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JOSÉ ANTONIO VÁZQUEZ


  LA VIRGEN COLORADA DE CAACUPE - Por JOSÉ ANTONIO VÁZQUEZ


LA VIRGEN COLORADA DE CAACUPE - Por JOSÉ ANTONIO VÁZQUEZ

LA VIRGEN COLORADA DE CAACUPE

Por JOSÉ ANTONIO VÁZQUEZ

Editado por FONDO EDITORIAL PARAQUARIAE

Distribuye ARTE NUEVO EDITORES

Asunción – Paraguay

1987 (162 páginas)

 

 

         La gran peregrinación anual de los paraguayos a Caacupé no es una tradición histórica. Fue una cosa tan desconocida como impensable en tiempos de la Colonia, de la Independencia, o de los López. Fue una novedad de la post-guerra, y contemporánea a las demás novedades que como la masonería, los yerbales privatizados, los Bancos, los partidos políticos, los "empréstitos públicos", los colegios de monjas, las damas de la caridad o los protestantes y la conferencia del Dr. Wood, solo fueron posibles en el Paraguay mediante un río de sangre, sólo con la muerte de López.

         Por coincidencia fue también contemporánea con la pequeña esfera de cuero inflable, el fútbol, y sus primeras prácticas en los descampados de la ciudad.

         En vano se hurgará en los viejos documentos o en las crónicas antiguas, rastros o referencias de multitudes caminando hacia Caacupé. Antes bien, en El Paraguayo Independiente, en el Semanario, en la Aurora, en el Almanaque, como en cualquiera de los numerosos periódicos que en guaraní inundaron las trincheras durante la Guerra, la Virgen de Caacupé ni siquiera aparece, no será mencionada para nada.

         La guerra de la Triple Alianza, no terminó para la Iglesia paraguaya en Cerro Corá. Se prolongó diez años más, lapso llamado con algún eufemismo la "Cuestión Religiosa".

         Las hostilidades cesaron en 1879 con el nombramiento de un Obispo paraguayo, el primero después de la Guerra, y la apertura de un Seminario a cargo de profesores extranjeros destinados a forjar una nueva clerecía, una nueva mentalidad depurada y libre de todo exceso de "cesarismo", nota que afectaba al viejo clero nacional de tiempos de Francia y de los López que sobrevivió a la hecatombe. La llegada de los padres lazaristas tuvo visos de victoria póstuma, de desquite del enviado pontificio Ignacio Eyzaguirre sobre las cenizas de Carlos Antonio López.

         Recompuesta la jerarquía, y normalizada la vida de la Iglesia en la década del 80, pudo encararse en el marco ecuménico del culto mariano, la tarea de señalar para la

Virgen María en el Paraguay, una imagen particular y un santuario que imantasen la devoción de los fieles de todo el país.

         Caacupé resultó sin duda una acertada elección.

         No lejos de la Capital, en la zona más poblada del país, con un paisaje serrano aromado de frutos silvestres, entre bosques y espacios verdes, y una sinfonía de arroyos, nada como Caacupé podía tan placenteramente acoger a la vez cientos de carretas y miles de jinetes y caminantes. Pero sobre todas las ventajas resplandecía la advocación oportuna y feliz de la pequeña Patrona: "Nuestra Señora de los Milagros".

         Fue el Padre Fidel Maiz quien abrió la campaña publicitaria en 1883 con "La Virgen de los Milagros de Caacupé", libro reeditado en 1895 para atraer la mirada y despertar la simpatía hacia aquella modesta y hasta entonces poco conocida imagen.

         Expirando el siglo, cuando el joven Obispo Juan Sinforiano Bogarín encarga a su entrañable condiscípulo, el padre Hermenegildo Roa, y al propio Maiz, la "Reseña Histórica de la Iglesia de Asunción", estos autores admitirán que como todos los países tenían su Virgen milagrosa con un santuario objeto de romerías, "el Paraguay promovió la de Caacupé".

         Pero como toda novedad, la campaña suscitó en sus comienzos una gran resistencia. No sólo de parte de los librepensadores o de los masones, sino también de algunos curas y teólogos conservadores, y de muchos creyentes fanáticos del santo de sus ancestros, o del Patrono de su pueblo natal.

         A la critica que insistía en señalar la carencia de historial milagroso en la virgen, los autores de la Reseña respondían que no se debía ser tan riguroso en la exigencia de pruebas o "documentos escritos", por tratarse el Paraguay -decían- de un país que salía de una guerra en cuya hoguera se perdieron los archivos y los libros parroquiales. Este argumento inevitable a la sazón, era en rigor inexacto. Los documentos de la Iglesia no sé quemaron ni se transformaron en cartuchos. Los archivos del Cabildo eclesiástico, del Colegio, y de los Conventos, a la par con los del Gobierno y del Cabildo secular, se custodiaban celosamente en las dos primeras salas del Palacio, a la izquierda del zaguán. A todos a un tiempo la Retirada transformó en una penosa caravana de carretas expuesta a los vientos, a la lluvia y al sol. Muchos documentos se traspapelaron sí, y otros sufrieron el manoseo y el pillaje de los vencedores.

         El clero que inducía a peregrinar era tildado de oscurantista, y acusado por sus detractores de incitar al pueblo a la idolatría y a la adoración de imágenes.

         La Virgen de Caacupé fue un foco de encendidas polémicas en los dos últimos decenios del siglo pasado.

         Cuando el padre Maíz subió al púlpito de Piribebuy en 1891, dedicó su discurso a compatibilizar la devoción de la Inmaculada vecina, con el culto local al Señor Crucificado, y no descendió sin antes replicar con una cita del Arzobispo de Westminster, a los ardorosos adversarios de la adoración de imágenes.

         Poco después el conocidísimo sacerdote José Natalicio Rojas al ocupar su cátedra de Caacupé, patentizó un milagro de la Virgen con su propio cuerpo, sanado de una enfermedad -aseguró- de la que los médicos habían desesperado. Este milagro sin embargo de haberse impreso el sermón, no parece haber perdurado en la memoria de los fieles, tal vez porque el orador no especificó la enfermedad, o no individualizó a los médicos.

         Como sea, al igual que en otros países la grey católica terminó por acatar a sus pastores. Las primeras romerías fueron modestas y estaban lejos de cubrir la plaza. Pero los convites se extendían, y cada año eran más notorias. La gente dormía en los corredores, bajo las carretas o a cielo abierto, y el punto culminante era siempre la procesión en el circuito de la plaza, cuando la etérea visión de la Virgen sobre los hombros de sus fieles, al son de la banda como en triunfo, avanzaba recortando lentamente el perfil de los cerros lejanos.

         Ya al despuntar el presente siglo "Caras y Caretas", la revista gráfica de Buenos Aires que cubría la actualidad internacional, publicó tres fotografías a saber, la salida de

la procesión, el recodo por la plaza, y un primer plano de la imagen, con un texto que equivalía a una primicia para el mundo:

 

         Del Paraguay - La Virgen de Caacupé.

         No va quedando ya en América pueblo que no posea por lo menos una Virgen milagrosa. Es como una bendición del cielo a sus habitantes católicos, cuyo fervor sin disputa compite con los más religiosos del mundo, según la importancia que alcanza el culto de la santa venerada, en cada caso.

         En Caacupé (Paraguay), existe también una Virgen que realiza milagros a porrillo. Tiene por consiguiente feligreses a millares que todos los años realizan una visita al santuario. El pueblo donde se venera la imagen es modesto y como no hubiera donde albergar a tanto visitante, muchos durmieron en el atrio de la iglesia, al aire libre, cobrando la población apartada un aspecto de misticismo poco acostumbrado y sólo comparable al que ofrecían en otras edades escenas tocantes de religiosidad. Y no sólo la Virgen ha salido ganando obteniendo tan crecido número de feligreses, sino también los pequeños comerciantes que han hecho su agosto en forma inusitada".

 

         Así llegó el centenario del 14 de mayo.

         Truncada por las bayonetas de la Triple Alianza, la gran Gesta se hallaba desfigurada en una fecha, en una majadería de escuela primaria. Y mientras las inocentes maestras repetían hasta el cansancio el "racconto" de Somellera o la versión de los nietos de los incondicionales del Gobernador, salían a luz dos grandes álbumes por el Centenario.

         El de Monte Domecq ignoró a Caacupé, pero el de López Decoud ofreció tres fotos de un grupo de caminantes empequeñecidos por el entorno selvático, y un subtítulo: "Peregrinaje en visitación de la milagrosa Virgen de Caacupé que se realiza todos los años en Diciembre". El anuario de 1927 no será menos escueto: "Tiene -decía- un santuario de la Virgen de los Milagros adonde acuden anualmente millares de peregrinos".

         Para entonces el rugido de los primeros automóviles ya se hacía sentir y los Fords a bigote se diseminaban raudamente haciendo zig-zag sobre las profundas huellas de las carretas, con espanto de bueyes y cabalgaduras, y de nubes de despavoridas gallinas. Pronto se vio a los pioneros estacionar frente al atrio. Al aroma puro de los cocoteros se mezclaba ahora un olor nuevo, acre y penetrante: la nafta. El bucólico caserío del XIX comenzó a mudar de fisonomía. Y con la pavimentación de la ruta en los años cuarenta, Caacupé se transformó en residencia de verano de muchas familias asuncenas. En su bullicio competía con San Bernardino, y apuró la agonía de Areguá, la otrora reina del lago.

         La modernización alcanzo al templo. Se demolió sin escrúpulos una típica iglesia paraguaya levantada a costa de los primitivos caacupeños en 1770, y que refaccionada en 1846, lejos de insinuar ruina mantenía con airosa modestia, todos sus materiales de origen. En su lugar domina hoy la cúpula de una basílica faraónica, un tanto fría, como avergonzada de un crimen innecesario.

         La piqueta en su momento levantó una polvareda de indignación. La gente ligada a la cultura protesto. La que podía impedirla, callo. Y la Virgen en tanto madera inanimada, no pudo despegar los labios.

         De todas maneras ya nada podía afectar a la gran cita colectiva que al decir del doctor Mariano Celso Pedroso, el antiguo párroco, recibió con la guerra del Chaco su impulso definitivo.

         Aunque sin el bordón y la esclavina de los romeros de la Edad Media, la marea. multicolor de caminantes de sombrero pirí o celeste manto, descalzos o en championes, de túnica o en vaquero, el rosario en la mano o la radio a transistor, seguirá conmoviendo todos los años al sol de diciembre, mientras traspone con su esperanza a cuestas la cima del cerro, y desciende sudorosa para rodear la diminuta imagen.

         Los medios de comunicación están en todas partes, pero la esencia última de Caacupé es inasible, se atomiza, se oculta. Apartando a quienes acuden por razón de su oficio, por aumentar sus ingresos y los de su familia, por compromiso o por curiosidad, siempre resta una suma de fe y confidencia, motivaciones individuales anidadas con pudor en el cuenco inaccesible del alma humana, como un tesoro intimo que a nadie sino a la Virgen se transfiere.

         Entonces nada fácil es para la radio y la televisión retransmitir Caacupé sin el riesgo de caer en el estilo festivalero. Y cada vez que arrecian los alaridos del relator, acude la reflexión de Valery, "Sólo los tontos atropellan el recinto en el que hasta los ángeles temen entrar".

         Un pueblo que sin distinción de banderías políticas, de fortuna o de clase, de sexo o edad, se concentra desde todos los rincones del país, apretujado en la explanada y sus bocacalles, es un auditorio que no puede ignorarse. Como en una nueva Jerusalén allí asienta el Magisterio de la Iglesia su cátedra, y hace oír su voz y sus preocupaciones sobre la problemática temporal, y revive su vocación histórica por los pobres.

         El poder de Jesús y de los primeros cristianos estaba en la Palabra, sin dependencia ni tratos con el aparato romano o judío. Los tiempos han cambiado. Hoy es poco probable, aun con el espíritu de Puebla, que la iglesia regrese a las catacumbas.

         Entretanto la presencia de los tres Poderes del Estado, y de la gente uniformada cada vez más visible, le confieren a la celebración de Caacupé desde hace más de un cuarto de siglo, el sello y el ropaje de un acto oficial.

 

         Los antiguos no decían lago, sino laguna.

         Aguirre anotó: "Tiene la Provincia muchas lagunas. Las principales, de Ipacaray o Tapaicuá, Ipoa, (y) Mandió, van puestas en el mapa. De ellas se cuentan mil vulgaridades despreciables".

         Una de éstas retomó el Padre Maíz para popularizar la imagen de Caacupé, versión recreada a partir de él en múltiples monografías, y repetida por periodistas acuciados en cubrir su página en vísperas de la fiesta.

         Se trata del conocido prodigio atribuido a Luís de Bolaños. Quebradas las rocas de un "icuá", las aguas se desbordan y como enloquecidas inundan el valle de Pirayú. Al conjuro del franciscano el diluvio retrocede, las aguas se aquietan y nace el lago Ypacaraí. Un indio llamado José advierte un envoltorio flotante que contiene una pequeña imagen, una Concepción. Esta imagen había sido esculpida tiempos atrás por otro indio José, hábil carpintero de Tobatí según algunos, de Atyra según otros, en gratitud de haberse salvado de una irrupción de tupíes, dicen unos, de mbayás dicen otros. El lago nacido como por encanto, habría sepultado para siempre al primitivo pueblo de Arecayá.

         Nada tiene de malo un mito por absurdo que parezca. Escudriñar la fantasía de los relatos primitivos es toda una ciencia, y muy valiosa. Lo que fastidia es ver a gente instruida convalidando fábulas como hechos históricos. El padre Maíz, el primero que la puso en imprenta, tuvo cuando menos la honestidad de confesar que la versión no cuajaba con la Historia, que caía una y otra vez en vacíos de tiempo, en "pozos históricos".

         Pero en verdad no contiene el menor ingrediente o dato compatible con los días de Bolaños, delatando así una creación muy posterior a su tiempo, nacida de gente sencilla, ingenua e iletrada, probablemente de la segunda mitad del siglo XVIII.

         Los tupíes por ejemplo, nunca pusieron los pies en el Paraguay propiamente dicho, ni antes ni después de Bolaños, y mucho menos en la Cordillera. Los mbayás sí, pero sólo después que cruzando el río Paraguay se orientalizaron para señorear todo el Norte, desde Cuyabá hasta el Ipané.

         La primera invasión mbayá acaeció en 1741, un año de seca extraordinaria. Irrumpiendo cómodamente por Urundey, hasta entonces impenetrable, sembraron el pánico y la desolación en siete ataques consecutivos, cada vez más profundos. De estancia en estancia llegaron hasta las haciendas de Limpio, el Salado, Turumandí, Altos, Atyrá y Tobatí. El saldo fue aterrador. Cada ataque significaba centenas de paraguayos muertos o cautivados, y las estancias incendiadas. Entre tantos cadáveres diseminados se encontró el del cura de Tobatí, Blas González, que se hallaba revisando su hacienda. Era hermano de Juan González Melgarejo, el famosísimo Obispo paraguayo de Chile.

         El nuevo Gobernador Moneda encaró la situación. Cerró todos los pasos posibles con tres nuevos fortines, Urundey-yurú, Ipytá y Mainumby, y en 1744 fundó Emboscada, cubriendo las espaldas del presidio de Arecutacuá.

         Se enjugaron las lágrimas, retornó la confianza, y aquel año fatídico pareció olvidado. Pero doce años más tarde, y tras siete largos meses sin llover, los mbayás reaparecen esta vez por Gazorí. Costeando los primeros cerros de Alfonso cayeron sobre la estancia de Santiago Franco, que estaba de cumpleaños. Nadie tuvo tiempo de agarrar un arma. Veinte y seis cadáveres, y la estancia en llamas. Así nació Caraguatay, un nuevo fortín.

         Cuando veinte años más tarde recordaba el episodio el capitán González Cano, un sobreviviente que alcanzó el monte, temblaba todavía. Pintarrajeados, con sus dos metros de estatura, en veloces evoluciones de doble fila, perfectas, bien ensayadas, y al son de maracas y yuru-petés terroríficos que helaban la sangre, los jinetes mbayás se arrojaban como halcones sobre su presa.

         De tal suerte el temible nombre mbayá se hizo conocer en la Cordillera sólo entre 1741 y 1753, y no puede mezclarse en una leyenda centrada en un franciscano que había fallecido en Buenos Aires casi dos siglos antes, en 1629.

         Pero cualquier disquisición holgará con la severa ordenanza de Juan de Garay, del 17 de octubre de 1578:

        

         "que todos los señores de vacas, desde el río de Tobatí hasta el que sale de la laguna de Tapaicuá, hasta do entra en el río Paraguay, hagan corrales do metan el ganado de noche, y de día le tengan en guarda porque hacen daño a las rozas y labranzas de los indios comarcanos".

 

         Cuatro varas de lienzo por animal en infracción era la pena. Y ocho días el plazo.

         De modo que Bolaños ni siquiera se había ordenado, cuando ya el lago era un punto familiar de referencia, tanto para Garay como para los primitivos conquistadores bajo su mando, a quienes la Ordenanza iba dirigida. Es oportuno agregar que en ninguno de sus numerosos bandos aparecen nombrados los pueblos indígenas, ni pudieron nombrarse, dado que hasta el instante de caer Garay degollado en manos de los minuanes en 1584, dichos pueblos no existían ni nadie había pensado en fundarlos.

         Sin embargo Altos y Tobatí, también Atyra, y hasta Arecayá, aparecen orondamente en el cuento como anteriores a la existencia del Lago. Por otra parte, quien urdió el cuento ignoraba que hasta el último día de permanencia de Bolaños en el Paraguay, más que "pueblos" eran todavía simples dormideros de varios, montón de barracas pajizas, con una más espaciosa que hacía de Iglesia. Entre tantos atemorizados labradores indígenas, recién arrancados de sus primigenias sementeras, era del todo imposible pretender gente de oficio ni artesanos capaces de tallar una imagen bíblica. Los franciscanos de Asunción, como Bolaños, pertenecieron hasta 1612 a la Provincia franciscana del Perú. Ese año es creada como nueva unidad la provincia franciscana del Paraguay, novena en América, décima si se cuenta Filipinas.

         Fray Serrano de Castro, del Convento de Arequipa en 1611, Superior de Cuzco en 1621, mudado más tarde a Charcas, fue así contemporáneo y co-provinciano de Bolaños, a quien sobrevivió. En 1633 Serrano viajó a España y tomó asiento en el Capítulo de Toledo, en el que se trató la canonización de Francisco Solano, de la que pasó a ser su postulador ante el Pontífice. En 1637, cuando escribió su conocida Relación sobre las misiones franciscanas, incluyó y ensalzó a Bolaños por su tesón en la reducción de los indios salvajes del Paraguay, entre quienes amado y temido al mismo tiempo, afirmó, se desplazaba con naturalidad "come si andássero per Roma".

         Pero de lagos conjurados o de imágenes flotantes, Fray Serrano nada dijo, nada podía decir.

         Luis de Bolaños asistía a los Sínodos o Capítulos de su Orden, y es justo concluir en su honor que él nunca se atribuyó prodigio alguno, ni inventó la fábula.

         Es obvio además que en vida de Bolaños nadie se hubiera arriesgado a tramarle un "nacimiento" a un Lago tan conocido por todos. Entre los ancianos aún sobrevivían algunos conquistadores de aquellos que con Irala habían descubierto en tierras de Tapaicuá, a menos de una jornada de la casa fuerte, aquel maravilloso espejo que engarzado entre cerros, a la noche copiaba el temblor de todas las estrellas.

         La Orden seráfica -es ociosa la salvedad- nunca se hizo oficialmente cómplice de la superchería.

 

         A la fantasía del Lago le sigue de cerca otra: la que concede a Carlos Morfy la fundación de Caacupé. En su tiempo un Gobernador no se ocupaba de capillas rurales, ni daba para bizcochuelos la temperatura del horno.

         Este Coronel irlandés pacificaba Corrientes cuando recibió la orden de pasar al Paraguay, cuya Gobernación vacaba desde la enfermedad de Martínez Fontes, y en manos de su Teniente General Fulgencio Yegros y Ledesma que le suplía, la Provincia se precipitaba a su disolución. Oigámosle al mismo Morfy:

 

         "Cuando llegué la fuerza de los altercados estaba en la unión estrecha de ambos Cabildos, eclesiástico y secular, en contraposición a las resoluciones gubernativas del interino (Fulgencio Yegros) que vine a mudar, quien por ser natural del país no halló aceptación entre los suyos. Las disensiones llegaron a tanto extremo que si de mi expedición contra la ciudad de Corrientes no me transfiero tan oportunamente a la pacificación igualmente de los alborotos de esta Capital, el interino seguramente hubiera despachado río abajo a los confederados de ambos cabildos, con el Provisor a la cabeza".

 

         Morfy arribó con premura en Setiembre de 1766. Pero lo más grave ya se había consumado. Una tragedia que había de marcar la memoria de tres generaciones de paraguayos.

         Desafiando los consejos del Gobernador moribundo, la opinión del Cabildo, y las protestas de los curuguateños, Fulgencio Yegros había metido al aborrecido sevillano Bartolomé Larios Galván de Teniente General y justicia Mayor de San Isidro de Curuguaty.

         Yegros tenía parte en los negocios de éste, y en la mira de ambos estaban los yerbales de Curuguaty. Contaban con tres secuaces, José Antonio Serrano, Juan Antonio Aguirre y Leandro Pando, todos de antemano colocados en el Cabildo local como Alférez Real, Alguacil Mayor y Fiel Ejecutor, sin embargo de que ninguno era curuguateño.

         Anticipadamente el Cabildo de San Isidro con las firmas de sus Alcaldes Matías Troche y José González Vejarano, y el asesoramiento del docto de la Villa el Sargento Mayor Mauricio Villalba, había repudiado el nombramiento y reclamado la intervención de sus pares de Asunción. Pero en el Ayuntamiento asunceno Yegros se mantuvo firme y argumentó que para gobernar el infierno era menester un Lucifer. A las primeras arbitrariedades, aquel Cabildo se quejó directamente a Yegros, pero éste por toda respuesta le facilitó a su Lucifer la copia de la queja, con una lista reservada de los curuguateños a quienes debía perseguir.

         Comenzó Galván por prender a Troche, pero éste antes se asiló en la Iglesia. Por mediación del cura obtuvo una amnistía de palabra. Pero apenas salió fue atrapado y engrillado. Al punto se caldearon las pasiones en toda la Provincia y aumentaron los rivales de Fulgencio Yegros, quien ya tenía en su contra a los cabildos de Asunción, con el poderoso Salvador Cabañas a la cabeza, y tras él, toda la Cordillera. Atizaban el fuego además dos influyentes curas nativos de Curuguaty, y hasta la esposa de Serrano, habitual delatora de su marido.

         Sin embargo Galván prosiguió cargando la mano hasta que cometió la fatal imprudencia. En Agosto, primero de los tres meses de "chacareo", tiempo libre de servicios y sagrado en Curuguaty, mandó alistar un cuerpo de 60 hombres para abrir caminos y descubrir yerbales, cosa que todos sabían era en su particular beneficio.

         La gente incomodada pidió reconsideración, pero fue despedida de malos modos. El alistamiento partió a desgano, y desde las afueras, viendo feas las cosas su Maestre de Campo Juan Ignacio Vejarano reiteró la súplica y Larios Galván ese mismo día, 23 de Agosto de 1765, contestó: "que cumplan y sigan a su destino, pena de traidores al Rey, y que como a tales comuneros y alzados se les aplicará la pena de muerte".

         Se reanudó la marcha a duras penas, y al anochecer se acampó, pero nadie pegó los ojos. Era vísperas de San Bartolomé y se sabía que el Teniente General iría muy temprano a misa por su santo, acompañado desde su casa por el Cabildo, como era costumbre. El cuerpo en masa abandonó a su Maestre y regresó, para apostarse sigilosamente en una casita del trayecto a la iglesia. No faltó la mujerzuela que dio aviso pero de nada sirvió. Galván y los suyos no estaban para dar señales de debilidad. Antes bien Serrano se puso a amenazar a todo pulmón como para intimidar al mismo Diablo. Salió pues a misa la acicalada comitiva fingiendo gran compostura, cuando de improviso los amotinados cayeron sobre ellos. La empolvada peluca del Teniente General saltó por los aires, y los relucientes bicornios rodaron como pingajos en el rocío. En el revuelco: el Alférez Real se resistió con bravura, pero el racimo de garras asido a su pescuezo ya no se soltó. Al oír el vocerío, Pando que se acercaba retrasado, saltando sobre una mula en pelo fue el único que escapó.

         Los tres fueron engrillados y conducidos por separado a las orillas. En la plaza resonaron las campanas, y se dio la voz del Rey. Acudió el pueblo y vivó el motín. Troche entre aplausos fue liberado, y Juan Portillo y Frías aclamado como justicia Mayor.

         Presintiendo su fin, Larios Galván, Aguirre y Serrano, pidieron confesión, pero les fue negada con sarcasmo. Los cinco hermanos Villalba, Mauricio el sabio, Juan Pirú, Luciano, Melchor, y Juan Kirá, Isidro Barreto, Feliciano Ortigoza, Salvador Sánchez, Tomás Rueda, los hermanos López, Luciano y Juan, en fin, hombres y mujeres, todo Curuguaty era un coro festejando su liberación.

         Una muchedumbre de 120 hombres condujo a los presos al río Igatimi para un pretextado destierro a San Pablo. En la canoa del paso les soltaron las manos, no así los hierros de los tobillos. Subieron la cecina y el maíz, y con cinco escoltas la corriente los alejó hacia el Paraná. El grueso retorno a la Villa, en tanto ocho jinetes cavilosamente, se habían adelantado al paso de abajo.

         Detenida allí la canoa, con las mismas guascas se maniató a los engrillados por las espaldas. Alzaron en vilo al Teniente General, 80 kilos de peso que encarnaban la Majestad del Rey, y sin tiempo de decir Jesús, lo arrojaron con gran estrépito al río. Y tras él a Aguirre. Algo más entero Serrano aún se resistía. Doblarónle sobre la barriga el cuerpo en dos, y amarradas las muñecas a los tobillos, en esa posición fue lanzado. Pero por algún accidente del lecho hizo pie sorpresivamente, forzó las ligaduras y se enderezó. Como un rayo abatióse sobre él un hijo de Melchor Villalba llamado Eusebio, y lo acuchilló, más no del todo.

         En tanto el interior de la canoa enrojecía, fue doblado y maniatado nuevamente. Entre varios, con la rodaja de las espuelas, y la planta de los pies, le hicieron girar pesadamente sobre la borda, y se fue a pique. Y mientras con una horqueta le sujetaban la cabeza al fondo del río, clavaron los ojos en la superficie del agua. Y no largaron el palo hasta que no afloró la última burbuja.

         De vuelta a la Villa los trece curuguateños dieron parte de haberse cumplido el "destierro". Con displicencia el justicia Mayor les escuchó, y de antemano por si en esa comisión hubieran incurrido en algún "exceso", en nombre del Rey los absolvió.

         Pero Yegros aún sin conocer el desenlace, cuando se enteró del motín aprontó una armada de 300 hombres al mando de su pariente José Marecos y Vallejos.

         En Curuguaty los más comprometidos ya se habían perdido por los yerbales, y se contactó con San Pablo. No tardó en partir una embajada encabezada por los Villalba, con una nota firmada por los vecinos principales en la que aseguraban que la Villa se había sublevado y estaba pronta a pasarse a la Corona de Portugal.

         Marecos prendió fuego a la casa de los Villalba, en una esquina de la plaza, partió el solar con una profunda zanja, y le sembró sal. Sólo trajo presos a los López, a quienes la Audiencia sentenció a muerte por descuartizamiento, con exhibición de sus cuartos en los caminos públicos. Pero nadie puso en práctica la condena, y a los cuatro años los hermanos se vieron libres.

         Pinedo, el sucesor de Morfy, no tardó en dictar una amnistía general que benefició a los dos bandos, incluido el sobrino y asesor de Fulgencio Yegros, el tremendo cura llamado Amancio González y Escobar, instigador de la dureza que originó la desgracia, e incurso además en escandalosos desafueros. Sólo a insistencia de la superioridad, el Tribunal eclesiástico le juzgó e impuso el destierro por un año en Santa Fe. Pero tan ridícula pena ni siquiera se aplicó. Y en ningún momento el padre Amancio dejó de exhibirse aparatosamente armado por la ciudad. El propio Gobernador Morfy había confesado que no se animó a prenderlo por temor a una revuelta.

         Tales eran aquellos tiempos. Así transcurría la vida de los paraguayos en aquella larga tranquila, serena y somnolienta siesta, como llaman algunos ingenuos al Paraguay colonial.

         Pasaron los años, y llegaron los demarcadores de España. Aguirre escuchó los relatos y buen español, se escandalizó por la traición con los portugueses. En Curuguaty revisó papeles, conversó con los vecinos, y conoció a un anciano, humildísimo como todos, que se entretenía fabricando peines y botones de hueso. Era don Juan Portillo y Frías, el antiguo justicia Mayor de la villa amotinada.

         Los curuguateños nunca se arrepintieron, y por el contrario, esculpieron los hechos como una hazaña épica en la Historia de su patria chica.

         Aún pasó más tiempo, y llegó la Revolución. Cuando Mauricio José Troche escribió al Dictador Francia por ciertos asuntos de Cabildo, no se privó de resucitar con orgullo aquellos episodios, y de enaltecer la memoria de su progenitor: Matías Troche. Cierto es que ya no compartía el poder con Francia, el nieto de aquel Gobernador interino cuya legalidad en el mando como sucesor de Martínez Fontes, los curuguateños jamás reconocieron.

         Volviendo a Morfy, imprevistamente otros asuntos monopolizaron su atención. Uno, la orden de Carlos III de capturar y remitir a todos los jesuitas, incautando simultáneamente su ingente y complejo patrimonio: iglesias, colegios, casas, chacras, estancias, haciendas, embarcaciones, ornamentos, alhajas, plata sellada, tiendas, depósitos de yerba, de madera, de cueros, de lienzo, bibliotecas, archivos, créditos y papeles. El otro, el establecimiento sigiloso de una populosa ciudad, amurallada y artillada por los portugueses dentro del Paraguay, y que bautizada Nossa Senhora dos Praceres do Igatimi, no fue sino la inmediata secuela de los sucesos de Curuguaty.

         Para su contrariedad, vientos muy distintos soplaron para él desde Buenos Aires, tan pronto Cevallos regresó a la Corte, y le sucedió Bucarely. Pero no es el caso extendernos sino decir que después de cinco años de turbulencias, Morfy dejó el Paraguay sin haber oído nunca, ni una sola vez, la palabra Caacupé. Lo que si oyó muchas veces fue la acusación de irresoluto y desleal a la Corona que mereció su dudoso desempeño en estos dos asuntos calificados "de Estado", y que le costó un juicio político del que a duras penas salió sobreseído en Madrid.

         Como Gobernador en el Paraguay, Morfy fue también Capitán General de sus milicias, es decir, de los tres Regimientos de Dragones. Cordillera al norte, Tapúa al centro y Quiquió al sur. Cada Regimiento se componía de Compañías que se denominaban por sus principales vecindarios o poblados. Las de la Cordillera eran Barrero Grande, Aparipy, Piribebuy, Carií, Caaundy, Naranjos, Tobaty, Itú-miní, Pirayú, Mbatoví y Arroyo Servín.

         Esta nomenclatura persistió hasta Alós.

         Itú-mini, o Itumí, o Itú a secas, era vecindario principal y nombre que envolvía a los de Caacupé, voz menos conocida entonces, y que designaba a un cerro, y también al arroyo que en sus faldas nacía, y que luego pasó al pago. En ningún momento fue "Caaguy-cupé" como pretenden descubrir quienes padecen del síndrome etimologista.

         De acuerdo a las revistas que Alós hacia llegar al Virrey, comandaba este Regimiento Roque Acosta, el Capitán de Barrero Grande, y como segundo, el Capitán de Aparipy, Juan Bautista Rivarola, quienes en tal carácter mandaban una Plana Mayor de doce trompetas, cuatro porta-guiones, un Capellán, un cirujano, y dos Ayudantes, y uno era Manuel Atanasio Cabañas. A Itu-mini o sea a los caacupeños comandaba Luís Caballero, progenitor de Pedro Juan.

         Estos tres Regimientos de ordinario sólo servían para cubrir los fortines contra los guaicurúes, que de trecho en trecho se veían a lo largo de la costa del río, con su cañoncito de aviso. Detrás de las empalizadas, los que no estaban de vigía mataban el tiempo en los fogones, y entre el mate y la guitarra se conversaba de todo en guaraní, menos de uniformes o de sueldos pues la Corona nada suministraba. Los soldados dejaban sus chacras de paisano, en sus propios caballos, con sus armas, su pólvora, y hasta el avío. La carne fresca la ponían los Capitanes de sus estancias, que estos soldados gratuitos protegían.

         En tales circunstancias había que hacerse querer para mandar, peculiaridad que persistió en el Paraguay cuando se crearon los cuarteles, como una suerte de tradición al margen de los reglamentos europeos.

 

         Una mañana de setiembre de 1771, en el bergantín que lo alejaba para siempre, Morfy agitaba la pasamanería de su chaqueta de raso saludando a los funcionarios y amigos que le despedían desde el muelle. Ya no regresaba con él su hombre de confianza y compatriota, Guillermo O'Higgins, definitivamente anclado a una esposa paraguaya, Bernardina Franco de Torres, y a cuatro pequeños, uno de los cuales, Matías, se haría cura y beneficiado de la Catedral, y otro le daría a éste el sobrino homónimo, Matías Higgins y Portillo, que ordenado también, y como párroco de Duarte en tiempos de Francia, bautizó entre muchos niños duarteños a Francisco Fidel, el futuro padre Maíz.

         Sacerdote prudente, este padre Matías nunca dio que decir de su persona. Falleció en los primeros años del Consulado López-Alonso siendo cura de Itauguá. Del nombrado Guillermo, hermano del Virrey del Perú Ambrosio O'Higgins, descienden en el Paraguay entre otros los "Higgins", los Avezada y los Cowan.

 

 

         Mucho antes de que se empezara a tallar el trozo de madera que sería después la imagen de Caacupé, el misterio de la Concepción Inmaculada ya era venerado o conocido en todo el orbe católico antiguo. Y si se afirmó que peregrinar a Caacupé es una manifestación moderna, no se quiso significar que en el Paraguay colonial el 8 de diciembre fuera una fecha desconocida.

         Nada menos que San Ildefonso, a la sazón arzobispo de Toledo, instituyó la fecha en el siglo noveno, hace un milenio. Se conservan del Oriente -señalan los eruditos- dos sermones de Jorge, el arzobispo de Nicodemia, de los años 880, y un discurso de León el Sabio, muerto en 911, que ya exaltaban ese aniversario. Y Manuel Comneno lo incluyó entre los días que no se debía tramitar juicios ni concertar negocios. En un rito tan antiguo en España como el gótico, -que proviene se dice de los siete discípulos de Santiago- ya figuraba la misa de la Inmaculada. Y también en el misal y breviario luego conocido como "mozárabe", tenía la Concepción oficio propio y octava.

         Pero nadie como los Monarcas de España en la preferencia por la Inmaculada Concepción. Cuando el Papa Alejandro VII la reconoció por "Nuestra Señora" y concedió oficio y misa al clero regular y secular (de España e Indias fue tanto el regocijo de Felipe IV, que después de cumplida en su Capilla real la festividad más brillante de que se tuviera memoria, en la que dijo misa Pontifical el Nuncio, y Nicolás Bautista el sermón, ordenó que se repitiera en todos los conventos y Consejos de su Corte, y la misma orden cursó a los arzobispos, obispos y cabildos eclesiásticos y seculares de sus reinos, como se merece -prevenía- "el culto y veneración de este santo misterio en que me haréis un particular servicio". La cédula firmada de su mano "Yo el Rey", acompañada de una copia de la Bula, llegó a Asunción ese mismo año de 1662, y se conserva en el Archivo Nacional.

         Todas las Bulas y Constituciones de Roma para privilegiar este culto, fueron iniciativas de los reyes españoles. Carlos III instó y obtuvo del Papa el Breve que extendió en los sábados para todo el clero, el oficio y misa que los franciscanos dedicaban a la Concepción, y que además añadió el versículo Mater Inmaculata en las letanías lauretanas. En abril de 1767 salió la orden para el Paraguay.

         Y este Rey, el mismísimo que expulsó a los jesuitas, fue quien declaró a la Concepción, de la que era gran devoto, Patrona principal de España y América. Y cuando implantó los famosos colegios carolinos, cediéndoles por sitio el convento o colegio mayor que en las ciudades dejaban los expulsos, y para sustento la renta de los bienes secuestrados, los puso sin vacilar bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción.

         Tan tierna inclinación por la Purísima, y al mismo tiempo la saña con que persiguió a los jesuitas, eran en el Monarca sentimientos simétricos que correspondían a una misma pasión, a un solo proyecto político.

         No se contentó con la expulsión. La Pragmática Sanción también prohibió el regreso de los jesuitas. Y habiéndose descubierto la internación furtiva de algunos por los puertos de Cartagena y de Barcelona, so capa de haberse mudado de Orden, o renunciado a ella, la Real Cédula del 15 de diciembre de 1769 al renovar la prohibición, fulminó la pena de muerte para los legos de la Compañía de Jesús que fueran sorprendidos pisando de nuevo las tierras de España o América, y la prisión perpetua para los Padres. El mismo castigo se extendía a cualquier súbdito que les auxiliase o que conociendo la clandestina presencia, no los delatase "como a perturbadores del sosiego público".

         Las doctrinas jesuíticas y sus textos fueron prohibidos con tal rigor, que llegó a ser sospechosa la simple tenencia de las estampitas de San Ignacio. Más tarde la expulsión se extendió en América a todos los regulares o frailes extranjeros. Y aún había de alcanzar incluso a numerosos frailes españoles que se hallaban en América en calidad de misioneros. El Real Despacho del 13 de noviembre de 1795 ordenó que fueran devueltos a España si a pretexto de pertenecer a una comunidad, se resistiesen a ejercer de cura cuando y donde se los destinase.

         Y en cuanto a los recién creados Colegios, como el de Asunción, Carlos III vedó a perpetuidad la enseñanza a todos los frailes, cualquiera fuese la Orden o confesión, quedando rigurosamente reservadas las cátedras al clero secular. Al mismo tiempo el ingreso de los alumnos quedó condicionado al juramento previo de no atacar la creencia en la concepcíón sin mancha de María, extendiéndoles así un requisito de antiguo vigente en Salamanca, Zaragoza, Alcalá, Barcelona, Sevilla y Valencia, en todas las Universidades de España.

 

         Las drásticas reformas de Carlos III no obedecían a su capricho ni a un antojo de sus ministros. Eran la esperada reacción de una España retrasada. El afán renovador invadió las universidades, y hasta los claustros religiosos.

         En 1781 el General de los carmelitas descalzos llegó a recomendar a los miembros de su Orden, la lectura de Bacón, Descartes, Newton, Leibnitz, Locke, Condillac y Wolf. Y el Provincial de los franciscanos observantes de Granada exhortaba:

 

         "Padres amantísimos, en qué nos detenemos? Rompamos estas prisiones que miserablemente nos han ligado al Peripato. Sacudamos los prejuicios que nos inspiraron nuestros maestros. Sepamos que mientras vivamos en esta triste esclavitud, hallaremos mil obstáculos para el progreso de las ciencias..."

 

         De Felipe V a Carlos IV, el XVIII fue el siglo del regalismo borbónico, el que agudizó el celo por el Patronato y llevó al cenit las facultades mayestáticas, el "ius eminens" del Príncipe sobre todas las cosas de la vida dentro de los límites de su reino, señalando el despertar del sentimiento nacionalista, ya incontenible en el resto de las monarquías europeas.

         Una tesis o conclusión que el 20 de noviembre de 1797 debió sustentar un joven del Colegio de Asunción, fue drásticamente suprimida por el Gobernador Rivera "por opuesta a los principios fundamentales de las leyes del Reino", y sin desarrugar su ceño obligó a que también los conventos le noticiasen con anticipación "todos los actos literarios que hubiesen de defenderse en sus estudios". El Rey no sólo aprobó la determinación de su Gobernador en el Paraguay, sino que le recomendó institucionalizar la censura previa estableciendo Censores como en España. En 1801 Carlos IV creó el cargo de Censor Regio, con competencia directa en sus dominios americanos, el que

 

         "no permitirá se defienda o enseñe doctrina alguna contraria a la autoridad y regalías de la Corona, dando cuenta a la Audiencia del distrito de cualquier contravención" para su condigno castigo, y tampoco "admitirá conclusiones opuestas a las Bulas pontificias y decretos reales que tratan de la Inmaculada Concepción de N. Señora".

 

         No es nada extraño que dos ex-maestros de un colegio carolino, José Gaspar Francia y Carlos Antonio López, aunque desde una silla republicana, mantuvieran con mano firme unos principios tan coherentes con la Independencia, y con el derecho a la autoridad absoluta de todo Gobierno legítimo, electo por el pueblo.

         Hasta Cerro Corá ningún clérigo en el Paraguay, comenzando por el Obispo, pudo dispensarse de su condición de ciudadano, ni sustraerse a las leyes civiles y a la obediencia debida al Estado.

 

         El San Carlos asunceno se abrió en el antiguo convento jesuítico, el mejor edificio de la ciudad y único con cúpula. Su frontis miraba al río, y sus corredores del costado que cobijaba el bullicio de las mercaderas, hacia la plaza, en la actual calle 14 de Mayo. Fue sede hasta 1810, cuando el Gobernador Velazco lo desalojó y vació con perentoriedad, para meter allí las tropas que luego le desalojarían a él.

         Desde entonces el Colegio sobrevivió en casa alquilada. Guardábanse en la capilla dos imágenes. San Carlos, el Santo titular, y la Concepción, la Patrona. Cada una en su día era sacada con gran pompa. Una tercera imagen más pequeña de San justo y Pastor amparaba la Escuela de Primeras Letras, anexa al Colegio.

         Dos estatutos sucesivos normaron esta casa de estudios, aunque ninguno alcanzó la aprobación real. El que se redactó para la inauguración salió más regalista que el Rey. Deprimía el gobierno del Obispo y parecía desconocer su carácter de Seminario conciliar. Fue devuelto desde Madrid con una copia del Reglamento del Seminario de Cartagena de indias, para que sirviera de modelo. Lo recibió el recién designado Obispo Cantillana en Córdoba, donde falleció. Y de esa ciudad debió rescatarlo el Rector de Asunción.

         Para su aprobación el segundo proyecto fue remitido en 1810 por el Obispo Videla, pero el incendio napoleónico paralizó su trámite. Recién en 1813 la Regencia del Reino se ocupó del asunto, pero sin darse por enterada oficialmente, que las llamas ya habían prendido en América. Lo que ignoraba de verdad es que la tal Provincia del tal Colegio, el Paraguay, estaba a punto de ser la primera en proclamarse República independiente, y para colmo, no sólo de España, sino de todos los reyes y poderes de la tierra, "dependiendo sólo de Dios Hacedor Universal y creador de todos los mundos", según la impávida expresión del cabecilla, el doctor Francia.

         Se tiene por regla que los funcionarios de las colonias son más refractarios, opresores y ciegos que los de la Metrópolis. Veamos con la suerte del proyecto asunceno en España, si quedó confirmada.

         El Gobernador de Ultramar de la Regencia lo pasó a dictamen del Arcediano de Ávila, Antonio de la Cuesta, quien desde Cádiz, el 25 de agosto de 1813 se expidió con reparos no sólo al método y contenido de las clases, a la edad de ingreso, y a otros puntos, sino también al requisito de limpieza de sangre y al de fidelidad a la Inmaculada, exigidos a los colegiales paraguayos.

         Estas fueron sus palabras:

 

         "El estatuto de limpieza de sangre es ya superfluo. Cuán diferentes eran las circunstancias en que se hallaba la Nación al tiempo de introducirse semejantes estatutos. Sin embargo hubo contestaciones muy agrias, se escribió con fuerza contra ellos, y son muchas las iglesias Catedrales de la Península que los resistieron, y nunca después les dieron entrada".

         "No es menos extraño que a niños que ni siquiera entienden latín, y a jóvenes que no saben más, se les exija el juramento de defender la Concepción, y de impugnar las doctrinas (jesuíticas) del regicidio y tiranicidio, cuando ni han estudiado tales doctrinas, ni acaso han oído que las hay, e ignoran si la Concepción es un artículo de fe, o una creencia piadosa sin la cual han sido y serán católicos muchos hombres eminentes en sabiduría y virtud".

 

         Devuelto el dictamen, el Presidente del Consejo dio traslado al año siguiente al Fiscal, apurándole. Pero éste con más tino, señaló:

 

         "Si aquella Capital y Provincia no estuviera comprometida en la insurrección que aflije a muchas de América, tendría el que responde por perjudicial cualquier dilación... pero como por desgracia es una de las revolucionadas, tampoco hay este motivo".

 

         Con una nota en la carátula: Suspenso en atención a las actuales circunstancias de orden del Señor Secretario", el expediente echóse a dormir el sueño de los justos, hasta el día de hoy.

 

         El primer Colegio público que conoció el Paraguay era llamado entonces, de San Carlos y de la Concepción. Su primer Rector, el canónigo Dr. Gabino Echeverría y Gallo renunció espontáneamente al sueldo conformándose con el convictorio -cama y mesa- a la par de un colegial.

         Para las cátedras se llamó por edictos, pero nadie se interesó. Por pronto remedio se allanó el impedimento a los doctores Dionisio Otazú y Juan Antonio Zavala, párrocos en ejercicio de la Catedral y de San Blas.

         Con apenas ocho alumnos la primera clase se impartió el 13 de mayo de 1783, precedida de una tocante ceremonia. Bajo la policromada bóveda de la iglesia de los expulsos, el Gobernador, sus principales funcionarios, los prebendados de la Catedral, los alcaldes y regidores del Cabildo, los prelados de los tres Conventos, un público de notoriedades, y las familias emocionadas hasta las lágrimas, dieron marco a la paquetería de ocho mitaíses de doce a quince años: bonete de cuatro picos, el collarín blanco sobresaliendo del hábito u hopa color musgo, pantalones y zapatos negros, medias moradas, y bajo la entreabierta cápita o esclavina, el distintivo con las armas del Rey bordadas en plata, que en el día de la instalación, y tras el juramento de fidelidad a la Concepción sin mancha, les había prendido en el pecho el Gobernador.

         Llamábanse José Joaquín Ayala, Rafael Tullo, Manuel Antonio Corvalán, Sebastián Martínez Saénz, Juan Antonio Riveros, Félix Cañiza, Sebastián Patiño y Antonio Montiel.

         Nadie podía imaginar entonces que desde ese mismo lugar, 25 años más tarde, antes que esos mocitos peinaran canas, saldrían a la plaza los cañones de la Revolución.

 

         Sáenz tenía la casa y comercio de sus padres a dos cuadras del Colegio, y es la única edificación de aquel tiempo que hoy existe llamada Casa de la Independencia. Casóse con Nicolasa Marín, y continuó con la tienda. Designado por los Cónsules, fue el primer Secretario de Gobierno que tuvo la República. A muchos años de los procesos vino a descubrirse que estuvo al tanto de la conspiración contra la vida de Francia, y acabó preso.

         Ayala asistió al Congreso de 1811, y como todos los sufragantes de la jornada inicial, votó la fórmula redactada por Francia en consulta con el Cuartel, y que se pasó a Molas, el hermano menor del Capellán, para que la leyera como suya. Falleció a los pocos años.

         Patiño se ordenó y estuvo de párroco en Quiindy. Falleció también tempranamente, en 1819. Tocóle en el Congreso mocionar una variante marcadamente porteñista, adoptada en un conciliábulo previo dominado por Casajuz, y que fue votada por la generalidad del clero.

         Riveros se ordenó y fue el único que viajó para doctorarse. En el Congreso también votó la variante de Patiño. Estuvo de cura rector en Villeta, donde falleció en su casa de tejas en 1827. Además de su pequeña biblioteca teológica, dejó a corta distancia dos chacras que eran su deleite. Un mandiocal y un algodonal, entre naranjales, servidos por 27 yuntas de bueyes y una corta esclavatura. Su testamento fue impugnado y terminó en trifulca de hermanos y sobrinos. Doce años después fue anulado por el juez Ortiz, poco antes de asumir la Presidencia de la junta. Pero Carlos Antonio López como Cónsul invalidó a su vez una sentencia que ya estaba firmé, y después de tres lustros, el testamento como Lázaro volvió a caminar.

         Tulio abrazó igualmente el ministerio del altar. Quedó de notario eclesiástico con su tío, y luego pasó al curato de Pirayú en donde se mantuvo durante la Revolución, y casi todo el Gobierno de Francia. Muy imbuido de su linaje, manejaba su parroquia como un feudo, y fue despótico con sus feligreses. El incidente que protagonizó en 1830, marcará mejor que cualquier libro el abismo que se había abierto en la historia política del Paraguay.

 

         Por cobrarse el padre Tulio un corto préstamo que dio a un pardo, sastre de profesión, e hijo de un antiguo esclavo de su familia, se valió de la autoridad del Comisionado para hacerlo traer de Carapeguá, en donde conchabado, se hallaba hilvanando y cosiendo botones. Ni bien llegó sus sirvientes le echaron fierros y lo encerró en una celda de su casa. Con trabajos de su oficio se hizo saldar la cuenta en ocho días, en cuyas noches era vuelto a encerrar y engrillado de nuevo.

         Pero cuando se lo soltó no retornó a Carapeguá. Fuése en derechura a la Capital, vio un abogado, y entabló una ruidosa querella en el juzgado eclesiástico. El apoderado de Tulio no negó los hechos pero trató de restarle importancia diciendo que fue a modo de corrección fraterna, y "que el haberle puesto prisiones puede equipararse a la argolla de fierro que debe ponerle el acreedor a su deudor en el cuello". Que en esos pocos días se mantuvo opíparamente alimentado, y que si no bebió y comió con el presbítero en su misma mesa, fue sólo "por la gran disparidad que se entiende". Pero con todo, y sólo por cortar una querella que afectaba la reputación de una persona sacra, ésta le ofrecía 12 novillos.

         La réplica no se hizo esperar:

         "Y en el gobierno republicano (del Doctor José Gaspar de Francia) bajo el cual los paraguayos tenemos la fortuna de vivir se podrá oír esto sin efervescencia de la sangre, y sin que grite la humanidad... contra el autor de un papel en el cual se pretende con imbecilidad y tiranía restituir la práctica execrable de asimilar los hombres libres de esta República a los perros y otros animales a los que para impedir su fiereza, se les sujeta con collares de fierro? ".

         "Grillos en lugar de argolla al cuello, cárcel privada con encierro impuesto sin forma de juicio por el mismo acreedor, a un paraguayo que nació libre en una República donde las mismas autoridades delegadas no osan traspasar las leyes!".

         "Hasta cuándo querrá seguir el presbítero Tulio, descendiente de los Peñas, su sistema monárquico de clases privilegiadas, sin que se desengañe todavía que vivimos en una República democrática en donde el Supremo Gobierno (del Doctor Francia) ha abolido la distinción de personas, y que delante de la ley todo hombre libre es igual!".

 

         Mísero, oscuro y todo, el tal Juan Eduardo Rodríguez se dio el lujo de rechazar olímpicamente los novillos, para exigir un monto siete veces superior en metálico, pero no por la reputación del presbítero que ponía en duda, aclaró, sino como justa compensación a sus padecimientos. Y advirtió en conclusión que mantenía la copia de su escrito para apelar y poner el atropello a conocimiento del Dictador.

         Y esto bastó para que el párroco de Pirayú se precipitara a abonar la indemnización.

         Es de lamentar que Robertson no estuviera entonces en Carapeguá, para sacarle de su error al desvalido pardo, y con su libro convencerle que no vivía en una República democrática, sino en un Reign of Terror.

         El astuto británico estaba muy ocupado en los negocios que le transformaron en el máximo banquero del Rio de la Plata, mientras los paraguayos se ocupaban sólo de su libertad. No pudo oírle al doctor Francia cuando rodeado de sus compatriotas, en el Congreso inaugural, golpeando la mesa proclamó a los derechos humanos como fundamento mismo de la Revolución.

         En la querella entendía el Provisor y Vicario General, Roque Antonio Céspedes, quien se ofendió con el Rodríguez, pero no por ser como era un desconocido sastre de color, hijo de esclavos que se atrevía a incriminar a un encumbrado sacerdote de la nobleza de Peña, sino por haber soltado una duda sobre su imparcialidad para hacerle justicia, en menoscabo de la doctrina del Dictador. Dijo:

         "Y se previene al demandante que el Vicario General de la República nació ciudadano antes que sacerdote. El bien de la Patria, la sumisión a las leyes civiles y sociales, como también el amor, respeto y obediencia al Excelentísimo Señor Dictador, es su primera obligación, de la que no puede dispensarle el particular estado que por su mera voluntad adoptó. Por tanto el fuero o exenciones de sacerdotes, varias veces mal entendidas, y peor manejadas, ni la pretendida nobleza que depende de la sangre limpia, de la que con injuria de la naturaleza humana se blasona la gente de España, o nota de menos valor en el concepto de estos fanáticos, no tiene por estorbos en sus fallos en la litis que fuese, sino presidirse y aconsejarse de la razón de las leyes, que siempre deben ser humanas, sin perjuicio de la Suprema Autoridad del Gobierno.

         En esta virtud extraña demasiado la protesta última..."

 

         Claro, eran otros tiempos. El de Francia, el tiempo raro en el que los paraguayos humildes conquistaron su dignidad.

 

         Pero de aquella primera remesa de colegiales quizás el más brillante fue Manuel Antonio Corvalán. De adolescente, en 1787, por su tesis de acentuado fervor regalista dedicado al Gobernador Melo, fue calurosamente felicitado en el mismo acto público. Se ordenó, y poco después ganó en concurso la cátedra de Latinidad. En el último día del Congreso de 1811 tomó la palabra y en una moción personal que lo distanció del clero, propuso la máxima autonomía para la junta paraguaya con respecto a la de Buenos Aires.

         Siete años más tarde le cupo reiterar su patriotismo. Desde su curato de Carapeguá, en carta al Dictador le aseguró que como lo decantaban sus sermones y pláticas privadas, estaba pronto a sostener su autoridad independiente y soberana, "desafiando al mundo entero cuando quisiese temerariamente conjurarse contra ella".

         Hijo de Juana Valiente, este meritorio sacerdote tenía un sobrino carnal en los juzgados. A este modesto escribiente el porvenir le reservaba rubricar con sangre el voto de su tío al Dictador. Llegará a Vice Presidente de la República para caer con honor en Cerro Corá: Domingo Francisco Sánchez y Corvalán.

 

         No le fue nada bien al primer Rector.

         El Dr. Etcheverría y Gallo detestaba la adulonería y era un fanático de la honestidad. Sostuvo que las estancias de Paraguarí -patrimonio del Colegio- estaban arrendadas a vil precio, reclamó el inventario e impugnó la mala administración. Insistió también en averiguar del dinero que una gracia del Rey destinó al Colegio, y que cobrado en Buenos Aires, se hizo humo.

         Cuando ascendió poco después de Canónigo a Tesorero, reclamó bajo inventario la entrega de los ornamentos y las alhajas de la Catedral. Ante la pasividad del Obispo denunció todas las irregularidades al Rey. Y cuando desde Madrid, por dictamen del Contador del Consejo se corrió vista al Gobernador y al Provisor que aparecían como responsables, quedó malquisto. Y en la primera oportunidad Melo lo destituyo.

         Para sustituirlo vino de Corrientes el Dr. José Baltazar de Casajuz, llamado en cartas muy lisonjeras por el Gobernador y el Arcediano, por influjo de su antiguo preceptor, el mercedario Inocencio Cañete. Había terminado sus estudios de Filosofía y Teología en Asunción, antes de doctorarse en la Plata, al amparo de su tío Marcos Salinas.

         Así comenzó su carrera el cura correntino que pronto acapararía todos los puestos claves del Obispado, para erguirse durante treinta años en el amo despótico y absoluto de la iglesia paraguaya, temido de Obispos y Gobernadores.

         Entre tanto Etcheverría y Gallo continuó con su Dignidad de Tesorero, y mereció el encomio del Obispo Velazco. No obstante un hombre de su rectitud era de muy difícil convivencia entre pares. No tardó en retirarse asqueado y con la salud quebrantada, a una casa de campo de Pirayú, con poco ánimo de volver. Le imitó por picardía el Arcediano Martín Sotomayor, simuló una enfermedad, obtuvo licencia y sin avisar pasó a Chile desde donde sin el menor pudor siguió cobrando por años sus emolumentos.

         Con más picardía aún los tres prebendados restantes, Casajuz, Arcos, y el recién ingresado canónigo Juan Bautista Valdovinos, vieron la oportunidad de forzar las vacancias y abrirse paso. Denunciaron al Rey que el Senado eclesiástico apenas podía funcionar a causa de la ausencia maliciosa de Sotomayor, cuya enfermedad era simulada, y de la del Tesorero Gallo, que se hallaba "maniático e intratable".

         El Rey, por Cédula del 28 de abril de 1802 dispuso que el Arcediano fuera previamente emplazado, y como no regresó, quedó cesante. Pero en cuanto a Gallo el Rey no se dejó engañar. Ordenó que se tolerase su ausencia mientras continuara "enfermo e imposibilitado", y percibiese sus rentas intactas, como disponían el Derecho y los Estatutos de la Iglesia. Y miel sobre hojaldre, poco después por otro Decreto desde Aranjuez, en atención a sus virtudes lo ascendió de Tesorero a Chantre.

         El plan de los prebendados se desmoronó.

         Sin embargo, el taimado Casajuz no se dio por vencido. Y a la postre, un Despacho con los sellos, el lacre y la firma del Rey que en las manos de cualquiera sería la gloria, para Gallo fue su perdición.

         Pasó el Gobernador el Real Decreto al Cabildo eclesiástico, para que se hiciera saber al agraciado, y Casajuz como provisor tramó que el Cura Rector de Capiatá, su íntimo Miguel Antúnez, le notificara acompañado de un notario cómplice, designado a dedo para ese acto, y bajo las instrucciones reservadas que le remitió. Antúnez cumplió y le anticipó a Casajuz que había encontrado al Tesorero como siempre, "cegadísimo en sus pasiones". Pero en el acta hizo poner "que todo era en el Sr. Gallo manía que le tiene perturbada la razón", como confirmando el pérfido diagnóstico que el Rey ya había despreciado. Pero donde el notario cargó la tinta fue para dar fe que Etcheverría no quiso recibir el Despacho Real, que despectivamente y con improperios ordenó que le sea devuelto al Rey, y que acto seguido lo echó empujándole del pecho, y tildándole de adulón, le cerró la puerta.

         El acta apañada salió a la medida, y ese mismo día Casajuz remitió el testimonio al Gobernador, y éste al Rey. Entre tanto fue encausado y depuesto, y antes de un año el tribunal eclesiástico lo condenaba a un enclaustramiento riguroso en el Convento de los Dominicos. Como el ex-Rector, no salía de su vivienda, Valdovinos corrió ante el Gobernador y a nombre del Obispo Videla solicitó el auxilio de la fuerza. Partió hacia la casa el Ayudante Mayor Juan de la Cuesta, rodeado de tres cabos uniformados, e irrumpió en la habitación. Etcheverría que estaba en la cama, detrás de un biombo, les increpó. Se hizo presente también Valdovinos, seguido de otro cabo, y nada más verle, Etcheverría ofuscado le gritó: "Judío! Ladrón! Colegialito de Córdoba! Salvaje! Inculto! No sirves ni para perrero de la Catedral, hijo de galafate podrido!" Y en un descuido tomó un machete e hirió a Cuesta en el rostro, quien lo tenía sujeto de atrás. Al fin fue amarrado y con las primeras sombras de la noche, llevado a rastras por el puente y las escalinatas del Convento, fue arrojado al fondo de una celda. Se echaron los cerrojos, y por la mirilla como despedida, se le espetó la amenaza del Obispo: que de seguir rebelde se le remacharían los hierros.

         Los tres prebendados no cabían en sí de gozo. En setiembre de 1804, el recién ingresante canónigo Valdovinos ya pudo suplantar a Gallo como Tesorero. Arcos y Mata que debía ser el Tesorero, subió directamente a Arcediano, y Casajuz, el otro canónigo, hizo triplete y saltó directamente a Chantre.

         Juan de la Cuesta, siguió de Ayudante con Velazco, y cuando con el catalejo observaba a su lado en Paraguarí, el inicio de la batalla, aún mostraba como recuerdo una enorme cicatriz sobre la ceja derecha.

         Cierta mañana el infortunado Gabino Etcheverría y Gallo, Doctor por la Universidad de Hirache, fue hallado muerto, con los ojos abiertos, y el canto de los puños encallecidos y sangrantes de tanto golpear la puerta de su celda. Víctima de la bribonada de sus tres colegas, Casajuz, Arcos y Valdovinos, y de toda la corrupción de su tiempo, sus despojos eran el símbolo de los que no clamaron justicia en el cielo, sino en la tierra.

         Mas he aquí que de pronto fue escuchado. Llegó una Revolución. Y a la cabeza del vendaval venía aquel joven profesor de 23 años, delgado y de porte distinguido, a quien cuando se acercó para enseñar Gramática, conoció en su Despacho de Rector: José Gaspar de Francia y Velazco.

 

         Hubo que esperar todavía tres años y poco más, para que Francia se afianzara solo en el Poder. Para entonces apenas se contenía, y el 21 de diciembre de 1815 de un plumazo depuso a las dos Dignidades de la iglesia que parecían inamovibles: Arcos y Casajuz.

         Y explicó al Cabildo:

 

         "No pudiendo por más tiempo resistir a los       latidos de mi conciencia sobre la continuación de algunos empleados extraños que aún permanecen en la ocupación y goce de oficios..., con rebaja de la estimación y justa consideración debida a los patricios beneméritos,... he tomado con esta fecha la resolución que expresa el Decreto del tenor siguiente".

 

         Con el título de Dictador le bastaba dictar o decretar. Sin embargo jamás Francia se mostró parco en fundamentar sus medidas. El razonamiento siempre político, era de una fuerza y una lógica que conmovían el papel:

 

         "Desde que la Provincia recobró el uso y ejercicio de su Libertad imprescindible, ha sido la voluntad general constantemente manifestada, el que los oficios y empleos de cualquier clase se ocupasen y sirviesen por los patricios, siempre abatidos, vilipendiados y postergados hasta entonces.

         Toda razón, todos los derechos, y la naturaleza misma reclaman la preferencia de los hijos de un País a la ocupación de los cargos honrosos o lucrativos que ofrece y proporciona su suelo nativo. Penetrado de esta verdad la Asamblea general de 1811 dejó establecida en el particular una disposición muy conveniente. Pero no es la justicia sola la que conduce y obliga a esta determinación. La seguridad general, la salud pública, la consolidación de la libertad e independencia civil de la República, constituyen un doble motivo que hace tan urgente como importante esta medida en la presente crisis. Bien sabida es la influencia que en todas partes tienen los empleados en lo que es opinión pública. Si por la oposición o indiferencia de aquellos llegase ésta a debilitarse, o a contrariar el sistema adoptado y el nuevo orden establecido, fácil es calcular los males que entonces resultarían a la Sociedad. Es pues preciso que los funcionarios públicos foráneos, si se admiten o consienten, sean también notoriamente adheridos a la Causa Sagrada de nuestra regeneración política, y ningún Gobierno por poco ilustrado que fuese podría dispensarse de velar sobre este punto, que tanto influye en el bien y en la conservación general del Estado. De lo contrario se expondría éste a abrigar y alimentar en su propio seno a los enemigos de su felicidad, tal vez ocultos o disfrazados, con mengua de la justa consideración y atención debida a los patricios, y con daño y menoscabo de sus derechos. En esta virtud el Escribano de Gobierno notificará a Don Antonio Miguel de Arcos y a Don José Baltazar Casajuz, que desde luego cesen en los empleos y oficios eclesiásticos que ejercen, los cuales se declaran vacantes a menos que obtengan de este Supremo Gobierno carta de incorporación y ciudadanía, acreditando a este fin de un modo inequívoco y con pruebas incontestables, que han tenido una adhesión constante y decidida a la actual constitución, libertad e independencia absoluta de esta República, reconociendo manifiestamente que es justa la defensa que hacen los Americanos de su Patria y libertad, contra toda dominación exterior. Dado en la Capital de la Asunción a 21 de Diciembre de 1815.

         Le transcribo a V.S. esta disposición para su noticia e inteligencia Dios guíe a V.S. m.a. Asunción 21 de diciembre de 1815.

 

         José Gaspar Francia".

 

         El Cabildo de Asunción, que ya había dejado de ser un mosaico de nacionalidades, aplaudió a rabiar:

 

         "Ha recibido este Ayuntamiento el respetable oficio de Vuestra Excelencia con fecha de ayer, en que se digna comunicarle la sabia resolución tomada consiguiente a la deliberación del Congreso del año de 1811, y a otras justas consideraciones que tuvo

Vuestra Excelencia a beneficio de los beneméritos hijos del país.

         Y contestando hace presente a Vuestra Excelencia que siendo esta resolución una medida que se uniforma con los objetos de nuestra feliz revolución como que despeja la misma vía fundamental de nuestra deseada libertad, adhiriéndose desde luego esta Corporación con singular consuelo de espíritu a las muy nobles y bien regladas ideas de Vuestra Excelencia, le da las debidas gracias a nombre de sus representados y se ofrece gustosa al auxilio para la vigilancia y celo en el cumplimiento de esta suprema resolución".

 

Juan Bautista Rivarola         Ángelo de Agüero

José Ignacio Servín              Francisco González Vejarano

Matías Ramírez                      Lázaro de Rojas y Aranda

Juan José Centurión             Vicente Molinas

Rafael Pereira                          Juan Bautista Patiño

 

         Por formalidad, Francia esperó dos días, y al tercero declaró las vacantes y las cubrió con dos esclarecidos sacerdotes del país. Juan Manuel Brítez del Villar reemplazó a Casajuz. Y para Arcediano hizo venir directamente al párroco de San Ignacio, Roque Antonio Céspedes de Geria, un patriota tan exaltado como el propio Francia.

         Esperar que Arcos y Casajuz se precipitaran al Palacio para acreditar patriotismo habría sido aguardar peras del olmo. Arcos, español de Loja, Granada, antiguo Capellán de la Armada española arribó, al Paraguay con la 3ª. Partida de Demarcación, y por mediación de Azara ante el Señor Valdés, quedó en Asunción colocado en el Coro de la Catedral. A lo que se suma que en 1815 lejos de definirse el panorama político, los europeos vivían convencidos de que todas las revueltas americanas serían aplastadas.

         Casajuz por el contrario era de Corrientes, ciudad perteneciente a Buenos Aires. En el Congreso de 1811 votó la fórmula porteñista del padre Patiño, que él prohijó, y además se levantó para reforzarla, y mocionó que no sólo el diputado paraguayo debía partir a la Asamblea de "la Capital" -término que utilizaba adrede cada vez que se refería a Buenos Aires- sino que el Paraguay debía presionar nada menos que a Montevideo, el baluarte español en el Río de la Plata, para que hiciera lo mismo.

         Si bien la nacionalidad separaba ahora a Arcos y a Casajuz, los mantenía unidos el odio y común desprecio al repentino delirio de los paraguayos por su Republiqueta Independiente, y a ese estribillo insufrible de causa justa, santa y sagrada con que Francia y sus fanáticos partidarios blasfemaban a diario.

         Cuando Francia le firmó el pasaporte, Casajuz dejó un apoderado para el cobro de los alquileres de su casa, y de los salarios de sus esclavos, sastre muy fino uno, hasta tanto fueran vendidos. El Dictador tenía otras atenciones pero cuando se percató, el 25 de noviembre de 1816 ordenó que los inquilinos depositasen los alquileres directamente en la Tesorería de Estado, y al apoderado le prohibió la enajenación. Porque:

 

         "El permitir que los que han sido confinados fuera de la República por perjudiciales continuasen, aun sin ser hijos de ella sacando provecho de los bienes raíces que dejaron, sería en cierto modo fomentar a los enemigos, que no cesarán de maquinar contra el Estado en cuanto alcanzen sus perversas influencias".

 

         A los pocos meses el otrora todopoderoso José Baltazar de Casajuz falleció en su suelo natal, apenas con tiempo para designar el albacea que liquidase su patrimonio en el Paraguay, dejando a su única hermana la estancia de Rincón de Luna, de Saladas, que con su hacienda y esclavos heredara          su padre. Recién entonces, 1° de setiembre de 1818, Francia decretó que los bienes del finado presbítero Casajuz se inventariasen y pasasen al Estado.

         Sin embargo el Dictador, para quien el uso de coches era ostentación reñida con la sencillez republicana, desechó y dejó podrirse la lujosa carroza que al clérigo había legado su finada tía Tomasa de Esquivel y Casajuz, y que sobre tacos se conservaba en Campo Grande, en casa de su otra tía Juana de Esquivel, abuela de los Molas. Merece recordarse que esa era la casa donde residía Juan Robertson, y en la que ofreció por su santo y el de su anfitriona, la famosa fiesta de 1812 a la que invitó al Cabildo, al Comercio, y a la junta de Gobierno, y en la que Fernando de la Mora, embriagado como de costumbre, hecho un alambique lloraba y reía al mismo tiempo.

         Pero el pícaro británico invirtió la iniciativa del convite para no exponerse ante los lectores de Londres, como un homenajeador de "nativos" sudamericanos.

 

         La permanencia del Tesorero Juan Bautista Quin de Valdovinos no hacía latir la conciencia de Francia. Era paraguayo, y no fue tocado. Por eso aparece en 1819 aprobando con sus colegas el nuevo ceremonial para recibir al Dictador en la Catedral con la dignidad de un jefe de Estado, en reemplazo del estilado con el Gobernador español, una simple autoridad de Provincia.

         Sin embargo la cúpula eclesiástica ya venía caminando sobre ascuas con el asunto del Diezmo. El diez por ciento de los procreos y de toda la producción, que pasaba convertido en metálico de los rematadores al Ministro de Hacienda, y de éste a los administradores episcopales, era un capital demasiado cuantioso como para continuar sustraído a toda fiscalización. No iba con el genio de Francia, y se propuso un plan más transparente. Ya desde el 25 de octubre de 1816 tenía ordenado al Ministro Francisco de Bedoya retener toda entrega hasta tanto el Contador de Quadrantes no elevara la rendición de cuentas de todo lo ingresado en el último quinquenio con un informe adicional del método que se utilizaba.

         De la prolongada compulsa saltó por fin la liebre, y quedó al descubierto un gigantesco desfalco. El principal incriminado, el Tesorero Valdovinos, de inmediato fue preso en el Cuartel del Colegio. Y hasta que no devolvió lo malversado, peso sobre peso hasta el último real, Francia no lo soltó, y al soltarle, lo depuso y degradó.

         Habitaba entonces Valdovinos en una casona que restauró y hermoseó, alquilada de un ausente célebre, el doctor Pedro Vicente Cañete, y en la que confraternizaban ambas parentelas. Doctorado en Córdoba y en Chile, era Cañete un asunceno de indudable talento. Por amistad con su padre, el Regidor, el Cabildo había recomendado sus méritos lo que le permitió iniciar una carrera meteórica. El Capitán General de Buenos Aires y primer Virrey, Pedro Cevallos, lo tomó de Teniente Letrado y Asesor. Regresó Cevallos a España, y Cañete a su ciudad natal, para asesorar a Melo, donde a los seis meses le llegó el nuevo despacho del Rey de Teniente Letrado de la Real Villa de Potosí. Fue el único paraguayo que alcanzó a codearse con Virreyes, Oidores, y Arzobispos. Pero quería seguir escalando.

         Cuando se enteró que sus compatriotas de Asunción se había sublevado y formado junta, escribió una furibunda carta dirigida principalmente a sus dos doctores, Francia y Bogarín, para incriminarles el delito de lesa Magestad contra el Estado español que acababan de cometer, y les intimó bajo pena capital a reponer al Gobernador Velazco. Y haciendo ruido con el sable del General Goyeneche, y con los Ejércitos del Alto Perú, les advirtió que ninguno tendría por donde escapar.

         Pero su hermano, el mercedario Inocencio Cañete se le adelantó. En la misma noche del 14 golpeó la puerta del Cuartel para instar a los oficiales a deponer su actitud. Desairado, el fraile regresó para amanecer penando y compungido al lado del Gobernador.

         Pero es hora de oír al mismo Francia:

 

         "Asunción, y Octubre 10 de 1819. En vista de la restitución de los 19.015 pesos, 6 1/2 reales, que se ha hecho por parte del Clérigo Valdovinos a cuenta de los 18.641 pesos 6 reales fallados y sustraídos de los productos decimales recaudados por él, y pertenecientes a los cuatro años anteriores, siendo él mismo juez Asesor, recaudador, y Clavero, habiéndose reintegrado anteriormente la restante cantidad por los otros Claveros Bogarín y Bedoya, según todo consta en estos Autos: póngase en libertad a dicho Presbítero Valdovinos, al cual se declara privado y caído de la canongía, dignidad, o empleo de Tesorero que ha tenido en esta iglesia, y de los sueldos y cualquier emolumentos que le correspondan, en pena de la criminalidad, impudencia y desafuero con que sin honor se ha avanzado a substraer y estafar de los dineros del Estado la ingente cantidad referida, disipando parte de ella entre otras malversaciones en la casa y parentela del falaz prevaricador y traidor -Cañete, donde vive, y donde él y sus hermanos se hallan en estrechas relaciones y conexiones, siendo todos faccionarios notorios de los Españoles europeos, y enemigos conocidos y opuestos a la causa justa y sagrada de la Patria y de toda América, imitando y siguiendo a aquel traidor de quien, ignominiosamente rebelado por ambición y malignidad contra su propio País, han confiado y esperado que vendría aquí a prevalecer y triunfar con ellos contra los Patriotas, cuyos auxilios y recursos por lo mismo se han atrevido a usurpar y menoscabar con este insolente y escandaloso robo. Y en esta conformidad háganse las prevenciones al Comandante del Cuartel de la Plaza para la soltura del expresado presbítero, y al Dean de esta iglesia, Provisor y Vicario general, para que en adelante no le admita en el Coro, ministerio o funciones de Prebendado, de que queda privado y degradado.

 

         Francia."

 

         Comunicada la medida a los pares del reo, el Senado eclesiástico contestó:

 

         "Excelentísimo Señor:

         Habiendo recibido con debido respeto y acatamiento la Suprema Providencia que Vuestra Excelencia en fecha de ayer se ha servido pasarnos sobre la perpetua deposición de la Canongía, Dignidad y empleo que ha tenido en esta Catedral el Presbítero Juan Bautista Valdovinos, en pena de su criminal conducta y desafuero contra la Santa Libertad y Sagrados intereses de esta República, gloriosamente gobernada en su absoluta Independencia, que sin duda alguna lo manifiesta el Supremo auto de Vuestra Excelencia dictado el 1° de octubre del año anterior, del que instruidos, y de otro de 29 de abril último, lo hemos vaciado fielmente todo en el Libro de Acuerdos para su cumplimiento y eterna memoria.

         Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.

        

         Dean Roque Antonio Céspedes. 3

         Chantre Miguel Fernández Montiel.

         Arcediano Miguel Brítez del Villar.

 

         La sentencia del Dictador sonó como una afrenta en la casa de los Valdovinos, y los hermanos del prebendado que se mostraban indiferentes a la Revolución, entraron de cabeza en la conspiración de Yegros.

         Poseía José Mariano Valdovinos la curtiembre y una fábrica de naipes por concesión real, con sus oficinas y la vivienda, a la vera derecha del camino a Ibiray. Veíase trajinar allí media docena de esclavos, entre piletas y fardos de sal y de cáscara de curupay, y unos tablones con prensas y tornos, clisés y cubículos de hojalata, sobre los que gentiles danzaban reinas, caballos y sotas, un deslumbramiento de oros y copas, bastos y espadas.

         Un día se presentaron imprevistamente al Palacio dos de estos esclavos, el pardo Manuel y otro más retinto llamado Antonio. Y delataron que en los galpones del amo además de cueros y barajas, se acumulaba pólvora. Así se descubrió la fábrica clandestina destinada a abastecer las armas de los conjurados.

         A mediados del año, una fría mañana, una horrísona descarga acalló en seco la vocinglería del mercado, y contuvo el pulso de la ciudad. Y luego otra, y otra, por varias semanas.

         Al día siguiente del fusilamiento de Yegros, José Mariano y el doctor Marcos Ignacio Valdovinos, caían igualmente ejecutados en la plaza.

         Tristes escenas de angustia y espanto sacudieron muchas casas. Pero también es verdad que esas descargas reemplazaban a una que no se oyó. La destinada a segar a traición la vida del gobernante en quien el pueblo confiaba.

         Nadie murió sin proceso, sin una sentencia fundada. Y aquellos desgraciados familiares no negaron en privado la existencia de la conspiración. Era tan real como ese frac de paño color lila que lucía un negro, llamando la atención por las recovas. Era Antonio; y la prenda, muy conocida. Fue de su amo.

         El voluminoso expediente de la conjuración se compulsó repetidas veces a lo largo del Gobierno del Dictador. Y de acuerdo al índice que subsiste, contaba con más de 400 fojas. Se perdió como el féretro de Francia, después de su muerte.

         Pero a estas interrogantes, al gobierno de Carlos Antonio López toca responder.

 

         A la saña de los tres prebendados contra el desdichado ex-Rector, se había sumado el Obispo Videla. Pero este aparentaba mejor suerte dado que como nuevo Prelado de Salta, se había alejado del Paraguay antes de la Revolución. Pero Belrano interceptó la carta que probaba su infidencia, y lo expulsó. Confinado en el Sauce por el Gobierno de Buenos Aires, acabó recluido en una celda del Convento de la Recoleta.

         Al tiempo en Asunción, en el interior de la iglesia de los dominicos, unas devotas advirtieron presas de pánico que unas baldosas se estremecían en el piso, y se alzaba un ronroneo como si alguien mascullase algunas palabras. Era el sitio donde yacía Gabino Etcheverría y Gallo. Y se murmuró en la ciudad que el finado, antes de cerrar al fin sus párpados en paz, desde la eternidad bendijo al Dictador.

         Con el encierro de Videla, y la precipitada huída del Obispo de Córdoba, Rodrigo de Orellana, oculto en un disfraz, ya no quedó en pie ningún Obispo en toda la vasta jurisdicción del antiguo Virreinato, salvo el del Paraguay, Pedro García de Panés, protegido por Francia.

         Fuera del Paraguay este obispo español permanecía con su cabeza a precio, y su condena a muerte ya Belgrano conforme a sus instrucciones debió ejecutar. Su solidaridad con el Gobernador Velazco venia sellada con el juramento dado en España al Rey. Tras su notoria reticencia hacia la junta paraguaya, debió con el Dictador compaginar su conducta, se avino a respetar la voluntad política de sus ovejas, y no se inmiscuyó en cuestiones de Estado. Francia por su parte lo dejó en el ejercicio pleno del fuero estrictamente eclesiástico, y con sus rentas intactas a pesar de la exorbitancia. Los cuidados de Francia se extremaron cuando el Obispo cayó enfermo, y debió protegerlo hasta de su propio sobrino, el clérigo Pedro de la Rosa Panés, ebrio de solemnidad que le disipaba sus rentas y ya le había vendido alhajas y ornamentos.

         Alejó al beodo y ordenó a dos compatriotas del Obispo, Alejandro García Diez y Juan Pérez Bernal, inventariasen todas sus pertenencias, y les nombró Apoderados, para que además de cuidar del enfermo, le cobraran y administraran las rentas.

         Cuando ellos informaron poco después que el Prelado comenzaba a dar signos de demencia, el Dictador ordenó que en adelante ninguna cuenta sería reconocida sin las firmas de dichos apoderados. Prevalidos de la autoridad del Dictador, Pérez y García enfrentaron no solo al sobrino, sino también al propio Céspedes quien a su vez se quejó al Dictador porque aquellos se negaron a pasarle la cuarta que como Provisor le correspondía de las rentas episcopales.

         Cuando Pérez falleció el Obispo fue a vivir en casa de García Diez, esposo de Joaquina Machaín, donde finalmente se restableció.

 

         Desde que se defenestró a Etcheverria y Gallo, el Colegio Seminario se vino a los tumbos, penosa historia de incidentes y escándalos. La primera víctima fue el doctor

Francia a quien a pesar de haber enseñado a los menoristas sin sueldo, el perverso Provisor Arroquia ignoró adrede en las tres ternas de candidatos a las Cátedras, repitiendo en todas a sus tres favoritos, sin más maña que alterar el orden.

         Un procedimiento tan irritante, en agravio para más del hijo del Comandante de la Artillería de Plaza, no podía ser ignorado por un Gobernador que al mismo tiempo era Vice-Patrono del Colegio. La competencia legal del Gobernador colisionó con la del Obispado. Melo obligó a la inclusión de Francia en una terna, y al oponerse Arroquia, el caso pasó al Virrey, quien aun cuando salvó el derecho del Provisor a llenar las ternas, dispuso un concurso de oposición. Francia ganó la prueba, y a Alós, el sucesor de Melo, correspondió ponerle en posesión formal de la cátedra legítimamente conquistada.

         Al sentar jurisprudencia en todos los colegios del Virreynato, este incidente trascendió, brindando al joven Francia su primera aureola de popularidad.

         Pero el Colegio también para Alós fue un dolor de cabeza. De la camada inicial, Sebastián Patiño se perfiló como el alumno favorito de Juan Antonio Zavala, al punto que con su autoridad de Canónigo se propuso concederle a toda costa la cátedra de Filosofía.

         Aprovechando el viaje a Buenos Aires del principal aspirante, Zavala se apresuró en fraguar un concurso con otro opositor ficticio. Pero el ausente Riveros regresó con grado de doctor, e incidentó. Y nueva pugna entre el Gobernador y el Obispado. El Virrey falló a favor de la tesis de Alós y la maniobra de Zavala quedó desbaratada.

         No se acallaban los ecos de este entredicho, cuando estalló otro alboroto. En el acto literario del 13 de Noviembre de 1799, en horas de la tarde, en la Capilla del Colegio, delante de las autoridades, prelados, docentes, colegiales, y el numeroso público habitual, se replicaba la tesis expuesta esa mañana por un alumno de Prima. Era el profesor un villetano muy pagado de sí mismo, el Dr. Bartolomé José de Amarilla, que como protegido de Casajuz detentaba además de la cátedra, los cargos de Teniente Provisor y Cura Rector de la Catedral, y por anticipado, la Dignidad de una prometida Canonjía.

         Habló el Lector de los franciscanos Manuel Bustamante para señalar los errores y dar las correcciones, juzgando que el alumno no había sabido exponer ni defender su tesis. Terció airado Amarilla y en el acaloramiento el fraile le replicó que él tampoco sabía exponer como se comprobó en Córdoba donde para graduarse pifió en las Ignacianas.

         El acto degeneró en un escándalo y fue la comidilla de la ciudad. Casajuz encolerizado arrinconó al Gobernador por la reparación de la ofensa al Colegio, y le exigió que ordene al Padre Guardián del Convento para que el franciscano ofensor acuda obligatoriamente al acto de la siguiente semana, a retractarse y pedir perdón ante el mismo público. A lo que accedió el Gobernador.

         Dos días antes del acto, Casajuz reclamó la presencia también del Escribano de Gobierno, para que labrara acta. Y todavía media hora antes del inicio, inquieto por algunas murmuraciones, acosó otra vez al Gobernador por una orden terminante para que el padre franciscano se retracte o de no, que no asista.

         Un público expectante colmaba la Capilla. Cuando Bustamente se levantó se hizo el silencio. Pausadamente se dirigió al Teniente Asesor que representaba al Gobierno, y a los miembros del Cabildo eclesiástico que representaban al Obispo, y pidió perdón por haber originado un incidente ante tan calificada asistencia. Pero a continuación justificó sus críticas y sólo lamentó haber difundido sobre el presbítero Amarilla verdades que en Asunción no se conocían, aclarando que si bien no estuvo en Córdoba lo supo por personas fidedignas.

         Amarilla se puso morado, mientras Casajuz echaba espuma por la boca. Fray Bustamente se disculpó. Pero como se temía, no se retractó, y más bien se ratificó.

         Casajuz juró que el injuriador y temerario fraile seria escarmentado. Labró el testimonio de seis conspicuos asistentes y estando anunciado el inminente Capítulo o asamblea de los franciscanos en el Convento del Rincón de San Pedro, en las orillas del Paraná, con el sumario en la mano instó al Gobernador que lo remitiese y exigiese un castigo tan perentorio como ejemplar.

         Estaba de Provincial en Buenos Aires un conocido paraguayo, Fray Fernando Caballero, quien sabedor de lo acaecido en Asunción, se había anticipado prudentemente con el Virrey para que le diera a Bustamente la cátedra de Moral en la Universidad de Córdoba.

         Pero ante la presión de Asunción y el sumario a la vista, la asamblea se vio constreñida a castigar a su miembro con el destierro en el Convento de Santiago del Estero, un régimen de penitencia, enclaustramiento riguroso por dos años, y la pérdida perpetua de todas sus cátedras.

         Con todo, Fernando Caballero no ocultó al Gobernador Rivera su desagrado por haberse tomado tan a la tremenda una simple imprudencia del Lector de su Orden, que bien pudo arreglarse sin tanto ruido, sobre todo cuando por la intemperancia demostrada en una carta por el doctor Amarilla, bien pudo haber sido él, el culpable.

         Inútil lamentación. De Buenos Aires ya había partido a lomo de mula, encapuchado y con su hábito color café, rumbo a una oscura celda en los confines de los polvorientos desiertos argentinos, un sabio franciscano cuya única falta fue criticar en Asunción a un favorito del omnipotente e implacable José Baltazar de Casajuz.

 

         A quince años de nacido, el conflictuado Seminario sobrevivía en la decadencia y en la corrupción. En 1802 alarmada la ciudad presionó para que hiciera algo el Cabildo. El Síndico Procurador José Calcena y Etcheverría, apoyado por la unanimidad del Ayuntamiento, capituló entonces los cargos para pedir la intervención del Rey.

         Se comerciaba con las cátedras, y los colegiales se escapaban de noche y holgaban en los vicios. En violación de los Estatutos, las cátedras se daban sin concurso, y la de Artes permanecía a discreción de los prebendados. Otras se cedían a sustitutos, a medias en los sueldos "como lo hizo siempre el Rector actual de dicho Seminario, Doctor don José Baltazar de Casajuz", encima que propagaba doctrinas antirregalistas. Había atraso en los sueldos, y el maestro de Primeras Letras tenía el pago suspendido. El año anterior ni siquiera se habían leído las cátedras de Teología. De semejante Seminario -concluyó Cálcena- egresaban jóvenes corrompidos en lugar de operarios evangélicos.

         El Gobernador Rivera no se atrevió a cursar la denuncia, y después de mostrársela a Casajuz, con disimulo la guardó en el cajón.

         Pero la guerra quedó declarada entre el Cabildo Eclesiástico y el Civil. Casajuz movió cielo y tierra por averiguar quién le redactó al Síndico la denuncia, y vino a saber que fue el docto Escribano de Gobierno, Juan José Bazán de Pedrueza. Y desde ese instante odió a todos los Bazanes del Paraguay. Tenía el Escribano un hijo cura, el joven presbítero Juan Manuel Bazán. Casajuz lo aguardó en el corredor y al pasar le arrojó la capa del coro, que cayó al suelo, y le ordenó que se revistiera. Bazán respondió que en la función de la mañana ya se había revestido, y que no le tocaba. Insistió terminante Casajuz y el joven cura se negó. Allí mismo fue suspendido "ad divinis" y recluido en una celda pelada, tanto que para dormir imploró a su casa por una hamaca.

         Se quejó el padre al Gobernador, y Casajuz contestó que no era parte, siendo su hijo mayor de 25 años, y sacerdote. Después de varios meses, y sólo cuando graduó suficientemente humillado al redactor de la denuncia, soltó al presbítero.

         La clausura del colegio Seminario que en 1823 Francia decretó, carreó serias consecuencias para la República: al acaudalado español Agustín Trigo le impidió cobrar más alquileres, y a trece mocosuelos seguir bostezando en clases de Cánones o Latín.

         Los magros frutos de tres anacrónicas asignaturas ya no podían justificar en el criterio de Francia, la inmovilidad de un cuantioso patrimonio público en estancias, chacras, esclavos y ganadería. Pero mal se supone que quien presupuestó por primera vez a los maestros en el Paraguay, y facilitó e hizo florecer las Escuelas de Primeras Letras en todo el país, se hubiese propuesto condenar la Cultura. Buscó por el contrario liberarla y enriquecerla en sus cauces naturales, el irremplazable interés individual por la ilustración, los buenos libros, y la guía o la opción de los excelentes preceptores que abundaban en Asunción.

         De aquí que por lógica conclusión, acabó por fundar también la primera Biblioteca Pública que el Paraguay conoció, y a la que reservaba el enorme caudal de libros de la Tesorería, con los textos modernos y obras de las más diversas materias que desde el Gobierno procuró en el exterior. A los ventanales de la Sala, y a los armarios y anaqueles que mandó fabricar, dedico los mejores cristales llegados de Itapúa. Y para Director puso los ojos en uno de los más sabios paraguayos de su tiempo, además de antiquísimo carolino, José Gabriel Benítez, a quien ya veinte años atrás hizo llamar de Concepción para ofrecerle el Ministerio de Hacienda, en el que sucedió a Bedoya.

         La muerte de Francia, tras una cortísima enfermedad, se interpuso a la inauguración. Pero en medio de las honras fúnebres, la junta de Gobierno y el Cuerpo Municipal, por el art. 6° del acta de la reunión conjunta:

 

         "Acordaron uniformemente que se abra y franquee la Biblioteca fundada por el finado Señor Dictador, para que en ciertas y determinadas horas de la mañana y tarde concurran los sujetos aplicados al estudio y la literatura, y logren el aprovechamiento que se desea nombrándose por Bibliotecario interino al ciudadano José Gabriel Benítez, con goce de 15$ fuertes (150 dólares) mensuales por ahora..."

 

         El Pasado revela soterrados eslabones, o sugiere extraños espejismos. Manuel Benítez, José Gabriel Benítez, Juan Manuel Benítez, Gumersindo Benítez, Gregorio Benítez, Justo Pastor Benítez, sin tocar el presente vivo, siempre habrá -como sucede con los Bazan de Pedrueza- un Benítez en la Ilustración paraguaya.

         Cuando Carlos Antonio López abrió otro Seminario, funcionó directamente solventado por el Estado, y bajo su inmediato patrocinio.

         Pero a ambos Seminarios alumbró el mismo hado. Si en el antiguo no le fue bien a su primer Rector Etcheverría, y terminó mal su sucesor Casajuz, en este de López tampoco le fue mejor a su primer Rector Maíz, preso y engrillado por varios años en el Cuartel de Policía, y de su sucesor el Dean Eugenio Bogado mejor no hablar. Fue ejecutado en Lomas Valentinas, junto con el Obispo.

 

         La rigurosidad con que se exigía el juramento de defender a la Inmaculada para ingresar en el Colegio paraguayo, como en cualquiera de los Colegios y Universidades del imperio español, no significaba otra cosa sino que el Rey había tomado partido cuando la creencia en que María fue concebida en el vientre de su madre sin pecado original, aún no contaba con la unanimidad de los teólogos.

         Habrá entonces que excusar aquí, un poco de historia antigua.

         Decían algunos que ni las Escrituras ni los Santos Padres exceptuaron expresamente a María de la ley común a la humanidad. A lo que se oponía la opinión de que los Padres nunca trataron expresamente el tema, y que en cambio existía en las Escrituras (San Lucas, I.v.28) la salutación evangélica "llena eres de gracia", expresión reservada sólo a María, y que no se dirige a nadie más en todo el resto de las Escrituras. Y que ya en griego fue llamada "toda sin manda".

         Se distinguieron los franciscanos en la apasionada defensa de la Concepción Inmaculada, y los domínicos: en el repudio. En 1387 el dominico y doctor de Teología, Juan de Monzón, defendió una tesis pública en la que ejemplarizaba catorce herejías, y en ellas estaban incluidas todas las proposiciones favorables a la Inmaculada Concepción. Para los domínicos de la época era un error contra la fe admitir siquiera la posibilidad de una concepción sin mancha, sin pecado original.

         El Papá Sixto IV aunque inclinado al piadoso misterio, permitió en el seno de la iglesia la libertad de discusión, libertad que el Concilio de Trento confirmó, condicionada a que no fuese tema de sermones ante hombres y mujeres, ni tratado en romances o lenguas populares.

         Pero aun limitado al latín, y al recinto de las Universidades y de los Claustros, el asunto despedía chispas. En 1575 se desató un incendio en la Universidad de París. El jesuita Maldonat arribó a la conclusión de que la cuestión era problemática y discutible. Escandalizado el Rector llevó sus quejas al Obispo, pero éste respaldó a Maldonat. Exasperada entonces la Facultad de Teología animóse a sostener que la Concepción era un artículo de fe. Se irritó el Obispo y excomulgó al Decano y al Síndico. Pero éstos apelaron al Parlamento por lo que consideraron un abuso del Prelado. Los excomulgados fueron absueltos ad-cautelam, mas Gregorio XIII finalmente confirmó la sentencia del Obispo de París.

         Pero más allá de la pasión de los teólogos y de las citas de los eruditos, el favor de los reyes y la simpatía popular a través de los siglos, se inclinaban inexorablemente hacia María, hacia la consagración de su inmaculado origen. Hasta que en 1854, y en su día, con una pompa impresionante y rodeado del Sacro Colegio, Pío IX por la Bula Ineffábilis declaró Dogma de la Fe a la Inmaculada Concepción, y la sustrajo definitivamente de toda discusión humana.

         Desde entonces dejó de llamarse misterio, y holgaron los juramentos.

         Sin embargo en 1795, en tanto para la iglesia continuaba siendo Misterio, Carlos III ya había proclamado a la Inmaculada Concepción, Patrona principal de sus reinos y dominios, e implantado hasta en los mínimos detalles la solemnización anual que debía tributársele en la Catedral de cada Obispado, con asistencia de las autoridades y del clero. Pero como antes la había nombrado Patrona particular de sus Colegios, de culto instituido, para que ambas celebraciones no se confundieran dispuso que la del Colegio debía aguardar el primer domingo siguiente al 8 de diciembre.

         Los paraguayos que se preciaban de buenos provincianos y fidelísimos vasallos del Rey, no estaban para ignorar una orden que nacía de la devoción personal de su Monarca, y las celebraciones se cumplían en la Catedral de Asunción al pie de la letra.

         Pronto se hizo familiar en el cielo asunceno la salva de artillería del día 7, que saludaba a la Virgen en sus vísperas, mientras se izaba ceremoniosamente el pabellón real ante la alineada guardia del Gobernador. Esta formalidad se repetía para la despedida el día 8. En el ínterin tenía la Virgen sus solemnes misas cantadas y el sermón costeado por Propios, es decir por la Caja de la ciudad. La pólvora para el saludo, el papel para los cartuchos, la mecha y la filástica para los tacos, todo suministraba el Ramo de Guerra.

         Un prominente paraguayo, el viejo Coronel José Antonio Zavala, relegado como realista por la Revolución, desde su ventana vigilaba los acontecimientos. En los días 7 y 8 de diciembre de 1812 oyó los cañonazos de rigor, y lo dejó consignado en su Diario.

         Si se repasa los libros del Cabildo se verá que en 1822, en pleno auge del doctor Francia, la función de la Virgen de Asunción costó ese año a la ciudad 100$, y 70$ la de San Blas, a más de los 45$ por ambos novenarios de misas cantadas. Pero también se desembolsaron 18$ por cada uno de los tres sermones, San Blas, Todos los Santos y la Concepción, que se pronunciaban en la Catedral. Cada peso, confirmamos, era plata legítima y equivalía a unos 10 dólares de la actualidad.

         Pero ni antes ni después de Carlos III, la Concepción alcanzó la popularidad de las dos funciones de Tabla de San Blas y Asunción, las más antiguas y tradicionales del Paraguay.

         Ignorada por el Rey, entretanto, los caacupeños celebraban a nivel popular a su Concepción, y como toda fiesta patronal se limitaba a sus feligreses. Con todo, el ambiente festivo precedía en mucho a la fecha y se prolongaba hasta la octava. La devoción sabiamente convivía con el regocijo profano. Y si el párroco y el mayordomo no tenían descanso en la iglesia, tampoco las tabernas, el aguardiente, las barajas, la guitarra, los juegos y las jineteadas en la plaza. Tras las cercas podía espiarse el fuego de los tatacuás, y el de los romances furtivos a la sombra cómplice de los naranjales.

         Pero la solemnización oficial se localizaba indefectiblemente en la Catedral de Asunción. Cuando el viejo López abrió el segundo Seminario, aunque mantuvo a su Concepción de Patrona, ya no hubo obstáculo en que las celebraciones fueran una sola.

         Se conserva la crónica del 8 de diciembre de 1861.

         El caserón del Seminario amaneció engalanado de banderas, emblemas y palmas. En el gentío que desde muy temprano afluyó en la Catedral, se distinguía a los dignatarios del clero y a los párrocos de los pueblos, a los funcionarios civiles y militares, a la sociedad asuncena en pleno, y en fila, a todo el Colegio Seminario. A las 7 y 30 de la mañana el Obispo Urbieta inició la solemne misa cantada, y tras el alzar subió al púlpito el Rector Fidel Maíz, el más atrayente orador sagrado de su tiempo. Sacóse luego en procesión a la Virgen del Seminario, alhajada de pies a cabeza. Avanzó vestida con un manto de brocato azul, y galones de oro, sobre unas blancas faldas de brocato por delante, y de raso por detrás. La colorida multitud precedida por una banda militar dio el lento rodeo a la plaza y retornó desfilando ante la paqueta residencia particular de dos plantas del viejo López, que hacía cruz con el atrio. Finalizada la liturgia se sirvió refrescos en el local del Seminario, mientras en los corrillos se conversaba animadamente en espera del banquete. Ante un sonriente Padre Maíz y espléndidas mesas de manteles bordados, se encolumnaban sirvientes, manjares y licores, a los que rendían honores el Obispo Diocesano en medio de los familiares del Presidente, párrocos y jueces, coroneles y seminaristas, enjoyadas señoras y catedráticos, toda al decir del cronista, "gente de cierta posición social".

         Nadie en esos momentos, y menos el Rector, pensaba en peregrinajes, ni en la existencia de la lejana y perdida capilla de la Cordillera.

         Aquel sermón a la Inmaculada de Fidel Maíz, fue el último que pronunció antes de la guerra. Al año siguiente, exactamente en las vísperas de una nueva celebración, fue cuando se lo destituyó y apresó.

 

 

         Sin embargo de haber publicado en su ancianidad "Etapas de mi vida", poco o nada aclaró Maíz su prisión. La atribuyó a pequeños incidentes habidos involuntariamente, que le enajenaron el favor del General Francisco Solano López. Como el haberse rehusado a bautizar a su hijo en el domicilio de la señora Lynch, o él haber murmurado mientras tañían las campanas por la muerte del viejo López: "para cuántos serán dobles estas campanas". O, sincerándose un poco más, el haber propugnado en privado una nueva Constitución.      

         Pero la verdad no tenía tan insípido sabor.

         Agazapado en el Seminario, a la sombra de un achacoso Obispo, el Rector Maíz era la cabeza oculta de una conjuración incubada ya en el último período de Carlos Antonio López, a quien él ridiculizaba y llamaba al verlo: "Ecce el Rey". Su muerte -vaticinaba- será la señal para que el Paraguay cambie de rumbo. El que manda el Ejército -pregonaba apuntando al General- no puede ser al mismo tiempo Presidente de la República.

         Leía regularmente La Tribuna de Buenos Aires, y elogiaba a Mitre. Toda la riqueza, del país, sustentaba, devenía en fortuna particular de la familia López o del Estado, en tanto los militares y los eclesiásticos eran desatendidos y mal pagados. Al amparo de su privanza con los López, el Rector supo atraerse a los descontentos del Ejército y de la Iglesia, y despertar la ambición de algunos altos funcionarios de la Administración. Las señoras le visitaban asiduamente, y él muy lisonjero, las sabía utilizar.

         Por la inconsecuencia de haber pronunciado la oración fúnebre ante los restos de Carlos Antonio López, se disculpaba en privado diciendo que el moribundo boqueó en su lecho ciertas palabras a medias que interpretó como restos de religiosidad y arrepentimiento. Pero acto seguido se quejaba de que habiendo sido el orador de las exequias para el regreso de la iglesia de Trinidad a la Estación fue olvidado, y con otros eclesiásticos tuvo que cubrirlo a pie, propasado por el polvo de innumerables y relucientes carrozas.

         Maíz aguardaba impaciente la apertura del congreso de octubre en el que le cerraría el paso a la Presidencia a Francisco Solano López. Pero sorpresivamente el no fue invitado, y sobrevino el primer trastorno. Sin embargo, Benito Varela no se amilanó y expuso con elocuencia su firme oposición al nombramiento del General como Presidente. Pero Francisco Solano López no permaneció sentado y en persona le replicó, en lo que a él le tocaba, en medio de estruendosos aplausos. Cayetano Bazán y muchos otros que llevaban en los bolsillos el discurso "constitucionalista", se llamaron a silencio.

         Y fue recién entonces, después del Congreso, y mientras las alegres campanas de la ciudad anunciaban al nuevo Presidente, que el Padre Maíz abatido se dejó oír: "Esos son dobles que se hacen por mi".

         El Ministro de Gobierno Francisco Sánchez comunicó al Obispo que los padres Maíz y Moreno no podían permanecer en el Colegio, y debían pasar al Cuartel de Policía por estar ya comprobada la culpabilidad en el sumario. En vísperas de la Purísima, el 7 de diciembre de 1862, el Prelado contestó:

 

         "El infrascrito ha tenido mucho que sentir Señor Ministro, el que unos eclesiásticos que tanto por el carácter de su ministerio, cuanto por la posición en que se hallan frente de la juventud... hayan incurrido en... difundir ideas subversivas contra la causa pública, pero le consuela la justa disposición del Excelentísimo Señor Presidente de la República, que al paso de servir de escarmiento para los culpados, servirá también de escarmiento para los demás".

 

         Días más tarde, Francisco Solano López se sentó en su despacho, tomó la pluma y redactó en persona la destitución:

 

         "Considerando que el Colegio Seminario de esta ciudad no ha correspondido a los piadosos fines de su institución por la conducta extraviada y reprehensible de su Rector el Presbítero Fidel Maíz,... que se ha bastardeado aquel establecimiento cristiano para fines nocivos a la pureza de la Religión, a la moral evangélica y a la humana sociedad, inoculando bajo la sombra de la Virtud doctrinas antisociales y perniciosas, y hallándose también comprendido en la misma causa el Catedrático de la Aula de Latinidad Presbítero José del Carmen Moreno, oído el Dictamen del Reverendo Obispo Diocesano, acuerda y decreta: Art. 1°: Destitúyase al Presbítero Fidel Maíz de la Regencia del Colegio Seminario y de la Cátedra de Teología Moral. Art. 2°: Destitúyase al Presbítero José del Carmen Moreno de la Cátedra de la Aula de Latinidad".

 

         El doble proceso político y canónico que recayó sobre el Padre Maiz fue revelando la gravedad de una conjura que cuando Francisco Solano López lo destituyó, aún ignoraba.

         Mientras el Semanario abría sus páginas al pronunciamiento de la ciudadanía sobre la traición del Rector, los calabozos reventaban. Sólo en el Batallón N° 1, entre civiles y militares tuvieron entrada 53 reos, entre ellos encumbrados ciudadanos que habían elevado a Carlos Antonio López al poder, y todos con una, dos, o tres barras de grillos, o en el cepo. Allí estaban José María Varela, hermano de Benito, que cayó en la primera redada con el acaudalado Luís de Homen da Costa Carvallo, antiguo comerciante portugués de Itapúa, que se radicó en Villarrica, y favorecido por Carlos Antonio López en 1854 con un importante préstamo. Y también Pedro Pereira, Tomás Cazal y Ángel Yegros, entre muchos otros civiles. Y los veteranos coroneles Vicente Godoy y Santiago Marín, los mayores Cándido Mora del Batallón N° 2 y Domingo Vera del 1er. Regimiento, Capitanes Bernardo Amarilla y José María Rodríguez, y un sinfín de tenientes y alféreces, sargentos y cabos, y hasta soldados.

         En otros cuarteles estaban igualmente engrillados e incomunicados el juez Lezcano, un Tomás Pérez Grande, hacendado de San Ignacio, el Presbítero Aniceto Benítez, y el padre Pedro León Caballero, íntimo de Maíz y solidario con él, que como Confirmador y Visitador de parroquias se hallaba en Pilar cuando López casó su exequátur y lo hizo traer a la Capital.

         Esta conspiración ensombreció la aurora de la Presidencia de Francisco Solano López, tanto como los nubarrones que se elevaban en el Río de la Plata. López no quiso abrir la herida más de lo necesario. Porque el número de los que conocían la trama y la alentaron con su silencio, excedía en mucho a decir verdad, al de los presos. Severa fue la reprimenda para José Berges, para su hermano Benigno, a quien invitó a confinarse en una de sus estancias, y para el juez de la Catedral Manuel María Rivarola. Debió redactar éste una extensa mea culpa dirigida al Presidente, en la que reconoció haber callado cosas que sabía, pero a continuación hizo leña del Padre Maíz. Por otro lado le comprometía también su hermano Cirilo Antonio, empecinado en no acudir a felicitar al nuevo Presidente. Alegó que le había instado muchas veces, y que se evadía por enfermedad o por ocupaciones, y le tildó de hermano "soberbio". Dio a entender así, con habilidad, que aunque no compartía su actitud, tratábase de una cuestión temperamental, antes que de convicciones políticas.

         La iglesia paraguaya, se solidarizó también con el Presidente.

         El Obispo Juan Gregorio Urbieta, el Senado Eclesiástico, y los sacerdotes de las parroquias de la Capital y del interior, el 28 de mayo de 1863 le escribieron:

 

         "profundamente afectados por los desmanes criminales, sediciosos y subversivos del Presbítero Fidel Maíz..." para condenar "los principios desleales, inmorales y revolucionarios del citado presbítero..." y declarar "ante la Patria y el mundo entero su completa adhesión a la Administración nacional, a las instituciones patrias, y especialmente a la persona de V.E. a quien consideran el más firme baluarte de la nacionalidad paraguaya".

 

         La infausta novedad fue cursada también a los cónsules y comisionados en el exterior. Y desde Montevideo, el 14 de julio de 1863 Juan José Brizuela respondió a Berges:

 

         "Participo en un todo de las sanas ideas que Usted se digna expresarme respecto a los planes subversivos del Padre Maíz, y tengo la convicción que su sumario no hará más que poner de relieve el prestigio de nuestro amado Presidente, y la estabilidad inquebrantable del orden del Paraguay y de su marcha, tranquila y floreciente".

 

         Y cuando López advirtió que Villarrica permanecía muy callada, su Comandante Francisco Pereira le tranquilizó:

 

         "Que la Villa seguía con el sosiego de siempre. Que no se oye en ella ninguna conversación contraria respecto a las deliberaciones de V.E., de suerte que no se puede tomar el sentimiento de este vecindario por razón de que se han llamado a silencio. Ni se acuerdan de los asuntos actuales como ser de la caída de Homen y de Varela. Lo que se dice, por tal cual sujeto (es) que el asunto del portugués no ha de ser leve por         ser extranjero letrado".

 

         Tampoco el silencio de Julián Nicanor Godoy podía pasar desapercibido por ser uno de los muchos que lucraban con el suministro de yerba al Estado, sumado a su condición de pariente de un alto implicado como el Coronel Vicente Godoy.

         La carta de Godoy tardó, pero llegó. Los cainguás -se disculpó a López- habían asaltado su rancho de los yerbales, y le quemaron mil arrobas de yerba atacada y de primera, aparte de toda la suelta, "que lo han de pagar muy caro". Por eso se ausentó con urgencia y no pudo figurar su nombre entre los que protestaron por la prensa:

         "...contra el proceder inicuo, criminoso y desconocido del presbítero Maíz y de todos los demás secuaces de él, y que mediante la vigilancia y sabiduría de V.E. no hemos luchado unos contra otros, y bebido sangre de nuestros propios hermanos, dejando de este modo a nuestra virgen patria emponzoñada con una guerra civil inacabable".

 

         En su libro, Ildefonso Antonio Bermejo no dice esta boca es mía acerca de la confabulación que presenció. Pero cuando con sus propios ojos vio a Francisco Solano López arrojar al canasto su empalagoso artículo sobre la bendición de la Estancia de Olivares, acto privado de la familia López que pretendió introducir a cinco columnas como editorial del Semanario, comprendió que el aprecio del Presidente se había disipado.

         Con la cola de paja apeló entonces a la consabida picardía de anticiparse como ofendido. Julián Aquino, el jefe de la Imprenta, escribió al General:

 

         "Exmo. Señor Presidente de la República

         A las once de la mañana de hoy estuvo en la imprenta el Señor Bermejo. Llegó algún tanto disgustado, diciéndome que venía a firmar el recibo de la cantidad que -me dijo- estaba en mi poder, valor de la obra que fueron vendidos, porque una Señora dijo esta noche que he rehusado recibir, y despreciaba dicha cantidad, y no quiero que se diga así al Señor Presidente, y por lo tanto le dejo el recibo y me recibo del dinero.

         He sabido también -me dijo- que se dijo por mí que yo andaba con el Padre Maíz a alta hora de la noche conspirando contra el Gobierno. Se dijo también que he estado a visitar al Señor Berges para hablar mal del Gobierno. Esto sabrá mejor el mismo Señor Berges dijo, y lo del Padre Maíz, he estado con él una noche enfrente de la Catedral tomando fresco. Giramos nuestra conversación en otras cosas, y no lo que se interpreta por mí. En fin amigo - me dijo- así no se puede vivir, temo de todos a que se interprete mis palabras como lo quisieran. En seguida me dijo también que iba a escribir un artículo de despedida para el primer número del Semanario que salga. Al despedirse de mí, me comunicó que esta tarde a las 5 va a hacer en su casa una comida a esos señores oficiales, sus paisanos.

         Es todo lo que hubo de nuestra conversación esta mañana".

 

         Y al día siguiente, otra vez Aquino:

 

         "Exmo. Señor Presidente:

         Habiendo estado esta mañana en la Imprenta el señor Bermejo a entregarme un artículo de despedida para su inserción en el Semanario, y juzgando necesario sea de la aprobación de V.E., incluyo antes de su composición a V.E. para lo que juzgue conveniente".

 

         Al otro día, 5 de enero de 1863, el texto de su despedida aparecía en el Semanario. Eran solo palabras. Su verdadera despedida estaba en su estocada final al Tesoro público. Se ofreció como agente del Gobierno y corresponsal del Semanario en Madrid, mediante un sueldo mensual superior al del mismo Ministro de Gobierno, y con diez meses por delante. Aparte tasó en una fortuna una Historia del Paraguay que sólo llevaba en la cabeza, pero que se comprometía a entregar antes del año. Bermejo vivía encebado en la intimidad del Gobierno paraguayo, y debió pegársele no pocos secretos de Estado. En medio de los nubarrones que se cernían sobre el país, semejante propuesta a punto de partir equivalía a una extorsión sutil. Y lo cierto es que el Presidente López accedió al puente de plata que el mercenario apetecía para abandonar el Paraguay.

         Estallada la Guerra, Bermejo siguió enviando sus resúmenes de noticias europeas, atrasadas y redundantes, pues eran las mismas que se anticipaban desde Londres y Bruselas. En cuanto a la Historia del Paraguay, propuesta que de golpe le enriqueció, no avanzó una sola página. Pero apenas se cercioró de la muerte de su protector en Cerro Corá, con ese capital solventó la publicación destinada a mofarse del país que tan generosamente se lo dio, y de la memoria del hombre que años atrás le había rescatado a él con su señora Purita, de la miseria, del hambre y de la tuberculosis, en su oscuro exilio de París.

         O'Leary lo desnudó en "Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario", encendido alegato que tuvo la delicadeza de obsequiarnos con su dedicatoria, como broche de oro de una velada en la que rememoró su antigua estancia en España, y su vano empeño por dar con el paradero de los papeles de Bermejo.

         Apenas obtuve, de sus descendientes -finalizó- la confidencia de que murió dementado en Madrid.

 

 

         La Catedral o Matriz de la ciudad de Asunción nació como parroquia de los conquistadores y de sus hijos, y cuando los asuncenos se extendieron se fueron levantando oratorios o capillitas a modo de ayuda de parroquia o anexo de la Catedral, como la de Luque, Capiata, Frontera (Ñemby) o Pirayú. Y como hizo falta también otra parroquia en el recinto de la ciudad, nació la primitiva Encarnación.

         Aquellos anexos se convirtieron en vice-parroquias, y luego en parroquias rectoras con un cura Rector y su teniente cura, a cuya sombra nacían a su vez nuevas capillas o vice-parroquias, a medida que la densidad en aumento de los vecindarios permitía sustentar la congrua del cura propio, con una modesta casa de Dios a mano para bautizarse, casarse y enterrarse.

         Recién desde el siglo XVIII aparece la parroquia de Piribebuy, que por muchas décadas será la única de los cordilleranos, ya que las iglesias de Atyrá, Altos y Tobatí eran exclusivas de sus indígenas, si bien los paraguayos de los parajes próximos fueron admitidos para oír misa, y más tarde como feligresía foránea, lo que no dejó de suscitar enojosos conflictos de clase entre paraguayos y guaraníes, por la preferencia en los asientos.

         De tal suerte no sólo Piribebuy sino todos los cordilleranos, tanto los de Ibianguazú como los de Itú o Caacupé, los de Carií como los de Naranjos, los de Dos Arroyos como los del Ihaguí, tuvieron un solo y único patrono, el pequeño Cristo crucificado que veneraban bajo la advocación de "Nuestro Señor de los Milagros".

         La primera desmembración promovieron los de Carií, erigido como vice-parroquia en 1754. Había en su vecindario gente principal y comunera, como los descendientes de las Llanas que a finales del XVIII aspiraban enterrarse en su capilla. Hoy está tan borrado del mapa como de la memoria de los historiadores. Fue confundido por algunos autores con San José de los Arroyos. Pero además de ser Carií más antiguo, tenía Patrona diferente: Nuestra Señora del Rosario. Hubo un intento de resurrección en tiempos de Panés, pero su feligresía había mermado con la erección de San José y de un oratorio en Itacurubí. En los mapas de Azara y en algunos bosquejos de Aguirre se ubica Carií, y en el de Mouchez del siglo pasado todavía aparece, aunque con el aditamento de "ruiné".

         En 1769 se erigió por fin Caacupé, segunda vice-parroquia. Como viejos feligreses de Nuestro Señor de los Milagros, los caacupeños trasladaron la advocación de su viejo patrono, a la imagen que ya miraban como futura patrona. Poco después en el barrero de los Acosta, el grande, se alzó otra capilla en honor de San Roque, santo predilecto del propietario Blas Acosta Freyre, y nombre de su primogénito, pero para auxilio de la matriz cordillerana, sin cura propio. Una cuarta capilla más al sur, en Ibianguazú, se disponía a levantar Gaspar Medina, el Rector de la Cordillera, cuando le sobrevino la muerte.

         Recién en 1801 se promovió Roque o Barrero Grande como Vice-parroquia y tuvo cura. Pero el procedimiento adoptado fue materia de controversias. El Cabildo eclesiástico acaudillado por Casajuz, que bien sabemos andaba de pique con el Cabildo civil y con el Gobernador, dirigió adrede el pedido de anuencia al Virrey de Buenos Aires, negándole así a la Gobernación del Paraguay el ejercicio del Vice-patronato. Protestó el Cabildo de Asunción y demostró que el Vice-patronato era un derecho consuetudinario del Paraguay, nacido con la misma Ciudad. Y que para asuntos de Iglesia el Rey remitió y seguía remitiendo las Cédulas directamente a su Gobernador, y no a Lima, antes, ni a Buenos Aires, después.

         Pero para establecer capillas en la campaña, y nombrar o remover a sus teniente-curas, no siempre fue menester la anuencia del Virrey o la del Gobernador. Este requisito fue introducido recién por la Real Cédula del 10 de abril de 1769, año en que sin ser aun conocida, se instituía Caacupé. De todos modos otra cédula posterior de Carlos III, la del 23 de agosto de 1784, dio por aprobadas todas las vice-parroquias erigidas sin la anuencia de la autoridad civil.

         La creación de la capilla de Caacupé fue entonces un negocio puramente eclesiástico, y Morfy no intervino en ella. La mayoría de las capillas del Paraguay se erigieron una tras otra en la segunda mitad del siglo XVIII, casi todas bajo Carlos III. No debe sorprender que también Guazucuá adoptara como patrona a la Concepción. Y en un principio también Limpio, cuando sus vecinos, con los del Peñón, Reducto y parte de Tapúa, obtuvieron que la capilla particular legada por el presbítero doctor Pedro Martínez se convirtiera en la vice-parroquia que les emancipó de Luque. Pidieron entonces por Patrona a la Inmaculada, pero más tarde, cuando la vecindad trasladó de sitio la Capilla, mudó también el Patrocinio y escogió al esposo, el carpintero.

         Entre las coronas de España y Portugal había un espacio indeciso, y el Gobernador Pinedo recibió la autorización de Carlos III para poner arriba del Ipané un asiento de Villa y un Fuerte. El Regalismo y la Inmaculada eran a la sazón, como se sabe, los dos amores del Rey, los dos fanatismos en boga. Y por halagar ambos, Pinedo puso por nombre a la fundación: Villa Real de la Concepción. Pero lo de Real no cayó bien en la Corte de Madrid. Nada podía haber en los dominios de Carlos III que no fuera Real.

         Los vientos de la Revolución trajeron otro fanatismo, el Republicano. Y con el doctor Francia ya nada pudo haber en el Paraguay que fuera Real. Los caminos reales se convirtieron en públicos, el Paso del Rey en Paso de Patria, y aquella Villa quedó depurada como hasta ahora: Concepción.

         Pero había otra Concepción, otra imagen, otra Patrona anterior por más de un siglo y medio a todas en el Paraguay: la de Tobatí. Y aunque Señora de un pueblo de indígenas, y sin advocación específica, era reputada desde los tiempos remotos como la verdaderamente prodigiosa.

         Cierta vez, rumbo a San Joaquín costeaba Aguirre el Ihagüí con su caravana. Al llegar al paso que debía vadear, en los fondos de la estancia de la Virgen, el ilustre demarcador explicó que así era llamada por pertenecer a Tobatí, y por tanto a su Patrona, una imagen de la Concepción "la cual" -anotó- tiene algunos bienes donados por los fieles para su culto, en atención a lo milagrosa y (a la) veneración que le profesan en esta Provincia".

         Si la historia ejerciera por sí sola la gravitación que se le adjudica, no se estaría hoy peregrinando a Caacupé, sino a Tobatí.

 

 

         En otra ocasión Francisco de Aguirre demoró dos semanas en la Cordillera como huésped de Miguel Rubio y Díaz, asiduo Regidor del Cabildo, y capitán de una Compañía, aunque porteño de nacimiento. Maravillóse Aguirre de una ganadería de seis mil cabezas tan bien cuidada, de los corrales, de la comodidad de la casa, y de la capilla rodeada de trigales.

         A su estancia llamaban los vecinos Rubio Ñú, diferenciada de la de su acaudalado suegro Blas Acosta Freyre, conocida por Acosta Ñú.

         Allí les tomó el domingo 8 de diciembre de 1793, y antes de amanecer todos a una montaron a caballo, el huésped y su anfitrión, doña Juana Acosta y la gente de servicio, para oír misa a una distancia de tres leguas, en Roque, adonde acudió a oficiar el Cura Rector de la Cordillera. Y todos pasaron luego a almorzar en lo del cuñado de Rubio, Roque Acosta, a legua y media de Piribebuy.

         Era el día de la Virgen de Caacupé y con esa fiesta en las narices, nadie, ni el propio Rector, se sintió aludido. Mas también era verdad que para celebrar a su Virgen, los caacupeños con su párroco se bastaban.

         Optó Aguirre para regresar un itinerario distinto: bajar por Escurra al gran valle de Pirayú, y por Itá enfilar a la Capital. Prestóle Rubio sus montados y para pernoctar le recomendó la casa de Santacruz, un caacupeño hospitalario a cuya casa llegaba el rumor del Acaroizá. Después del baño, ceno y se acostó. Amanecía cuando Aguirre desenfundó el teodolito de faltriquera y demarcó la cima de los cerros y la torre de la iglesia.

         Y recordando la plática de la víspera con Santacruz, anotó:

 

         "Nuestra Señora de Caacupé (la imagen) fue de un indio que murió habrá poco, y de quien la hubieron los del valle. Vivía el indio cerca de la Cordillera de Escurra".

 

         Esta tradición es la más antigua entre las impresas, y si tal indio existió, no fue de comunidad sino poblador libre o "indio criollo" como entonces se decía, y perteneció al siglo XVIII. En ella tampoco encaja Bolaños fallecido en Buenos Aires en 1629, un siglo y medio antes que el indio de Escurra.

         Pero que dicen los papeles de la iglesia?

         Como no se quemaron ni de ellos se hicieron cartuchos, a su vista se hallará la respuesta. A instancias de la feligresía del oeste de la Cordillera, el teniente cura de Piribebuy Andrés Salinas solicitó la licencia para erigir una vice-parroquia, en razón:

 

         "... del desamparo y grande desconsuelo espiritual en que se hallan gran número de dicha feligresía en el valle de Caacupé e Itaibú por la distancia en que se hallan de las parroquias para el cumplimiento del precepto de la misa y demás espirituales socorros".

 

         Y agrega que para aliviar al Cura rector él tendría "su asistencia en el oratorio de Nuestra Señora de los Milagros situado en dicho valle de Caacupé".

         La solicitud venía dirigida al Cabildo episcopal que gobernaba el Obispado por cuanto el Ilustrísimo Manuel López de Espinoza, como tantos otros en el pasado, se había limitado a extender un poder y cobrar sus rentas sin pisar Asunción ni conocer su rebaño. El 1° de setiembre de 1769 los prebendados Pascual de Iriarte, Antonio de la Peña y Pedro de Samudio, todos doctores, le despacharon a Salinas su título de Teniente cura, y dispusieron que previamente sea reconocido el oratorio, para lo cual diputaron al nombrado doctor Peña, el cordillerano que hacía 12 años detentaba la Dignidad de Tesorero. Al sur de Piribebuy, y no lejos de Caacupé, tenía la estancia que le venía de sus antepasados. Su apellido daba nombre a las montañas, y también al arroyo que después de caer al valle de Pirayú, rebalsado en la laguna de Tapaicuá, desembocaba con el Salado en el río Paraguay. Era una heredad tan señorial, que en el mapa del Paraguay que en 1787 Azara terminó en obsequio de su hermano Nicolás, lo pintó como un pueblo con el nombre de "Arcediano". Dignidad alcanzada entonces por Peña en él Coro de la Catedral.

         El 3 de octubre desde su estancia, Peña delegó el reconocimiento del oratorio al Cura Rector Gaspar de Medina.

 

         En una pendiente de la salida a Tobatí, entre cocoteros se encontraba el oratorio, y por detrás un monte cerrado llegaba hasta el arroyo, y le aromaba de guavirá. Era pajizo y de pequeño porte, pero el techo al volar por delante formaba un atrio que le ponía coqueto.

         El día 9 desde muy temprano el sacristán Juan José Aquino, rodeado de algunos vecinos con sus mujeres, aguardaba expectante. Hasta que se vio acercarse del poniente la inconfundible figura de Gaspar Medina. Apeóse el padre, dio la bendición a los presentes, y mientras el paje llevaba los rocines al arroyo, Aquino desenfundó una enorme llave de hierro dulce. Se abrió rechinando la puerta, y la mañana iluminó de golpe el interior. En el fondo un tabernáculo plateado encandilaba con destellos rojizos. Contenía una pequeña talla de la Concepción, una virgencita deslumbrante, toda roja. Carmesí era su velo de tafetán, carmesí su pollera de brocato, carmesí su manto de persia. Y en la pollera y en el manto, galones de oro. Todos se persignaron. Era nada menos que la primigenia imagen de Caacupé, la única.

         El tabernáculo con la imagen descansaba en dos tablas que sobre unos horconcillos, hacían de altar. En la pared pintada a la cal, un cuadro de la Virgen de la Soledad y un crucifijo con incrustaciones de nácar. Aquí y allá, candelabros, atriles, dos campanillas, un misal veneciano, un cáliz grande de plata con sus patenas e hijuelas, un par de vinagreras, y un platillo también de plata. En el pequeño trascuarto que oficiaba de sacristía, un carameguá forrado cuidaba del ajuar de la virgen, y dos arcas más pequeñas de los ornamentos y las alhajas.

         El Rector con los presentes inició el inventario.

         Cuando Aquino desllaveó la cerradura del carameguá, pudo admirarse lo mimada que vivía la Virgen. Veinticuatro polleras, catorce de tafetán y diez de raso. Siete mantos, cuatro de tafetán y las otras de raso. Siete camisas de bretaña bordadas con hilo colorado y encajes. Dieciséis enaguas, cuatro de ellas de bretaña. Tres tocas, una de bretaña, una de cambray, y la otra de lienzo. Además mucha tela fina en cortes, y encajes sueltos, cintas, cordones, hilos, manteles y paños de mano. Y si el lector se asoma a los otros cofres admirará las alhajas que poseía la virgen en tan remotos tiempos. Dos coronas de plata; seis gargantillas, una de granos de oro, otra de oro y perlas, las demás de coral. Seis relicarios; siete rosarios, dos con granos engarzados en plata, y sus crucecitas también de plata, dos de cristal y con crucecitas de filigranas, las otras de coral; y siete anillos, cuatro de oro, uno de plata con perlas y los restantes sahumados.

         Y como la coquetería no mancha, la Purísima tenía para mirarse cinco espejos. Dos pequeños, y tres grandes en sus cajas.

         Pero entre tantas alhajas y pedrerías, un mobiliario pobre. Una mesa, dos sillas, y el anda de la Virgen. Sobre la mesa, una botella y dos redomas de vino en el suelo una alfombrita, un cajón para las velas, y una campana pequeña de repicar, de unas ocho libras.

         Regresó Medina con el inventario, y ya en el corredor de la estancia de Peña le puso presente un obstáculo. Exceptuado lo material de la construcción del Oratorio, todo lo demás, los ornamentos, los vasos sagrados, y hasta la mismísima Virgen, todo era de pertenencia y propiedad particular de Roque Melgarejo, el cura de Tobatí.

         Entonces Peña dispuso:

 

         "en su razón se hace preciso requerirle con estas diligencias, haciéndole presente lo pretendido en ellas y exponga a continuación de este Auto su consentimiento o cesión a favor del valle y comunidad que haya de agregarle a dicha capilla y tenientazgo, tanto de la referida capilla como de la Imagen con lo a ella anexo, y concerniente. Para lo cual doy la comisión necesaria en Derecho a dicho Andrés Salinas para que ante testigos practique lo contenido en éste, y lo devuelva para en su vista proceder a la conclusión y determinación de ellas".

 

         El padre Melgarejo ya se había apersonado en Piribebuy y al requerimiento de Salinas, esa misma noche contestó:

 

         "Que hacía gracia y donación a los habitantes del valle de Caacupé de la referida Imagen de la Concepción de los Milagros, para hacerles bien y buena obra, y que así en ningún tiempo aprehenderá a ello derecho alguno, ni tampoco sus herederos. Y que asimismo de los ornamentos amplios para el sacrificio de la misa, hace a la Imagen donación y gracia, excepto el cáliz con su patena, sólo quedará prestado, inter se provean de uno".

 

         Amaneció el 10 de octubre de 1769 y fue el gran día. El doctor Antonio de la Peña por el Obispado concedió "al valle de Acaroizá" la esperada licencia. La nueva vice-parroquia quedó desprendida de Piribebuy, con el límite que Peña asigno: una recta que arrancando de la cabecera del Acaroizá partía el Piribebuy por el Paso Fernández hasta sus confines. Para los demás vientos Caacupé heredaba la delimitación antigua con los viejos pueblos indígenas de Atyrá y Tobatí. Todos los valles encerrados en esta demarcación se desligaban de Ñande Yara Guazú, el crucificado Señor de los Milagros, para depender de la diminuta Señora de los Milagros, y para "el pasto espiritual", de Andrés Salinas, su primer párroco.

         Se echó a vuelo la pequeña campana de ocho libras, y su repique puso música en los corazones. El júbilo popular corría en remolinos como los arroyos. Para la primera misa de Salinas la Virgen se engalanó, y en su nicho plateado lució esa mañana más encendida y colorada que nunca. Pero el oratorio, aunque cubierto de flores y de palmas, se reconoció pequeño para tanta endomingada multitud.

         Hubo junta y se convino edificar una iglesia en el sitio que Juana Curtido y Juan José Aquino cedieron. Para iniciar el encuadre de la plaza ella prometió levantar una vivienda que hospedaría al cura, ínterin los feligreses se la hicieran, y el sacristán a edificar la suya al lado de la iglesia. A su vez los vecinos se obligaron a casearse en torno de la proyectada plaza, y a construir entre todos una escuela en el solar que se reservó.

         Pasadas las fiestas comenzaron a aparecer carretadas de adobes y piedras, picanillas y tejas. Y se labraron sin descanso vigas y tijeras. La euforia quedó esculpida en uno de los caballetes: "4 de abril de 1770".

         Y en tanto se daba cima a un pequeño templo de tres naves, se adquirieron los libros parroquiales, y se obró un confesionario.

 

         Pero transcurrió toda una generación, y la iglesia seguía solitaria en el desierto. Apenas se veía la casa de Juana Curtido y la de Juan José Aquino, con la nueva del cura que es lo único que se cumplió. A los vecinos no les hizo cuenta abandonar sus chacras, a una, dos, tres o cuatro leguas de distancia, donde con el techo tenían el sustento. Y en cuanto a la escuela, tampoco tenía sentido habiendo varias esparcidas por los valles. Recién en la primera década del ochocientos se insinuó la plaza o círculo, en la medida que levantar un rancho se hizo rentable para alquilarlo a los mercaderes de paso que buscaban asiento, o para el propio boliche.

         El primer censo parroquial del año de la erección reveló que Carlos III tenía en Caacupé 1066 vasallos, 648 adultos y 418 párvulos. Y esos adultos fueron sí los fundadores de Caacupé, los hombres que amasaron los adobes e imbricaron la paja del oratorio precursor, las madres y esposas que bordaron a la Virgen sus primeras enaguas, y le donaron su primera corona, y los que sustentaron la congrua de su primer cura. Gente modesta, anónima, y sin embargo sus apellidos caracterizaban la comarca. Los Gómez y los Aquino, los Velázquez y los Saracho, los Jiménez y los Ortega, los Fariña y los Ezcurra, los Galeano y los Lesme, tenían hundidas sus profundas raíces en la historia de Caacupé, como el guapo’y entre las piedras de su serranía.

         No importa que como toda colectividad humana, Caacupé soportara también su pequeña cuota de presumidos. Fue inevitable que Nicolás Aquino enseñara a los nietos, cuarenta años más tarde, que doña Juana Curtido y su padre, el primer sacristán, fueron los fundadores de Caacupé. Para entonces el censo de 1817 de nuestro conocido párroco Jiménez daba ya 1881 feligreses. Y apenas pasado el gobierno de Francia, en 1845, el padrón del padre Quiñónez alistaba, nombre por nombre, 3459 almas, ritmo que permite estimar que los arroyos de Caacupé enmarcaban al estallar la Guerra, cerca de 5.000 ciudadanos.

         De nivel económico parejo, los caacupeños eran por lo general blancos, y por ende, descendientes de conquistadores, salva la descendencia de los indios "criollos" o libres de sus pagos, que aunque con lentitud también se mestizaban. Todos por igual vivían de sus manos porque carecían de esclavos. Los primeros y únicos negros que conoció Caacupé fueron los que llevó consigo José Mariano Quiñónez al hacerse cargo de la parroquia. Moraban con el cura dos ancianas, Juana Rosa y María Gil Quiñónez, sus hermanas solteras, con sus dos sobrinos mozos que engendró el pecado. Las rodeaban tres familias de esclavos que con la progenie sumaban 25, aparte de tres criados o "arrimados", y entre todos cuidaban de sus amos, los mandados, el mate, la cocina, la ropa en el arroyo, la chacra, las carretas y el ganado, y por si fuera poco, de la sacristía y de la Virgen.

 

 

         Como toda la población rural antigua, los caacupeños no eran sino asuncenos que se alejaron para poblar. Se asentaron con preferencia a la vera del Itumini y en las cabeceras del Acaroizá, sobre las mismas tierras donde en tiempos remotos los carios tuvieron sus sementeras con sus tabas o aldeas neolíticas, y obedecían al gran cacique Mboropichú, antes de ser condenados a abandonarlas para ir a formar pueblos cristianos.

         Sus vestigios, vasijas y tiestos, peines y hachas de piedra, urnas y huesos sepulcrales, dos siglos después aún salían a flor de tierra al filo del arado. Santacruz contó a Aguirre que los ancianos todavía recordaban los rastros del camino principal de los guaraníes que pasaba a media legua al S.E. de la Capilla.

         Por último, habráse advertido que la imagen de Caacupé no apareció como propiedad del Obispado ni del Poder Ejecutivo. Por voluntad de su legítimo dueño, el presbítero Roque Melgarejo, pertenece a "los habitantes del valle de Caacupé". El acta de la donación formal labrada por el primer párroco Andrés Salinas, así lo dice, y es un título de propiedad que se conserva en el Archivo Nacional. Y al vecindario beneficiado representa jurídicamente, bien se sabe, su Municipalidad.

        

         Roque Melgarejo, Andrés Salinas, Antonio Peña y Gaspar Medina, son los eclesiásticos que intervinieron en la erección de Caacupé. Todos contemporáneos de la Virgen. Y ninguno se sintió obligado a inventarle a una imagen para ellos tan familiar, un origen prodigioso.

         Las veces que esos padres la nombraron, lo hicieron en términos sencillos, con naturalidad, lejos de la sensiblería hoy en boga. Lo que no significa que fueran menos piadosos que los de ahora.

         Con los informes reservados que el Obispo enviaba al Consejo del Rey, una obligación que Carlos III extendió también al Gobernador, es posible conocer algo más sobre tan lejanos eclesiásticos.

         Roque Melgarejo entró en el Curato de Tobatí en 1741 para suceder a su infortunado pariente Blas González Melgarejo, ultimado ese año por los mbayás. Y allí permaneció cuarenta años hasta su muerte.

         De él informó el Obispo Manuel de la Torre:

 

         "Don Roque Melgarejo de edad de 60 años, se halla de cura de indios del pueblo de Tobatí, más ha de 18 años, esmerándose en el divino culto. Ha reedificado a sus expensas la iglesia parroquial, poniendo correspondientes altares. Es de buena índole y ejemplar porte, pero muy bien hallado en el ejercicio de su empleo, y fuera penitenciarle en el de Canónigo".

 

         Mucho más tarde el Gobernador Alós agregó a su legajo: "hombre anciano, indocto".

         Sus cinco sobrinos se repartieron a su muerte la pequeña biblioteca y las dos mil cabezas que dejó en sus estancias de Aparipy y Capiatá, y esperaron para repartirse una tercera, la de Carayao que estaba en pleito. Poseía un bellísimo escritorio con incrustaciones de nácar de los que entonces se hacían en el Paraguay. Sus cajones rebozaban de papeles, negocios de ganado y yerba. Como el escritorio no se podía partir, uno de los albaceas se lo llevó a cuenta de honorarios.

         Andrés Salinas cambió el Acaroizá por el Ipané, y se fue de párroco a Belén. Confraternizó con los cainguás y propuso al Gobernador mudar el pueblo más al Este. Pidió Alós su parecer al Comandante de Concepción, Bernardo Ramírez, y éste tildó al cura de "ingenuo". Descorazonado, Salinas retornó quince años más tarde a Caacupé.

         Antonio de la Peña se inició en la parroquia de la Encarnación y con Fernando VI obtuvo en 1754 la canonjía, y tres años más tarde el ascenso a Tesorero. No le cayó en gracia al obispo de la Torre, quien en su informe reservado de 1761 dijo que fingió el curato para ganar la canonjía, y que

 

         "es lo cierto que no ha sido tal cura, y no sé haya administrado en su vida alguna extremaunción. Este doctor (que no es docto) inflado en su grado en todo quiere hacer opinión con su Cabildo, que es buena masa, amasando algunos despeños que he notado. Y antes de llegar yo a esta Provincia estuvo muy a punto de echar a vuestro Gobernador".

 

         Transcurrió un cuarto de siglo y en contraste, el Obispo Luís de Velazco lo puso por las nubes. Informó al Rey que provenía de las más calificadas familias, que erigió en sus 30 años de labor tres capillas, que con 62 de edad le acompañaba personalmente a las visitas. Y que sus muchos méritos no podían esperar y era el primer acreedor a los más altos ascensos.

         Y Alós de su parte lo consideró "erudito, estudioso y prudente".

         Subió Peña de Arcediano en 1783, y en esa Dignidad falleció diez años más tarde. Su sobrino, el presbítero Rafael Tulío, le heredó. Además de la estancia recibió el valioso carameguá con los ornamentos de su tío, que a hombros de dos de sus esclavos retiro de la sacristía de la Catedral.

         Gaspar de Medina, el activo cura Rector de la Cordillera, impulsó con Peña la erección de las tres capillas cordilleranas: Carií, Caacupé y el anexo de Barrero Grande. En 1776 soñaba con la cuarta en ibi-anguazú, y se vino a esos menesteres a la Capital. Fue cuando reemplazó accidentalmente al Rector de la Catedral, Dionisio Otazú, y bautizo niños en Asunción, entre ellos a Francisco Francia y Velazco, hermano menor de Gaspar, prematuramente fallecido.

         Papeles de 1780 ya aluden a este cura como extinto.

 

         Hay quienes todavía se preguntan si la imagen de Caacupé tiene algún parecido con María, en hebreo Miriam, "estrella del mar", hija de Ana y Joaquín, y madre de Jesús. Pregunta excusada porque la imagen es sólo un símbolo. Y como tal no habla a la realidad, sino al sentimiento.

         En la edad doctrinaria del cristianismo, y de su ascenso revolucionario, María no ocupaba el lugar que hoy ostenta en la Iglesia. Sobrevivió 23 años a Jesús, y ninguna de sus imágenes pasa por retrato. Las más antiguas son las halladas en las catacumbas de Roma, en los relieves en marfil de los sarcófagos o en los frescos que adornaban las cámaras subterráneas. Y en ellas aparece siempre como madre, siempre con el niño en los brazos, y siempre como parte de la Adoración de los Reyes. Sus sencillas vestiduras la igualaban entonces con las demás mujeres del pueblo.

         No se sabe de tal suerte si María tuvo ojos celestes u oscuros, si fue alta o baja, de cutis terso o aviruelado, enjuta y esmirriada, o por el contrario, una deslumbrante beldad judía.

         Pero nadie lo dice mejor que San Agustín: "No poseemos una imagen auténtica de la madre de Dios".

 

         El inventario del Rector del 9 de setiembre de 1769, revela un ajuar de la Virgen todo rojo, el color por excelencia. Qué otra cosa podía traducir mejor la adoración de la gente del Acaroizá o del Itaibú a su pequeña Patrona, que la ofrenda de una seda de encendido carmesí, o del brillo de un brocato encarnado? Qué mucho entonces si en el solemnísimo instante de ser sacada en procesión la Virgen con esas vestiduras -cárdena muñeca incandescente al sol - entreviérase bajo el velo de sus expectantes feligresas, resbalando sobre tantos pómulos morenos, la anua lágrima de la más genuina felicidad.

         Nada importaba que un Murillo, el pintor de las Concepciones, o un Rivera, el "spagnoleto", con sus obras maestras sobre la Inmaculada, o un Juan de Juanes que ayunó dos días con sus noches para atrapar en la tela a la Purísima que vio en sueños su amigo el jesuita Martín Alberto, o toda una Europa donde ya no quedaba un pintor sin su Virgen, propagasen al mundo para la Reina de los cielos el hallazgo de la más etérea de las vestiduras: la túnica blanca y el manto azul. En su valle, la veneración de los caacupeños seguiría impasible elevando por encima de los cerros, la imagen purpúrea de sus mayores.

         No se sabe cuándo la Virgen de Caacupé se uniformó y se vistió de cielo. Todo induce a pensar que fue también en la post-guerra.

         Cuéntase que Matías Goiburú pasando por Caacupé un día, al observar a la Virgen se sorprendió, y ofuscado por el cambio desenfundó el sable, y de punta y contrafilo la desnudó.

 

         Entre tanto, una nueva ordenanza había canjeado los tres antiguos Regimientos de Dragones por dos de Caballería, el de Costa Abajo y el de Costa arriba. En éste entraba la Cordillera, y en su octava Compañía, los caacupeños, que habrían de combatir en la División de Cabañas contra Belgrano, en Paraguarí y Tacuarí.

         Después algunos quedaron acuartelados a sueldo en el Colegio.

         Amanecía el 15 de mayo cuando trascendió en Caacupé, por los chasques que cruzaron veloces, el pronunciamiento contra Velazco. Pocas semanas más tarde participaban en el Congreso de junio, el Mayordomo de la Virgen, que ejercía también de juez y Comandante de Urbanos, Bartolomé J. Galiano, y el cura Tomás G. Jiménez.

         La constitución de una junta y las demás conclusiones del Congreso, quiso Francia se dieran a conocer al pueblo, con formalidad. Dos chasques en el corredor del Palacio saltaron a sus matungos y partieron al mismo tiempo, uno a las Capillas de abajo y el otro a las de arriba. Llegó éste a Limpio, y su juez comisionado Leandro León leyó la circular a la salida de la misa del domingo 7 de julio, y la junta quedó allí reconocida. Corrió el papel a Ibianguí y su Juez comisionado Nicolás Saldívar repitió la diligencia en la iglesia de Altos, tras la misa del 14. Circuló a Tapequezá, y su juez Francisco Saldívar cumplió en Atyrá, en la del 21. Pasó a Caacupé y su comisionado hizo lo suyo, y también labró un acta:

 

         "Capilla de Nuestra Sra. de los Milagros de Caacupé y julio 28 de 1811.

 

         Habiendo efectuado solemnemente la publicación y celebrado el rezo del juramento en la misma forma expresada en el oficio y bando antecedente, paso al juez Comisionado don Roque Coronel, y porque así lo he cumplido anoto para su constancia.

 

         Bartolomé José Galiano"

 

         Y así de domingo en domingo, la junta fue reconocida en Barrero Grande, Piribebuy, Caraguatay, San José de los Arroyos, y por último en Ajos, desde donde terminada la misa del 25 de Agosto, se devolvió todo el expediente al Gobierno.

         De los nueve jueces Comisionados, los dos Saldívar estaban emparentados con Francia, y el de Caraguatay, José Francisco Marecos, era su cuñado.

         Pero de esta junta de Gobierno tan formalmente reconocida Francia se alejó a los 6 meses para desafiar al Poder militar, y condicionó su regreso a la convocatoria de un Congreso popular. El prolongado retiro engrandeció su figura y fanatizó a sus partidarios y al Cabildo de la ciudad, su bastión civil. Y en el año 13 ese Congreso quedó convocado.

         Los caacupeños eligieron en el corredor de la iglesia, de entre ellos mismos a quienes debían asistir, uno por cada diez. Fue una votación a viva voz, democrática, entre vecinos libres. Los congresales se encaminaron hacia la Capital, mezclándose en el trayecto con los diputados electos de igual forma en todas las Capillas del país. La Ciudad era una fiesta llena de preparativos, y ya se saboreaba el grito de la Independencia.

         Este Congreso transformó al Paraguay, una provincia española, en una República Soberana, para frustración del enviado porteño Nicolás de Herrera que en vano aguardó en la hostería con su peluca empolvada y el discurso. Al año siguiente otro Congreso análogo, con más de un millar de diputados, fue el que impuso a Francia ya solo en el Poder.

         Como toda la gente de la campaña, los caacupeños eran pobres pero patricios, una masa políticamente homogénea en la que no prendía la pugna entre españolistas y porteñistas, feroz sólo en los centros del tráfico de la yerba a Buenos Aires: Concepción, Villarrica y la Capital.

         Sin embargo, cuando menos se esperaba estalló la división de Caacupé en dos bandos irreductibles. El del párroco Tomás Gregorio Jiménez y el del mayordomo de su iglesia, Bartolomé J. Galiano. Había cumplido éste, por ser al mismo tiempo juez Comisionado del partido, una orden del Obispo de alejar de la Capilla a la manceba del cura, una beldad nativa que trajo consigo de Itapé. Pero al momento el presbítero le recordó a Galiano que siendo casado, también él tenía sus cositas. Y ya apenas se saludaban.

         La gota que rebasó fue un Sábado Santo. Habían terminado los agotadores oficios con la feligresía exhausta, cuando el párroco con la bendita intención de encomiarles la conducta observada en la Semana Santa, comenzó otra perorata de nunca acabar.

         Galiano se levantó y salió, montó en su malacara y se puso a fumar. Indignado el paí Tomás movió a su acólito Nicolás de Aquino para juntar cincuenta firmas al pie de una retahíla de cargos, y se pidió al Obispo la remoción.

         Pero el señor Panés entrevió en el asunto la pasión, y aduciendo que Galiano fue rogado para aceptar la mayordomía y que la desempeñaba sin retribución, encarpetó la denuncia. Porfió Aquino y juntó de nuevo trece firmas e insistió ante Francia, pero el flamante Dictador les ordenó que acudieran al Obispo, y éste debió entonces ventilar la cuestión. Mandó al vicario de la Cordillera Antonio Sánchez Castillo recoger la ratificación de los denunciantes, y luego de oficio una información de doce testigos sobre la vida y conducta del Mayordomo, para luego dejar la cuestión a su Provisor, el Dr. Casajuz.

         Al final la denuncia quedó desestimada. Pero Aquino volvió a la carga. Apeló por no haber sido notificado él, sino el cura, y sólo verbalmente. Y porque no fueron oídos los denunciantes. Tachó además a los testigos de la información rendida. Galiano a su vez tachó a cada uno de los denunciantes. Desfilaron enjambres de testigos, y el proceso se dilató a través de los años 14, 15 y 16, por toda la primera Dictadura, hasta completar dos gruesos expedientes.

         El reproche airado y los trapos sucios dejaron un mural de la vida paraguaya de aquel tiempo, más auténtico y vital que cualquier tesis de sociología.

         Se dijo del mayordomo que era negligente y omiso con una iglesia que filtraba de goteras y llovía sobre el altar mayor, sobre el sagrario, sobre la Virgen y su nicho, sobre el presbiterio y colaterales.

         Y contestó que no era simple cuestión de goteras, que todo el techo necesitaba una refacción profunda que no se podía encarar con el peculio ordinario de la iglesia, y menos con un cura hostil a su Mayordomo.

         Se le incriminó también por maltratar a su esposa, que se había amancebado con Isabel Jiménez y con Mercedes Bogado, y también con una mestiza o india llamada Inés, oriunda de Lambaré, que la mantenía en casa de Mancuello, cómplice del adulterio, antes de ser retirada del partido por orden de la junta. Y que de sus tratos ilícitos con la Bogado son testigos oculares los bailarines, clarinetes y músicos que amenizaban las fiestas que ofrecía en su honor.

         Y repuso que a casa de Isabel Jiménez podía llegar porque su hermana "se casó con mi hermano, y nos teníamos como de una misma casa". En cuanto a la Bogado, ella se retiró a Caraguatay para casarse, como se casó, y si antiguamente llegaba a su morada fue "cuando estaba en la Villa haciendo mi casa.", nunca solo sino con otros, "con el fin de divertirnos algunas veces con guitarra". Que la Inés era una chinita criada de su casa, que huyó y fue hallada en la Capilla, y mientras se la hacía traer la puso en casa de Mancuello de donde se volvió a escapar antes de 24 horas. Que trataba con cariño y respeto a su esposa, y si la hubiera maltratado ella hubiera volado como es costumbre en el campo, a quejarse y pedir consejos al cura y que confiese éste si alguna vez fue a verlo.

         Se afirmó también que era dado al aguardiente, y que una vez por efecto de la bebida llamó a Generala, acudió la gente, y no había nada.

         Y se respondió que bebía como el párroco, racionalmente, "pues ambos toman su poquito, no en público" y que nunca, ni ebrio ni bebido, tocó a rebato.

         Se le acusó también de ser un jugador empedernido, y por dinero. Se contestó que jugaba sólo para divertirse, o por cigarros, y raras veces por dinero. A lo que se replicó que no se mencionó en sus juegos la diversión, sino el dinero que perdió en muchas partidas "que juntas podrían formar un cirio pascual", y que siendo tan pobre y deudor de muchos, apeligraba el patrimonio de la iglesia.

         Y el abogado refutó que en las parroquias rurales sus vecinos son generalmente pobres, "como lo son los de Caacupé", y que no puede exigirse sean de caudal, por más que algunos tengan "un retazo de tierras de labor", en tanto lo que vale es la honradez y la buena conducta a falta de riqueza, virtudes que a Bartolomé J. Galiano le sobran, sin ser tampoco destituido de bienes, aparte de ser instruido para las cuentas, como ningún otro en Caacupé.

         Se le achacó además que no oía misa. Y se contestó que sólo faltaba cuando la función pública de sus otros cargos se lo impedían, o a causa de las lluvias, por los ríos crecidos que se interponían para llegar a la Capilla.

         Y la réplica fue que no había ríos que pudieran impedirle oír misa. El que nace del icuá de María Escobar, como tiene balsa no tiene problema. El segundo que es el Ipucú, que nace del Mbiriti, tiene piragua en el paso de arriba. Y el tercero, él Acaroizá, cuenta con piragua en el paso de Siqueira. Y que desde la Semana Santa un solo domingo asistió a misa, exceptuando la de la Preceptiva o Pascuas, la de la Virgen, y la de San Bartolomé, su santo.

         También se recriminó al Mayordomo que por su indiferencia el 7 de diciembre la Virgen fue alzada en su trono, y sacada el 8 en procesión, con sus vestidos cotidianos, que causó escándalo y llanto general ver la Patrona en su trono sin los ajuares de su festividad.

         Y Galiano contestó:

 

         "Han declarado sobre una cosa enteramente impertinente y despreciable cual es el vestido con que salió la Sma. Virgen en esta procesión... que seria (en todo caso) descuido de las personas que suelen vestirla para las funciones, a cuyo efecto suelen ganarse unos a otros".

 

         Se le reprochó además que le faltaba al cura, y que con los párrocos anteriores también anduvo mal, incluido su propio hermano el finado presbítero Pascual Galiano.

         Y se contestó que vivió en paz y armonía con los anteriores, tanto con su finado hermano como con el finado presbítero Tomás Ayala. Y que al actual le trató siempre con urbanidad, tanto que cuando no encontró en la feligresía quien le refaccionase su casa, el Mayordomo se la hizo arreglar: que nunca permitió que empleara su dinero para el vino que se gasta en la Iglesia, ni dejó que pidiera; y hasta le cedió la limosna del jueves Santo por complacerlo, sin estar obligado.

         Y el propio cura Tomás Gregorio Jiménez terció: Que le faltó cuando se retiró de su plática, y cuando salió a la procesión "embocado con el poncho" a pesar de sus prevenciones, y cuando promueve bailes o los autoriza "en junta de diversos sexos", en contra de sus expresos consejos. Y que la limosna que se recogió el jueves Santo fue un total de 5$, pero en efectivo sólo 15 reales, que el resto fue en cigarros, mazos de tabaco y libras de algodón.

         Se le imputó igualmente que la iglesia permanecía muchas veces sin el Amo colocado, con el Santísimo a oscuras, por falta de aceite o grasa. Y se rebatió que muy pocos días estuvo sin el Amo colocado por falta de lámpara, que con sus antecesores sucedía lo mismo y aun por más tiempo. Que el año que pasó había sido de seca, y mucha flacura del ganado, y escasez de grasa y sebo, tanto que por una res gorda pedían 10 a 12$, y por un buey gordo hasta 20 o 25$, y que a veces ni a este precio se hallaba, y tampoco se pudo echar mano al aceite de coco porque con la hambruna los partidos se mantenían no sólo del fruto, sino también del tronco o cogollo y que por esta razón se arruinaron los cocales y escaseó también el coco. Que no era prudente dar tanta plata por una res, sólo para que la iglesia no quede sin el Amo colocado unos pocos días, cuando hay otras iglesias parroquiales que todo el año están sin él.

         Y el cura prosiguió con que durante 20 días, aunque interpolados, permaneció la iglesia sin lámpara, y que un Mayordomo debe saber que dos días dura el aceite, y al tercero hay que reponer. Y que en los tiempos de mayor flacura nunca llegó a pagar más de 8$ por un buey gordo, y 6$ la vaca. Y que en las urgencias los pobres siempre se sostuvieron con coco, la fruta y el meollo, pero que los cocales seguían en su ser, vale decir, como siempre.

         Se dijo también de Bartolomé J. Galiano que no ponía escuela ni nombraba maestro. Pero arguyó que había escuelas en su jurisdicción. Una en Itumí que su maestro es Mauricio López, otra en Aguay-ty con el maestro Pedro Juan Balbuena, otra en Itumí-abajo con Francisco Martínez, y que puso una más en I-yú con Francisco Velázquez.

         A lo que Aquino replicó que no se refirió a la escuela de su favorito Balbuena a 3 o 4 leguas de la Capilla, ni a la de Martínez, su socio en naipes, a 2 leguas, ni a la de López, su comensal, a casi 2 leguas, ni a la de Velázquez, su socio también en naipes, sino a la escuela prevista dentro de la parroquia por cuasi-contrato de uno de mis ascendientes con el vecindario, cuando dotó de tierras propias para el templo, para la plaza, para el caserío que le cuadra y para la escuela pública. La que se reclama es esa y no aquellas diseminadas, en virtud de la "puntualizada gracia, donación y dotación competente que hizo el de mi inmediata sangre junto con doña Juana Curtido, al dicho mi vecindario".

         Y también se reprochó al Mayordomo que en la mesa mascaba tabaco entre las comidas, sin escupir el naco. Y que frente a las tropas de Belgrano fue un inútil, "o de no, digan sus súbditos que lo vieron militar en Tacuarí, que ni David penitente ni un Pedro arrepentido, lloró tanto como él en la guerrilla".

 

         El Mayordomo se abstenía de mencionar al párroco, pero ya no pudo callar: "Que el cura de dicha Parroquia es el que me tira la piedra por manos de los enunciados vecinos, y esconde la mano". Pero quien no tuvo pelos en la lengua fue su abogado, Hipólito Saracho:

 

         "Porque todo el móvil ha sido el odio que ha profesado a mi representado el cura de esta Parroquia por haber cumplido el encargo del Ilustrísimo Señor Obispo sobre el escandaloso y antiguo amancebamiento con la mujer que trajo consigo desde Itapé, como a V.S. todo le consta.

         Pero lo más doloroso es, que a pesar de las Providencias de S.S. Ilustrísima, y de las persecuciones de mi representado, resultantes de dicha providencias, ha estado el cura disfrutando de su trato torpe con la dicha mujer, con mayor escándalo que antes, porque la volvió a traer a su casa, y la tuvo y la tiene como su manceba con mayor descaro que antes, haciendo burlas de las providencias de su Prelado, y riéndose de los trabajos de mi representado, que de orden de él, y con su dinero, le está haciendo Nicolás Aquino como a nombre de algunos vecinos de aquel partido, que como adulones del cura se han prestado a la venganza de sus inicuos agravios". Y que difaman a mi representado con cuanta calumnia se puede imaginar. Se le imputó relaciones con varias mujeres, incluso una mujer casada "nombrándola por su nombre y apellido, estando su marido presente", sin reparar las consecuencias. Qué bien cela por las almas a su cargo el cura de Caacupé!, "jugador de profesión de los naipes en crecidas cantidades de que la mejor prueba (es) el pleito que siguió con el Presbítero Don Baltazar Ortigosa sobre (la) crecida cantidad de pesos que éste le ganó".

 

         Tampoco hubo testigo que en las tachas no quedara salpicado: Mancuello es un alcahuete, y Hermenegildo Jiménez un falaz "en quien reverbera el sol", y un beodo que en el casamiento de Antonio Salinas estaba que se caía, y cuando se convidó, con sopa de librillo y menudencias desafió a los presentes que acabaría el caldo con sólo el tenedor.

         Gabriel Lesme es casado y mantiene barragana antigua, la Lorenza Velázquez que vive en Camba-cuá, y a quien la esposa aguardándola en un atajo, la aporreó. Félix Lesme como íntimo de Galiano, fue hecho Cabo Citador, pero no es más que su adulón y soplón y se pasa intrigando contra el Sargento de Urbanos Juan Baustista Ezcurra. Juan Gómez carneó un toretón ajeno, y el dueño le cobró. Y además habiendo ido a los montes a labrar una canoa por encargo de uno de Ñeembucú, llevó de "machú" a su hija legítima Andresa, y con ella también navegó para entregar la embarcación en Pilar, y cuando regresó encinta, quedó publicado el incesto.

         Tampoco se salvaron los testigos de Aquino. Pastor Duarte por ser su cuñado. Miguel Cabrera por amigo y cuidador de los bueyes del cura. Tiburcio Lesme, por extremadamente pobre y expuesto a soborno. Pantaleón Lesme por sordo. Javier Velázquez, el que estaba aprendiendo a leer y cantar en el coro, por jovenzuelo e hijo de Nicolasa Velázquez, la sirvienta del cura.

 

         Durante toda la primera Dictadura de Francia este pleito mantuvo recalentado a Caacupé. Provenientes de sus más diversos valles, los domingos los parroquianos pasaban después de misa, como era costumbre, a la casa de María Agüero, donde tenía  su taberna el porteño Pedro. Allí se prendían a las barajas y libaban su poquito. Y en la juerga entre escupitajos también concertaban sus negocios. Pero en aquel álgido trienio las habladurías acababan al rojo vivo apenas alguien tocaba el asunto del paí con don Gali.

         En definitiva la queja se rechazó, y los denunciantes pagaron las costas. El Provisor que firmó la sentencia, Casajuz, antes de secarse la tinta se vio por imperio de la Revolución, despedido del cargo y del Paraguay, que debió abandonar después de treinta años, con cajas destempladas. El Mayordomo Galiano con su honor a salvo renunció, para pasar de Administrador y Comandante de Atyrá, jurisdicción más cercana a su querencia que el campanario de Caacupé. En sus nuevas diligencias estuvo a menudo en el Palacio para entrevistarse con el Dictador, hasta que por el periodo de 1821 recibió el halago del bastón y el asiento en el Cabildo de Asunción.

         Si conservó como Mayordomo la confianza del Obispo, como patriota ganó el aprecio del Dictador. Hombre de campo, aun con el naco arrinconado en la boca, Bartolomé José Galiano fue un benemérito caacupeño, un prototipo de paraguayo de su tiempo.

 

 

         Ademas del conocimiento de la naturaleza, la conciencia de los derechos de un individuo y de su colectividad, y de los embozados factores que oprimen su libertad, y le roban, es por definición la verdadera Cultura.

         Siendo así, para qué negar que el doctor Francia hizo del Paraguay, una Universidad.

         En su notoria probidad, en sus decretos y oficios, en su copiosa correspondencia, en sus fallos judiciales, en sus arengas cuarteleras, en sus audiencias de Palacio, ya la exposición serena, ya la cáustica reprimenda, y hasta en su decorosa intimidad, en su talante, en su vestimenta o en el menor de sus gestos, en todo trascendía el vuelco republicano, la doctrina redentora que durante treinta años al pueblo iluminó, rescatándole del atraso, de la ignorancia, y de sus ancestrales prejuicios. El magisterio del Caray Guazú no tenía la autoridad del mando, sino la del ejemplo. Sus lecciones podían ser comprendidas en el acto hasta por el último analfabeto del país.

         Alguien llegó y divulgó que el Dictador de un plumazo había extinguido los dos Regimientos nominales de Caballería que mantenían enganchado al paisanaje. Así de pronto un día quedaron liberados de la servidumbre militar gratuita, una cadena infame que desde el fondo de la historia remachaba sus vidas.

         Poco después corrió que había privado a las autoridades de la facultad de infligirles azotes, aun a pretexto de tratarse de rateros incorregibles. Y que también prohibió se les tomara nada de balde, salvo la urgencia de algún servicio, pero en tal caso bajo recibo, para que pudieran cobrar y restituirse en la Tesorería del Estado.

         Otro día se supo que tenía advertido a los Comandantes de Urbanos, Oficiales y Sargentos de compañía, de no entrometerse con los jueces ni criticar sus actos ni hacer de compadre, porque para rever injusticias -dicen que les explicó- sobraban los dos jueces Ordinarios de la Capital, y en tercera instancia él. Y con esta advertencia los militares sin leerlo memorizaron a Montesquieu. No faltaron los olvidadizos, es cierto, pero todos fueron testigos del modo que al momento les destituyó para despojarles de sus despachos y divisas militares.

         Por otro lado también previno a los jueces de no discriminar a los pobres, y que toda injusticia era un agravio a la República y un deshonor para su Gobierno. Y cuando ellos veían a los jueces multados y desnudados de la toga, dando con sus huesos en la cárcel, a veces en compañía del asesor, del escribiente o del abogado, seguros estaban que algún infeliz llamo a su puerta y que de un golpe de vista, como un lince, el Dictador había descubierto el entuerto de los leguleyos.

         Pero cuando los campesinos acariciaron el cielo, fue cuando dejaron de pagar a los maestros el acostumbrado tanto por cabeza de alumno, un flagelo para los padres de familia numerosa, porque el Dictador había asumido la carga él, por el Estado.

         Desde sus abuelos que vivían protestando también contra la exacción llamada Primicias, la contribución impuesta en cuaresma para beneficio de los curas, que consistía en 2 reales (2 dólares y medio) por cabeza, desde los niños de comunión para arriba. Este viejo problema ya arrastraba medio siglo, pero siempre se empantanaba en el Despacho de los Gobernadores, el Cabildo defendiendo la pobreza de los feligreses, y el Obispo la de los curas. Apurado por las circunstancias hasta Velazco prometió remedio porque "se interesaba de la felicidad de sus súbditos como de la suya propia". Y en frase quedó porque a los cinco días estallo la Revolución.

         El Dictador no dio tantas vueltas, estimó abusiva la contribución y la redujo a la mitad, a 1 real, pero limitando el máximo por casa a 4 reales, cualquiera fuese el número de la familia.

         Aborrecía el Dictador las limosnas periódicas que bajo diversos rótulos se enviaban al exterior, máscara de extorsión a los pobres cuyo destino real era un enigma. Y las supeditó al permiso del Gobierno. Cuando un fraile presentó su solicitud "para salir a recoger las limosnas exigidas todos los años de la piedad de los creyentes", el Dictador tomó la pluma y escribió al pie:

 

         "Las limosnas no se exigen. Francia".

 

         Y con estas cinco palabras desaparecieron del Paraguay para siempre, las Ordenes mendicantes que como sanguijuelas incursionaban en la campaña.

 

 

         Su República era incompatible con toda recaudación no impuesta ni fiscalizada por el Estado, y detrás de este principio no tardaron en disolverse cofradías y hermandades. Pero jamás se metió con las limosnas dadas voluntariamente por los fieles, sólo vigiló si la honestidad del que las administraba: el Mayordomo de Parroquia.

         La facultad de nombrar a los Mayordomos había sido la única que Carlos III cedió a los Obispos sin el requisito de la anuencia civil. Francia también dispuso que fueran escogidos por el Obispo o el Provisor, pero de una terna elegida popularmente por los mismos feligreses, y luego confirmados por él.

         Pero asumida como jefe de Estado la potestad exclusiva de recaudar, Francia no la utilizó para agobiar al pueblo con tributos, sino en carrete invertido o película al revés, como un instrumento directo de liberación. Eliminaba impuestos y rebajaba los subsistentes, lo que por cierto le complacía. Y una vez escribió que si los paraguayos desconocían el impuesto sobre su tierra, que se había generalizado ya en el exterior, llamado hoy "inmobiliario", se debía a que él se rehusaba y no pensaba introducirlo en el Paraguay.

         Siempre pensando en el paraguayo común, Francia perseguía el encarecimiento doloso o la especulación, y desalentaba la intermediación excesiva en el comercio. Al mismo tiempo que cualquier campesino podía cargar sus carretas e irse a Itapúa sin otra traba que la constancia del juez de tratarse de su cosecha o faena, y retornar sobrecargado de manufacturas europeas, otrora inalcanzables, prohibía en las plazas y recovas de la Capital la proliferación de revendedoras, porque su protección estaba reservada, a quienes ofrecían sus propios productos, grasa, dulces, chipas, velas, y butifarras, y a las mujeres que tocadas con el bíblico lienzo blanco, y el poguazú en la boca, venían de Tuyucuá o Isaty con las verduras arrancadas de sus mismos huertos.

         Y como era previsible debutó cerrando las aduanas al escape del oro y la plata labrada o sellada, que antes engrosaban el caudal de los mayoristas porteños, ingleses y españoles de Buenos Aires, desde donde, dictaban su ley a la yerba paraguaya. Al invertirse el circuito, comenzó el flujo hacia el interior. Los campesinos se fueron familiarizando con las monedas macizas y los metales preciosos que cada vez más, aparecían en las empuñaduras, en los aperos y en los mates. Los plateros se transformaron en el gremio más poderoso de la República, y tanto proliferó que el mismo Francia debió dictar una minuciosa reglamentación para preservar el decoro y la honestidad del oficio. Por mencionar un sólo barrio de Asunción, en la Catedral trabajaban 49 maestros plateros, cada uno con su tienda abierta, y el taller atestado de oficiales y aprendices.

         Y mientras en Buenos Aires se urdían planes y se soñaba con expediciones militares que purgarían a la Argentina de ese "intruso" que les restaba una riqueza a la que se habían habituado, en Caacupé una pequeña Virgen sonreía complacida, viendo a sus humildes devotas lucir como ella, sortijas y zarcillos, aretes y rosarios, gargantillas y camafeos.

         Todos los caminos desembocan en Washburn, el ministro norteamericano que palpó el país antes de la guerra, cuando después de reseñar la vida y la obra de Carlos Antonio López, observó:

 

         "Sin embargo, la clase baja del interior no ha sido tan feliz como en los tiempos de Francia".

 

         Le faltó añadir al señor ministro, que las clases bajas del interior eran la inmensa mayoría del Paraguay.

 

         Una sola mala noticia en treinta años sorprendió: la muerte del Dictador. Las escenas hoy se sabe fueron dantescas. La gente abandonó sus hogares, corrían de un lado a otro, pateaban el suelo, se desgarraban la ropa, se tironeaban el pelo del dolor. Muchos curas informaron que debieron en el requiem descender del púlpito sin terminar la oración, ahogadas sus palabras por el llanto de las multitudes comprimidas en las naves, en los corredores y en las plazas, y trepadas hasta en los techos de todas las iglesias del Paraguay.

         Los sacerdotes sin excepción, renunciaron espontáneamente a sus estipendios. Los oficios religiosos estaban sujetos como es sabido, a un riguroso arancel, y de antemano la junta Provisoria por circular se ofreció a pagarlos.

         Pero testigos rebasados por tantas escenas desgarradoras, y atribulados ellos mismos, ninguno aceptó profanar contando dinero, el profundo dolor de sus feligreses.

         Por décadas y generaciones fue -aipó carai Francia- una memoria sagrada en el corazón del pueblo, que los libros no quisieron recoger.

 

         Pero en el plano político no todo podía ser un lecho de rosas. Caacupé también conoció una excepción, el hecho ingrato: la prisión del septuagenario Hermenegildo Giménez. De retorno a su pago, en un boliche de Pirayú se le calentó el pico y se jactó de haber aviado a su hijo Norberto para volver -tan sigilosamente como llegó- a las tierras de Artigas en donde estaba alistado. No pudo elegir peor momento. Se padecía el bloqueo por tierra y agua ordenado por Artigas contra los barcos y el comercio del Paraguay, mientras se oía en todas partes el clamor de deudos enlutados por las vidas paraguayas acribilladas en el artero asalto a Candelaria, que sin la menor provocación Artigas ordenó a las tropas de su lugarteniente Andresito.

         Cuando llegó la denuncia, corroborada con la declaración de varios caacupeños, Jiménez fue remitido a Asunción. Nueve meses más tarde, el 6 de enero de 1818 su hija le llevó en la Carcelería pluma y papel para que firmara su pedido de libertad, en obsequio del día del Dictador. Pero por la ratificación del tabernero, Francia sabía que su hijo llevó correspondencia. El delito no era sonsera cuando se sospechaba, como después se comprobó, que Artigas conspiraba con terquedad para derrocar al Dictador, e instalar un gobierno subordinado a sus planes de insurrección contra Buenos Aires, que era la Capital de Artigas, pero no la Capital de los paraguayos.

         Francia ignoró la solicitud. Pero al año siguiente, sin estar de cumpleaños ni mediar ningún ruego, ordenó su libertad. Y el viejo Hermenegildo pudo ser visto de nuevo por los festines de Itaibú, reanudando sus desafíos de acabar la sopa con el tenedor.

 

 

         A los seis meses de la muerte de Francia, una pareja con el nombre de Cónsules, al igual que en el año 13, sube y comparte el Poder. Carlos Antonio López, abogado, y en sus años mozos catedrático designado por Francia en el Colegio del que era Patrono, y Mariano Roque Alonso, soldado, cabo, sargento, a quien poco antes el Dictador trasladó del Fuerte Formoso a la Capital, y ascendió a Sub-teniente. Pero estos son otros tiempos, y otros Cónsules. Superados los peligros que acecharon la Revolución y que sólo Francia conoció, López introduce la susceptibilidad personal y su humor de propietario, y en su afán de restablecer formalidades caerá en melindres, y a veces en la mojigatería.

         Comenzó reprendiendo severamente al anciano cura de Caacupé, José Mariano Quiñonez, por haberse hecho cargo de las feligresías vacantes de Barrero Grande y Caraguatay, con la autorización verbal del Dictador dada al juez de Barrero Grande cuando le planteó la vacancia, por ser -sostuvo López- misión desconocida en el Derecho. Y le ordenó presentarse al Vicario para que le fuera expedido el Despacho escrito de Cura Excusador de dichas parroquias.

         Luego invalidó los matrimonios efectuados por los sacerdotes en el interregno de la vacancia de la prelacía eclesiástica, que el Dictador dispensó a pedido de los mismos curas, por faltarles "la habilitación espiritual para estar a la letra del Tridentino". Pero a los esposos que ya habían cumplido con el altar y estaban con el bebé en los brazos, les importaba un rábano el Tridentino y se llamaron a silencio. Carlos Antonio López mandó pesquisar en secreto en todos los pueblos, para descubrirlos con sagacidad, y les obligó a casarse de nuevo. Como resultado de esta inquisición en los hogares, 14 matrimonios tuvieron que casarse dos veces en Villa Franca, 7 en San Pedro, y así en todo el resto del país.

         Luego acometió contra la libertad que gozaron los curas en tiempos de Francia, y a través del nuevo Vicario José Vicente Orué, les prohibió el jaez en las cabalgaduras, y el vestido aseglarado o atuendo apaisanado en el corte, figura o color, con que se presentaban hasta en los poblados, dificultando -adujo- se les tributase el honor que les correspondía. Y también les prohibió aceptar "convite para las fiestas y concurrencias profanas, en que por lo común reina la gula, la destemplanza y todo género de desorden, y de consiguiente se sigue la confusión, el desprecio y la falta de atención a las personas condecoradas".

         Al año fallece Orué, y López insiste con otra Pastoral del sucesor Pedro José Moreno, para amenazar con las penas de Ley a los párrocos que "abandonaban sus curatos para asistir a festines, juegos y otros entretenimientos enteramente inconexos con su ministerio".

         Y también condenó la "libertad de conciencia" con la que muchos, a causa de la lectura abusiva y desordenada de libros, se atrevían ya a cuestionar puntos tocantes a la religión. Y esto sí es raro. Que los detractores de Francia se hayan olvidado de cargarle en cuenta, que daba a los ciudadanos demasiada libertad para leer.

         Y López más tarde, ya sin distinguir entre curas y laicos, con carácter general y definitivo, prohibió al pueblo la alegría del Carnaval. Por primera vez, y por Decreto, quedaron extinguidos el bullicio, los juegos y las fiestas de Momo en el Paraguay.

         Después de exhumar una norma en desuso en el país, López llegó con otra prohibición: la de dar sepultura cristiana a los suicidas, los que debían ser enterrados en el mismo lugar donde fuera hallado el cadáver. Al poco tiempo se suicidó al parecer cierto militar jubilado, y sus deudos reclamaron al Tribunal eclesiástico el beneficio de la duda, contemplado por los teólogos cuando no hay certeza si fue suicidio o no, o si el suicida obró con pleno discernimiento. El Tribunal concedió la sepultura cristiana, pero en el acto López revocó la resolución fundándose en que andar con recursos y pruebas equivaldría a dejar la Ley canónica sin aplicación.

         Y ya antes, apenas sentado en su curul de Cónsul, López suprimió el asilo a los desertores y esclavos prófugos que de otros países llegaban al Paraguay, cortando de golpe una antigua e ininterrumpida tradición humanitaria y política impuesta por los monarcas españoles en todos sus dominios, que el doctor Francia respetó.

         Casi al final de su Gobierno, cuando una partida de portugueses bajó a espiar a pretexto de recuperar unos esclavos prófugos que ya estaban en Concepción, Francia escribió al Comandante de Olimpo:

 

         "... Bien sabrás que es cosa asentada, de uso y costumbre general en todas las naciones, que nunca se entregan ni deben entregarse los desertores o fugitivos, sean libres o esclavos, que pasan de un Estado a otro igualmente soberano e independiente como es el Paraguay".

 

         El Dictador no solo abría las fronteras a estos infelices, también les devolvía la dignidad. Los hacía vestir con decencia, y remitidos a la Capital, los recibía personalmente en el Palacio antes de darles con la libertad y una suerte de tierra de labor en San Lorenzo, la posibilidad de hallar la felicidad en el tibio pecho de una paraguaya.

         Carlos Antonio López nunca fundamentó su extraña determinación, deseaba sí congraciarse con brasileros y correntinos. Muchos negros fueron imprevistamente devueltos desde Itapúa, y entregados inermes a la venganza de sus amos. Y como siempre le sucedió a lo largo de su Gobierno, cada vez que daba el pie, los extranjeros le tomaban la mano. Sobre la marcha pretendieron también la devolución de los profugados en tiempos de Francia. Y como tantas otras veces, López deberá reaccionar.

         El 22 de julio de 1841 escribió al Comandante de San José, al otro lado del Paraná:

 

         "La pretensión de reclamar esclavos refugiados en el territorio de la República, siendo tantos, y ya avecindados con familias por casamientos que en su mando ha proveído el Dictador, dándoles alojamientos, auxilios y señalamiento de tierras, no se puede admitir ahora sin graves inconvenientes".

         No de balde la ciudad acababa de ser testigo en Setiembre, de la concurrencia de millares de hombres de piel oscura que perdidos entre la multitud, y desesperados, contemplaban en silencio, con los ojos arrasados en lágrimas, el paso del féretro del Dictador.

 

         El 27 de junio de 1842 López expidió el extenso y famoso Decreto que leído después de la primera misa de julio, pasó a regir la vida del interior hasta el final de la guerra, como una verdadera Constitución.

         Además de las recomendaciones rutinarias de velar por la agricultura y las escuelas, contenía la orden de perseguir a ladrones, vagos, mal entretenidos y bebedores, dándoles a los jueces las facultades correccionales que implicó el restablecimiento de los azotes, y también de la arbitrariedad. La persecución incluía tanto a los insolventes, que debían ser arrimados a vecinos pudientes que los hicieran trabajar, como a los "intrusos", es decir a los vecinos oriundos de otros partidos, por más que ya estuvieran arraigados y se les conminó a abandonar sus casas y sementeras. El decreto alcanzó a las familias de guaraníes cristianos, que debieron volver a sus pueblos de origen. Cientos, miles, tuvieron que soportar tan imprevisto como humillante éxodo, mientras se ventilaban enojosos conflictos porque muchos nunca tuvieron pueblos originarios, o eran abuelos, establecidos y casados con paraguayas blancas. Quedó inaugurado además, el pasaporte obligatorio en el interior del Paraguay.

         La lectura del decreto dejó pasmados a los jóvenes, mientras traía al recuerdo de los ancianos, los Bandos de los antiguos gobernadores españoles. El estricto cumplimiento quedó confiado a la compacta red de jueces Comisionados, Sargentos de Compañía y Cabos celadores, que cubría hasta el más apartado paraje de la campaña, y debía elevarse cada año el Parte al Gobierno.

         Pero lo que causó estupor en una población acostumbrada con Francia a que el Gobierno no se metiera con las bragas de los ciudadanos, fue la persecución de oficio, y con apercibimiento de cárcel, de los amancebados. Vale la pena conocer cómo fue recibido este Bando por el pueblo, y para ello nos acompañará el lector hasta San José de los Arroyos.

         Leía el Bando el juez Comisionado Rotela, y al llegar al artículo de los amancebados, Juan Crisóstomo Campos no se contuvo y a viva voz le interrumpió: Que todo eso daría lugar a que unos celadores ignorantes, por un mero dicho, proceda contra servidores honrados de la Patria. Y su sobrino Feliciano que estaba a su lado, agregó: "Estos cabos son muy rústicos, y peor es andar con burras". Y el tío prosiguió: "Se nos prohíbe tratar con mujeres. Pero peor es que nos denuncien de haber tratado con vacas o de capiyâras".

         Hubo risotadas y hasta aplausos. Y del fondo se oyó la voz de Santacruz solidarizándose con Juan Crisóstomo: "El defiende su derecho, y nos defiende a todos". Y a Benedicto Peralta que le felicitaba: "Ah Juancito! así tuviera un peso para premiarle. Pero tome Ud. siquiera este mazo de cigarros". De pronto Juan de Dios Enciso afirmó. "Si es por amancebamiento todos hemos de caer". Y otro que se acercaba exclamó: "Ya no sabemos cómo hemos de andar. Saltaremos en ancas de cualquier yegua". Y José Rosa Enciso, acordándose de los celadores: "Eso está muy mal. Si tienen orden de denunciar nos han de acabar de fundir". Y no faltó el chistoso: "Eso bien! Que yo de siempre no suelo tener concubina".

         El juez reaccionó, prendió a los Campos, tío y sobrino, y como carecía de grillos los metió en el cepo, remitiendo la denuncia a los Cónsules. El Gobierno calificó la actitud de sediciosa y tumultuaria, que se hacía mofa del Gobierno con menosprecio del juez, y envió los grilletes necesarios para que fueran remitidos los Campos, Enciso, Peralta, y Santacruz, juntos con el sumario. En la Carcelería oyeron la condena: cuatro meses de prisión.

         Como apreciará el lector, jamás se repetirá otro flash que con tanta nitidez descubra al mismo pueblo -supuestamente apocado y sumiso- que sostuvo al doctor Francia.

 

         Otra medida de López fue la erección de un campo santo en el barrio de la Encarnación, y más tarde, la del cementerio general de la Recoleta, con prohibición de enterrarse en las iglesias. Muchas viejas se escandalizaron, pero fue una innovación saludable, la población había crecido, y los templos olían mal.

         Falleció el Vicario General Vicente Pío Orué, que sucedió a Céspedes, y sus restos fueron llevados con gran pompa y acompañamiento al nuevo campo santo. Casi de seguido falleció Magdalena Viana, la esposa de Lázaro Rojas y suegra del Cónsul López, y con igual boato y asistencia fue sepultada, empero y a pesar del reciente Decreto, en la iglesia de la Encarnación. Fue imposible contener las murmuraciones, en medio del disgusto de una población imbuida del principio de la igualdad ante la Ley, que Francia mantuvo con su ejemplo. Aumentó la inquietud en los cuarteles en vísperas del nuevo Congreso, y los rumores con connotaciones políticas estaban a la orden del día en el Mercado y en las tiendas de la ciudad, y se esparcían por los pueblos. Así llegaron a oídos del juez comisionado de Ajos, José María Martínez Varela, quien como todos los Varela, era un incondicional de López, y sin pérdida de tiempo escribió a su hermano Benito, Secretario del Gobierno, y éste entró al despacho de los Cónsules con la carta en la mano.

         Los rumores decían que los Cónsules no se entendían, que Alonso se había retirado al Cuartel del Hospital, para resguardarse entre su gente, y López quedaba abandonado en el Palacio, sin saber qué hacer, y como arrestado. Que uno de los Comandantes le aconsejó a Alonso que si viese que la mayoría de los votos iban a favorecer a López, saliese luego afuera y que se retirase prontamente como amagando alguna violencia al Congreso. Que los Comandantes de los cuatro cuarteles estaban disconformes con el fusilamiento de Romualdo Duré, con el desplazamiento de algunos oficiales y tropas a pretexto de cubrir la reedificación de Etevegó, y con el entierro de la señora de Lázaro Rojas en la Encarnación, después que un cadáver como el del Padre Regente fue enterrado en el Campo Santo.

         La carta entró como un anillo, tal vez prefabricado, en el dedo de López, y no desaprovechó la oportunidad. Como los cónsules estaban involucrados, lo mismo que el Secretario Varela, todos se inhibieron. Para comenzar el sumario nombraron de juez a uno de los cuatro Comandantes, a Juan Esteban Oviedo, el del Cuartel de fusileros, y como Secretario entró de casualidad Manuel Pedro Peña, a la sazón elemento de López, y pariente de su señora.

         Del sumario resultó que Pedro Nolasco Franco, de Ajos, recogió los rumores en el corredor de la casa de Mauricio Gauna, en Piribebuy, en donde delante de unas mujeres indias de Itá, que vendían cántaros y "lozas italeñas", preguntó al dueño de casa que acababa de llegar de Asunción, qué noticias había en la Capital. Gauna admitió el punto, pero aclarando que los rumores que reveló eran que el Congreso tenía por objetivo que sólo uno de los Cónsules quedase y que debía ser Alonso, porque era el sentir de los cuatro Comandantes y de toda la tropa. Que Alonso, y no los Comandantes, era el que estaba disconforme con el entierro de la Señora de Lázaro Rojas. Que no uno, sino los cuatro Comandantes le aconsejaban la conducta a tomar en el Congreso. Y que se había retirado simplemente al Cuartel del Hospital, pero no por buscar resguardo entre las tropas.

         Este sumario por noticias alarmistas, en las puertas mismas del Congreso, se condujo veladamente como una advertencia a los militares desafectos a López, astucia que le salvó de un prematuro ocaso político a fines de 1842. Pero los patos de la boda fueron Gauna y Franco, que no abandonaron la Carcelería hasta 1844, y apenas "por gracia".

 

 

         El Congreso consagró el empate y no removió a ninguno de los Cónsules, y éstos pudieron al iniciarse el año 1844, ordenar a todos los pueblos la erección de cementerios públicos, a imitación de la Capital:

 

         "El Mayordomo de fábrica de la parroquia de Caacupé a costa de sus fondos, y con auxilio del vecindario, poniendo presente este Decreto al respectivo jefe urbano, procederá a formar un cementerio público de treinta varas en cada uno de los cuatro lado en lugar conveniente, y en distancia regular de la iglesia cerrándolo de madera con una portada de rastrillo en el frente con un farol para el alumbrado, y estando concluida la cerca y portada se colocará en medio de la área una cruz de madera firme, y se hará la división de lances dando a cada sepulcro la capacidad de costumbre, con una división destinada a párvulos, y últimamente hará edificar una casa para depósito de los cadáveres al lado del cementerio, y dará cuenta a continuación de este Decreto para las ulteriores providencias, entretanto que se haga el acopio de elementos necesarios para cercarlo de piedra o ladrillo con alzada de dos varas sobre el rodapié hasta la cenefa del caballete, y una puerta con fachada llana.

 

         Asunción, Enero 19 del 1844.

 

         López - Alonso"

 

         Al mes siguiente, el párroco de Caacupé José Mariano Quiñónez comunicó a los Cónsules:

 

         "Exmos. Señores

         A la fecha he merecido con el aseo posible la total construcción del cementerio con todos los requisitos que instruye el antecedente Supremo Decreto. Dicho cementerio se halla situado en distancia de 140 varas de la Iglesia, lugar único proporcionado que he merecido encontrar o descubrir en toda la circunferencia de la iglesia, que no esté impedido de piedras; lo que en cumplimiento de mi deber elevo al Supremo conocimiento de V. V. E. E.

 

         Caacupé Febrero 24 de 1.844.

        

         José Mariano Quiñónez"

 

         Y los Cónsules ordenaron:

 

         "Febrero 26 de 1844

         Llévese al prelado del obispado para los efectos que correspondan a su jurisdicción, previniéndose que desde la data de la bendición del cementerio, quedará expedito bajo el reglamento que el mayordomo de fábrica solicitará para su administración, sin que en adelante se pueda sepultar cadáver alguno en las iglesias ni en sus corredores.

 

         López - Alonso

         Benito Martínez Varela

         Secretario interino del Supremo Gobierno"

 

         Entretanto había fallecido también el Vicario Pedro José Moreno, y su sucesor Marco Antonio Maíz previno al párroco de los caacupeños que además de bendecir el cementerio con las solemnidades del ritual romano, debía:

 

         "dar a entender a sus feligreses la distinción que debe haber entre la casa de adorar a Dios y el lugar de los sepulcros de los cuerpos muertos, y cuán importante y útil sea esta obra en beneficio del aseo y decencia del templo de Dios y en la preservación de la humanidad contra la fetidez pestífera causada de los cadáveres sepultados en la Iglesia: Y hecho todo pondrá por diligencia a continuación de este expediente y me devolverá para lo demás que convenga".

 

         Cumplió el párroco con la bendición, aunque comunicó al Prelado que:

 

         "La inteligencia en que debo poner a mis feligreses de las ventajas y utilidad que resultan de esta gran obra, he diferido para hacer el próximo Domingo en que han de concurrir más gente, qué la que hubo en el acto de la bendición".

 

         Concluido, los Cónsules ordenaron al Secretario Varela la remisión a Caacupé del Reglamento para uso de los cementerios, todos a un tiempo de estreno en la República.

 

         El Congreso del 44 encontró ya más fuerte a López, y el capiateño Alonso cayó. Para gobernar López eligió un titulo novedoso y extraño en el país: Presidente.

         Y con éste título ordenó la refacción y adecentamiento de todos los templos de la campaña. Celosísimo del Patronato nacional sobre la iglesia, se repitió el puntilloso expedienteo de los cementerios, para acabar donde se inició, en el Gobierno.

 

         El cura de Caacupé anunció:

         "Viva la República del Paraguay! Independencia o muerte!

         Exmo. Señor

         Elevo el Supremo conocimiento de V.E. que tengo concluida la obra de esta iglesia de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, y deseando como cura y Mayordomo que soy de ella, bendecirla para el día en que se solemniza la función de la Virgen, que es el 8 del próximo entrante Diciembre, carezco de la Suprema venia y aprobación de V.E., la que con el más debido respeto solicito".

         Dios guarde a V.E. muchos años

 

         Caacupé Noviembre 28 de 1846

 

         José Mariano Quiñónez"

 

         La refaccionada iglesia de Caacupé se bendijo el 6 de diciembre, como finalmente comunicó su párroco al nuevo Obispo Basilio, hermano del Presidente.

         Los papeles no pormenorizaron el alcance de una refacción promovida con carácter general, pero es de presumir que no se detuvo en las goteras, que el templo se alargó por detrás, y el frontis quedó modificado.

 

        

         La mitra para el hermano; el sable para el hijo.

         Francisco Solano López, un mozalbete predispuesto, y de esmerada preparación, sucedió a Alonso, y bajo la guía de su padre, retuvo en el mando a aquellos veteranos que conspiraron con los Rojas y los Varela para derrocar las dos juntas, como Bernardino Denis, Hermenegildo Quiñónez, Vicente Godoy, Francisco Pereira, Santiago Marín y Blas Robledo, que llegaron a Coroneles, tanto como Pantaleón Balmaceda, Julián Bogado, Felipe Toledo, Ignacio Meza, Matías Candia, José Ignacio Lescano, y José Vallovera, todos forjados y educados desde soldados rasos, en los cuarteles de Francia.

         Eran los que conservaron en sus pupilas la delgada figura del Dictador, cuando enfundado en una vistosa casaca de Brigadier General, y la escarapela tricolor en el bicornio, se ufanaba en proclamar que no tenía a ningún extranjero en su Ejército. Poco pasó cuando el Presidente López puso de instructor de las tropas a un colombiano, Pedro Abad de Oro. De suerte que cuando su hijo marchó al frente de una División de 4.000 hombres para la descabellada aventura de Corrientes, aquel también marchó pegado a su lado, con despacho de Ayudante General.

         La Alianza se deshizo como pompa de jabón. Y aunque el Ejército paraguayo regresó sin combatir, hubo bajas. Los cuatro que con la embarcación varada en un banco de arena, creyeron alcanzar a nado la barranca. Y también en esa impopular expedición perecieron los Cabos que acaudillando el descontento, se sublevaron con los escuadrones de la vanguardia para sorprender el Parque, regresar a Asunción con las armas en la mano, y convocar un Congreso que debatiese esa guerra. El joven General los apaciguó, más luego aplicó el Reglamento y los fusiló. Se llamaban Buenaventura Céspedes, Mateo Fleitas, Lucas Cantero y Cándido Paiva.

         Para Carlos Antonio López fue una lección y escarmentó. Y más después de caer en sus manos la correspondencia privada de José Inocencio Márquez con José María Paz. Vale decir de uno de los dos rufianes correntinos con quienes López firmó en Asunción la mentada Alianza contra Rosas, con el taimado general unitario al servicio de los franceses, a cuyas órdenes López remitió el Ejército nacional, con su hijo, la tricolor, y toda la banda de músicos a la cabeza.

         Sin embargo, apenas Francisco Solano López conoció más de cerca a su Ayudante General, lo defenestró del Estado Mayor y lo mandó de vuelta a su padre. Así se apagó el brillo de aquel oro, tan misteriosamente como había aparecido. Empero, el joven General regresó de Corrientes encandilado con otra joya: el húngaro Francisco Wisner de Morgensten.

 

         Los devaneos de Carlos Antonio López no obedecían a vacilaciones sobre la independencia de su país, a pesar de los esfuerzos del pérfido Gelly en acicalarle con la máscara de "liberal", sino contrariamente, a la idea fija de montar la prosperidad sobre el monopolio estatal de la yerba, y en su exportación directa acunada en el humo de la nueva maravilla: los barcos de vapor.

         Aceptó negociaciones con vecinos inhábiles, para agitar con ímpetu el principio de la libre navegación del Paraná, cortejado de cerca por el ministro del Brasil que sumando un aliado contra el candado americano apellidado Rosas, se aseguraba sin costo alguno la libre navegación del río Paraguay.

         Es verdad que López antepuso el arreglo de límites como precio al idilio, pero muy tarde se percató que en la agenda de sus amigos correntinos y brasileros el punto estaba marcado para el día del juicio. Lenta, silenciosamente; todas las aguas comenzaban a correr hacia el molino europeo, cuya diplomacia en definitiva movía todos los hilos.

         De tal suerte López acabó alineado con los adversarios de Rosas en la llanura, los unitarios, que abrazados a los cañones del Almirante Leblanc, y a un europeísmo traumático, eran enemigos ideológicos irreconciliables, más que de Rosas, del sistema económico en el que descansaba la Independencia del Paraguay.

         Estos improvisados correligionarios que le brotaban a López como hongos en la otra orilla del Plata, demostraban su oficio cuando le incienzaban desde las columnas de El Nacional o El Comercio, a condición de renegar del doctor Francia.

         Pero aun embarcado López en el nuevo plan, con respecto a la memoria de Francia no podía condescender a tanto, y fue cuando desde El Paraguayo Independiente advirtió: "La República sintió su muerte por cuanto cualesquiera que sean las críticas que se le dirijan, el fundó la Independencia del Paraguay".

         El encabezamiento Independencia o Muerte que López impuso en la redacción de los oficios, y que también apuntaba a los enemigos de Rosas, nada decía a la moral de los paraguayos, que no necesitaba membretes. La Independencia del Paraguay que Francia acuñó, era una medalla sin reverso.

         Nadie ignoraba que mientras el paisano Carlos López atendia pleitos en su bufete: de Ibiray, regodeándose en citas de latín al amparo del Gobierno del Dictador y de su padrastro político Lázaro Rojas de Aranda, ya estaba descartado por imposible, que una nacionalidad ordenada y poderosa, solventada en sí misma, sin deudas, inversionistas ni Bancos, única en América que ignoraba el papel billete porque podía poner en circulación la plata verdadera, pudiera disolverse de grado o por fuerza en el seno de unas Provincias tan vaciadas y menesterosas como las del Plata.

         En el exterior es cierto, los tiempos mudaban. Los centros del Poder mundial se hicieron gigantes. Las grandes naciones que se repartían el mundo, y no toleraban el menor resquicio impermeable a sus intereses, se disponían a abrir a cañonazos los ríos de un Continente, que tras la retirada de España, reputaban vacante.

         En vida del Dictador esos estruendos comenzaron a ser oídos en el Paraguay.

 

         Con un pretexto secundario la flota francesa había emplazado al Gobierno de Buenos Aires, bloqueado su puerto, y "todo el litoral del río". Rosas no se arrodilló y ganó el respaldo de las legislaturas de la Confederación. Dinero y pertrechos, todo el poder de Luis Felipe se volcó entonces en la Banda Oriental a favor del General Rivera y con el apoyo y las intrigas de los emigrados, introdujo la conflagración en tierra firme, logrando el alzamiento de Corrientes.

         Bosquejado un "Ejército Libertador", el honor del trono de Francia quedó confiado a la "ciencia" militar de los generales Lavalle y Paz, presuntos sucesores de Rosas.

         Cuando las tropas francesas ocuparon la Capital Oriental, después de asaltar por su cuenta la isla Martín García, quedó establecido el activo puente unitario Montevideo-Corrientes.

         En el Paraguay, el doctor Francia permanecía atento. Sus oídos eran los Comandantes de Pilar, de Itapúa y de San José. Leía las gacetas y las confrontaba con la versión personal de emigrados correntinos, esclavos y desertores, asilados riograndenses que seguían al Brigadier Gama, paraguayos que se repatriaban, y en especial la de los negociantes brasileros, expertos en las intimidades de los países del Plata que abastecían de yerba paraguaya. Cuando Francia mandó preguntar de qué partido era el reaparecido General Rivera, la respuesta que el Comandante de Itapúa recogió fue lapidaria: "De ninguno. Sólo robaba".

         Ese mismo idealismo corría en las venas de todos los libertadores. El Congreso correntino por ley del 17 de diciembre de 1840 donó "en propiedad" a Lavalle 10 leguas cuadradas de tierras del Bermejo "a su elección". Por el art. 7° diez leguas cuadradas también al General Paz, y a su compinche Ferré, el General de Corrientes que nada tenía de manco, otras 10 leguas cuadradas. El resto de las 100 leguas que redondeaba el budín, por el art. 2º quedaba a Lavalle para la repartija "a los jefes y oficiales que se hayan distinguido por sus servicios, en la presente guerra contra el tirano de la República".

         Estas tierras pedían cubrirse con hacienda, y ya se pensaba en la entrerriana. Cuando Paz le pidió el Presidente Rivera más recursos para equipar un ejército ampliado a 3.000 hombres, le explicó: "pues los Madariagas me dicen que desde que suene invasión con lucro de ganado irán muchos más".

         Un confidente de Paz, y su principal contacto político con la dirigencia gala, era un veterano agente francés de apellido Goujaud. De no muchos escrúpulos, y ávido de fortuna, después que dejó en Europa las plantas que cuidaba en los jardines del Rey, descubrió en América la planta que le haría rico: la "illex paraguaiensis" la famosísima yerba paraguaya.

         La inesperada muerte del Dictador Francia alucinó a los libertadores. Se antepuso el plan de invadir el Paraguay, y con sus enormes recursos caer sobre Rosas. El 1° de Febrero de 1841 el General Paz escribe al avieso Goujaud: "Espero me diga Ud. también algo de los preparativos que se hacen para pasar al Paraguay con 4 o 5.000 hombres". Este Goujaud, antes que se nos pase, era más conocido por un gracioso apodo: "el sabio Bompland".

         La pérfida intentona no alcanzó su día "D".

         Antes de morir el doctor Francia había terminado la portentosa Fortaleza de San José, una verdadera ciudad amurallada al sur del Paraná, cuyas escalofriantes almenas y atalayas de piedra dominaban toda la tierra firme de Misiones y Corrientes. Su sola vista sobraba para enfriar la cabeza de todos los estrategas del Plata.

 

         La aventura francesa que en el Río de la Plata se inició por un reclamo de 50.000 francos, a los dos años ya había vaciado los bolsillos de Luis Felipe en más de 2.500.000. El Cónsul francés de Montevideo vivía firmando Letras, que eran aceptadas y pagadas en París, pero efectivizadas en la práctica por los mayoristas franceses de Montevideo, que hacían su agosto con los descuentos. La lucha contra Rosas fue también negocio, y estos comerciantes chillaron tanto como los unitarios, apenas París dio señales de buscar un arreglo con Rosas.

         El General Paz debió rebuscarse por otro lado, y puso bandera de remate a la Provincia de Corrientes. Del dócil mandamás correntino obtuvo para su hermano Julián que se hallaba en Colonia, la patente de "Encargado de Negocios cerca del Exmo. Gobierno de la Banda Oriental y de los Agentes del Rey de los Franceses", la que le hizo llegar con perentorias instrucciones.

         Le ordenó trasladarse a Montevideo sin perder tiempo para implorar empréstitos de los aprovechados comerciantes franceses, con la garantía de los mejores campos de Corrientes, sin perjuicio de la venta directa. Y le urgía a cerrar tratos definitivos, sin detenerse en demasiadas precisiones.

         "Pero -le instruía Paz al hermano- puede responder a los capitalistas de la bondad y riqueza de los terrenos públicos de esta provincia situados sobre los dos ríos Uruguay y Paraná, cubiertos con maderas exquisitas y con riegos permanentes".

 

         Para mayor incentivo, cualquier palabra salida de la boca de su hermano, debía entenderse avalada por las rentas públicas de la Provincia, cuyo Presupuesto -podía Julián asegurarles- mostraba un superávit de hasta 70.000 $, y nada debía, pues era virgen en deuda extranjera. Y por si fuera poca ganga, en caso de triunfo también responderían las arcas de la República Argentina.

         El primero en demostrar su generosidad por la "causa" fue el francés Lafone, que a cambio de una limosna reclamó 50 leguas de campo.

         Así se puso en camino a Corrientes una troupe de jefes y oficiales desocupados en la Banda Oriental -veteranos de la anarquía del Plata, uruguayos, argentinos y ex-paraguayos como los Báez y los Ramos, y condotieros de Europa- que Paz aguardaba como "instructores" para encuadrar su ejército correntino, por él calificado de novato "en la carrera de las revoluciones".

         El nuevo filón era deponer a Rosas invocando "las luces del siglo", y cosa extraña, el verdadero odio de la banda apuntaba al Paraguay. Ni cuando los paraguayos se les unieron fueron mirados como aliados, sino como enemigos.

         Satirizaban a sus tropas como las de un país "asiático", y se burlaron de su tierno General, el hijo del Presidente López. Veinte años más tarde se oyó el esperado clarín de la Triple Alianza, y todos corrieron, hasta los jubilados y las momias, para alistarse con Mitre, y personalmente Báez comandó la Legión.

         Para llegar a destino, junto a Paz, debieron necesariamente pasar cerca de las guardias avanzadas del Paraguay. Cruzaban asiduamente en grupos, pero el día que pasó una partida de treinta a la vez, José Gabriel del Valle, el Comandante del Fuerte de San José, escribió asombrado a los Cónsules de Asunción:

 

         "Yo no puedo comprender Exmo. Señor la venida de tantos oficiales orientales. Las tropas correntinas según se dice están muy bien organizadas por sus oficiales. El tiempo descubrirá este enigma".

 

         Notable premonición la de este antiguo oficial del Dictador.

         Como jefe de la artillería del poderoso Cuartel del Hospital, del Valle apoyó a Alonso contra el Cuartel del Colegio, y fue factor del acceso de los Cónsules al Poder. Tuvo un temprano altercado con López, y Alonso le convenció que aceptara la Comandancia de frontera. Desde allí no ocultará su inquietud por la ingenuidad del nuevo Gobierno ante las intrigas de Paz y de los hombres de Corrientes.

         En la ruta de los instructores venían los convoyes colmados de mercaderías. Los comerciantes estaban enloquecidos. La yerba misionera había subido en Montevideo a 6$, y la paraguaya por las nubes, a 30 $ la arroba. Y el tabaco a 15. La idea de invadir el Paraguay se pospuso. Mejor mover la cola y tentar comunicación con el nuevo Gobierno de Asunción. Una sola sonrisa de los Cónsules, en particular de López, dejaba rico a cualquiera.

         Entre tanto había que ganar el tirón a los comerciantes de Buenos Aires, los del régimen rosista, y obstruir todo acercamiento de Rosas con el Paraguay. Refiriéndose a las baterías emplazadas sobre el canal del río, Manuel Ferrer tranquiliza el 7 de julio de 1841 a Paz:

 

         "Tenemos medios más que regulares para molestar e impedir a mi modo de ver, el tránsito del comboy de Rosas al Paraguay".

 

         Derrotado más tarde el general Paz, con sus condotieros y la correntinada, de Ferré en pleno, buscó asilo en el Paraguay. No terminó mejor rematador que guerrero. La mayor parte de las tierras que puso en subasta, eran las de Misiones, al sur del Paraná, sobre las que el Paraguay con justicia ejercía soberanía.

         Sólo pertenecía a Corrientes la hoja de papel del efímero Director Posadas que en 1814, cuando ascendió a Corrientes de ciudad a Provincia, tuvo la ocurrencia de fijarle por jurisdicción la totalidad de Misiones, hasta el Paraná. Absorbidos por la presencia de Artigas, los correntinos ni siquiera se enteraron. Pero el doctor Francia que no pegaba los ojos, en el acto calificó el Decreto de "insultante y traicionero".

         La liquidación de Misiones desatada por la avidez de Paz, dio pie después de la Guerra de la Triple Alianza, a sórdidos pleitos incoados por franceses, o por sus no menos despabilados herederos.

 

         Retomando el hilo del bloqueo francés, Inglaterra observaba una conducta acorde con sus privilegios y ventajas en el puerto de Buenos Aires, y a su rivalidad comercial con Francia en el mundo. Pero la misma competencia le llevó a unírsele ante las perspectivas del vasto y prometedor mercado del interior del Continente, el Paraguay incluido, y se llegó a la intervención conjunta contra Rosas, el obstáculo común.

         Pero si las escuadras europeas se proponían subir el Paraná y el Paraguay, con la misma impaciencia la flotilla de Matto Grosso se proponía bajar. Para su incomunicado enclave el Brasil pretendía la salida al mar por ríos ajenos, cuando a todas las banderas negaba la navegación de sus propios ríos, como el Amazonas, y hasta la del mismo río Paraguay, arriba de Coimbra.

         Este Fuerte subrepticiamente fundado en la margen derecha, es decir en territorio español de la jurisdicción de Asunción, había movido a Madrid a oponerle su par, el Fuerte Borbón, una empalizada que el celo del doctor Francia amuralló después a cal y piedra hasta sus potreros, con el nombre de Olimpo. Las rocas del Fuerte del Dictador, y no los escrúpulos morales de sus Ministros, fue lo que contenía los sueños largamente acariciados por el Gabinete Imperial.

         Con todo, su Ministerio de Marina no perdía tiempo y ordenó la expansión fluvial de Matto Grosso. Y encontró el hombre a la medida, Augusto Leverger. Destinado a Cuyabá, este francés construyó el primer astillero del Brasil en aguas del Paraguay, y se colocó al frente de su primera escuadrilla de lanchas cañoneras. Como todo natural de Saint Malo era marino nato, y hábil cartógrafo. Estando sin ocupación en Montevideo se había alistado en la Marina del Brasil como Teniente de Fragata. Y a pesar de sus pasadas aventuras de comerciante fallido en Buenos Aires, era un sujeto avispado y sagaz.

         Y en él puso los ojos el mismo Ministerio para la segunda fase del plan Imperial, burlar con astucia la Fortaleza del Dictador.

         Este bretón de tal suerte, nos llevará enseguida ante un caacupeño: José Mariano Valdés.

 

         El 14 de marzo de 1839, a las 4 de la tarde, se oyó en Olimpo un cañonazo como de legua arriba, que alertó a su guarnición. Una cañonera brasilera había fondeado en la boca del riacho Sara, y desprendió una canoa con un Sargento y tres pedreros o soldados negros, que remando rítmicamente, se acercó con una nota. Su Capitán pedía una conferencia en el Fuerte, o a bordo, o en cualquier lugar, por la satisfacción de saludar y conocer al "Ilustrísimo" Comandante, y de paso, tratar sobre la entrega de un oficio de salutación del Presidente de Matto Grosso para el Dictador del Paraguay, previos los honores de reglamento antes de atracar.

         El Comandante José Mariano Valdés accedió, aproximóse la cañonera al puerto, enarboláronse los respectivos pabellones con tres salvas de ambas partes, y atracó a tierra el Capitán, que no era otro que Augusto Leverger en persona. Sin poder disimular su emoción, ascendió las gradas del Fuerte, socavadas en la roca viva, y tras una aparatosa ceremonia confirmó que traía la carta y quería pasar para entregarla personalmente al Dictador, y si no podía pasar la cañonera, la haría regresar para quedarse el solo y proseguir en la balandra del Fuerte en la primera ocasión, y si tampoco eso era posible, se resignaría a dejar los pliegos para que el Comandante los remitiera a su Gobierno.

         Valdés para no errar se reservó la contestación para la mañana siguiente, a pretexto de que se había hecho tarde. Y toda la noche, a la luz de las velas, repasó el archivo hasta encontrar el oficio del Dictador del 11 de octubre de 1828, dado a uno de sus antecesores, en el que significaba que el Fuerte no era una oficina de correos, y no se debía recibir papel alguno, sea de quien fuese ni para quien fuese. Y esa fue a la mañana la respuesta que dio a Leverger, quien sin sorprenderse, ladinamente confesó que ya lo sabía, pero que su Presidente lo había mandado por si hubiera "una nueva orden", en el afán de ofrecerse al Dictador desde su nuevo cargo, y de participarle que a la cabeza del Imperio se había instalado un Príncipe Regente.

         En eso sobrevino un repentino eclipse de sol, y ni corto ni perezoso el francés aprovechó. Pidió permiso para medir la altura del astro, ordenó bajar la caja de instrumentos, apuntó, y el papelito de las mediciones obsequió a Valdés, para luego dejar el telescopio a la curiosidad de los soldados paraguayos. Y aprovechando la distensión, y poniendo la carita de un querubin a los pies de María, solicitó subir al torreón del Fuerte con un anteojo de larga vista, a pretexto de medir la distancia de cierto palmar en donde había una toldería de mbayás, lo que Valdés denegó sin titubeos

         A las 2 de la tarde Leverger no tuvo más remedio que regresar, llevando en el bolsillo de vuelta a Cuyabá, siempre cerrada, la carta para el Dictador.

         El lector estará paladeando de antemano la satisfacción de Francia al enterarse de la celosa conducta del Comandante Valdés. No fue así. Antes de acabar la lectura del parte, montó en cólera y lo destituyó. Y a los dos meses ya estaba en Olimpo un nuevo Comandante, Manuel Antonio Delgado.

         Valdés cumplió es cierto las instrucciones de 1828, pero antes de leerlas ya había errado. Ignoró las instrucciones de un oficio más reciente, el del 12 de Noviembre de 1835 que decía:

 

         "Ha sido muy bien hecho el hacer retroceder al mulato portugués y dos franceses enviados de Cuyabá, sin recibir su pliego, y esto es lo que siempre se ha de hacer. Esos no son sino espías disfrazados digan lo que dijesen... y así andan los extranjeros procurando introducirse a observar, especular, y tomar razón de todo, y quién sabe a qué otros fines. Aun debías haber dicho al cadete conductor que dijese a su Gobernante que así como los paraguayos y su gobierno se mantienen quietos y sosegados sin andar hurgando, importunando y molestando en nada a los portugueses, lo mismo pueden hacer ellos y dejarse de andar con oficios inútiles y pretensiones sospechosas de introducir gente extraña al Paraguay".

 

         Y semanas más tarde, en el primer oficio que Delgado recibió, el anciano Dictador que ya transcurría en los últimos meses de su vida, insistió: "El Leverger no ha sido sino un espía..."

         Repitió el intento ese mismo año el francés, destacando otra cañonera con la insignia del Imperio en el mástil, pero Delgado adelantó una canoa, y la puso de vuelta desde el riacho Sara, con la proa hacia Cuyabá. Apenas se extendió la noticia de la muerte del Dictador, y de nuevo se hizo presente Leverger, esta vez disfrazado de Cónsul que quería acreditarse ante el nuevo Gobierno de Asunción. Pero el Dictador seguía vivo en la carpeta de la Comandancia, y el francés fue repelido una vez más, sin tiempo de adornarle de Ilustrísimo a Delgado.

         López aprobó su actuación, aunque ya le cosquilleaba el nuevo plan, y le requirió el archivo del Fuerte. Y poco después admitía con los brazos abiertos las saudades del Presidente de Cuyabá, y a su eterno conductor: Augusto Leverger. Pero en Asunción el francés ya no anduvo con ceremonias y a los ocho días regresó con precipitación para llevar personalmente a Río de Janeiro, como un trofeo, su "Roteiro da navegacao do río Paraguay", que López ni olió. Recibido por el Emperador, Leverger fue condecorado en grado de Oficial con la Orden de la Rosa, para ingresar en la galería de los prohombres del Brasil. Llegó tres veces a Presidente de Matto Grosso, y antes de ennoblecerse con el título de Barón de Melgazo, fue transferido al mármol y se inmortalizó como el Héroe que durante la Guerra salvó Cuyabá y el honor del imperio, de las garras de la expedición paraguaya comandada por el General Vicente Barrios.        

 

         Pero no debiera quedar en el tintero que al mando de dos cañoneras, y en connivencia con Pimenta Bueno, el encargado de Negocios del Brasil, en 1846 Leverger aun estuvo una vez segunda vez en Asunción. Al persistente y solapado plan de la Marina imperial faltábale relevar el bajo Paraguay, desde Asunción hasta su confluencia con el Paraná. Y López tenía ya perdidos los argumentos para oponerse. Exigió al menos, y le fue aceptado, que Leverger en la misma gran escala, pasara una copia de todo el río Paraguay desde sus nacientes, donde le desagua el Sepotuva, hasta la dicha confluencia con el Paraná.

         Cuando después de recoger sus instrumentos, Leverger regresó del sur, hízole otro pito catalán a López. Al tiempo de levar anclas en la bahía de Asunción, todo lo que le dejó fue un minúsculo y burdo garabato que no pasaba de Coimbra. Y a nada pudo atinar ya el Presidente López, sino a quejarse plañidero, una vez más, desde El Paraguayo Independiente.

         Pero el francés no se llamaría a sosiego. En compañía del Presidente de Matto Grosso y del Comandante Carvalho, por agua y tierra incursionó subrepticiamente hasta el Apa, cuyo curso también relevó. Y más tarde, con la baquía adquirida, fue la figura descollante que al mando de una tropa bien armada de pedreros negros, conculcando en plena paz los derechos del Paraguay, ocupó con alevosía el Pan de Azúcar.

         Se hallaba para entonces Manuel Antonio Delgado, años ha, retirado del servicio. En el paraje de Iribú-quejá, sentado en la cocina delante de los rescoldos, humeantes el mate y el cigarro, solía evocar entre los suyos sus días de Comandante de Olimpo. Y ni montado en el overo, cuando recorría sus rozados o revisaba su hacienda, se le borraba la certera admonición del Dictador: "El Leverger no ha sido sino un espía".

         Sepultóse también para siempre, con los restos de Francia, la indemnización de un millón de dólares, (100.000 $ fuertes), a la que el Dictador condicionaba la relación con el Brasil, reclamación cuya justicia el propio Cónsul Correa da Cámara se apresuró en reconocer, sólo supeditada a una evaluación conjunta de los perjuicios, en el terreno. Harto sabido, la ganadería de Matto Grosso no tenía otro origen que las vacas robadas a los concepcioneros por mano de los mbayás, armados y acompañados de cerca por las autoridades de Albuquerque, Coimbra y Miranda.

 

 

         Cuando Rosas huyó, y el candado se vino al suelo, el programa yerbamate y vapores que define a Carlos Antonio López, pudo cristalizar en la impresionante prosperidad que aguardaba a la última etapa de su Gobierno, y que incorporó, pago al contado, los últimos adelantos de la tecnología europea. Pero la libertad de navegación desnudó sus dos filos. Mientras abarrotados de yerba descendían con su estela de aroma el Igurey, el Río Blanco y el Salto del Guairá, por las mismas aguas subían los ominosos cañones del Fulton, del Water Witch y del Bisson. Los planos del minucioso relieve del río Paraguay, que con todos sus accidentes, puertos y fortificaciones, ajustaban Page, Mouchez y otros, para custodiarse al igual que los de Leverger, como secretos de Estado en sus respectivas naciones, reaparecerán desplegados a la hora precisa, sobre las mesas de campaña de Mitre y Tamandaré.

         La internacionalizada Alianza que derrocó a Rosas es la misma que destruyó al Paraguay. Cerro Corá no fue sino el inexorable epílogo de Caseros, la última etapa, el tiro de gracia de "Una gran Política", como se gloriaron en llamarla después, Andrés Lamas y los unitarios, los mismos que aplaudían a Carlos Antonio López para arrojarlo contra Rosas.

        

         La yerbamate fue el gran secretó del esplendor de los jesuitas, y a partir de la expulsión, de los comerciantes españoles de Asunción, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires. Del gran puerto subían las manufacturas, y toda la cadena quedaba enredada. Y había que pagar con yerba.

         La riqueza estaba en la comercialización, no en el trabajo en medio de los montes, entre alimañas, ni en la conducción a las villas y puertos interiores en recuas o arrias, con las mulas tumbadas bajo la carga, desgarrados los corvejones, en medio de la soledad de unos cañadones que sólo la algarabía y el desenfado de los arrieros podían alegrar.

         No había yerba sin arriero, un personaje de la picaresca paraguaya, la figura más típica y popular del siglo XVIII. La yerbamate constituía también otro gran secreto, el del atraso y la miseria del Paraguay.

 

         Cuando los paraguayos se rebelaron, el más rebelde, Francia, forjó con la yerba el arma de la Independencia. Con ella venció al sitio impuesto por los enemigos, y recuperó para sus compatriotas gran parte de su enorme plusvalía en el exterior. Con ella y la posibilidad de la navegación, López soñó en un nuevo esplendor. Y su primer paso fue cancelar la facultad de las autoridades subalternas de otorgar permiso para faenar en los yerbales, y la reservó como privilegio exclusivo del Gobierno.

         La necesidad de promover la gestión en la Capital y el 15% que impuso de impuesto, despojaron a los vecinos pobres de la posibilidad de labrar su propia yerba, que Francia había protegido cuando después de eliminar el Diezmo, suprimió también el 4% de la contribución fructuaria que lo reemplazó, para terminar eliminando hasta el insignificante 1% de alcabala porque en su concepto no justificaban los trabajos y gastos de la percepción, tantas y tan pequeñas partidas de yerba.

         López después decretó el monopolio.

         Pero bastará repasar las listas de los favorecidos con la autorización del Gobierno, ya en 1841, a sólo un año de la muerte del Dictador, para inferir que esta lucrativa intermediación entre la peonada y los almacenes del Estado, había quedado en manos de una minoría de pudientes, de aquellos que hablan respirado en sus hogares el odio a la Revolución y al doctor Francia.

         Con el Decreto de la "conformidad general de sentimientos" fue a esta minoría que López prohibió atacar la memoria de Francia, y al pueblo la de defenderlo y añorarle en el Gobierno.

         La impetuosa búsqueda de nuevos yerbales debía necesariamente provocar incidentes con los monteses o guaraníes selvícolas, celosos de su heredad. En 1843, un vecino de Caazapá transmitió al Comandante, y éste al Gobierno, la queja de unos cainguás: "que los caraís perseguían a los suyos" pero que ellos defenderían sus montes.

         Menudearon las represalias cruentas de ambas partes y Carlos Antonio López vio en los indígenas un obstáculo no inferior a Juan Manuel de Rosas, y ordenó el exterminio "con excepción de criaturas y mozas". Todo el Este, desde Concepción hasta Yuty, fue teatro de un genocidio implacable. No se hacían prisioneros. No quedaron con vida ni aun aquellos obligados a servir de baqueanos o señuelos contra sus hermanos de raza. Y hasta los monteses de las pacíficas tolderías cercanas, que por precaución se ocultaron a las primeras alarmas, para enseguida regresar con el crucifijo en alto, en señal de paz, fueron acogidos con la hospitalidad habitual en las casas que frecuentaban, sólo para ser degollados durante el sueño. La matanza que duró dos años, fue extendida a decenas de leguas, mediante expediciones armadas encabezadas como perros de presa por los enemigos históricos de los cainguás, los guanás chavaranás, que "en congratulación de sus servicios" regresaban delirantes con las hachas, los machetes, las mantas, las hamacas, y los sacos de porotos de las víctimas.

         Gauto, el Comandante de San Isidro descolló en el ensañamiento. No se cansaba de pedir a los Cónsules más pólvora, más chavaranás. Y cada vez que recibía nuevas remesas, no encontraba palabras para agradecer "la benignidad paternal de Vuestras Excelencias".

         Por su parte los Cónsules presionaban a los Comandantes para que amonestasen a los paraguayos por su apatía; y les instase a participar con más decisión, puesto "que ésta, es su propia causa".

 

         Sin los yerbales que crecían espontáneamente en sus montes, no habría alumbrado ninguna Patria en el Paraguay.

         La Patria no fue un don del cielo caído el 14 de mayo, sino un largo desafío que el doctor Francia inició. Y a ese reto Francia no se habría lanzado sin la conciencia histórica sobre el legítimo monopolio de un producto insustituible como la yerba, que la naturaleza tenía brindado a los paraguayos, tal vez en compensación del mar.

         Cuando Buenos Aires ensayó un último intento por detener la loca carrera de los paraguayos hacia su independencia, se valió de un franciscano adicto a quien el Director Posadas ya apuraba su ascenso a Padre Provincial, Fray Mariano Ignacio Velazco, tío de Francia, hermano legítimo de su madre. Y apareció el panfleto impreso "Proclama de un paraguayo a sus paisanos" para atacar los dos blancos cuidadosa y certeramente escogidos: la presunción de los paraguayos por su yerba, y la popularidad de su sobrino, el flamante Dictador. El café, el chocolate y el té –amenazo- pronto reemplazarían a la yerba.

         Pero la cosa no estaba en el paladar. Corría 1815 y Buenos Aires no podía darse el lujo de ignorar que con las utilidades de la yerba en las manos, los paraguayos no sólo harían irreversible su independencia, sino maravillas.

         Francia y los López, cada uno a su manera, transformaron la causa del atraso y la miseria del Paraguay, en el factor de su libertad y de su prosperidad.

         José Gaspar Francia, Carlos Antonio López y Francisco Solano López, cualesquiera hayan sido sus diferencias en el físico, en el humor o en la modalidad gubernativa, tuvieron los mismos enemigos, vivieron bajo la misma espada de Damocles, blancos de la conjura ininterrumpida de los intereses afectados por la Independencia.

         La redención colectiva era una necesidad de derecho natural, una razón de justicia, una causa profunda y tan antigua, que no pocos Gobernadores y Obispos osaron dar la alarma al Rey por la indigencia secular y desalmada expoliación que padecían sus vasallos del Paraguay, sin embargo de que por sus esfuerzos -yerba y tabaco- era en todo el Virreinato, la Provincia de la que más pingües beneficios extraían la Corona de Madrid y el comercio de Buenos Aires.

         Esa causa, y no otra, fue la que presionó a la Revolución y la orientó con fuerza hacia la independencia, para ser a partir de ese momento, más que nunca incomprendida, negada y combatida desde el exterior.

         La fuerza ancestral acumulada de esa causa, y no otra cosa, es lo que eclosionando, dio a la revolución paraguaya el calor de las populosas clases patricias del campo, y el enérgico tono reivindicatorio del que la revolución de la clase mercantil que le precedió, la de Buenos Aires, carecía. En el interior del Paraguay arraigaba insospechadamente, la mayor y más compacta concentración demográfica de todo el Virreinato. No negros, guaraníes ni mestizos, sino una impresionante masa de empobrecidos y desclasados descendientes de conquistadores y encomenderos, de lejanos hijodalgos que ya sólo hablaban guaraní. Cuando rotas las cadenas Francia los convocó, desbordaron Asunción con su carga secular de frustración y descontento, y le pusieron nombre a un nuevo sueño: República del Paraguay. Nunca más, nadie no nacido en su suelo, y no electo por sufragio popular, les gobernaría.

         El airado resentimiento campesino apuntaba a los comerciantes, el segmento foráneo que retenía o se llevaba el fruto de su sudor, el escaso metálico de la Provincia. Bien oyó Somellera en la mismísima noche del 14 de mayo, la grita del cuartel: "Mueran los pytaguás!". Y el Comandante de esas tropas, Pedro Juan Caballero, sin aguardar el Congreso ni la instalación de una junta, con su sola firma en el decreto que Francia le redactó, intimó a los mercaderes "no americanos" de Asunción a entregar en tres días perentorios 600.000 dólares (60.000 $), con la advertencia de eludir "todo lo que suene a pretexto, réplica o excusa", para no dar lugar "a medidas ejecutivas o rigores innecesarios".

         En marcha la "revolución de los patricios", denominación predilecta de Francia, la causa histórica que en el campo palpitaba como un legado, imprimirá a quienquiera gobernase Asunción, ese celo patrio, ese singular fanatismo, esa pasión rayana en lo personal, en vivo contraste con el vacío, la frivolidad y la falta de escrúpulos del resto de los gobernantes que uniformados fuera del Paraguay, en la corriente de las ideas liberales, se turnaban como meros guardaespaldas de las iniciativas y emprendimientos de la Europa industrializada.

         Pero esa corriente delataba su hipocresía cuando aplicaba torniquetes a la mediterraneidad paraguaya, o cuando las minorías ilustradas atacaban con vehemencia el monopolio estatal de la yerba en el Paraguay, y al mismo tiempo celebraban el monopolio estatal del tabaco en la Francia europea.

         El gran choque ya estaba insinuado desde los días inaugurales, por la influencia inapelable de la Gran Bretaña sobre Buenos Aires que imponía los intereses de su comercio como nueva Deidad, mientras centraba su preocupación en frenar el inicial rigor jacobino de Mayo, en moderar el lenguaje revolucionario, y en contrarrestar el entusiasmo por las ideas republicanas. Bajo su rígido control las revoluciones americanas debían ser asépticas, y vencer a España en el terreno estrictamente militar, en tanto aseguraba sus apetecidos privilegios, y consolidaba su dominio político del Continente.

         Antes que rompieran filas los soldados de Ayacucho, Patria o Patriotismo eran arrojados al desván como conceptos "demodé", argumentos de mal gusto e intolerables en el trato con las Potencias, sentimientos obsoletos, propios de "nativos" o de bárbaros.

         En un contexto semejante no sorprende que tanto el doctor Francia como los López fueran presentados en vida como ejemplares exóticos, como objetos de curiosidad en el mundo, y más luego "monstruos" a quienes la humanidad tenía el deber de destruir. Y menos sorprende que en el Paraguay, último refugio del verdadero patriotismo americano, al grito del bárbaro que se inmoló un 1° de marzo en Cerro Corá, precediera el primer bárbaro, Francia:

 

         "Yo antes quiero morir

         que ver de nuevo a mi Patria

         oprimida y en la esclavitud".

 

         La decisión que preveía y aceptaba de antemano la idea heroica de la muerte, no era una corazonada o rapto individual, sino chispa de un gran fuego colectivo. En el alma del doctor Francia ya estaba estampado el holocausto del 70:

 

         "...La justa y sagrada causa de nuestra libertad y absoluta Independencia, en cuya defensa y sostenimiento, altamente empeñados, estamos todos resueltos y determinados a morir".

 

         Francia no expiró en combate. Pero su coraje no dependía de la prueba que ningún enemigo se atrevió a requerir.

         En el doctor Francia, en su inteligencia, en la solidez de sus principios, en su espíritu esclarecidamente previsor, nada había de aventurero. Hijo de la Revolución y padre de la República, nadie mejor que él sabía que fuera de sus fronteras el Paraguay no contaba con un solo amigo.

 

 

         Pero hemos ido tal vez demasiado lejos, y olvidado a los caacupeños.

         A los pobladores del poniente de la Cordillera les hacía más cuenta oír misa en Tobatí, que en su propia parroquia. El Señor de los Milagros en su Capilla Guazú de Piribebuy, era menos asequible que la Inmaculada de la iglesia indígena. Y terminó como valedero que el cura doctrinero de Tobatí viniera a decirles la misa en su propia vecindad, aunque cobrara sus estipendios. Así nació un Oratorio en Caacupé, en donde el cura trajo a depositar los ornamentos y vasos sagrados más indispensables, con una pequeña réplica de la imagen de la Señora de Tobatí. A esta Concepción entronizada sobre dos tablones, los caacupeños le añadieron enseguida la misma advocación de su patrono, y desde entonces fue llamada Nuestra Señora de los Milagros. Aun así los caacupeños no podían prescindir de Piribebuy, porque allí estaban los libros que registraban los sacramentos.

         Si la pequeña imagen que el padre Roque Melgarejo prestó al Oratorio fue adquirida por él del indio libre de Ezcurra, o si la mandó hacer exprofeso con un indio de su comunidad, o si le quedó de su tío y malogrado antecesor, el padre Blas González Melgarejo, o como sea que fuese, es un punto secundario que ya no podrá salir de la noche de los tiempos, del juego de las conjeturas. Pero una cosa sí es cierta. El prodigio de la imagen de Caacupé no está en su origen, sirio en el destino que le aguardaba.

 

         Al encanto propio del "misterio" de la Concepción, los primitivos caacupeños le añadieron con la nueva advocación, la magia de la esperanza en el espíritu de los hombres. Y cuando en 1769 se transformó en Patrona, se irguió con ventajas sobre las imágenes que le precedieron en la Cordillera. Su atracción no cesó de crecer con los años haciéndose irresistible para quienes impetraban consuelo o una gracia especial, aunque no pertenecieran a la nueva Vice-Parroquia. Con el siglo XIX, en cualquier momento, y sin ceñirse al calendario, aparecían visitantes en Caacupé, trayendo sus ruegos, y sus ofrendas, o a pedir en grupos el oficio de una misa.

         El lector recordará la disputa sobre la contribución forzosa llamada Primicias. En 1810 el Obispo Panes acompañó a su alegato sobre la pobreza de los curas, el cuadro de los ingresos de todos los curatos del Paraguay. Caacupé aparece como uno de los pocos con un rubro especial: "misas particulares". Dice: "De misas particulares... (roto)... pesos por las romerías a aquel Santuario: ... 60$". Y aunque no era copioso el ingreso, la sola idea de romería, anticipaba la de Santuario.

         Por otra parte, en el pleito que recordamos contra el mayordomo Galiano, cuando su abogado argumentó que la hombría de bien de su defendido estaba demostrada con los cargos públicos que le confiaba el Gobierno, Nicolás Aquino replicó que eso era precisamente lo que le impedía ser un buen Mayordomo, ya que debía estar en persona y permanecer en la Capilla para cualquier necesidad, "cuanto a mostrar cariñoso agasajo a la gente foránea que ocurren a su Romería".

         Estas visitas a nivel popular expresaban una fe espontánea y auténtica, no promocionada por ninguna autoridad. Antes bien, es sabido que en los 8 de Diciembre no se rendía culto oficial a la Concepción de María en Caacupé, ni tampoco en ningún otro pueblo de su patrocinio, sino exclusivamente en la Catedral de Asunción, en las brillantísimas y tocantes ceremonias ya prevenidas por Carlos III, y que convocaba a todas las autoridades del Obispado y de la Gobernación, al clero y al Colegio Seminario, al Cabildo y a todas las corporaciones, y a las familias de la Provincia.

         Esa celebración, tanto como la de San Blas, Corpus Cristi y la Asunción, que lisonjeaba cada año los ojos y los oídos en el atrayente escenario de la Catedral, constituía el espectáculo audio-visual por excelencia de aquellos tiempos. Anunciado en las vísperas por los repiques, y las salvas, los enarbolamientos de pabellones y oriflamas, los edificios engalanados, y a lo largo de las casas hasta perderse de vista, el collar ininterrumpido de candelas encendidas por miles en casquetes de naranjas y apepús rellenados con sebo y pabilo, ponía al caer la noche un inusitado esplendor en la ciudad y se reflejaba desde lejos en su río.

         A la mañana la colorida concurrencia henchía las tres naves de la iglesia matriz, y cuando a los Evangelios llegaba el suspenso del Obispo o del alto Prelado celebrante, y en lo alto del Coro cesaban las notas del órgano y de los violines, y callaban de pronto las imponentes voces de casi medio centenar de revestidos dirigidos por un Preste, entonces, en el silencio y ante la expectativa general, ascendía lentamente las gradas del púlpito el orador sagrado cuya elocuencia estaba predestinada a conmover y sellar en los corazones la excepcional importancia del día.

         La tradición del 8 de diciembre en la Catedral se mantuvo en el Paraguay inmune a todas las mudanzas políticas y sociales, y fue observada escrupulosamente desde el reinado de Carlos III hasta que Asunción fue evacuada durante la Guerra.

         Ya hemos visto como solventaban sus gastos la Caja de Propios en los tiempos de los Gobernadores y del doctor Francia, vimos también la crónica de uno de esos festejos durante el gobierno de Carlos Antonio López, y quienquiera podrá leer en el Semanario el brillo con que se festejó el 8 de diciembre de 1866, cuando por ausencia del Obispo Palacios que se hallaba en el frente, celebró el Rector de la Catedral José Gaspar Téllez, y le tocó predicar a Ramón Ferriol, el párroco de Limpio.

         Pero pronto el colapso del país se hará inminente. Un mundo de transformaciones y novedades aguardaba ya con impaciencia tras las bayonetas de la Alianza.

 

 

         Volvamos ahora al sorpresivo y abrupto Bando de los Cónsules que López redactó en 1842, y que no se justificó.

         Fue más la expresión de inseguridad de un nuevo Gobierno. Humeantes todavía los fusiles del pelotón que acabó con Duré y con Balmori, persistía la inquietud en los cuarteles, con la expectativa crítica de un pueblo acostumbrado a la irreprochable autoridad moral del doctor Francia, incómoda herencia para quien sea.

         La lectura del Bando le supo a injuria a una población laboriosa, de escaso índice de criminalidad, cuyas costumbres sencillas pero altamente civilizadas, pasmaban a los europeos que después de la peligrosa travesía por las atrasadas y anarquizadas provincias argentinas, acercaban sus narices como a un oasis, en las fronteras del dictador Francia.

         El informe anual que el Bando exigió a los jueces, salvo raras e insignificantes excepciones, fue una cantinela repetida de memoria para informar del sosiego en los partidos y en los valles.

         En Caacupé hubo que esperar hasta 1848 para que el juez Juan Bautista Saracho informara haber dado 25 azotes a Juan Núñez por carnear una vaquilla ajena. Y debió aguardarse hasta 1851 para que el informe viniera acompañado de los 50$ con que se multó al pulpero Elías Salcedo.

         Y el 30 de diciembre de 1852, con relación a otra disposición del Bando, el mismo Saracho escribía:

 

         "He observado el especial cuidado de no admitir en mi jurisdicción ninguna persona que no sea vecino de ella a título de mutación de vecindad, y menos la permanencia sin el correspondiente pasaporte".

        

         Y luego ya en plena guerra, en 1866, Francisco Gómez como única novedad sólo pudo informar del suicidio de Máximo Santacruz, y su correspondiente sumario.

         En materia de amancebamiento, había muchos tejados de vidrio, y los Comisionados aprudenciaron su celo y nunca hubo mayores denuncias. El primer año la mayoría comunicó que a consecuencia del Bando varios amancebados públicos se casaron, y los demás se apartaron al menos de un modo que no ofendía la moral pública.

         En 1846 el juez de Desmochados por ejemplo, al comunicar que no había novedad, añadió, salvo una mujer soltera en relaciones ilícitas con un casado, pero que fue reprehendida y amenazada en caso de reincidencia.

         Por lo demás la vida siempre sonreía en Caacupé.

         El viejo cura José Mariano Quiñonez se propuso para los oídos de la Virgen el más delicado de los sonidos y contrató a José Domingo Alonso para la enseñanza de la música. Y el primer cuidado del maestro fue encargar a un pardo de Itauguá "dos violines aseados" y adelantó los 6 pesos de su importe. El artista itaugueño concluyó con esmero dos joyas que sonaban a cielo, y enamorado de su obra esperó que las retiraran. Pero habiendo pagado el maestro, se creyó con derecho a que le fueran enviadas. Pasó el tiempo, entró el mes de julio de 1852, y para superar el "impasse" el párroco escribió al juez de Itauguá pidiendo su intervención. No quiso éste disgustar al cura, ni tampoco al émulo de Stradivarius que en su vecindad era al mismo tiempo Sargento de compañía, y por su cuenta hizo llegar hasta Caacupé los instrumentos.

         En 1858 asumió en Caacupé un jefe de Milicias, Francisco Gómez, en tanto Juan Bautista Saracho seguía de juez.

         Veinte años después de firmar aquel Bando, en setiembre de 1862, fallecía Carlos Antonio López, siempre en el Poder. Y si bien no cuenta en un balance político, fue notorio el contrapunto: Murió rodeado de amancebados públicos, y enterrado en una iglesia.

         El 11 de setiembre de 1862 se recibió en Caacupé un oficio enlutado, con otra hoja impresa destinada a la publicación, de la que se dio lectura al vecindario, el día 14. Se trataba de la participación al pueblo del deceso del Presidente López y de "su última disposición en favor de la Nación paraguaya". Saracho comunicó que los caacupeños tuvieron el consuelo de haber aceptado el cargo de Vice-Presidente "el Excelentísimo Señor Brigadier General en jefe del Ejército Nacional, Ministro de Guerra y Marina, ciudadano Francisco Solano López, a quien se reconoció por tal "y para siempre".

         Al mes siguiente, a vuelo las campanas, Saracho leyó a la feligresía caacupeña las nuevas de la ascensión del General a la Presidencia de la República, por voluntad del Congreso. Sin embargo, algo raro sucedía. Pero sólo después que Saracho recibió como de costumbre los últimos números del Semanario, pudo comentar públicamente con los vecinos la revelada confabulación del padre Maíz, y los apresamientos que se registraban en la Capital.

 

         La intentona no alteró la función gubernativa de Francisco Solano López, y menos el programa de salud pública que estaba en marcha: la vacunación general contra la viruela en todo el país. Aún se recordaba los estragos de la aciaga epidemia acaecida durante la primera Presidencia del finado, que redujo a la tercera parte, cuando no a la mitad, la mayor parte de los pueblos del interior.

         De consiguiente, también en Caacupé Saracho recibió del Vice Presidente Sánchez la orden de proceder a la vacunación, con las instrucciones, un pote con pus, y dos laminillas de vidrio. Se le prevenía comunicar al Gobierno cada 15 días, o un mes a lo sumo, el desarrollo del operativo, y ante todo avisar si acaso careciera el Partido de personas capacitadas para aplicar la vacuna. El 29 de noviembre de 1862, al acusar Saracho el recibo de la orden de vacunar a la niñez y demás personas "expuestas a este azote de la humanidad", comunico que no había en Caacupé personas prácticas para el efecto. El 8 de diciembre Francisco Sánchez instruyo al juez caacupeño de que por la construcción del ferrocarril se hallaba en Pirayú un destacamento militar con un cirujano, y que uno o más caacupeños bajaran hasta allí para el aprendizaje.

         De este modo dos años antes de la Guerra, toda la niñez paraguaya quedó inmunizada. Sólo en Caacupé, 1014 niños. Sólo en Piribebuy 1060, y en este orden todo el país.

         Otra importante medida del nuevo Presidente, que también llegó a los jueces rurales con el formulario impreso, fue el Decreto del 28 de Febrero de 1863 que imponía un informe sobre la agricultura con la tabla semestral de los liños sembrados en la jurisdicción, y el deber de estimular el tabaco y el algodón.

         Al igual que el año anterior, el 24 de julio de 1864, se festejó en todo el país el cumpleaños del Presidente, con octava. Este día Francisco Gómez y el Cura Policarpo Páez, oficiaron desde Caacupé al Presidente:

         "Desde el día Sábado víspera del aniversario de Vuestra Excelencia que impacientes esperábamos para solemnizar, los vecinos de Caacupé empezaron ya a manifestar el regocijo y entusiasmo patrio de que rebosaban sus corazones: Inaugurando nuestras funciones a las 12 de este mismo día con repiques solemnes, enarbolamiento del pabellón nacional en nuestra plaza y en varias casas del círculo de esta Capilla, y por la tarde los oficios solemnes en las vísperas en la iglesia, luego el juego de sortijas y de cañas en la Plaza. Al apuntar el sol del 24 volvieron a enarbolarse las banderas en medio de repiques y muchos tiros de fusiles, dirigiendo enseguida nuestra reunión a la función religiosa de aquel día, que dio principio por la tercia y la misa aplicada por el acierto y felicidad de V.E. en el mando supremo de la República, con un solemne Tedeum al fin, de ella en acción de gracias al Todopoderoso por los beneficios que la República continúa reportando de sus manos bajo la benéfica Administración de V.E.

         Hubo además dentro de la misa al tiempo del Evangelio un discurso religioso Patriótico alusivo a las circunstancias que encierran ese gran día.

         Terminada nuestra función religiosa nos dirigimos a un salón contiguo a la guardia de esta Capilla para disfrutar allí de una repostería, lo que verificamos en medio de varios brindis y producciones patrióticas, también alusivos al día.

         A las 12 de este mismo día tuvimos un banquete presentado por los vecinos de este partido, donde reinó la mejor armonía y un entusiasmo patrio a satisfacción de todas las personas que han tomado parte en nuestros pequeños obsequios.

         Continuáronse después los juegos de sortija y de cañas todo ese día, bien como los dos siguientes, en que hicimos también otros banquetes al mediodía, y unos bailes animados por la noche, concluyendo nuestras funciones con unas serenatas acompañada de un numeroso gentío, que recorrió todo el círculo de la Capilla repitiendo vivas y aclamaciones a la benemérita persona del Excelentísimo Señor Presidente de la República.

         Estas mismas funciones religiosas y populares han tenido lugar hoy día 31 del corriente en igual obsequio y festejo del cumpleaños de Vuestra Excelencia".

 

         Al estallar la guerra poco después, quedaría reflejada en la correspondencia con el interior.

         Justo González entró en Caacupé como nuevo jefe de Milicias.

         Conforme a una circular recibida de Asunción, con Francisco Gómez procedió en Mayo de 1865 a una reunión general de caacupeños y explicó la orden de formar rondas de vigilancia para castigar sumariamente con pena de muerte a todos los que fueren sorprendidos asaltando transeúntes o robando casas.

         Tres semanas más tarde, cumpliendo Justo González un nuevo reclutamiento, remitió a Francisco Solano López 130 soldados urbanos de Caacupé y 10 militares en retiro, útiles para el servicio.

         Pocos meses después, el 11 de octubre de 1865, los caacupeños hacen llegar al Gobierno su indignación:

 

         "Por el proceder infame y escandaloso del Comandante Estigarribia que leyeron en el Semanario de Avisos, y que no pueden ver con indiferencia que manchó con un baldón el bendito suelo paraguayo".

 

         Y terminaban con la disposición a sostener la sagrada causa hasta el último aliento, y pidiendo que se publique esa manifestación.

         Al pie de esa nota puede verse como siempre los apellidos típicos de Caacupé, los Galiano, los Fariña, los Gómez, los Martínez, los Ortega, los Velázquez los Quiñónez, los Giménez, los Lesme, los Aquino, los Saracho, los Colmán, los Santacruz, y los Escurra, aunque aumentados con los demás apellidos generales del Paraguay, Peña, Núñez, Ozuna, Godoy, Jara, Meza, Ramos, Villalba, Fleitas, Guillén, Velotto, Vargas, Valenzuela, Olmedo, Noguera, Aranda, Almada, Roa, Paredes y Rivas.

         En el último día del año se remite el informe de los liños sembrados en diciembre: 170 de tabaco, 110 de algodón, 887 de maíz, 840 de mandioca, 626 de porotos, 242 de maní, y 92 de caña (dulce). Total: 2.937 liños. La siembra precedente crecía lozana, menos la mandioca, que se arruga por los bichos.

         El 11 de marzo de 1866 se recibe una orden reservada de vigilar la posible infiltración de paraguayos venidos de las filas enemigas, y Justo González contestó al día siguiente al Vice Presidente Francisco Sánchez que en su cumplimiento está a la mira "luego que aparezcan en este Partido a mi cargo esos infames desconocedores de la Patria".

         La guerra se prolongaba sangrienta, y los discursos políticos y las arengas eran indispensables para mantener la moral, pero no servían para el estómago de los fatigados soldados, ni para cubrir la desnudez de los heridos.

         Independientemente a lo que la Tesorería podía seguir comprando al contado, maíz, poroto, huevos, leche, tomate, cebolla, sandía, galleta, grasa, aguardiente y velas, después de cubrir nuevos y triplicados gastos, por ejemplo en los hospitales de sangre de la Capital se debía pagar ahora puntualmente a 96 enfermeras y a 27 negras lavanderas, se exhortaba a la población a realizar donativos en especie, a socorrer a las viudas y huérfanos de los caídos, o a derivar excedentes, principalmente maíz, al Campamento de Cerro León.

         Desde el primer día Caacupé estuvo presente en el esfuerzo conjunto. Toneladas de chipas, naranjas, grasas, miel, gallinas y hasta dinero en billetes descendían de la sierra para descargarse en Guazuvirá y de allí, como de las demás estaciones, una flamante locomotora envuelta en nubes de vapor y humo, tras largas pitadas, todo lo conducía a la Capital.

         El 10 de abril de 1866 las dos autoridades de Caacupé pasaron al Ministro de Hacienda la relación de las casas existentes y del vestuario contribuido:

 

Valles                  N° de casas         Camisas     Calzoncillos        

Cabañas                          191                      32               31

Cañada                            127                      23               23

Valle caré                       109                      19              98

Itú                                        96                        11              7

Itá-guí                                 93                        9                 29

 

         Y después de agregar que el cura Juan Galiano de su parte entregó una camisa, un calzoncillo y un poncho, pasaron a explicar que había escasez de algodón, pero recordaron que el mes anterior ya habían remitido 88 camisas y 142 calzoncillos.

         El 24 de julio de 1866 tuvo lugar por el cumpleaños del Mariscal, el paréntesis de los habituales festejos, con la novedad de muchos mueras a los cambás y al imperio del Brasil.

         El maíz desgranado estaba a 1$ el almud, y al comenzar el año 67, Gómez y González remiten 1380 almudes de maíz sin desgranar, y como desgranado hace la mitad, el conductor caacupeño recibió los 690$ de manos de Felipe Milleres y Sebastián Ibarra, oficiales de la Tesorería, en Asunción.

         Pero el dinero que más anticipaba la Tesorería a la campaña era para el "chipá-bizcocho"; del tipo del chipá-pirú, destinado al frente.

         Producir aguardiente siempre fue negocio, desde la misma fundación de la Ciudad.

         Durante la Guerra, este proverbial coraje de los paraguayos llegaba embotellado a los campamentos. Desfilaban por la Tesorería para cobrar su importe, Pedro Loizaga, Petrona Sien, Ildefonso Machaín, Teresa Silva de Lamas, Rufina Martínez, Luisa Bedoya de Legal, Encarnación Valdovinos, Margarita Barrios de Valdovinos y Natividad Perina de Gorostiaga, entre tantos otros dedicados a la destilación.

         En cuanto al abastecimiento de la carne continuó el sistema adoptado en tiempos de paz para el consumo de Humaitá. Dentro del cupo asignado a cada uno de los Partidos reconocidamente ganaderos, el jefe de milicias efectuaba el prorrateo en junta de hacendados, según la capacidad, y eran pagados en billetes por la Tesorería.

         Así por tomar un ejemplo, el cupo asignado a Boví en 1861 fue de mil cabezas. Uno solo, Juan Dávalos,, entregó la mitad, 500 animales, José D. Paredes 128, Elías Corvalán 60, Pachí Matiauda, el único hijo del finado Capitán, 24, Tomás Redes 15, y el resto, una multitud de pequeños hacendados, dieron entre 3, 5 y 10 reses. En el prorrateo no entraban los reputados como pobres, es decir, los que no alcanzaban a marcar 10 terneros al año.

         Con la guerra las órdenes apremiaron.

         En noviembre de 1865 se dispuso que todo propietario debía aportar al Ejército la mitad de la caballada de sus estancias. Los portones se abrieron, y a un tiempo todos los caminos de la campaña fueron polvo y relinchos, hasta concentrarse en Yacarey, la Estancia del Estado cercana a Pilar. Con la primera remesa llegaron de Arroyos y Esteros 575 caballos, de Caapucú 439, de Quiquió 167, de Carapeguá 330, de Altos 205, de San Joaquín 134, de los que 80 pertenecían a un solo dueño, Benigno López, y así de todos los pueblos sin excepción alguna.

         El 24 de agosto de 1866 el Tesorero General transmite a los Partidos la orden de enviar más ganado a Humaitá. Y enseguida manadas de enormes astas cubrían en tropel las carreteras, rumbo al Sur. De Mbuyapey salieron 9.158 reses, de Pirayú 2.556, de Carayao 3.115, de Arroyos y Esteros 5.847, de Ibitimí, 6.435. De Acahay 4.674, de los cuales 1.346 pertenecían a Pascuala Alemán. De Paraguarí 6.130, y de Joaquín Patiño tan sólo, 1.140. De San José de los Arroyos 9.239, entre los cuales 1.291 de Isidora Giménez. Yuty 11.736 de los que 1.752 pertenecían a Juan Bernardo Dávalos y 1.737 a Magdalena Patiño. Tacuatí 2.561, 513 de Benigno López. Tobatí.2.561, pero sólo de la sucesión de Susana Agüero, 905. Caapucú fue el partido de mayor suministro: 20.000 cabezas, de los cuales las sucesiones de Gregorio León, Manuel Mongelós y Miguel Báez dieron 2.339, 1.060 y 910 respectivamente, y Susana Aristegui 1.190. A la siguiente requisitoria de enero estos mismos propietarios de Caapucú volvieron a remitir 3.309, 1.363, 1.236 y 1.704 cabezas, respectivamente.

         En cuanto a Villa del Rosario, alejada del teatro de la guerra, y feudo de los Carrillo y de los Rojas, la parentela del Presidente, el detalle de los aportes señala: el General Vicente Barrios 600, Venancio López 1.010, Benigno López 1.500, Juana Carrillo con su hija Rafaela López 1.125, Manuel Trifón Rojas 2.186, además de la multitud de otros Carrillos, Rojas y demás, que completaron el cupo.

         Las estancias del país se despoblaban implacablemente, a cambio de billetes que el curso cada vez más desfavorable de la guerra, condenaba a papelería inservible. La generalidad de los hacendados ya no creían en discursos ni en victorias. Se sentían derrotistas, y fueron los primeros conspiradores. Y de un modo tan insensible como perfectamente natural, a la cabeza de los traidores se encontró toda la familia originaria del Mariscal Presidente, con la nata de los dignatarios del Gobierno y de la Iglesia, y no pocos jefes militares. Para salvarse de una ruina inminente -concordaron- había que poner fin a la guerra y si era necesario, eliminar físicamente al único obstáculo, a Pancho, como era llamado el Mariscal.

         Y contaban, es obvio, con la complicidad activa de los extranjeros de Asunción, y de sus Cónsules y Ministros.

         El final es conocido.

         Pero la gente humilde que daba al Ejército todo lo que tenía aparte de los hijos, su poca de naranjas, huevos, cigarros, chipas, velas o typyraty, en ningún momento demostró el mismo apuro para pactar con el enemigo y acabar con la guerra.

 

         Al margen del pensamiento de las clases altas, la guerra proseguía su curso inexorable. El 12 de marzo de 1867 desde Caacupé, el juez de Paz y el Jefe de milicias expresaban al Vice Presidente Sánchez, su pesar por la sensible muerte "del benemérito General Díaz", de lo que se informaron en el Semanario, y que de acuerdo con el Cura -agregaban- se mandó oficiar el día 4 una solemne misa cantada por la salud y el acierto de S.E. el Mariscal Presidente, y al otro día la misa de réquiem "por el alma inmortal del General Díaz".

         Poco más tarde, como todas las mujeres del resto del país, 152 caacupeñas manifestaban sus joyas en papeletas firmadas, y como "hijas de la Patria" las ponían a disposición del Jefe Supremo, el Mariscal López. Leamos al azar algunas de esas papeletas:

         María Asencia Fariña y sus hijas Juana, Marcelina y Pascuala:

Un rosario de oro, 5 canutillos de oro, 2 pares y un lado de sarcillo de oro, un anillo de oro de ramales con peso de 10 adarmes.

         Juana Evangelista Giménez:

Un anillo de oro con topacio, un par de anillos de oro con piedras y 2 canutillos y 2 gramos de oro con peso de 3 adarmes y 3 onzas.

         Josefa Antonia Lesme:

Un rosario de oro con una cruz de oro, un rosario de coral con 18 gramos de oro y una cruz de oro, un collar de corales con 7 canutillos de oro y un par de sarcillos de oro con topacio, con peso de una onza y 11 adarmes.

         Nicolasa Ortega:

Un rosario de oro, un rosario de coral con 40 gramos de oro con peso de 13 adarmes.          María Pascacia Saracho:

26 gramos de oro y una cruz de oro con peso de 2 adarmes.

         María Francisca Aquino:

21 gramos de oro, un canutillo de oro y un par de sarcillos de oro con piedras con peso de 3 adarmes.

         Pasados dos años de guerra, el Mariscal ordena al Vice Presidente desde Paso Pucú que releve a los niños de la obligación de asistir a clase. Las "casas de escuelas" se llamaron a silencio, y los alumnos dejando las cartillas, se quedaron en las chacras para sumarse a sus madres y abuelos en la dura batalla contra el hambre.

         Pero de las amelgas, los púberes pronto saltarían a las trincheras:

 

         "Viva la República del Paraguay

         Lista nominal de los individuos enrolados en este partido para el servicio de las armas y son los siguientes:

Bernardino Salcedo

Feliciano Francia

De la Cruz Ferreira

Rufino Núñez

Gregorio Rojas

Victoriano Gaona

Apolinar Ojeda

Pablo Brítez

Antonio Núñez

Lorenzo Aquino

Bonifacio Báez

Pio Saracho

 

Total: 12

 

         Caacupé, Diciembre 11 de 1867.

 

         Doroteo Ramírez".

 

         El 1° de agosto de 1868 el Comandante Justo González y el juez de Paz Francisco Gómez informaban al vice Presidente, desde Caacupé, lo sembrado en el mes:

Tabaco ...........................................144 liños

Maíz ............................................7.405 liños

Rama ...........................................2.340 liños

Habilla .........................................2.274 liños

 

         Y añadían que todo se mostrabas lozano y anunciaba abundancia.

         En esos precisos momentos Humaitá sucumbía, y los liños en el frente eran de cadáveres. El camino quedó despejado para los aliados, y se presentía el vértigo final.

         El 3 de setiembre los aliados alcanzaban San Fernando. El 10 Villa Franca. El 23 Surubi-y. El 5 de diciembre comienzan a explorar los caminos que de Villeta conducen a Asunción. Después del baño de sangre de Itororó, el 10 se ofrece el inaudito heroísmo de Abay. Y el 27, Lomas Valentinas. El Mariscal retrocede una vez más, y se atrinchera en Ezcurra, al pie de Caacupé. Y la Capital que se trasladó a Luque, ahora se halla en Piribebuy.

         La Cordillera es la nueva esperanza de López. En sus onduladas y siempre azules serranías flamea ahora el estandarte de la dignidad de los paraguayos como Nación.

         Desde la nueva Capital, el Ministro José Falcón transmite a Francisco Gómez la orden de despachar dos baqueanos, uno hasta Itacurubí, Manduvirá, Ipitá y Arecutacuá; el otro hasta Olivares, Manduvirá y Limpio. El 4 de enero de 1869 volvían a Caacupé para informar sobre aquellas zonas, Francisco Colmán y Matías Meza.

         Esa misma noche los ejércitos de la Alianza, una mescolanza de gauchos, de negros y de rústicos mercenarios europeos, velaban con el kepis puesto. Al amanecer entraron por fin a saco en las desiertas casas de Asunción, y se enseñorearon en el silencio con memoria de siglos, de las calles de la ciudad madre del Río de la Plata.

 

         A trece leguas de las banderas brasileras que cubrían el cielo asunceno, y en dirección opuesta, a legua y media de la tricolor que ondeaba en el Cuartel de Ezcurra, ya Caacupé tenía metida la guerra entre pecho y espalda.

         A las familias del sur y del centro del país, repuntadas una y otra vez ante la aproximación del enemigo, el Gobierno llamaba población residente, y a las mujeres en ella mayoría, residentas. En Caacupé se acomodaron en los cuartos y corredores de sus seiscientas casas de paja, en cobertizos improvisados bajo los árboles, o entre los trastos, en sus propias carretas.

         En las bucólicas callejuelas se entremezclaban ahora con las trenzas de las caacupeñas, el rodete de las asuncenas, los rizos dorados de algunas ladys europeas, y la redecilla en la frente de las cacicas guanás, con el niño dormido en las espaldas.

         Caacupé era una Babel.

         Los piqueteros de la guardia, enfermeras, chasques, corneteros, miriquinás, carniceros, residentas, y funcionarios en nervioso trajín, tropezaban con gente escuálida tirada en el suelo, perdida la mirada en los cerros, o con muñones de soldados de piernas amputadas, que partían cocos en la piedra.

         El corredor de la iglesia se reservó a las familias brasileras, casi todas de Matto Grosso. Recostadas en las barandas, palpitaban cercana su liberación. Al otro lado de la plaza, moscas, sangre y hedor. Era el Hospital con más de 600 heridos, enfermos y moribundos, algunos sobre el pasto, sin intermediarios con la muerte.

         El gigantesco Arsenal se había desmontado en Asunción. En fragmentos fue orillando Luque, y a través del Lago, y por Altos, fatigosamente, alcanzó Caacupé. En extensos galpones de teja y de paja se acondicionaron sus enormes máquinas, cubos, ruedas, émbolos, tornos, brocas, taladros, y mientras se armaban las calderas y los rieles para las zorras, y se alzaban el alto horno y las chimeneas, se fue disponiendo la carbonera, las piletas y los desagües, y sobre unos mesones el instrumental de precisión.

         Al poco tiempo, bufando humo y vapor, esos galpones alimentaban de nuevo al Ejército con tres grandes bocas de fuego por semana, amén de obuses cortos de bronce, cañones de 3 pulgadas para la Caballería, balas, lanzas y fusiles recompuestos. Era un colmenar de más de cien operarios rodeando a una treintena de técnicos europeos, casi todos británicos. Para apresurar la indefensión del Paraguay, el Ministro inglés Gould se había tomado el trabajo de viajar desde Buenos Aires en una hipócrita Misión de Paz, y so capa de "humanidad" pretendió llevarse a sus compatriotas.

         Pero esos flemáticos profesionales que abandonaron una Europa donde ni en sueño ganarían lo que el Paraguay bajo contrato les ofreció, y aún pagaba en tan dramáticas circunstancias, permanecieron tan indiferentes a la aviesa intención de su Ministro, como al sufrimiento y la agonía del país en que medraban.

         Desde Piribebuy, el cercano asiento de la Administración civil, se les siguió abonando los sueldos con la puntualidad del reloj, aun después del 11 de Mayo de 1869, cuando el jefe brasilero Coronado con un golpe de mano sorprendió a la fundición de Ybycuí, entresacó de la fila de los prisioneros a su Comandante Julián Insfrán, y después de ultimarlo con la mayor cobardía, destruyó en parte las instalaciones. Veintiocho días más tarde los imperiales entraron por segunda vez, e incendiaron el establecimiento, antes de ahogarlo definitivamente con el cierre de las exclusas.

         Pero en Caacupé quedaban con la última reserva de hierro, tareas inconclusas.

         Los ingenieros jefes Juan Nesbit y Miguel Hunter percibían 2.500 y 2.000 dólares mensuales, aparte de las horas extras. Y el resto, maquinistas, cobreros, herreros, caldereros, armeros, modelistas y ayudantes, entre 1.200 y 900 dólares, también fuera de las horas extras. Sus nombres están al pié de los recibos datados "Arsenal Caacupé" de junio de 1869, que hasta ahora se conservan:

         Juan Naylor                            Carlos Richards

         Jorge Góbing                          Juan Lattuada

         Tomás Maggs                         Carlos Schutt

         Francisco Spirey                    Francisco Zeno

         Henrico Porter                        Jacobo Vladislao

         Jaime Martin                           Ricardo Tranter

         Jaime Cambridge                   Guillermo Kind

         Leonardo Charles                   Guillermo Smith

         Henrico Kirbay                         José Boothby

         Guillermo Patterson               Carlos Thompson

         Guillermo Mac Culloch          Julián Ríos

         Jaime Lusnsden                   Carlos Crane

         Jorge Miles                            Juan Hickingbotton

 

 

         Pero Piribebuy estaba   para algo más que proveer sueldos de ingleses. Sin una Capital no había Estado, y sin Estado López no sería más que un montonero. Y aunque cada mañana al despertar se trataba de olvidar que podía ser la última, las oficinas del Estado seguían funcionando con la diligencia acostumbrada en las casas que rodeaban la plaza.

         Pese a la soberanía territorial tan menguada, los Ministros de Gobierno y de Hacienda llevaban con la prolijidad de siempre los libros, las cuentas y la correspondencia. Y las autoridades de Ajos, Caraguatay, Villarrica, Ihacanguazú, Itapé, Hyaty y Valenzuela, asediaban como de costumbre al administrador de Patentes y Papel sellado con sus reclamos de sellados de 1º, 2º y 3º clase.

         En los almacenes de Piribebuy se llevaba un riguroso inventario. Pero de pocas localidades podía llegar ya el socorro de nuevos vestuarios. En los telares las fibras de coco alternaban cada vez más con el algodón y la lana. Desde Unión, José María Hermosa comunica al Ministro José Falcón que los ponchos que a toda prisa manda hacer son de filamento, porque la lana de las pocas ovejas de los vecinos está agotada.

         En los juzgados proseguían las causas civiles, y los Secretarios llevaban puntillosamente sus registros. El más atareado era el de Menores, por imperio de los muchos huérfanos cuyos bienes debían ser asegurados.

         Para los recibos y las misivas se autorizó el dorso de borradores y papeles sin importancia, que se fraccionaban hasta en ocho partes. En uno de esos papelitos firmó Solalinde, el jefe de Policía, el recibo por una botella de caña para el alférez Quintana, a pedido de Francisco Roa, y también por el jabón para la tropa, y las velas para el Hospital y la Comandancia.

         Todo estaba racionado, hasta los símbolos de la Patria. En los depósitos quedaban apenas seis banderas, y sólo cinco después que se mandó una a Caacupé, para el mástil de la plaza. El arroz estaba reservado para dieta de convalecientes, y se enviaba 1/4 de almud diario a cada Hospital. Cuando del frente de Ezcurra llegaron 40 mujeres con 28 párvulos para pasar por recomendación del Mariscal a Caaguazú, Solalinde firmó al Colector el recibo por los 3 almudes de typyraty que les entregó de avío. Pero quien protestaba al Colector era Jara, el administrador del hospital de Caacupé, porque retardaba la provisión del maíz como si ignorase que el consumo diario de los enfermos era de 9 a 10 almudes diarios. Los hospitales también recibían tiza y papel de astraza.

         Los servicios públicos significaban 300 bocas para alimentar. Los 15 que fabricaban salitre en Caraguatay, el carnicero con los 4 peones del ganado, el carpintero Lezcano y sus 10 hacheros, los 6 que cuidaban las aves de corral, los 17 de la herrería, 14 peones dentro del pueblo, 5 carboneros, y los 225 guanás de la parcialidad quiriquinao, que los paraguayos pronunciaban miriquiná.

         En todos los casos el typyraty sacaba de apuros.

         Tampoco vivían del aire los caballos de la señora Lynch, la compañera irlandesa del Mariscal. Eran 28, y con las patas reclamaban su almud diario de maíz. El caballerizo principal retiraba del jefe de Policía, quien antes firmaba un papelito:

 

         "Recibí del almacén del Estado un saco de 8 almudes de maíz y 6 libras de sal para consumo de los caballos cocheros de la señora Madama. Piribebuy, Marzo 1° de 1869. Solalinde".

 

         Los pueblos aún cumplían con el Decreto sobre agricultura, y los informes se dirigían a Piribebuy. Pedro Lucena reemplazó en Caacupé a Justo González. La cubierta de su informe decía: "A S.E. el Sr. Ministro de Gobierno en Piribebuy - Del jefe de Milicias de Caacupé". Desdoblada, se lee:

 

         "Viva la República del Paraguay!

         En cumplimiento del Supremo Decreto cuya fecha no tengo presente, participo a V.E. que desde su ingreso al mando de esta jefatura de Caacupé por Despacho Supremo del 19 de enero último, según la razón que he tomado al fin de este mes del sembrado puesto por los vecinos y residentas, tenemos de sembrado:

36.043 liños de maíz

26.287 liños de poroto (con inclusión de habilla y un poco de maní).

         Alguna parte de lo sembrado, así como los mandiocales se hallan perjudicados por la mucha humedad hasta en los lugares más elevados, en que está manando agua. En lo demás da muy buena esperanza, por su lozanía y cultivo, así como por la aplicación de la gente a mi cargo.

         Dios guarde a V.E. muchos años,

 

         Caacupé, febrero 28 de 1869. - Pedro Lucena".

 

         Ya no habrá otro informe. Este fue el último.

 

 

         Dominando los aliados el gran cajón de Pirayú, se aguardaba una decisiva batalla en Ezcurra. El suspenso tensaba el aire. Sorpresivamente, con un esfuerzo supremo, los brasileros ejecutaron una gran maniobra envolvente que les permitió poner los pies en la Cordillera el 7 de agosto, después de ascender por el desfiladero de Valenzuela, que recién comenzaba a fortificarse. El 10 tomaron esa capilla, y el 12, en una desigual batalla, y en medio de un rio de sangre, sucumbió Piribebuy.

         A la mañana del día siguiente, un Conde d'Eu eufórico se ponía en marcha hacia Caacupé, seguro de atrapar a López y anunciar el fin de la guerra. Sus ingenieros ya exploraban el Itú. Con la torre de la iglesia a la vista, cuando distaba de ella apenas 11 kms. con 900 metros, un aviso le dejó tieso. Antes que él, López acababa de pasar por Caacupé. El Mariscal en efecto había descansado en las afueras cerca de una hora, y repuesto con sus tropas de la fatiga de la penosa arribada, siguió apresuradamente su camino, el único que restaba.

         Después de atusarse la perita el Conde se apeó. Miró su reloj de faltriquera que cincelado en oro extrajo del chaleco, y escribió a Victorino una misiva que hasta ahora existe:

 

        

 

         "Caacupé, 15 de agosto de 1869, 11 horas.

         Sr. Marechal:

         O López safou-se de Ascurras con todo seu ejército, passó por aquí antes de ontem a noite en direcao, dizem do Barrero Grande.

         Queira pos, V.E. contramarchar con seu corpo de ejército por Piribebuy a Barrero Grande. Mande porem, logo adiante o Cámara con a cavalería e o Regimento de artillaría... Pode ser que éste (López) tenha tomado o camino de San José, mas e mais provabel que fosse a Caraguatay.

         Como quer que seja, V.E. encarezca ao Cámara a inmensa importancia de apoderarse desta pressa (López), e o servicio incomparábel que prestaría a Patria se conseguisse efetuá-la.

         Confía na atividade de V.E.  este seu amigo.

 

         Gastao".

 

         Reanudó la marcha, y a las 13 y 30 hacía su entrada en Caacupé el yerno del Emperador. Una población famélica, mujeres, niños, ancianos, fue saliendo de los montes. No se acercó demasiado a una fetidez insoportable, a los enfermos y heridos que yacían en el Hospital. Pero de lejos contó 30 cadáveres todavía insepultos. Echó una mirada curiosa a la pequeña imprenta volante que le señalaron, con su tipografía ya compuesta y a punto de imprimirse para la tirada del 12 de agosto del periódico "Estrella". Ese último número murió, como un feto en el vientre. El que hacía de Director, que también lo era del Hospital, el médico italiano Parodi, se le presentó con su hija. De todos lados aparecían europeos, más de 70 de distintas nacionalidades, entre ellos los ingleses.

         Pasó a maravillarse ante los galpones del Arsenal y comprobó la existencia de 22 cañones en distintas fases de ejecución, algunos casi terminados. Sonaban como campanas. Ni la soldadesca de "voluntarios da Patria", los negros de Bahía y Pernambuco, ni el gauchaje del Río de la Plata, jamás tuvieron ante los ojos un complejo siderúrgico semejante. Apenas conocían en sus países el taller del herrero que forjaba alcayatas, rejas, o marcas de ganado, y el de los hojalateros el inmigrante polaco o italiano que soldaba tachos. Las maquinarias estaban a medio destruir, y ordenó prender fuego. Durante tres días ardió el Arsenal Caacupé. La negra humareda se elevó como un listón de luto sobre la Cordillera. Señalaba el estertor final de la orgullosa civilización paraguaya.

 

         En aquel mismo día, casualmente, se escuchaba en Asunción, discursos, brindis, tintineos de copas de champagne. Los representantes políticos de la Alianza estaban saludando al "Primer Gobierno libre del Paraguay", la instalación de un Triunvirato.

         Pero bien que en el acuerdo previo de las cancillerías quedó aclarado que no sería una suerte de cuarta potencia aliada contra López, sino un mero auxiliar de la Triple Alianza, si bien a un nivel más respetable que la Legión. Y que sus integrantes debían ser necesariamente "simpáticos a los aliados e inspirarles confianza,".

         Fue por de pronto el arbitrio para la designación de las autoridades subalternas, curas y jueces de Paz de los pueblos que iba dejando López en su retirada. Lo que irrumpió sin ningún disimulo fue la avalancha de extranjeros, proveedores y contratistas de los ejércitos aliados, y toda laya de saltimbanquis y ganapanes, que adueñados de las mejores viviendas con sus depósitos, boliches y emblemas masónicos, se conducían como los verdaderos monarcas de Asunción.

         La paraguayada era escasa, y de heterogénea procedencia. Muchos no se conocían, jamás se habían visto, y confraternizaban por primera vez a la sombra de las carpas aliadas. Eran los exiliados del tiempo de Carlos Antonio López, los integrantes de la Legión, y en ella los nietos del Coronel Espínola del brazo con los del Coronel Zavala, los héroes y soldados de López depurados como desertores o "pasados", los prisioneros de Uruguayana, los estudiantes becados en Europa, y los viejos cónsules y comisionados a quienes la guerra sorprendió en el exterior.

         Esa fue la cifra original disponible por los aliados para semillero de una nueva profesión en el Paraguay: la de dirigente político.

         Fueron en consecuencia quienes recibieron la orden de los Ministros aliados de peticionar el permiso, concedido de antemano, para la asamblea que mediante "elecciones" debía designar al proyectado "Primer Gobierno libre". Pero la elección más acertada fue la sede: el Teatro Nacional.

         El Brasil en particular costeó los primeros gastos. Pero ya caía por fin en Piribebuy, en las garras de su ejército, el famoso Tesoro público del Paraguay. Después de atravesar por el cedazo de las codiciosas manos de Generales y Ministros, se entregó bajo inventario a los triunviros. Era una riqueza incalculable en piezas de oro y platería fina, sin contar su valor histórico y artístico, que el doctor Francia y los López mantuvieron intacta a lo largo de sesenta años. Pero el Triunvirato sólo necesitó de sesenta segundos para disponer su enajenación fuera del país. El triunviro que oficiaba de Ministro de Hacienda se embarcó para Buenos Aires con esta comisión, llevando consigo el irremplazable patrimonio que pertenecía al pueblo y a la Historia del Paraguay.

         Pasó el tiempo y el Comisionado no envió el importe, no rindió cuentas, no escribió ni regresó al país. El inventario, el tesoro, y el triunviro, todo se esfumó sin dejar rastros.

         La "regeneración" del Paraguay acababa de dar su primer fruto.

         Como por ironía, los generales brasileros no salían de su asombro, y volvían del frente atónitos al comprobar que del lado de López, aún desfalleciente y con hambre, nadie tocaba una vaca de las que pastaban en los caminos o deambulaban por los montes, por reputarla un bien del Estado, patrimonio colectivo del pueblo.

         Las trincheras no dividían solamente dos ejércitos. Separaban también dos conceptos antagónicos de moral pública, dos estilos de patria, dos culturas.

         A este lado, con las tropas de ocupación crecería una dirigencia política castrada de toda veleidad de economía independiente. Con el frac de segunda mano de los políticos de la Alianza, aprendieron las poses del "estadista", las delicias de los empréstitos públicos, y el arte de presidir la enajenación de un país. La clave de la grandeza del pasado, la yerba y la navegación, la presa predilecta, fue lo primero que pasó a las ávidas garras de las sociedades mercantiles extranjeras constituidas ad-hoc, o hablando con el tecnicismo hoy en boga, lo primero que se "privatizó".

         Sin embargo,       la Inteligencia aliada no prohibió a los paraguayos hablar de Independencia nacional. Pero sólo los 14 y 15 de mayo, días del romanticismo, la escarapela y los moños. Mediante esta liberalidad algo al menos se incrementó en el país después de la Guerra: los "próceres de Mayo". La inventiva se mostró inagotable. Hubo encuestas. Cada día se descubría uno nuevo. Desde Buenos Aires, Ángel J. Carranza y el Centro Paraguayo se pasaban enviando próceres por correo. Y no pocos historiadores paraguayos vivieron también, con el prócer propio.

         Pese a todo, el doctor Francia no pudo ser extirpado. Y si no hubo más remedio que tolerar su figura, fue sólo a la manera de las películas de terror del cine mudo. Sin voz, sin color y sin luz. Quedó como el "sombrío" por antonomasia. Y sus enemigos por consiguiente, todos fueron titulados "ilustres".

         Sin ambos antónimos en el diccionario, y sin la ambigüedad de la muletilla "prócer" introducida de la terminología histórica porteña, nadie según parece hubiera podido escribir ningún capítulo, ni una sola página de Historia del Paraguay.

 

         Después de declarar fuera de la ley a Francisco Solano López, "desnaturalizado paraguayo traidor" y enemigo del género humano, y de ratificar el nuevo credo,       la fe ciega en la inmigración y en el capital extranjero, el Triunvirato nombró el 2 de setiembre al nuevo juez de Paz y al nuevo Cura de Barrero Grande, el 4 a los de Caacupé, Tobatí y Ajos, y el 6 a los de Atyra.

         Apenas habían pasado 22 días desde que el Mariscal reposara de sus fatigas en las afueras de Caacupé, cuando llegaron las nuevas autoridades del pueblo. De tal suerte el primer Centenario de la Capilla de la Virgen de los Milagros de Caacupé pasó desapercibido en medio de la desolación de la guerra, y con su plaza hollada todavía por la insolencia de las botas brasileras.

         La Guerra continuaba, y llego el 8 de diciembre de 1869. El día de la Inmaculada sorprendió al mariscal en el Campamento de Arroyo Guazú.

         Aunque lejos del boato de la Catedral y de la fastuosidad de los banquetes del Seminario, el Mariscal hizo oficiar una misa de campaña y luego reunió en su mesa a jefes, sacerdotes, funcionarios, algunas señoras, y a su familia. Hubo un discurso y a los postres habló el Mariscal. Todos le miraban. Pese a la estrechez, a los rudos contrastes, y a tantas notorias y sentidas ausencias, su rostro empavonado por el sol mostraba la serenidad del bronce. Ya era eterno.

         El padre Maíz compartió esa modesta celebración y la mesa de López, a menos de tres meses del holocausto final. Cuando todo acabó, Maiz anticipándose dio un vuelco, y se arrojó a los pies del Conde d'Eu para ameritar su prisión anterior a la guerra.

         En su carta al Generalísimo brasilero del 12 de abril confesó lo que luego callará en sus libros. Y aludiendo a López, de cuya gloriosa muerte acababa de ser testigo, dice:

 

         "Habiendo sido antes opuesto a él en política y como tal trabajé en 1862 para impedir su elección de Presidente, lo cual me acarreó una prisión de 4 años...

         Era Benigno con quien habíamos acordado para combatir la elección de López en el Congreso de 1862...

         Hoy ha desaparecido aquel vampiro... Maldición a su execrable memoria!...   Perezca para siempre su nombre funesto!"

 

         Se dice a veces que la historia tiene hilos invisibles. Casi 60 años atrás, el 13 de enero de 1813, antes que Fidel Maíz naciera, su padre Juan José Maíz, juez Comisionado de Urundey, fue reprendido y destituido del cargo por su desprecio a la junta, en un escrito que delataba su desafección a la causa de la independencia. La providencia fue firmada por Fulgencio Yegros, Pedro Juan Caballero, Fernando de la Mora, y por quien sin pensar dos veces la redactó de su puño y letra, el doctor Francia. Maíz que estaba en la Capital, fue llamado por el Secretario Mariano Larios Galvan, y en el corredor le notificó.

         Y poco después el presbítero Marco Antonio Maíz, tío de Fidel, y hermano de su padre, utilizó con perfidia el púlpito para zaherir y desahogarse en un sermón contra la causa de la libertad de la Patria, con escándalo de sus feligreses. Francia se limitó a meterlo en prisión en un tiempo que por mucho menos, en Buenos Aires se fusilaba.

         Cuando el Dictador Francia falleció, Fidel era un niño de 12 años. Y en 1915, con 91 años de edad, recordó en unos apuntes de su mano que don Fernando Velázquez el Sargento de Compañía, fue el primero que a su casa llevó la noticia de la muerte del Dictador, sollozando desconsoladamente, y con la voz entrecortada: Yapáma, yapitáma tirei, omanóma caraí guazú!. Conmovido el pequeño Fidel no pudo contenerse y prorrumpió en gemidos y sollozos, arrastrado por la incontenible marea de la congoja campesina.

         Cuando Velázquez se retiró, Juan José Maiz, haciendo a un lado a su azorada esposa Prudencia Acuña, se apoderó del látigo de tres ramales y le infligió al pequeño Fidel un tremendo castigo, por no haber evitado -le dijo- el llanto por la muerte de un tirano.

         Parece indudable que si el doctor Francia hubiera fracasado, no habría faltado tampoco un Maíz a los pies de Pueyrredón o de Fernando VII.

         El ex-Rector consiguió su objetivo, un monitor lo embarcó como prisionero de guerra, y llegó a Río de Janeiro. La guerra había terminado, pero no el desamparo de la gente que seguía buscando con desesperación a los suyos. Y mientras Maíz se alejaba de su Patria, en Luque Juana Pabla González conducía de la mano a tres huérfanos, hijos de su hermana Mónica, para encontrar un techo en Limpio. Esos niños se llamaban José Patricio, Juan Sinforiano y Silvana Bogarín.

         Al regresar el padre Maíz se vio de nuevo sumergido en el ojo de otra tormenta: la Cuestión Religiosa, Cuando amainó, halló los días de sosiego necesarios para promocionar a la Virgen de Caacupé.

 




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