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VERÓNICA SERAFINI GEOGHEGAN


  ECONOMÍA FEMINISTA, 2011 - VERÓNICA SERAFINI GEOGHEGAN


ECONOMÍA FEMINISTA, 2011 - VERÓNICA SERAFINI GEOGHEGAN

ECONOMÍA FEMINISTA

VERÓNICA SERAFINI GEOGHEGAN 

COLECCIÓN LA MUJER PARAGUAYA EN EL BICENTENARIO

 

 

© Verónica Serafini Geoghegan (Compiladora)

Economía Feminista

Ateneo Cultural Lidia Guanes

Secretaría de la Mujer de la Presidencia de la República

Presidente Franco y Ayolas - piso 13 y planta baja

Tél: (595) 21- 450 036/8

 info@mujer.gov.py

www.mujer.gov.py

Editorial SERVILIBRO

25 de Mayo y México

Plaza Uruguaya

Asunción-Paraguay

Telefax: (595-21) 444 770

servilibro@gmail.com

 www.servilibro.com.py

Dirección Editorial : Vidalia Sánchez

Diseño de tapa: Carolina Falcone Roa

Diagramación : Mirta Roa Mascheroni

Asunción - Paraguay

2011 (249 páginas)

 

Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328/98

Reservados todos los derechos

Impreso en Paraguay

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

LA INCORPORACIÓN DE LA MIRADA

DE GÉNERO A LA CIENCIA ECONÓMICA

 

         Tengo el agrado de presentar este trabajo de Verónica Serafini, que es el fruto de gestiones solidarias y tiene su historia: "Estaba una tarde de trabajo comentándole a Gustavo Codas, que para el Bicentenario una de las tareas que desde la Secretaría de la Mujer teníamos previstas era editar libros que hagan visible a la mujer como productora de ideas, literatura, poesía, ensayos, historia, desarrollo y así las cosas me dijo Gustavo Codas, ¿porqué no publican un trabajo que está preparando Verónica Serafini? sobre La incorporación de la mirada de género a la Ciencia Económica ya que ella pertenece a una Red de Economistas Feministas y está haciendo un trabajo de recopilación e investigación. Obviamente me encantó la idea. Luego de leer todos los ensayos me gustó aún más el proyecto, que tendrá tres partes: este, que es el primer libro; una compilación y análisis de la Teoría Económica; y una exposición del estado de la Ciencia Económica en esta temática que brinda a la lectora y al lector la posibilidad de tener en un solo material el trabajo de mujeres feministas que han hecho la historia de las luchas y las conquistas de las mujeres en esta área tan poco estudiada.

         Tener a mano estos trabajos juntos, es un privilegio.

         De la colección "La mujer paraguaya en el Bicentenario", éste es el 8° libro. Desde la Secretaría de la Mujer esperamos en el 2012 seguir presentando libros escritos por mujeres.

         Con el artículo de Miriam Nobre, La Economía Feminista, este libro presenta los principales aportes de la Economía Feminista a la Ciencia Económica, sobre todo partiendo de una crítica a los principales postulados de la escuela neoclásica o lo que ella llama paradigma dominante. Ella señala que el aporte de la economía feminista es hacer visible la contribución de las mujeres en la economía. Produce investigaciones que consideran el trabajo de una forma más amplia, incluyendo el mercado informal, el trabajo doméstico, la división sexual del trabajo en la familia, e integran la reproducción como fundamental para nuestra existencia, incorporando la salud, la educación y otros aspectos relacionados como temas legítimos de la economía. Otra línea de aporte son las estadísticas que cuantifican el trabajo no remunerado de las mujeres en la familia y en la comunidad y las incluyen en las cuentas nacionales, en los cálculos del producto interno bruto y en los presupuestos.

         Según Cristina Carrasco: Diversas autoras estudian las raíces de la invisibilidad económica de las mujeres en los economistas clásicos- el "olvido" de las actividades no mercantiles, su articulación con la producción capitalista y la participación de las mujeres en la creación de "capital humano". En el área de la economía les aseguro que este trabajo es muy valioso, ya que la economía es la disciplina que goza de mayor poder y en consecuencia, es la que mantiene el dudoso privilegio de continuar bajo dominio masculino, afirma Cristina Carrasco en su trabajo La economía feminista: una apuesta por otra economía, díganme ¿si este título ya no es una tentación? Ella cuestiona el sesgo androcéntrico de la economía, que se evidencia en las representaciones abstractas del mundo, centradas en el mercado donde se omite y excluye la actividad no remunerada o sin valor mercantil, orientada fundamentalmente al cuidado de la vida humana y realizada mayoritariamente por las mujeres.

         Carrasco presenta también un subtitulo donde analiza el debate sobre: "a igual trabajo igual salario". Tema muy interesante porque analiza un problema cuyo debate comenzó a finales del siglo XIX y aún hoy no ha sido resuelto. Esta discusión no sólo analiza la desigualdad salarial, sino también la situación de las mujeres en una sociedad capitalista.

         Como afirma Cristina Carrasco: Sostener que los salarios de las mujeres deben ser menores por razones de diferencias en las obligaciones familiares, como estaban manteniendo algunos economistas neoclásicos, pone directamente en cuestión la validez y universalidad de la teoría de la productividad marginal como determinante de los salarios tal como sostiene la teoría neoclásica.

         El trabajo de Sonia Parella Rubio: "Repensando la participación de las mujeres en el desarrollo desde una perspectiva de género", analiza los principales enfoques teóricos en el estudio del desarrollo desde una perspectiva de género y según lo expresa al comienzo del análisis las palabras claves son: género, desarrollo y globalización. Parella demuestra a lo largo de todo el recorrido por las teorías del desarrollo que el trabajo de la mujer es considerado como si fuera una contribución obligatoria a la sociedad, "natural" del rol reproductivo de su género, mientras que sus actividades productivas no están cuantificadas.

         Es muy valioso el camino teórico que realiza Parella, analizando los principales enfoques del desarrollo mirando con "lentes lilas", es decir con enfoque de género. La autora pone de manifiesto que a la hora de explicar la ausencia de las mujeres en los estudios sobre desarrollo deben tenerse en cuenta una serie de factores, ubicando en primer lugar, el predominio del discurso de la mujer como económicamente inactiva, tanto desde la academia como desde las representaciones sociales. Destaca también la de la antropología social, que ha introducido la importancia de las diferencias sexuales en el desarrollo y el carácter contestatario del feminismo que ha provocado que en los círculos conservadores, tanto académicos como políticos, se haya considerado el activismo de las mujeres como una amenaza a las estructuras de poder económico y social. A lo largo de todo su trabajo Parella Rubio pone de manifiesto la relevancia del papel de la mujer en el tercer mundo arrojando luz, tanto sobre la producción femenina en la economía agrícola, como en el ámbito doméstico, en los oficios tradicionalmente femeninos -por ejemplo la costura- y su participación masiva en el mercado de trabajo, hecho que no las exime de tener que seguir realizando la mayor parte del trabajo reproductivo porque, lamentablemente, los nuevos roles laborales no significan una ruptura con los viejos roles domésticos. Es impresionante el análisis sobre este nuevo proletariado femenino que constituye una fuerza de trabajo especialmente flexible, disciplinada y barata, sin dejar de lado las relaciones de género en el trabajo. Parella habla también de que hay un logro de autonomía e independencia para las mujeres, sin embargo, esto tiene efectos negativos porque no se ha producido ninguna modificación en el reparto del trabajo reproductivo y, la mayoría de las veces, el trabajo asalariado supone para ellas alargar la jornada de trabajo.

         En el trabajo de Parella, la mirada de género tiene su punto culminante cuando dice: El patriarcado es inherente a las necesidades del capitalismo, de modo que éste último se sirve de la subordinación de las mujeres en beneficio del capital tanto en la producción doméstica como en la producción capitalista. En otras palabras el patriarcado es utilizado por sistemas clasistas para ejercer control sobre poblaciones diferenciadas en base al género.

         El trabajo de Antonella Picchio titulado: "Visibilidad analítica y política del trabajo de reproducción social", pone de manifiesto la actual invisibilidad del trabajo doméstico y su efecto sobre la vida de las mujeres y sus familias. Dice Picchio El problema de la visibilidad no es únicamente estadístico sino también teórico y político. El trabajo doméstico constituye un estorbo teórico, en el sentido que se considera como "natural" que la mujer se ocupe del trabajo reproductivo sin exigir salarios ni beneficios sociales, ni jubilación. Su enfoque presenta a la actividad doméstica como una incomodidad teórica y un dilema político: El trabajo doméstico es el núcleo de la reproducción social de las personas. No sólo requiere energía física y emocional sino que, además y, como aspecto más importante, sobre él también recae parte de la responsabilidad por la supervivencia, bienestar y felicidad de otras personas.

         Lo más terrible de esta situación es que esta actividad ella lo debe complementar con trabajo asalariado público o privado, y/o con el trabajo social voluntario, con toda la responsabilidad que esto significa. La autora afirma rotundamente que el trabajo doméstico permanece oculto porque sostiene los demás tipos de trabajo formal e informal, asalariado y no asalariado. A lo largo del análisis de Picchio notamos claramente que los paradigmas clásico y neoclásico tienden a pasar por alto el papel del proceso de reproducción, concluye que las raíces de la pobreza de las mujeres se encuentran en su trabajo de reproducción no remunerado.

         Rosalba Todaro en su artículo: Ampliar la mirada: trabajo y reproducción social analiza la flexibilidad laboral y la manera en que los cambios en la organización del trabajo y la producción interactúan con las formas de reproducción de la sociedad actual. Esta autora también pone el énfasis en la reproducción social, debate que comienza en la década de 1970. Dice Todaro: La reproducción social es el proceso dinámico de cambio vinculado a la perpetuación de los sistemas sociales, e involucra tanto factores económicos como ideológicos, políticos y sociales en un proceso de mutua influencia.

         Todaro, también analiza las grandes crisis del siglo XX, un momento muy importante de su trabajo es cuando dice: La reproducción cotidiana y generacional requiere cada vez más es fuerzo y más capacidades para evitar la exclusión. El reparto del trabajo reproductivo, al interior del hogar y en la sociedad, es, cada día más, condición indispensable tanto para la equidad social y de género como para el desarrollo. Ella no analiza profundamente el tema del cuidado, ni las responsabilidades del hogar compartidas, pero abre el camino para una gran discusión que aún hoy está inconclusa. Reitera además la importancia que debemos dar a la flexibilidad laboral, que es la punta de Iceberg de un proceso mucho más complejo que se ha ido construyendo a través del tiempo.

         Alicia Girón presenta un análisis sobre Género, globalización y desarrollo. Comienza diciendo que las políticas macroeconómicas responden a la estrecha relación entre las reformas promovidas por el Consenso de Washington y la diversa gama de intereses económico-políticos; en ese sentido analiza las políticas de los organismos internacionales, especialmente las del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Consenso de Washington con los programas de ajuste y su efecto sobre los países en desarrollo que aplicaron esas famosas recetas. Girón recomienda la lectura de diversos autores para entender mejor estos programas que concluyen explicando las razones profundas de las consecuencias de la crisis y la feminización de la pobreza, afirmando que uno de los efectos de las reformas económicas neoliberales ha sido la agudización de la desigualdad y la pobreza femenina.

         Muy novedoso resulta el análisis que Girón hace sobre el presupuesto general de gastos con perspectiva de género ya que afirma: Las reformas estructurales promovidas por el Consenso de Washington y las políticas económicas del FMI y del BM tienen efectos directos sobre los hogares y las familias. Por ejemplo, las mujeres deben ampliar su jornada laboral para mantener el ingreso familiar y los emigrantes deben enviar dinero a su familia. Esto aumenta la inequidad de género y hace necesarios los presupuestos con enfoque de género para revertir esos efectos, tomando en cuenta los Acuerdos de Beijing y los ODM de la ONU... En los Retos del Milenio se pone de manifiesto el interés por adecuar políticas públicas diferenciadas con enfoque de género como alternativas para disminuir la pobreza a través de presupuestos con enfoque de género, de creer que el "microcrédito" y el financiamiento para empresas en manos de mujeres podrían ser el brinco para encontrar niveles de vida superior.

         En el capítulo sobre Desarrollo y género, Girón habla del paradigma de desarrollo que está en debate ante la inseguridad derivada del cambio estructural. Afirma que siempre para el análisis se ha partido de un mundo androcéntrico y que las necesidades laborales y de decisión giran en torno del jefe de familia. La crisis del modelo de desarrollo económico transformó las estructuras de producción e incluyó a las mujeres en la fuerza laboral, sin que se produjeran cambios para lograr la equidad de género.

         Esta concepción de un mundo pensado sólo en el hombre cuyas necesidades laborales y de decisión han girado alrededor del jefe de hogar ha omitido la necesidad de la presencia de la mujer como motor de cambio. Girón, al analizar los efectos directos del Consenso de Washington y las políticas económicas del FMI sobre los hogares y las familias, recomienda tener en cuenta los acuerdos de Beijing y los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), así como a los países a los países considerar el concepto de capacidades de Amartya Sen para que el desarrollo haga posible la libertad, la justicia, la agencia, las habilidades y capacidades que permiten erradicar la pobreza y la desigualdad.

         Siguiendo con el análisis de la globalización, Helena Hirata y Héléne LeDoaré en su artículo Las paradojas de la globalización, destacan la gran heterogeneidad en sus efectos sobre hombres y mujeres y en las regiones y países, pero señalando que casi la totalidad de los numerosos trabajos publicados... no toma en consideración el hecho de que la población alcanzada por esos cambios macroeconómicos y sociales sean masculinos o femeninos. Se trata de trabajos "gender-blinded". Los estudios realizados desde la mirada de género muestran las desigualdades entre los sexos en el trabajo remunerado, con las ya conocidas desventajas para las mujeres. Sin embargo, estas desventajas están cruzadas, además, por consideraciones de clase, raza y etnia.

         Frente a esta situación, las autoras plantean la importancia de considerar la necesidad de pensar conjuntamente la existencia del "grupo de las mujeres", forzosamente inducido por posiciones feministas, y la consideración de las diferencias de clases, pero también de raza/etnia reivindicadas de forma positiva por las "culturas" de las minorías sociales. Ellas aclaran igualmente, el que reconocimiento de las múltiples diferencias no debería impedir acciones políticas colectivas.

         Quiero terminar esta presentación agradeciendo a Gustavo Codas por la idea de que la Secretaría de la Mujer incorpore este trabajo entre sus publicaciones. Creo firmemente que será muy útil para las mujeres y los hombres que quieran profundizar en el estudio de la economía con "lentes lilas".

         Agradezco a Verónica Serafini por la búsqueda y la selección de los artículos, por habernos otorgado su tiempo y conocimiento sobre el tema. Con esta publicación se inicia una serie de tres libros de la misma compiladora. Aguardamos con impaciencia los otros dos.

         Gloria Rubín

         Ministra Secretaría de la Mujer

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

LA INCORPORACIÓN DE LA MIRADA DE GÉNERO

EN LA CIENCIA ECONÓMICA

 

         VERÓNICA SERAFINI GEOGHEGAN

 

         La Economía Feminista constituye una de las nuevas visiones que irrumpieron en la Ciencia Económica hacia fines del siglo XX. Al igual que otros aportes que buscaron superar las restricciones del análisis económico, esta propuesta enfrenta al andamiaje teórico, metodológico y empírico de la economía desde la filosofía griega hasta el neoclásico, principalmente, por haber sido el predominante en las últimas décadas. Este abordaje se da a partir de una perspectiva multidisciplinaria en la que participan también la historia, la sociología y la antropología.

         Desde los primeros escritos de Jenofonte y Aristóteles (siglo IV a. C.), el rol económico de las mujeres fue asignado a la actividad doméstica y a la producción al interior del hogar, mientras que el de los hombres a aquellas acciones que conllevaran el relacionamiento en la vida pública y el mercado. Recién en el s. XIX, en Inglaterra, empiezan a aparecer otros roles femeninos en el análisis económico, coincidentemente con el incipiente proceso de industrialización y de expansión de la educación en dicho país, que incorpora mujeres al mundo laboral y a la universidad. El Grouchy, marquesa de Condorcet (1762-1822), Jane Marcet (1769-1858), Harriet Martineau (1802-1876), Harriet Taylor Mill (1807-1858) y Millicent Garrett Fawcett (1847-1929) constituyen las primeras semillas de lo que un siglo después iniciaría el movimiento feminista en la Economía.

         Con la llegada del siglo XX, el fenómeno anterior traspasa las fronteras inglesas; la actividad económica de las mujeres se amplía en los mercados visibilizándolas, y la producción intelectual de y sobre mujeres y economía se profundiza. La posibilidad de contar con mayor volumen de información estadística permite mostrar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres, por lo que desde este tema es donde más se aporta al conocimiento de las condiciones económicas femeninas.

         A la mayor visibilidad de las mujeres, tanto en lo económico como en la producción intelectual, la categoría "género" empieza a tomar relevancia sobre todo en la antropología y sociología. Margaret Mead, en 1935, señaló las características conductuales y temperamentales diferenciadas entre hombres y mujeres sustentadas en la cultura, más allá de las diferencias biológicas. Mientras que Simone de Beauvoir, en 1949, con la frase "una no nace mujer, sino que se hace mujer" impulsa el movimiento feminista del siglo XX y la indagación intelectual sobre la interpretación de la igualdad y la diferencia de los sexos1.

         Así, el concepto de "género" aparece como una categoría analítica en las Ciencias Sociales y en la Antropología en general, y en la Ciencia Económica en particular, para explicar los fundamentos del dominio masculino sobre las mujeres a partir de un nuevo enfoque cultural. El determinismo biológico fue superado buscando encontrar la respuesta a las desigualdades en las construcciones sociales. Las nuevas premisas planteaban la necesidad de estudiar la subordinación de las mujeres a partir de las relaciones hombre/mujer y mujer/mujer creadas en el marco del intercambio social.

         Surge, así, el "género" como categoría social en contrapartida al sexo biológico y fisiológico de las ciencias biológicas. Uno de los trabajos más importantes en estos términos es el de Gayle Rubin, quien define al género como socialmente construido en un sistema de sexo/género. El género es para esta autora "el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y en el que se satisfacen esas necesidades humanas transformadas "(1986:9).

         De esta manera se incorpora el factor cultural al estudio de las desigualdades y paralelamente un énfasis en la "diferencia". La lucha y la actividad intelectual profundizaron el análisis de las mujeres, dándole importancia a la diversidad social y cultural existente entre ellas mismas. Con respecto al hombre, se matizó el problema de la búsqueda de la igualdad con la revalorización de las diferencias (Barret, 1990; Scott, 1992; Cervantes Carso, 1993; Haraway, 1993; Harvey, 1994).

         La incorporación de las relaciones de género como relaciones de poder en la economía introduce nuevas variables y recupera otras que perdieron peso con el abordaje neoclásico, amplia la discusión sobre los supuestos y la construcción de los modelos económicos y, sobre todo, enriquece el debate referente a la construcción de una agenda pública económica feminista.

 

         LAS PRINCIPALES CRÍTICAS A LA CIENCIA ECONÓMICA

 

         Paralelamente al avance logrado con la mirada de género al análisis social y etnográfico, la predominancia del paradigma neoclásico durante todo el s. XX, con su supuesto andamiaje teórico y metodológico, puso obstáculos a una trayectoria similar en la Ciencia Económica, limitando su capacidad para incorporar la categoría "género".

         El supuesto de un agente representativo o la caracterización del "homos economicus" como racional, maximizador de utilidad, egoísta/individualista muestra el sesgo androcéntrico de la Economía, ya que en general, en la mayoría de las sociedades, en el imaginario colectivo son los hombres los que cuentan con estas características, mientras que las mujeres son vistas como afectivas/sentimentales y altruistas.

         La existencia de un orden o "mano invisible" que mantiene el equilibrio de las fuerzas económicas deja de lado el conflicto. La negociación está ausente, así como las innegables relaciones de poder entre hombres y mujeres en la toma de decisiones económicas en la familia: quién o quiénes salen a trabajar, quiénes y cómo se deciden los patrones de consumo e inversión familiares, quienes estudian, en qué se ahorra, son algunos de los temas importantes que involucran decisiones.

         La centralidad de los gustos y preferencias, y no la satisfacción de las necesidades, asume a la riqueza social como el conjunto de bienes materiales o inmateriales que son escasos (disponibles en cantidades limitadas) y útiles (capaces de satisfacer un deseo), bienes que, en consecuencia, deben ser apropiables, valorables e intercambiables a ciertas tasas de intercambio o precios, y producibles en la medida en que interesa hacer su cantidad menos limitada de lo que es. Se dejan de lado en el análisis, por lo tanto, los bienes o servicios que no se intercambian en el mercado, pero que igualmente satisfacen las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo como el trabajo doméstico, el cuidado y la socialización de la niñez o la producción para el autoconsumo, actividades que la familia y el Estado le transfieren "naturalmente" a las mujeres.

         La actividad económica sólo vista desde las relaciones de mercado y precios ignora actividades fundamentales para el mantenimiento de la fuerza de trabajo o subsidiadoras de costos y salarios, como el trabajo doméstico y el cuidado de dependientes. La actividad doméstica es una de las primordiales de las mujeres. Ésta ha sido vista, históricamente, como perteneciente a la esfera cotidiana y privada de la mujer en contraste con la esfera pública del hombre: el mercado (Folbre, 1982). Desde esta perspectiva, una gran proporción de horas de trabajo femenino -necesario para el funcionamiento de la economía capitalista- queda invisible: el trabajo doméstico que no sólo incluye servicios, sino también producción de bienes para el consumo familiar, producción agrícola casera de consumo tanto interno como externo a la familia, entre otros. Por lo tanto se deja fuera del análisis el problema de las transferencias de costos desde el mercado hacia los hogares.

         La concepción de políticas económicas neutras al género asume que los resultados de las mismas en las conductas de los agentes, en los sistemas de incentivos o en las normas afectan por igual a hombres y mujeres. Este supuesto no es privativo de la escuela neoclásica, también lo sostiene el keynesianismo. Al respecto, Elson (1990) identifica tres tipos de "sesgos masculinos" en la política económica.

         El primer tipo es el sesgo masculino en cuanto a la división sexual del trabajo, que ignora los obstáculos a la reasignación laboral en las políticas destinadas a producir un tránsito desde actividades no transables a las transables, para lo cual ofrecen incentivos a manufacturas intensivas y a cultivos de exportación. Las barreras de género a la reasignación del trabajo han significado mayor desempleo para hombres desplazados de las actividades no transables, mientras que para cualquier mujer que se inserta en una industria manufacturera orientada a la exportación ha implicado trabajo extra desde el momento en que la actividad fabril se agrega a las labores domésticas no pagadas, que los hombres desempleados aún rehúsan asumir. Es decir, el traslado de las mujeres desde ciertas actividades, como las de cuenta propia, hacia el trabajo asalariado, por ejemplo en la maquila, conlleva problemas relacionados con el equilibrio entre sus "obligaciones" familiares que antes podía adecuarlas por la flexibilidad de horario del trabajo no asalariado y que con su inserción al trabajo asalariado se hace más difícil.

         El segundo sesgo masculino se refiere al trabajo doméstico no pagado, necesario para reproducir y mantener los recursos humanos. En la medida en que las políticas asuman implícitamente que estas actividades deben realizarse sin remuneración, éstas se mantendrán sin importar cómo se redistribuyan los recursos. Esto plantea una crítica al supuesto neoclásico de una elasticidad casi infinita del trabajo doméstico de la mujer y de la capacidad de ella para continuar asumiendo sus múltiples funciones remuneradas y no remuneradas.

         El tercer sesgo masculino tiene relación con el hogar, -institución social fuente del suministro de la fuerza de trabajo-, en la medida en que se supone que los cambios en la asignación del ingreso, en los precios de los alimentos y en el gasto público que acompañan a las medidas macroeconómicas y, fundamentalmente, a las de estabilización, afectan a todos los miembros por igual. La idea de una función de utilidad conjunta lleva a considerar al hogar como un ente indiferenciado y unificado, obviando las posibles diferencias entre sus miembros. Para analizar este aspecto es necesario identificar la asignación interna de recursos, tiempo y trabajo y, principalmente, del poder en la toma de decisiones con que el hogar protege y amortigua el deterioro de las condiciones de vida.

         Si bien una parte importante de la crítica de la Economía Feminista está dirigida al paradigma neoclásico, conceptos marxistas como explotación, producción y reproducción también son puestos en discusión ante la ausencia del rol del trabajo doméstico en la explicación de estos fenómenos, así como el supuesto de que los intereses de hombres y mujeres convergen y están subsumidos en los de clase. Al igual que en otros paradigmas económicos, la división sexual del trabajo es vista como biológicamente determinada.

 

         EL APORTE DE LA ECONOMÍA FEMINISTA

 

         La Economía Feminista toma impulso en un contexto social, cultural y económico complejo con fuerte impacto en la economía familiar y de las mujeres: la crisis de los años 30, la segunda guerra mundial, el dinamismo económico posterior y la siguiente crisis enfrentada con las políticas de ajuste. Todo ello en medio de un proceso de globalización económica en el que las mujeres fueron protagonistas al igual que los hombres. En el ámbito cultural irrumpen colectividades con necesidades específicas y demandas de diferenciación, entre ellas las mujeres y el movimiento feminista.

         Las primeras preguntas que se plantean desde la Economía Feminista son cómo y por qué el mismo esfuerzo en el trabajo ha recibido remuneración distinta según el sexo del trabajador, sin que históricamente hayan influido la forma de propiedad o los medios de producción. Es decir, las mujeres han recibido menor remuneración en cualquiera de los modos de producción. Los estudios pioneros realizados en los primeros decenios del s. XX sobre la especialización por sexo del trabajo ya muestran que la misma no está explicada por diferencias físicas.

         Durante los años treinta, este tema -la brecha entre salarios masculinos y femeninos- fue objeto de discusión entre las feministas inglesas. La controversia que tenía que ver con el lema "igual pago para igual tarea", se focalizó en la determinación del salario bajo competencia imperfecta, supuesto que después de la segunda guerra mundial fue reemplazado por la premisa neoclásica de la competencia perfecta. En ambos periodos, el tratamiento de los diferenciales entre los salarios de hombres y mujeres se basó en la dinámica del mercado más que en el rol de las construcciones de género. Se supone que es el mercado el que determina el salario, de acuerdo a la oferta y demanda de trabajo, sin la intervención de los estereotipos que definen, por ejemplo, que las mujeres deben cobrar menos porque no mantienen la casa, a diferencia del hombre que sí lo hace y por eso "merecen" niveles salariales mayores.

         En los años cincuenta, los mismos neoclásicos iniciaron el análisis específico de la mujer en la economía. Jacob Mincer y Gary Becker, quienes lideran la denominada Nueva Economía del Hogar, buscan explicar las decisiones intrafamiliares sobre la salida de los miembros al mercado laboral y la inversión en capital humano en cada uno de ellos. Estos autores representan una transición hacia el interés del uso del análisis económico para el conocimiento de la esfera familiar; sin embargo al asumir los mismos postulados neoclásicos invisibilizaron los aspectos de género, proponiendo explicaciones casi biologicistas para unas conductas (decisiones sobre el uso del tiempo) y para otras, fuera de la racionalidad del agente representativo racional/egoísta/individualista (decisiones altruistas en los patrones de consumo o inversión) al interior de la familia. Una parte importante de la crítica de la Economía Feminista va dirigida hacia estos postulados.

         Desde la década de los setenta la cuestión macroeconómica adquiere relevancia en los estudios, focalizando el análisis de género en el desarrollo, -sobre todo en las políticas de ajuste estructural y en los modelos alternativos a los ortodoxos-, así como el efecto de la globalización y de las tendencias a largo plazo de los ciclos económicos.

         Un trabajo pionero es el de Ester Boserup (1970) quien, si bien no trabajó desde una perspectiva de género, sí proporcionó las bases para su profundización. Dos son los aportes importantes de su libro "Women's role in economic development"; en primer lugar, se refiere al hecho de que la división sexual del trabajo entre hombres y mujeres no es natural, por el contrario, parte de una construcción socialmente establecida. En segundo lugar, señala que el desarrollo en los países del Tercer Mundo afectó de manera diferenciada a hombres y mujeres.

         A partir de la "Década de la Mujer", en 1985, las feministas empezaron a prestar atención al análisis de los planes de ajuste, de la reestructuración económica, del desmantelamiento del Estado de Bienestar, de la feminización e informatización de la fuerza de trabajo, de los efectos de la globalización en la producción y del libre comercio. Las consecuencias de los planes de ajuste se relacionan en gran parte con el desmantelamiento de los estados de bienestar e intervencionistas. Las investigaciones demuestran la forma en que la contracción del mercado laboral y la disminución del gasto público social afectan a las mujeres, especialmente a las pobres, señalando cómo ellas tratan de resolver sus problemas de sobrevivencia intentando equilibrar todos sus roles. El impacto del gasto gubernamental fue estudiado también desde la mirada del sector público como mayor empleador de las mujeres en los países desarrollados y socialistas, pero en puestos de trabajo que son extensiones de las actividades culturalmente asociadas a las mujeres como la docencia y la salud. No obstante, los estudios realizados en esta temática encontraron que el sector público es, en muchos casos, menos discriminatorio que el sector privado.

         Las tendencias de largo plazo, la globalización y los cambios estructurales "cíclicos y seculares" son abordados por otro grupo de economistas, sobre todo con respecto al trabajo asalariado de la mujer. Se analizan las implicaciones macroeconómicas de los ciclos económicos en la composición de género (o feminización) de la fuerza de trabajo y en la intensidad del trabajo femenino en el hogar, así como el impacto de la pobreza o la desigualdad en la participación económica de las mujeres.

         Finalmente, pareciera que la década del 90 ha sido particularmente significativa para la Economía Feminista, tal como lo señala Joan Robinson, ya que en el año 1990 la Conferencia Anual de la American Economic Asociation incluyó por primera vez un panel relacionado específicamente con perspectivas económicas feministas y en 1992 se creó la Asociación Internacional de Economía Feminista (IAFFE).

         Los artículos que se presentan en este libro fueron seleccionados por su aporte a los principales temas que han venido siendo abordados por la economía feminista. Si bien algunos de ellos han sido escritos con la atención puesta en la experiencia particular de un país determinado, por su relevancia temática y conceptual, así como la calidad del aporte a un público no necesariamente economista, contribuirán a la instalación de un debate en el Paraguay.

         Mirian Nobre presenta en una didáctica síntesis los principales aportes de la Economía Feminista frente a la que ella denomina economía dominante, es decir, a la escuela neoclásica, concluyendo con un breve comentario sobre la relación entre el marxismo y la Economía Feminista.

         Cristina Carrasco y Sonia Parella Rubio hacen un recorrido histórico de las críticas y de los aportes desde la mirada de las mujeres, el género y recientemente desde la Economía Feminista. La primera de ellas, por las principales teorías económicas que abordan sobre todo el trabajo de las mujeres. Desde los clásicos hasta la escuela neoclásica, el neo institucionalismo y el marxismo han realizado aportes, pero siempre desde una visión androcéntrica y centrada en la producción de mercado y el intercambio, con lo cual, una parte importante de las actividades económicas de las mujeres queda fuera del análisis. La autora se centra fundamentalmente en el estudio y crítica de la escuela neoclásica, por su importancia en el debate económico de las últimas décadas tanto a nivel teórico como metodológico y epistemológico.

         Sonia Parella Rubio, por su parte, focaliza su atención en la forma en que los estudios del desarrollo incorporan los aspectos relativos a las mujeres y al género, distinguiendo los dos gran des enfoques: mujeres en el desarrollo (MED) y género en el desarrollo (GED). El primero de ellos concibe a la subordinación y desigualdad de las mujeres como un problema de exclusión de la actividad económica, por lo tanto, el objetivo debe ser incorporarlas eficientemente a través de iniciativas que aumenten su productividad, su acceso a los mercados y a organizaciones comunitarias. Las mujeres constituyen una categoría aislada, sin poner en cuestionamiento las relaciones intergenéricas. El segundo enfoque, por su parte, avanza asumiendo que la situación de la mujer tiene origen en el ordenamiento social y en las relaciones de poder que se establecen entre las personas. Desde esta mirada, el objetivo debe ser facilitar los procesos de autonomía y autodeterminación y revertir las relaciones de subordinación determinadas por la división sexual del trabajo.

         El trabajo de Antonella Piccio profundiza uno de los temas más relevantes para el análisis económico de las relaciones entre hombres y mujeres, que es la separación que la Ciencia Económica ha realizado entre el trabajo de producción de bienes y servicios y el de la reproducción de personas. Esta es una preocupación persistente en la Economía Feminista, ya que las relaciones de producción y reproducción son espacios de construcción de género y estructuran la separación entre los espacios públicos y privados, desvalorizando, e inclusive invisibilizando, el rol de las mujeres en este proceso de estructuración.

         En este mismo sendero, Rosalba Todaro profundiza el abordaje analizando las implicancias de esta separación en el mercado laboral. Este artículo muestra la importancia de entender la vinculación que existe entre el orden económico y social y las relaciones de género, afectándose mutuamente. Dichas relaciones son concretizadas en el mercado laboral, en el cual hombres y mujeres se ubican de manera diferente, de acuerdo a los patrones de género definidos socialmente, los que son funcionales a las necesidades del mercado. A su vez, esta ubicación define la organización familiar en torno a las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo.

         Finalmente, Alicia Girón, Helena Hirata y Helene Le Doaré abordan el análisis de la globalización a la luz de las desigualdades de género y los desafíos para la construcción de un nuevo marco conceptual. Alicia Girón se cuestiona en el artículo las posibilidades que tienen los procesos de desarrollo de los países de lograr disminuir las desigualdades de género en un contexto de creciente globalización. Lograr este objetivo requiere evaluar las políticas implementadas y su impacto en las mujeres y repensarlas partiendo desde la discusión conceptual de qué es desarrollo y cómo queremos globalizarnos.

         Helena Hirata y Héléne Le Doaré revisan los cambios en el trabajo y en el empleo a la luz de los procesos de globalización, haciendo un énfasis en las oportunidades vistas por las mismas mujeres pero contraponiéndolas a los riesgos y complejidades relevados en la evidencia empírica. Asimismo, analizan el rol de los movimientos sociales en el pensamiento teórico feminista, tanto desde la diferencia con los hombres, como desde la mirada puesta en las contradicciones entre las propias mujeres.

         Un agradecimiento especial a la Ministra de la Mujer, Gloria Rubín, que en el marco de su gestión se realizó esta publicación y a Itaipú Binacional, en la persona de Gustavo Codas, quien con gran tenacidad y sensibilidad de género me impulsó a emprender este trabajo, cuyo primer volumen presentamos en esta oportunidad. Colaboraron desinteresadamente en la lectura, traducción, corrección y edición de algunos artículos Karen Leguizamón y María Liz Viveros, así como Marcos Brítez y Edith Martínez.

 

 

1- Margaret Mead, Sex and temperament in Three Primitive Societies (1935)

y Simone de Beauvoir, El Segundo sexo (1949).

 

 

 

 

LA ECONOMÍA FEMINISTA*

 

MIRIAM NOBRE

 

 

* Este artículo fue extraído del libro de Nalú Faria y Miriam Nobre (orgs.). 1999.

O trabalho das Mulheres. Sempreviva Organização Feminista. São Paulo.

 

 

         Lo que llamamos economía dominante o corriente principal es la economía neoclásica y es prácticamente el único paradigma que está siendo estudiado en los cursos de economía. Existen, además, algunos enfoques con sofisticaciones pero hasta hoy ellos parten del principio de que el individuo es el motor de la economía, así como sus preferencias y opciones totalmente racionales y explicables por el deseo de maximizar su utilidad al mínimo costo. Las opciones racionales y egoístas de los individuos se complementan con comportamientos altruistas en la familia, lugar privilegiado de las mujeres.

        

         CUESTIONAMIENTO DE LA TEORÍA, METODOLOGÍA Y PRÁCTICA DE LA ECONOMÍA DOMINANTE

 

         Las feministas afirman que este individuo, el "homo economicus", de la economía dominante, no es una persona cualquiera, es un hombre blanco. Sus preferencias y la manera de actuar pueden explicar el comportamiento de un hombre blanco de 30 y pocos años, propietario de capital, pero no toda la humanidad.

         Las feministas cuestionan el grado de la autonomía que otorga la tendencia económica dominante a la definición de las opciones, demostrando que existen relaciones de poder y conflicto, tanto en la sociedad como en la familia, haciendo que unos tengan más autonomía que otros.

         Este individuo está, además, siendo pensado en forma aislada, como Robinson Crusoé en una isla perdida, que nunca fue niño ni será viejo porque no tiene relaciones de dependencia con nadie. Como las feministas señalan, este hombre es como un hongo que aparece listo y con sus preferencias definidas. Más allá de difundir el mito de la independencia, el supuesto de la autonomía oculta el trabajo de la reproducción, de la producción de la gente, que es realizado en su mayoría por las mujeres.

         Según la economía dominante, los individuos hacen sus opciones, y éstas pueden ser proyectadas para explicar el funcionamiento de una sociedad por medio de modelos matemáticos de la correlación entre los factores. Por ejemplo, para saber si la cantidad de fertilizante que se le pone a una planta conduce o no a un aumento de la producción, una ecuación incorpora la cantidad variable de fertilizante y la cantidad variable de producción que demuestre la existencia o no de una correlación entre estos dos factores.

         En lo referente a los modelos económicos, los/as economistas feministas hacen una serie de críticas. La primera es la prioridad del instrumento matemático, que tiene que ver con la propia constitución de la economía como ciencia. Para la economía dominante sólo existe lo que se consigue comprobar con un modelo matemático. Las feministas combinan los modelos con otros instrumentos construidos por la antropología, la sociología, trabajando interdisciplinariamente.

         Existe un mito de que las matemáticas garantizan un análisis imparcial. Por ejemplo, en el tema de la apertura comercial y la situación de las mujeres hay estudios que establecen correlaciones entre el índice del desarrollo por género y el índice de la apertura comercial. El primero está integrado por variables como la diferencia salarial entre hombres y mujeres, las diferencias en la escolaridad y la esperanza de vida. Si fue establecida una correlación positiva entre uno y otro, la interpretación directa es que cuanto mayor es la apertura comercial, mayor el nivel del desarrollo por género, mejor la situación de las mujeres.

         La diferencia salarial entre mujeres y hombres es un indicador complejo. Esta diferencia puede disminuir porque cayó el salario medio de los hombres o porque aumentó la diferenciación entre las mujeres, con un sector de ellas que ganen más aumenta el promedio femenino del salario. Por lo tanto no es posible afirmar que la situación de todas las mujeres mejora como resultado directo de este índice.

         Cuando un/a economista considera una correlación entre variables que pretenda representar realidades tan amplias, está tomando una decisión política. Si existe una política anterior bien escogida, no hay solo matemáticas involucradas en el análisis. Pero si un modelo económico es establecido, éste da legitimidad a una hipótesis, que se desdobla en argumentos y en políticas como la de los acuerdos de apertura comercial, por ejemplo el ALCA (Área del Libre Comercio de las Américas).

         Las feministas consideran relaciones de poder y de conflictos en la sociedad y buscan comprenderlas a partir de otros instrumentos como lo son los modelos de la negociación. Un buen ejemplo del uso de los modelos de la negociación y de la interdisciplinaridad se encuentra en el artículo de la economista india Bina Agarwal "Negociación y relaciones de género: dentro y fuera de la unidad doméstica". En este artículo describe los modelos de toma de decisión para el proceso de la negociación basado en la teoría de los juegos, como un avance frente al modelo neoclásico de unidad doméstica. Sin embargo señala sus límites y busca darles respuesta al ocuparse del poder de negociación de las mujeres frente a las percepciones sobre el trabajo y las necesidades y de la confrontación entre la unidad doméstica, la comunidad, el mercado y el Estado.

         El universo de análisis de la economía dominante se limita a cómo se mueve el comercio, el gobierno o el mercado donde circula dinero. La economía feminista extiende este universo considerando aquél que se da sin ser estrictamente monetario, como el universo doméstico.

         Los valores que mueven "homo economicus" derivan, según la economía neoclásica, de la escasez de recursos en la sociedad. En la competencia por estos recursos, cada agente busca ser lo más eficiente posible. Esta competición va organizando la sociedad del mercado por medio de una mano invisible. Para las economistas feministas existen otros valores regulando las relaciones económicas; por ejemplo, la reciprocidad. Una primera impresión que tenemos es que la reciprocidad tiene un valor positivo asociado al género femenino.

         Pero no todas las economistas feministas trabajan con este punto de vista en la lectura de los valores. Bina Agarwal describe, en el texto citado más arriba, una comunidad de la India donde las madres invierten más en el hijo varón porque así garantizan su sustento en la vejez. El hijo varón también saca ventaja de los privilegios de esta relación. Para esta autora la reciprocidad no es, por lo tanto, necesariamente un valor positivo o que no tenga implicada la cuestión racional o material.

         Contraponiéndose a la idea de la mano invisible, la economista feminista Nancy Folbre propone la del "corazón invisible" en una economía que considera el cuidado y las tareas de la reproducción. Mirando la economía en su totalidad se ven otros valores que hacen que las personas se muevan, tomen decisiones y no se reduce solamente a la competencia y la eficiencia.

 

         LA VISIBILIDAD DE LAS MUJERES COMO SUJETOS DE ANÁLISIS DE GÉNERO

 

         Más allá de la crítica al paradigma dominante, el aporte de la economía feminista es hacer visible la contribución de las mujeres en la economía. Produce investigaciones que consideran el trabajo de una forma más amplia, incluyendo el mercado informal, el trabajo doméstico, la división sexual del trabajo en la familia, e integran la reproducción como fundamental para nuestra existencia, incorporando la salud, la educación y otros aspectos relacionados como temas legítimos de la economía.

         Otra línea de aporte son las estadísticas que cuantifican el trabajo no remunerado de las mujeres en la familia y en la comunidad y las incluyen en las cuentas nacionales, en los cálculos del producto interno bruto y en los presupuestos.

         En el Brasil hemos trabajado más en los análisis de las desigualdades de género en el mercado de trabajo y en indicativos para la formulación de políticas. Las preguntas frecuentes son: ¿cuál es el lugar de los hombres y de las mujeres en el mercado del trabajo? ¿por qué las mujeres están concentradas en determinados espacios, generalmente los menos valorizados o los peor remunerados? ¿cómo se explica la diferencia salarial entre hombres y mujeres?

         Una hipótesis que responde a estas preguntas es la segregación ocupacional. La socióloga Cristina Bruschini considera que, como el universo de trabajo de las mujeres en determinadas ocupaciones es limitado, hay una gran demanda de las mujeres para una oferta pequeña de empleos en esos sectores, lo que hace caer los salarios. Pero la desigualdad no se debe solamente a esto, sino también al hecho de que las mujeres son las responsables del cuidado de los niños; por lo tanto ellas actúan con lo que la autora denomina "sabiduría de la conciliación", haciendo que las mujeres "elijan" el trabajo informal o jornadas menores de manera a poder conciliar el trabajo con el cuidado de la casa y de los niños. Daniélle Kergoat considera el tema de la calificación. Las mujeres están bien preparadas para las funciones que ejecutan por medio de su socialización de género; sin embargo sus capacidades se naturalizan y son desconsideradas en la remuneración del trabajo.

         El trabajo doméstico y las relaciones en el núcleo de la familia, la distribución de la renta entre los hombres y las mujeres, y también el análisis del acceso de las mujeres a la tierra y al crédito para el financiamiento de la producción son otros temas de interés de las economistas feministas. A partir del análisis del lugar que ocupan hombres y mujeres en la sociedad, del nivel de acceso que tienen a la renta, al trabajo y a los recursos, las feministas analizan las políticas económicas, en especial las de ajuste estructural y su impacto diferenciado en hombres y mujeres, y elaboran y proponen la política del fortalecimiento de las mujeres y de la reversión de las desigualdades de género.

 

         ECONOMÍA FEMINISTA Y MARXISMO

 

         La crítica feminista a la economía marxista se basa en la centralidad que tiene este enfoque en las relaciones de la producción capitalista, marginando el trabajo doméstico y las actividades de reproducción ya que, según Marx, no producen valor.

         A diferencia de los economistas neoclásicos, que ubican el valor en la utilidad de la mercancía producida, para Marx solamente el trabajo humano crea valor. Así como distingue el valor de uso de una mercancía de su valor de cambio -cuantificado en horas de trabajo humano en condiciones sociales e históricas dadas-, también distingue el trabajo productivo para la sociedad del trabajo productivo para el capitalismo. De esta forma Marx consideraba el trabajo doméstico no productivo (para el capital), en la medida en que éste no producía valor (de intercambio), aunque siga siendo productivo para la sociedad.

         No obstante, la teoría y el método marxista son de gran utilidad a las feministas por su historicidad y por incorporar procesos no económicos como la política y la cultura, en el análisis de la realidad; aun más cuando los/as feministas se proponen mirar la realidad no sólo desde el género, sino también desde la articulación entre la clase, el género y la raza. Un punto común entre el marxismo y la teoría económica feminista es el sentido de intervenir para cambiar la realidad. La teoría feminista tiene la intención de crear instrumentos para transformar a la sociedad y para luchar contra las desigualdades y el marxismo también tiene el objetivo de transformar la realidad a través de la acción colectiva y de considerar la importancia de una ciencia social con visión liberadora y transformadora con base en esa acción.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

AGARWAL, BINA. 1999. "Negociación y relaciones de género: dentro y fuera de la unidad doméstica". Historia Agraria, n. 17, SEHA.

BRUSCHINI, CRISTINA. 1998. Gênero e trabalho feminino no Brasil, novas conquistas ou persistência da discriminação? Brasil, 1985 a 1995. Campinas. Mimeo.

CARRASCO, CRISTINA. 1999. Introducción: hacia una economía feminista. En: Carrasco, C. (ed.). Mujeres y economía. Barcelona: Icaria.

FOLBRE, NANCY. 1994. Who pays for the kids? Londres. Routledge.

KERGOAT, DANIÉLLE. 2002. "A relação social de sexo: da reprodução das relações sociais a sua subversão". Pro-Posição, v. 13, n. 1 (37), Faculdade de Educação/ Unicamp.

ULLOA, MARÍA. 2000. "Teoría y principios de la economía feminista". Documento de trabajo. Mesa de Trabajo Mujeres y Economía. Colombia.

 

 

 

 

 

INDICE

 

PRESENTACIÓN

Gloria Rubín

 

INTRODUCCIÓN

LA INCORPORACIÓN DE LA MIRADA DE GÉNERO EN LA CIENCIA ECONÓMICA

Verónica Serafini Geoghegan

 

LA ECONOMÍA FEMINISTA

Miríam Nobre

 

LA ECONOMÍA FEMINISTA: UNA APUESTA POR OTRA ECONOMÍA

Cristina Carrasco

 

REPENSANDO LA PARTICIPACIÓN DE LAS MUJERES EN EL DESARROLLO DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Sonia Parella Rubio

 

VISIBILIDAD ANALÍTICA Y POLÍTICA DEL TRABAJO DE REPRODUCCIÓN SOCIAL

Antonella Piccio

 

AMPLIAR LA MIRADA: TRABAJO Y REPRODUCCIÓN SOCIAL

Rosalba Todaro

 

GÉNERO, GLOBALIZACIÓN Y DESARROLLO

Alicia Girón

 

LAS PARADOJAS DE LA GLOBALIZACIÓN

Helena Hirata y Helene Le Doaré

 

 

 

 

 

 

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