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LÍA COLOMBINO


  (LUPA), 2009 - Poemario de LIA COLOMBINO


(LUPA), 2009 - Poemario de LIA COLOMBINO

(LUPA)

Poemario de LIA COLOMBINO

Colección Extramuros

Ediciones de la Ura

Editores: Fredi Casco / Lia Colombino

Diseño de Cubierta y Diagramación: Ana Ayala

Corrección de texto: Derlis Esquivel

Impreso en Arte Nuevo

Noviembre 2009

 

 



1. Prueba el agua con el dedo del pie,

el gordo. El pie debe estirar el empeine

hasta torcerlo para que el dedo, el

gordo, pueda alcanzar el agua y com-

probar, no sin asombro, que está fría.

El dedo, al rozar la superficie, pro-

duce un sonido pequeño que rompe

y corta en dos la siesta. El árbol, de-

trás, se levanta, enorme, y agita tres

hojas o cuatro. El viento no obtiene

la fuerza suficiente para más. Prueba

de nuevo el agua. Ahora se ha senta-

do y ha metido ambas piernas que le

cuelgan desde el borde. Burbujas se

pegan a sus pantorrillas para luego

desprenderse de ellas y emerger. No

se decide. El agua está fría, pero ella

tiene aquel calor que se siente desde

adentro. De nuevo el árbol de atrás.

Esta vez una hoja cae, justo para ubi-

carse en la superficie transparente.

Ella saca las piernas, camina atrave-

sando el pasto mojado con los pies

mojados. Hojas húmedas se le adhie-

ren a los pies, a las plantas de los pies.

Vuelve después de unos minutos, esta

vez decidida a zambullirse. Cuelga

de las rejas una toalla verde y azul y

una remera, azul. Mira la escalera que

se sumerge en el agua y posa un pie

en ella, ahora el otro. Se queda unos

minutos observando hacia abajo. Los

pies se acomodan en el posterior es-

calón. Apoya la cola en el escalón que

dejaron sus pies. El agua traspasa la

tela negra que cubre porciones de su

cuerpo, la moja y moja también la piel

por debajo. Un suspiro se oye, como

si algo que debía ocurrir hace rato ya,

estuviese ocurriendo. Ahora apoya los

codos en las rodillas, y las manos, he-

chas bollo, en el mentón. Un mentón

que se diría inexistente. Corrección:

...y las manos, hechas bollo, en el lu-

gar del mentón. Un momento más en

esa posición hasta que se zambulle y

el frío inunda todo su cuerpo. El agua

recorre todos los sitios y se esconde

en aquellos recodos donde se creería

que ya no llegaría. Levanta la cabeza y

un cielo recortado por copas de árbo-

les enormes se le viene encima. Cie-

rra los ojos unos segundos. Los abre

y el cielo recortado sigue allí. Nada ha

cambiado. La idea de unas aceitunas

en la heladera le deja en el paladar

una sensación agradable. Recorre el

interior de la boca con la lengua. Pasa

la lengua por el revés de los dientes, se

detiene en aquel diente que sobresale

por detrás. La fila de los dientes se

rompe con este que pareciera mostrar

los hombros. No ha querido cambiar

eso nunca. Su piel, ahora, se eriza.

Los pezones apuntan como si fueran

a salir disparados. Pero nada sucede.

Ella decide salir del agua, no sin antes

zambullirse de nuevo, dar unas braza-

das. Se encasqueta la remera, la azul,

y se envuelve con la toalla. Su cuerpo

gotea en el piso de piedra, los pies de-

jan una marca que se va evaporando

rápidamente.

Nadie ha llamado, y ella, ese día, ha-

bía decidido no poner música alguna.

Evidencia. Lo había decidido sin ha-

berse dado del todo cuenta. La casa,

inabarcable con la mirada, parecía un

monstruo de varias bocas.


         Todo es blanco allí.


La cocina está en penumbras, apenas

un rayo de sol entra para ubicarse

certeramente en una de las hornallas.

Las aceitunas esperan en un plato,

blanco.


         Verde sobre blanco, piensa.


Se introduce en la boca la primera

aceituna, la tiene paseándola un mo-

mento, de pared a pared. La saca, la

sostiene entre el pulgar y el índice, le

da un pequeño mordisco. Se la mete,

de nuevo, en la boca. La semilla queda

un rato más. Sus ojos miran hacia ade-

lante mientras el carozo va quedando

limpio. Ahora gira sobre sí misma,

como haciendo un paso de baile. Los

pies han subido en puntas y el cuerpo

ha dado un giro hacia la derecha. Las

aceitunas se han desplazado hacia el

borde del plato, blanco.


         Verde sobre blanco, piensa.


Una vez más hay bichos en el cuarto.

Pero esta vez se ha colado una cuca-

racha, pequeña, de esas verde claro,

chatas, albinas casi. Hace tiempo no

las veía. De niña pensaba que eran

bebés de cucaracha. Se posó vertical-

mente en uno de los azulejos cercanos

a la ducha, ella se saca la zapatilla en-

trededo negra y la aplasta, dos veces,

por las dudas.


         Verde sobre blanco, piensa.






2. Hoy no puede leer. Nadie ha llamado. Nadie llamará. Hay palabras dentro de su cabeza que se repiten hasta el hartazgo. El hartazgo de las propias palabras, claro. Y no se puede leer cuando la cabeza es una explosión de palabras agolpadas. Se acuesta de nuevo, esta vez boca abajo. La mejilla derecha sobre la sábana blanca, la boca se hincha y se desplaza, queda como aplastada. Los ojos no se pueden cerrar. Ya no hay caso de dormir más, hasta que las palabras se dispersen. Ya no hay. Se incorpora, hace unas cuantas llamadas. Corta el teléfono como si lo tirara.


-No hay sitio para mi aquí, hoy- dice murmurando y abriendo la ducha.


La cucaracha verde sigue a un lado, cerca de la junta entre azulejo y azulejo. Patas para arriba.

El agua saca lo poco de humo que ha ingerido la piel. El pelo es una maraña que intenta crecer. Crecerá. Mientras el escaso vapor del agua tibia va empañando la ventana junto a la ducha, mira el árbol que está justo enfrente, un tronco ancho y rugoso. Una cucaracha verde se pasea entre reja y vidrio. Y piensa: por qué de repente tanta cucaracha verde? Cierra la ducha y se viste. Un vestido blanco; la piel, de tan blanca, verde. Blanco sobre verde, piensa. Eso parece hacerle gracia. Se pone unos aros que hace rato no usa, ellos cuelgan desde los orificios de las orejas entremezclándose con el volumen del cabello enmarañado.

La ciudad está vacía, personas han salido a comprar bebidas frías o comidas rápidas. Ella maneja sin velocidad, ahora. Va deslizándose encima del asfalto como si quisiera no ser vista. Dobla una calle y se encuentra con el portón verde. Busca la sombra, y estaciona el auto que calza justo.

Entra en aquella casa donde tres personas almuerzan. Hay penumbra aunque es mediodía. Ella habla, comenta, como para ahuyentar las palabras adentro. La única manera de que se vayan es hablando más alto, hablar con la boca, gritar casi, reír y gesticular, alzar las manos, los brazos. Hay un momento en que desaparecen, allí ella puede darse el placer de callar. Hoy no hubiera podido leer. Por más ganas que hubiese juntado.

Y la tarde pasa como lo ha planeado. Tranquila. Sin desasosiego.

Vuelve a casa. En la vereda se han juntado todas las hojas secas que han ido cayendo de los tres árboles pegados a la fachada. El coche las pisa con dos de sus ruedas. El ruido que hacen corta la voz en la radio. Alguien habla de Kurt Cobain.

- Pero ¿no estaba ya muerto?-, dice o cree decir.

Nadie ha llamado. La cucaracha verde sigue cerca de la junta entre azulejo y azulejo.






3. Por un momento recuerda algo. Un lugar silencioso donde el viento se junta para limpiar el rostro y endurecerlo.

Allí se sienta ella, de frente a la sal. El pasto debajo es duro, duele la piel cuando las puntas atraviesan la ropa.

Allí se sienta ella a leer un libro que mucho le gusta y animales pastan alrededor. Levanta la vista cada tanto como para comprobar que todo eso es alguna verdad que pudo asir. Que no se disipa tan fácilmente.

- ¿Me ves? ¿Ahí en el medio del viento?- pregunta ella en voz alta.

Allí: azul y blanco: celeste.






7. Hoy decide caminar. Se hecha encima un par de prendas de color vivo. Por lo del aburrimiento, piensa.

Hay niebla. Pero después no. Gotas de lluvia empiezan a caer, pero no parece importarle.

A veces hay que caminar y reconocer la ciudad de nuevo, para recordar proporciones perdidas. Un perro la sigue. Tiene una soga atada al cuello, el perro.

- ¿Por qué de repente los perros?- pregunta, se pregunta. Siempre son demasiados. Decide tomar la calle que sale a una bajada que desemboca en curva. Allí, espera, otro día.

Ha olvidado las llaves. Toca el timbre y, desde adentro de ella, sale esa voz que no cree suya. Sólo ella lo cree.





8. Una mujer canta. El nombre de la mujer tiene sólo una letra más que el nombre. Guitarras suenan. Siempre le gustaron los sonidos que ese instrumento sabe sacar. Es como sacarle sonido a la tensión. La mujer canta en un idioma que ella no conoce, pero piensa que suena tan bien que no importa no entender, es como si se entendiesen sólo los sonidos de las sílabas, como si se entendiese aquello que se dice solamente por los sonidos de la voz. Muchas aaaaaaaassss al final de las frases, y la mujer sabe cantar tan bien que el canto entra por los poros.

No se necesita otra cosa. Ahora.







12. Ahora escribe ella:

         Descubrirme y desatar/ descargarte

         rodar des y desmaniatarse como desalojando desdientes

         Despalmitarse y descalumniarme

         descolumpiarme y redesmirarme

         para robarte ese desojo descalzo

         de desfallecidos lugares desencontradísimos ya

         No descantes no deslumbres

         descartá despertá desenraizate desdedesdate

         desenroscame, deslenguame/Reptame el cuerpo






13. La lluvia trabaja afuera, desde hace días, ho-

radando el suelo. La música se presiente después

de que ha terminado el día y el final de la tarde

llega. Pone una canción que suena a agua, vio-

lines y una voz, que también horada el suelo, el

medio del pecho, los pies, las uñas de los pies.

Ella canta a la par ahora, canta fuerte, sola, mi-

rando adelante y salta de la silla en donde hace

un rato se sentaba y baila. Canta y baila ella que

ya no, pero hoy sí. Hoy que llueve y todo horada.







21. Hay alguien que dijo. Y ella cayó como cae algo que se pierde. -No hay precisión y quizá sea mucho pedir- piensa. Prende la radio, se refugia en las voces que dicen cosas siempre intercambiables. Los dedos empiezan a enfriarse. No es tristeza, ahora, lo que se figura en su cara.

Es una apacible incomodidad consigo misma. De nuevo, una cuestión de costumbre.





24. es un movimiento continuo que repite su ademán / las manos recuerdan, los brazos se doblan en los codos y levantan agua / el jabón desprende el olor que ella quiere / que el olor a ropa lavándose perdure / eso es lo que ella quiere / es un olor a niñez / como el olor de la ropa secada al sol y planchada después / los brazos se doblan en el lugar del codo / las manos tuercen una ropa blanca y vuelven a tirarla al agua / el agua va, llevándose el jabón, una vez, dos, varias más / las manos frotan la ropa / los ojos miran hacia abajo / hay tranquilidad en su movimiento / la mente blanca, como la ropa que se lava / siguen los brazos / las manos se hunden en el agua con jabón, la piel se adhiere al agua resbalosa y envejece de pronto / las yemas de los dedos arrugadas y frías /


la ropa blanca






27. Él toca su nuca mojada. La palma de la mano se amolda. Se hace un pequeño cuenco que registra la nuca de ella. La toca una y otra vez, como para comprobar que todavía sigue allí. Ella se ha dejado ir, como hubo prometido. Hay un eco en ella, ahora. No sabe qué hacer con aquel eco.


         Lo deja temblar.






28. Es un dolor en el exacto punto que se encuentra arriba del ojo, el izquierdo. Algo aprieta y no es la presión de algún dedo o algo semejante. La presión viene desde adentro. Con la fuerza que ella no tiene.






31. Un zumbido constante y pausado en el oído. Adentro de él. Primero los ruidos externos se debilitan hasta desaparecer, tapados por el zumbido sordo. Después hasta el zumbido desaparece y queda un silencio único, compacto. Ella siente moverse como si se moviese en agua. Y todo se rallenta, y, a la vez, todo sucede a una velocidad feroz. El zumbido parecería ser algo que tiene que ver con la velocidad de algún vehículo. Será por la sensación de ir siempre para adelante. Siempre en esa dirección.


- No hay otra dirección posible cuando se tienen ojos debajo de la frente-, dice.


Un sólo ojo le lagrimeó todo el día de hoy.






32. Heridas en las manos. Pequeños cortes en la piel. Suceden cuando se hacen cosas con las manos. Como los cortes cuando el papel y su filo rozan la piel, cuando no llega a sangrar, simplemente la piel enrojece, una fina línea de sangre se aproxima a la superficie pero no rebalsa, queda en el borde. Ella pasa la lengua, lame la herida, hasta que el dolor parece atenuarse. ¿Sólo parece? Después, con los días, porta una costra delgada, varias, en las manos, en ambas. La piel, en las comisuras de la herida, se vuelve acartonada. Son los bordes que se cierran, dejando un excedente que caerá.

 

 

 

 

 

 

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