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Fernando Allen Galiano


  LA NATIVIDAD - Fotografías de FERNANDO ALLEN - Texto del Padre ALDO TRENTO


LA NATIVIDAD - Fotografías de FERNANDO ALLEN - Texto del Padre ALDO TRENTO

LA NATIVIDAD

Conjunto de 14 tallas de madera

 

REDUCCIÓN DE SANTA MARÍA DE FE

Fotografías de FERNANDO ALLEN

Texto del Padre ALDO TRENTO

 

 

 

            EL MISIONERO

 

            Sacerdote Noel Berthot, nació el 25 de diciembre de 1601 en Marboz (Francia). Ingresa a la Compañía el 2 de marzo de 1621 en Lyón. Llega a la Provincia del Paraguay el 29 de abril de 1628, a Buenos Aires. Hizo sus últimos votos (profeso de cuatro votos) en San Ignacio (Misiones, Paraguay). Murió el 17 de enero de 1687 en Santa María (Misiones, Argentina)

 

 

 

 

            LA MISIÓN

 

            SANTA MARÍA DE FE o Nuestra Señora de la Fe, fue primitivamente Nuestra Señora de Taré, o simplemente Taré. Fue fundación del Padre Manuel Berthot, y la realizó en 1647, al norte de la Asunción junto al río Apa y como a 200 leguas de distancia.

            Antes del Padre Berthot, el Padre Vicente Hernández había intentado esta fundación, y aunque cooperaron con los Padres Domingo Muñoz y Cristóbal de Arenas, nada pudieron en tres largos años. Los neófitos tenían todas las mañas de los chiriguanos y eran intolerables. Llegaron a herir con un palo en la cara al Padre Muñoz, y dejar tendido en el suelo al Padre Arenas. Consignamos estos pormenores, por cuanto Azara ha escrito que Taré, como todas las demás Reducciones, era una de las fundaciones que habían realizado los señores Gobernadores del Paraguay y lo entregaron todo hecho a los jesuitas. Tan lejos estuvo de ser así, que Taré fue una de las fundaciones más bravías. A los tres años de continuados fracasos, los superiores enviaron a ella al admirable Padre Berthot, y éste, en ese año bautizó a 500 indios y bendijo 300 matrimonios. Por su devoción a Notre Dame de Foy, en Francia, bautizó con este nombre a la nueva Reducción.

 

San Pedro y su perro

 

            LA MORADA

 

            Sobre el Caaguazú, en tierra de los Itatines, estuvo esta reducción hasta que en 1669, huyendo de las invasiones de los paulistas, primero, que tenían su base de operaciones en San Pablo y hacían incursiones para cazar esclavos, y de los Guaycurúes, después, una violenta tribu chaqueña; se trasladó adonde ahora existe la población paraguaya de Santa María, capital del distrito del mismo nombre. Está a 15 kilómetros de San Ignacio, al noroeste.

            Es un emplazamiento alegre, sobre una suavísima colina de tierra colorada, desde la que se domina todos los contornos, que son llanos y despejados. El sitio escogido resultó ventajoso por sus condiciones más propicias para la agricultura.

 

            LA COMUNIDAD

 

            Su población, en 1702, era de 2.739 almas con 681 familias; en 1711 el número de éstas era de 600, y, en 1750, era de 959 con un total de 4.296 almas. En 1768 estas eran 4.313, pero en 1.781 eran tan sólo 1.100.

            Las fluctuaciones en la población de Nuestra Señora de Fe o Santa María de Fe, como también se le llamó, se debió, tres veces, a que con el exceso de sus pobladores se constituyeron los pueblos de Santa Rosa, San Joaquín y San Estanislao,

            En 1715, cuando don Juan Gregorio Bazán de Pedraza hizo él padrón de este pueblo, consignó en su informe que sus casas son de tapia cubiertas de teja, con puertas y ventanas de madera... las Casas de Cabildo decentes con las armas reales. Los indios están decentemente vestidos y abastecidos de todo género de mantenimiento, de los frutos de la tierra, que cosechan de sus chacras y labranzas...

            En 1768, su estancia abrigaba 22.000 cabezas de ganado vacuno, 2.028 caballos, 7.404 yeguas, 912 mulas, 446 burros, 1.545 bueyes y 81.518 ovejas. Sus plantíos eran 3 yerbatales, 3 algodonales, 2 cañaverales y un trigal. En el paso del Tebicuary tenía tres canoas.

 

            LAS CIRCUNSTANCIAS Y LA CARIDAD

 

            En 1696 se declaró una peste, la superpoblada reducción estaba bajo la dirección de quien fue, sin duda alguna, el misionero más impresionante procedente de países de lengua alemana. Ese sacerdote fue el Padre Antonio Sepp von Seppenburg, nacido en Kaltern en el sur del Tirol. Inmediatamente aisló los enfermos y los albergó en casas separadas construidas con esa finalidad. Un año más tarde adoptó el mismo sistema en San Ignacio. En su diario de viajes él afirma expresamente que fue el sarampión y no la peste la enfermedad que castigó las Reducciones, De cualquier forma, entre 1690 y 1700 provocó la pérdida de 2500 habitantes que murieron o abandonaron Santa María,

            El Padre Sepp cuenta también que la epidemia ataca la garganta y la cierra de tal manera que ningún alimento sólido o líquido puede llegar al estómago. Como consecuencia las vísceras se inflaman, el humor se seca y los pulmones y el hígado se queman hasta convertirse en carbón. El estómago rechaza cualquier tipo de alimento y finalmente las entrañas empiezan a sangrar hasta la completa descomposición. Más aun, esta furia no perdona los ojos ni los oídos. A unos priva de la vista y a otros del oído. Mata no solo a los viejos sino que también es cruel con los niños en gestación, porque la epidemia provoca abortos y nacimientos prematuros y frecuentemente mata madre e hijo a la vez. La pestilencia era tan violenta que algunas veces veinte, treinta o más eran enterrados el mismo día. El Padre Antonio Sepp trataba la enfermedad con sangrías, dietas y jugo de limón para refrescar el hígado. Para la sangría utilizaba huesos afilados o cuchillos. Para la enfermedad de los ojos usaba una pasta hecha de harina y azúcar y curaba los oídos con algodón empapado en vinagre. Cuando la epidemia empezaba a recrudecer, el P. Sepp dividió los indios de la Reducción y los distribuyó por Santa Rosa, Santiago y San Estanislao.

 

            EL PRESENTE

 

            A fines del siglo XVII Santa María era famosa por su iglesia que dicen que era la más bonita de todas. Tenía un órgano y nueve campanas. En ella se daban muchos conciertos. La renovación de un conjunto de edificios, que comprende la iglesia, el museo, la casa parroquial y el centro catequético ha dado nuevo aliento al pueblo de Santa María.

            En el mes de julio de 1981, cuando fue inaugurado el museo, cincuenta y seis estatuas restauradas podían ser admiradas en el museo y en la iglesia. Algunas de ellas son extraordinarias. San Roque, por ejemplo, un peregrino que se dedicaba al cuidado de los enfermos y que siempre fue muy venerado por los guaraníes, tiene su estatua en la recepción del museo; muestra al Santo acompañado de su perro que, según cuenta la leyenda, le proveía de alimento. Una pequeña cómoda de sacristía complementa los muebles artísticos de esta primera pieza. La siguiente sala y la capilla guardan tres grandes esculturas de San Miguel con armadura de guerrero, venciendo al demonio y matando al dragón. Otra pieza aloja un grupo del Nacimiento con catorce figuras.

            Entre la más bellas esculturas del museo merecen destacarse las de San Pedro, Santa Bárbara y Santa Lucía. Hay también algunos santos jesuitas, por ejemplo San Ignacio y San Francisco de Borja, San Francisco Javier, San Luis de Gonzaga y San Estanislao de Kostka. Hay además dos esculturas de los padres de la Virgen, San Joaquín y Santa Ana. Otra muestra a San José con el Niño Jesús en los brazos. Pero son consideradas más importantes las esculturas que recuerdan la Pasión del Señor. Entre ellas sobresalen la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la oración de Getsemaní, la flagelación, la crucifixión y la resurrección, que muestran claramente la influencia de escultores guaraníes. Una estatua de 2.31 m de altura de la Virgen María embellece la Iglesia; es la patrona del lugar, bajo la advocación de la natividad de María.

 

 

LA NATIVIDAD

Conjunto de 14 tallas de madera

 

            La belleza de éste pesebre está completamente determinado por la Virgen que sentada sobre una silla, en el centro, contempla a su hijo - "Verbum Caro Factum Est"- que se encuentra a sus pies. Una postura totalmente original la de la Virgen, respecto a cómo estamos acostumbrados a verla en el pesebre.

            El gran tamaño de la Virgen, que domina el escenario, parece contrastar con la pequeñez de su Hijo y de todas las otras figuras, casi como si quisiese ser ella el centro de la atención. Ella es la figura dominante en ésta obra, pero no para quitarnos la posibilidad de contemplar y adorar el "Verbum": al contrario, todo en ella, desde los movimientos del cuerpo y del vestido hasta el hecho de estar sentada con la cabeza reclinada mirando a su Hijo, la posición de las manos, todos los detalles nos empujan -junto con los pastorcillos, los reyes, los animalitos- a caminar hacia el centro, ahí donde está la vida; a reconocer en aquel Niño (en este "grumo de sangre y carne") el escandaloso acontecimiento (escandaloso ayer, como hoy), la Presencia del Misterio en el mundo.

            No podemos olvidar que este pesebre se encuentra en la Reducción de Santa María de Fe; cuyo mismo nombre lo dice todo: es la Virgen que aquí aparece -como en las tallas de la Anunciación, en Santa Rosa- totalmente conmovida y asombrada delante del Misterio hecho carne, que nos lleva, conlleva nuestra libertad, a reconocer (Fe) en este Niño, así escandalosamente humano, la respuesta definitiva a la inquietud del corazón del hombre. Los pastorcillos, los reyes, las ovejitas y otros animalitos, el "movimiento" mismo de todo el pesebre es la evidencia de lo que la Iglesia siempre nos enseña: "Ad lesum per Mariam".

            Frente a ese espectáculo -auténtico arte- de fe, la inteligencia se abre al Misterio y la libertad conmovida reconoce en ese Acontecimiento la propia consistencia. Un detalle particularmente interesante es la figura de San José, cuyo tamaño en relación al conjunto y su casi imperceptible presencia expresan lo que en modo existencial asumió él, pues aceptó ser la sombra del Padre por amor a María.

 

 

LA VIRGEN MARÍA MADRE DE DIOS

Talla en madera, de 240 cm

 

Detalle

 

 

            Cuando por primera vez tuve la gracia de contemplar la belleza de esta talla, venerada en la Iglesia parroquial de Santa María de Fe y colocada encima del altar principal, inmediatamente de mis labios salieron las palabras que el gran poeta italiano, Dante Alighieri, puso en boca de San Bernardo, en el cantó 33 del Paraíso de su Divina Comedia: "Virgen y Madre, hija de tu Hijo, banal y grande más que cualquier otra creatura...".

            Mirando, o mejor, contemplando, porque solamente la contemplación permite el ensimismarse con el "objeto" amado, la belleza de esta talla jesuítica, uno no puede dejar de revivir en sí mismo la grandeza y profundidad de la fe vivida por el escultor, expresión de su pueblo, de la compañía a la cual perteneció, y que a través de la genialidad de sus manos supo imprimir en un tronco de la selva, dándole la palabra, transfigurándolo en algo vivo, que recoge y afirma lo más humano que existe en el hombre: la urgencia de ver el rostro del infinito. En este tronco de madera "viva" el Misterio de la virginidad y maternidad de María aparecen en toda su majestuosidad y ternura. María es madre porque es Virgen, y es Virgen porque es madre. Sin virginidad no hay maternidad y sin maternidad no hay virginidad. La virginidad, en la experiencia y tradición cristiana, es el "sí" de la creatura que reconoce ser propiedad de Dios. Es el "sí" de la libertad humana que reconoce su estructural dependencia del Misterio creador. La virginidad es sinónimo de integralidad, de plenitud humana, de libertad como adhesión total del "Ser", de fecundidad, y por ende, es paternidad y maternidad. Padre y madre no son los que comunican la vida biológica, sino los que comunican el significado de la vida, porque sin significado no hay vida. La Virgen María es la madre por excelencia, porque ella trajo al mundo el significado del mundo: "El verbo se hizo carne..." Virginidad y maternidad son la identidad de la Virgen, como son la identidad del cristiano. La belleza asombrosa de la imagen jesuítica, los colores vivos, y al mismo tiempo discretos, los detalles del vestido, la majestuosidad de su cuerpo plenamente femenino, la belleza sonriente del rostro, la ternura con la cual lleva en brazo a su hijo, nos llenan de estupor y conmoción, es decir, nos empujan a ponernos de rodillas reconociendo en ella a la Madre, no solo de aquel Niño, que es el que nuestro corazón desea, sino también la Madre de cada uno de nosotros. Ella, con su humana belleza en la cual traspasa el esplendor de la Verdad, nos invita a reconocer en su hijo, el único que explica el misterio de cada hombre. Reconocer significa creer. Por eso el Padre Berthot, el constructor de la Reducción de Santa María de Fe, poniéndole este nombre quiso tener vivo, no solamente el cariño de una devoción personal traída de Francia, sino recordar a los indios convertidos que María es el camino de la fe y a la fe: Ad lesum per Mariam". La centralidad de la fe, como demuestra la imagen, no es la Virgen sino aquel Niño con una mano levantada en Un gesto de bendición, y con la mirada que contempla a su Madre. La Virgen es el camino obligado a Cristo.

 

 

 

 SAN JOSE

Talla en madera, de 139 cms.

 

            San José aparece como un joven caballero español de la época. La talla se aleja completamente de la iconografía tradicional, que nos representa al esposo de la Virgen como una persona adulta, sin cabellos en la cabeza... Aquí es joven, bien parecido, con cabellos largos y, obviamente, con el niño Jesús en los brazos.

            El estilo barroco de la talla expresa a través del estaticismo del rostro y el movimiento de los vestidos la contemplación y la misión.

            La contemplación: el rostro de José, con los ojos como parados sobre un punto fijo, expresan la conciencia de la elección de ser el custodio de la Virgen, y el Padre adoptivo de aquel niño que tiene en su regazo y que es el punto dinámico que sus ojos, aparentemente estáticos, fijan. José es consciente que está definido por aquel Hijo que es suyo y al mismo tiempo no lo es, por aquella joven, la Virgen, que es su esposa y no es su esposa. Él es simplemente el custodio de un Hecho, que pertenece al hombre, a la humanidad. Él vive determinado por lo que es el sentido de su vida, aquel niño y aquella mujer que ama más que a sí mismo.

            La misión: los movimientos del cuerpo que toma forma en el movimiento de la vestimenta expresan la misión del Santo esposo de María. Y la misión de este hombre supo expresarlo en modo verdaderamente emocionante el escritor polaco Dobraczynski en su narración imaginaria, pero al mismo tiempo realista: "La sombra del Padre". En esta narración, mientras José está atormentado por lo que está pasando en su esposa, la Virgen María, le aparece el Arcángel Gabriel y le pregunta: "José por amor a María, ¿estás dispuesto a ser la sombra del Padre?, y él en un ímpetu único y gratuito de amor que definirá la razón misma de toda su vida, contesta: "Sí, por amor a María estoy dispuesto". "VIR IUSTUS" llama la Biblia a San José porque es el hombre de la gratuidad, es decir de la conciencia que su vida depende y está en función del Misterio. Misterio presente, en la talla, entre sus brazos en aquel niño, que parece quiera huir de entre los brazos de su padre adoptivo, como para decirle y decirnos que Él vino para acamparse entre nosotros, para regalarnos la salvación. Al estatismo del rostro de José, dentro de los movimientos de su vestimenta, se contraponen el dinamismo del niño que con una sonrisa, nos abraza con su mirada, llenándonos así con su Misericordia.

 

 

SAN JOAQUÍN

Talla en madera, de 172 cm

 

 

SANTA ANA

Talla de madera.

 

            Joaquín y Ana, según la tradición son los padres de la Virgen y los abuelos de Jesús. Conocemos los nombres por el testimonio del proto-evangelio apócrifo de Santiago, que aunque sea muy antiguo, no se trata de un documento fidedigno. El proto-evangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces el Santo se retiró 40 días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa GRACIA) "se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones". Cuando Ana se hallaba sentada, orando bajo un laurel, un ángel se le apareció y le dijo: "Ana, el Señor ha escuchado tu oración y darás a luz. Del fruto de tu vientre hablará todo el mundo". Y Ana respondió: "Vive Dios que consagraré el fruto de mi vientre, hombre o mujer, a Dios, mi Señor, y que le servirá todos los días de su vida". El ángel apareció también a Joaquín. Está leyenda, llamada también "leyenda áurea" fue inmortalidad en la capilla de los "Scrovegni" de Padua, en los frescos pintados por Giotto. Los jesuitas que conocían esta leyenda, aceptada desde la antigüedad por los cristianos, la trajeron al Paraguay y siendo bastante devotos de los padres de la Virgen, no solamente hicieron tallas en honor de estos santos, sino que llamaron a una Reducción con el nombre de San Joaquín y otra de Santa Ana. Por otro lado siendo la Virgen la madre de Cristo y de la Iglesia, es evidente que, más allá de lo que es leyenda, existe la certeza que la Virgen nació en una familia y entonces el amor a Joaquín y Ana nace del mismo amor a la Virgen.

            Las dos tallas del Museo de Santa María nos permiten contemplar el espectáculo de la santidad. La serenidad de los rostros expresan una paz profunda del ser porque brota en el corazón de quien está totalmente entregado a la voluntad del Misterio. El sí de María es incomprensible sin el sí de sus padres. María es la continuación del tronco que la engendró y en su carne lleva el testimonio de santidad de los padres. Joaquín tiene en la mano izquierda el Antiguo Testamento al cual él pertenece y con la mano derecha parece indicar la dirección hacia la cual nos invita a caminar el libro abierto, el texto del Antiguo Testamento que tiene en la mano izquierda. Y la dirección tiene una meta, meta que se cumplirá a través del Sí de su hija: la Virgen María. Joaquín y Ana son el puente de carne a través del cual el Misterio se prepara a entrar en el mundo, lo divino en lo humano, lo eterno en lo efímero.

 

 

 

CRISTO ORANDO EN GETSEMANÍ

Talla de madera, de 126 cms.

 

            Lo que particularmente sorprende en las tallas barrocas de esta reducción son el movimiento y el realismo que expresan. Cuenta el Evangelista Marcos: "... tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: "Mi alma está triste hasta el punto de la muerte; quedaos aquí y velad". Y adelantándose un poco cara en tierra, SUPLICABA que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: "¡Abba, Padre!, todo es posible para Ti; aparta de mí esta copa, pero que no sea lo que yo quiero, sino lo quieras Tú". El dramatismo de estas palabras, expresión del dolor, de la soledad en que se encuentra el Hijo de Dios en Getsemaní, encuentran en esta talla hermosísima, un documento impresionante. Cristo está de rodillas sobre la tierra, con el rostro hacia el cielo, dirigido hacia el más allá, de donde vino, los brazos abiertos en forma de súplica. Todo el drama del hombre, todo el grito del hombre, toda la dignidad del hombre es asumida y afirmada en esta imagen, que solamente pudo haberla esculpido alguien para quien el drama de la vida coincide con el abandono total a Cristo, es decir, con la no fácil entrega de sí mismo a la voluntad del Padre. Cuanto más una persona sencilla, - de aquella sencillez evangélica - la mira, tanto más experimenta una fuerza que le empuja a ensimismarse con aquella Presencia. Una Presencia profundamente humana, que en cada movimiento expresa lo que constituye al hombre: la sed de infinito, el grito del ser que se hace súplica. El dolor, la soledad, a través del grito, es decir, la forma más humana, más auténtica de la oración, se transforma en abandono, en una entrega total al Misterio de la voluntad del Padre: "¡Abba, Padre!, todo es posible para Ti; aparta de mí esta copa, PERO NO SEA LO QUE YO QUIERO, SINO LO QUE TÚ QUIERES".

            En el rostro de Cristo se mezclan la ternura y el dramatismo, porque siempre el amor es dramático, siempre la ternura, como un pimpollo florece dentro del drama consciente del existir humano.

            El rostro no solamente expresa lo que pasa en lo profundo de su humanidad, sino que también recoge en modo plástico todo el grito de dolor y de liberación presente en cada hombre.

            De verdad un espectáculo, en el cual el arte humano llega a su máxima expresión: la súplica y la entrega al destino eterno del hombre.

 

 

CRISTO A LA COLUMNA

Talla en madera, de 109 cms.

 

Detalle

 

            "¡PUEBLO MÍO!, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido?. Respóndeme".

            Contemplando esta imagen, de una expresividad impresionante, el hombre inteligente, es decir, el hombre capaz de conmoción y de estupor, no puede dejar de sentir el drama lleno de amor, de ternura, de misericordia, de las palabras que la liturgia pone en boca de Jesús el Viernes Santo. "¡PUEBLO MÍO!" Aquel rostro sangriento, aquellos ojos grandes, que miran al hombre, y a todos nosotros quiere decirnos que somos suyos, que somos su pueblo. Y contemporáneamente parece preguntarnos, a cada uno:

            "¿Qué te he hecho, para que me trates de esta manera? ¿en qué te he ofendido?"

            El rostro del Cristo no expresa ninguna amenaza, ninguna amargura, sino una ternura que respetando la libertad de cada uno, pide con un hilo de voz: "Respóndeme". Delante de este rostro en el cual lo divino asume toda la miseria humana en un dolor único y profundo, por causa de la ingratitud humana, un dolor lleno de misericordia, no es posible no ponerse de rodillas y pedir perdón reconociendo que este rostro lleno de sangre, lo único que pide es que yo pecador le entregue una sola cosa: mis pecados.

            En las reducciones jesuíticas el misterio de la pasión y muerte de Jesús eran vividos con una intensidad profunda porque los indios convertidos, los cristianos, experimentaban en la propia carne toda la propia debilidad y toda la ternura de un Dios que entró en el mundo asumiendo en sí mismo todas sus fragilidades. Tendremos que ensimismarnos con ellos, comprender su visión del mundo y del hombre, para darnos cuenta del porqué hasta hoy en la cultura de nuestro pueblo, la Semana Santa es el corazón del año litúrgico y también de la vida social.

            Delante de esta talla lo único que nos queda es pedir perdón y el cambio de nuestra vida.

 

 

 

SAN PEDRO DE LAS LÁGRIMAS

Tallas de madera, de 114 cms.

 

SAN PEDRO PONTIFICE

Tallas de madera de 182 cms.

 

 

            La obediencia, la comunión con el Papa, el amor a la iglesia: era la estructura misma de la personalidad del misionero jesuita. Por amor a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, abandonaron todo para venir a la "Provincia de Paraquaria", y más tarde, con el corazón destrozado todos aceptaron el destierro y el traslado a Europa como "delincuentes".

            En las reducciones, la comunión con el Papa, con la iglesia fue la garantía de la verdad de la experiencia, y lo fue también cuando demostrando una obediencia heroica, aceptaron la supresión de la Compañía por parte del Papa. ¡Cuánto amor a la Iglesia en estos hombres!. La Iglesia, casta meretrix, como la llamaba San Agustín. En las dos tallas que representan los momentos más importantes de la vida del Apóstol, la miseria y la belleza de la iglesia están presentes.

            Las imágenes de Pedro que llora y la de Pedro Pontífice sintetizan lo que San Agustín decía de la Iglesia, esposa de Cristo y pecadora. Dos características que no se pueden separar. El "Pedro" de las lágrimas, es decir el pecador, es el mismo Pedro al cual Cristo dio el poder de las llaves, de confirmar a los hermanos y de pastorear a sus ovejas.

            Lo que hoy se olvida hasta en el mundo católico, para los jesuitas era evidente, porque eran profundamente humanos: que los hombres que son buenos para el pecado son buenos para la gracia, como decía Peguy.

            Al Pedro "de las lágrimas" no se contrapone el Pedro "Pontífice", sino que en las dos imágenes es evidente el camino humano del Apóstol que a través de la experiencia del pecado es conducido y elegido por Cristo para ser Su vicario en la tierra. San Pedro que llora amargamente, cuando después de haberlo negado tres veces delante de una criada, cruza con sus ojos la mirada de Cristo, condenado a muerte; es el comienzo de la moralidad cristiana, o mejor dicho, de la MORALIDAD.

            El hombre nuevo comienza con la toma de conciencia de sus pecados, pero esta autoconciencia es imposible sin la mirada de Cristo. Es el encuentro con un Tu que permite a cada uno mirarse, tomar conciencia de sí, y crecer en la autoestima, en el valorarse por lo que es y como es. Pedro ya había encontrado a Cristo y lo había seguido con entusiasmo, pero no había aún experimentado en la propia carne la Misericordia, la mirada misericordiosa, la única capaz de leer hasta el último detalle del corazón del hombre. Allí, solamente allí, en aquel patio, en la madrugada de aquel Viernes Santo, Pedro comienza a darse cuenta de quién era aquel hombre por el cual había abandonado todo y a tomar conciencia de lo que con gran entusiasmo, sin comprender lo que había respondido a Jesús después del discurso sobre el pan de vida eterna: "Señor, ¿a dónde iremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna".

            Es impresionante cómo el que dio carne a este Pedro de madera, supo a través de los movimientos del cuerpo, la posición de las manos, del cuello y de la mirada, expresar todo el drama y el amor de Pedro hacia Jesús.

            Al contemplar aquel rostro suplicante, que con las manos unidas implora piedad, y las lágrimas llenan sus mejillas, uno no puede no sentir el deseo de que acontezca el mismo milagro en nuestra propia vida. Lo que comienza para Pedro en este momento se cumplirá, después de la Resurrección, cuando Jesús por tres veces le preguntó: "Simón... ¿me amas tú?" y Pedro por tres veces le contestó: "Sí". El "Sí" de Pedro es la plenitud de la moralidad, es el acontecer de la Iglesia, la misericordia de Dios que nos recrea continuamente.

 

 

SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Talla en madera de 150 cms.

 

 

 

 

            En la iconografía cristiana, Miguel (¿Quién como Dios?) representa la victoria parcial del bien contra el mal. Siempre ha sido representado con la espada en la mano y con los pies sobre el demonio, en sus diferentes expresiones. De los tres arcángeles: Rafael, Gabriel y Miguel, Miguel es el más conocido, el más invocado en la tradición del pueblo cristiano, y el motivo que lo explica consiste en el hecho de que él personifica el comienzo de la victoria sobre el mal. El mal que desde Adán y Eva, es el tormento del hombre. Este hombre que desde el alba de la humanidad busca una liberación, desea una salvación. El mal está ontológicamente presente en la estructura del ser humano, por eso toda la filosofía del voluntarismo moralista de hoy es irracional e impotente. Nunca como hoy, cuando el hombre pretende con sus fuerzas lograr una moralidad, ha caído en la desesperación de la inmoralidad. Los indios guaraníes vivían dramáticamente la experiencia de la propia impotencia frente al mal personal y del mundo. Toda la antropología guaraní está dominada por la presencia de este mal misterioso que afecta a la humanidad. Toda su religiosidad, desde la concepción del Mundo, hasta el hecho de ser nómadas y de vivir una ascesis de liberación a través de formas bien precisas, documenta el anhelo de liberación de este gran pueblo. En esta perspectiva fácilmente comprendemos por qué la imagen de San Miguel está presente en la vida cotidiana de los pueblos jesuíticos. Él representa el alba del día en que finalmente "El verbo se hizo carne y vino a acamparse entre nosotros", abriendo finalmente el camino de la salvación al hombre, esclavo del mal. En la talla que mide 1.50 m. podemos ver a través de la dinámica de los movimientos del cuerpo y del vestido del Arcángel, la agilidad de la pierna derecha, la fortaleza del brazo levantado con la espada en forma vertical cómo signo de victoria, mientras con el pie izquierdo domina al demonio acostado bajo el peso de su persona.

            La leticia del rostro del Arcángel, que se contrapone a la horrible forma desfigurada y llena de rabia del demonio, casi totalmente reducido a la impotencia, es el acontecer de la expresividad llena de paz que el milagro del Bautismo cumple en el hombre que la recibe y la vive. La leticia de Miguel es el triunfo de Dios sobre el mal.

 

 

SAN SEBASTIÁN

Talla de madera de 188 cms.

 

Detalle

 

            Soldado romano, martirizado en el año 300. Se dice de él que entró en la vida militar para ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. Los antiguos documentos dicen que Sebastián era capitán de la guardia en el palacio imperial de Roma y aprovechaba de su cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos. Pero un día lo denunciaron ante el emperador por ser cristiano. Maximino le llamó y le puso ante la siguiente disyuntiva: dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o de persistir en seguir creyendo en Cristo, ser degradado de su rango y atravesado a flechazos. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida. Entonces, por orden, del emperador fue atravesado a flechazos. El Santo ha sido invocado por muchos siglos como patrono contra las flechas envenenadas y para librarse de plagas y enfermedades. Por esta razón es fácil comprender la presencia de la imagen del santo en las Reducciones.

            En la talla jesuítica, bien hecha, en la que es evidente la mano de un artista, el escultor expresa la impresionante serenidad del soldado cristiano, es decir del hombre que vive su profesionalismo, su trabajo diario, totalmente entregado a la causa de Cristo. Si no fuese por la vestidura y por las flechas en la mano derecha, sería difícil hablar de Sebastián como de un soldado. La expresividad del rostro en el cual transpira una autentica espiritualidad, una carnalidad transfigurada por la Presencia de lo Divino, suscita en el hombre sencillo que la mira el deseo de la santidad, es decir del abandono total a la ternura de Cristo. El rostro del santo infunde la paz del corazón, que solamente la belleza del encuentro con lo divino engendra. Lo que normalmente vemos en el soldado, muchas veces sinónimo de violencia, de pelea, de rabia, en Sebastián, soldado romano, cambiado por Cristo, está totalmente desaparecido, a favor de la caridad, que es el corazón de la vida cristiana. La imagen es diferente a la iconografía tradicional, en la cual vemos a San Sebastián, atado a un árbol, con el cuerpo semidesnudo y atravesado a flechazos, mientras contempla el cielo, el destino del hombre. Aquí sin embargo, es el hombre, el soldado transfigurado por el encuentro con Cristo, en su vida cotidiana, en su profesionalismo. En modo sorprendente expresa lo que San Benito, unos siglos después sintetizará en él lema "Ora et labora".

 

 

SANTA CECILIA

Talla en madera de 110 cms.

 

Detalle

 

            Por más de mil años Santa Cecilia ha sido muy venerada en la Iglesia Católica. Es considerada la Patrona de los Músicos. Una tradición muy antigua dice que pertenecía a una de las principales familias de Roma, que acostumbraba vestir una túnica de tela muy áspera y que había consagrado a Dios su virginidad.

            Sus padres la comprometieron en matrimonio con un joven llamado Valeriano, pero Cecilia le dijo a éste que ella había hecho voto de virginidad y que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano. Valeriano se hizo instruir por el Papa Urbano y fue bautizado. Entre Cecilia y Valeriano convencieron a Tiburcio, el hermano de éste, logrando que también se hiciera cristiano. Las historias antiguas dicen que Cecilia veía a su ángel de la guarda.

            Martirio de Cecilia. La policía arrestó a Cecilia y le exigió que renunciara a la religión de Cristo. Ella declaró que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión. Entonces fue llevada hasta un horno caliente para tratar de sofocarle con los terribles gases que salían de allí, pero en vez de asfixiarse ella cantaba gozosa (quizás por eso la han nombrado patrona de los músicos). Visto que con éste martirio no podían acabar con ella, el cruel Almaquio mandó que le cortaran la cabeza. La santa, antes de morir le pidió al Papa Urbano que convirtieran su hermosa casa en un templo para orar, y así lo hicieron después de su martirio. Antes de morir, había repartido todos sus bienes entre los pobres. Las actas cuentan que el día de su matrimonio, mientras los músicos hacían sonar sus instrumentos, Cecilia cantaba muy bellamente a Dios en su corazón.

            En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, muy hermosa, la cual se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma. Está acostada de lado y parece que habla.

            En cambio, en esta talla la mano del escultor -aparentemente un jesuita por los rasgos del rostro y el movimiento de los vestidos- la esculpió parada, como expresión de la victoria del martirio, una vida ofrecida para la gloria de Dios.

 

 

SANTA BÁRBARA

Talla en madera, de 110 cms.

 

Detalle

 

            Una antigua tradición escrita en griego en el siglo VIII cuenta lo siguiente acerca de Santa Bárbara. Era hija de un hombre de tremendo mal genio llamado Dióscoro. Como ella no quería creer en los ídolos paganos de su padre, éste la encerró en un castillo, al que había mandado colocar dos ventanas. La santa mandó a los obreros a que agregaran una tercera ventana para acordarse de las tres personas de la Santísima Trinidad.

            Esto enfureció más a su incrédulo padre. El furioso Dióscoro, como su hija no aceptaba casarse con ningún pagano, permitió que le martirizaran cortándole la cabeza. Dice la tradición, que cuando Dióscoro bajaba del monte donde había matado a su hija le cayó un rayo y lo mató. Por eso a Santa Bárbara le reza la gente para verse libre de los rayos y de las tormentas.

            La iconografía tradicional representa a la Santa con la palma del martirio, con una torre en la mano izquierda y con el cáliz y la ostia en la mano derecha. El motivo de esta representación está en el hecho de que fue encerrada por su padre en la torre a la cual ella había pedido a los obreros que agregaran las dos ventanas, una tercera en memoria de la S.S. Trinidad. Por lo que en la tradición la invocan cómo patrona de los arquitectos, de los constructores y de los albañiles. También por la oración que hizo antes de ser martirizada: "Señor Jesucristo, creador del cielo y de la tierra, te ruego que me concedas tu gracia y escuches mi oración por todos aquellos que recuerden tu nombre y mi martirio. Te suplico que olvides sus pecados, pues Tú conoces nuestra fragilidad"; es protectora de todos aquellos que se hallan en peligro de morir sin sacramentos. Por eso el cáliz y la ostia en la mano derecha de la santa.

            La talla de la Santa es la descripción sintética de lo que la tradición afirma sobre esta mujer. Lo interesante como en todas las tallas jesuíticas que testimonian un gran dramaticismo, es la paz, la serenidad del rostro. La santa no parece ni mínimamente molesta por el odio del padre, ya sea sobre ella como hija o sobre la fe que profesa, ni por el hecho del martirio, gracias al cual finalmente encontrará a su Señor. Solamente el don de la fe plenamente vivido es capaz de similar milagro. Ayer como hoy, a través de estas imágenes los primeros cristianos de nuestro país iban formándose y madurando en la fe, es decir en la belleza de la vida nueva. Vida nueva que era el modo en el cual la fe modelaba cada instante de la vida cotidiana. Eran cristianos en el templo y cristianos en la vida.

 

 

SAN IGNACIO DE LOYOLA

Tallas en madera, de 166 cms.

 

SAN FRANCISCO JAVIER

Tallas en madera de 167 cms.

 

 

            El Padre y el hijo, el maestro y el discípulo, y antes, los dos amigos universitarios que junto con otros compañeros de la Universidad, en Paris, dan forma a una amistad similar a la de los primeros cristianos, que llamaron "Compañía de Jesús". ¡La "Compañía de Jesús"!. No existe otra definición tan humana, tan conmovedora, tan profunda que define el cristianismo, la Iglesia, "cuerpo místico de Cristo, como la que dio San Ignacio a aquella amistad compartida con otros compañeros.

            La primera evangelización en nuestro país fue la prolongación de esta compañía, a través de los hijos de San Ignacio, que transformaron la selva en una Compañía de Jesús. Las Reducciones, o doctrinas fueron auténticas "compañeras de Jesús", es decir, un perímetro de tierra transfigurado por la presencia de una amistad entre algunas personas, que reconocieron en Cristo el sentido de la propia vida. Pensar en la nueva evangelización, olvidando la primera, es caer en una utopía. La nueva evangelización es el acontecer de la primera, tristemente interrumpida por el poder masónico y por una sustitución progresiva del Acontecimiento cristiano con reglas morales. El mundo moderno necesita de nuevas "Compañías de Jesús" para que el cristianismo vuelva a ser una propuesta interesante y fascinante para el hombre. Por eso la tarea es crear las nuevas Reducciones, es decir compañías apasionadas por la gloria de Cristo, capaces de transformar la selva del mundo en la civilización de la verdad y del amor.

            Las dos tallas, en particular la de San Ignacio, no tiene el mismo nivel artístico y de belleza que las que podemos contemplar en el Museo de San Ignacio Guazú. Pero, en la sencillez de la obra nos regalan una vez más la posibilidad de contemplar en Ignacio, el místico caballero del Señor, el soldado enamorado de Cristo, que a través de la expresión del rostro y de las manos nos invita a decidirnos por lo que vale; mientras en Francisco Javier, el ímpetu misionero que nace del encuentro con Cristo: "Chantas Cristi urget nos".

            El aparente estatismo de Ignacio nos lleva a entrar a la contemplación del Misterio que llena de paz el rostro sonriente del Santo, en el cual los ojos parecen gritarnos todo el gozo de su pertenencia al Señor. Mientras él dramatismo de Francisco Javier, a través de los movimientos de la estola y del vestido (nos recuerda la del Museo de San Ignacio Guazú), nos empuja a la misión, a la evangelización.

 

 

 

ENLACE INTERNO A DOCUMENTO FUENTE DE LA INFORMACIÓN

 

(Hacer click sobre la imagen)

 

REDUCCIONES JESUÍTICAS - EL CRISTIANISMO FELIZ

Padre ALDO TRENTO

Editorial SAN RAFAEL

Fotos de FERNANDO ALLEN

Asunción - Paraguay. Enero 2001 (147 páginas)

 




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