en la conformación de las “sociedades disciplinarias” con sus instituciones, las cuales imponían su poder mediante la disciplina, o mejor dicho “a razón de” la disciplina, estructurando los parámetros y límites del pensamiento y la práctica, sancionando y prescribiendo los comportamientos normales y/o desviados. Desde este punto de vista, se observa cómo los procesos de desarrollo han tenido base en el poder de la razón; una razón que, para Foucault, no solo fue utilizada para dominar a la naturaleza, sino que, además, ha sido focalizada para conquistar a los seres humanos.

En este sentido, las “sociedades disciplinarias” son mejor entendidas desde la locura o el crimen. En el caso de la primera, no existe otra cosa que ubique en peligro a la razón [6] como lo hace el manicomio, aquel lugar donde la sociedad racional aísla a los enfermos mentales; lo mismo ocurre en cuanto al crimen, a través de las prisiones, se castiga y se aparta al que infringió la Ley o al que se ha salido de la norma. Estos dos establecimientos han sistematizado lógicamente los comportamientos del hombre ante organismos correctivos.

En la dimensión política, la razón se ha traducido mediante la creación del Estado, aquella instauración que afirma: “Si bien tú no ejerces el poder, pues sin embargo eres soberano, incluso: cuanto más renuncies a ejercerlo más libre y autónomo serás” [7]. La relación entre el ser humano y el Estado, es lo que para Foucault se ha definido dentro del “poder pastoral”; el pastor es el dueño de la manada y el que la domina, esto se debe a la resignación del individuo confesando sus pecados. Es así como se crea una dependencia del poder, fundamentada en la desigualdad. Sin embargo, en el devenir del tiempo, la supremacía ya no se encuentra en la Iglesia sino en los saberes e instituciones del Estado.

En consecuencia, se han inventado soberanías sometidas: el alma (soberana sobre el cuerpo y sometida a la moral), la conciencia (soberana al orden del juicio y sometida al orden de la verdad), el individuo (soberano titular de sus derechos y sometido a leyes de la sociedad) y la libertad fundamental (interiormente soberana y exteriormente aceptando su destino). Es por esto que la principal crítica debe ser al saber racional, que ha obstruido el deseo y la libertad excluyéndolos de la esencia de la naturaleza humana.

Hoy el hombre ya no es aquel que piensa o que se encuentra en el centro, dominando la realidad. Se ha establecido una tendencia enferma e insistente por instituir procesos de racionalidad. Se ha subjetivado al sujeto, reduciéndolo a materia pura; en otras palabras, se ha construido un sujeto cosificado.

 

4. El dominio de la razón: el poder de la palabra

Para Michel Foucault el conocimiento genera poder. Esto se realiza, como se explicó en la sección anterior, cuando las personas son convertidas en sujetos y se las gobierna mediante el uso de un tipo de saber. En el mundo de las ciencias, por ejemplo, este conocimiento se reproducirá como el discurso científico. Todo discurso, a su vez, tiene un tipo de tecnología que es propia de él. El transcurso de la historia se basa en el abandono de un sistema de dominación por otro, construido a partir del conocimiento.

De hecho, para el filósofo francés, este cambio de poder se presentó entre los años 1757 y 1830, período en el cual se sustituyeron las torturas de los prisioneros en las cárceles, por el control mediante normas carcelarias. No fue un acto de benevolencia de quienes dirigían las prisiones de la época, fue una racionalización del tipo de poder que llevaban para una mejor dominación. El castigo se comenzó a racionalizar, pues la tortura ya no era un buen negocio. El antiguo suplicio de los prisioneros solía demostrarse públicamente, pero no era una buena economía del poder, pues tendía a suscitar desasosiego entre los espectadores. Así, se determinó aplicar un trato más humanizado a los carcelarios, una sociabilidad menos dolorosa, desagradable y cruel. La tortura se mudó a una vigilancia establecida por las normas; en síntesis, se pasó del ejercicio del poder duro al ejercicio del poder blando. Ya no se juzgaban los cuerpos, se juzgaban las almas.

Según Foucault, el poder blando se fue incorporando hacia mediados de 1700 y comienzos de 1800. Sin embargo, los orígenes podrían ser mucho más profundos y lejanos en los sucesos de la historia paraguaya.

Falso es aquel mito de que el Paraguay fue un territorio de fácil conquista y posterior colonización. La realidad fue otra; de hecho, los españoles  al pisar estas tierras se encontraron con más de diez grupos de nativos que fueron presentando diferentes grados de resistencia. Los indígenas plantearon una fuerte lucha a la dominación española.

Los ibéricos recurrieron, al comienzo, a la implementación del poder duro para dominar a los “seres inferiores”. Esta técnica no resultó ser muy efectiva, ya que cada vez corría más y más sangre de ambos lados. Al final, se terminó aplicando el poder blando. El poder de las armas quedó suplantado por el poder de los evangelios. Desde ahí la conquista y la colonización presentaron una cierta facilidad en su desarrollo.

El primer alzamiento conocido de los guaraníes se manifestó entre los años 1542 y 1543. En su carta al rey, Irala informaba que recibió la orden de apresar al cacique principal, llamado Aracaré, por la rebelión de los guarambarenses. En ese entonces, una práctica común consistía en capturar y utilizar a los guaraníes como tropas de avanzada en un territorio hostil que aún no era conocido. Ante esta realidad, los conquistados se rebelaron a las órdenes y volvieron por instigación y amotinamiento fomentados por el mismo cacique rebelde. Este hecho, de suma importancia, representó la inaugural negación al servicio militar auxiliar de los españoles, pero, además, la primera resistencia registrada.

Por otra parte, el caso más conocido de sublevación de los indígenas hacia sus conquistadores fue el que ocurrió en épocas del gobierno de Francisco Ortiz de Vergara. Vergara hizo regresar la armada de Gonzalo Casco debido a los cruentos ataques que sufría su pueblo invasor. Los indios acostumbraban a atacar a los españoles con dardos venenosos. Dos hermanos, hijos de un cacique principal llamado Curupiratí, eran quienes principalmente fomentaban la sublevación de su pueblo contra el insufrible yugo de los conquistadores. Los españoles, ante este tipo de ataques, fueron muriendo, en especial aquellos que se encontraban hacia la campaña. Francisco Ortiz intentó negociar con ellos mediante la intervención de sus amigos caciques de otros pueblos, pero su táctica no dio resultado. Se llegó así a las armas, el ejército español junto con pueblos enemigos de los guaraníes formaron en total más de 2.000 hombres en sus filas. La guerra fue sangrienta y ambos bandos sufrieron grandes pérdidas. Los españoles, cuando acorralaron al ejército rebelde intentaron, una vez más, lograr la paz, pero los nativos no aceptaron e insultaron a cuanto español podían.

Incluso, a mediados del siglo XVII, cuando los nativos ya se veían diezmados por la superioridad tecnológica que traían los españoles, produjeron algunos alzamientos bien localizados. Cuando el gobernador de Valverde realizó su visita a Caazapá y Yuty en 1657, los guaraníes se alborotaron, protestaron contra el empadronamiento y tomaron armas; los dominaba el temor de la “saca de indios”de los pueblos para diferentes obras públicas y beneficios de yerba; el cura doctrinero logró aplacar el alzamiento y el pueblo no sufrió castigo alguno, hecho que luego se mencionaba como negativo y de mal ejemplo en ocasión del alzamiento de los guaraníes de Arecayá.

Los tres ejemplos anteriores [8] nos muestran la resistencia que presentaban algunos pueblos nativos de estas tierras. El desprecio que tenía el indígena hacia el conquistador ibérico era terrible. La antropofagia guaraní se practicaba con mayor placer cuando la víctima era un español. La carne española tenía un valor especial, aquel basado en el espíritu de venganza, propio del pueblo guaraní, contra el hombre que intenta conquistar algo que no es suyo. Durante años, episodios similares ocurrieron por esta zona. Los indios no escarmentaban ante las armas y el poder duro ejercido por los españoles. Fue ahí, quizás, cuando estos hombres se dieron cuenta de que la violencia genera más violencia. Así, el poder evangelizador, el poder blando y de características “racionales”, se convirtió en el método de conquista y posterior colonización.

Vinieron entonces al Paraguay los héroes pacíficos, amigos de la humanidad, cuyo destino era consolarla. Los nombres principales eran fray Alonso de San Buenaventura y fray Luis Bolaños. Ante los indígenas se presentaban de forma tierna y respetuosa. Ya no existían más escenas de terror, suplicio y sangre. Siendo humanos, justos y predicando una religión indulgente con los débiles lograron una eficiencia jamás antes pensada en la conquista. Los nativos no tuvieron más remedio, se rindieron a su persuasión y abandonaron sus creencias.

Llegaron, después, otras órdenes religiosas. Se crearon las reducciones y se alzaron más de cuarenta templos al Dios que traían consigo estos hombres. Luego vino la colonización y el método de vigilar resultó ser un proceso positivo. Los jesuitas fueron los que más desarrollaron esta técnica. Construyeron sus doctrinas de una forma tal que siempre podían patrullarlos. Enseñaban el oficio artesanal, la cultura cristiana y los “protegían de los abusos” que se cometían afuera de estas reducciones. Todo estaba en orden, los indígenas se encontraban bajo calma. Así fueron trabajando forzosamente sin darse cuenta de que lo estaban haciendo. De hecho, los principales explotadores de la yerba mate fueron los jesuitas.

Este nuevo sistema no pretendía ser más humano, sino dominar mejor; insertar más profundamente en el cuerpo social el poder de reducir al otro. A diferencia de la implementación de las armas, este poder y su nueva tecnología abarcan a más personas y era más eficaz, más impersonal, más invariable y sombrío.

Pero incluso una aplicación de este tipo de poder, representó establecer una dominación que trasciende a los individuos y se instala de generación en generación, a lo que Foucault denomina microfísica del poder. Aquí la dinámica del poder es multidireccional y funciona en red. Foucault prefiere concentrarse en los niveles más bajos, allí donde la microfísica del poder trasmuta nuestro cuerpo. Por ejemplo, en este caso, los indígenas aceptaron ser reducidos por los pastores, pasando esta idea a sus decendientes sin pretexto alguno, aceptando un destino ya hasta normal.

Efectivamente, desde entonces, la resistencia de los guaraníes solamente pudo ser pasiva, ya prácticamente inexistente: huidas de la provincia, dispersiones por los montes, omisiones del servicio, ineficiencia en los trabajos; las inquietudes que se manifestaron ocasionalmente en alguno que otro pueblo, tenían ya el simple carácter de tumultos pueblerinos.

 


5. Conclusión

El presente trabajo ha utilizado la perspectiva genealógica de Foucault. Aquella que propone que la racionalidad se encuentra vinculada a relaciones de poder materializadas en prácticas institucionales. Foucault contribuyó a ofrecer una historia de los procedimientos de subjetivación del individuo en el trascurso de la sociedad. Para el filósofo hay una distinción entre el poder disciplinar, que se concibe más bien como individualizante, como una tecnología hacia un sujeto. Es una relación uno a uno. En contraste con el poder pastoral, que obtiene el consentimiento, subyugando mediante la persuasión.

En el caso de Paraguay, en los ejemplos antes expuestos, se observan los frutos verdaderos que produjo la predicación de algunos valores apostólicos. Esta historia demostró, más que enfáticamente, que para dominar a los hombres es más eficaz la blandura y la persuasión, que la fuerza y el temor. Michel Foucault nos dirá: El castigo se racionalizó bajo el discurso de los evangelios, y se pasó del castigo cruel a la vigilancia disciplinaria. Esta lógica de aplicación de poder se basa en disfrazarse de humanistas, para calmar los espíritus de los dominados, y hacerles creer que viven una realidad no sometida.

Por último, desde la perspectiva foucaultiana, la aproximación hacia el pasado pasa por alto la tendencia a entender la forma en que este nos muestra el presente, y más bien, busca develar qué tienen esas épocas de diferentes y qué es lo ajeno a nuestro presente. En este sentido, la mirada al pasado exploraría lo extraño, las carencias de sentido o lo incomprensible que nos permitiría reconocernos en ellas. La idea de poder en Foucault se encuentra esparcida en toda la vida social. Los primeros mecanismos de poder o de biopoder en la lógica del pensador, son los que permiten reglamentar qué es verdad y qué no es verdad. En este sentido, los intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, son sus agentes de propagación.



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[1] Publicado en el año 1966.

[2] Pag. 375. Las Ciencias Humanas. Las Palabras y las Cosas. Michel Foucault.

[3] Estructuras del lenguaje, estructuras discursivas.

[4 ]Pág. 355. Edgardo Castro. El vocabulario de Michel Foucault.

[5] Que se presenta como una reflexión sobre la obra de Sófocles “Edipo Rey”.

[6]Si queremos estudiar la verdad, hagámoslo desde la locura; si queremos analizar las leyes, enfoquémonos en el crimen” - Michel Foucault, 1972.

[7] Pág. 42: Microfísica del Poder (1986), Michel Foucault.

[8] Ver “El Indio Colonial Del Paraguay”, por Branislava Susnik.

 

 

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