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JOSÉ ARTURO ALSINA


  LA SOMBRA DE LA ESTATUA - ACTO PRIMERO (Drama de José Arturo Alsina)


LA SOMBRA DE LA ESTATUA - ACTO PRIMERO (Drama de José Arturo Alsina)
LA SOMBRA DE LA ESTATUA
DRAMA IRREAL EN TRES ACTOS*
Teatro de JOSÉ ARTURO ALSINA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
 

*Esta obra fue leída públicamente el 22 de noviembre de 1974, en el auditorio de Radio Cháritas de Asunción, por el elenco del Ateneo Paraguayo y convidados, bajo la dirección de Mario Prono y María Elisa Sachero, en un homenaje al autor organizado por la Muestra Paraguaya de Teatro
 
PERSONAJES
GLORIA / UN HOMBRE DESCONOCIDO / LEONARDO / NIÑO / JUAN CRISTOBAL / NIÑA
 
ACTO PRIMERO
Despacho privado en un establecimiento rural. Su moblaje propio de una oficina administrativa se armoniza, en sobriedad y buen gusto, con elementos decorativos que, a la vez, le conceden un carácter de convivencia familiar.
Al foro un gran retrato al oleo de una mujer joven y hermosa, rubia, de ojos azules. En la lateral derecha, un gran ventanal; a la izquierda, en primer término, puerta practicable y en su otro extremo un pasillo de acceso al exterior. Entre puerta y pasillo, una estufa en cuya repisa, al lado de alguna estatuilla, se asienta un juego de agua. A un costado del pasillo una percha de la que penden impermeables, sombreros y paraguas.
Es un día gris de invierno en que una llovizna persistente pone una nota gris en la anticipada penumbra en que se diluye el recinto.
 
ESCENA PRIMERA
Leonardo y Gloria
(Al levantarse el telón Leonardo, abatido, colgara el auricular del teléfono, mientras Gloria, que ha entrado por lateral izquierda permanece en actitud expectante, apoyándose de espaldas a la puerta que acaba de cerrar.)
GLORIA: (Acongojada, poniendo fin a un silencio expectante) ¿Has conseguido comunicarte, Leonardo?
LEONARDO: Sí Gloria. Confirman la noticia. Sera menester partir de inmediato.
GLORIA: Sin ocultaciones, ¿qué es lo que ha ocurrido?
LEONARDO: Por la urgencia del llamado sospecho que su estado es grave. Dicen que ha sido la única víctima de un accidente automovilístico. Se han negado a proporcionarme más datos. (Nerviosamente se dirige hacia la ventana y observa) Sigue cayendo una llovizna monótona, persistente. (Con enojo) Debemos seguir esperando. El improvisado campo de aviación está anegado... Los caminos, intransitables.
GLORIA: No te impacientes. Todo está dispuesto para nuestra partida en el tren de las ocho.
LEONARDO: (Que aumenta su excitación) Si llegáramos tarde... i Si no pudiera hablar con ella antes!
GLORIA: ¿En qué piensas? ¿En su muerte, acaso?
LEONARDO: No... Sólo fue un mal pensamiento que se ha desvanecido en la bruma del cerebro.
GLORIA: Te desconozco. ¿Has dejado de ser, por ventura. el varón fuerte?
LEONARDO: Eso es lo que fui un día... Lo que todos creían que era, lo que yo mismo creía... Fuerte y audaz para luchar con los hombres, para dominarlos y vencerlos... pero esto es un fantasma creado por la adversidad.
GLORIA: Conoces a tu mujer. En ella nada es inesperado.
LEONARDO: (Reconcentrado. Sombrío) Y si hubiera ocurrido lo peor. (Breve silencio durante cuyo lapso se pasea a pasos cortos por la estancia. Enciende nervioso un cigarrillo y luego, agobiado, se sienta) ¡Que agotadora lentitud la de esta espera! (Hablando en voz baja como consigo mismo) ¡Cómo vivir! ¿Cómo seguir viviendo en esta soledad?
GLORIA: (Después de corta pausa) ¿Soledad has dicho? (Con un dejo de angustia) ¿Y los niños...? ¿Y yo ...? Tan poco significamos...? ¿Tan poco significo en esta casa...?
LEONARDO: Perdóname, es que el dolor tiene sus olvides... ¿Es que si fuera só1o el dolor... ? Es que hay mas...¿Quién tendrá el poder de cicatrizar mis heridas, sí, a ti puedo decírtelo, las heridas de mi orgullo herido? Ni tú, ni nadie.
GLORIA: Intuyo lo que piensas. (Con aire de contrariedad) No olvides que es mi hermana.
LEONARDO: (Se ha puesto de pie, reanuda el diálogo después de un corto silencio y fija largamente su mirada en Gloria) Tan iguales y tan distintas a la vez. Ella rubia, de ojos azules; tu, morena de ojos negros y cabellera renegrida. En tus labios la sonrisa serena, en los de ella la carcajada cristalina. En tu voz el salmo, en los de ella el canto. Iguales facciones, idénticas formas, la misma estatura. A lo lejos, puesta la una al lado de la otra, parecían estatuas gemelas.
GLORIA: No, Leonardo. Yo sólo fui la sombra.
LEONARDO: (Como si no oyera) Por contraste, ¡qué almas distintas os animan! Tú eres la bondad que consuela; ella, en cambio...
GLORIA: Sella tus labios en esta hora de prueba. Sé lo que acostumbras decir en tus lamentables reacciones.
LEONARDO: Es la pasión que consume consumiéndose, el egoísmo, la vanidad.
GLORIA: Egoísmo de mujer amada, vanidad de mujer hermosa.
LEONARDO: (En desgarradora confidencia) Y ahora ¿qué podrías decir de ella ahora?
LEONARDO: Quiero que me escuches serenamente. Ahora es la certeza la que me abruma.
GLORIA: Ella es el hechizo, el único amor que ilumino tu alma.
LEONARDO: (Vencido) A pesar de todo lo es... (Ansioso) o lo fue.
GLORIA: Hechizo que engendra tu gran dolor de hoy.
LEONARDO: El único, el único dolor verdadero.
GLORIA: El único dolor posible para tu corazón empedernido.
LEONARDO: (Breve silencio. En voz baja y honda) Me posee un frío extraño.
GLORIA: (Disponiéndose a encender el fuego de la estufa) Debe ser el viento sur que con sus ráfagas heladas anuncia el fin de esta lluvia…
LEONARDO: (Se ha interrumpido el dialogo mientras Gloria prosigue su labor de encender la estufa. Inconsciente, amnésico, como despertando de un letargo) Dime, Gloria, durante este aparente silencio ¿no has escuchado una voz?
GLORIA: (Puesta en cuclillas, animando la brasa, de pronto levanta la cabeza extrañamente)   Es que las sombras también hablan... Las sombras también oyen... ¿Decías que un frío extraño...?
LEONARDO: (Introspectivo) La otra nunca encendió el fuego de la estufa. (A Gloria) Es un frío que pace en lo hondo y en lo hondo muere. (En este momento se detiene el péndulo del reloj. Se diría que ha rozado el alma un ala helada. Transición en acrecentada excitación)                 Ese hombre debe conocer la verdad. (Se dirige al teléfono. Disca. Luego habla atropelladamente) Sí con usted, precisamente. El día que mi señora estuvo en la administración para retirar los valores ¿habló a larga distancia? Sí, usted me lo aseguró. ¿No pudo indagar con quien hablaba? ¿Ni tampoco pudo oír lo que decía? ¿Que su rostro parecía alterado? Prosiga, prosiga, por favor... (Visiblemente sorprendido) ¿Que la vio llorar? ¿Está seguro que la vio llorar?
GLORIA: (Arrebatándole con suave energía el auricular) Esto no es digno de ti. Enturbias con insensata ruindad las fuentes de tu dolor.
LEONARDO: No había llorado nunca... Aquel día lloró sin ocultar sus lágrimas. (Mirando el ventanal) Afuera el crepúsculo gris que precede a la sombra de la noche.
GLORIA: De la sombra negra que persiguiendo a lo que vive engendra las fantasmales sombras de la muerte. (Se dirige a encender la luz)
LEONARDO: (Deteniéndola) No enciendas aun la luz. ¡Quiero evocar en la penumbra la imagen de los que moraron en esta casa!
GLORIA: La casa solariega de los varones de casta. Este fue nuestro mundo cerrado y estrecho que aprisionó nuestra débil pequeñez...
LEONARDO: Del que solo ella consiguió liberarse. (Sale Gloria, al salir enciende la luz)
 
ESCENA SEGUNDA
Leonardo y Juan Cristóbal
(Juan Cristóbal aparece desde el vano del pasillo como contestando a lo que acaba de decir Leonardo)
JUAN CRISTOBAL: ¡Só1o ella y yo!
LEONARDO: (Con sorpresa primero, con frialdad después) ,Juan Cristóbal! ¿Tu aquí?
JUAN CRISTOBAL: (Tratando de sonreír) ¿Te extraña mi presencia? (Pausa interrumpida por un acceso de tos) ¿Puedo entrar? (Al no recibir contestaci6n inmediata da un Paso atrás) Lo presentía... Ella sigue separándonos irreparablemente... (Habla con dificultad de asmático) Quería acompañarte ahora que ella sufre... (Se sofoca) y por el tiempo indispensable... No importa... Esperaré... Afuera... Falta una hora para la partida del tren... (Se sofoca de nuevo)
LEONARDO: (Ayudándolo a trasponer el umbral del pasillo, sin dejar de traslucir afecto) Somos hermanos. A pesar de lo que entonces ocurrió, no hemos dejado de serlo.
JUAN CRISTOBAL: Lo fuimos por la fatalidad de la sangre, nunca por el espíritu. (Se sienta en un sillón) ¡Agua, por favor, agua! (Leonardo le da de beber) Gracias, en la montana parecía curado, pero aquí... en el valle me falta aire... No debía haber venido. Si no fuera por los recuerdos, este sería un mundo muerto para mí... i Ah, los recuerdos pululan en mi alma como los gusanos en la carne herida!
LEONARDO: (Con atenuado tono de reconvención) ¿Has venido a recordarme el pasado?
JUAN CRISTOBAL: Quizás contra mi voluntad... Nuestras vidas fueron divergentes. Tú a tus empresas; yo a mi montana... Tu lema fue el oro y el acero, la acción, el poder, el dinero... ¡Poseer, poseer! Yo ni siquiera tuve un lema, solamente opté por un hecho sencillo: vivir, simplemente vivir.
LEONARDO: (Con ironía) ¡En la soledad y en el olvido!
JUAN CRISTOBAL: ¡Rodeado de recuerdos y de luces extrañas!
LEONARDO: (Con idéntica ironía) Eres el señor de las montanas.
JUAN CRISTOBAL: Que ha bajado al valle para acercarse a tu corazón sangrante. Cuando esta tarde Gloria me hizo saber lo que acontece, decidí el viaje. Temía que mi presencia pudiera parecerte la imagen viva del pasado. (Fijándose en el retrato y haciendo un gesto de disgusto al señalarlo) Allí estaba el retrato de nuestra madre... Comprendo, ninguna mujer, ni viva ni muerta, pudo permanecer a su lado.
LEONARDO: (Asintiendo con una inclinación de cabeza) Sí, ella fue.
JUAN CRISTOBAL: (Mientras rememora va observando Io que le rodea) Sólo se conserva el viejo reloj de los abuelos españoles. Paralizó su marcha a la hora exacta en que el corazón se detuvo fulminado por un sincope, sobre el viejo diván ahora ausente de la estancia... Convinimos en que nunca lo pondríamos en movimiento... Más, llego ella...
LEONARDO: (Con evidente impaciencia, elevando el tono de la voz) Sí, Juan Cristóbal, ¡ella!
JUAN CRISTOBAL: (Mordaz) Era natural... el tiempo no podía detener su curso.
LEONARDO: (Mira el reloj con amarga sorpresa y lo confronta con el de pulsera que lleva puesto. Con voz ronca) Lo has notado, el reloj ha vuelto a detenerse... No... No puede ser...
JUANCRISTOBAL: (Después de un momento de expectación cuando Leonardo se dirige impaciente hacia el reloj) Deja inmóviles las manecillas del destino. (Interponiéndosele cuando pone la mano en el teléfono) No corras en busca de la verdad cuando la verdad vuela hacia ti...
LEONARDO: (Evidentemente, su condición de hombre dominador se abre paso venciendo la débil resistencia de Juan Cristóbal. Toma el auricular y se dispone a obtenerla comunicación) ¿O es que tú crees capaz de torcer mi voluntad?
JUAN CRISTOBAL: No, absolutamente, no... Acabas de conocerte a ti mismo: No eres el hombre fuerte que aparentas ser. (Disponiéndose a partir) Me resta darte las gracias por tu hospitalidad, acaso forzada hospitalidad.
LEONARDO: (Al notar la actitud decidida de su hermano, apresurado deja colgado el auricular y corre hacia él) ¿Es que en verdad te vas?
JUAN CRISTOBAL: Ya poco falta para la partida.
LEONARDO: (Mientras Juan Cristóbal inicia el mutis) ¡Quédate.... te lo suplico! (Entre imperativo y suplicante al notar que Juan Cristóbal insiste en irse) ¿Es que no ves que te necesito?
JUAN CRISTOBAL: (Abandonando el propósito con esa sonrisa triste de los vencidos) ¿Me necesitas? Tú nunca necesitaste a nadie... Quedarme significa evocar, herir inoportunamente tus sentimientos.
LEONARDO: Vivimos identificados en un mismo dolor.
JUAN CRISTOBAL: Como antes lo estuvimos en un mismo amor. Identificación que separa. Por ella permanecimos alejados hasta hoy.
LEONARDO: Mas, hoy nos une en la hora precisa.
JUAN CRISTOBAL: Temo que sea demasiado tarde... La vida se va y la cumbre se acerca.
LEONARDO: Empiezo a no comprender tu lenguaje.
JUAN CRISTOBAL: Ya lo sabrás... Son los accidentes de una penosa y larga ascensión. (Transición. Transfigurándose por un instante) Si he vuelto, quiero que lo sepas, es sólo por ella. Una fuerza superior a mi pobre voluntad me ha traído por última vez al valle. Por ella me aislé de todo y de todos. Por ella he venido a sufrir a tu lado.
LEONARDO: ¿No has podido ahogar los resentimientos que nos separaron durante tantos años?
JUAN CRISTOBAL: Tanto como tú... Al principio pensé en la mujer amada con desesperación, pero con el transcurrir del tiempo la pasión die lugar al recuerdo.
LEONARDO: (Con interés) ¿Es decir que estuvo siempre presente en tu corazón?
JUAN CRISTOBAL: Es el único sentimiento que sobrevivió... Es imposible abolir la memoria.
LEONARDO: Ella decidió la elección entre los hermanos rivales.
JUAN CRISTOBAL: Consagro el triunfo del hermano fuerte y rico sobre el pobre y enfermo. Cuando consintió en ser tuya tus abogados me habían dejado lo necesario para no morirme de hambre, además del usufructo de la montaña del sueño. Aparte de pobre y enfermo era el soñador, el inadaptado, el hombre inútil para los menesteres de la empresa..., el revolucionario. No olvidaré el día en que nuestro padre me llamo traidor a las tradiciones familiares... ¡Como gozaste aquel día, Leonardo!
LEONARDO: (En son de protesta) ¿Por qué recuerdas lo que debe ser olvidado?
JUAN CRISTOBAL: Demos por sentado que fue tuya en buena ley. Era la mujer nacida por naturaleza para pertenecer al fuerte heredero de la casta.
LEONARDO: (Dulcificando su manera de hablar) Recuerdas lo hermosa que era...
JUAN CRISTOBAL: (Observando con devoción el retrato) ¿Cómo olvidar aquellas horas de juventud?
LEONARDO: Un día ascendía a las cumbres más altas.
JUAN CRISTOBAL: Para descender luego a los precipicios más profundos.
LEONARDO: Y nosotros, en su seguimiento, sin poder darle alcance.
JUAN CRISTOBAL: Y en todas partes. Desde el precipicio a la cumbre, iba señalando su presencia con el dulce reclamo de su risa. En tanto, Gloria permanecía casi invisible, acurrucada en la silenciosa humildad de sus hábitos. Pasé a su lado y mi corazón conturbado no la vio.
LEONARDO: Nuestros corazones no la vieron... La otra, la hembra soberana, lo iluminaba todo hasta enceguecernos y alternativamente lo oscurecía todo hasta matar la luz.
JUAN CRISTOBAL: Su amor lo abarcaba todo.
LEONARDO: (Como trasportado) ¡El amor de todos los hombres de la tierra!
JUAN CRISTOBAL: Solo el amor de los hermanos desventurados. Tú, al menos, alentabas la ilusión de ser feliz a su lado y realizó la ofrenda sagrada de darte hijos.
LEONARDO: Sí, creí ser feliz y me dio hijos hermosos. Fue menester que corriera el tiempo para que naciera la duda.
JUAN CRISTOBAL: ¿La duda que delata o la duda que engaña?
LEONARDO: No me amó nunca.
JUAN CRISTOBAL: El día de vuestro casamiento os vi pasar oculto entre los setos que bordean el camino de la iglesia... Sonreía con una leve sonrisa de burla.
LEONARDO: Desde hace años ha vivido en un estado de perpetua insatisfacción, en que excitaciones y depresiones turbaron alternativamente su espíritu. Los médicos prescribieron viajes y distracciones. Al principio la acompañaba en sus largas y desatinadas giras. Después ya no pude hacerlo, por una parte porque la atención de mis intereses no me lo permitía; por la otra, sus caprichos, sus extravagancias, producían lamentables rozamientos en nuestra inestable convivencia. Terminó por estar dotada por el falso encanto de los que se posee y huye.
JUAN CRISTOBAL: ¿O de lo que huye y de cuyo retorno se espera?
 
ESCENA TERCERA
Mismos, Gloria. Un niño y una niña
GLORIA: (Entrando por lateral izquierda precedida por los niños. Viste impermeable marrón y va tocada con una boina negra. Trae consigo un paraguas y una pequeña valija. Con un fugaz destello de alegría que ilumina por un instante su rostro entristecido) ¡Al fin has llegado, Juan Cristóbal!
JUAN CRISTOBAL: (Estrechándole la mano y besándole la mejilla) Creo que me has adivinado, más que reconocido. Bendita seas, Gloria.
GLORIA: Sabía que habrías de venir. Siempre respondiste a los llamados. (A los niños) Es el tío Juan Cristóbal de quien os hablo a menudo.
NIÑA: (Acercándose cariñosa) ¿El tío que vive en la montana solito?
NIÑO: ¿El que habla con las estrellas?
NIÑA: ¿El amigo de los pájaros y de las flores?
NIÑO: ¿Y que hace versos?
JUAN CRISTOBAL: Como me has desfigurado al idealizarme, Gloria. (Acariciando a los niños) Mi mundo es un paraíso poblado de milagrosas y hermosas hadas y de traviesos y graciosos duendecillos. La aurora se anuncia en el canto de la aurora y generaciones de ruiseñores hacen nido en mi morada.
NIÑA: Y los animalitos de la montana te acompañan y siguen.
JUAN CRISTOBAL: Y así lo harán con esa mansedumbre hasta que el hombre los persiga.
NIÑO: ¡Llévanos a la montana!
GLORIA: Bueno, niños, basta... El tío Juan Cristóbal os hará compañía hasta que vuestro padre y yo regresemos de un viaje... (A Juan Cristóbal) ¿Verdad que lo harás?
JUAN CRISTOBAL: ¿Como no habría de hacerlo si estos niños acaban de reconciliarme por un instante con el género humano?
NIÑO: Vamos, tío, a nuestra pieza, que te mostraremos nuestra colección de estampillas.
NIÑA: ¿Nos narrarás cuentos de la montaña?
NIÑO: ¿De duendes y de hadas...'?
JUAN CRISTOBAL: Y de cumbres, de águilas y estrellas.
GLORIA: Es hora... el coche espera en la puerta. (Cristóbal y los niños salen, Leonardo descuelga el impermeable disponiéndose a seguir a Gloria. En la puerta aparece un hombre desconocido)
 
ESCENA CUARTA
Gloria, Leonardo, Desconocido
DESCONOCIDO: ¿Leonardo'?
LEONARDO: ¿Como me tutea...'? ¿Nos conocimos, acaso, alguna vez?
DESCONOCIDO: No, pero a pesar de ello te hubiera distinguido en medio de una multitud.
LEONARDO: Pero... usted... ¿quién es?
DESCONOCIDO: Un hombre cualquiera. No tengo nombre conocido aquí... Llámeme un Hombre Desconocido, o si lo prefiere un Hombre Enigmático. Lo que importa es que acabo de aterrizar en vuestro campo.
LEONARDO: No es posible... El pésimo estado de la pista sin terminar... en el barro... en la oscuridad... sin luces indicadoras... yo... no me atreví a emprender viaje a pleno día.
DESCONOCIDO: Era fatal que estuviera aquí esta noche.
LEONARDO: Terminemos... ¿Qué urgente motivo lo ha traído esta noche a esta casa?
DESCONOCIDO: He venido a devolverla a la tierra, cerca de los suyos.
GLORIA: (Atrae a los niños. Tras una pausa angustiosa en que Leonardo, anonadado primero, se debate después en muda desesperación)
JUAN CRISTOBAL: Vamos, Leonardo, a recibir cristianamente sus despojos.
(Leonardo, apoyándose en el brazo de Juan Cristóbal, sale del recinto seguido por el Desconocido)
NIÑA: ¿Volverá el tío Juan Cristóbal?
NIÑO: ¿Que ha dicho ese hombre, tía... alguien... ha muerto?
GLORIA: Sí, querida... Tu tío volverá enseguida... ¿Quien ha muerto, dices? ¿Quién te ha hablado de la muerte...? No, solo se ha apagado la luz en los ojos azules de un hada rubia.
NINO: ¿Quedo ciega, tía?
GLORIA: Por un instante... ¿Recordáis el cuento de las hermanas gemelas? La una era alegre, la otra era triste, tan prodigiosamente parecidas que solo se distinguían por el color de la cabellera, el iris de los ojos y el timbre de la voz. La una había nacido para volar en la búsqueda de nuevos horizontes, en un afán perpetuo de recorrer rutas no descubiertas por nadie y consumíase una luz en sus ojos que solo pudo extinguir el fuego del sol al quemar sus alas cuando intento trasponer los límites permitidos por Dios... La otra vivía humildemente, recogida en los pequeños y castos amores de la vida, en el cariño de los míos, en el cuidado amoroso del espíritu y cuando hablaba se animaban las flores y acudían cantando las avecillas a recoger el alimento de la generosa palma de sus manos. Tenía para iluminar sus senderos familiares una lucecita interior que le nacía del tabernáculo del pecho y trascendía a su alrededor como una aureola... y así pasaron los años... y un mundo se esfumo para la una y otro mundo nació entonces para la otra... Los senderos familiares se prolongaron en perspectiva sin fin. Desde ese día no hubo sed que no saciara, ni corazón sin consuelo, ni niño que no se durmiera sin un beso en la mejilla.
NIÑO: Tía... tía... La hermana muerta era mama, ¿verdad?
GLORIA: Ya vienen ellos... Shsss. Silencio, no despierten a la niña. (Hace un mutis con los dos mientras la escena queda vacía y cae lentamente el telón).
 
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Fuente:
TEATRO PARAGUAYO DE AYER Y DE HOY TOMO I (A-G)
Autora: TERESA MENDEZ-FAITH
Intercontinental Editora,
Asunción-Paraguay – 612 páginas.
.
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