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SILVESTRE AVEIRO


  MEMORIAS MILITARES (1864 - 1870) - CORONEL SILVESTRE AVEIRO


MEMORIAS MILITARES (1864 - 1870) - CORONEL SILVESTRE AVEIRO

MEMORIAS MILITARES (1864 - 1870)

CORONEL SILVESTRE AVEIRO

PRÓLOGO DE EDGAR L. YNSFRÁN

EXORDIO DE BENIGNO RIQUELME GARCÍA

EDICIONES COMUNEROS

ASUNCIÓN DEL PARAGUAY

1989

SEGUNDA EDICIÓN

 

 

 

PRÓLOGO

 

            La galería de héroes que presenta el Paraguay en la guerra del 70 es, probablemente, de las más ricas que pueblo alguno haya podido ofrecer en lapso tan breve - sólo un quinquenio - y con una cantera humana de muy reducida demografía.

            Asombra que tan pocos - apenas un millón de seres - en tan corto tiempo, hayan podido erguirse hasta alcanzar el nivel del arquetipo; quizá, y sólo por encontrar, términos de comparación, podríamos mencionar a la diminuta Grecia de la antigüedad.

            Pueblo nuevo, de formación nacional reciente, Paraguay ha cumplido su etapa heroica cruzando un territorio histórico agitado por destellos trágicos y por lampos de dramatismo. Sus hijos han demostrado poseer cualidades morales estupendas, energía viril indoblegable, decisión sin titubeos, coraje que no se amilana finte la muerte y abnegación cernida por sacrificios inenarrables.

            La certeza de poseer tales atributos es lo que otorga al paraguayo ese sentido de seguridad masculina y de honda firmeza, mal disimulado tras de una apariencia modesta, forma de decoro que represa un flujo vital de fáusticos entusiasmos. Si está en luego un principio o asoman desplantes que mortifican su dignidad, o un sistema de poderío se cierne amenazante sobre una entidad débil - y cuándo lo endeble no suscita la inspiración del amparo? -, entonces, aquella presa se resquebraja e irrumpe en su alma la briosa caballería de ese renacido quijote americano; las consecuencias ya no se miden, todo cálculo cede y sólo priva el generoso impulso del socorro o la abrupta decisión de borrar el estigma que tizna el ético teorema de su honor.

            Solano López, como ninguno, fue la encarnación de su pueblo, y su tremenda decisión de ir a la guerra se lo inspiro, entre otras causas muy graves, su radical temperamento paraguayo.

            Desde su mediterráneo mangrullo asunceño, López atalayaba, en aquellas sombrías vísperas, los turbios acaeceres que ponían en peligro el equilibrio de los pueblos del Plata. La amenaza de un imperio que gesticulaba su iracundia contra el débil gobierno de una pequeña nación hermana; las cínicas injerencias de otro gobierno que alentaba con criminal complicidad los designios imperiales de aplastar todo obstáculo a su política de intervención prepotente; el cabildeo escandaloso que coaligaba en torno a aquellos graves sucesos una conjunción de extrañas y dispares voluntades, no podían, evidentemente, sino suscitar las más graves preocupaciones.

            Y López, cauteloso y moderado en un comienzo, ofreció su mediación. Cuando se la rechazaron y la pertinacia imperial emitió con bronca voz un ultimátum, la cancillería paraguaya formuló una severa advertencia. La respuesta brutal fue el tronar de los cañones sobre Montevideo y Paysandú.

            Entonces López, la encarnación de su pueblo, saltó a la palestra, impulsado por ancestrales sentimientos, a disputar al poderoso imperio y a sus secuaces, la gama de teorías con que envolvían sus desplantes.

            Este sistema de motivaciones que se presenta como un esquema retórico, un puro artificio de palabras, se resolvió en guerra descomunal y despiadada; en poco más de un lustro de fragorosa lucha, una hoguera inmensa consumió hasta su última chispa la indómita energía de toda una nación. La geografía era un vasto osario; en su blancor el espíritu nacional se amortajó de dignidad.

            Quedaban cumplidos una vocación heroica y un destino de honra.

            Terminada la acción, volvían las palabras. Musitadas al principio en el tartamudeo piadoso de la plegaria de alguna viejecita, se fue haciendo, en escalada lenta, relato emocionado en la boca de los sobrevivientes, inspiradas coplas en el bordoneo melancólico de las guitarras, hasta alcanzar el nivel apasionado de la polémica en los ámbitos cultos de la capital.

            La bibliografía sobre la guerra crece y se enriquece con las memorias de sus actores. Resplandecen las del coronel Crisóstomo Centurión, objetivas, minuciosas y coherentes; las del coronel Thompson, con aportes valiosos, se apocan con reproches para el Mariscal, con los que pretende cohonestar su capitulación como jefe de Angostura. El General Resquin escribe un esquema que no alcanza a vertebrarse. Washburn edita en Boston dos tomos en los que amalgama su defensa ante el Congreso de los EE. UU. y es un libelo de corte panfletario.

            Los autores que fueron actores en el bando opuesto orquestan una profusa literatura que responde a la batuta del mitrismo y de los intereses del imperio. Pero en oposición a esta alianza dialéctica luso-platense, levanta su verbo -ya durante la guerra-, desde el viejo mundo, Juan Bautista Alberdi quien, con profética visión, denuncia los extravíos de la política de Mitre. Y eminentes compatriotas del ilustre sanjuanino, lo secundan con talento y patriotismo. Casi bastaría con citar de esta pléyade, el nombre de José Hernández, gloria de las letras argentinas; pero allí están además, el poeta, Guido Spano, Olegario V. Andrade, Miguel Navarro Viola, Nora y Ovidio Lagos, entre tantos otros, mientras en la patria de los orientales la recia voz de Luis Alberto de Herrera inicia el movimiento del revisionismo histórico rioplatense.

            Hacia comienzos del siglo; en nuestro país estalla violenta la polémica con la aparición de Juan E. O'Leary y con el aporte invalorable de su esclarecido talento y su labor paciente de historiógrafo, conmueve y gana primero nuestra opinión nacional, para llegar después a demoler las fábulas creadas en el exterior por Mitre y sus seguidores. Hoy el revisionismo platense, con adalides como Atilio García Mellid -autor de uno de los mejores libros de historia paraguaya- y José María Rosa, acomete en sus últimas defensas a las huestes raleadas y en derrota del mitrismo.

            A pocos meses de la apoteósica conmemoración del centenario de Cerro Corá - lugar que el sentimiento de veneración de nuestro pueblo y de nuestros gobernantes

ha transformado en altar de la patria -, las manos hurgadoras del laborioso historiador Benigno Riquelme García traen, temblorosas y emocionadas, un manojo de polvorientos papeles cuyo contenido invalorable se rescata del olvido y de la destrucción. Son las memorias del coronel Silvestre Aveiro, uno de los contados sobrevivientes de Cerro Corá, testigo ocular de los últimos momentos del Mariscal.

            A los 17 años Aveiro es incorporado a la administración del presidente Carlos Antonio López, de quien fue amanuense y funcionario de mucho allegamiento; en la antevíspera de la desaparición del ilustre mandatario, desde su lecho de muerte lo nombró Escribano de Gobierno y Hacienda y Archivero General. Poco antes, y presintiendo su próximo fin, don Carlos había firmado y hecho sellar el pliego de reserva en el que designaba sucesor interino a su hijo el brigadier general Francisco Solano López, y se lo entregó como depositario y único conocedor de su postrera voluntad, al ciudadano Silvestre Aveiro, que apenas tenía 23 años. Una confianza tal, dispensaba nada menos que por don Carlos, evidentemente no podía tener un destinatario cualquiera.

            Su nada despreciable formación cultural, su probidad como funcionario y su importante experiencia burocrática, lo hicieron indispensable secretario o juez de cuanta causa se instaurara para la investigación de los sucesos que afectaban el orden público.

            Desde diciembre de 1862, fecha por la cual se descubrió un conato subversivo que implicaba al Padre Fidel Maíz, pasando por el juicio seguido al general Wenceslao Robles, hasta los dramáticos procesos de San Fernando y los sumarios de Tandey e Itanaramí, no hubo encausado que no tuviera ante sí la estampa inquisidora de aquel funcionario de probidad insobornable.

            Fiscal por antonomasia, Aveiro es protagonista de los capítulos más sombríos de la guerra. Duro oficio el de indagar reos, tanto más cuando estos son de tan relevante personalidad, entre los que se contaban los familiares más próximos, hasta la madre del Mariscal, a quien tuvo que aplicar unos "cintarazos" en Itanaramí. En su estilo directo, no elude responsabilidades, dice lo que sabe y piensa, cuenta lo que vió y narra lo que hizo, con la seguridad de quien obra ajustando su conducta a la ley y sin otro temor que el de ofender a quien ordena con los atributos legítimos del poder. No hay en sus rasgos, sin embargo, ningún indicio de obsecuencia.

            La lealtad es el signo prominente de su personalidad; sus memorias lo corroboran porque están escritas con una sinceridad que sólo puede inspirar la lealtad consigo mismo. Y además, porque las mismas están destinadas a rectificar la declaración que le arrancaran los vencedores a bordo de la cañonera "Iguatemy" el 23 de marzo de 1870. Por esta razón proclama que ésta es su "única auténtica declaración, para que no se confunda con la que me hicieron firmar, por la fuerza, los vencedores, y que corre por ahí con mi firma, como un testimonio contra el Héroe de la defensa nacional. . . "

            A la relevancia de una actuación singular durante la epopeya, agregó Aveiro un nuevo e inestimable servicio al legarnos datos esclarecedores y minuciosos, precisamente vinculados a aquellos episodios que ensombrecieron la estupenda defensa nacional y que han servido de argumento para presentar a Solano López como un monstruoso tirano.

            Sin anticipar juicio definitivo porque ello vendrá del análisis concienzudo del estudioso, estimamos que para examinar y valorar los hechos que nos relata Silvestre Aveiro, debemos despojarnos de la hipocresía y falacia de los falsos puritanos que se horrorizan porque López castigaba implacable la traición - aun la de sus propios familiares -, mientras miran impasibles y hasta condescendientes, los graves hechos que hoy, en nuestro convulsionado mundo, ha desatado la histeria izquierdista con secuestros criminales, atentados terroristas y crímenes abominables.

            Sea el lector juez ecuánime del antiguo fiscal de la epopeya.

 

EDGAR L. YNSFRAN

Asunción, Noviembre de 1970

 

 

EXORDIO

 

            Largo itinerario ha tenido la búsqueda y publicación de estas páginas, debida a un esclarecido ciudadano de la patria vieja, quienes para justificado rogodeo de historiadores, de envergadura y coraje intelectual, ha dejado, excusada la rasa crónica y sí para la exégesis posterior, el testimonio irrefragable, suculento, de circunstancias vividas y hechos que fueron de su participación.

            Las conocíamos por citas. Valederas algunas, deleznables las más. No desfallecimos. Y, por fracciones pero con coherencia, al fin, llegaron a manos y conocimientos personales.

            Fue cuando consideramos arribado el momento de comenzar la empresa difícil, fatigosa, de extremosa responsabilidad, de dar -respetando, por supuesto, la redacción primigenia-, contextura formal indivorciada de la original, pero sí, más accesible á la inveterada costumbre de lectura pasante de los francotiradores literarios, veteranizados en la emisión de "juicios", en desmedro de ajenos afanes.

            Comenzadas a redactarse cuando rescoldos, y de los grandes, subsistían aún, las mismas hubieron de ir actualizándose paulatinamente. Momentos hubieron de darse en que -la evidencia aflora y conmueve-, tres amanuenses se esforzarían, con más buena voluntad que solvencia, en dar factura orgánica, a lo que, a una, el venerable anciano relataba.

            No en pocas, fatigarían paciencias, y, dable es el certifico en los originales, de trazos vacilantes que la provecta edad imprime a la grafía. Minutos serían en que, aquel varón insigne, por borda lanzaría ciencia y el resto, para proceder a la corrección de comedidos cuan azorados colaboradores, procediendo, de sí y por sí.

            Hoy, el obstáculo ha sido allanado, y la bibliografía americana de la guerra contra la triple alianza, incorpora, por flanco paraguayo, una de las más importantes contribuciones, mantenida soterrada por cerca de un siglo.

            Ella es, sin disputas, posibles y probables, acaso la más veraz y contundente aportación de testimonios inéditos afluyentes para un mejor dilucidamiento, parcial pero definitorio, de aspectos de la epopeya cuyos fastos celebramos.

            En siniestra Thompson, Resquín y Centurión, no mucho hacen contrapuestos a la tenencia en diestra, de estas concisas memorias. El Eclesiastés ni el Discurso del Método tampoco necesitaron, para imponer sus opulentas enseñanzas, abrumo de cuartillas.

            Con efecto, pasma lo que informan, ratifican o descubren, al desgaire, este actor principal del grande drama. Por ello, recomendamos su cautelosa y meditada lectura, y consiguiente confrontamiento con lo que, crónica y tradición, hasta hoy ha venido trasegando.

            Y en este final instante, íntimo y evocador, cumplimos con la promesa hecha al maestro augusto, amigo y consejero, don Juan E. O'Leary  -ya junto a los luceros-, quien, con constancia, afecto y rudeza, algo modeló en deleznable arcilla.

BENIGNO RIQUELME GARCÍA  

 

EL HOMBRE

 

            He aquí a una de las figuras más relevantes, dramáticas y desconocidas de la epopeya. Pocos le igualaron en cultura. Igual puede afirmarse en punto a servicios prestados a la nación, y, por su longevidad, fue de los escasísimos actores que, en el ocaso de la vida, pudo ver la reivindicación justiciera para esa generación de Urundey, en la que se distinguiera con relieve propios.

            Nacido en 1839, en Aveiro Isla; jurisdicción de la capilla de Limpio, no resaltaría aventurado aseverar que su esmerada educación debiera a los mejores preceptores de la época, dado que ello haría factible, la preponderancia social y económica que revestía a los habitantes de la tradicional capital caria.

            Su formación jurídico-literaria era sólida. Acabadas muestras lo han sobrevivido para atestiguación y, dudas alejadas, sólo Falcón y Ortíz pudieron homologarlo en aptitudes y conocimientos intelectuales.

            Bastante del fondo que constituyera su biblioteca hace el símil bibliográfico acopiado por D. Enrique Solano López. Sirvió, con eficiencia y lealtad, en las administraciones de Don Carlos y del Mariscal. Secretario personal del primero, con el segundo fue funcionario en la judicatura y Escribano de Gobierno y Hacienda, como así también, director del Archivo Nacional.

            Estallada la guerra, es incorporado, como todos, a las filas del ejército. Se le adjudicó preeminencia en cuantas actuaciones sumariales se presentaron para la dilucidación, o represión, de acciones punibles.

            Así, del Tebicuary al Amambay, su nombre va ligado a hombres y cosas, fungiendo odiosas tareas de fiscalías, con las pegas y pelusas físicas que, por ese entonces, conllevaba el ejercicio de la nada simpática ocupación.

            Plurales beneficios -y perjuicios-, acarrean el prolongado vivir. No podía huir él a hirsutas contingencias. Nos lo dijo y escribió, y nos consta.

            Sus últimos años, cuando conoció al maestro O'Leary, lo llevaron a escribir sus memorias. Desgraciadamente, cuando la esclerosis iba a ser complicada por escribas ignaros. Felizmente, lo anotado no llegó a desnaturalizar la intención vertebrativa.

            Fragmento de la primera y la totalidad de la segunda parte, ha venido a nuestra posesión, incluso certificante misiva del Cantor de las Glorias Nacionales, datada meses antes de su óbito.

            De hoy en más, el estudioso de la época no podrá marginar, sin el riesgo de peligrosas consecuencias, estas Memorias que ofrecemos. A los Thompson, Centurión

y Resquín, habrá que aditarles el Aveiro que, con viva complacencia, damos a la luz pública.

            Nuestro deseo es no incitar impaciencias. Aquí, ¡al fin! os habla el moreno personaje, tan inexorable fiscal como romántico poeta que, de sus actos diera cuenta al Altísimo, el 6 de junio de 1919.

 

APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS

1874

 

            Nací en el mes de diciembre de 1839, ignorando el día y la fecha. Algunos aseveran que nací el 31, lo que estaría corroborado por el nombre del santo que llevo.

            Mi fe de bautismo se me extravió en Cerro Corá, pero fui bautizado y confirmado en la parroquia de Limpio, lugar dé mi nacimiento. Soy hijo natural de doña Rosa Isabel Delgadillo. Mi padre, don Faustino Aveiro, desde la edad de la lactancia, me recogió y me educó como hijo reconocido, dándome como tal, su apellido.

            Mis padrinos de óleo fueron una Señora Landaida y su marido, cuyos hijos viven hoy en Trinidad. Mi padrino de confirmación lo fue don Flaviano González, médico célebre de Luque. Todos, a la fecha, han fallecido. En 1850 entré a aprender las primeras letras con el profesor D. Juan Arsenio Pabón, que regenteara la escuela del obraje (pública), hasta 1856.

            En 1854 fui llamado por el Ministro de Hacienda D. Mariano González para escribiente, y hallándome muy joven, volvió a entregarme a mi padre, con orden de que no abandonara la escuela hasta que recibiese nueva orden, haciendo igual recomendación al Sr. Lucas Ojeda, por entonces jefe y juez del partido.

            De este modo permanecí en la escuela más del tiempo que precisaba para aprender, pues en menos de tres años, aprendí cuanto podía enseñarme el Sr. Pabón, cuyos conocimientos eran muy limitados.

            El Sr. Ojeda que desde el principio me apreciaba particularmente, por mi aplicación y rápidos adelantos, repetidas veces propuso a mi padre enviarme a los estudios en Asunción y obviamente cuando no consiguió, propuso que en el mismo partido me enseñara D. Antonio Zalduondo, quien fuera cabildante en los albores de nuestra independencia.

            Este señor era de vastos conocimientos y podía enseñarme con ventajas, pero siendo poseedor de un carácter iracundo en exceso, le temí y no quise ir con él.

            Lamento haber malogrado aquel tiempo de mi juventud, y tantas proporciones favorables que el Señor Ojeda, espontáneamente, me ofertaba, pues dijo qué sería de su cuenta, todos los gastos y costos de mi enseñanza en la Capital, por el tiempo que fuere.

            En septiembre de 1856 fui llamado otra vez por el Ministro González, destinándome de escribiente en su secretaría de Estado.

            A los dos años, y en el mismo mes (1858); pasé en calidad igual con el Presidente de la República, Don Carlos Antonio López. Este señor llegó más tarde a dispensarme mucha estimación, tratándome con un afecto casi familiar, sin más título que mi empeñosa dedicación y puntual buen servicio.

            Anduve con él como tal amanuense hasta la antevíspera de su muerte, producida el 10 de septiembre de 1862, es decir, por el transcurso de cuatro años.

            En la tarde del 8 me dictó, desde su lecho de dolor, mi despacho nombrándome Escribano de Gobierno y Hacienda, y Archivero General.

            Este nombramiento me causó verdadera sorpresa por más de un motivo, y levantándome en el acto, le hable en el sentido de que no me sentía capaz para ese empleo, pero me interrumpió, con imperio, diciéndome que "no debía pensar", que "él sabía lo que hacía".

            Extendí, pues, el despacho e inmediatamente lo firmó, ordenándome que luego a hacerme cargo de la oficina.

            Al día siguiente a la tarde, volví a darle cuenta de que me hice cargo del empleo, por cuya confianza le tributé gracias, como de costumbre, y me dijo: - "Es un empleo que lleva consigo algunas dificultades en su ejercicio, pero poniendo atención, en breve te será fácil todo, teniendo buenos maestros, en los expedientes de la Secretaría y del Archivo".

            En fin, agregó: - "Tu eres joven. Tienes un porvenir y procura hacerte útil, para que te conserven después de mis días. Voy a morir; la cuestión es solo de tiempo, de momentos, quizás. Pero de esto, no hay que hablar afuera", y alargándome la mano por primera vez, y postrera, la tomé entre las mías, diciéndome: - "Adiós, Aveiro. Mil gracias por tus buenos servicios".

            Me retiré francamente muy conmovido de resultas de tal despedida, y esa noche, a la 1 y cuarto, corrieron a buscarme en mi domicilio, por orden del Mariscal López, su hijo, cuyo intempestivo llamamiento no me dejó dudas de la muerte de su padre.

            Por los mismos, supe la recomendación que dejó a su hijo, el Mariscal, en mi favor. En efecto, en esa misma hora había fallecido, articulando, por tres veces, mi nombre a los presentes.

            Su muerte se produjo a los veinte y tantos días de angustiosa enfermedad, que él clasificó desde los primeros días, y luego repetidas veces, como mortal, y que su muerte sería cuestión nomás de tiempo.

            Por fines de agosto, días después de su enfermedad, firmó e hizo sellar el pliego de reserva, prevenido para estos casos, por la entonces Ley Orgánica del país, estableciendo un sucesor interino que debía, inmediatamente, convocar un congreso electoral para designar la persona que debía desempeñar la Presidencia de la República.

            De este importantísimo pliego me hizo depositario, y nadie más que yo, sabía de su existencia y paradero, sino el Mariscal López, que era el designado para el gobierno provisorio.

            Durante su enfermedad, y a medida que iba reagravándose, no admitió en su presencia, es decir, no dio entrada a ninguna persona extraña, de no ser los médicos,

o a mí. Así es que yo recibía los partes de los cuerpos militares, y comunicaba sus órdenes a los jefes y á los demás empleados civiles de la administración.

            Hago esta relación para significar el grado de confianza suma que le merecí, y por donde, quizás, me promovió a aquel empleo elevado, sin tan siquiera tener la edad necesaria, pues apenas llevaba cumplidos 22 años, y sin los antecedentes de otros empleos anteriores, que era necesario por entonces, para optar a aquellos oficios.

            Héchose cargo, en virtud de aquel pliego, el Mariscal López, el mismo día del fallecimiento de su padre, del gobierno provisorio, con el título de Vice-presidente eventual, con dos adjuntos, que fueron el Coronel Felipe Toledo y don Manuel Ignacio Lezcano, juez Superior de Apelaciones, procedió, pasados los funerales, a convocar un congreso electoral, que se reunió, y el 16 de octubre de 1862, le proclamó Presidente de la República, por diez años.

            Durante la transición del poder, y después, seguía yo con mi empleo, sin intermisión, desempeñándolo sin la menor reprobación, hasta 1867.

            En diciembre del mismo 1862, con motivo de haberse descubierto ciertos trabajos revolucionarios, y de ser presos los complicados, nombró jueces fiscales de la causa, al Coronel Wenceslao Robles, Don José Falcón y Don Carlos Riveros, Oficial 1° que era del Ministerio de Gobierno, y a mí, secretario del tribunal.

            Cesamos en los cargos luego de la espontánea confesión del presbítero Fidel Maíz  -reo principal del proceso-, pasando este a jurisdicción de otro tribunal, y dar a la causa diferente curso.

            Al sobrevenir la colosal guerra pasada, y en junio de 1865, marchamos al ejército, con el Mariscal López, continuando yo agregado a su Estado Mayor, con mis mismos empleos.

            Preso el General Robles, por síntomas de defección, el Coronel Toledo fue nombrado juez fiscal, y a mí me designaron para dirigir, privadamente, el proceso, como en efecto lo hice, hasta su ajuste definitivo.

            Dirigí, también privadamente, las actuaciones del consejo de guerra que se seguía al Mayor José Martínez, comandante del Batallón N° 2, de línea, por faltas militares penadas reservadamente por las ordenanzas.

            Muchos otros sumarios por causas graves, confiaron a mi dirección.

            En 1867, haciéndose necesaria por mi prolongada ausencia de Asunción, la provisión, de la Escribanía de Gobierno, se lo nombró en calidad de provisorio a don Vicente Valle, mientras yo regresase del ejército. No obstante, proseguía como secretario privado del Mariscal, con honores de Capitán, hasta febrero o marzo de 1868, en que se estableció una Secretaría General de Campaña, de la que era titular el Coronel honorario Luis Caminos, y se me nombró Oficial 1° de la misma, pero ya con honores de Mayor.

            Así seguí hasta diciembre de ese año, en que con motivo de haber entrado, voluntariamente, como combatiente en las sangrientas acciones de Lomas Valentinas, que duraron siete días, y atento a los servicios prestados, el Mariscal López me promovió, el día 23, a Teniente Coronel de línea, en la infantería, nombrándome enseguida, el 25, después de la muerte del Coronel Toledo, jefe de los edecanes y comandante de la Plana Mayor General, encargado de la Secretaría General de Campaña, por ausencia del señor Caminos, nombrado Ministro de Guerra y Marina, en agosto último.

            Cuando el combate del 27 y la derrota completa del ejército nacional a consecuencia de la cual, el Mariscal se retiró a las cordilleras de Azcurra, con riesgo inminente de caer prisionero, presté un servicio muy especial, a la retirada de los derrotados, que mediante ese servicio no fueron perseguidos y tomados todos prisioneros, como de lo contrario, pudo infaliblemente haber sucedido.

            Este servicio consistió en que habiendo sido comisionado en los momentos de haberse ya declarada totalmente la derrota, para ver de salvar los coches de la Secretaría y los equipajes del Mariscal, que quedaron en el Cuartel General, abandonados ya (Aquí se truncan los originales).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

            Las páginas que siguen, son mi única auténtica declaración sobre la guerra que sostuvo mi país contra loe ejércitos de la Triple Alianza, Digo declaración, porque fueron algo así cuando las escribí en 1880, respondiendo a un interrogatorio del Dr. Estanislao Zeballos, empeñado entonces en acumular datos para escribir una historia de dicha guerra. Y digo mi única auténtica declaración, para que no se confunda con la que me hicieron firmar, por la fuerza, los vencedores, y que corre por ahí con mi firma, como un testimonio contra el Héroe de la defensa nacional, al cual se pretende presentar como un monstruo abominable, para justificar el exterminio del Paraguay.

            Doy pues por apócrifo, nulo y sin ningún valor, el documento que se me hizo firmar en 1870, estando prisionero abordo de un buque de guerra del Imperio del Brasil.

            Muchos de los jefes vencidos consentimos en suscribir declaraciones, bajo atroces amenazas, pero sin claudicar por esto de nuestros patrióticos sentimientos, ni traicionar la causa por la que habíamos sucumbido. Sabíamos demasiado que agregábamos así una ignominia más al vencedor, ya que no era posible dudar que hombres que habían luchado más de cinco años, como luchamos nosotros, no harían espontáneamente declaraciones que importaban su condenación ante la historia, siendo claro que éstas no era sino la última cruel violencia de los que no sabían respetar, ni la majestad del infortunio.

            No era, como se ve, un miserable apego a la vida, lo que nos hacía obrar así, sino un deliberado propósito de dejar a la posteridad una prueba más de las prácticas salvajes de los que, en el curso de la guerra, cometieron los crímenes más monstruosos, desde la esclavitud y el degüello de los prisioneros, hasta el incendio de hospitales repletos de heridos...

            ¡La vida! Veníamos de Cerro Corá después de haber vencido penurias y fatigas, desafiando a la muerte, día a día, en una lucha sin cuartel...

            Pero a que exponernos a sufrir los ultrajes del tormento, con que nos amenazaban, si no declarábamos lo que deseaban.

            Seguramente hubiéramos podido dejarnos matar a azotes, como nos prometían, antes que firmar a ojos cerrados, lo que nos imponían que firmáramos. Pero que conseguíamos con esto? Quizá sellar nuestros labios para siempre; privando a la posteridad de nuestras verdaderas declaraciones; tal vez dar a los miserables traidores que intervenían en estos manejos inquisitoriales, el placer de vernos padecer una vez más bajo el látigo de los enfurecidos vencedores… ¡No! Éramos prisioneros inermes, librados a nuestra suerte, de los que podían hacer lo que quisieran; Firmamos, sí, pero como el sabio aquel, que un día firmó por amenaza, lo que le dictaban, desmintiéndose a sí mismo, pero protestando de ello dentro de su corazón, con tan tremenda indignación que, a través de los siglos, se ha borrado esa firma, impuesta por la violencia, y aún resuena el eco de su protesta.

            De todos modos, tiempo nos quedaba para anular lo que se nos hacían decir, y para proclamar la verdad, libres ya de las garras del bárbaro invasor. Y es lo que hicimos, muchos de nosotros, tan pronto como pudimos.

            Así, el General Resquín, escribió sus conocidas memorias, y yo, luego que llegué a Río de Janeiro, dirigí una larga carta al JOURNAL DO COMERCIO, haciendo una relación de la forma como se nos había obligado a firmar esas declaraciones que repudiábamos, carta que no fue publicada, a pesar de mis reiteradas instancias.

            Diez años después de terminada la guerra, hice, como queda dicho, mi verdadera y espontánea declaración al Dr. Zeballos, poniendo la verdad en su lugar. Así se explica nuestra conducta.

            Carecen, pues, de juicio u obran con toda mala fe los que continuamente citan contra nosotros, para condenarnos, nuestras propias declaraciones, dándoles una fuerza probatoria que no tienen, ni pueden tener, legal ni históricamente.

            Por otra parte, los que hubimos sido sometidos a pruebas terribles, como simulacros de fusilamientos (Centurión y Maíz), los que habían presenciado la masacre horrible de Cerro Corá. . . pueden ser disculpados, en todo caso, si es que fue debilidad no resistir al vencedor hasta sucumbir, cargados como estaban de cadenas, y postrados por la fatiga y el hambre.

            Y queda todavía un hecho más para explicar esas tituladas declaraciones. Y es que muchos firmaron en barbecho, al pié de un documento cuyo verdadero contenido ignoraban, pues se les había leído cosa muy diferente, como tuvo ocasión de revelar en 1902, en las columnas de La Patria, de esta capital, el honorable Capitán don Manuel Solalinde, otra de las víctimas de este atroz abuso de los aliados, cuya declaración, nula como las demás, corre también por ahí y es reproducida por los enemigos de nuestra causa, empeñados en condenar al Mariscal López, con las palabras de sus más leales compañeros.

            Solo he de agregar que lamento que los azares de una vida difícil y no siempre tranquila, y los achaques posteriores de mi ancianidad, me hayan impedido exhibir una relación más amplia y minuciosa, como pude hacerlo, por la posición que me cupo ocupar en las filas del ejército nacional.

            Pero, no dudo que la sinceridad con que he trazado estas líneas, y el respeto que he tenido siempre por la verdad, proclamándola, sin cobardías, darán algún valor a mis palabras, que son las de un testigo y actor, que solo habla de lo que sabe, y de lo que vio, actuando siempre al lado del gran Héroe de la resistencia.

 

PLAN DE CAMPAÑA ROBLES

 

            Yo no he leído las instrucciones del General Robles, pero por deducciones comprendimos, y por lo que hablaba el mismo Mariscal, que este ejército, con la columna de Estigarribia, debía incorporarse sobre la margen del Uruguay.

            El Mariscal tenía el propósito de mandar en jefe el ejército invasor, pero contrariado siempre por el Obispo, el General Barrios y Madame Lynch, no lo hizo.

            Cuando el Congreso declaró la guerra, muchos de sus integrantes se opusieron a la salida del mismo de la Asunción. Hubo grandes debates al respecto. Cuatro a cinco veces estuvo él pronto a embarcarse, y otras tantas se demoró.

            Alegaba al Congreso de que no tenía otra persona a quien confiar una campaña tan seria y que el interés de la patria le imponía ese deber.

            Las dos desgracias del ejército invasor fueron la rendición de Uruguayana y la falta del Mariscal a su frente.

            El General Robles tenía instrucción suficiente como militar y era Brigadier General desde la formación del ejército de Cerro León, que mandaba en jefe.

            El mismo estaba constituido por 37.000 hombres, poco más o menos. La caballería estaba a las órdenes del Coronel José María Aguiar, siendo, simultáneamente, segundo comandante de las fuerzas. El Mayor Valiente era Jefe del Estado Mayor, y los Capitanes Paulino Alén y Juan Valiente, secretarios del General Robles.

            La artillería estaba mandada por el Mayor José María Bruguez, teniendo como segundo al Capitán Alvarenga, y estaba constituida por 6 baterías, integradas por 16 piezas cada una.

            El Capitán Alén no estaba permanentemente, sino iba y venía. Era un secretario viajero entre el Cuartel General del Mariscal y el de Robles. Se quedó permanentemente al lado, del último, cuando ya hubo datos desfavorables a éste.

            La larga distancia en que se encontraba la dirección de la guerra, siempre contrariaba a Robles, pues hacía movimientos exigidos por las fuerzas enemigas, y después recibía órdenes contradictorias.

            Lo que hizo sin instrucciones del Mariscal fue la retirada violenta de Goya, dejando muchos rezagados, por cuyo motivo fue objeto de reprimendas de parte del Mariscal.

            Su caída provino de haber recibido comunicaciones del ejército aliado, guardándolas por más de un mes, sin dar cuenta, a pesar de que diariamente despachaba sus comunicaciones.

            Yo dirigí el proceso, siendo el fiscal el Coronel Felipe Toledo, de la Escolta, y secretario, Manuel A. Maciel, Teniente escribiente del Mariscal, y ahora Ministro de Justicia e Instrucción Pública.

            El principal cargo fue el de las notas reservadas a que me he referido y fue comprobado. El segundo fue que habiendo quedado su hermano, comandante del "Marqués de Olinda", Ezequiel Robles, herido en el buque que se iba a pique con varios otros heridos en el día del combate, en vez de mandar recoger a los mismos conciudadanos, despachó una comisión de correntinos para salvar a su hermano y los otros heridos.

            Pero el fuego de los brasileros y el viento reinante les hicieron retroceder, y entonces azotó a los comisionados, muriendo algunos de ellos y desmoralizando a los demás correntinos del ejército, comenzando los mismos a desertar por partidas, de lo cual tampoco dió cuenta en su oportunidad.

            Se sospechaba que algunos de los correntinos desertores no eran tales, sino enviados por Robles para comunicarse con los que le escribían, pero este cargo no pudo ser comprobado.

            Otro y tercer cargo era que por su tratamiento despótico al ejército, pues casi prohibía hasta que se rieran, haciendo del ejército como un cementerio, según palabras del proceso y parte del Comandante Díaz, anterior a la acusación, había desmoralizado y acosado a todos, amenazando siempre a jefes y soldados con pegarles cuatro tiros por las faltas más leves.

            Se le acusaba de que trataba de amilanar al ejército paraguayo en combinación con las notas recibidas.

            Cuando el Comandante Díaz llegó con el N° 40 de línea, hacía siempre tocar la música, y varias veces lo amonestó el General Robles, para que hubiera silencio, y al último, le ofreció los mismos cuatro tiros. De ahí aquel parte en el cual Díaz dijo al Mariscal que no iba a obedecer en ese punto.

            El cuarto cargo era de que cuando Robles bajó en Peguajhó una parte, avanzando sobre Corrientes, pudo en ese arroyo encerrar y tomar la división Cáceres, que lo escopeteaba, pero él avanzaba en columna cerrada, sin desplegar siquiera una guerrilla, y sin dar instrucciones a su numerosa caballería, que cerraba la salida.

            El Coronel Aguiar recibió orden de no hacer un tiro y el enemigo salió ileso.

            El quinto cargo fue que el día que se desembarcó en Corrientes, y habiendo tenido suficiente tiempo para no dejar escapar al Gobernador Lagraña, poniendo en movimiento la caballería que acampaba en los pantanos, en las orillas de la ciudad, como se le había ordenado en las instrucciones, pasó todo ese día en la inacción más completa.

            Mi juicio respecto a esta causa es que en otra situación del país, no lo habrían fusilado. Pero en medio de las circunstancias apremiantes de la época, y para dar un ejemplo a otros, se lo ejecutó.

            El sexto cargo era que cuando se creó la Orden Nacional del Mérito, de los primeros condecorados fueron el Mayor Antonio Luís González, de regreso de Coimbra, y el Capitán Dejesús Páez, por acto heroico en una partida de Robles, y éste, creyéndose con derecho a recibir el honor antes que ellos, cuando el Mariscal López lo nombró en tercer lugar, recibió mal la cruz y la tiró con desprecio, diciendo al asistente que la pusiera "por allí". Nunca la usó.

            El Consejo de guerra se reunió en Paso de Patria, Su Presidente fue el General Resquín y vocales, el Coronel Pereyra, Capitán Alén, Mayor Valiente y otros.

            Robles no hizo defensa. Negó los cargos de los que he hecho mención, confesando el relativo a los correntinos y lo de Peguajhó. En cuanto a las notas, dijo que no había sino olvido de su parte, y que no creía que fuera ella causa que diera lugar a su encausamiento.

            Al principio no creyó que el asunto tomaría proyecciones, y se mostró altivo. Se le nombró una defensa; la que se limitó a estar presente en el acto.

            Luego que supo su condenación, estuvo sereno y valiente. Al firmar la notificación de la sentencia, tomó primeramente la pluma, firmó, y luego tirándola, dijo: -"Adiós, pluma".

            Era secretario del Consejo, el Capitán Abalos, muerto de Coronel, en Cerro Corá.

            El General Robles fue a caballo al cuadro del fusilamiento, y encendió un cigarro al ir. Se le notaba palidez. Vestía su uniforme diario, y murió sin decir nada, fusilado de frente. Recibió un balazo en la frente.

            Su ayudante, el Teniente Gaona, recibió cinco descargas. Tenía el pecho  acribillado, y siempre se ponía de pié. Fue necesario ultimarlo a bayonetazos.

            Gaona y Valiente eran muy buenos oficiales, y el Mariscal tuvo interés en salvarles la vida.

            Gaona era un oficial del valor extravagante. Se recuerda que en Asunción se arrojó sobre un yacaré en el río, y zambulló tres veces, abrazado al pescuezo de la fiera, hasta que al fin, salió solo, diciendo: - "Tiene mucha fuerza".

            López tenía siempre cariño a los valientes. Tenía un Sargento Aquino, de marina, muy desordenado, y siempre lo amparaba.

            Estos oficiales estaban acusados de conocer las faltas de Robles, guardando silencio. Robles no gozaba de simpatías en el ejército, y su muerte no produjo mayor sensación que la del hecho en sí mismo.

            El único ayudante suyo que salvó, fue el Teniente Romero, que no estaba tan ligado a él como los otros, y cayó en poder de Cabrita. (*)

            El ejército regresó a Corrientes con las bajas producidas por la campaña y por la peste de sarampión, que la tomó en el Riachuelo. La retirada causó un gran sentimiento, y fue motivada por la rendición de Uruguayana.

            La orden fue de repasar, a marchas forzadas, pues López tenía a la escuadra brasilera interceptada en el pasaje. Se tenía sobrado tiempo para hacerlo.

(*) Cabrita: Oficial del Ejército Brasilero.

 

 

URUGUAYANA

 

            A consecuencia del sitio, se pasaron cuarenta y tantos días sin recibir comunicaciones. Y, tanto López como el ejército, manifestaban inquietud y ansiedad por la suerte de esa división.

            López prevía y dijo a las personas de su confianza, que debía estar sitiada, esperando por momentos, la noticia de un combate desesperado, según sus palabras.

            Es de advertir que hube de ir como secretario de esta división, siendo sustituido después por el padre Duarte.

            Una tarde llegó a Humaitá la nueva de la rendición. El ejército sospechaba lo que había, y hubo gran sensación y curiosidad.

            A la mañana siguiente el Mariscal convocó a asamblea a las dignidades, jefes y oficiales, eclesiásticos, civiles y militares, para comunicarles la noticia y que los mismos la hicieran saber al ejército.

            Habló, conmovido, condenando a Estigarribia. Esperaba que algunos jefes tomaran la palabra, expresando la indignación del ejército. Pero, todos sorprendidos y perplejos, vacilaban y callaban estupefactos.

            López que estaba muy excitado desde que recibió la noticia, se enfureció del silencio y dijo: - "Veo que no les causa sensación esta desgracia nacional que debíamos de deplorar hondamente. Salgan todos inmediatamente..." y como vacilaban, repitió sus órdenes a gritos.

            Y dirigiéndose al Mayor Francisco Luís González le dijo: - "Yo lo he visto... Le agradezco. . ." Es que a este jefe se le habían caído las lágrimas al oír el relato.

            A la prima noche de este día me hizo llamar, pues yo estaba enfermo y no le había visto. Al llegar, quise expresarle mis sentimientos por la rendición y no me dió tiempo, pues se dió vuelta y entró en su dormitorio. Al salir vi que traía los ojos húmedos todavía. Había querido ocultarme que lloraba.

            El Mariscal llevaba un diario de las operaciones militares, escrito de su puño y letra. Al día siguiente lo pidió e hizo pedazos, diciendo que desde ese día en adelante, no quería ningún apunte.

 

NUEVO PLAN

 

            Fracasado el plan ofensivo de invasión, el Mariscal se propuso, según dijo, disputar palmo a palmo el territorio paraguayo.

            Pensó inmediatamente en fortificarse en Tuyutí, que es todo el territorio comprendido entre las líneas aliadas y paraguayas. Pero la línea que los aliados llaman Tuyutí, tiene por nombre "Tayy-loma" (por un gran árbol de lapacho que ellos voltearon) y la prolongación de la línea hacia las Palmas, se llamaba Yataity-Corá.

            No hizo mayor resistencia en el campo de Paso de Patria porque allí estaba bajo los fuegos de la escuadra y podían cortarle la retirada, y situado por la laguna Piris y por la costa del Paraná, que podían desembarcar fuerzas en sus costas.

            El río crecido favorecía estas operaciones. La gran creciente fue extraordinaria y duró toda la guerra, lo cual era una fatalidad para los paraguayos, pues los buques hasta pasaban por arriba de las cadenas.

            Cuando el desembarco aliado en Itapirú, había en Paso de Patria 40.000 hombres, diezmados por el sarampión y otras pestes, pues, durante seis meses, murieron doscientos cincuenta hombres por día, no habiendo tiempo, a veces, para enterrar los muertos.

            El sarampión y la diarrea que lo seguía, causó más víctimas que el cólera mismo. En Itapirú peleó la guarnición del puerto, el Batallón N° 12 del Capitán Viveros, tres batallones más y varios regimientos de caballería, mandando en jefe del Comandante Benítez.

            Viveros estaba solo el 15, día del paso. El 18 a la noche había orden para prepararse a la retirada antes de aclarar el día. Esta se hizo en plena luz, sin ser hostilizados y presenciado el movimiento desde los buques.

            El bombardeo empezó a las 8 a.m., pero ya el ejército había ocupado la altura del abasto, donde antes estuvo acampada la caballería. El ejército pasó al Estero Bellaco y fue a establecerse en la loma Tayy, y después pasaron Paso Gómez para ocupar lo que después se llamó líneas negras.

            La vanguardia estaba en la pendiente opuesta al Estero Bellaco, en Loma Tayy, donde después fue el campamento brasilero, manteniendo una partida en el Paso Cidra del Estero Bellaco del sur.

 

2 DE MAYO

 

            Era una descubierta sin el propósito de dar batalla. Lo que López deseaba era mostrar a los aliados el valor del soldado paraguayo.

            Mandaba la caballería el Comandante Benítez y la infantería, el Comandante José E. Díaz, jefe superior secundado por Benítez. Si el Mariscal hubiese calculado el efecto surgido de esta sorpresa, tal vez hubiese lanzado todo el ejército. Díaz mandó pedir protección pero no hubo tiempo de hacerla llegar.

            En este combate hubo un incidente heroico; un soldado oriental y un soldado paraguayo, ambos con las piernas quebradas, se iban arrastrando cada uno a su campo hasta que se vieron y se llamaron.

            Iban acercándose y al fin, alzando sus fusiles, se hicieron fuego, muriendo ambos. Los paraguayos llevaron 6 piezas lisas y las perdieron. Por otro lado tomaron 6 rayados.

 

MEDIDAS DE LÓPEZ

 

            Cuando el ejército aliado ocupó Loma Tayy, trató de experimentar el ánimo de sus fuerzas el Mariscal López, encargando a sus ayudantes de investigar en los cuerpos el efecto que había producido el desfile en que los aliados ostentaban sus fuerzas. Se constató que el ánimo era excelente.

            Al mismo tiempo pensó López en aumentar las fortificaciones de su campo de Humaitá, creando las trincheras de la derecha paraguaya, para proteger los buques “25 de Mayo", "Gualeguay" e "Ygurey" que estaban en el riacho de arriba de Humaitá. Este curso da solamente entrada en tiempo de creciente y entonces se puede ir hasta el establecimiento.

            Apareció entonces la observación en globo de nuestro campo, y se dispuso aumentar el número de cañones de nuestras líneas, fingiéndolos de madera con cueros.

            Las trincheras fueron extendidas a la izquierda, cubriendo el frente de Tuyucué, hasta encadenarse con las de Humaitá. La vanguardia fue retirada adentro de las lineas.

            Hay que advertir que cuando el ejército aliado ocupó esta nueva posición, el campo paraguayo solamente estaba defendido por los obstáculos naturales y por una trinchera en Paso Gómez, improvisada y ligera, pues este es el principal paso de los esteros, de suerte que él ejército aliado pudo atacar con más ventajas.

            Desde entonces se trabajaba noche y día en las trincheras, primeramente en los pasos y después para unir éstas entre sí. El Mariscal estaba a la defensiva y este era su plan.

 

24 DE MAYO

 

            Los espías paraguayos que había entrado al campo aliado (Eran muchos y muy hábiles, y volvían con cerveza y otras cosas) vestían uniformes brasileros, pero no sabían más que guaraní y nunca los descubrieron. Ellos avisaron a López que el 25 de mayo debían ser atacadas sus líneas, según lo habían oído.

            López tenía entre Humaitá y sus líneas 24.000 hombres y una división en el Alto Paraguay, expedicionando contra los brasileros, en número de 1.500 hombres (Regimientos de caballería N°s. 9 y 20 y los Batallones N°s. 10 y 27). Desde el 22 pensaba en preparar una nueva sorpresa a los aliados y dió las órdenes necesarias para el 24.

            El General Barrios debía mandar la derecha, llevando por segundo al Comandante José María Delgado, hoy General. Esta columna era de 4.000 hombres de infantería y caballería.

            Llevaba una batería volante. El General Resquín, con 4.000 hombres de caballería, iba a atacar por la izquierda. El plan era que estos dos generales marcharan sobre los flancos enemigos sin atacar, hasta ganar su retaguardia, para distraer, así los fuegos de la artillería enemiga y facilitar el ataque al centro.

            Las dos divisiones de las alas debían reunirse en la retaguardia de las trincheras, atacando entonces al enemigo.

            El centro se componía de dos columnas de 4.000 hombres cada una. A la derecha mandaba el Coronel Díaz y a la izquierda, el Comandante Aguiar. El Coronel Díaz llevaba el mando de todo el centro, con su división de puro infantes. Aguiar llevaba infantería y caballería.

            El ataque debía comenzar al aclarar el día. Pero por contratiempos sufridos por las alas derecha e izquierda, no se comenzó sino a las 12 y cuarto.

            Por causa de los jefes que mandaban las alas, se frustraron las instrucciones. El General Resquín dijo que habla cerrado el Paso Fernández y había desorganizado su columna, recibiendo los fuegos de las líneas enemigas, en los vadeos que hacía el Coronel Pereyra, segundo suyo.

            El General Barrios decía que se había atrasado en la picada y parece que estaba ebrio. Su segundo, Delgado, que iba a la vanguardia, no tuvo instrucciones oportunas para dirigirse, y se vió obligado a pelear, saliendo a la retaguardia enemiga, y por falta de apoyo, se retiró.

            El General Díaz y el Coronel Aguiar llegaron por el centro hasta las trincheras, arrostrando todo el fuego convergente del enemigo. Díaz salió con 50 hombres sanos y fue reforzado por dos batallones a las órdenes del Mayor Godoy. Pero el enemigo retrocedió ante estos Cuerpos; dejando libre a Díaz y Barrios que habían resistido sus ataques. La división del último se retiró con menos pérdidas.

            A la mañana siguiente tuvo lugar una reunión de los jefes que habían tomado parte en la batalla, que el Mariscal López observó con el anteojo desde Paso Pucú, y cuando supo el desastre, se acercó a una batería, inmediata a Paso Gómez.

            En la reunión él dijo al General Resquín, que se excusaba por haber errado el paso: - "Vd. es un cobarde que no merece sino cuatro balazos, pues ha ido a sacrificar inútilmente las fuerzas de su mando".

            Yo creí que hubiera fusilado a Resquín, pero de hacerlo, le habría tocado también al General Barrios, con quien aún mantenía buenas relaciones. Creo que a esta circunstancia debió su vida el primero.

            Al General Barrios lo censuró más moderadamente. A las 9 de la noche, López iba del cuartel general a Paso Pucú, y se encontraron con el Coronel Díaz, que se retiraba del campo.

            Al verle, Díaz le dijo: "Aypybú ndeve; Caraí, los camba pero nda mbogüi"- muy conmovido. Es una figura de arrancar la corteza sin sacarla. Lloró este jefe.

            En la noche del combate hacía mucho frío, dado que hubo heladas extraordinarias. Los heridos venían saliendo, ocupando una larga extensión, y en la batalla no murieron más de 4.000 hombres,  mientras que los heridos llenaron todos los hospitales de Asunción, Humaitá y otros disponibles, habiéndose empleado 8 días en recogerlos.

            Aquellos que podían permanecer en el ejército, y lo desearen, se quedaren, y fue sorprendente la pronta curación de los mismos. Los muertos en el campo, y posteriormente, por heridas, alcanzarían tal vez, a 8.000 hombres.

            El Mariscal López no tenía el 25 de mayo, a sus inmediatas órdenes, sino 5.000 hombres escasos, de suerte que si los aliados hubiesen avanzado, no habría tenido qué oponerles, terminando así la guerra.

            Durante ese día, López mandó desfilar los pocos cuerpos que le quedaban, divididos en compañías, y en un bajo visible a los aliados, a los soldados más altos.

            Con este ardid se proponía demostrar que tenía mucha tropa y que ocultaba algún movimiento para reforzar su línea. Se esperaba, por parte paraguaya, el avance del enemigo como consecuencia natural de las pérdidas del ejército.

            La caballería estaba, en generalidad, montada el 24 de mayo, en redomones y yeguas, recién recibidos y chúcaros. López no dejó traslucir las impresiones de su alma ante este desastre. Los diarios de Asunción y las correspondencias del ejército daban el hecho como una victoria del heroísmo del ejército paraguayo.

 

ENFERMEDAD DE LÓPEZ

 

            En los meses de agosto y septiembre tuvo López un terrible ataque de disentería, que estuvo a punto de matarlo. Su estado gravísimo hizo que vinieran de Asunción todos los médicos y se confió, principalmente al último, D. Domingo Parodi.

            Cuando el ataque a Curupayty estaba convaleciente. Yo estuve enfermo dos meses en Corrientes, hasta fines de septiembre.

 

CUARTEL GENERAL DE LÓPEZ

 

            El Mariscal López tenía cuatro ayudantes de servicio y dos ayudantes de campo que nunca se movían de su lado y dos de órdenes.

            El jefe de Estado Mayor en Paso Pucú era el Coronel Alén, conservando el General Resquín el título de Comandante en Jefe del Ejército del Sur, que era el que invadía Corrientes.

            El secreto del estado de las fuerzas del ejército era solamente sabido por el Mariscal, por el General Resquín, encargado de reunir el parte diario de todos los cuerpos y por el Coronel Aveiro, como encargado de la secretaría y de cuidarlos.

            Un día que algún ayudante sacó el parte de la fuerza (El Secretario Luís Caminos) y se lo dió a López, éste me amenazó muy enojado por haber faltado yo a la consigna de que nadie supiera la fuerza efectiva, y le ofreció hacerlo fusilar en el acto. Pero reaccionando le dijo que si otra vez sucedía el caso, sin hablar una palabra, lo pasaría por las armas.

            El Obispo, el General Barrios, el mismo Secretario General Caminos, no conocían esos estados.

            El ejército, al cubrir la línea de las trincheras, estaba dividido en divisiones en esta forma: La derecha, a las órdenes del General Bruguez (ascendido el 24 de mayo) cubría desde el Paso Gómez al Potrero Sauce. El centro a las órdenes del General Díaz (ascendido después del 24 de mayo) desde Paso Gómez a Paso Saty-i Angulo. La izquierda, desde el Angulo hasta Paso Ramírez, mandaba el Coronel Roa, y desde Paso Ramírez hasta unirse con Humaitá, el Comandante Valois Rivarola.

 

REORGANIZACIÓN

 

            Después del 24 de mayo, López ordenó el reclutamiento de los viejos y esclavos que aún no habían tomado las armas, y los jóvenes desde 12 años adelante, logrando reunir como unos 12.000 hombres en total, fuera de la guarnición de Humaitá, que sería de 4.000 todas las armas.

 

GOBIERNO DE ASUNCIÓN

 

            Estaba a cargo del Vicepresidente Domingo Francisco Sánchez, nombrado por López, con autorización del Congreso, al salir a Campaña. Era Ministro del Interior.

Su mandato era mientras durara la guerra. El Congreso no se reunía sino por convocaciones especiales y durante la guerra no se reunió nunca.

            Sánchez tenía por Ministro de Hacienda a Mariano González; de Guerra interino era el Mayor Fernández y después Luís Caminos, efectivo hasta Cerro Corá; el del interior, era José Falcón, y de Culto y justicia, no había.

            Berges seguía de Relaciones Exteriores y se hacía el enfermo. En las oportunidades necesarias formaba un consejo de los empleados superiores de la administración para deliberar los asuntos públicos. Fue nombrado consejero especial, el padre Espinoza, sacerdote inteligente y amigo de López.

            Cuando Caminos fue nombrado Ministro efectivo de Guerra, yo quedé encargado de la Secretaría del Mariscal.

            Este gobierno de Asunción era pro-forma. Nada se hacía sin previa consulta al campamento, no siendo cosas de asuntos civiles o secundarias de administración. Anteriormente Falcón era Ministro, con tratamiento de tal, más sin repartición. Tenía el encargo especial de reunir los documentos relacionados con las cuestiones de límites y de organizar el archivo.

 

COMBATES DE JULIO

 

            Todo el mes de junio aprovechó el Mariscal de la inacción del enemigo, para robustecer y reorganizar su ejército.

            En estos combates del 16, 17 y 18, se distinguió mucho el Teniente Coronel Roa y ascendió a Coronel. En estos combates murió el Mayor Yegros, ayudante que acompañó al Mariscal a Europa, y que por razones políticas, estaba sirviendo de sargento en el 3° de Infantería.

            El Capitán Corvalán, también ayudante del Mariscal, servía con idéntico grado en la citada unidad. Aquino, Coronel, fue hecho General, ya herido.

 

EL PADRE MAIZ

 

            Este sacerdote estuvo preso en el ejército, habiendo estado antes de la guerra en Asunción. El había hecho oposición al Mariscal en su elección de Presidente por la candidatura de D. Benigno López. En el ejército fue puesto en libertad.

            Aquella oposición llegó hasta el extremo de que al ser nombrado el Mariscal, él se negó a pasar a cumplimentarlo con todos sus alumnos y trató de irse a Chile con el padre Lizaguirre.

 

CONSPIRACIÓN

 

            Cuando López estuvo enfermo en setiembre, se perfiló ya un movimiento político para el caso de su muerte. Este movimiento estaba en concordancia con el plan de la revolución que más tarde ocasionó muchas víctimas.

            Las personas que en el cuartel del enfermo tomaban parte en estos trabajos eran el Obispo, Barrios, Resquín, Dn. Benigno. Se traslució en el cuartel general que al sentirse mejor el Mariscal reprobó a aquellos su conducta y tal vez lo supo por el General Díaz, que ya les había reprobado antes, diciéndoles que él sería el primero en acabar con ellos "si pensaban tales cosas".

            Dn. Benigno era poco abierto. Se insinuaba siempre con pocas palabras y nunca se dejaba comprender del todo. Se daba mucho con Solalinde, Fernández, de Paraguarí y el suscripto, comprometiéndonos.

            Siempre me hablaba con medias palabras de sus planes, pero cuando vino el enviado Gould, me habló más claramente. El murmuraba sobre los actos de su hermano, presentando la situación en un estado desesperante.

            La trama revolucionaria duró dos años y medio, y solamente les faltó un hombre de acción capaz de asumir tanta responsabilidad.

            Cuando López estuvo enfermo, el partido militar se dividió, quedando Díaz de un lado y el Obispo y Barrios del otro.

            Si el Mariscal hubiera fallecido, evidentemente Díaz habría tomado el mando del ejército, por ser el general más valiente y prestigioso. Era terrible en sus castigos pero espontáneo en premiar los buenos servicios.

 

MISIÓN GOULD

 

            Cuando este diplomático trajo la proposición definitiva de los aliados sobre la base de que López saliera del territorio del Paraguay para tratar, el Mariscal consultó a los notables de Asunción sobre dicha base, y ellos opinaron que lo que pretendía el enemigo era descabezar al país con la salida del Mariscal, para hacer de las suyas mejor.

            Creo que López tuvo entonces sus vacilaciones, inclinándose a salir del Paraguay, y que la recomendación de que le dieran una opinión franca, no dejaba de corresponder a alguna idea que tuviese, en el sentido de su retiro, porque en la consulta decía: - "que si él era el obstáculo para que el país se desembarazara de la guerra y volviera a la paz, aunque le sería sensible en alto grado, pugnaría con sus sentimientos de patriotismo y sus deberes de militar y de jefe de estado, y no hesitaría en hacer cualquier sacrificio por el bien y la prosperidad de su patria".

            Esto es casi textual y resumen de la extensa nota que pasó al Vicepresidente Sánchez. Al mismo tiempo, hizo igual consulta a los principales jefes del ejército, siendo el primero el Obispo Palacios en manifestar su opinión, en el mismo sentido que los de la capital.

            Entonces López no aceptó las bases. Con esta misión vinieron personas extrañas.

 

PERSONAS EXTRAÑAS

 

            A través de las líneas enemigas, pasaron a las paraguayas tres jefes de diferente origen. El Mayor José María Fernández, argentino, con comunicaciones del General Urquiza. El Mariscal no hizo conocer las notas que trajo.

            Vino también el Mayor Von Versen, que se decía mandado en comisión por su gobierno, para estudiar la guerra, y un Mayor norteamericano, con el propósito de obtener una patente de corso.

            El Mariscal nunca quiso recibirlo. El hombre hablaba siempre con el General Resquín, con Caminos y conmigo; con Alén, el padre Maíz y Natalicio Talavera, entonces encargado de la correspondencia del ejército.

            Parecía tener buenas ideas y nosotros deseábamos que hablara con el Mariscal pero este decía que conceder una patente semejante, en vez de surtir un efecto beneficioso, tal vez traería complicaciones internacionales con otras potencias, con quienes no se estaba en lucha.

            Este sujeto había sido Mayor en el ejército sudista de los Estados Unidos y decía que si se desconfiaba de él, pedía ser recibido, atado codo a codo, por estar cierto de que hablando con López, lo induciría a aceptar sus ideas. Aseguraba que tres encorazados esperaban sus órdenes en una de las islas del sur de los Estados Unidos.

 

CURUZU Y CURUPAYTY

 

            Los aliados atacaron Curupayty por Curuzú, pequeño reducto hecho para la observación de los encorazados, errando el punto de ataque, pues había hacia la izquierda paraguaya, por el lado del monte, puestos accesibles, donde aún ni siquiera estaba abierto el foso de las trincheras, pues llevaron el asalto antes de ser terminada.

            Guarnecía, a la sazón, el punto unos 1.500 a 2.000 hombres, antes de que el mismo estuviese amenazado, no pudiéndose aglomerar más fuerzas por ese lado, dado el movimiento que hicieron los aliados por el lado de Tuyucué.

            La pérdida de los asaltados fue muy pequeña en relación a la de los asaltantes, siendo la mayor parte de las bajas, heridos. Después oí decir que en el acto del combate no hubo arriba de 40 a 50 muertos.

            Después del revés sufrido en ese día, y por la invasión del cólera en el campamento de Curuzú, levantaron éste, replegándose a Tuyutí, luego de haber sufrido la epidemia, de tal manera, que según se decía, ni la mitad de los que vinieron se retiraron...

            Al principio del mes, fue volado el encorazado "Río de Janeiro", atribuyéndose al principio a una bala de a 32, disparada por el Teniente José Urdapilleta, pero después se supo que fue la obra de un torpedo.

 

WASHBURN

 

            Cuando Washburn fue de mediador, al regresar de las líneas, traía copia de los planos de la fortificación de Humaitá, que López guardaba en gran reserva en el Ministerio de Guerra de Asunción.

            Significó al Mariscal, de parte del Márquez de Caxías, que no tuviera tanta confianza en sus hombres, pudiendo tomar como una prueba de la razón de la advertencia, la posesión, del aludido plano.

            Después López trató de inquirir por qué conducto lo habría obtenido, pero no obtuvo resultado, hallándose por ese entonces encargado del Ministerio el Mayor Fernández.

 

SORPRESA DE PASO POI

 

            Estando sitiado el ejército paraguayo en las líneas negras, López mandó al Mayor Eduardo Vera que escondiendo sesenta hombres, fuera a sorprender un batallón brasilero que estaba acampado sobre el Paso Poí.

            Debían ir los hombres desnudos, armados a sables y llevando una faja blanca en la cabeza para reconocerse. Pasaron el río en sigilo y el centinela que estaba en el Paso, al oír un pequeño ruido, creyó que era algún carpincho.

            La sableada fue completa, pues casi acabaron de matar el batallón. El ejército que estaba en Tuyucué se puso en alarma, creyendo que se trataba de un ataque formal.

 

MUERTE DEL GENERAL DÍAZ

 

            Noticioso López de que acostumbraba Díaz bajar al río a bañarse o a pescar, le prohibió que se expusiese a las balas enemigas.

            El no hizo caso y recibió la herida que le causó la muerte. Cayó en el río al ser herido y sus ayudantes, con las piernas cortadas, sacándolo un sargento payaguá.

            Cuando fue conducido a su cuartel general, él mismo, de su puño y letra, escribió sobre su desgracia a López. Cuando murió después de la amputación, López escribió un telegrama al Vicepresidente, diciendo que él ejército acababa de perder a su mejor espada. En el ejército se decía que su muerte era una calamidad.

            En su carta a López decía, más o menos esto: "Una bala enemiga acaba de cortarme la pierna. Falté a las órdenes que me dió y me ha sucedido esto".

            Agregaba que tenía la esperanza de sanar pronto y de continuar prestando sus servicios a la patria. López durante su enfermedad, pasó casi días enteros a su lado.

 

3 DE NOVIEMBRE DE 1867

 

            Esta sorpresa llevada a los aliados de Tuyutí tenía por plan obligar al ejército aliado a abandonar Tuyucué, volviendo a su antiguo campamento, o cortarle la retaguardia, privándole así de su línea de abastecimiento por el Paso de Patria.

            El comando en jefe fue dado al General Barrios, quien no llevó personalmente el ataque, quedándose en el reducto de Yataity Corá.

            Las tropas eran 5.000 hombres. La mayor parte de los jefes de cuerpos fueron muertos. Ninguno de los que llegó al campo enemigo, volvió con vida.

            Las tropas se desorganizaron, viéndose sin cabeza y heridos, volvían cargados de géneros y con dos o tres fusiles cada uno.

            Estas causas fueron las del verdadero revés de las armas paraguayas, después de haber tenido al principio tan buen éxito.

            Trataron de reorganizarse las tropas, pero antes de hacerlo, fueron atacadas. El Mayor Bullo fue a clavar la bandera paraguaya en el reducto de Porto Alegre y allí lo mataron de un pistoletazo disparado desde el foso.

            El 3 de Noviembre los sorprendidos fueron a detenerse sobre el Paso de Patria, habiendo quedado solamente la gente del reducto de Porto Alegre.

 

ESTABLECIMIENTO

 

            Los brasileros pensaban que las trincheras del Establecimiento formaban parte del sistema de Humaitá.

            Ella estaba fuera del círculo de Humaitá y tenía por objeto guardar el camino de Villa del Pilar, por donde recibía sus abastos Humaitá y proteger además los buques.

            Atacaron los brasileros por cuatro veces y tres veces fueron rechazados. En la cuarta vez, al tomar la trinchera, encontraron de nuevo a su frente la trinchera de Humaitá y perdieron mucha gente en el asalto.

            El único punto accesible en esta trinchera era un puente levadizo, que estaba colgado con correas de cuero. Uno de los paraguayos que estaba con los aliados, sabedor de este secreto, llevó al enemigo al puente, y el mismo cortó las amarras, cayendo el puente.

            La trinchera era defendida por el Mayor Olavarrieta. Poco tiempo después esta posición fue abandonada por el enemigo, convencido de que nada adelantaba sobre la fortificación de Humaitá y obedeciendo el plan de cerrar el cuadrilátero.

 

TAYY

 

            En este punto el Batallón N° 9 de línea, a las órdenes del Mayor Villamayor, fue casi concluido por el fuego del enemigo, por causa de la impericia de su jefe, que murió allí.

            Después del asalto del Establecimiento y el combate de Tayy, ya se pensó en la retirada por el Chaco, comisionándose al Capitán Julián Lara para abrir camino por el Chaco, siguiendo la costa del río desde Timbó hasta donde se pudiese.

 

EVACUACIÓN DE PASO PUCU

 

            Este camino fue hecho hasta Monte Lindo. Desde la antevíspera de la retirada, todas las noches se sacaban los cañones reemplazándolos por piezas simuladas de cuero.

            El Mariscal marchó de su cuartel general dejando una pequeña guarnición que debía retirarse a cualquier amago. El salió con todo el ejército, encerrándose en las líneas de Humaitá, mientras los vapores esperaban.

            Llevaba una parte de las fuerzas, muy poca, y no demoró en Humaitá sino el tiempo necesario para que los vapores pasaran el ejército al Chaco.

            Desde que vino el sitio de Humaitá él dejó instrucciones para la guarnición, escritas por él. Dejó de jefe al Coronel Alén, de segundo al Coronel Martínez; de tercero al Capitán Cabral, de cuarto al Capitán Gill y al Comandante Orzusa en quinto lugar. Les dejó provisiones para seis meses.

            El jefe de la guarnición Coronel Alén era un hombre de muy mal genio y no muy valiente. Había diferencias entre él y Martínez. Desde que el Mariscal se ausentó de Humaitá, uno y otro le escribían notas de diversos sentidos.

            Se atribuye a este hecho la tentativa de suicidio del Coronel Alén, como él mismo lo declaró después. El Coronel Martínez fue siempre muy allegado al Mariscal y era uno de los hombres de su mayor confianza.

            El plan de López al dejar en pié a Humaitá, sacrificando su guarnición, era el de detener el mayor tiempo posible el movimiento progresivo del ejército aliado, mientras él se fortificaba en la línea del Tebicuary.

            Los cañones de 68 que estaban en el Timbó fueron llevados a la línea del Tebicuary, con un sacrificio extraordinario de los batallones 44 y 48, pues los arrastraban a pulso a través de los hondos y numerosos pantanos del Chaco, teniendo que afrontar todas las dificultades del pasaje del Bermejo a puño.

            El pasaje del Mariscal se hizo casi enseguida de la llegada a Humaitá, a la primera noche, en los vapores Ygurey y Tacuarí, hasta el riacho Guaicurú, distante 4 leguas de Humaitá, en el Chaco, y desde allí siguieron en embarcaciones y canoas hasta Tímbó.

            El Mariscal iba acompañado del Obispo, todos los empleados del cuartel general y los dos cuerpos de escoltas, llamados Acá Carayá (casco de piel de mono y penacho atrás) escolta del gobierno y el otro, Acá Verá (casco reluciente) escolta del Mariscal en campaña.

            En la misma canoa del Mariscal venía el Obispo, Madame Lynch, sus hijos y los ayudantes de servicio, remando también ellos. Enseguida otra canoa, enfilados, los empleados del cuartel general, el Coronel Toledo, comandante de la escolta, el Comandante Aguiar y otros.

            Después seguían los empleados y las tropas. Eran como cien canoas, preparadas de antemano, y que iban tan cargadas que apenas salían dos pulgadas del agua.

            Por la circunstancia de que todas las mañanas al amanecer los encorazados de arriba bajaban a bombardear Timbó fue que no llegamos en los vapores hasta allí. La arribada fue muy empeñosa como trabajosa, por la fuerte correntada. Entraron con las canoas, aprovechando la creciente, por la laguna que rodea a la punta de Timbó.

            Cuando estábamos a mitad del camino de Riacho Guaicurú a Timbó, empezaba a aclarar el día, y al que hace esta relación se le ocurrió chancearse con los compañeros diciendo: - "Ahí está ya el monitor!".

            Todos se impresionaron mucho de la noticia y especialmente el Coronel Martínez que venía a acompañar al Mariscal hasta Timbó, para regresar después. Pasada la broma y un rato después de la jarana, apareció en realidad el monitor, que acababa de dar fondo muy cerca de Timbó.

            Cuando lo avistamos aún nos faltaban cuatrocientas varas para ganar la laguna de Timbó, de suerte que tuvo tiempo de echarnos a pique y de ametrallarnos. Pero no

se movió de su fondeadero, a pesar de venir aguas abajo y tener vapor.

            Rompió el fuego sobre Timbó recién cuando la última canoa de la larga caravana había penetrado en la laguna.

            Allí pudo terminar la guerra con la caída de López. El cañoneo duró todo el día y el siguiente. Fuimos a acampar ese mismo día algo más arriba de donde fondeaba el monitor, y a la madrugada siguiente, seguimos el camino de Bermejo, después de haber dado sus órdenes a la división que quedaba en el Timbó.

            Los aliados pudieron tomar a este punto como dueños del río, llevando una expedición para desembarcarla, dejando así aislada a Humaitá, y pudiendo perseguir con éxito a la comitiva de López que, sin caballos, iba la mayor parte a pié, con los cañones sin tiros, arrastrados a pulso.

            Eran 30 piezas de distintos calibres. López iba con un cuerpo de ejército de seis a siete mil hombres. En el fortín de la boca del Tebicuary, sobre el Paraguay, había 16 a 20 piezas, inclusive las de 68, en el paso del Tebicuary para la Villa del Pilar. En paso Villamayor, había otra trinchera, o pequeño reducto con una batería.

            Desde que se empezó la marcha por el Chaco, López escribía telegramas y notas a Asunción, fechando siempre como si fueran escritas en Paso Pucú, lo que causó alguna curiosidad a los que sabíamos, y recién después que se repasó el río para San Fernando, fechó desde este punto el primer telegrama que escribió, estando ya hecho todo el pasaje, el cual duró algunos días.

            Cuando la vanguardia llegó a Monte Lindo, ocupa este lugar, como designado para pasar a San Fernando. El grueso de la columna se quedó en el Ceibo, como a media legua abajo de Monte Lindo.

            Dos vapores paraguayos esperaban la expedición amparándose en el Riacho Recodo. A la mañana siguiente de nuestra llegada a Monte Lindo mandó preparar una batería sobre el río con el fin de proteger el pasaje, en caso de la arribada de los encorazados, pero sin haberse concluido la colocación de las piezas, arribaron dos.

            Casi desde la boca del Tebicuary, López tenía vigías para avisar con señales el arribo de estos buques, de manera que a su aproximación al lugar que ocupábamos, mandó cubrir los cañones con ramas verdes de árboles, haciendo retirar a toda la gente hacia su cuartel general.

            Así los buques arribaron a alguna distancia más arriba del riacho Recodo, y enseguida volvieron a bajar disparando sobre Monte Lindo unos tiros de cañón. Cuando volvieron a bajar apostaron los vigías a la mayor distancia posible y cuando se vió que continuaban aguas abajo, se empezó el pasaje, que se hizo sin molestias alguna, por parte de los buques.

            Cuando llegamos a Monte Lindo, viniendo de Humaitá, nos incorporamos con Dn. Benigno, hermano del Mariscal, en ese punto, el cual llegó dos días después en un bote, llamado por su hermano.

            Cuando se encontró abordo con Berges, que venía con nosotros, éste le dijo al pasar: - "Mucho aplomo". Berges estaba en Asunción y fue llamado en víspera de la retirada de Paso Pucú.

            Antes de este encuentro de Berges con Benigno, y qué citaban reunidos en el punto citado, Berges, Bedoya (cuñado de López), Fernández (de Guerra) que habían sido también llamados, Riveros (Oficial 1° del Ministerio de Relaciones Exteriores), Ortellado (juez civil), Benítez (Redactor del "Semanario" y secretario de un misterio) .

            Una tarde dispuso López que el Obispo Palacios, llevando como secretario a Gumersindo Benítez, y de adicto a mí, hiciera comparecer ante sí, a los demás arriba nombrados, a objeto de pedirles explicaciones sobre lo que había sucedido cuando el arribo de los encorazados a Asunción, a propósito de vacilaciones para hacer fuego sobre aquellos buques y algo más sobre la impresión no favorable que les hubieran causado el encerramiento del ejército por los aliados.

            El Obispo Palacios enseguida puso en práctica aquella disposición y labrándose un acta de lo que cada uno hubiera dicho para su justificación.

            Durante la sesión se tomaron algo acalorados Berges y Bedoya. Este último siendo de muy escasa capacidad, fue apurado por Berges, y entonces irritado Bedoya hizo ademán de arremangarse los puños y decir en tono de amenaza a Berges y los demás, que si hubiera tenido lugar lo que se habían propuesto, hubiera sido otra cosa.

            Firmaron todos la diligencia y el Mariscal, que no estaba lejos del lugar, sea por sí o por sus ayudantes, estaba impuesto de lo que pasaba allí. Al disolverse la reunión, teniendo Bedoya que pasar por enfrente de la carpa de él, y lo hizo sin descubrirse, ordenando López a uno de sus ayudantes que fuera a darle cintarazos a su cuñado hasta que aprenda a guardar respeto a sus superiores, como en efecto sucedió, causando no poco asombró a los circunstantes.

            También entró en aquella conferencia como punto a esclarecerse y como consecuencia del sitio puesto por los aliados, de lo que se habrían propuesto entre Bedoya, Berges y algunos más, para un caso de que el Mariscal, no teniendo como se creía, viabilidad de retirada por el Chaco, se viera en la necesidad de forzar el sitio y de que en ese empeño, perdiera la vida o fuera prisionero.

            A lo que Bedoya contestó que él no había tenido sino una simple conversación de familia, entrando en ella Berges, a propósito de quien debería suceder al Mariscal en aquellos casos, y todos habían opinado que debía ser Don Benigno.

            A esto Berges observó negativamente, alegando que no había tomado parte en la conversación, y de allí provino el disgusto.

 

SUCESOS DE SAN FERNANDO

 

            Se ha discutido si fue real o falsa la conspiración contra el gobierno de López. Yo pienso que ha existido, según los antecedentes que paso a relatar.

            La conspiración venía preparándose de tiempo atrás, encabezada por Benigno López, valiéndose los iniciados de un medio hábil para que unos no supieran quienes eran los demás, y solamente se sabía el secreto de dos en dos, entre los conspiradores.

            De este modo era muy difícil descubrir la trama. El comité directivo se componía de doce personas, dos de cada nacionalidad de las representadas en el país. Paraguayas eran Benigno, Bedoya, Venancio y Berges, en Asunción. Extranjeros eran Washurn, Ministro Americano, Mr. Bliss, el Vicecónsul portugués Leite Pereyra y Vasconcellos. Españoles los señores Uribe y otros.

            Fueron, fiscales de la causa los señores José Falcón, Centurión, que casi hubo de ser víctima, Serrano, Maciel, Carmona, los padres Maíz y Román, Saguier y Abalos. Cada comisión fiscal se componía de dos miembros.

            El resultado general del proceso fue el de comprobarse la revolución, cuyo plan no se había realizado por falta de un hombre enérgico que se pusiera a la cabeza y por la esperanza que tenían en Caxías.

            Partían de la base los revolucionarios de que López estaba encerrado en Paso Pucú, sin imaginar que pudiera haber comunicaciones por el Chaco, dado que la escuadra dominaba el río.

            Creían entonces inevitable la muerte o prisión dé López, y que si lograba salvarse con alguna pequeña fuerza, siempre sería perseguido por su retaguardia y ellos saldrían al encuentro.

            La base era la guarnición de Asunción, compuesta de varios cuerpos de jóvenes en instrucción, un batallón de marina y soldados viejos divididos en los cuarteles. Washburn era acusado de que en las dos veces que fue al campo aliado, llevó notas o mensajes verbales para que Caxías aproximara un cuerpo de 10.000 hombres al Paso de Santa María, del Tebicuary, mientras López estaba encerrado.

            Este cuerpo daría lugar a que la revolución estallara en la Asunción, sirviendo de punto de apoyo en caso de éxito o fracaso. Pero Caxías no cumplió con el apoyo prometido. No se sabe si por desconfianza de alguna emboscada o porque alimentaba a los solicitantes con el fin de que con un descubrimiento, tarde o temprano, el país perdería sus principales hombres.

            El proceso de Bedoya estaba casi abandonado, porque él no salía de su declaración a que me he referido anteriormente. Pero de repente se agravó su situación por el suceso siguiente.

            Dn. Benigno mientras guardaba su arresto mantenía relaciones de intimidad con el ayudante del Mariscal, Fernández, y por medio de este había procurado ganar la voluntad para su plan proyectado de hacer asesinar a su hermano, por un trompa de órdenes del cuartel general, que mantenía entrevistas nocturnas con Fernández y Dn. Benigno.

            El mismo Fernández había mandado trabajar un puñal a propósito por un herrero del ejército cuyo nombre no recuerdo. Vino la casualidad de que la noche en que Fernández le trajo ese instrumento, Serrano, que había salido del cuartel general a alguna diligencia hacia el rancho de Benigno, pasando por cerca de este y percibiendo una conversación en voz baja, se paró a escuchar, pudiendo percibir algunas palabras, referentes al plan.

            Esperó y cuando salieron, trató de reconocerlos. Los acompañó y los llevó a la guardia del Estado Mayor, donde les intimó prisión. Es de advertir que el Mayor Fernández, por falta en el servicio como ayudante, estaba destinado en el Estado Mayor en espera de órdenes.

            Este suceso agravó la situación de Bedoya, fue engrillado y Benigno fue reducido a arresto efectivo y engrillado. Interrogado de nuevo Bedoya, continuando su causa, se mantuvo firme negándose a recibir todo alimento y la picadura que le produjeron los fierros en las piernas, el mismo trató de empeorar, de tal modo que por esto y por negarse a recibir alimento murió algunos días después en su prisión, gangrenándosele la pierna.

            Interrogado a su vez Fernández sobre lo que hablaban con Benigno y el trompa la noche referida, al principio se mantuvo remiso a declarar, y por consejo del Obispo, con el se principió la tortura, que fue administrada por Serrano y que era cepo de campaña, bajo la presión del cual, prestó sus declaraciones en el sentido del plan indicado, y refiriéndose a Benigno por el dicho de este, complicó al padre Moreno y al Comandante Gómez, jefe del Estado Mayor en Asunción, diciendo que aquel le había dicho que el plan debía llevarse a cabo, si lo que se proyectaba en Asunción, demorara en surtir efecto.

            Fernández dijo que Benigno también había hecho mención que en el proceso que debía tener en Asunción, no era extraño el padre Moreno y los presos de Cerro León, que eran los mismo de Asunción, interesados en el arribo de los encorazados.

            Interrogado a su vez el trompa, éste, sin tortura alguna declaró que en verdad había sido hablado, primero por Fernández y después por Benigno, con oferta de recompensa pingüe, si llegaba a consumar la muerte de López, lo que debía llevarse a efecto el día que le señalase, al retirarse de haber oído misa, como acostumbraba entonces, en la capilla del ejército.

            Después siguió a consecuencia de estas declaraciones, la prisión del Pbro. citado y del Comandante Gómez, pero la causa no adelantó más de lo relacionado, sucediendo en el ínterin de esas declaraciones, la muerte de Bedoya.

            La prisión del padre Moreno precipitó más el suceso de un motín o levantamiento de los presos de Cerro León, coincidentemente con las declaraciones de Fernández pues, interrogado Benigno, este se mantuvo en la negativa, no obstante de ser urgido por Fernández, en los careos que tuvieron.

            Estas primeras declaraciones fueron tomadas todavía por el Coronel Toledo, fiscal de la causa de Bedoya esos días, después del pasaje a nuestro campamento de San Fernando, Berges, que seguía enfermo de parálisis desde algunos días antes, tuvo permiso de volver a la Asunción, adonde seguía curándose, pero más tarde resultó que su enfermedad era fingida, porque recobró el uso de los nervios y pudo caminar y firmar, como en tiempo de su salud.

            No puedo hacer memoria del otro hilo que vino simultáneamente a las cosas de Fernández a darle más apariencia de verdad, pero creo que fue por declaración del presbítero Moreno que fue llevada presa la señora Ramona Eguzquiza de Decoud, que a la sazón estaba viviendo con los señores Uribe, y la misma, interrogada sin tortura alguna, hizo relación de haber visto fuera unos billetes que se cambiaron entre dichos señores y el Comandante Gómez, billetes que hasta extractó por su dictado en sus declaraciones, agregando que había visto, junto con aquellos billetes, la lista de las personas que componía el Directorio y varias otras de distintas nacionalidades, que se hallaban afiliadas a la conspiración.

            La declaración de esta mujer fue la que ocasionó la prisión de más de cien personas, entre nacionales y extranjeros, habiendo obtenido su libertad por la franqueza que manifestó en sus declaraciones.

            Fue entonces que se nombraron distintas comisiones para procederse a las declaraciones de los presos, cesando con esta medida el Coronel Toledo en su anterior comisión.

            Entre las personas nombradas por la Eguzquiza designó a un sastre español de apellido Prado y a otro paraguayo, Sebastián Ibarra, como que figuraban en la lista de los afiliados y también un tal Pío Pozzoli, italiano, y entre los del directorio, al Capitán Fidanza, italiano, y al ya dicho Pozzoli.

            Nombró a éstos con especialidad a los demás, porque fueron los que sin tortura alguna, fuera de sus prisiones, prestaron declaraciones sobre la realidad de la proyectada conspiración, aumentando a su vez el número de los complicados en el proyecto, lo cual aumentó también las prisiones. Los jóvenes españoles... murieron torturados sin querer siquiera contestar a las preguntas.

            Mientras continuaba el procedimiento sumario y la prisión de casi todos los hombres que quedaban en la Asunción y muchos empleados y habitantes de la campaña, y parecía que el esclarecimiento de la causa llegaba a su término, se aproximaba el 24 de julio, natalicio del Mariscal, fecha que en el ejército y todo el país, por orden oficial se festejaba pomposamente.

            El Obispo Palacios, tomando por pretexto esta proximidad de las fiestas, con repetición y en distintas reuniones de los fiscales y jefes allegados, decía al Mariscal que si la causa estaba tan bien averiguada, y sobre todo, tratándose de cosas de esta naturaleza en que bastaba y servía como plena prueba, hasta los gestos y guiñadas de asentimiento, se diera por terminado el procedimiento, colgándose á todos los encausados.

            Agregó además, como una causal de su premura, que estábamos en víspera de un ataque, dada la aproximación de las fuerzas terrestres. A lo que el Mariscal contestó que no quería proceder de esa manera, y que seguiría el proceso hasta el último día en que por la fuerza de los acontecimientos de la guerra, no pudiera continuarse.

            El Obispo no sabía, lo mismo que el General Barrios, de que antes de tales consejos -que eran apoyados por el segundo, con buena o mala fe-, ambos estaban acusados por los principales declarantes, que fueron Berges, Venancio, Benigno, Fidanza y varios otros.

            Pero no cabe duda de que ya sospechaban algo, por ciertas reservas de López, al recibir los informes de los fiscales, en relación a sus personas, porque así había encargado todo aquello que se relacionaba con ellos y que tal fue la razón de que se cortara la causa del modo que aconsejaban, para que al fin y al cabo, no trascendiera hasta ellos.

            La inquietud del Obispo y del General Barrios cada día venía aumentando, desde cuando hubo conocimiento de que D. Benigno, D. Venancio y Berges habían prestado declaraciones, revelando la existencia de la conspiración.

            Que uno y otro, contra su costumbre, hacían no solamente la corte a los fiscales, sino que eran objeto de regalitos por ellos y yo entendía que en los últimos días, antes de su prisión, vivían con vigilancia secreta, de lo que creo, no se apercibieron.

            Dn. Venancio que seguía en arresto en su cuarto, cercano al que ocupaba el obispo, sin vigilancia inmediata, una tarde que pasaba un ayudante de López, lo llamó y le hizo encargó de que se le dijera a su hermano que le mandara útiles para escribir, pues tenía mucho que revelarle. López no hablaba a su hermano.

            Este recado fue dado en presencia de aquellos y desde entonces, se aumentaron las inquietudes de los dos. Se mandó los útiles, y sin haber estado en antecedente sobre las resultancias del proceso, Dn. Venancio hizo la relación sucinta de la causa, sus causas y las personas complicadas, entre las que hizo figurar a su madre, en primer término, en connivencia con el Ministro Americano, a quien había regalado unas mil onzas para obtener su cooperación, en inteligencia de lo que se proponían con los aliados y para en caso apurado, conceder asilo a su familia. Agregando que él -Dn. Venancio-, fue iniciado el último en la conspiración.

            Dn. Benigno declaró después respecto de él, afirmando que por la cobardía de Dn. Venancio, no le habían anticipado el secreto.

            Con los careos de Dn. Venancio con Berges y de ambos con Dn. Benigno, éste, que seguía negativo como el segundo, al principio, confesaron que todos los puntos de la declaración del primero, eran verídicos, con excepción por parte de Dn. Benigno, que se mantuvo tenaz hasta su muerte, no obstante que al respecto tuvo que pasar varias veces por el "cepo uruguayana"; de que nada y para nada así su madre, como sus hermanas, han tenido conocimiento, ni menos participación en los planes, pero que los dos se mantuvieron en la afirmativa.

            Una tarde en que las declaraciones de éstos sobre la complicidad del General Barrios y del Obispo fueron llamados por el Mariscal, quien manifestándoles sus sentimientos por tener que tomar medidas represivas contra ellos, a causa de las resultancias del proceso, en que figuraban como partícipes, les ordenó guardaran arresto en sus habitaciones.

            El primero había salido a paso precipitado (Yo no supe del suceso hasta la noche, en que volvía de mis atenciones en los sumarios, y por referencia de Serrano), dirigiéndose a su casa, donde enseguida sacó una navaja de barbear y pasó con ella al otro cuarto, en que estaba sentada su señora, y diciéndole al aproximarse, como reproche: "Tú me haz querido ver de este modo" y dicho esto, se cortó en dos partes la garganta, cayendo sobre su esposa.

            El caso pasó en presencia de Andrés Maciel, que era su secretario y qué se hallaba allí, por lo que así se supo de aquellos dichos. Barrios, mediante el auxilio médico, volvió a sanar, pero nunca le salió más el eco de la voz, y de cualquier hormiga que veía por el suelo, se asustaba gritando:         Atajen a este que me: viene a un..."

            Había perdido el juicio o lo fingía.

            Cuando sé llamó a declaración al Dean Bogado, que vivía junto con el Obispo en San Fernando, le dijo el Obispo, en tono de ruego, que se mantuviera firme en lo que habían hablado sobre su negativa, puesto que una palabra que dijera en el sentido de las revelaciones, sería una muerte segura.

            Hay que advertir que la forma del interrogatorio, dada por el mismo López, cuando se obraban las descubrimientos, no era más que en sentido genérico; sobre si tenía conocimiento y participación en el connato de conspiración encabezado por un comité formado en la Asunción, sin designación por consiguiente, ni de personas ni de planes.

            Al dar esta fórmula a los fiscales, les dijo que solamente de ese modo se puede llegar a la convicción de si en realidad había existido aquel connato, pues, que los presos si fuesen interrogados sobre hechos y personas, podrían por el temor a los rigores, decir que había lo que en verdad no existía.

            La generalidad de los presos, con muy pocas excepciones, todos han declarado sin estar en comunicación entre sí, ni con los que habían confesado ya. Pero una vez que se ponían en disposición de confesar, algo o mucho, todos han salido, concordes sobre la existencia del connato, y este es uno de los motivos que he palpado y me persuade que en realidad pensaron en un movimiento revolucionario para cambiar el orden de cosas establecidas, proponiéndose no reparar en los medios para llegar a aquel resultado.

            Las mismas cabezas de ese connato así lo declararon y habiendo deliberado el comité sobre quién sería el que tomase sobre sí las responsabilidades de asesinar en persona a López, Pozzoli dijo que él se encargaría de llevarlo a efecto.

            El Dean Bogado, a la primera pregunta que se le hizo por la comisión de los presbíteros Román y Maíz, empezó ponderando su gratitud a la munificencia de López, que lo había formado y protegido desde su juventud, y como una prueba de esa gratitud empezó sus revelaciones del todo conforme con las de Dn. Venancio y otros, diciendo al fin que la intimidad con el Obispo le ha hecho incurrir en tales careos.

            Con esta declaración, López ordenó al Obispo guardara arresto en su casa, bajo vigilancia, y cuando sucedió la marcha de San Fernando, él venía entre los presos en un carretón, conforme siguió después en Lomas Valentinas.

            Interrogado el Obispo, él llorando hizo la confesión de cuanto decía saber sobre la conspiración, dijo que fue por Barrios iniciado desde Paso Pucú, agregando que reconocía sus causas, pues que, sí bien en nada ha contribuido para su progreso, lo ha silenciado hasta entonces.

            Cuando iban a ser juzgados los últimos presos a que me refiero: el Obispo, Barrios, Venancio, Benigno, Berges, Dean Bogado, Dr. Carreras, Leite Pereyra, Vasconsellos, Sra. Dejesús Eguzquiza, Sra. Dolores Recalde y Fidanza, López pensó en separar al Obispo para ser juzgado por una especie de concilio de curas, y para el efecto, pidió a los Padres Maíz y Román que se extractaran proceso todo lo que de él resultare contra el Obispo, como lo hicieron.

            Pero la aproximación del enemigo hizo fracasar aquella disposición.

            Los que componían el consejo de guerra eran el Coronel Toledo, como presidente; el Coronel Marcó, el Teniente Coronel Abalos, el Coronel Roa, el Teniente Coronel Vallovera, el Mayor Valiente, el Coronel Denis y otros que no recuerdo.

            Pronunciada la sentencia de ejecución contra ellos, inclusive Dn. Venancio y sus hermanos, Inocencia López de Barrios y Rafaela López de Bedoya, el Mariscal pasó una nota al consejo solicitando conmutación de la pena capital a estos tres, por la de confinamiento en los confines interiores de la República, habiendo sido elegido Yhú.

            Al propio tiempo, la madre del Mariscal solicitó, desde su residencia en Ybyray, audiencia a su hijo y él contestó: - "Que no convenía que se molestara para ver a un hijo

suyo, que conservaba su vida, más por la voluntad de Dios, que por las bendiciones de ella".

            Pero la señora se llegó al campamento en los días anteriores a los combates de Diciembre. Lo que pasó en la audiencia nadie ha tenido conocimiento, porque López hizo retirar a distancia larga a sus mismos ayudantes de servicio.

            Más, ambos, al salir, dejaron notar que habían estado conmovidos, retornando la señora a Asunción.

            Sus dos hermanas fueron enviadas a su destino, pero fueron posteriormente detenidas por su madre en la Cordillera, diciéndoles, o que irían juntas o que no les permitiría abandonarla. Esto produjo más tarde otros sucesos.

 

COMBATES DE YTORORO, ABAY Y

LOMAS VALENTINAS

 

            Después de la retirada de San Fernando, López reunió como 9.000 hombres y se fortificó en varios puntos: en Angostura, donde se trajo un cañón poderoso, el Acá Verá (cabeza reluciente) que fue establecido en el paso de Pikysyry, y al mismo tiempo, de Lomas Valentinas.

            Luego de los combates del 21 y 22 de Diciembre, no quedaron ni la tercera parte de estas fuerzas, pues lo que se llamaba reserva, no se componía sino como de 400 hombres, de las tres armas, y unas baterías, dado que las otras estaban en la línea.

            En el cuartel general, una prima noche, después del 23, una bala llevó la punta de la corbata de López, desatándosela.

            En Lomas Valentinas pelearon dos compañías de correntinos, a las órdenes del Mayor Blanco, el que fue gravemente herido y sus soldados casi terminados.

            En el combate del 27 se pasaron tres personas, bien colocadas, al enemigo. El choque fue de un momento y hubo un desbandé completo, a excepción de un batallón de jóvenes, recién llegado de Asunción, que mandaba el Comandante Gómez.

            Pero este batallón, no se sabe por qué causa, se mantuvo sin acción, en columna cerrada, cuando unos cuatro batallones enemigos se le iban encima, haciéndoles fuego.

            El Mariscal, que estaba a caballo, rodeado de su estado mayor, en la línea de carretas del parque, a la que cada vez iba acercándose más los batallones que avanzaban, dió órdenes para que se contuviera el desbande, lo que no se pudo lograr.

            Viendo que el batallón aludido no hacía nada, despachó a un ayudante para que fuera a ver la causa de la inacción, con orden de que si era por falla de mando, hiciera fusilar en el acto al comandante, y asumiera en su lugar el mando.

            Y recién después de la llegada de dicho ayudante, trató de desplegarse y formar batalla esta unidad, pero sin tiempo ya, y la misma fue copada casi sin hacer fuego.

            López, que no estaría del enemigo, entonces, ni a ciento cincuenta varas, con el grupo de su estado mayor, fue objeto de los tiro de los asaltantes por un largo rato, sin más resultado que un caballo muerto de uno de sus ayudantes.

            En Lomas Valentinas las trincheras se dividieron por secciones. La izquierda estaba guarnecida por el Batallón de Rifleros, los dos Regimientos de la Escolta y algunos escuadrones de artillería, mandados por el comandante Vallovera y el comandante de los Rifleros, que murió allí,

            En el centro había caballería, infantería y artillería, a las órdenes del comandante Viveros, muerto allí también, y el Mayor Godoy, a la derecha, con varios batallones de Caapucú, ocupando la reserva, a la retaguardia de la mayoría en una hondonada.

            Tendría mil hombres, aparte de los regimientos de la Escolta, que acudían donde era necesario.

            El primer día del combate, López abandonó el Cuartel General, que era objeto del bombardeo enemigo, yendo a quedarse en la línea que era de los rifleros, dejándome allí con un telescopio y varios ayudantes, para comunicarle los movimientos de la fuerza enemiga, y el punto donde querían llevar el principal ataque, pero éste fue general en toda la línea, porque las fuerzas qué al principio cargaron sobre nuestra izquierda, se rehicieron para dar un ataque general, si bien hacia la izquierda fue el de mayor número.

            El 25 por la tarde se retiró López a ocupar con el Cuartel General y su escolta las alturas inmediatas, que quedaban a la retaguardia del Cuartel General, hasta el 27, en que tuvo lugar la derrota.

            El 23 penetraron caballerías enemigas en el Potrero Mármol y arrearon como 1500 o 2.000 cabezas de ganado, a nuestra vista, lo cual produjo sensación desagradable en nuestro campo, pero sin manifestarse exteriormente.

            Si el 21 a la noche o el 22 avanza el enemigo sobre nosotros, se apodera fácilmente de nuestras posiciones, porque éstas estaban cargadas con un número inmenso de heridos, y casi ninguna fuerza de resistencia.

            Durante esos días de inacción, recibió López las notas intimándole rendición. La contestación fue redactada por el mismo López, y cuando acabó, hubo reunión de jefes y oficiales para consultarles, les decía, sobre los términos de esa respuesta, y habiendo hablado el primero, Goiburú (Capitán) le dijo López "Parece que su palabra no nace del corazón".

            Y cuando quedó al lado del enemigo Goiburú, López recordaba este precedente.

            Yo fui el parlamentario encargado de llevar esa nota, como lo había de recibir, y en la última me fue acompañando el Mayor López -Francisco S.- hijo del Mariscal.

            Como en el primer parlamento me encargase López, de tratar por medio de los ayudantes, de encontrar medios de hacer llevar los cañones que habían quedado entre las líneas beligerantes, hice que durante el acto, el oficial que ocupaba un reducto hacia donde estaban los cañones los ensacasen para arrastrarlos a la noche, como lo hicieron.

            Estos cañones cubrían una línea que nosotros improvisamos al frente de nuestras posiciones, para defensa avanzada, y que tuvimos que abandonar en los combates del 21 y 22, quedando entre ambos ejércitos.

            La vez que vinimos con la contestación, me hizo cargo el jefe brasilero que mandaba esa línea, sobre la violación de la tregua, a lo que dije que no tenía conocimiento de semejante cosa; pero al despedirme y alejarnos a unas cien varas de la línea, seguramente con la intención de asustarnos, o con el propósito de cazar al hijo de López, pero creo más en lo primero, recibimos una descarga de fusilería de toda la línea que las balas pasaron casi rozando nuestras cabezas, mediante que veníamos bajando la pendiente, y sin cuidar que arreáramos la bandera parlamentaria, continuaron las descargas, habiendo muerto de resultas dos oficiales que me acompañaban.

           

            López manifestó mucho interés en salvar la vida del Dean Bogado, a quien en los días del Consejo de Guerra, lo puso en libertad, pasando  a vivir en el Estado Mayor. Allí le hizo decir por varios jefes, la víspera de su ejecución, que le iba a salvar de la pena; pero para el efecto, a la mañana siguiente, en que tenía que acompañar a los demás sentenciados el (debía) manifestar deseos de escribirle, y que entonces Marcó, que era el que debía mandar la ejecución (en Lomas Valentinas), le separaría de los demás, para quedarse salvo, y que para el efecto estaba prevenido.

            El Dean Bogado aceptó por forma, desde que al día siguiente no hizo nada para cumplir con el encargo, y además se encontró entre sus papeles billete firmado, en que decía, que prefería morir a sobrevivir a su deshonra. (1)           

            En Ytororó la pérdida de la división paraguaya fue diminuta y Caxías hubo de ser tomado por no haberse dado crédito a un negro, apretado por el caballo que gritaba: - "Nao maten en direi onde istá o Caxías".

            No fue tomado, a pesar de que Caxías en uno de los ataques avanzó hasta quedar cortado en el rechazo.            

            En Abay quedó completamente encerrado el General Caballero, el que pudo salvarse mediante los esfuerzos del presbítero Del Carmen Moreno y su ayudante el Capitán Páez, que le abrieron a sablazos el camino, muriendo en la acción el padre Moreno.

            Aquí referiré un hecho desvirtuado completamente después de haber pasado la guerra, y se refiere a uno de los prohombres: Dn. Cirilo Antonio Rivarola.

 

RIVAROLA

 

            Este señor cuando la formación del campamento de Cerro León, pasó por una prisión larga, como dura, a consecuencia de una conversación que tuvo en San Estanislao con el Padre Recalde, que también estuvo preso.

            En la conversación se refería a los actos del Gobierno sobre la guerra que se prevía, según más tarde he oído decir, porque anteriormente no le conocía al finado.

            Puesto en libertad, de allí fue a soldado en uno de los cuerpos de infantería, el Nº 3, con recomendaciones de vigilancias, y recibiendo de él López noticias de su puntualidad en el servicio, le hizo ascender a Cabo, y en tal clase, y con aquellos antecedentes, tomó parte en el combate de Abay.

            Fue llevado entre los prisioneros, según la relación que dió después en su entrevista con López, y mediante el descuido de sus guardadores, se escapó la misma noche, y dando un rodeo por el pueblo de Itá, vino a presentarse al Mariscal, con la relación que queda expuesta.

            Entonces López  lo ascendió a Sargento y destinado de nuevo al mismo cuerpo a que pertenecía. Cuando la derrota de Lomas, siguió con los derrotados y allí fue destinado, como para lenisarle el servicio, al cuidado de una sección del Hospital en Caacupé. (2)

            Allí siguió por algún tiempo, y habiendo escrito un artículo en la "Estrella", que se publicaba en Azcurra, y que apadrinó con sus iníciales un tal Segovia, como suyo, pronto llegó a conocimiento de López, de que no era sino suyo ese artículo, y por esto fue llamado y, destinado nuevamente al cuidado de los enfermos de un Batallón.

            Entonces, López en persona recibía los partes de los jefes y comandantes de cuerpos, y por votación de éstos en mayoría, aplicaba los castigos a los que incurrían en faltas.

            En una de estas reuniones vino el parte de que habiendo habido una lluvia grande esa noche, el jefe de día había encontrado a Rivarola durmiendo, y a muchos enfermos ahogados por el raudal, y por falta de la reunión, se le aplicó doscientos palos, y fue destinado a Cerro León, de donde un día, haciendo el servicio de avanzada se pasó al enemigo.

            Hago esta relación para establecer la verdad, y con ella moderar un tanto el lodo que los que sobrevivieron a López, quieren arrojar sobre su nombre, tal como el mismo Rivarola ha hecho y dicho tantas cosas sobre la tiranía de aquel, a quien volvió a presentarse de su estado de prisionero, arrostrando nuevos peligros en sus propósitos porque qué mejor ocasión le cupo para zafarse de la prisión y tiranía de López, cuando con honra ha caído prisionero?.

            Nadie puede justificar los actos despóticos de López, pero la verdad es que en su vida, a pesar de su severidad, era querido por el ejército y por los demás ciudadanos mismos. (3)     

            Los hombres recién se desvencijaron desde el desastre del 24 de Mayo, principalmente aquellos que ocupaban altas posiciones por sus empleos y sus fortunas, en vista de que peligraban éstas, y tal fue el móvil de la revolución que idearon, pero que por ineptitud ha llegado a fracasar.

            No hay duda de que si hubiesen llevado a efecto hubiesen rendido un servicio al país, porque hubiera tenido por inmediata consecuencia, la paz, y con ella la preservación de muchas vidas e intereses consumidos después; pero, como la ley española se hallaba vigente entonces, y éstas son inexorables, contra los delincuentes políticos, tanto que hasta admiten testigos inhábiles, tratándose de delitos de lesa patria, y por otra parte, contrariado López, por su misma familia en primer lugar, y de los hombres en quienes ha tenido mayor confianza en épocas bonancibles, y amenazado de todos los puntos del litoral, tuvo que recurrir a las medidas violentas en la punición de los encausados.

            Decía en este sentido que le apenaba tener que sacrificar vidas de descontentos, pero que no tenía donde mandarles en seguridad, más cuando los prisioneros mismos, una vez al lado de los enemigos, se prestaban como dóciles instrumentos para allanar dificultades de la invasión, que de otro modo no hubiera conseguido tan fácilmente, y sobre todo decía, que en todo caso él no les sobreviviría; porque sería su mayor deshonra que después de haberse sacrificado muchos ciudadanos beneméritos en la defensa del País, que él les sobreviviera.

            Para juzgar al Gobierno de López, se necesita imparcialidad, y tomar en consideración fríamente la situación en que se hallaba, después de la evacuación de Corrientes.

            Acosado de todos los lados, deslealtad en el Interior, la ley fundamental que regía con sus facultades y en vigor las ordenanzas y demás leyes militares y españolas; y en fin, la muerte en Cerro Corá, en donde pudo salvarse fácilmente en las seis horas que tuvo antes de la presencia del enemigo en la orilla del Aquidabán.

            En cuanto a su carácter, como de los defectos que tenia, era en dar crédito al primero que le delataba alguna falta. Este modo de ser le indujo a castigar en ocasiones, con más o menos severidad, a los denunciados, de quienes, si algunos se justificaban, solo lo conseguían con una evidencia irrefragable.

            No obstante, él por sí cuando obraba sin la influencia maligna del Obispo (4), era moderado en sus penas: pero la falta que consistía en el engaño, por sí, la castigaba con más severidad que lo merecido, porque decía que el soldado no puede serlo sin honor, y éste reprueba la mentira.        

            Se dice de él que en un todo y por todo ha obrado en todos sus actos bajo la influencia e inspiraciones de la Lynch; pero aquellos tomó yo, que durante la guerra han podido estar cerca de su lado, si quieren expresarse con franqueza, estarán conmigo que esto era incierto, necesitando en muchas ocasiones valerse de reticencias y orden para poder (ininteligible) sobre alguna cosa de trascendencia en las que no lograba ser atendida.

            López en todos estos actos de trascendencia, del único de quien se dejaba dominar en ocasiones, era del Obispo, pocas veces de Barrios, tal como sucedió para no haberse puesto inmediatamente al frente del ejército que mandaba el General Robles, cuya omisión juzgó que fue causa ocasionante de los desastres ulteriores.

            No puede negarse en absoluto la influencia de la Lynch, valida de su posición al lado de él; pero en cambio hemos presenciado reproches severos por intentar de ejercer en él esa influencia. (5)

 

RETIRADA DE LOMAS

 

            En Azcurra pudo volver a formar un ejército de los restos de unos ocho o nueve mil hombres, establecer un arsenal en Caacupé donde se fundieron 36 piezas obuses de bronce, de 12 pulgadas, con las campanas de los pueblos de campo.

            El enemigo no nos incomodó hasta después de mucho tiempo, cuya inacción se rompió, por expediciones parciales que no llegaban sin embargo ni cerca de nuestras avanzadas.

            La Legión paraguaya después de haber hecho la ceremonia en la Asunción de bendecir la bandera del Paraguay, la llevaban en el cuerpo, y notando López en los primeros días de la ocupación de Pirayú, pasó una nota al Conde D'Eu, reclamando para que inmediatamente hiciera arriar dicha bandera, que mientras se hallaba en pie el Gobierno legal del país, no tenían derecho a enarbolarla.

            Al mismo tiempo le decía conminatoriamente que si lo pedido no era realizado dentro de 24 horas, ahí tenía un centenar de prisioneros brasileros que responderían con su cabeza de la injuria a la soberanía del país. El Conde D'Eu contestó en términos evasivos, y fue entonces que el Ministro Americano, General Mac Mahon, intervino en el asunto con su mediación; pero no consiguió nada porque el príncipe le contestó en término sacres, y de aquí fue cuando este Ministro fue llamado por su Gobierno, no quiso entrevistarse con aquél, pues habiendo tenido ofrecimiento últimamente en la ocasión en que se le trasmitió la nota de su Gobierno, ni la contestó, y el día de su marcha, en vez de tomar la costa de Pirayú, tomó de Tacuaral.

            López hizo acompañar a Mac Mahon por una comitiva distinguida de jefes y oficiales, entre ellos, el General Caballero y el hijo mayor de López, ya Comandante. Yo venía a la cabeza del parlamento, y seguramente con el hecho de dirigirme a Tacuaral, y por la falta de contestación a la nota de invitación se había ofendido el Conde D’Eu, y cuando estuvimos a la altura de la posición del Regimiento Argentino "San Martín" que mandaba el Coronel Donato Alvarez, notamos unas señales como indicando ¡Alto! a lo que no atendimos, y entonces nos dio una carga con todas las apariencias de verdad, viniendo a rodearnos, y al mismo tiempo rodear a los oficiales que custodiaban la bandera de parlamento.

            Los que rodearon a la bandera, que eran seis armados de tercerolas, apuntaron a los oficiales ordenándoles que bajaran la bandera; pero a la vista del ataque habían recibido órdenes que de ningún modo hicieran aquello. Protestaron no tener orden para aquello. El Coronel que venía tras el Regimiento, cuando se aproximó, le pedí explicaciones sobre lo que significaba aquel acto por parte del Regimiento, contra un parlamento, de que era de suponerse que estaría en conocimiento por sus superiores que fueron avisados días antes del día dé la salida.

            El Coronel dijo: "que habiendo sido desobedecida la señal de ¡Alto!, y en presencia de un grupo armado, era su deber hacerme obedecer".

            López me había dado instrucciones de provocar unconflicto (reservadas las instrucciones), sin provocarlo ostensiblemente, y aquel acto del Regimiento coincidía con nuestros deseos.

            Hice notar al Ministro Americano, que no era como lo explicaba el Coronel, sino una acción deliberada, por el cambio de camino, y para ofender a dicho Ministro.

            El Ministro que hablaba mal el español, pidió explicaciones al Coronel, y entonces éste dijo que se trataba de una equivocación, y que había tenido instrucciones de que si se dirigía por el paso que cubría, lo hiciera marchar escoltado con oficiales de su Regimiento; instándole repetidas veces para que así hiciera y que el Ministro rehusó, diciendo que no podía abandonar su comitiva hasta el punto adonde se dirigía, y dándole las gracias.

            Yo traía además instrucciones de llegar si era posible, hasta la estación de Tacuaral, para enterarme de la posición de la fuerza de allí, y de sus elementos, y así no influí poco con el Ministro para que no aceptara la invitación del Coronel Alvarez, en términos prudentes; y a poco andar del lugar ese, encontramos al General Vedía, con algunos ayudantes, a quien le participé el suceso, y la extrañeza que nos causó semejantes actitud, de lo que dijo no haber tenido conocimiento.

            Acompañándonos él, llegamos a la laguna cabecera de Ypacaraí, adonde nos encontramos unos tres ayudantes del General Emilio Mitre, y estos les comunicó al Ministro de que, dejando en ese punto su comitiva, avanzara con un solo acompañante.

            Entonces yo lo acompañé. Íbamos por la mitad de la laguna que en parte estaba a bola-pié, cuando llegaron otros dos ayudantes diciendo que se volviera el acompañante, y siguiera el Ministro con los ayudantes; pero, como las carretas conductoras del equipaje del Ministro estaban más adelante, dijo el Ministro: "Yo tengo derecho de llegar hasta donde están aquellas carretas" lo que hizo a pesar de la disconformidad de los ayudantes, y cuando llegamos a las carretas, otros dos ayudantes a decir, que si el acompañante del Ministro avanzaba un paso más, le harían fuego, haciendo el aparato de desplegar fuerzas sobre la orilla de la laguna.

            Allí conversamos algo con el Ministro, y me quedé esperando que el Ministro hiciera decir que las carretas podían avanzar más adelante, pero enseguida vino otro ayudante acompañado de soldados desarmados suficientes, para tripular las carretas, a lo que me opuse diciendo que mandaran carros a recibir allí la carga.

            Volvieron en seguida los ayudantes con la orden de que avanzaran las carretas como estaban, pero que yo retrocediera.

            Yo pedí entonces, que siquiera me dejaran llegar a la orilla de la laguna, para sacarme las botas, pero no me lo permitieron, y entonces, me volví solo, ya después de la puesta del sol, y tomamos otro camino excusado, tomando la costa de la Cordillera.

            Cuando arribamos a Azcurra, encontramos todo el ejército con las armas en pabellón, a la cumbre misma de la Cordillera.

            Extrañamos aquella disposición; pero cuando llegamos al Cuartel General, supimos por López, de que el Capitán López, que había ido retrasado en el parlamento, en vista de la actitud de ataque del Regimiento se había vuelto a escape con la noticia de que habíamos sido agredidos, y caídos los del parlamento prisioneros, agregando López que si aquello hubiera sucedido estaba resuelto a caer esa madrugada sobre el campamento de Pirayú.

            Después que se retiró el Ministro Americano, fue mandado por un parlamento a López, un folleto conteniendo relaciones de paraguayos y extranjeros conocidos, que pertenecieron al ejército.

            López los tomó como un pasquín, porque iba el folleto sin nota, y entonces dijo: "que de allí en adelante ni mandaba, ni recibía parlamento", y así fue que cuando en los campos de Gazory, un oficial que estaba de avanzada recibió sin tener orden una nota y la mandó a López.

            Este se informó de la nota: inmediatamente hizo reunión de los jefes y oficiales, y les informó de su contenido, y al mismo tiempo les participó que habiendo prometido no admitir parlamento iba a hacer apresar a los parlamentarios, pero éstos se habían retirado sin esperar contestación.

            La nota era del Jefe de vanguardia aliado, dirigida a los Jefes, Oficiales y tropas, desde sargento del ejército paraguayo, avisándoles que si dentro de 24 horas no deponían las armas serían acreedores a degüello al instante de ser tomados.

            En seguida recibí la orden de escoger entre los oficiales aquellos de más confianza, en número de 25; lo que inmediatamente hice, porque estaban todos reunidos; pero al movernos de allí, me llamó, y me dijo que quedara, remplazándome con el Coronel Centurión, con la misma orden que le lleváramos todos aquellos que pudiéramos, pero que la cuestión era que ninguno regrese a dar cuenta de lo sucedido, con advertencia del modo como debíamos proceder.

            Centurión, en efecto se vino pero fracasó su comisión por la retirada anticipada de los parlamentarios. En esta época la Capital estaba en Piribebuy, y el ejército en la Sierra Azcurra.

            En la misma Capital había una guarnición atrincherada, pero en general la posición era insostenible porque podía ser flaqueada libremente de todos los lados, como sucedió en el ataque llevado por los aliados, en que fue tomado con algún sacrificio de parte de ellos, y la pérdida de la guarnición por nuestra parte, que cayó muerta o prisionera, haciendo degollar el Conde D'Eu, al jefe que mandaba el punto, que era el Comandante Caballero, de Caballería.

            La guarnición sería de 1.500 hombres. Cuando la toma de Piribebuy, se recibieron en el Cuartel General noticias favorables al principio por el engaño de los espías en interpretar el campaneo que los aliados hicieron en celebración del triunfo, y con esa noticia inmediatamente dispuso que una fuerza de 6.000 hombres marchara sobre la fuerza argentina acampada al pié de la cordillera de Cabañas, proponiéndose él mismo dirigir la operación; pero en Caacupé se informó de que no había sido triunfo, sino revés el que habíamos sufrido en Piribebuy. Hizo contramarchar entonces a la expedición, y dió órdenes para que nos aprestáramos a una retirada expuesta como quedábamos de ser acorralados en Azcurra, sin recursos de subsistencias para más de una semana.

            Si el ejército aliado en vez de contentarse con la toma de Piribebuy, hubiera continuado su marcha, en Azcurra hubiera tenido fin la guerra; pero las tropas aliadas, que no había sido racionada antes del ataque a Piribebuy en que recibieron orden de marchar, no obedecían pidiendo ración, dando lugar así para que se verificara la retirada sin alcanzar los aliados la vanguardia sino en el campo de Rubio Ñú, campo abierto, cruzado por dos arroyos y un estero seco, pero muy pesado.

            Tres días marcharon día y noche, sin comer, sin dormir, hasta alcanzar Caraguatay, en donde no nos dió tiempo, sino lo necesario para churrasquear, y mediante la resistencia de la fuerza apostada en la boca del Monte de Alfaro pudimos pasar del otro lado del Yhagüy, la prima noche de ese día.

            El ejército se dividió entonces en dos divisiones mandadas una de vanguardia por López y Resquín, y la otra de retaguardia por Caballero y Oviedo (Coronel).

            La División dé Caballero fue completamente destrozada en Rubio Ñu; pero unos cerca de mil hombres, entre oficiales y tropas; volvieron a alcanzarnos en el campo de Gazory, inclusive el General Caballero. Al día siguiente pasó también la vanguardia aliada el Yhagüy en nuestra persecución, y en el arroyo de Oro alcanzó a los presos de la Mayoría, entre quienes marchaba Dn. Venancio López, que fue tomado por los brasileros, pero por un ataque de nuestra retaguardia, volvió a quedar al lado nuestro.

            Apropósito de esto se me pasaba referir lo que se relaciona con el citado Venancio y sus hermanas, como su madre. Confinados como se hallaban antes, y detenidos por la última, en el distrito de Altos, y que lo supo López desde temprano, pasó algún tiempo sin hacerles caso, en consideración a su madre, y a su salud quebrantada; pero después cuando trataron madre e hijos de pasarse al enemigo y fueron sorprendidos en el preparativo, fueron conducidos las confinadas a Azcurra y puestas en prisión.

            Don Venancio, como antes, volvió a hacer una confesión espontánea del proyecto que tenían, lo cual produjo la muerte del oficial qué acompañaba a su madre, y que servía de agente para los preparativos.

            Cuando la retirada de Azcurra, a que se agregó la misma señora Carrillo, con sus hijos, Don Venancio fue acompañado de un oficial en la marcha, como custodia, a las órdenes del Comandante Marcó que era Jefe del Estado Mayor. (6)

            Pero éste en el largo trayecto hasta Villa de San Isidro, fue dándole franquicias hasta dejarles en completa libertad en las marchas de cuyo resultado, más adelante hablaré.

            Las familias de los encausados políticos todas fueron destinadas a Yhú; donde había una pequeña guarnición, mandada por un oficial López, siendo Juez de Paz un tal Frutos. Cuando alcanzamos el pueblo de Unión, donde pasamos unos pocos días, yo no sé como una mujer de Limpio, que había vivido en relaciones con Don Benigno, estuvo al servicio de López, en la casa en que paró.

            Esta mujer cuando nos retiramos de aquel partido, había tomado inmediatamente el camino a Yhú, a donde a su llegada esparció la noticia de que López con cuatro acompañados, nada más, había pasado por Unión a todo galope, perseguido por los enemigos.

            Esta noticia produjo una sensación grande entre las confinadas, y no poco en el oficial e individuos de la tropa a su mando. Las familias entonces, de acuerdo con el Juez Frutos, aprontaron una comisión de seis personas para mandar a encontrar a los aliados, a pedirles que vinieran a su protección, habiéndose puesto el oficial con su tropa a disposición de ellas, pero despachando unos espías para San Estanislao a tomar mejores datos.

            Mientras que éstos llegaron y pasaron algunos días, en el Cuartel General, el Sargento que pertenecía a este piquete había censurado la actitud del oficial, y desertándose de él, fue en busca de López, encontrándose en el camino con los espías que regresaban, y que traían instrucciones para que el oficial con su partida inmediatamente se marchara a incorporarse al ejército.

            Aquellos espías aunque habían tenido conocimiento de lo esparcido por la mujer, al oírlo, regresaron sin haber comunicado con López.

            El Sargento llegó ante él, solicitó audiencia pero no consiguió hasta algunos días después, y mientras tanto llegó también el oficial, a quien lo ascendió, pero no le participó de la deserción del Sargento, de quien no sabía el rumbo que había tomado; pero viendo ascendido al oficial, renovó su solicitud de audiencia, y accedido como le fue, le participó todo lo que había pasado en Yhú, inclusive que las señoras se preparaban con banderas de los aliados y discursos para ellos...

            De aquí vino la prisión del oficial y la marcha de las confinadas para el Espadín, más allá de la Villa de Igatimí. Sin estos antecedentes las familias no hubieran sido molestadas de su residencia, porque López ya no les hacía caso, y de allí también se siguió la penalidad porque han tenido que pasar, hasta que más tarde dió, para las que lo solicitaban, salvo conductos para que se dirigieran adonde quisieren.

            Se tomó en el camino de Igatimí para Yhú, una mujer que se dirigía a este último punto. Era una amiga de un Alférez de apellido Benítez (7) de la Escolta, quien de resulta de las interrogaciones que se le hizo, dijo: "que era enviado por el oficial, con una misión para con los brasileros", habiendo sido el Coronel Centurión el encargado de estas averiguaciones, desde las Cordilleras.

            Fue preso el oficial, y por su negativa, pasó por una serie de torturas, y al fin, cuando se encontraba ya en el último estado de postración, empezó a relacionar que desde Azcurra, por connivencia entre Don Venancio y Marcó, habíase proyectado el asesinato de López, seduciendo a la mayor parte de las tropas que componían su escuadrón, pero que aquel proyecto, con la marcha, se había frustrado, porque no tuvieron facilidad para ponerse de acuerdo, dando una larga lista de los que decía estar complicados.

            El mismo hizo un interrogatorio por tres veces a Benítez, como dudando del hecho, y en presencia de la afirmación de los reos, que eran como sesenta. (8)

            Cuando estuvimos en Tandey, jurisdicción de la Villa de San Isidro, a una legua de este pueblo, López paró a pasar el día en él, y en el almuerzo, en que asistió, dos señoritas -en el postre- citándose conversaciones sobre distintos puntos, una de ellas, sin antecedentes, le dijo a López, que había estado con Don Venancio, quien estaba muy bueno de salud, y muy alegre, por mucho rato.

            López oyó esta inocentada de la señorita, sin decir nada: pero a su regreso a su Cuartel, mandó llevar preso a Marcó a quien le preguntó que cómo habiendo recibido orden de tener en estrecha vigilancia a aquel, había resultado hallarse en completa libertad, sin participársele, y tener orden al respecto?.

            Marcó tartamudeó unas explicaciones, y en las resultas fue mandado igualmente en arresto.

            Venancio, viendo lo prisión de Marcó, y como para qué no le gane en la confesión, llama al oficial de guardia, y le pidió que hiciera decir al Mariscal, que enviara alguna persona de su confianza, para referirle ciertas cosas de interés.

            Inmediatamente fue enviado el Ministro Caminos, a quien le hizo la revelación de que, entre Marcó, la madre, y él, habían estado en combinación, la segunda para enviarle el día del aniversario próximo, como acostumbraba, unos dulces para su mesa, preparado con veneno, por un médico que tenía a su lado.

            Que suponiendo que, como de costumbre, comerían con él los principales jefes, quienes envenenados como estuviesen, Marcó completaría la obra con el levantamiento de las tropas de la mayoría, y los presos, y que, si no lograban el proyecto, tenían preparada una embarcación en el río Curuguaty, para salvarse ellos con sus familias, inclusive Pancha Garmendia, que vivía con la señora de Marcó, y sus hermanas.

            Se formó un sumario nombrándose dos comisiones, una compuesta del Padre Maíz y del Capitán Núñez, y la otra, de Manuel Palacios, Oficial 1° de la Secretaría y el Comandante Benítez.

            Marcó, a su vez, confirmó la declaración de Venancio, y su señora también, complicando a su vez a su prima Garmendia, y a sus hermanas, fuera de una menor.

            La señora de Marcó tenía en la cintura un pañuelo, a la raíz del cuerpo, con onzas y un anillo de valor. Este anillo servía para comunicarse, pues, la persona que la llevaba debía merecer la confianza de los complicados.

            Pasamos después a Igatimí, para donde siguieron antes, la madre de López, y sus hermanas, acampándonos en el Itanará-mí.

            Entre tanto, había despachado López, por indicación de los fiscales, a buscar a la Garmendia, que había seguido últimamente para el Espadín, y una tarde que López estuvo al frente del Cuartel General, venía pasando con el Sargento la referida Garmendia.

            Estaban presente con él, el Vice-Presidente Sánchez, el Ministro Caminos, el Coronel Centurión, Jefe de Estado Mayor entonces, el General Resquín, y los cuatro fiscales, y otros varios jefes, y también yo.

            López hizo llamar a la Garmendia, a quien recibió con mucha urbanidad. Después que pasaron los cumplimientos, le dijo López (9): -Me he permitido interrumpir su marcha, para hablarle sobre un asunto que es de mucho interés para Vd.", pidiéndole enseguida que le hablara la verdad. A lo que contestó ella que era una mujer incapaz de mentir.

            López, continuando le dijo: Así lo espero por la importancia de lo que le voy a decir. Me han informado los fiscales de la causa que se está siguiendo a varias personas, de que, de las averiguaciones, también resulta Vd. complicada por el conocimiento y el silencio en que se había mantenido. Agregó que él no le iba a exigir que le refiera nada de lo que hubiese podido saber y silenciar pero que le pedía que en caso de ser llamada por los fiscales, y examinada sobre los hechos, hablara con franqueza la verdad, delatando todo conocimiento que hubiese tenido, en una trama contra su vida.

            Que si se portaba de esa manera, él le daba la palabra de jefe Supremo de la República, de que sería puesta en inmediata libertad de la reclusión en que iba a encontrarse, hasta el día de su declaración.

            Esto le repitió cada vez con mayor interés, diciéndole, que si antes no se le había molestado, era mediante porque él la escuchaba, pues, que en la causa de San Fernando también, ya había aparecido su nombre; pero por las relaciones de estimación que había mediado anteriormente entre él y ella, siempre había borrado su nombre, cuantas veces aparecía, concluyendo por encarecerle aquel pedido, porque si se portaba de modo contrario, acogiéndose a la negativa de cosas en que estuviese en conocimiento, con la primera palabra negativa, me ataría (hizo la señal de manos cruzadas y atadas en las muñecas) y no podré firmar su libertad.

            Ella protestó de que siempre hablaría la verdad, hablando en tono de coquetería, y entonces López le dijo: que él le hablaba con seriedad, porqué la situación era grave, y que si le ayudaba del modo recomendado, haría por ella todo lo que pudiese en su beneficio.

            Enseguida le dijo al Sargento que se retirara, y que ella pasara adelante a descansar un rato en la casa de él.

            Aceptó ella; y pasó a donde estaba la Lynch, con quien estuvo hasta el momento de comer, á la que también fue invitada, y acabada la comida, la hizo acompañar con el Coronel Centurión, reiterándole la recomendación en presencia de Sánchez, Resquín y Caminos.

            Al día siguiente, por la tarde, fue llamada a declaración, habiendo prevenido antes a los fiscales, qué si respondiese negativamente a la primera pregunta que se le haga, no la escribiera, hasta que él así lo dispusiese.

            Preguntada sobre el conocimiento de los planes de Marcó y Venancio, lo negó.

Dando cuenta de ello a López, mandó primero a Sánchez, después a Caminos, para que le recordaran de su recomendación; pero ella se mantuvo firme.

            Cuando fue muy tarde, se la hizo retirar, sin escribir su negativa. Al día siguiente se continuó la diligencia, pero siempre lo mismo, a pesar de que los nombrados iban y venían.

            El mismo fin del día anterior, hasta que en la segunda vez que compareció ese día volvió a enviar al Ministro Caminos ya al anochecer a decirle que estaba cansado haber hecho por ella lo bastante, y que la abandonaba para seguir la suerte de su destinación, y a los fiscales que siguieran las interrogaciones, y constataren su negativa.

            Hecho así, se llamó a un careo con su prima, la dé Marcó, quien le recordó citándole lugar, personas qué estuvieron, y entrando en los detalles más minuciosos,

y agregándole que todo estaba sabido, y que era inútil la negativa.

            Lloró un rato la Garmendia, y enseguida dijo: "TODO ES CIERTO" agregando para los fiscales que recién conocía de que había estado en un error, y que intercedieran por ella con el Mariscal.

            Cuando dijo que todo era cierto, sin tocarle todos los puntos de su declaración, fue retirada ésta, y siguió aquella su relación tan completa, y en los mismos términos casi que hizo la segunda.

            Y hecho presente a López lo que había pedido, contestó, que era tarde, que había tenido en poco su palabra, habiendo caído presos en el curso del sumario tres jefes de la familia Urbieta, por igual causa y varios más.

            En este estado, pasamos el arroyo Guazú, al otro lado del monte de Igatimí, y pocos días después, el Panadero, adonde supe que en el primer punto habían sido lanceadas la Garmendia, la de Marcó, y las hermanas de ésta, con otras más. (10)

            En Itanará-mí todavía se tocó la necesidad para completarse el sumario, de llamarse a declaración a la Señora de Carrillo, y sus dos hijas, y para el efecto pasaron los fiscales una petición al Mariscal, para el llamamiento de la persona de su madre.

            Con tal motivo, convocó López una reunión compuesta de los mismos fiscales, del Vice-Presidente Sánchez, Caminos, Generales Resquín, Roa y Delgado; los padres Espinosa y Medina, Centurión, Caballero, otros y yo; y dando a leer el sumario hasta el estado en que se encontraba, se retiró López, encargando que cuando se termine la lectura fuera avisado, como en efecto lo fue, y entonces dijo: "que les llamaba para consultarles sobre la opinión franca de cada uno, sobre si convenía el allanamiento de lo solicitado, o si por el contrario era conveniente cerrar la causa en el estado en que se hallaba". (11)

            Habló primero el padre Maíz, que antes de ese acto era de mi misma opinión sobre el caso en consulta, y dijo: "que su opinión era cerrar la causa respecto de la madre y mismo con las hijas" (Los cuatro fiscales firmaron el pedido).

            Los demás concurrentes siguieron la misma opinión, y cuando me tocó la palabra guardóse algún silencio, me requirió con la cabeza López y dije: Que si bien merecía respeto la opinión de la gran mayoría, yo no estaba conforme con ella porque, la señora su madre habiendo sido la causa ocasionante de la pérdida de muchos ciudadanos como los mismos opinantes lo sabían, a causa de las consideraciones que sé les había tenido guardando en las distintas causas en que ha aparecido como agente influyente, para impedir que con una nueva contemplación caigan otras, era necesario que pasara por la prueba de un juicio.

            Que el Señor Presidente tenía por la ley fundamental del país, el derecho de conmutar o condenar las penas, y que este derecho podía ejercitar con mayor razón tratándose de su madre; pero que consideraba necesario que fuese sometida a la prueba dicha.

            Con lo que se levantó López diciendo: "Que él nos había llamado, no para oír lisonjas, sino para darle una opinión franca, y que así se mandaran mudar de allí -agregándoles- que el único que decía lo que sentía era yo, y que también sería el último que le acompañase de entre ellos.

            Varios se retiraron con lágrimas en los ojos.

            No poveyó la nota, sino después de Zanja Jhú o Panadero, y lo hizo concebido en estos términos: "Sea interponiendo desde ya todo mi valer en favor de mi pobre madre, y en el de mis hermanas, todo aquello que la salud pública pueda permitirme".

            En seguida fueron llamadas a declaración previamente las hermanas, de las cuales una se mantuvo en la negativa, y otra prestó las mismas declaraciones que la de Marcó, y la Garmendia, con diferencia de circunstancias, y últimamente la madre: que se presentó indignada de este acto de violación, amenazando a los fiscales con correr al instante a su hijo, lo que intentó hacer, poniéndose a todo irracional, sin poder ni ser interrogada, y desde ese punto en todas las marchas y paradas llevaban una guardia de diez hombres con un oficial.

            La madre, en su coche, las hijas juntas, en un carretón.

            Cuando acampamos en la orilla derecha del segundo río Corrientes en el campo de Amambay, Don Venancio, que seguía a pie con los presos, y se le había envenenado una llaga que tenía en la pierna, y que junto con las privaciones que sufría, seguía casi moribundo, y un día hizo decir a López, que quería conversar de nuevo con su madre para disuadirla de su falsa negativa.

            Entonces fueron llamados los fiscales, para que procedieran a un careo. (12)

            Lo que sigue ha sido publicado y por eso lo omito.

 

CERRO CORA

 

            Llegamos al campamento de Cerro Corá el 14 de febrero, después de una marcha en que cada día llevábamos lluvias, que si no eran de mañana eran de tarde, o de noche, y muy pocos días de tiempo seco, careciendo durante estos de agua potable, sino era que encontráramos en los arroyos.

            Tan luego como llegamos y tomamos algún descanso, se dispuso la expedición del General Caballero a la colonia de Dorado, a la caza de ganados alzados, que no consiguió, porque habiendo errado el camino, los aliados, el camino del paradero de López, o sea porque trataron de impedirle seguir más adelante, mientras el grueso del ejército marchaba sobre él, se encontró con la pequeña fuerza de la expedición de Caballero una columna enemiga que le aprisionó con toda su gente.

            Había una vanguardia, o gran guardia en el arroyo Tacuaras, que según referencias distará del Aquidabán una legua o poco más al oeste. De Cerro Corá (campo rodeado de cerros) se desertaron el Coronel Carmona, el Teniente vaqueano Villamayor, y el Cirujano Solalinde, con dos practicantes. Estos se habían encontrado con la fuerza expedicionaria enemiga.

            Solalinde no quiso acompañarles, pretextando enfermedad, pero los otros cambiando de uniforme les sirvieron de vaqueanos, así fue que antes de amanecer el día 1º de Marzo, aprovechando el descuido de la gran guardia, la tomaron sin disparar un tiro, y una mujer que se hallaba en el punto, se tomó el empeño de venir a dar aviso a López, como lo hizo, un rato después de la salida del sol.

            Fue entonces que mandó colocar en el paso del Aquidabán una batería de cuatro piezas a cargo del Coronel Moreno, tomando otras disposiciones en orden a ajustarse para la acción próxima, la poca fuerza que había. (13)

            Convocó también un consejo para deliberar sobre lo que en la emergencia era necesario resolver, y allí para que le dijéramos si convenía refugiarnos en las Cordilleras inmediatas, o esperábamos el golpe peleando hasta morir.

            En esa reunión estuvieron el General Resquín, el General Delgado, el Coronel Centurión, el Padre Maíz y el Comandante Palacios; los Padres Espinosa y Medina; el Coronel Aquino, el Coronel Abalos y yo.

            El consejo opinó esperar el combate para que de una vez termine la guerra, peleando hasta morir. Entonces me ordenó reuniera cuanta gente dispersa que había por el Cuartel General, para estar prontos a recibir órdenes, aprestándose bueyes, para el coche de Ma. Lynch.

            A eso de las once del día me acordé de la guardia que acompañaba a su madre y hermanos (14) y fui a verlas, y la hice llamar con un oficial que la mandaba. (15)

            Cuando retrocedíamos ya casi dispersos del lado del Aquidabán y pasábamos por el Cuartel General, a pocas varas después, se encontró López con su madre y hermanas diciendo la primera - "Socorro Pancho" (Así llamaba al Mariscal). Y este le contestó lacónicamente "Fíese Señora de su sexo. . ." y pasamos.

            Bajando hacia el arroyo que quedaba al este, y cuya costa seguimos hacia Chirigüelo, yendo yo como unas treinta o cuarenta varas trás el Mariscal, y a una mayor distancia el Capitán Cabrera, que era el trompa de órdenes, y después otros varios que fueron desgranándose para tomar el monte.

            Seis eran los enemigos de caballería, inclusive el Cabo que los encabezaba, que llevaba lanza, y que marchaban al galope tomando el flanco izquierdo nuestro, y en una ensenada que forma el arroyo pudieron cortar la retirada a López, a quien le intimaron rendición.

            En estas circunstancias, el Capitán Argüello y el Alférez Chamorro, ex-caballerizo éste de López, que andaban montados fueron también galopando a la altura que llevaban los brasileros, y en el punto en que pararon, se trabaron en pelea a sable, retirándose los dos mal heridos. Algunos pasos de los enemigos entre quienes habían también heridos. Antes de la lucha de Argüello y Chamorro, los que intimaron rendición se acercaron a López, él cabo por un lado, y otro, por el otro (16), con ademán de tomarle de los brazos, y éste que llevaba un espadín desenvainado, quiso tirar de punta al cabo, quien ladeó el golpe al mismo tiempo de pegarle una lanzada en el bajo vientre, y el otro a su vez le dio un hachazo en la sien derecha.

            Fue en estos momentos que llegaron Chamorro y Argüello.

            Los brasileros después del combate y como a diez varas frente a López, estaban formados, pero sin intentar agresión, y cuando llegué cerca de López, este estaba enfureciéndose diciendo en alta voz: "Maten a esos macacos!..." Dicho que repitió varias veces, siempre a caballo en un bayo tomado en la laguna Chichí a los brasileros.

            Llegué ante él, tocándole en el muslo le dije en guaraní:

            "Sígame Señor para salvarle" y diciendo -"Es Vd. Aveiro?" dobló su caballo, y me siguió. Yo que había llegado allí sumamente fatigado y sin comer, aunque llevaba una espada filosa, no tuve aliento para cortar las ramas de los árboles, y así le fui haciendo el camino, con empujones del cuerpo, siguiendo las huellas o las pisadas que los soldados habían abierto en busca de frutas, y como a diez varas del arroyo, en una pendiente hacia el este, me caí, y pasó el caballo sobre mí, felizmente sin pisarme, y enseguida se cayó también López, llevando la cabeza hacia la pendiente.

            Yo me levanté enseguida, con lo que López me alargó la mano, diciéndome que lo levantará.

            Y como era pesado, aunque traté de levantarle no tenía fuerzas, y entonces procuré darle hacia el lado de la altura, y en este momento llegó el joven Ibarra, y con él procuramos levantarlo, pero tampoco pudimos, y enseguida se presentó Cabrera, con quien lo alzamos trayéndole del brazo hacia el arroyo, pero, antes de bajarle en él, Cabrera (17) me dijo: "Si quiere voy a traer la gente que hay en esa rinconada", señalando así al sud, donde continuaban más descargas y tiroteos, y como no supiera antes la distribución de las fuerzas, le di crédito, y le dije en guaraní, que fuera a traer lo más pronto posible, con lo que se marchó, para no volver.

            Llevamos a López con Ibarra en el arroyo que era muy resbaladizo, y que corre sobre piedra, hasta la orilla opuesta, en donde procuramos levantarle sobre la barranquera que daba hasta el hondo, y no pudiendo conseguir nos dijo López: "Vean a ver si no hay una parte más baja..." Y se quedó cuando nosotros nos separamos de él, sostenido por una palma derribada que encontramos allí que cruzaba un ángulo del arroyo.

            Cuando yo me retiré como a ocho pasos empezaron a salir, los infantes brasileros a la orilla del arroyo, e inmediatamente nos hicieron fuego. Yo me subí al barranco, y me senté al pie de un matorral, cuando el General Cámara apareció por donde habíamos entrado, dando la voz de ¡ALTO EL FUEGO! Se echó conforme venía en el arroyo a pie.

            En ese momento el Cirujano Estigarribia, que andaba con la pierna llagada, y que había entrado poco antes tras de nosotros, iba retrocediendo en el canal mismo del arroyo, de un soldado que con lanza le iba persiguiendo, y a la altura misma de donde yo estaba, recibió un lanzazo en el pecho, que le hizo caer en el agua, sin levantarse más.

            Con eso volvió el soldado hacia donde había venido, y como a cada momento iba acumulándose más fuerzas sobre el arroyo, y yo me levanté para venir donde estaba López, a quien ya lo habían tomado las tropas que estaban más abajo, me dispararon algunos tiros, con lo que volví a sentarme, y con lo que ellos también cesaron.

            Yo sentí que con el General Cámara se cambiaron algunas palabras; pero no pude percibir bien, sino una que otra palabra como de Patria, pero después en Río de Janeiro se publicó, y supe, que cuando fue a intimarle rendición el General Cámara, había dicho López: "Me garante lo que pido?" Y con la respuesta de que no puede garantirle más que la vida, había dicho "Entonces muero con mi Patria!", levantando su espadín; pero enseguida se había caído en el agua donde se apoderaron de él, y lo sacaron con vida, no como dicen que fue lanceado por un cabo en el arroyo, y que ahí había muerto. (18)

            Viendo yo que llevaban a López, y no se preocupaban de mí, me metí en el monte, y a poco andar encontré un grupo de mujeres como de sesenta personas, y de allí mandé a una mujer a saber si López se hallaba con vida, y al mismo tiempo averiguar el paradero de mi familia; pero la mujer no volvió y sintiendo luego que venía alguna gente, comprendí que recién se acordaban de mí, y venían en mi persecución.

            Seguí entonces las huellas de otros que me precedieron, pero estaba en una arribaba muy forzada, y no pude andar aceleradamente, y el salir a la orilla del monte, encontré un maciegal donde tenía preparada el arma, para cambiar con alguno la vida.

            Desembocaron del bosquecillo diciendo: "Escapóse a filho da mai..." Retrocedieron y cuando no sentí ruido alguno, seguí mi camino encontrando a la orilla de otro arroyito, por casualidad, a mi familia, con quienes, y con otros compañeros que nos fuimos reuniendo, pasamos la noche cerca del mismo campamento, al pie de la serranía, emprendiendo el camino con rumbo a Concepción, en cuyo departamento salimos a los diez días y recién supimos en Sanguina, que fue uno de los campamentos nuestros, que el día anterior habían pasado dos chasques, y que estos decían que había muerto López.

            Con esta noticia, y la enfermedad de la pierna, me decidí a tomar el camino de la Villa, y no el de Corrientes, que pensábamos seguir, y al día siguiente, a la tarde, nos alcanzó el General Cámara, con su Estado Mayor.

            Estábamos sentados, sobre el camino, comiendo naranjas verdes con el comandante Palacios, cuando distinguimos que era el General Cámara, a quien había conocido en los parlamentos, cuando era Coronel. Le dije a Palacios que no se levantara, y no dejara de comer la naranja.

            Llega el General, y me interroga si lo conocía. Le dije que sí y que también él debe conocerme.

            Me preguntó enseguida si mi acompañado era algún jefe u oficial, y le dije quien era, con lo que éste se levantó y le dijo: "Yo no soy nada Señor".

            Yo lo que hice fue un movimiento de hombros qué como queriendo significar que era lo que decía.

            Llamó enseguida a un Capitán a quien le dijo: "Lléveme presos a estos hombres" y siguió adelante. Entonces nos ordenó que marcháramos, y como fuera por mi enfermedad algo despacioso, me vino el Capitán apurando, y le dije que no podía más, que solamente después que se me calienten las piernas podría, mejorar la marcha.

            Me amenazó de apalearme: Le dije: "Estoy en su poder, puede hacerlo, pero no puedo más".

            Se impacientó, y me hizo alzar sobre una mula cargada, y así me trajo hasta cuatro leguas de Villa Concepción, donde había pasado el General Cámara. Allí fue la primera vez que probé fariña y carne salada.

            Un rato después de nuestra llegada, me hizo llamar el General Cámara, recibiendo de él tremendos cargos; pero a los que contesté con altura, porque estaba decidido a todo, porque dudaba de mi suerte.

            El primer cargo fue que por qué habiendo sido yo uno de los primeros en tener la facilidad de dar una puñalada a López, a quien comparó con Atila, Nerón, Calígula y otros no lo hice y que de haber procedido así habría prestado un gran servicio a mi patria, librándola de semejante tirano.

            Le contesté, que me era extraño oír de su boca semejante doctrina, que tampoco a él cuadraba, cuando mi situación fuera la suya, y le dijese igual cosa, porque, al fin y al cabo, son iguales en legalidad los gobiernos, tanto del Emperador, como de López, quien tenía a su favor la adhesión de todo un pueblo que se ha sacrificado a su lado en la defensa de una causa, de cuya justicia estábamos convencidos.

            Me dijo: "No!; No¡"

            Después me preguntó si era verdad que me había tomado la audacia de pegar unos cintarazos a la Señora Carrillo, y le dije que era cierto; y que, preguntándome por qué, le contesté que era en cumplimiento de una orden recibida.

            Entonces me dijo, que la Señora le había pedido que en donde fuese tomado me fusilara, y le contesté: Que no me sorprendía que deseara tal cosa a un extraño cuando ha deseado tantas veces a su mismo hijo y que en fin, podían hacer de mi lo que quisieran, toda vez que estaba en su poder.

            Que la vida que llevo de antemano ya había consagrado a mi Patria, y que lo mismo seria perderla antes que después.

            Con lo que me hizo retirar, llamando en mi lugar a Silvero. Lo que pasó con éste, y con Palacios, no lo vi.

            Pasamos la noche en medio de ocho centinelas, entre quienes sentí decir, que con el menor amago, bayoneteasen a estos patifes (malvados).

            Después me embarcaron para Río de Janeiro, y volví al Paraguay a los cinco meses, llegando a la Asunción en diciembre de 1870, de cuya ciudad había salido en junio de 1865, para hacer, como hice, toda la campaña.

 

                                                                       SILVESTRE AVEIRO

 

 

NOTAS

 

(1) En San Fernando no hubo sentencia. López mandó directamente los fusilamientos, y los hizo Godoy con el Batallón Nº 3, formado de gente mala, y el único que podía con ellos era Godoy.

(2) La Lynch le prendió la sardineta de Sargento, y le dijo: "Que yo sea la que tenga que prenderle los cordones de Coronel, y los galones de General".

(3) Sabía templar a cada uno y lo dejaba como cuando lo enviaba a algo extraordinario.

(4) El Obispo fue causa principal de su perdición. No lo dejaba de ver un solo día, sino por necesidades personales. Si algo malo venía, él hablaba para agriarlo.

(5) Pasado el Jejuí una pelea con la Lynch, porque ella había hecho pedir un papel. Gritos, escena inmortal. López sale y dice - Ayudante - viene Aveiro-, Lo echa luego. Al día siguiente tenía cuello rasguñado, y ella subió al coche con velo negro.

(6) Serrano en Corumbá hizo saqueo y muerte de un hombre. López supo; estaba sin ocupación hasta llegar a fiscal. Pronto dejó atrás a todos los fiscales. Casi en un mes fue de Mayor a Teniente Coronel, habiendo servido antes en tiempo de paz, cuando la prisión y fusilamiento de Decoud, en Pirayú, al lado de un encargado de negocios en ejercicio, que es el que está en la Banda Oriental.

(7) Ascensión Benítez.

(8) Benítez. López preside y dirige esta ejecución. Tres veces lo interrogó. El Oficial dijo que moriría por la pena o por la postración. Ya el hombre no podía levantar la cara – Y ¡No hay algún jefe, míreles! Todos reunidos vió y después dijo –No hay más?. Coronel Mongelós de la Escolta fue denunciado allí.

(9) Jamás dijo palabras sucias.

(10) No hubo consejo. Mucha deserción de la Escolta.

(11) López oía hasta misa.

(12) Azotes: es cierto – Roa Liberal.

(13) López tolderías Cayguá – 200 fuertes.

(14) Qué será de ellos? – que queden.

(15) Descargue del paso – Centurión.

(16) Se vinieron en guerrilla, y lo señalaron “Ese es”.

(17) En Villa del Pilar ahora.

(18) Vecina de Asunción, Rosalía González vió todo escondida en una palma abajo y frente. Lo vió que lo sacaban con vida.

 

INDICE

 

PRÓLOGO

EXORDIO

EL HOMBRE

APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS

INTRODUCCIÓN

PLAN DE CAMPANA - ROBLES

URUGUAYANA

NUEVO PLAN

2 DE MAYO

MEDIDAS DE LÓPEZ

24 DE MAYO

ENFERMEDAD DE LÓPEZ          

CUARTEL GENERAL DE LÓPEZ

REORGANIZACIÓN

GOBIERNO DE LA ASUNCIÓN

COMBATES DE JULIO

EL PADRE MAÍZ

CONSPIRACIÓN

MISIÓN GOULD

PERSONAS EXTRAÑAS

CURUZÚ Y CURUPAYTY

WASHBURN

SORPRESA DE PASO PO-Í

MUERTE DEL GENERAL DÍAZ

3 DE NOVIEMBRE DE 1867

ESTABLECIMIENTO

TAYY

EVACUACIÓN DE PASO PUCÚ

SUCESOS DE SAN FERNANDO

COMBATES DE YTORORÓ, ABAY Y LOMAS VALENTINAS

RIVAROLA

RETIRADA DE LOMAS    

CERRO CORÁ

 

 

 




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