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JULIÁN SOREL


  LA INTELIGENCIA COMO ERROR - Por JULIÁN SOREL - Domingo, 12 de abril del 2015


LA INTELIGENCIA COMO ERROR - Por JULIÁN SOREL - Domingo, 12 de abril del 2015

PESIMISMO ANTROPOLÓGICO

LA INTELIGENCIA COMO ERROR

Por JULIÁN SOREL

 

Víctima de diversos infortunios semanales, entre ellos un virus ARN de la familia de los Orthomyxoviridae, vulgo gripe, Julián Sorel se pone pesimista en este ensayo a propósito de una reciente entrevista a Chomsky y de la primera década cumplida desde la muerte del famoso biólogo Erst Mayr, y postula que la inteligencia humana es un error.

Desde el punto de vista científico, la inteligencia humana surgió y prosperó por sus ventajas adaptativas: su función biológica sería la adaptación. Por eso, el estudio de su origen lleva al de las circunstancias que favorecieron su desarrollo. El punto de partida del estudio de la historia de nuestra inteligencia es la teoría de la evolución por selección natural de Darwin, uno de cuyos principios es que los individuos con rasgos que permitan afrontar mejor las adversidades del entorno tendrán más posibilidades de sobrevivir y reproducirse, pasando esos rasgos a las siguientes generaciones. De este principio se deduce que la inteligencia humana y el cerebro que le sirve de base surgieron y se propagaron porque, como dijimos al principio, brindaban a sus portadores importantes ventajas adaptativas. Se trata, pues, de investigar qué situaciones enfrentó el ser humano y por qué hicieron que nuestro cerebro supusiera una ventaja.

Pero, fueran las que fuesen, hoy ya está claro para todos y cada uno de nosotros que somos una plaga, y que solo nos preocuparemos de ello el día en que aparezca una especie más inteligente que la nuestra aunque por igual egoísta y soberbia que nosotros, y nos veamos, por su causa, en la misma penosa y trágica situación a la que hoy sometemos a todos los demás seres vivos de nuestro planeta.

Pensar en la inteligencia humana como un error supone descartar que sea un mero accidente en los senderos fortuitos de la evolución, porque un accidente puede ser inocuo, pero nuestra especie no lo es, es una amenaza, y más peligrosa cuanto más inteligente. Tal vez porque la inteligencia nos aleja de la naturaleza es que utilizamos la naturaleza como una herramienta. Tal vez porque la inteligencia nos hace creer que somos diferentes y que somos superiores creemos que, por lo tanto, tenemos derecho a utilizar el planeta en nuestro beneficio y para nuestra comodidad, aunque eso pueda suponer la destrucción del hábitat de otros animales y seres vivos menos afortunados.

Pero no podemos, en rigor, hablar de tal superioridad; la evolución no tiene un plan que permita juzgar a unas especies como mejores que otras. Como señaló el biólogo Stephen Jay Gould, «es un error creer que la evolución lleva inevitablemente a un perfeccionamiento de la vida». Es decir, que la inteligencia no es la meta de la evolución; que la inteligencia es solo una estrategia más de supervivencia.

Así pues, nuestra especie no es más importante que otras, ni es el punto mejor ni superior de la evolución. Desde el punto de vista biológico, solo somos una rama más de las muchas que ha generado el árbol de la vida, de manera fortuita y sin objeto.

Nuestra inteligencia difiere en extremo (¿y en exceso?) de la inteligencia de las demás especies animales. Es un hecho en general admitido que los animales, incluso los primates no humanos, carecen de lenguaje stricto sensu; es decir, que carecen de un sistema de símbolos que incluya una sintaxis compleja.

No es imposible defender, y, de hecho, se defiende cada vez más, la existencia de formas de inteligencia no verbal, pero lo que distingue a la inteligencia propiamente humana es, según se ha considerado y se sigue considerando hasta hoy, el pensamiento como actividad asociada al lenguaje en sentido estricto. En otras palabras, la facultad de la inteligencia, que caracteriza a los seres humanos es fundamentalmente la capacidad de interpretar la realidad mediante el lenguaje.

Esa es una diferencia cualitativa que nos aparta radicalmente de las otras especies de animales y del resto de los seres vivos y que, en términos metafóricos, pero profundamente reales, nos exilia: se trata de la expulsión del Edén, lógica consecuencia de haber comido el fruto del árbol del bien y del mal, del árbol de la ciencia, del árbol del conocimiento. Y la triste paradoja de esta ventaja evolutiva que representa nuestra capacidad cognitiva, y, en términos físicos, nuestro desarrollo cerebral, y ante todo (tanto por su importancia como por su diferencia con respecto a otros organismos) el de nuestro neocórtex, es que tal vez si nuestra inteligencia fuese más «natural», si fuese menos excepcional y menos anómala, todas esas demás especies de animales y de seres vivos, y la nuestra misma, y la biosfera en su conjunto, estarían (estaríamos) mejor de lo que están o de lo que estamos.

Cabe objetar a esto que el error no es la inteligencia humana, sino los actos morales que la aplican indebida, irresponsable, destructiva, egoísta o desconsideradamente. Es decir, que el error está en el uso que hacemos de esta inteligencia, y no en la inteligencia misma.

Pero la inteligencia busca crecer más y más, sin importarle en absoluto ninguna consideración moral. La inteligencia no es moralmente escrupulosa. No es moral. Carece de miramientos. Y esto lo sabemos muy bien. Y pienso en ocasiones que quizá si fuéramos cognitivamente más limitados, más simples, seríamos menos capaces de cometer locuras y de causar daños irreparables.

La Revolución Neolítica, que permitió el paso de la economía de caza y recolecta a la de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente diez mil años, terminó con la existencia caótica, dependiente del azar, abocada a la supervivencia inmediata, sin tiempo más que para los actos inmediatos y urgentes, la vida sin tregua de los nómadas del Paleolítico: con el sedentarismo, liberó gran parte de la inteligencia humana, que pudo dedicarse a solucionar (y a crear) nuevos problemas.

El desarrollo evolutivo del cerebro humano implicó un fenómeno que no se da más que en nuestra especie: la capacidad de pensar acerca del pasado y del futuro, es decir, la capacidad de recordar hechos, situaciones, lugares, experiencias ya vividos, capacidad que hace posible la acumulación de conocimientos, por un lado, y, por otro, la capacidad de situarse imaginariamente en el futuro, capacidad que permite, a su vez, expandir el conocimiento mediante la concepción de hipótesis.

Con la revolución agraria del Neolítico –consecuencia del descubrimiento, por observación de los procesos naturales, de los mecanismos de reproducción de las plantas, que condujo a su domesticación y cultivo y al desarrollo de los procesos de asentamiento en torno a los campos así trabajados– empezamos a fabricar utensilios, a pensar no solo en términos inmediatos, sino a mediano y largo plazo, y, en consecuencia, a almacenar provisiones, a edificar viviendas, que luego pensamos como residencias no temporales sino permanentes, y con el tiempo el dominio de los metales nos permitió forjar armas cada vez más resistentes y efectivas.

La inteligencia humana, la humana capacidad de reflexionar, está compuesta de memoria, que nos permite utilizar las experiencias y conocimientos ya adquiridos en el pasado, y de capacidad de proyección imaginativa hacia el futuro: se desarrolla, pues, con la habilidad creativa que permite utilizar en el presente lo que está guardado en forma recuerdo –los conocimientos y las experiencias– y con la facultad de crear, por medio de la imaginación, los escenarios posibles del futuro. La inteligencia humana está hecha a partes iguales de lógica y de fantasía, de observación y de ficción, de datos verificados y de sueños.

En la Modernidad, el paso de la producción a escala doméstica, artesanal, a la producción a escala masiva, industrial, supuso un gran cambio en la utilización de recursos. Se acepta por lo general que la primera no afectaba gravemente a los recursos naturales, por su escala reducida y adecuada a una población de crecimiento también moderado o incluso lento, anterior al avance de la medicina y al consecuente aumento de la expectativa de vida. Esto, a la larga, ha generado procesos cuyas repercusiones sobre el entorno actualmente están fuera de control.

Según el biólogo evolucionista Ernst Walter Mayr (Kempten, Alemania, 1904 - Bedford, Massachusetts, Estados Unidos, 2005), la inteligencia humana es un error de la naturaleza que, por consiguiente, no puede sino desaparecer como parte del proceso evolutivo general de las especies vivas. «La inteligencia superior», sostuvo Mayr, «es solamente un error de la evolución, incapaz, como tal, de sobrevivir más que por un breve momento del tiempo evolutivo».

Hace poco, en junio pasado, en una entrevista para la revista Truthdig sobre el cambio climático y la amenaza que representa para la vida, el lingüista Noam Chomsky recordó, casualmente, a Mayr. «Esta es la primera vez en la historia que tenemos la capacidad de destruir las condiciones de supervivencia decente, y ya está pasando», dijo Chomsky al periodista Chris Hedges, que lo entrevistaba. «Si alguien», sostuvo, «nos viera desde el espacio exterior, estaría asombrado». Y entonces recordó la teoría de Ernst Mayr según la cual los seres humanos nunca podríamos encontrar extraterrestres inteligentes, porque esas formas superiores de vida se extinguen rápidamente.

En 1995, en las páginas del boletín de Astrobiología de la Sociedad Planetaria, Bioastronomy News, Ernst Mayr y Carl Sagan sostuvieron un debate sobre las posibilidades de éxito del programa SETI de búsqueda de inteligencia extraterrestre, iniciativa auspiciada y promovida por la Universidad de Berkeley.

«Mayr argumentó que el valor adaptativo de lo que se llama “inteligencia superior” es muy bajo», recordó Noam Chomsky. «Podemos ser un error biológico; en ese caso, utilizaremos los cien mil años que Mayr da como esperanza de vida de una especie para destruirnos a nosotros mismos y para destruir a muchas otras formas de vida en el planeta”.

Al cumplirse una década de su muerte, ocurrida en febrero del 2005, recordamos a Erst Mayr pensando en la responsabilidad que tenemos como especie sobre el futuro general del universo, o, cuando menos, del tercer planeta de este sistema solar.

 

Juliansorel20@gmail.com

 

 

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha: Domingo, 12 de abril del 2015

Fuente en Internet: www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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