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DELFINA ACOSTA


  ROMANCERO DE MI PUEBLO, 1998 - Poemario de DELFINA ACOSTA


ROMANCERO DE MI PUEBLO, 1998 - Poemario de DELFINA ACOSTA

ROMANCERO DE MI PUEBLO

Poemario de DELFINA ACOSTA

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay),

Editorial Gráfica Copirama, 1998].

 

 

Dedicado a Hugo Rodríguez-Alcalá 

 
A MANERA DE PRÓLOGO
 

Este Romancero de mi pueblo podría titularse con estricta exactitud Romancero de Villeta porque Delfina Acosta, oriunda de Villeta es profundamente villetana y se contenta con aludir a Villeta, no al país ni a otras realidades connotadas por la palabra pueblo. Pero le suena bien el título de Romancero de mi pueblo y por eso lo ha elegido.
 

La casa, la antigua casa de los Acosta, es una casa blanca de largo corredor frontal de fornidos pilares, muy colonial, muy paraguaya, hoy en proceso de reparación. Esta casa evoca tiempos largamente abolidos, tiene un vasto solar poblado de árboles altísimos, entre los que descuellan añosos samuhús de troncos de grandes espinas, en un bosque de eucaliptos, de guayabos, de mangos y hasta de un tupido tacuaral. Tan densos son los follajes, que el sol apenas puede colarse entre ellos y llegar hasta la tierra con disminuido calor, aún en pleno verano.
 

Esta casa está situada en un barrio tan antiguo o más que ella, por cuya calle Delfina, desde muy niña, ha visto pasar gente inolvidable.

Por ejemplo, «La chismosa del pueblo»:

Asomada a su balcón
doña Lariel -quién diría-
más de cien años pasó
viendo el trajín de la villa.
La novia, blanca, venía
con su escotado vestido.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Jamás mujer tan hermosa
yendo a su boda yo he visto

O «Don Nicanor»:
Con sus magníficos trajes
de pana como de lino
paseaba por la placita
Don Nicanor los domingos.
Las mozas por él morían:
¡Aquel paladar postizo
de oro que le brillaba
del uno al otro carrillo,
lo hacía tan codiciado,
tan excelente partido!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Amado por tantas mozas
de renombrado apellido
él siete veces juraba
«¡soltero, jamás marido!».

Con tanta fantasía como caricatural ironía Delfina escribe sobre gente rara de Villeta; gente que inventa o retrata con la materia difusa de recuerdos infantiles. Por ejemplo:  

«La mujer barbuda».
Sentada frente al espejo,
que tiene luz de bombillo,
ña Rosa se está afeitando
la barba con un cuchillo...

Hay otros muchos personajes de carne y hueso en los romances de Delfina, y otros fantasmales como un pora y el pombero. Y no falta uno dedicado a un marica, romance a que puso como epígrafe Delfina un par de versos de Nicanor Parra: / Si los maricones volaran / no se podría ver el sol./:

Francisquito se llamaba.
Y su apellido era Rivas.
Suspiraban las mozuelas
con verde melancolía
al verlo andar poseído
por una idea prohibida...

Este romancero y otros muchos romances han sido compuestos durante los meses de este año. Y durante meses, todas las mañanas un poco después de las 8, exceptuando los domingos, la prolífica Delfina me ha llamado por teléfono:

-¿Puedo leerte un nuevo romance?

-Claro que sí; encantado.

Y así me fue leyendo poema tras poema. Era grato conversar sobre dactílicos, trocaicos y mixtos, sobre el tecnicismo de la versificación -arte que hoy muchos sedicentes poetas desdeñan. Y claro está, sobre los temas que iba diariamente desarrollando. Mis opiniones críticas a menudo tuvieron por objeto sugerir a Delfina que fuera, digamos, menos «surrelista»; que su vuelo imaginativo no se perdiera entre nubes. Y solía recordarle lo que Amado Alonso llama «poetas clásicos de cualquier tiempo». Estos poetas de cualquier tiempo o escuela poética, son los que llevan «por igual el ideal de perfección a todos los aspectos del poema. Ellos ostentan la sazón de la forma en el sentimiento, en la intuición en la realidad representada, en el pensamiento racional, en la ordenación del poema, en la construcción sintáctica, en la significación y poder sugestivo de las palabras y en el gobierno del material sonoro... La forma típicamente clásica resulta del exacto equilibrio de todas las formas parciales».

Este equilibrio solía yo aconsejar a esta poetisa nacida no lejos de la época de los «desequilibrios» vanguardistas.

El lector apreciará en estos poemas «el sabio gobierno del material sonoro y esa sazón de la forma, en el sentimiento, en la intuición y lo que Amado Alonso llama ese «equilibrio» en las diversas formas que constituyen la totalidad de una composición poética.

Las dotes de Delfina Acosta como poetisa ya tienen varios años de valioso ejercicio. Cuando hace exactamente diez años envié ejemplares de mi libro Poetas y prosistas paraguayos y otros breves ensayos a amigos residentes en España, en México, en Estados Unidos, más de un lector, (lector-poeta y avezado crítico), como por ejemplo Emilio Barón Palma, me escribió en estos o parecidos términos: «Me has dejado con ganas de conocer la obra de Delfina Acosta, cuyo último poemario comentas en tu libro». Y Delfina Acosta fue con Lucy Mendonca de Spinzi, las dos únicas autoras que entre una veintena de escritores paraguayos y algunos extranjeros inspiraron el nombrado libro; las únicas que despertaron la susodicha curiosidad. Quisiera dar fin a este breve prólogo agregándole un broche no de oro sino de otro metal no tan valioso. Y para ello transcribiré un «Perfil de Delfina Acosta de Pertile», trazado en 1987:

Delfina Acosta viene de Villeta,
hermoso pueblo a orillas de un gran río.
Toda erizada de algas la melena,
recién salida del azul fluente,

ella sigue fluyendo con su río
y es un río de música y reflejos.

No ha abandonado su celeste reino
y el agua está en sus ojos y en sus manos.

Antes había náyades, nereidas
y había ondinas y otras muchas diosas.

Delfina, que es mujer, no habita el río:
el río sí la habita y dondequiera

que ella se encuentre el río pasa suave
por ella y sobre ella y dice cosas

que le gusta decir a camalotes
y a los peces profundos y a las costas

donde dormitan plácidos caimanes
o duermen sueños de torpor de piedra.

Cuando Delfina duerme el río sale
de su pecho y suscita un remolino

para que esta mujer oiga secretos
y luego cante con su voz acuática

algún aria fluvial en cuyas notas

hay cielos reflejados, hay bandadas

de pájaros salvajes que los cruzan...
Delfina, Mujer -río, Mujer- canto,

es la patria de agua, la que corre
en pos de inmensidades al Atlántico


HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

Enlace al ÍNDICE del poemario ROMANCERO DE MI PUEBLO en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

A MANERA DE PRÓLOGO

** PERSONAJES VILLETANOS

La solterona
La loca del viento norte
La chismosa del pueblo
El tesoro del Mariscal Francisco Solano López
La novia viene a caballo
El mariquita
Don Nicanor
Don Solari
La mujer barbuda
Carmiña
El tonto
Romances tristes
El perro
El ahogado
Los leprosos
Las cuatro estaciones de la rosa
El gato
Palomo y Tristán
El pájaro en su jaula
No se oye verso ni trino
La fecha en el árbol

** ROMANCES PERSONALES

La hora
Alma
Pero me río
La rosa ausente
Mariposa
Luz de vela
Entonces

** ROMANCES DE FANTASÍA

La casa
Poras
Las tres mujeres de luto
Romance del pombero
La casa de los Navarro
El fantasma de María
Cuarenta y un crucifijos

** OTROS

El compromiso
Los quince jinetes
Villeta
Todos iban a rezar
Don Fidelino Maíz
Mal tiempo

 

 
 
 
 

PERSONAJES VILLETANOS

 

LA SOLTERONA

 

 

Porque las niñas se casan

   
 

vestidas de canutillos,

   
 

hágase ajuar de mentira

   
 

con ramillete de espinos

   
 

para la novia Manuela,

 

 
 

que no tiene prometido.

   
 

Los años le van pasando

   
 

como otoños repetidos

   
 

que deshojan sus mejillas

   
 

y dejan sus labios fríos.

 

 
 

Sentada en sillón de mimbre

   
 

cose y descose un vestido.

   
 

Sentada se va su vida.

   
 

Cosiendo se va lo mismo.

   
 

Encomendó a San Antonio

 

 
 

treinta años ha, su destino,

   
 

y se quedó prometida

   
 

a la ocasión que no vino.

   
 

Hay en sus ojos oscuros

   
 

relumbre de mucho filo

 

 
 

cuando se acuesta en el lecho

   
 

con el corsé desprendido.

   
 

Su cuerpo a veces florece

   
 

como rosal del estío

   
 

y un viento verde entreabre

 

 
 

su camisón amarillo.

   
 
 

Pero Manuela ¡qué pena

   
 

tus dos capullos caídos

   
 

y el beso bajo la luna

   
 

que nunca pudo haber sido!

 

 
 

Si alguien la quiso, quién sabe,

   
 

mas el perfume del pino

   
 

bajando sobre su cuerpo

   
 

dejó un lunar en su ombligo.

   
 

¡Es mentira! ¡La quisieron!

 

 
 

¡Es verdad! ¡Nadie la quiso!

   
 

Un hombre dijo en el pueblo

   
 

la mentira de un cumplido

   
 

cuando la vio por la calle,

   
 

y el otro añadió un silbido.

 

 
 

Porque las niñas se casan

   
 

con sus secretos vestidos,

   
 

violetas, guantes, carmín

   
 

y nacarados anillos,

   
 

que se abroche un traje rojo,

 

 
 

en rococó parisino,

   
 

para la novia Manuela,

   
 

que no tiene prometido.

   
 




 

LA LOCA DEL VIENTO NORTE

L. M. todavía deambula por las calles de Villeta


 

 

La loca del viento norte

   
 

espejo pide en las calles.

   
 

En sus pupilas hay fuego

   
 

de ramas secas que arden.

   
 

Los niños corren al verla

 

 
 

al pollerón de sus madres

   
 

y perros en ronda negra

   
 

hostiles muestran sus fauces

   
 

Hermosa ha sido. Que sepan.

   
 

Y más hermosa que nadie.

 

 
 

Igual a la margarita

   
 

de algún ojal fue su talle.

   
 

Perdió la cordura un día:

   
 

«Su señoría, llamadme»,

   
 

a los bueyeros dio orden,

   
 

y a las burreras del valle.

   
 

Llevando siempre jadeo

   
 

la ven pasar por las calles

   
 

mis ojos, y pena extraña

   
 

me quita también el aire.

 

 
 

Hermosa ha sido. Que sepan.

   
 

Y más hermosa que nadie.

   
 

Su alteza ya va por agua.

   
 

Y le abre paso la tarde.

   
 




 

LA CHISMOSA DEL PUEBLO

 

 

Asomada a su balcón,

   
 

doña Lariel -¡quién diría!

   
 

más de cien años pasó

   
 

viendo el trajín de la villa.

   
 

Con el ojo de su gata,

 

 
 

que es también tuerta y maldita,

   
 

ella hace un guiño a su perro

   
 

que su favor solicita

   
 

tendiéndose ya a sus pies

   
 

para entibiar su barriga.

 

 
 

Felino y ama se largan

   
 

a devorar las intrigas

   
 

que dan pie a los nuevos chismes

   
 

con que amanece la villa.

   
 

No hay goce mayor para ella

 

 
 

que averiguar de la vida

   
 

de las mujeres que engañan

   
 

a sus maridos maricas

   
 

con besos empalagosos

   
 

pegados a otras mejillas.

 

 
 

Si va cayendo la tarde

   
 

sobre la plaza de orquídeas

   
 

observa ella toda anteojos

   
 

los flirteos de las niñas.

   
 
 

«Satanás», su gata en celo,

 

 
 

mujer, fulana y arpía,

   
 

le dice como en susurro:

   
 

«Rosario Ascarza está encinta»,

   
 

y entonces doña Lariel,

   
 

riendo desde las tripas,

 

 
 

repite así en el balcón:

   
 

«¡Avemaría purísima!».

   
 




 

EL TESORO DEL MARISCAL FRANCISCO SOLANO LÓPEZ

 

 

Doña Leria está pasmada.

   
 

El pora con gallardía

   
 

y rango de Mariscal

   
 

le cuenta de noche y día

   
 

que está escondido el tesoro

 

 
 

debajo de su cocina;

   
 

mejor, bajo el centro mismo

   
 

de aquella arqueada viga

   
 

donde sacuden el polvo

   
 

lagartos, ratas y hormigas.

 

 
 

Mas cuando duda ña Leria

   
 

un nuevo antojo la anima;

   
 

a un paso del jazminero

   
 

-no de las sombras esquivas

   
 

de aquellos sauces llorosos-

 

 
 

donde las hojas transpiran,

   
 

intuye que las alhajas

   
 

están muy bien escondidas.

   
 

Con pala y también azada

   
 

remueve la tierra huidiza

 

 
 

en busca de la esmeralda,

   
 

el ónix y el amatista.

   
 

El Mariscal le asegura

   
 

que el cofre está en la cocina;

   
 

ña Leria cree que un perro

 

 
 

lo vela sentado encima.

   
 
 

Con truenos o luna roja

   
 

buscando el oro ella silba.

   
 

Mas cuenta un grillo a otro grillo,

   
 

el grillo a la golondrina,

 

 
 

y la golondrina a un loro,

   
 

que morirá sin ser rica.

   
 



 

LA NOVIA VIENE A CABALLO

 

 

Fue un veintisiete de mayo

   
 

del año sesenta y cinco.

   
 

La novia, blanca, venía

   
 

con su escotado vestido.

   
 

Montaba un negro caballo

 

 
 

que dio un peligroso brinco

   
 

emparejando cabeza

   
 

con otro del monaguillo

   
 

para dejar rezagado

   
 

al potro de su marido.

 

 
 

Jinetes de recia estampa

   
 

lanzaban al viento tiros

   
 

de sus lustrosos revólveres

   
 

amedrentando a un mendigo

   
 

que confundía a la novia

 

 
 

con la madona en el limbo.

   
 

Algún disparo con arma

   
 

fue de ladrido en ladrido

   
 

de perros que no cedían

   
 

el paso a aquel recorrido

 

 
 

de los caballos ansiosos

   
 

de zambullirse en el río.

   
 

Fue un veintisiete de mayo

   
 

del año sesenta y cinco

   
 

¡Jamás mujer tan hermosa

 

 
 

yendo a su boda yo he visto!

   
 




 

EL MARIQUITA

 

Si los maricones volaran,

No se podría ver el Sol.

Nicanor Parra

 

 

Francisquito se llamaba.

   
 

Y su apellido era Rivas.

   
 

Suspiraban las mozuelas

   
 

con verde melancolía

   
 

al verlo andar poseído

 

 
 

por una idea prohibida.

   
 

Contaban que Francisquito,

   
 

que de blanco se vestía,

   
 

iba detrás del capullo

   
 

de alguna rosa amarilla

 

 
 

para llevarlo en el pecho

   
 

y semejarse a una espina.

   
 

Frisaba los treinta años,

   
 

más de quince parecía

   
 

con su talle de amapola

 

 
 

al que cerraba una hebilla.

   
 

Su larga mano enguantada,

   
 

adiós, diez veces, decía

   
 

-si se asomaba al balcón-

   
 

a la lejana cuadrilla

 

 
 

de los robustos hacheros

   

 

 

que al monte, alegres, subían.

   
 

Azules eran sus ojos.

   
 

Y su mirada de niña.

   
 

Deshojaba, deshojaba,

 

 
 

de su patio en una esquina,

   
 

al apagarse las tardes,

   
 

las últimas margaritas.

   
 

«Me quiere, no, no me quiere,

   
 

me quiso, no me quería...».

 

 
 




 

DON NICANOR

 

 

Con sus magníficos trajes

   
 

de pana como de lino

   
 

paseaba por la placita

   
 

don Nicanor los domingos.

   
 

Las mozas por él morían:

 

 
 

¡aquel paladar postizo

   
 

de oro que le brillaba

   
 

del uno al otro carrillo

   
 

lo hacía tan codiciado,

   
 

tan excelente partido!

 

 
 

Las damas del viejo pueblo

   
 

buscando en él prometido

   
 

cartas de amor le mandaban

   
 

con corazón de cupido.

   
 

Ya lo trataban de «usted»,

 

 
 

ya de palomo o de mirlo

   
 

que con sus dientes de oro

   
 

al pan tenía cautivo

   
 

así como a algún querer

   
 

por él no correspondido.

 

 
 

Amado por tantas mozas

   
 

de renombrado apellido

   
 

él siete veces juraba:

   
 

«¡soltero, jamás marido!».

   
 

Mas qué tramposos besaban

 

 
 

sus treinta dientes postizos

   
 




 

DON SOLARI

 

 

No se sabe en qué cajón

   
 

tenía el oro escondido,

   
 

don Solari, italiano,

   
 

ricachón, también judío,

   
 

huraño y, peor, soltero

 

 
 

de ochenta años y pico.

   
 

En su almacén sin letrero

   
 

los fermentados tocinos

   
 

níquel por níquel vendía

   
 

al pordiosero y al sirio.

 

 
 

Avaro como hubo pocos

   
 

cenaba solo un mordisco

   
 

de un pan que rendir solía

   
 

como el pescado, no el vino

   
 

con que brindaba en silencio

 

 
 

bajo la luz de un bombillo.

   
 

Nadie sabe cuántos fueron,

   
 

si dos o tres forajidos,

   
 

los que entraron por su techo

   
 

en una noche de estío.

 

 
 

La cama al revés pusieron

   
 

buscando el oro escondido

   
 

y al no encontrarlo cortaron

   
 

sus dedos de diez anillos.

   
 

Pasaron ya treinta años

 

 
 
 

de aquel oscuro homicidio.

   
 

El ánima de Solari

   
 

de noche lanza quejidos.

   
 

Los perros que comen luna

   
 

lo espantan con un gruñido.

 

 
 




 

LA MUJER BARBUDA

 

 

Sentada frente al espejo,

   
 

que tiene luz de bombillo,

   
 

ña Rosa se está afeitando

   
 

la barba con un cuchillo.

   
 

Ya quisiera ella tener

 

 
 

en su rostro tan curtido

   
 

la frescura de las dalias,

   
 

la tersura de los lirios

   
 

que de afeites sólo usan

   
 

dos gotitas de rocío.

 

 
 

Qué presto crece su barba

   
 

sin detenerse hasta el río.

   
 

Se suma allí a la corriente

   
 

que lava a los cocodrilos.

   
 

En un día y una noche

 

 
 

su pelo es de nuevo ovillo,

   
 

donde los peines de nácar,

   
 

un diente pierden por rizo.

   
 

¡Quién la besara una noche

   
 

y le dijera al oído

 

 
 

que sus mejillas producen

   
 

cosquillas de culantrillo!

   
 

¡Si de sus senos bebiera

   
 

un hombre haciéndose niño!

   
 

Entonces ella creería

 

 
 

que tiembla en el aire un trino.

   
 




 

CARMIÑA

 

 

Vestida con guardapolvos

   
 

la tonta ríe al espejo

   
 

mientras la observa, tristón,

   
 

desde una esquina su perro.

   
 

En sus anteojos titila

 

 
 

el brillo de aquel espejo.

   
 

No hay moños que la hermoseen,

   
 

ni quien le suelte un consejo.

   
 

Con prisa va hacia el mercado;

   
 

allí la aguardan los berros

 

 
 

que compra muy diligente

   
 

contando un níquel por dedo.

   
 

Con prisa vuelve a la casa

   
 

de dos enormes aleros

   
 

en donde alisa su sombra

 

 
 

algún torcido gomero.

   
 

Recorre siempre afanosa

   
 

las cuatro postas del pueblo.

   
 

Sus alpargatas le prestan

   
 

las alas de un benteveo.

 

 
 

«Carmiña, no te enamores,

   
 

vete a la esquina primero»,

   
 

las niñas gritan en coro.

   
 

La tonta ya está corriendo.

   
 




 

EL TONTO

 

 

El tonto, marcial, se cuadra,

   
 

si escucha tañidos blancos

   
 

de las campanas del templo

   
 

que lanzan al cielo pájaros.

   
 

San Pedro no le intimida;

   
 

sí mira al crucificado

   
 

en silencioso respeto

   
 

y hecho varón de calvario

   
 

con su corbata de lino,

   
 

sus encogidos zapatos.

 

 
 

El tonto huele a lavanda.

   
 

Su corazón a naranjos.

   
 

El cura párroco extiende

   
 

su bendición a un borracho

   
 

mientras el viento sacude

 

 
 

las cuerdas del campanario.

   
 

Ya santiguados los fieles,

   
 

desandan el viejo atajo

   
 

del caserón donde aguardan

   
 

los perros junto a los gatos.

 

 
 

El tonto custodia el templo

   
 

cerrado con dos candados;

   
 

también mendiga a la puerta;

   
 

no llega a treinta centavos

   
 

aquella limosna avara

 

 
 

que le ha tendido un cristiano.

   
 




 

ROMANCES TRISTES

 

EL PERRO

 

 

El perro de medio rabo

   
 

se inclina sobre la liebre

   
 

caída bajo el relámpago

   
 

del hacha que le dio muerte.

   
 

Pero muy pronto se anima

 

 
 

con la abundancia caliente

   
 

de cerdos que la matrona

   
 

dispone en rojo banquete

   
 

sobre unas mesas de cedro

   
 

a las que llegan manteles.

 

 
 

Y olvida el charco de sangre

   
 

donde la liebre está inerte.

   
 

Y mira el cielo sin nubes

   
 

que en paz azul resplandece.

   
 

En la ocasión se celebra

 

 
 

con buen humor, lo de siempre:

   
 

cosechas afortunadas

   
 

que ha dado el clima en diciembre.

   
 

El perro husmea la carne

   
 

que el capataz ya le ofrece

 

 
 

y se recuesta en el pasto

   
 

con una presa entre dientes.

   
 

Entonces recuerda el hecho:

   
 

fue degollada la liebre.

   
 

¡Ay, vértigo repentino

 

 
 

que náusea también parece!

   
 



 
 

EL AHOGADO

 

Al niño Ambrosito Lugo, ahogado en el río de Villeta


 

 

 

«Cuidado niño travieso.

   
 

 

 

No juegues con camalotes»,

   
 

se lo advertían las olas

   
 

que lavan los caracoles.

   
 

 

 

Huidiza arena caliente

 

 
 

vestida de verde y rojo.

   
 

 

 

«Pero las aguas qué tibias

   
 

y qué suaves los bordes»,

   
 

el niño rubio decía

   
 

desde la proa del bote.

 

 
 

 

 

Soledades del paisaje

   
 

perdido en vuelo de pájaros.

   
 

 

 

Y lo arrastraron las aguas.

   
 

Y nunca se supo a dónde.

   
 

Tan sólo un botón de nácar

 

 
 
 

un caracol trajo a flote.

   
 

 

 

Silencio de nubarrones

   
 

clavado en el cielo oscuro.

   
 

 

 

Lo desvistieron los juncos

   
 

en la ribera del norte.

 

 
 

Pintó su rostro la luna

   
 

con congelados carbones.

   
 

 

 

Cuchillos de siete dientes

   
 

abren el pecho a un cangrejo.

   
 

 

 

Mi niño, yo te lo dije,

 

 
 

mi niño, te di una orden.

   
 

Mas tú quisiste ese día

   
 

jugar con los camalotes.

   
 

 

 

La alegría es de los nardos.

   
 

La desgracia es de los pobres.

 

 
 

 

 

«Si te asomaras de nuevo»,

   
 

le tientan los horizontes.

   
 

Va río abajo la barca.

   
 

Se pone ya el sol de cobre.

   
 
 




 

LOS LEPROSOS

 

 

Los leprosos olvidados,

   
 

en las orillas del río,

   
 

se van cubriendo de arena,

   
 

se van cubriendo de frío.

   
 

Rosas morenas les brotan

 

 
 

de los capullos malignos

   
 

de su carne donde el viento

   
 

-desenvainado cuchillo

   
 

que hace caer los limones-

   
 

dejando fue un resoplido.

 

 
 

Los leprosos, bien lo saben,

   
 

que los geranios son tibios,

   
 

las magnolias beben lluvia

   
 

y las dalias pasan frío.

   
 

Se acomodan como pueden

 

 
 

en aquel regazo limpio

   
 

de la luna que les presta

   
 

de vez en cuando su abrigo.

   
 

¡Qué lentas pasan sus noches

   
 

en tanto tirita el río

 

 
 

y los perros en las rocas

   
 

apuntan largos aullidos!

   
 

Yo daría por sus rosas,

   
 

y a cuenta de otro capricho.

   
 

mis níqueles bien ahorrados

 

 
 

y aquel querer que no ha sido.

   
 




 

LAS CUATRO ESTACIONES DE LA ROSA

 

 

Llegó en carroza de oro

   
 

la primavera aquel día

   
 

y la rosa abriendo fue

   
 

una a una sus mejillas.

   
 

¡Ay, había que mirarla!

 

 
 

¡Qué bien sus galas lucía!

   
 

Como un frasco con perfume

   
 

francés a veces olía.

   
 

Sus pétalos de satén

   
 

largas perlas sostenían,

 

 
 

y un picaflor del condado

   
 

la cortejaba y se iba.

   
 

Fue sólo casualidad

   
 

que el clavel en una esquina

   
 

del jardín su flor abriera

 

 
 

con alhajas también finas.

   
 

¡Quién podía compararse

   
 

con la rosa en la alquería!

   
 

El viento aquel del verano

   
 

arrancaba las orquillas

 

 
 

del rosal tan solitario

   
 

peinando sólo a la orquídea.

   
 

Y aquella pálida rosa

   
 

de una rama suspendida

   
 

iba perdiendo su aroma

 

 
 

al tiempo que se moría.

   
 

(La apariencia de la flor

   
 

era entonces ya sencilla).

   
 

Llamó el otoño a la puerta

   
 

de esa mujer aterida

 

 
 

de frío en rincón sombrío;

   
 

debajo de su mantilla

   
 
 

estaba la desnudez,

   
 

la pobreza en carne viva.

   
 

Fue inclemente el viento sur

 

 
 

con sus gastadas mejillas

   
 

que caíanse del rostro

   
 

y después eran barridas.

   
 

Dios, qué crudo fue el invierno.

   
 

La rosa estaba en la esquina

 

 
 

envuelta con un rebozo,

   
 

¡anciana y también mendiga!

   
 




 

EL GATO

 

 

Era un gato de ojos verdes

   
 

que a mi planta se tendía

   
 

en las tardes invernales

   
 

abrigándome la vida.

   
 

Sujetaba yo con faja

 

 
 

de franela su barriga;

   
 

ay, las gatas lo tildaban

   
 

en los techos de marica.

   
 

Escuchábamos a veces

   
 

los suspiros de la encina,

 

 
 

que al oído nos contaba

   
 

lo que ayer tuvo por dicha.

   
 

Nuestras tardes eran simples:

   
 

él llegaba hasta una esquina

   
 

y los perros le ladraban

 

 
 

con maldad desde otra esquina;

   
 

en la vuelta a una manzana

   
 

se jugaba él siete vidas;

   
 

yo al crochet me sujetaba

   
 

como al níspero la orquídea.

 

 
 

Un filete de pescado

   
 

su menú de cada día.

   
 

Un aroma de jazmín

   
 

pues a mí me componía.

   
 

Se apagó sencillamente

 

 
 

el minino siendo chispa.

   
 

¿Adónde se van los gatos

   
 

cuando fallecen, María?

   
 




 

PALOMO Y TRISTÁN

 

 

Palomo y Tristán arrastran

   
 

la carreta lentamente.

   
 

Rechinan las grandes ruedas

   
 

tiradas por ambos bueyes,

   
 

que en yunta también se irán

 

 
 

cuando les coja la muerte.

   
 

Un niño cruel los guía

   
 

hacia las tablas del muelle,

   
 

y un perro negro los sigue

   
 

mientras ladra, mientras muerde,

 

 
 

pretendiendo aligerar

   
 

aquella picada verde.

   
 

Palomo y Tristán enfrían

   
 

sus belfos en una fuente

   
 

donde cayó el cuerpo blanco

 

 
 

de alguna flor de septiembre.

   
 

Ya llegará la carreta

   
 

forzada, penosamente,

   
 

entre otras tantas carretas

   
 

que bajan del occidente,

 

 
 

a su destino común,

   
 

en punto, para las siete.

   
 

El niño cruel castiga,

   
 

con el látigo, seis veces,

   
 

a las bestias mientras grita

 

 
 

doble amenaza de muerte.

   
 

¡Pero esta pena cansina

   
 

de mi pecho hasta mi frente!

   
 

¡Y aquel angosto camino

   
 

que lleva a los tristes bueyes!

 

 
 




 

EL PÁJARO EN SU JAULA

 

 

No es la cuchara de plata

   
 

ni el tenedor de aluminio

   
 

los que roza la matrona

   
 

al lavar los utensilios.

   
 

Es el canto de un canario,

 

 
 

que dice yo ya no vivo,

   
 

quiero volver a aquel monte

   
 

donde he dejado mis trinos.

   
 

Y sube su larga nota

   
 

hasta el cielo verdecido

 

 
 

y allí libre permanece

   
 

mientras él sigue cautivo

   
 

en alta jaula pendiente

   
 

de la rama gris de un pino.

   
 

Quien lo invitara a una fuga

 

 
 

que reclama trino a trino.

   
 

Quien recogiera las penas

   
 

que se caen de su pico.

   
 

Un gato hambriento lo mira

   
 

fijamente bajo el pino

 

 
 

presumiendo que al comerlo

   
 

ha de saciar su apetito.

   
 

La muerte si los visita

   
 

no cambiará sus destinos.

   
 

El infierno aguarda al gato

 

 
 

y al pájaro el paraíso.

   
 




 

NO SE OYE VERSO NI TRINO

 

 

La casa se irá a caer

   
 

cualquiera de estos domingos.

   
 

El sauce que le da sombra

   
 

le presta también abrigo.

   
 

Fue de los Zarza-Gutiérrez,

 

 
 

después de Santiago Aquino,

   
 

hasta que Ofelia Pelayo

   
 

por ella dio doce anillos.

   
 

La casa de altas paredes

   
 

pasó por tantos caprichos:

 

 
 

desde un color verde oscuro

   
 

a un mamarracho amarillo.

   
 

En sus ruinosos aleros

   
 

las víboras hacen nidos.

   
 

Junto a su aljibe ya seco

 

 
 

no se oye verso ni trino.

   
 

Un perro de enormes ojos

   
 

desde el portón mira fijo

   
 

al gallo de la veleta

   
 

pintado de azul marino.

 

 
 

Y se pregunta ese perro

   
 

qué sucedió con el niño

   
 

con quien alegre jugaba

   
 

debajo del tamarindo.

   
 

La tierra del camposanto,

 

 
 

que huele a manto de lirios,

   
 

en colcha se ha transformado

   
 

y cubre ahora al buen niño.

   
 

Y tan juiciosa, su madre

   
 
 

¿fue ayer cuando ha enloquecido?;

 

 
 

no presta atención alguna

   
 

a su insistente ladrido.

   
 

La casa se viene abajo

   
 

limada por tantos grillos.

   
 

Las damas que van a misa

 

 
 

arrancan de sus postigos

   
 

jazmines de blanco aroma;

   
 

no dicen: «¿puedo?» «permiso...».

   
 

La viga cruje a la siesta,

   
 

y el perro, inquieto, da aviso.

 

 
 

Su dueña tiene los ojos

   
 

clavados en el vacío.

   
 

Ya sube y baja, la dama,

   
 

las escaleras del limbo,

   
 

mientras aspira el perfume

 

 
 

con el veneno prohibido

   
 

que le convidan las dalias,

   
 

los juncos y los espinos.

   
 

La casa se viene abajo.

   
 

Ofelia mece a un minino.

 

 
 

Su frente caliente besa

   
 

un ángel de aliento frío.

   
 




 

LA FECHA EN EL ÁRBOL

 

 

Fue por el mes de las flores.

   
 

Abrieron con un cuchillo

   
 

el tronco de un palo santo

   
 

dejando un corazoncito

   
 

allí, María Giménez

 

 
 

y Eladio Gómez Castillo.

   
 

El árbol curó la herida

   
 

que marca después se hizo

   
 

de un corazón desigual.

   
 

¡Ay, corazón de cuchillo!

 

 
 

Ya la pareja olvidó

   
 

-lavándose en largo río-

   
 

aquella tarde caliente

   
 

con besos por dentro tibios.

   
 

El palo santo aún recuerda

 

 
 

en medio de tantos trinos

   
 

la fecha de aquel encuentro

   
 

grabada hace medio siglo.

   
 

Y al duraznero pregunta

   
 

qué de los novios se hizo,

 

 
 

qué de los rubios amantes

   
 

que usáronle de testigo.

   
 

Y el duraznero responde:

   
 

«nadie lo sabe hermanito».

   
 

Su historia es la de otros árboles:

 

 
 

corteza fue de un capricho.

   
 

Hormigas rojas bordean

   
 

la fecha que junta olvido.

   
 






 

ROMANCES PERSONALES

 

LA HORA

 

 

He de morir en Villeta

   
 

una mañana de estío,

   
 

con saludable semblante,

   
 

como se mueren los mirlos.

   
 

Al revolver las cenizas

 

 
 

de algún deseo prohibido

   
 

(volver a clavar los ojos

   
 

en esos que yo he querido)

   
 

un ángel remojará

   
 

mis labios secos con vino.

 

 
 

Junté cabellera blanca

   
 

y un chal por cada vestido

   
 

para el momento aguardado

   
 

que llegará sin aviso.

   
 

He de morir en Villeta

 

 
 

como se mueren los mirlos

   
 

bebiendo todo el vinagre

   
 

que no acabó Jesucristo.

   
 

Tan parecida a mi madre.

   
 

Tan parecida a mi hijo.

 

 
 

La lluvia no cesará

   
 

desde la casa hasta el río.

   
 

Me guardarán entre chales

   
 

para llevarme un domingo

   
 

a loma sin flor alguna,

 

 
 

ni cruz que indique mi sitio.

   
 




 

ALMA

 

 

Mirar no más a la Virgen

   
 

de nacarado rosario,

   
 

después cerrar ya los ojos

   
 

en un azul relicario.

   
 

Soplar no más una vez

 

 
 

la flor de tonto desmayo

   
 

y los jazmines que aroman

   
 

las altas verjas del patio.

   
 

Besar no más una vez

   
 

las copas del viejo armario

 

 
 

brindando con el querer

   
 

que allí han dejado otros labios.

   
 

Morder no más una vez

   
 

un verdecido durazno

   
 

del huerto al que ya han barrido

 

 
 

inviernos como veranos.

   
 

Tocar no más una vez

   
 

la nota dulce de antaño

   
 

en blanca y en negra tecla

   
 

de aquel piano olvidado.

 

 
 

Sentir no más una vez

   
 

la muerte de los geranios

   
 

que hace enviudar a las rosas

   
 

y envía al cielo un canario

   
 




 

PERO ME RÍO

 

 

No es el lamento del sauce,

   
 

no son las quejas del pino,

   
 

tampoco es el duraznero

   
 

que trae un largo silbido

   
 

lo que me causa esta pena

 

 
 

pese a la cual yo sonrío.

   
 

Mi madre, qué llanto negro,

   
 

pero me río, me río.

   
 

Con su sotana va el cura,

   
 

y atrás, descalzo, el gentío,

 

 
 

con paso de romería,

   
 

se lleva a cuestas el Cristo.

   
 

Yo lloro, lloré por algo

   
 

sin conocer el motivo.

   
 

A veces soy ave suelta

 

 
 

que picotazos da al vidrio.

   
 

Respira, madre, el aroma

   
 

que esparce el agua del pino.

   
 

Ay, apartar ambas puertas,

   
 

e ir corriendo hasta el río.

 

 
 

Mas qué cordura la tuya

   
 

y qué locuras yo digo.

   
 

La lluvia levanta vuelo.

   
 

No queda en pie un solo trino.

   
 




 

LA ROSA AUSENTE

 

 

Hay chirimoyos, morales

   
 

y nísperos en mi patio.

   
 

También hay perfumes nuevos,

   
 

que cortan, muy afilados,

   
 

en dos mitades perfectas,

 

 
 

las frutas de mi manzano.

   
 

La lluvia del sur visita

   
 

a mis jardines goteando

   
 

del limonero fragante

   
 

así como de los pájaros.

 

 
 

«No hay rosa en este lugar»,

   
 

le dice el pino al naranjo,

   
 

deshojándose de risa

   
 

con sus dientes alargados.

   
 

No me bastan los jazmines

 

 
 

de delantal aromado,

   
 

ni la violeta que cabe

   
 

en la palma de mi mano.

   
 

Mi Virgen, quiero una rosa

   
 

para llevarla a un costado

 

 
 

del corazón que se muda

   
 

por dos quereres extraños.

   
 

Una rosa como niña

   
 

que esté quieta en el regazo

   
 

de las señoras hortensias

 

 
 

que florecen en mi patio.

   
 

Yo quiero una rosa roja,

   
 

que se toque como el raso,

   
 

para rozarla sin verla

   
 
 

en el último verano.

 

 
 

¡Mi corazón por su aroma!

   
 

¡Y mis ojos por su garbo!

   
 



 
 

MARIPOSA

 

 

Mariposa que das vueltas

   
 

en torno al fuego encendido,

   
 

tus alas lavan el aire

   
 

dejando fresco el recinto.

   
 

No quiero apagar la vela

 

 
 

que se desveló conmigo;

   
 

su llama, a veces, muy roja.

   
 

parpadea en el pabilo,

   
 

y en vano tú la abanicas

   
 

ahora que ha amanecido.

 

 
 

Si de lejos vienes, niña,

   
 

yo vengo de donde vivo,

   
 

que no es casa ni palacio,

   
 

es la prisión de un mendigo.

   
 

He aspirado la fragancia

 

 
 

de la flor desde mi altillo

   
 

y ese aroma se repite

   
 

las veces que se oye un trino.

   
 

¡Cómo cuesta al corazón

   
 

encontrar a su suspiro

 

 
 

habiendo tanto desorden

   
 

pues se perdió de su anillo

   
 

la boda que han celebrado

   
 

anoche el alma y el vino!

   
 

Mariposa de hierba fresca,

 

 
 

de tan lejano camino,

   
 

yo voy a dejar mi pueblo

   
 

volando tras tu destino.

   
 




 

LUZ DE VELA

 

 

Criatura pálida y frágil,

   
 

que en torno a la vela giras;

   
 

detén el vuelo un instante,

   
 

¿por qué tu alocada prisa?

   
 

Aprende de mí, muy lenta,

 

 
 

a un lado voy de la vida,

   
 

llevando sólo un paraguas

   
 

y una ligera valija.

   
 

Caduca ya en el pabilo

   
 

aquella vela encendida

 

 
 

mas tomas tú el ajetreo

   
 

de mantenerla con vida.

   
 

¿Qué pensamiento febril

   
 

te eleva o te inmoviliza?

   
 

Tus alas pequeñas cierras;

 

 
 

alguna melancolía

   
 

con beso muy frío toca

   
 

apenas sí mi mejilla.

   
 

Tus alas pequeñas abres;

   
 

mayor aún mi apatía

 

 
 

bosteza bajo el naranjo

   
 

que deja la tarde umbría.

   
 

Muy largas, tus patas guardan

   
 

un resto de mantequilla.

   
 

Das asco, mas tu figura

 

 
 

bañada en luz me hipnotiza.

   
 

No son los varios colores

   
 

de tu pequeña mantilla,

   
 

ni aquellos ojos cual brasas

   
 

que la candela reaviva.

 

 
 
 

Es ese verde recuerdo

   
 

traído de alguna villa

   
 

en tu equipaje ligero

   
 

que cargas como una niña.

   
 

Estaba por escribir

 

 
 

algunos versos con rima.

   
 

«Eran las noches muy frescas

   
 

al pie de aquellas colinas».

   
 

Y luego te vi, y tu abdomen

   
 

hizo mi idea mezquina.

 

 
 

Si te guardara en un vaso,

   
 

mañana te morirías.

   
 

Encuentra tú noble muerte

   
 

en esa llama divina.

   
 

Un mismo terror nos une:

 

 
 

es la cadencia aburrida

   
 

de la existencia que pasa

   
 

y vuelve nada la vida.

   
 

De mi alma a la hoja bajan

   
 

algunos versos con rima.

 

 
 

Al pecho moja la lluvia

   
 

y al corazón la llovizna.

   
 




 

ENTONCES

 

 

Aquel rosal de mi madre

   
 

cincuenta rosas tenía.

   
 

Sus flores, rojas, alegres,

   
 

al diablo y Dios persuadían:

   
 

«Señor, tu gracia queremos.

 

 
 

Tus aguijones, mandinga».

   
 

¿Y las pequeñas violetas?

   
 

Pues sí, corteses crecían,

   
 

pero tal vez no muy sanas;

   
 

no se elevaban altivas

 

 
 

desde sus frágiles tallos;

   
 

un sacudón, una brisa,

   
 

un viento sur las ajaba

   
 

como la mueca a la risa.

   
 

De aquel fecundo rosal

 

 
 

recuerdo que cierto día

   
 

corriendo tras una perra

   
 

mi falda quedó prendida.

   
 

Como la liebre en la trampa

   
 

caí en la hierba amarilla.

 

 
 

No fue mayor accidente...;

   
 

muy tontas, las margaritas,

   
 

cuchicheaban al sauce:

   
 

«la perra jaló a la niña».

   
 

Al muro con cal blanqueado

 

 
 

miraban tres santarritas.

   
 

Las flores por Dios tocadas

   
 

sólo entre yuyos crecían;

   
 

mas, castas, en el balcón,

   
 
 

formaban ramos las lilas.

 

 
 

Se me volvió diario vicio

   
 

romper a las margaritas;

   
 

tironearlas, a veces;

   
 

su resistencia ofrecida

   
 

me suplicaba juicio,

 

 
 

¡pero yo era tan niña!

   
 

Cosa de ver esos pétalos

   
 

dispersos sobre las vías

   
 

del tren que entonces mi hermano

   
 

correr y ulular hacía

 

 
 

mientras tres nubes de polvo

   
 

de tanta tierra subían.

   
 

¿Mi madre? Serena, dulce,

   
 

se apantallaba en la umbría

   
 

habitación de la casa.

 

 
 

¿Mi padre? Ah... «Buenos días».

   
 

«Avisen si llega Arsenio;

   
 

ya tuvo la vaca cría

   
 

y hay que limpiar el corral,

   
 

dejar las bateas listas».

 

 
 

Montando un viejo caballo

   
 

paseaba y tarde volvía.

   
 

Al regresar sólo el perro

   
 

su cola alegre movía.

   
 

Mi madre, el rosal, la casa...

 

 
 

¡Aquella tan blanca dicha!

   
 






 

ROMANCES DE FANTASÍA

 

LA CASA

 

 

Le va tapiando y dejando

   
 

sorda a la casa la hiedra.

   
 

Se esconden bajo su alero

   
 

ratones y comadrejas.

   
 

Tañendo las dos campanas

 

 
 

ya llaman desde la iglesia

   
 

a todos sus moradores

   
 

que son fantasmas en pena.

   
 

El viento norte alborota

   
 

el rococó de una pieza.

 

 
 

En ella quedose larga

   
 

y despeinada la hierba.

   
 

La casa sí que ha sabido

   
 

de fértiles parraleras.

   
 

De sus racimos volaban

 

 
 

al norte y sur las abejas.

   
 

Ningún clavel, ni un gladiolo

   
 

hoy pueden con sus malezas.

   
 

Por la humedad del techado

   
 

el tiempo lento gotea.

 

 
 

Le cubren de apariciones

   
 

murciélagos y culebras.

   
 

Casona de los relámpagos,

   
 

un trueno llama a tu puerta.

   
 




 

PORAS

 

 

En el camposanto verde

   
 

reposa ya Casimiro.

   
 

Su cruz se herrumbra olvidada

   
 

en el paraje lampiño.

   
 

La muerte lo sorprendió

   
 

al desandar un camino

   
 

atormentado por poras

   
 

con su caballo hecho brincos.

   
 

Cuando una sombra robó

   
 

su damajuana de vino

 

 
 

trazó un rasguño en el aire

   
 

la punta de su cuchillo.

   
 

A un lado cayó la rosa.

   
 

Y al otro cayó el jacinto.

   
 

Una bandada de cuervos

 

 
 

cubrió una fosa de espinos.

   
 

Allí quedó su caballo

   
 

lanzando tres resoplidos.

   
 

Sin vida en aquel pasaje

   
 

hallaron a Casimiro

 

 
 

dos enlutadas mujeres

   
 

que desviaron destino

   
 

del lodazal de las mulas

   
 

por más ligero camino.

   
 

A medianoche es oída

 

 
 

su queja en el triste sitio

   
 

y aquel lamento es llevado

   
 

por cuenta de un viento frío.

   
 




 

LAS TRES MUJERES DE LUTO

 

 

Bajaban con luto entero,

   
 

de cuervos por Dios malditos,

   
 

Petrona, Laura y Ofelia

   
 

hasta los húmedos nichos

   
 

donde dormían del lado

 

 
 

de Satanás sus maridos.

   
 

Con cuánto empeño arrancaban

   
 

los yuyos allí crecidos

   
 

sin visitar a las almas

   
 

de los jardines vecinos.

 

 
 

El pueblo las enjuiciaba.

   
 

Que no tenían juicio,

   
 

que hablar de ellas, no, doña,

   
 

pues se cuajaba el buen vino.

   
 

Cruzándose con la lluvia,

 

 
 

lavándose con el frío,

   
 

las tres enlutadas iban

   
 

metidas en diez vestidos

   
 

hasta los huertos en ruinas

   
 

del camposanto que cito.

 

 
 

Los perros de ánimo alerta

   
 

olían sus cuerpos fríos

   
 

y los borrachos al verlas

   
 

brindaban con doble tinto.

   
 

¡Su duelo es mi larga pena

 

 
 

que se hace un pequeño ovillo!

   
 




 

ROMANCE DEL POMBERO

 

 

Entre las sombras crujientes

   
 

de nísperos y gomeros

   
 

deambula, corre furtivo,

   
 

su majestad, el pombero.

   
 

No hay santos que lo rediman,

 

 
 

ni cruz que le dé sosiego.

   
 

El trasgo está enamorado

   
 

de Cándida Montenegro.

   
 

Ella es mozuela morena

   
 

con ojos que miran negros

 

 
 

donde se empaña la luna

   
 

y encuentran luz los espejos.

   
 

Quien la miró y no la amara

   
 

no era cristiano del pueblo.

   
 

Al verla todos los santos,

 

 
 

y San Antonio, el primero,

   
 

piropos con sal le dicen,

   
 

volviéndose zalameros.

   
 

Qué pena, qué soledad

   
 

le roba el alma al pombero.

 

 
 

Si por amor se volviera

   
 

señor, también caballero.

   
 

Cuando la luna está roja

   
 

él llega hasta el cementerio;

   
 

reniega allí de su sino.

 

 
 

Mejor estaría muerto.

   
 

Con cruz de hierro golpea

   
 

catorce veces su pecho.

   
 

Las rosas le son esquivas,

   
 
 

y toda la flor del huerto.

 

 
 

A media noche lamenta,

   
 

girando sobre el pescuezo,

   
 

su suerte con las estrellas,

   
 

con los distantes luceros

   
 

que ya querría obsequiar

 

 
 

a Cándida Montenegro.

   
 

A sus aullidos se juntan

   
 

ladridos de oscuros perros.

   
 

Los perros comen la carne.

   
 

Él sólo lame los huesos.

 

 
 

La niña de su querer,

   
 

que huele siempre a romero,

   
 

¿por qué de su sombra corre

   
 

con susto de benteveo?

   
 

La niña de su querer,

 

 
 

que lleva cinta en el pelo,

   
 

será de un santo varón,

   
 

de un señorito del pueblo.

   
 

¡Cómo son negras sus noches,

   
 

cómo le queman los celos!

 

 
 

Redonda y roja la luna

   
 

reluce en el cementerio.

   
 
 
 

LA CASA DE LOS NAVARRO

 

Construida en Villeta en el siglo pasado


 

 

La casa de los Navarro

   
 

proyecta sombra de torre.

   
 

La custodian noche y día

   
 

dos hieráticos leones.

   
 

Comentan los lugareños

 

 
 

que bajo un zócalo hay cofres

   
 

donde sumaron un siglo

   
 

la plata, el oro y el bronce.

   
 

Enclavada entre silbidos

   
 

del viento sur y del norte

 

 
 

aúlla la vieja casa

   
 

cuando le cubre la noche.

   
 

Ayer las mozas jugaban

   
 

en sus largos corredores.

   
 

Hoy esas niñas difuntas

 

 
 

suspiran tras sus barrotes.

   
 

El pora cuando atardece

   
 

registra sus picaportes

   
 

encerrándose medroso

   
 

detrás de puertas de roble

 

 
 

y ventanas sin cortinas

   
 

que giran sobre sus goznes.

   
 

Lunita, niña de quince,

   
 

que corres de monte en monte

   
 

¡no pases por esa casa

 

 
 

si llega la media noche!

   
 




 

EL FANTASMA DE MARÍA

 

 

Levanta el espectro a veces

   
 

sus largos dedos e indica

   
 

el sitio donde cayó

   
 

perdiendo allí su mantilla.

   
 

Fantasma de mala suerte

 

 
 

es hoy la bella María.

   
 

En vida fue alegre moza

   
 

que roja pana vestía.

   
 

Sus ojos, cual dos cuchillos,

   
 

a quien miraban vencían,

 

 
 

y lágrimas de luceros

   
 

brillaban en sus mejillas.

   
 

Fue un diecisiete de octubre

   
 

de un año que nadie olvida

   
 

cuando ocurrió la tragedia

 

 
 

que despertó a aquella villa.

   
 

Sus dos amantes armados

   
 

por celos se prometían

   
 

tras enfrentarse con naipes

   
 

volverse a ver en la esquina

 

 
 

para arrojar seis disparos

   
 

que deje al otro sin vida,

   
 

Por un farol alumbrada,

   
 

rozándose con ortigas,

   
 

la dama se adelantaba,

 

 
 

la dama marchaba a prisa

   
 

para impedir el encuentro

   
 
 

de aquella noche maldita.

   
 

Los dos cayeron bien muertos.

   
 

Sus muertes nunca se explica.

 

 
 

También cayó con los hombres

   
 

la casquivana María.

   
 

Corriendo el febril espectro,

   
 

del callejón a la esquina,

   
 

ya va y también ya retorna;

 

 
 

sus huesos, mientras, tiritan.

   
 

Es el apremio, el apuro

   
 

de quien ha marcado cita

   
 

con Sixto Lugo a las once

   
 

y a medianoche con Rivas.

 

 
 

La muerte no ha corregido

   
 

la veleidad de María.

   
 

Ni encuentra reposo el sauce

   
 

que sopla sobre su cripta.

   
 




 

CUARENTA Y UN CRUCIFIJOS

 

 

Dos rechinantes portones

   
 

del camposanto tendido

   
 

al pie de blancas estolas

   
 

abren el paso al gentío

   
 

que avanza tras el cajón

 

 
 

en el que va el fallecido

   
 

que con su soga se ahorcara

   
 

cumpliendo lo prometido.

   
 

¡Quién lo pudiera creer!

   
 

Estaba siempre tan vivo

 

 
 

corriendo tras las mozuelas

   
 

por puentes y por baldíos.

   
 

Frente al panteón de los Fracchi,

   
 

y en medio de cuatro nichos,

   
 

colocarán su ataúd,

 

 
 

valiéndose de unos picos.

   
 

«Que casi entró; que no cabe;

   
 

con suerte habría cabido»,

   
 

dirán los sepultureros,

   
 

sudando un día domingo.

 

 
 

De algún jazmín que rezuma,

   
 

lavándose, tres rocíos,

   
 

con llaves vendrán a abrirlo,

   
 

las aves de negro pico.

   
 

Ya pasarán estaciones,

 

 
 

darán su flor los espinos

   
 

cambiando de aroma al viento

   
 

que pasa por el recinto.

   
 

En una loma ubicado,

   
 
 

el camposanto alza un pino

 

 
 

a cuyas plantas se cuentan

   
 

cuarenta y un crucifijos.

   
 

Si al cementerio yo voy,

   
 

ante su cruz me santiguo;

   
 

recorro en largo silencio

 

 
 

sus recovecos perdidos,

   
 

sin despertar a los muertos,

   
 

más que difuntos, dormidos.

   
 






 

OTROS

 

EL COMPROMISO

 

 

Nos íbamos a casar.

   
 

Teníamos los anillos,

   
 

la fecha en abril fijada,

   
 

y, por supuesto, padrinos.

   
 

Junto al aljibe del patio

 

 
 

amantes en marzo fuimos.

   
 

Jazmines con luna llena

   
 

entonces fueron testigos.

   
 

Conversamos con el cura

   
 

debajo de un crucifijo

 

 
 

brindando por nuestra boda

   
 

con copas llenas de vino.

   
 

«Señor cura, nos queremos;

   
 

sin casa, ni árbol de pino,

   
 

nos casaremos, al alba,

 

 
 

dentro de cuatro domingos».

   
 

¡Cómo cambia el corazón

   
 

del bermejo al amarillo!

   
 

Él guiñó el ojo a mi hermana.

   
 

Y yo a su mejor amigo.

 

 
 

Del limonero a la fuente

   
 

rodando fue el compromiso.

   
 

Al darnos el beso último

   
 

debajo del eucalipto

   
 

quedose fría la tarde

 

 
 
 

de aquel callado domingo.

   
 

La plaza extendía sombra

   
 

y daba el reloj las cinco.

   
 

Le devolví las alhajas,

   
 

guardando para el olvido,

 

 
 

sus cartas mejor escritas

   
 

y su pañuelo de lino.

   
 

No he de volver nunca el paso

   
 

ni el rostro hacia su silbido.

   
 

En el manzano del huerto

 

 
 

ya dio su flor el capricho.

   
 

La luna azul se dibuja

   
 

en tanto cielo aterido.

   
 

Tirita buscando a ratos

   
 

balcón que le dé cobijo.

 

 
 

Nos íbamos a casar

   
 

al pie de un pálido cirio,

   
 

yo de novicia de pueblo,

   
 

él de uniforme marino.

   
 

El viento a ratos sacude

 

 
 

el hierro ya carcomido

   
 

de las campanas que suenan

   
 

con largo y triste tañido.

   
 

La boda se deshojó.

   
 

Doble traición cometimos.

 

 
 

Él guiñó el ojo a mi hermana.

   
 

Y yo a su mejor amigo.

   
 




 

LOS QUINCE JINETES

 

 

Montando negros caballos

   
 

bajaban hombres del monte

   
 

anticipándose al paso

   
 

de los jinetes del norte

   
 

que parejitos llevaban

   
 

el viento con el galope.

   
 

Los rostros de los jazmines

   
 

tienen huellas de otras flores:

   
 

las de las blancas muchachas

   
 

cuyos párpados cual cofres

 

 
 

pesadamente se cierran

   
 

después de la medianoche.

   
 

Un potro de negra estampa,

   
 

un liberal, un revólver,

   
 

y un pañuelo azul al viento

 

 
 

subían al horizonte.

   
 

Ramón, el caudillo tuerto,

   
 

a gritos daba la orden:

   
 

«A la izquierda, a la derecha,

   
 

vayamos ahora al trote».

 

 
 

Ya las muchachas corrían

   
 

alegres a sus balcones

   
 

para guardar al instante

   
 

un beso con luz de flores

   
 

o un saludo vuelto pájaro

 

 
 

de aquellos quince varones.

   
 

(El saludo en las mejillas.

   
 

Los besos en los escotes).

   
 

«Se acercan los liberales»,

   
 
 

gritó el comisario Onofre

 

 
 

cerrando entonces la puerta

   
 

del pueblo con un gran golpe.

   
 

Mas los rebeldes ya estaban

   
 

apeándose bravucones.

   
 

Después de cincuenta años

 

 
 

se escuchan aún los trotes

   
 

de esos caballos y el viento

   
 

baja un relincho del monte.

   
 




 

VILLETA

 

 

Sus pájaros emigraron

   
 

hacia un ocaso bruñido

   
 

en busca, acaso, del árbol

   
 

que les brinde verde abrigo.

   
 

Pero Villeta está quieta

 

 
 

como una rueca en un siglo;

   
 

no se han mudado sus casas

   
 

de corredores umbríos.

   
 

Y la iglesia sigue intacta.

   
 

Y hasta quien fue el monaguillo

 

 
 

será proclamado santo

   
 

por gracia de algún obispo.

   
 

No, señor, nada ha cambiado.

   
 

Ni la niña que un domingo

   
 

va a consultar, vanidosa,

 

 
 

con el espejo del río.

   
 

Ni la dama de peinetas

   
 

que agitando su abanico

   
 

convierte tanto calor

   
 

en un cadencioso frío.

 

 
 

Villeta está como siempre.

   
 

Ni un sauce más. Ni otro pino.

   
 

Ni otro cielo que varíe

   
 

la marca de su destino.

   
 




 

TODOS IBAN A REZAR

 

 

Iban a misa las viejas

   
 

que de chimentos sabían

   
 

así como de misterios

   
 

que los rosarios tenían.

   
 

¡Ah... el prolongado ritual

 

 
 

que acalambraba rodillas!

   
 

Negro abanico agitando

   
 

llegaba doña Paulina

   
 

hasta los bancos de cedro

   
 

y en ellos languidecía

 

 
 

igual a muchos cristianos

   
 

que de sopor se morían;

   
 

la dama diciendo amén,

   
 

a coro, al fin, revivía.

   
 

Y no faltaba el demonio

 

 
 

de coloradas mejillas;

   
 

entre la chusma escondido

   
 

se santiguaba y partía

   
 

dejando en el templo santo

   
 

la amarillenta saliva

 

 
 

con que alcanzaba los rostros

   
 

de Jesucristo y María.

   
 

El cura ponía empeño,

   
 

y su latín, cuesta arriba,

   
 

a algunos desperezaba,

 

 
 

y a otros sólo dormía.

   
 

Mejor latín habla el diablo

   
 

en lengua de las arpías.

   
 

de las ancianas babosas,

   
 
 

que mientras oyen la misa,

 

 
 

también murmuran pecados

   
 

y faltas de sus vecinas.

   
 

Los fieles de aquella iglesia,

   
 

con lámparas encendidas,

   
 

hoy bajan al mismo infierno

 

 
 

formando una larga fila.

   
 




 

DON FIDELINO MAÍZ

 

 

Don Fidelino Maíz,

   
 

jinete de la alquería,

   
 

de su caballo se apeó

   
 

para morir en su día.

   
 

Aún estaba reciente

 

 
 

en sus vidriosas pupilas

   
 

el brillo de aquel cuchillo

   
 

con que llegó el homicida

   
 

hasta su cama de hierro

   
 

donde buen sueño dormía.

 

 
 

Y fue el entierro a las cuatro.

   
 

Copiosa lluvia caía

   
 

sobre el cortejo ruidoso

   
 

que ya no tuvo cabida

   
 

en el camino de tierra

 

 
 

y sobre piedras subía.

   
 

Ah... los susurros de siempre

   
 

que alegran la comitiva:

   
 

-Adúltera Amalia Fuentes,

   
 

besándose en una esquina

 

 
 

con don Francisco Ortellado,

   
 

esposo de doña Elvira-.

   
 

-¿Y sus guineas Juliana?-.

   
 

-Mejores son mis gallinas;

   
 

docena de huevos ponen

 

 
 

con sólo comer hormigas-.

   
 

-Si es que se apura el cortejo

   
 

llegamos ya a la otra esquina-.

   
 
 

Preocupación de otra índole

   
 

a los demás afligía.

 

 
 

-¿Cristiano fue Fidelino?

   
 

-Pues nadie lo vio en las misas

   
 

y en cada almacén del pueblo

   
 

deudas por caña tenía-.

   
 

Atormentaba al difunto

 

 
 

que crisantemos lucía

   
 

no conocer por lo menos

   
 

a su puntual homicida.

   
 

¿Acaso Eladio Vallejos,

   
 

a quien dinero debía,

 

 
 

o Rómulo, su cuñado,

   
 

quien le tomó antipatía?

   
 

Ajenos a aquellas dudas,

   
 

dos hombres ya lo metían

   
 

en metro y medio de fosa

 

 
 

que su caballo medía.

   
 

Desde las ramas de un pino

   
 

volaron tres golondrinas.

   
 

La lluvia escampó en el acto.

   
 

Fue aquel un hermoso día.

 

 
 




 

MAL TIEMPO

 

 

Como una chispa se enciende

   
 

el viento en los matorrales

   
 

llevando el polvo que cubre

   
 

el rostro de los rosales.

   
 

Enormes nubes y un rayo

 

 
 

se ciernen sobre el paisaje

   
 

del río que serpentea

   
 

bajando camalotales.

   
 

Un cacareo infernal

   
 

proviene de un carruaje;

 

 
 

es Gracia Aquino que baja

   
 

un gallo como equipaje

   
 

y se guarece en su rancho

   
 

de dos pequeños portales.

   
 

Un poco más y el mal tiempo

 

 
 

la alcanza en pleno viaje.

   
 

Los remolinos del viento

   
 

no dejan voz en el aire.

   
 

«¿Qué dijo usted, doña Clara?»

   
 

ya grita haciendo ademanes

 

 
 

una mujer que corriendo

   
 

dos veces cruza la calle

   
 

detrás de un perro pequeño

   
 

que se perdió de su madre

   
 

«Hay que trancar las ventanas»

 

 
 

ordena desde su catre

   
 

una matrona robusta

   
 

con el talante del mate:

   
 

ya frío, ya muy caliente,

   
 
 

servido por su comadre.

 

 
 

El viento apresura el vuelo

   
 

de una bandada de aves

   
 

que cruza el cielo estampando

   
 

blancor en negro paisaje.

   
 

Un rayo cae a lo lejos.

 

 
 

El trueno suena más tarde.

   
 

La lluvia moja los pinos

   
 

y corre tras el follaje.

   
 

¿Levantará los rebozos

   
 

de los enormes frutales?

 

 
 

«Que cierren pronto la puerta»,

   
 

ordena Plácido Iraldes

   
 

buscando en ambos bolsillos,

   
 

sin encontrar, una llave.

   
 

De tanto en tanto suceden

 

 
 

las cosas que otros no saben:

   
 

un alhelí es arrastrado

   
 

por el raudal de la calle,

   
 

y luego sube a una hoja

   
 

por si llegara a alcanzarle

 

 
 

la rosa que presurosa

   
 

intenta ya adelantarle.

   
 

La lluvia oscurece el día.

   
 

Al alma se le hace tarde.

   
 

 

 
 
 
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