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JULIÁN SOREL


  LA HELADERÍA ANARQUISTA - Por JULIÁN SOREL - Domingo, 31 de Mayo de 2020


LA HELADERÍA ANARQUISTA - Por JULIÁN SOREL - Domingo, 31 de Mayo de 2020

LA HELADERÍA ANARQUISTA

Historia

 

Por JULIÁN SOREL


juliansorel20@gmail.com

Hay una historia que Emma Goldman menciona en sus memorias y cuyos detalles vale la pena, respetando la verosimilitud, imaginar retrospectivamente.

Corría el año 1892 cuando en los alrededores de la tranquila vecindad de Providence Street, en Worcester, Massachusetts, comenzaron a correr horribles rumores acerca de los dueños de una heladería que acababa de abrir sus puertas al público. Movidas por el recelo, las madres les prohibían a sus hijos entrar a comprar helados en ese nuevo local. Los dueños en cuestión, que preparaban los helados, los cafés y los sándwiches y atendían a los clientes, se llamaban Emma Goldman y Alexander (aunque Emma le decía Sasha) Berkman. Ella era, decían, indignados, una… y aquí los respetables habitantes del otrora apacible y de pronto inquieto vecindario bajaban la voz para susurrar un insulto irrepetible, escandaloso. Eran pareja y cohabitaban, pero no estaban casados, y no tenían hijos. La leyenda de esos dos inmorales que –detalle delicadamente siniestro por su aparente candor– habían llegado para abrir una heladería, y atraer así a los niños del barrio, quedó flotando en Worcester muchos años después de que Emma y Sacha se hubieron marchado de ahí y en Providence Street los mayores nombraban a aquellos peligrosos anarquistas para asustar a los pequeños cuando se mostraban desobedientes.

Un día de julio de ese año, cuando llevaba copas de vainilla, barquillos de chocolate, cafés y sundaes a las mesas, Emma leyó en el periódico de un cliente, por encima de su hombro, un titular acerca de una huelga en la ciudad de Homestead, Pensilvania. Los trabajadores de la metalúrgica Carnegie reclamaban su derecho a formar sindicatos y una jornada laboral de 40 horas semanales. Aquella se convirtió en una de las luchas obreras más sangrientas que conoció el país. Emma le ofreció al cliente un helado gratis a cambio de su periódico, el cliente aceptó el trato, Emma le llevó el diario a Sasha y juntos, en el pequeño local, luego de cerrar y barrer, decidieron asesinar a Henry Clay Frick, el presidente de la metalúrgica Carnegie, que había maltratado a los obreros.

Emma había nacido el 27 de junio de 1869 en Lituania, parte entonces del Imperio Ruso, y había emigrado a Estados Unidos a los dieciséis años. Trabajó, al llegar, como obrera textil, y estuvo casada antes de separarse y mudarse a Nueva York, donde conoció a Alexander. Juntos publicarían la revista Mother Earth, juntos serían deportados de Estados Unidos a Europa, juntos tendrían que salir de Rusia después de defender a los revolucionarios de Kronstadt, juntos se llevarían de Rusia, escondido, el manuscrito de Piotr Archinov Historia del movimiento makhnovista, que así pudo ser publicado en Francia y leído en el mundo entero… Vivieron, en suma, juntos memorables aventuras, pero no vivieron juntos hasta el final. Emma amó mucho, y amó a más de un hombre –su última pareja fue Frank Heiner, un sociólogo de la Universidad de Chicago treinta años más joven que ella–, y Alexander, con el tiempo, se unió a otra mujer y tuvo una hija a la que puso el nombre de Emma. Y cuando Emma Goldman tenía 67 años de edad, Berkman se suicidó. Nos queda, en el archivo del Departamento de Guerra de Estados Unidos, aquella maravillosa foto de los dos grandes amantes y compinches con el rótulo «Enemy Activities».

Después del intento –fallido– de asesinar a Henry Clay Frick, Sasha fue condenado a 21 años de cárcel con trabajos forzados, y el domicilio de «Emma la Roja», como la llamaba la policía, fue allanado y quedó sometido a estricta vigilancia.

«Los hombres y mujeres pensantes del mundo comienzan a percatarse de que el patriotismo es intolerante y limitado... La centralización del poder ha traído consigo un sentimiento de solidaridad entre los oprimidos del mundo; solidaridad que traduce la armonía de intereses entre los trabajadores de Norteamérica y sus hermanos extranjeros, mayor que la que existe entre el minero norteamericano y su compatriota explotador», escribió Emma en Anarchism and Other Essays. «Cuando hayamos socavado la mentira patriótica, habremos despejado el camino para que todas las nacionalidades del mundo se unan en la hermandad universal de una sociedad libre». Vigilada por la policía, defensora del control de la natalidad y del amor libre, pacifista en plena guerra, antinacionalista, Emma hizo temblar al mundo con su arma, la palabra. Arma generosa, porque abría muchos ojos; temible, porque no retrocedía ante las consecuencias de cuestionar lo supuestamente incuestionable; poderosa, porque sabía que la verdad ya es, en sí misma, revolucionaria. Era una mujer muy culta, pero capaz de hablar de las cosas que vivían todos. «Maldita perra anarquista, quisiera poder atacarte. Te arrancaría el corazón y se lo arrojaría a mi perro», decía uno de los mensajes menos crudos que recibió durante una de sus estancias en la cárcel. Mente sin miedo ni frenos, fue «la mujer más peligrosa de América» según J. Edgar Hoover, el primer director del FBI.

Y a pesar de todo eso, y a pesar de los sórdidos rumores que recorrían Providence Street, la heladería de Emma y Sasha –a diferencia del intento de asesinato de Henry Clay Frick, que fue un sonoro fracaso– tuvo un éxito considerable. ¿Es eso un enigma, o es más bien lo contrario? Pues, pensándolo bien, ¿cómo podría no haber sido un éxito? Solo imaginemos el atractivo que los ominosos rumores y las prohibiciones de los adultos debieron tener para los niños del barrio, y, por supuesto, las ventajas, para la golosa y desprejuiciada clientela infantil, de la honestidad anticapitalista de los anarquistas heladeros. «¡Me tomé un helado en lo de Emma Goldman!»: decirlo habrá sido para los pequeños declaración de intrepidez y desafío a emular. «¿Y cómo es, cómo te fue?», le habrán disparado al valiente, entre otras mil preguntas, ávidos y admirados, todos sus amiguitos. «¡Estupendo! ¡Te dan el doble por el mismo precio!».

 

 

 

 

 

Osos polares comiendo helado, ilustración de la revista The Children’s Friend, Londres, 1899.

Archivo, ABC Color

 

 


Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Domingo, 31 de Mayo de 2020

Página  4

www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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